Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

lunes, 11 de junio de 2018

Comparecer ante Dios


P. Matta Meskin


¿Cuándo iré y veré el rostro de Dios? (Sal 42,3)

En él nos ha elegido antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos e irreprochables ante él, en el amor. (Ef 1,4)


“Santos e irreprochables ante él en el amor”

Ser santos e irreprochables ante Dios en el amor no es presentado aquí como una condición de salvación, sino como uno de los componentes esenciales de la naturaleza humana, inherente a su creación según el plan preestablecido por Dios antes de la fundación del mundo. En otras palabras, el deseo de Dios de que el hombre sea “santo e irreprochable en el amor” deriva de la creación misma del hombre por parte de Dios, por hacerlo una creatura digna de comparecer ante él. No es pues una virtud para buscar y para adquirir con el esfuerzo, sino un don enraizado en nuestra naturaleza nueva, querida por Dios ante de la fundación del mundo.

En otro pasaje, Pablo reafirma explícitamente esta verdad, dirigiéndose a los cristianos de la gentilidad. Estos han recibido esta naturaleza nueva gracias a la obra de Cristo:

Y a vosotros que, por vuestros pensamientos y malas obras, fuisteis en otro tiempo extraños y enemigos, os ha reconciliado ahora, por medio de la muerte de su cuerpo de carne, para presentaros santos, inmaculados e irreprochables [1] delante de Él. Todo ello con tal de que permanezcáis sólidamente cimentados en la fe, firmes e inconmovibles en la esperanza del Evangelio. (Col 1, 21-23)

Hemos pues recibido la gracia –de comparecer ante Dios santos e irreprochables- como un don de Cristo.

Y ahora, ya que hemos adquirido efectivamente, con el nuevo nacimiento del agua y del Espíritu, la nueva creación, prevista por Dios desde toda la eternidad, “antes de la fundación del mundo”, es necesario que busquemos tener conciencia de esta gracia cuando estamos  ante Dios. Esto requiere la superación de la situación de insuficiencia en la cual nos encontramos, agobiados por el viejo cuerpo que oprime con todo su peso al hombre nuevo espiritual que sentimos palpitar en el corazón. Sin embargo, en los momentos de fervor espiritual, nos es posible gustar esto y experimentar la gracia del acceso a la presencia de Dios. Tal gracia nos es dada por algunos instantes solamente, ya que a decir verdad lo que nosotros vivimos al presente por medio del Espíritu en el cuerpo nuevo nos es dado como prenda y no como posesión. Aquí abajo nosotros tenemos siempre solo la anticipación de lo que gozaremos de modo permanente allá arriba, cuando sean quitados los obstáculos: el cuerpo viejo y el tiempo.

De todos modos, esto no depende de nosotros. Depende de los dones concedidos al hombre nuevo espiritual cuando se despliegan durante la oración. Estos dones del hombre nuevo son la expresión de la gracia de Cristo, por medio de la cual obra el hombre nuevo. Nuestro acceder a la presencia de Dios o el hecho de encontrarnos cercanos a Él, tiene  su primer origen en el hecho de que “el Señor está cerca” del hombre (cf. Fil 4,5) y en el hecho de que todo el que ha creído, habiéndose bautizado y habiendo recibido la creación nueva a través del segundo nacimiento bautismal, se ha revestido de Cristo, como afirma Pablo (cf. Gal 3,27). Ha recibido, por consecuencia, lo que es propio de Cristo y en él se ha realizado la palabra: “Es en Cristo que habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad y vosotros tenéis en él parte de su plenitud” (Col 2,9).

Aunque estar en la presencia de Dios sea por derecho la condición permanente del hombre nuevo, con motivo de la gracia de Cristo que obra en nosotros para acercarnos a Dios y mantenernos ante él santos e irreprochables en el amor, sin embargo en los inicios estar en su presencia no llega a cubrir un gran espacio de tiempo. Dura solo un instante fugaz que no se puede reiterar a voluntad, ni sobre la base de la experiencia que se ha tenido, ni sobre la base de nuestro mérito o de las capacidades personales. Esto no depende de nuestra iniciativa, como si pudiésemos por nosotros mismos acercarnos a Dios y permanecer ante él por horas.  El acceso a la presencia de Dios comienza por la iniciativa de Dios mismo, ya que es él quien nos hace dignos de estar en su presencia, en la santidad, irreprochables en el amor. Cuando Dios se manifiesta a nosotros como Padre, en aquel instante recibimos de él el Espíritu de filiación y estamos ante él en la santidad, irreprochables en el amor, gracias a una fuerza que nos viene de él y que nos inviste como con ondas de luz que nos atraviesan y nos envuelven, al modo de la nube luminosa que ha cubierto a los discípulos en el momento de la transfiguración.

Pero luego todo esto termina y nos encontramos en nuestra debilidad. La santidad irreprochable en el amor no es más que una aspiración, un anhelo, un estado lejos de nuestro alcance. La iniciativa de Dios de acercarse a nosotros –“El Señor está cerca”- y su manifestación como Padre solo duran un instante en el cual nos sentimos efectivamente cercanos a él, gozando ante él de la adopción filial, de la santidad y del amor irreprensible.

Si nuestra insuficiencia no fuese protegida por Cristo, nosotros no podríamos absolutamente estar en la presencia de Dios ni encontrarnos ante él. En nuestro acceder a Dios, Cristo ocupa el rol de la mano divina que nos protege para que nosotros veamos el rostro de Dios pero, a través de Cristo, podemos ver “las espaldas” de Dios (cf. Ex 33,23), es decir contemplar su gloria:

Y nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosos. Así es como actúa el Señor, que es Espíritu” (2 Cor 3,18)

Y esto nos basta, ya que “quien me ha visto ha visto al Padre” (Juan 14,9).

De nuestro acceder a la presencia de Dios, protegidos por Cristo, recibimos cuanto es necesario para reforzar a nuestro ser nuevo, que está aún aprendiendo a caminar. Sus facultades latentes son puestas en obra y su fuerza se renueva, para que pueda afirmar su existencia a pesar de las contradicciones de este mundo y de la pesadez e indocilidad del viejo cuerpo. En efecto, aquí abajo nosotros no estamos en nuestra casa, somos extranjeros y debemos proveernos de oración para la travesía.


Dios busca adoradores en espíritu y verdad

Por otra parte, una invitación celestial llega a fortalecer nuestra esperanza y a estimular nuestra audacia espiritual y nuestra aspiración a estar más intensamente en presencia de Dios y a avanzar siempre más hacia él. Esta invitación nos llega de la boca misma de Cristo: “Dios es Espíritu, y aquellos que lo adoren deben adorarlo en espíritu y verdad… porque el Padre busca (o exige) tales adoradores” (Juan 4,24.23). Este deseo o esta “exigencia” del Padre es una posibilidad suplementaria que viene a añadirse a la potencialidad del hombre nuevo, implantada en él para hacerlo apto para estar en la presencia de Dios, en la santidad e irreprochable en el amor.

Pues cuando Cristo afirma que el Padre exige tales adoradores en espíritu y verdad, nosotros comprendemos rápidamente que la invitación a acercarse a Dios y a encontrarlo está determinada por el deseo de Dios mismo: es un deseo que le acucia. Dios mismo exige que nosotros respondamos a su invitación personal. Este solo hecho basta para elevar nuestro andar a Dios mediante la oración y la adoración, del plano de la simple aspiración humana a estar ante Dios y a acercarnos a él con la oración, al plano de la exigencia explícita, por parte de Dios, que no solo nosotros estemos ante él sino que tengamos acceso a su presencia y a la adoración en espíritu y verdad.

Con su afirmación de que Dios exige tales adorares “en espíritu y verdad”, Cristo ciertamente pretende llamar a la existencia consciente al hombre nuevo, que posee ya en potencia, en Cristo, el Espíritu y la verdad, para hacerlo vivir desde ahora su relación esencial con Dios, como por orden divina, que es más que un precepto: es una exigencia por parte de Dios.

Por tanto, cuando ahora nos acercamos a Dios y nos ponemos en su presencia en la oración, no es una osadía por parte nuestra, sino es para responder a una invitación celestial, o más bien a la exigencia de Dios que nos acerquemos a él para adorarlo en espíritu y verdad, es decir con la audacia de la creatura nueva creada por nosotros en Cristo. Ya que tenemos pues, en nuestro acceder a la presencia de Dios, la certeza de ser agradables a causa del mérito de Cristo que nos ha sido atribuido, nosotros nos encontramos santos e irreprochables ante él en el amor. En efecto, cuando nos presentamos ante Dios, es siempre sobre la base de nuestra comunión con Cristo, su Hijo, en el cual somos elegidos y adoptados como hijos para responder a la voluntad de Dios (cf. Ef 1, 4-5). Es un deseo, una exigencia paterna, a la cual nosotros respondemos en cuanto hijos, en la ternura filial de Cristo.

Pero la cuestión que atrae vivamente nuestra atención es esta: ¿por qué Dios exige adoradores en espíritu y verdad? Es la primera vez que escuchamos decir que Dios busca algo para sí mismo. La respuesta nos es dada por la palabra inspirada de Pablo: “Nos ha predestinado a ser sus hijos adoptivos por obra de Jesucristo, según el beneplácito de su voluntad” (Ef 1, 5-6).  A tal punto Dios insiste en que nos presentemos ante él como sus hijos, “según el beneplácito de su voluntad”, es decir para su alegría. Y el colmo es que Dios busca tales hijos para que lo adoren en espíritu y verdad. Esto es impresionante: infinitamente glorioso, adorado por millares de millares y por miríadas de miríadas de ángeles que se postran ante él en alabanza de su gloria, Dios se distrae de todo este clamor celestial para centrar su atención sobre el hombre, en el cual su ternura encuentra reposo. Lo llama y le pide con insistencia presentarse ante él para adorarlo en espíritu y verdad, ¡para su beneplácito paternal! ¡Sorprendente maravilla!

Y esto nos hace comprender  por qué Dios nos recubre de santidad, casi con sus mismas manos, a fin que, irreprochables en el amor, nos acerquemos a él y nos presentemos ante él: ¡es para realizar en nosotros el beneplácito de su voluntad! Esto nos da paz y nos reconforta porque, de otra manera, ¿cómo podríamos adquirir la santidad y ser irreprochables en el amor para estar ante Dios? Pero Dios, que sabe bien aquello que pide y que conoce también la incapacidad de nuestro ser de polvo, en anticipo ha trazado en la imagen original de su primera creación del hombre la que sería la “santidad irreprochable en el amor”. Se dice en efecto del hombre renovado que es “creado según Dios en la justicia y en la santidad de la verdad” (Ef 4, 24). Tal es nuestra naturaleza, de la que con razón nos gloriamos ante los ángeles de Dios.


Alegría de Dios, alegría del hombre

Todo esto nos compromete y nos obliga a rever nuestros modos de pensar y nuestras convicciones sobre la oración y sobre la necesidad de acercarnos a Dios, de presentarnos ante él y de adorarlo en espíritu y verdad, con el hombre nuevo, después de haber descubierto que en esto reside la alegría y el beneplácito de Dios y que es Dios mismo que nos invita a esto, más bien que exige esto para nosotros para su propia alegría, “según el beneplácito de su voluntad”.

Por consecuencia acercarse a Dios, presentarse ante él y adorarlo en espíritu y verdad se convierte en una obra de primaria urgencia que afecta a Dios mismo, para su beneplácito. Ésta no puede pues limitarse a algunos instantes, sino que es necesario consagrarle la vida entera, en el sucederse de los días y de los años, ya que esto alegra el corazón del Padre. La oración a las distintas horas se vuelve entonces la ocasión de completar la alegría de Dios con el retorno continuo de los hijos al corazón de su Padre, para alegrarse con él y para que él se alegre de ellos: “dejad que los niños vengan a mí y no se los impidáis” (Mc 10, 14), “sus ángeles en el cielo ven siempre el rostro de mi Padre que está en los cielos” (Mt 18, 10).

Esto causa que cuando nosotros nos abstenemos de acercarnos a Dios por un falso temor, una falsa vergüenza o con el pretexto de nuestro pecado y de nuestra indignidad, nosotros, de hecho, nos escudamos detrás de justificaciones falsas que no son de Dios, que no corresponden a su voluntad y no tienen nada que ver con la realidad de la obra de santificación que él desea cumplir en nosotros. Son escapatorias del hombre viejo, que desea apartarse del rostro de Dios y que en vista de esto usa engaños y artimañas, ¡porque el hombre nuevo en él reclama con ímpetu el rostro de Dios! La ausencia del hombre lejos de Dios es como la de un hijo pródigo cuyo extravío se prolonga, o más precisamente como la ausencia del amor filial lejos del corazón del Padre. Es la dureza del hijo insensato que desconoce la ternura paterna y se hunde aún más en su extravío lejos del corazón del Padre. Éste, no obstante, continúa siempre esperando el retorno de su hijo.

Las actitudes de la nueva creación pretenden hacer al hombre digno de estar ante Dios. Se dice del hombre nuevo que él es “creado según Dios en la justicia y en la santidad de la verdad” (Ef 4,24), para presentarse ante Dios y adorarlo en espíritu y verdad. Tal es la relación del todo particular que une al hombre nuevo a su Creador, una relación que pretende comunicarle la capacidad de ser “santo e irreprochable en el amor”, a fin de que esté siempre pronto a estar ante Dios para cantarle “a la alabanza y gloria de su gracia, que nos ha dado en su Hijo querido” (Ef. 1, 6), con el fin de realizar “el beneplácito de su voluntad”.

Esto explica el sentido de felicidad que experimenta el alma que se compromete en el camino de la oración. ¿De dónde le viene esta alegría y esta felicidad que le invaden el corazón apenas ella está ante Dios para adorarlo? Es como una ola de alegría mística que atraviesa el alma y que aumenta en la medida en que ella se compromete más a fondo en la oración y persevera más tiempo en el presentarse ante Dios y en el estar en su presencia. Esto depende en realidad de la complacencia de la voluntad divina que se refleja sobre el alma. Ella se encuentra envuelta en esta alegría del Padre, aunque no percibe siempre la fuente. En efecto, el hombre no tiene conciencia de presentar algo y tampoco de ser digno de comparecer ante Dios. ¿De dónde pues le viene esta felicidad inexplicable, esta beatitud que invade todo su ser? En realidad es la exultancia de la voluntad divina que se refleja sobre el alma y la rodea de la ternura inefable del Padre.

¿Esto no quiere decir por tanto que el hombre nuevo o que la nueva creación del hombre en Jesucristo es provista de estas altas prerrogativas espirituales para permanecer siempre con Dios? Nosotros gustamos las primicias ya desde ahora en aquellos momentos de adoración durante los cuales nos presentamos ante Dios santos e irreprensibles en el amor, aunque solo fuese por unos instantes, como prenda de una comunión auténtica con el Padre y con su Hijo Jesucristo, anticipada en este mundo por la oración y por la adoración.

Y esto nos revela la razón profunda de la insistencia de Cristo sobre la necesidad de la oración. ¡Él mismo ha dado el más bello ejemplo de esto retirándose a la montaña para pasar toda la noche en oración! Lo que para nosotros es el momento de la oración, para Cristo es un pasar toda la noche orando a Dios (cf. Lc 6, 12). ¡Él quería con esto manifestarnos la amplitud de la capacidad de dialogo con Dios que nos es otorgada en él! Cuando él pide “orar siempre” (Lc 18,1), pretende que multipliquemos los momentos de nuestra oración para hacernos experimentar la presencia continua ante Dios. Y cuando dice que es necesario “orar sin desfallecer” (Lc 18,1), su intención es de dar unidad a los instantes de oración para hacernos gustar la comunión continua con Dios. Y cuando relata las parábolas de la oración insistente (cf. Lc 11, 5-8; 18, 1-8), abre ante nosotros el camino de acceso a la presencia de Dios con la certeza de ser escuchados. Cuando menciona a aquellos que “gritan hacia Dios día y noche” (Lc 18,7),  revela la llama del Espíritu que sobrepasa todo límite.

A través de estos ejemplos y estas expresiones, Cristo ha trazado diversos modelos del encuentro del alma humana con Dios y de sus esfuerzos por vencerse con el fin de perseverar en la presencia de Dios a pesar de todo obstáculo. Es en esto que ella encuentra el propio placer o más bien que ella completa el beneplácito mismo de Dios. De tal modo, en efecto, se realiza nuestra comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo, “para que nuestra alegría sea perfecta” (1 Jn 1, 4), unida a la alegría del Padre en nosotros.


“En el amor”

Dios ha depositado en lo profundo de la nueva creación lo que él tiene de más precioso en su ser mismo. Mediante este elemento divino del amor, Dios atrae y une a sí la creatura humana sin que ésta se dé cuenta. La actitud del hombre se convierte, por consecuencia, en un estar ante Dios “en el amor”. En cuanto a la santidad irreprochable, ella es comprendida en este amor divino inscripto en la naturaleza misma del hombre nuevo, como un instinto espiritual. ¡Cuánto debemos dar gracias a Dios y alabarlo por este don extraordinario y sin igual! Él ha depositado en la naturaleza misma del hombre nuevo, creado según Dios en la santidad y en la justicia de la verdad, el instinto del amor divino, que es puesto en obra por una secreta intervención de Dios y no por un esfuerzo por parte del hombre. De tal modo el hombre espiritual se encuentra, en su camino hacia Dios, vivamente atraído hacia él, gracias al amor que obra en su propio ser a sus escondidas, pero del cual percibe los signos evidentes: a veces el corazón se inflama en la oración delante de Dios a tal punto que pierde la conciencia de sí. Otras veces son gritos y lágrimas incomprensibles de las cuales ignora el origen o la causa. En realidad es el despertar del amor divino enraizado en el corazón, cuando no llega a expresarse con palabras y recurre al grito y a las lágrimas para desahogar el exceso de su alegría: aquella alegría que ha invadido el alma cuando se le ha manifestado la paternidad divina y su amor filial ha encontrado el amor del Padre sin obstáculo. Es el instante del encuentro vivo con Dios, en el cual nos encontramos de repente ante él.

En esto se ha manifestado el amor de Dios por nosotros: Dios ha enviado a su Hijo unigénito al mundo, para que nosotros tuviésemos vida por él. En esto está el amor: no hemos sido nosotros los que hemos amado a Dios, sino que es él que nos ha amado y ha enviado a su Hijo como víctima de expiación por nuestros pecados. (1 Jun 4, 9-10).

El amor procede de Dios (1 Jn 4,7)

Por esto resulta que Dios no ha dejado que fuésemos nosotros por sí solos los que tomáramos la iniciativa de amarlo, de adorarlo, de estar en su presencia o de acercarnos a él. Ya que esto sería para nosotros extremadamente difícil, mejor dicho irrealizable. Sabemos en efecto por experiencia cuanto nos cuesta, en los tiempos de relajamiento y de ausencia del Espíritu, acercarnos a Dios por la oración o la adoración. Es como si necesitáramos ir contra nosotros mismos para poder terminar nuestra oración. Solo con gran trabajo el alma logra impedir a sí misma de sustraerse a la oración o de dejar de permanecer ante Dios. Pero desde el momento en el cual la nueva creatura en nosotros comienza a manifestar su presencia y el hombre nuevo espiritual se despierta y comienza a desarrollar su actividad, sucede que el temor de acercarse a Dios cesa inmediatamente y que la tendencia a sustraerse a la oración deja el lugar a una viva fuerza de atracción. Es como si una fuerza inmensa nos impulsara a perseverar en la oración y en la adoración. Es el amor de Dios en nosotros.

Entonces si un impedimento sobreviene privando momentáneamente al hombre de la oración, éste percibe como una voz interior que lo llama: es el amor de Dios en nosotros. Advierte una inclinación interior que lo impulsa vivamente a volver hacia Dios: es entonces la fuerza de atracción del amor de Dios en nosotros. Y cuando vuelve de nuevo a estar en la presencia de Dios, tiene la impresión de que Dios estuviese siempre allí esperándolo. Así él retoma la oración con un vivo deseo. Se da a la adoración y se abandona al amor de Dios como un hijo que, después de haberse alejado del Padre, lo encuentra finalmente y se lanza a sus brazos.

Es por tanto bien evidente que este elemento de amor divino enraizado en lo profundo del hombre nuevo es el principal factor que estimula la relación del hombre con Dios. Si este elemento falta, a causa de la influencia del viejo cuerpo, se vuelve extremadamente fatigoso estar ante Dios para la oración, para la adoración o simplemente para entretenernos con él. Esto exige una dura lucha, de la cual se sale normalmente vencido: se abrevia la oración aduciendo pretextos ilusorios, falsos e inexistentes, para sustraerse de la presencia de Dios.

Pues resulta que el amor es el elemento divino enraizado originariamente por Dios en la naturaleza misma del hombre nuevo a fin que, cuando este elemento llegue a la plenitud de su desarrollo, de sus efectos y de la manifestación de sus dones, el hombre reciba la existencia sin fin en compañía de Dios, para alabarlo por siempre en una relación de amor eterno.

Cristo nos ofrece una visión sublime y maravillosa de este amor divino paterno que une al hombre a Dios:

Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido. Estos saben que tú me has enviado. Y yo les he dado a conocer tu nombre y lo seguiré dando a conocer, para que el amor con el cual me has amado esté en ellos y yo en ellos. (Jn 17, 25-26).

Es  verdaderamente algo inimaginable: ¡el Padre nos comunica su amor por el Hijo, aquel amor que es lo más sagrado en la relación entre el Padre y el Hijo!


“Santos e irreprochables”

Si hemos anticipado el tema del amor sobre el de la santidad irreprochable, es porque esto lo requiere tanto el sentido del versículo como el de la realidad de las cosas. En efecto ser santos e irreprochables sin el amor no nos habilita en absoluto a acercarnos a Dios o a estar en su presencia. Solo el amor es el polo de atracción que atrae al alma humana hacia el objeto de su amor. Por lo tanto, desde el mismo plano de la construcción de la frase, santos e irreprochables son atributos subordinados al amor: “para ser santos e irreprochables … en el amor”.

En cuanto a la santidad del amor, ésta consiste en el concentrar el amor en Dios solo. Cristo ha hablado de esta consagración del amor a Dios solo –que equivale a la santidad del amor- cuando ha pedido amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con toda la mente. Entonces en el corazón, en el alma o en la mente no queda más amor por ninguna otra cosa y por ninguno otro, fuera de Dios. Es entonces que se extingue en el corazón toda pasión carnal o mundana y que se desvanece toda inclinación al amor “psíquico” por los otros, cualesquiera que sean. Y al final desaparecen los pensamientos y los sueños que el hombre acariciaba y que lo mantenían día y noche lejos de Dios. Es así que el amor se santifica y consagra a Dios solo todo el corazón, el alma y la mente. ¡El hombre entonces se presenta ante su Señor con la tierna confianza de un hijo delante de su propio padre!

En la expresión irreprochable, es decir “a quien no se le puede hacer ningún reproche”, el reproche es el de la conciencia, que deriva de la ley. La conciencia representa la voz de Dios en el interior del hombre. Ésta es testimonio en él, en su interior, de la ley de Dios y censura sus acciones y todo su comportamiento. Es ella la que sugiere al hombre si puede presentarse ante Dios, adorarlo y orarle, o si no puede, por algunas razones que la conciencia conoce bien y que aduce contra él, si éste osa de igual modo presentarse ante la presencia de Dios. Por consecuencia, cuando la conciencia es liberada de lo que ha causado el reproche, o más bien del reproche en cuanto tal, y es por el contrario sostenida por lo que la alienta a presentarse ante Dios, nada más le impide, en el interior del hombre, de estar en presencia de Dios por la oración.

Pero, la experiencia de la humanidad, a través de toda su existencia terrena, muestra que ningún hombre, cualquiera que sea su reputación de santidad, ha adquirido una conciencia absolutamente irreprochable. Más bien, al contrario, cada uno de los santos en definitiva se golpea el pecho y reconoce ser indigno de estar irreprochable ante Dios. Pero cuando Cristo vino y se hizo cargo de los pecados de la humanidad y de toda su impotencia y de su insuficiencia, cuando ha expiado estos pecados con el propio sacrificio, él ha purificado al hombre integralmente, cuerpo, alma y espíritu. Ha purificado por tanto la conciencia del hombre de todo reproche y de todas las “obras muertas”:

¿Cuánto más la sangre de Cristo, que con un Espíritu eterno se ofreció a sí mismo sin mancha a Dios, purificará nuestra conciencia de las obras muertas, para servir al Dios viviente? (Heb 9, 14)

De igual modo, cuando es dicho que nosotros somos recreados “según Dios, en la justicia y en la santidad de la verdad”, la “justicia” significa ausencia de todo reproche, ya que el justo es aquel que está “sin reproche”, irreprensible ante Dios. Con nuestra nueva creación hemos sido por tanto liberados para siempre de todo reproche de la conciencia y de todo reproche de la ley, para presentarnos ante Dios, entrar en su intimidad y ofrecerle nuestro amor y nuestra oración. En lugar del reproche, Dios ha enraizado en nosotros la tierna confianza de los hijos ante el amor de su Padre.


“Ante Él”

El camino más delicado y más inquietante que se le ha dado al hombre para transitar durante su existencia terrena es justamente el de presentarse ante Dios. La visión de la temible majestad de Dios hace temblar a todo ser humano y también a toda creatura espiritual, por más sublime que sea. El profeta Isaías relata la experiencia que tuvo de la visión de Dios, que muestra bien qué significa presentarse ante él y cuán temible es su majestad:

En el año de la muerte del rey Ozías, yo vi al Señor sentado en un trono elevado y excelso, y las orlas de su manto llenaban el Templo. Unos serafines estaban de pie por encima de él. Cada uno tenía seis alas: con dos se cubrían el rostro, y con dos se cubrían los pies y con dos volaban. Y uno gritaba hacia el otro: “¡Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos! Toda la tierra está llena de su gloria.” Los fundamentos de los umbrales temblaron al clamor de su voz y la Casa se llenó de humo. Yo dije: “¡Ay de mí, estoy perdido! Porque soy un hombre de labios impuros, y habito en medio de un pueblo de labios impuros; ¡y mis ojos han visto al Rey, el Señor de los ejércitos!” (Is 6, 1-5)

Después de esta experiencia de Isaías, ¿quién pues podría tomar a la ligera el hecho de acercarse a Dios, de comparecer ante él o de verlo? ¡A pesar de todo esto Dios, recreando al hombre, ha depositado en el fondo de su naturaleza la capacidad de ser santo e irreprochable en el amor, para hacerlo digno de estar ante él! Por otra parte, nosotros hemos aprendido de la boca misma de Cristo que Dios, sobre la base de las actitudes de la nueva naturaleza que ha ofrecido al hombre, “exige” que seamos adoradores en espíritu y en verdad. De hecho, haciéndonos santos e irreprochables en el amor, Dios nos ha hecho dignos de comparecer ante él y de adorarlo, sin temer a su presencia, ni ser aterrados por su majestad. El hombre puede así acercarse a Dios para ofrecerle su amor y su ternura filial y realizar, por esto mismo, el beneplácito de la voluntad divina, a través de la adopción del hombre en Cristo.

Sabemos por experiencia que cuando nos presentamos ante Dios por la oración con sentimientos desbordantes de amor filial, todo temor del encuentro con él se desvanece. A tal punto que si nos pasa de ausentarnos de la oración por un cierto tiempo, nuestro corazón está aferrado por la nostalgia de presentarnos de nuevo ante él. Su amor nos atrae en un sentimiento de sentirnos incompletos afectivamente que nos impulsa a volver a él para sentir de nuevo su presencia.  Mientras nos encontramos lejos de él, sin oración, tenemos la impresión de que nuestro amor se ha apagado y que nos falta algo de nuestro mismo ser, algo que no podemos recuperar si no volviendo a ponernos ante Dios. Los días en el cual el hombre nuevo en nosotros está en pleno impulso, un ardor imprevisto nos toma muchas veces al día y nos impulsa con fuerza a estar en oración ante Dios. Y esto puede repetirse muchas veces en una hora sin que nosotros nos sintamos jamás satisfechos.

Es evidente que el hombre nuevo sufre por ser extranjero en esta vida terrena, exiliado en el mundo y en el viejo cuerpo. Esto obstaculiza los movimientos del Espíritu y disipa el calor del amor. No obstante, en la frecuencia de los movimientos en los cuales nos es dado de estar ante Dios para rezar y adorarlo en espíritu y verdad, nosotros encontramos una compensación que nos hace olvidar la aflicción del exilio.


Una última palabra como conclusión

Un amigo me pidió: “Te ruego en nombre de nuestra amistad que me digas una palabra sobre qué es el hombre nuevo”.
Le respondí: “¡La resurrección!”

Con Cristo nosotros hemos muerto, nosotros y nuestros pecados. Con él hemos experimentado la maldición sobre la cruz. En nosotros se ha cumplido el veredicto de nuestra condena, ya que cuando Cristo lo ha sufrido con nosotros, este veredicto se ha cumplido en todo el que crea en él. Luego hemos resucitado con él mediante su resurrección, liberados de la pena de muerte y de la maldición. Hemos recibido con él su cuerpo resucitado, el cuerpo del hombre nuevo para vivir en este cuerpo nuevo con Cristo ante Dios eternamente. Este cuerpo del hombre nuevo es el cuerpo de la resurrección.

Si pues habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba. (Col 3,1)

Con él nos ha resucitado y nos ha sentado en los cielos, en Cristo Jesús. (Ef 2,6)

Estando muertos por nuestros pecados nos ha hecho revivir con Cristo. (Ef 2,5)


Matta el Meskin.
Il cristiano: nuova creatura
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose.
Magnano, 1999. Pp. 115-131




Notas:

[1] La Biblia CEI traduce: “para presentarnos santos, inmaculados e irreprochables en su presencia”.




domingo, 6 de mayo de 2018

En sintonía con el hombre nuevo


P. Matta el Meskin


Despertar

Señor, ¿cómo he podido perderte de vista en todos estos años, mientras tú estabas en mí, en el hombre nuevo, el cual me has donado?

¿Cómo he podido vivir mi muerte? ¿Alejarse de ti no es pues alejarse de la vida?

He vivido mi muerte, ignorando la vida que estaba en mí, que palpitaba en el corazón nuevo que tú me has donado.

Desde el momento que he entregado mi pensamiento a los hombres y a las cosas de este mundo, te he perdido de vista, mientras tú estabas en mi corazón. He olvidado tu palabra: “Hijo mío, dame tu corazón y tus ojos estén atentos a mis caminos” [1] (Prov 23,26).

Hasta el día en el que he comprendido que aquí, en mi corazón, la luz de tu rostro ilumina al hombre nuevo, el cual me has donado.

Para Moisés el deseo supremo era que tu rostro le precediese. ¡Qué gracia inaudita haber inscripto en nuestro ser tu rostro, que nos inunda con su luz!

Tú has dicho: “Quien vive y cree en mí no morirá jamás” (Juan 11,26). He comprendido que, en mí, tú eres la Vida. Ahora, es por ti que yo vivo. ¿Cómo podría acercarse a mí la muerte? Incluso en tal caso, permanecería aquello que soy, un viviente por ti. ¿Qué cosa podría la muerte contra mí?

En el hombre nuevo del cual me has hecho don, que has creado por mí en el día de tu resurrección y que has depositado en mí en el día de mi bautismo, justamente allí he encontrado mi resurrección. En los latidos de su corazón he descubierto los del tuyo. En él he reconocido la luz de tu rostro.

¿Quién pues podría separarme de ti? ¿Quién podría arrancar mi corazón del tuyo, apagar en mi rostro la luz de tu rostro o separar mi vida de la tuya?

Si la muerte se me acercase, me burlaría de ella, porque estoy ya aferrado a la vida eterna, cuando tú me has aferrado.

Y si la muerte llega a destruir en mí al hombre exterior, con el hombre interior yo la he ya vencido, junto a ti, en el día de tu resurrección.

Y si yo pierdo las fuerzas y los años me curvan la espalda, tu resurrección me alza la cabeza y mi espíritu toca el cielo.

¡Si yo llevo en mi corazón al hombre nuevo, eres tú quien me llevas!


¿Cómo ponerse en sintonía con el hombre nuevo?

Es un poco como aprender a “ser perfecto”, según la palabra del Señor a Abraham, al inicio de su relación con Dios: “Camina ante mí y sé perfecto” [2](Gen 17,1). He aquí el primer precepto del Señor, la primera orden, lo que el hombre debe escuchar y observar antes que cualquier otra cosa, porque en esto reside su vida. Cuando comienza a corregirse a sí mismo de las obscenas costumbres del pasado, la vehemencia de la juventud, cuando se abstiene de las actitudes pueriles y aprende cómo hablar con sabiduría, cómo reflexionar y cómo decidir con perspicacia, cómo tener opiniones justas y comportamientos pertinentes, cuando se es serio en las propias decisiones, rectos en las propias intenciones, bien determinados delante de Dios a no mirar jamás para atrás, se comienza a sentir el sostén y el coraje de una fuerza celestial que nos impulsa hacia adelante y hacia lo alto. Se piensa entonces que el cielo se ha dignado a venir en nuestra ayuda.

Pero la realidad sorprendente es que esta ayuda y esta fuerza nos vienen desde el interior, del corazón, del hombre nuevo que ha encontrado en nuestro camino hacia él la ocasión para manifestarse, o más bien para manifestar a Cristo que está en él.

Viendo esta transformación y este progreso en una persona, los otros creen en un primer momento que se trata de presunción o afectación. Luego, asombrados por su sabiduría, lo toman por un hombre superior, por un superhombre. Pero él, en realidad, no ha hecho nada más que descubrir en su mismo ser, un ser creado a imagen de Dios en la justicia y en la santidad de la verdad. Y este ser interior ha reflejado sus dones sobre lo exterior, confiriéndole una impronta que no es de nuestra naturaleza.

Las cualidades del hombre nuevo inherentes a su naturaleza regenerada son todas celestiales. Si se les da la ocasión de existir y de desplegarse, elevan al hombre indefectiblemente más allá de la naturaleza humana.  

Ellas son de por sí capaces de intimidar al hombre viejo, obligándolo a retroceder y a dejar libre el campo al hombre nuevo, para que éste ejercite el propio derecho natural de manifestar al Espíritu que está en él. Con el retroceder del hombre viejo y la limitación de su actividad en límites más estrechos, sus pasiones se apagan, su insolencia se desvanece y esto se vuelve evidente tanto al mismo hombre como a los otros. Este hecho marca el inicio de la actividad del hombre nuevo en vista a Dios y a la inmortalidad.

Este cambio puede producirse progresivamente, por medio de muchos esfuerzos, de trabajos y de intentos, sostenidos con paciencia y tenacidad, gracias también a muchas oraciones con lágrimas, gritos, violencia, dolor y tristeza. En efecto, se trata de una dolorosa doble operación de muerte y de parto, expresada con una misma palabra en la Biblia [3]: son por un lado los dolores de la muerte del hombre viejo recalcitrante que se opone con todo su ser y, por el otro, los dolores de parto del hombre nuevo. Estos implican una inmensa transformación del ser que el hombre sufre fatigosamente, porque renace imagen de su Creador en la justicia y en la santidad de la verdad. Las fuerzas repulsivas requeridas para expulsar al hombre viejo y las fuerzas de atracción necesarias para poner en obra al hombre nuevo superan las capacidades humanas. Es como si el ser humano debiese emprender la lucha contra sí mismo y darse a sí mismo muerte. Si no hubiese sido por las cualidades excepcionales del hombre nuevo, el nuevo nacimiento habría sido imposible. Pero Dios le ha creado para que viva, para que domine y nada pueda impedirle vivir. Las fuerzas vitales del hombre nuevo superan las actitudes recalcitrantes del hombre viejo, con un poder invencible que la persona percibe con admiración, preguntándose de dónde le viene esta ayuda y por qué antes estaba escondida. Él tiene la impresión de haber sido liberado de lo que le obstaculizaba y comienza a percibir como el eco de una voz que lo llama desde lo íntimo de su ser y que lo invita a la travesía.

Sin embargo, este mismo cambio puede también producirse de improviso –como testimonia la experiencia de muchos- sin esfuerzo ni dolor, como un despertar luego de un profundo sueño. Al momento de nacer, el ser nuevo espera solo un impulso de la gracia, un movimiento de fe ardiente en el corazón. Entonces se despierta, se manifiesta y suscita el asombro y la admiración. Se dice entonces que tal se ha “renovado”, se ha transformado. Él mismo percibe bien que algo ha cambiado en su ser, en su físico, en su mismo cuerpo. Su voz, su entonación, la expresión de su rostro tienen algo nuevo. Una alegría serena inunda su corazón y brota por su rostro y por todo su ser. La calma interior colma toda su vida: todos signos de que un nuevo nacimiento  en el Espíritu ha sucedido efectivamente. El hombre se siente lleno de nuevas energías espirituales que le parecen venir de lo alto pero que, en realidad, tienen su origen en el interior, en la esencia misma de su creación y de su herencia celestial.


La fisonomía espiritual del hombre nuevo

Sea que este cambio o esta renovación con el cual cada uno es efectivamente convertido en un hombre nuevo, se haya producido a raíz de esfuerzos, fatigas, oración y perseverancia, o que haya sobrevenido imprevistamente como un brusco despertar en razón del cual todo ha sido cambiado, resulta que los rasgos del hombre nuevo, en los diversos casos, son cercanísimos los unos a los otros. En efecto el hombre nuevo es, a nivel general en todos los individuos, la imagen espiritual de Cristo, o para usar una expresión de Pablo, todos han sido revestidos de Cristo. Así, la simplicidad del corazón, la alegría, la sabiduría, la inspiración, la gracia, la lucidez y la palabra espiritual que edifica al alma, son igualmente rasgos comunes a todos los que han reconocido su hombre nuevo y que viven en él. Estos rasgos espirituales comunes testimonian el realismo del segundo nacimiento de lo alto que Cristo ha instaurado en nuestro mundo. Y esto prueba que  su venida al mundo, su encarnación, la redención que ha realizado con su pasión, cruz, muerte y resurrección han sido todas profunda, total y definitivamente destinadas a la nueva creación espiritual de la humanidad, para prepararla a la última transfiguración divina de su ser, en la cual ésta vivirá la vida eterna con Dios para siempre.

Y es así que nosotros percibimos, sentimos  y atestiguamos la realidad de esta creatura nueva, secretamente recibida en el bautismo. Ésta estaba sepultada en nuestro corazón y no éramos conscientes, hasta el día en el cual hemos sido capaces de asumir esta realidad. La hemos llamado y ésta ha salido a la luz del sol, para que quien la ve atestigüe esta realidad.

A través de esta nueva creación, se afirma la Iglesia auténtica, rica de todos los dones que estaban escondidos. Ésta se vuelve visible y evidente en todos los que han recibido la gracia de reencontrar su nueva creatura espiritual.

Y tú, querido lector, estás invitado a entrar en el número de aquellos que se han adornado de  la persona de Cristo, para volverse una esposa transfigurada para la gloria del Hijo.


Volver al corazón, sede de los tesoros divinos.

Con un poco de penetración y de profundidad espiritual, nosotros percibimos en el corazón renovado el secreto de la verdadera puerta, el secreto del camino. ¿No nos ha dicho Pablo: “Cuantos habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo” (Gal 3, 27)? Si por tanto Cristo se encuentra verdaderamente en el hombre nuevo espiritual, éste posee en sí, por consecuencia, el secreto de la puerta (cf. Juan 10,7), el secreto del camino (cf. Juan 14,6). En el interior del hombre nuevo se realiza por tanto el encuentro, la acogida, la unión y la comunión “para que nuestra alegría sea perfecta” (1 Juan 1, 4). ¿No tenemos por tanto ya en nosotros a Aquel que es la vida eterna? ¡Si poseemos ya la presencia de Cristo en nosotros, poseemos por consecuencia la vida eterna y la comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo y nuestra alegría es ya perfecta, según el mensaje de Juan, en el cual él atestigua haber obtenido realmente esto!

La vida se ha hecho visible, nosotros la hemos visto y de esto damos testimonio y os anunciamos la vida eterna, que estaba junto al Padre y se ha hecho visible a nosotros. Lo que hemos visto y hemos oído nosotros lo anunciamos también a vosotros, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo, Jesucristo. Les escribimos estas cosas, para que vuestra alegría sea perfecta (1 Juan 1, 2-4)

Esto es prueba y confirmación de la palabra del Señor Jesús, por la cual él es digno de ser bendecido y exaltado: “El reino de Dios está dentro de vosotros” (Lc 17,21).

No es por tanto con la reflexión, el estudio y el esfuerzo intelectual que encontraremos a Cristo y que llegaremos al reino y a la vida eterna. Ésta es una ilusión en la cual hemos vivido por siglos,  es tiempo de reconocer que Cristo está en nosotros y que la vida eterna se encuentra en nuestros corazones. ¿Qué decir entonces? Que es necesario retornar al corazón y concentrar allí nuestra fe, nuestra oración y nuestra esperanza. En efecto es en el corazón que se manifiesta el hombre nuevo, la nueva creatura celestial de lo alto, dotada de la presencia de Cristo, del Espíritu y de la vida eterna.

Quien ha encontrado su hombre nuevo, ha encontrado la redención, la salvación, la vida eterna y el fin último de todas las cosas. Nada más le falta de las obras de Dios. He aquí que Dios ha depositado en nuestro corazón el secreto del nuevo acto creador, con todo lo que comporta en gracias y dones. ¡Qué inmensa riqueza y qué inmensa gloria!

Deja por tanto de lamentarte, de gemir y de compadecerte a ti mismo. Dios no nos ha abandonado a nosotros mismos y no ha dejado que hagamos frente a la vida con nuestra vieja naturaleza y nuestra creatura de polvo. Él no ha sido injusto en el exigir de nosotros una virtud celestial, mientras todos nuestros instrumentos y nuestras armas eran de este mundo de polvo. No nos ha pedido conocerlo, creer en él, obedecerle y amarle, dejándonos a nuestras solas capacidades terrenas, corruptibles e insuficientes. No nos ha exigido la oración continua y la vigilancia espiritual, dejándonos a la incapacidad de nuestras armas de polvo. No nos ha pedido amar a nuestros hermanos “con un corazón verdadero” (1 Pedro 1, 22), ni de amar a nuestros enemigos, mientras todo lo que conocíamos del amor se limitaba al amor carnal, fundado sobre el instinto animal propio de esta naturaleza de polvo. Sino que en previsión de lo que estaba por pedirnos –y es necesario reconocérselo- Dios ha depositado en nuestro corazón una creatura humana enteramente renovada, que no tiene más nada que ver con el polvo del suelo, sino que es de naturaleza celestial, de la misma naturaleza del cuerpo de Cristo resucitado, con el cual ha vencido al pecado, pisoteado a la muerte, aniquilado al demonio y se ha elevado de la tierra, alejándose de este mundo mortal y efímero. Esta naturaleza nueva es rica de los dones del Espíritu, de las armas de la gracia, del espíritu de oración, del amor divino perfecto y de la humildad propia de la infancia espiritual.

Cristo nos ha por tanto provisto de su mismo cuerpo, de su Espíritu, de su amor y de su victoria. Ha depositado en nuestros corazones esta creatura nueva y nos ha puesto su sello hasta el día en el cual lograremos reconocerla para vivir de ella. Resulta por tanto que nos ha donado mucho más de cuanto nos exige.

De tal modo, ya que tenemos a Cristo en nosotros, no somos más extraños en las relaciones con el Padre. El cielo no está más lejano de nosotros sino que se ha vuelto nuestra patria que nos espera más de cuanto nosotros la anhelamos y nuestra parte está allí guardada junto a nuestra herencia.


¡No perdamos el tiempo en nuestra vieja condición!

Aparece evidente que Dios no nos ha creado para que viviésemos en nuestro hombre viejo insuficiente y efímero, lamentándonos de nuestro pasado y del tiempo perdido en ocupaciones inútiles, sufriendo de nuestra impotencia, de nuestra insuficiencia y de nuestros pecados vanos que incluso están ya perdonados, deplorando nuestra condición. Cada vez que leemos el evangelio encontramos que un abismo nos separa del ideal evangélico y nos sentimos inertes, incapaces de obedecer a los mandamientos, grandes y pequeños. Entre nosotros y la pureza o la santidad levantamos una barrera de desesperación que no osamos sobrepasar. Alabamos a los santos y a las santas y maldecimos nuestros días que transcurren vacíos de sentido, privados del fruto espiritual que pueda ser presentado a Dios. Viviendo en nuestro hombre viejo, lloramos nuestra muerte y lloramos a nuestros muertos que han vivido como nosotros según el hombre viejo. Los sepultamos, rodeados de desesperación, y nos consolamos con palabras que no creemos verdaderamente, diciendo que se van al cielo a heredar el reino. Pero la palabra del evangelio nos desmiente: “Si uno no renace de lo alto, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3,3), ya que “lo que es corruptible no puede heredar la incorruptibilidad” (1 Cor 15,50). El reino es el privilegio de los que han vivido como hombres nuevos, como creaturas nuevas cuya patria es el cielo.

Así perdemos el tiempo inútilmente. Sin embargo, si alzamos los ojos veremos ante nosotros numerosos ejemplos de personas que viven la vida nueva. Antes de pasar al otro mundo, ellas han ya pasado de la vida del  viejo cuerpo con sus obras de muerte, a la del cuerpo nuevo espiritual, que lleva las improntas de Cristo. Con la boca dan testimonio de la vida eterna y sus ojos están llenos de esperanza. Todas sus palabras y sus gestos irradian simplicidad y caridad. Colman su tiempo de buenas obras, de palabras que testimonian a Cristo y de oraciones espirituales eficaces que manifiestan la presencia del Espíritu Santo y dan gloria a Dios. Pasan sus días en la alegría y se van al otro mundo coronados de gozo y habiendo glorificado a Dios con su vida y su muerte.

Por esto, Dios no ha sido injusto con nosotros y no nos ha encerrado en este viejo cuerpo y en esta creatura terrestre hecha de polvo. Delante de nuestros ojos son numerosos los que han superado esta condición antigua y que han recuperado su creatura nueva, sepultada en el corazón de cada uno. Ésta es el templo de Dios y el Espíritu de Dios nos habita (cf. 1 Cor 3,16; 6, 19). Dios espera por tanto que nosotros pongamos fin al reino de la mediocridad y del tiempo perdido, para que comencemos el trabajo de parto, con gemidos, oraciones y lágrimas, para que se manifieste en nosotros el hombre nuevo, objeto de la promesa y de la alianza y nosotros vivamos el evangelio plenamente, según el designio eterno de Dios, en la alabanza, en la adoración, en la acción de gracias y en la alegría.

Ésta es pues la vida que Dios nos ha otorgado, a precio del sacrificio de su Hijo, muerto sobre la cruz y resucitado, para que nosotros viviésemos en él y con él de su misma resurrección.
   
Matta el Meskin.
Il cristiano: nuova creatura
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose.
Magnano, 1999. Pp. 85-94



   
Notas:

[1] Nos distanciamos de la Biblia CEI y se sigue a la letra al autor (corresponde a la versión de los LXX).

[2] La Biblia CEI traduce: “íntegro”.

[3] Los trabajos de parto (cf. Rm 8,22) y la agonía de la muerte (cf. Hechos 2,24) son expresados en griegos por el mismo término.




domingo, 29 de abril de 2018

La Eucaristía: alimento del hombre nuevo.



Matta el Meskín


Con gran claridad, Cristo ha manifestado la existencia de este nuevo alimento espiritual ofrecido al hombre nuevo creado según Dios en la santidad y en la justicia de la verdad, a fin que él viva y su vida dure eternamente, a diferencia del alimento material que el hombre viejo consume y muere.

He aquí las afirmaciones inequívocas de Cristo sobre este tema:

“En verdad, en verdad os digo: quien cree en mí tiene vida eterna.

Yo soy el pan de vida. Vuestros padres han comido el mana en el desierto y están muertos. Éste es el pan que desciende del cielo, para que quien coma de él no muera. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan vivirá eternamente.

El pan que yo daré es mi carne (que daré) para la vida del mundo.” (Juan 6, 47-51)

Con estas palabras Cristo afirma las siguientes verdades:

1. Aquel que cree en Cristo recibe la vida eterna. Esta verdad ha sido ya afirmada en el Evangelio según San Juan: “En verdad, en verdad os digo: quien escucha mi palabra y cree a aquel que me ha enviado, tiene vida eterna y no está sometido al juicio sino que ha pasado de la muerte a la vida” (Juan 5,24). Tal es realmente la condición del hombre nuevo que ha escuchado la buena noticia, ha creído y se ha hecho bautizar en Cristo. A causa de esto, ha nacido de nuevo, del agua y del Espíritu y se ha vuelto digno de entrar al Reino de Dios, según la palabra del Señor a Nicodemo: “En verdad, en verdad te digo, si uno no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar al reino de Dios. Aquel que ha nacido de la carne es carne y aquel que ha nacido del Espíritu, es Espíritu” (Juan  3, 5-6).

2. Cristo se presenta pues como pan vivo, nuevo, descendido del cielo a fin de que se coma y no se muera, sino se viva para siempre, aunque nos suceda de morir físicamente. Es evidente que el que se alimenta de Cristo es el hombre nuevo recreado “de lo alto”, “del agua y del Espíritu”, este hombre nuevo que Cristo ha creado en sí mismo con su resurrección de los muertos y que nos ha transmitido por medio de la fe y del bautismo.

3. Cristo precisa luego con gran claridad en qué consiste este pan que él dará en alimento al hombre nuevo para que viva para siempre: el alimento espiritual del hombre nuevo será su cuerpo dado “para la vida del mundo”. Esta última expresión encierra un significado escondido de gran transparencia: Cristo deberá ofrecer al Padre su propio cuerpo en sacrificio santo y viviente sobre la cruz para la salvación del mundo. Y para que este sacrificio santo y viviente sea eficaz en el hombre y les de la salvación  y la remisión, la vida y la justicia, el hombre deberá necesariamente comer de él para beneficiarse de su eficacia divina, mística y sobrenatural. Para dar a cada hombre la ocasión y el derecho de comer, en todo tiempo y en todo lugar, Cristo instituyó la tarde del Jueves santo, durante la comida pascual que tomaba con sus discípulos, el rito de inmolación del propio cuerpo: tomando el pan común, dio gracias, pronunció la bendición, lo partió y lo dio a sus discípulos como cuerpo partido sobre la cruz en el día del Viernes. En efecto lo definió con estas palabras misteriosas e impresionantes: “este es mi cuerpo partido por vosotros (sobre la cruz). Comed de él todos.” Luego, después de la comida, tomó la cuarta copa del rito pascual, con vino y agua mesclados, dio gracias, pronunció la bendición y la dio a sus discípulos diciendo: “Esta es mi sangre derramada por vosotros (sobre la cruz). Bebed de ella todos”.

De tal modo, por una escondida eficacia divina que obra sobre el pan y sobre el vino, Cristo ha actualizado la presencia mística y divina de su cuerpo auténtico, inmolado sobre la cruz, y de la sangre que fue derramada.

Con esta misma eficacia escondida y divina, ha actualizado por tanto el sacrificio pascual de su cuerpo por medio del pan y del vino. Así, quien coma de este pan pascual y místico y beba de este vino pascual y místico, come místicamente a Cristo mismo como sacrificio pascual, ofrecido al Padre por la remisión de los pecados y la vida eterna de quien lo reciba.

Para elevar el acto de recibir su cuerpo y su sangre a nivel de una alianza eterna entre nosotros y él, Cristo dice esta frase breve pero cuyo sentido es evidente: “Quien coma mi carne y beba mi sangre tiene vida eterna y yo lo resucitaré el último día” (Juan 6, 54).  Y para impedir que se piense que quien lo recibe come del pan común y bebe del vino común, agrega: “Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida” (Juan 6, 55). Esta palabra tiene un profundo significado. Cristo distingue entre el hecho de comer del pan común y beber del vino común y el hecho de comer su cuerpo divino y beber su sangre divina. El pan eucarístico transformado en cuerpo de Cristo contiene toda la potencia de vida de la carne vivificante del Verbo. No es más un alimento simple que el hombre ingiere en su cuerpo y muere, sino un alimento “verdadero”. Es “verdadero” lo que no cambia y no pasa. Ahora, solo Dios no cambia y no pasa. Esto significa que aquel que coma el cuerpo y beba la sangre que subsiste por una eficacia divina en el pan sacramental partido y en el vino mezclado, “come y bebe la Verdad”. Esta expresión encierra el significado profundamente místico de “asimilar”, por así decirlo, la divinidad de Cristo que se encuentra en el cuerpo eucarístico y en su sangre para la remisión de los pecados y la vida eterna. Es lo que Cristo explicita luego de modo admirable: “Aquel que coma de mí vivirá por mí” (Juan 6, 57). Que se relaciona a lo que dice Pablo: “No soy yo más quien vive, sino Cristo el que vive en mí” (Gal 2, 20).

Así, Cristo ha establecido con una alianza eterna que quien coma de este pan pascual partido y beba de este vino pascual mezclado, habrá comido a Cristo mismo en su calidad de sacrificio pascual inmolado sobre la cruz y vuelto garante de la salvación del hombre para la remisión de sus pecados y la vida eterna. Por esto el Jueves santo es llamado “Jueves de la alianza”, de aquella alianza nueva de la cual Cristo ha dicho abiertamente: “Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros” (Lc 22,20).

Del mismo modo, Cristo ha revelado la eficacia mística del acto de recibir su cuerpo y su sangre con estas palabras: “Quien coma mi carne y beba mi sangre permanece en mí y yo en él” (Juan 6,56). Esta mutua compenetración con Cristo mediante la comunión de su cuerpo y de su sangre es el fundamento de lo que es llamado la unión mística y que Juan  expresa en estos términos: “Nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo, Jesucristo” (1 Juan 1,3). Y Cristo: “Yo estoy en el Padre y vosotros en mí y yo en vosotros” (Juan 14,20). “Que todos sean uno, como tú Padre estás en mí y yo en ti, también ellos en nosotros sean una sola cosa”. Y también: “Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectos en la unidad” (Juan 17,23).

De allí deriva por tanto que la esencia de la nueva alianza consiste en este nuevo alimento espiritual que Cristo nos ha hecho descender del cielo, como pan vivo y divino, en su cuerpo, para el alimento del hombre nuevo, a fin de que éste viva y su vida dure eternamente. Por esto, nosotros que hemos comido el cuerpo y bebido la sangre hemos entrados en la plenitud de la nueva alianza que Dios ha realizado con nosotros mediante la sangre de su Hijo único, que él nos ha dado de beber. El Hijo ha penetrado en la profundidad de nuestro ser y nosotros, por nuestra parte, nos encontramos profundamente insertos en él. Unidos a él, aparecemos delante del Padre dignos de ser sus hijos y de compartir la herencia del Hijo único.

La eucaristía, este alimento “verdadero” del hombre nuevo, nos ha pues trasladado de la tierra al cielo, de la condición de creatura sacada del polvo, como uno de los animales que circundan la tierra, a la condición celestial de un ser espiritual digno de comparecer ante Dios, en la justicia y en la santidad, en alabanza y gloria de su gracia, la cual nos ha donado en el Predilecto. Todo esto en respuesta al beneplácito de la voluntad del Padre.

Matta el Meskin.
Il cristiano: nuova creatura
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose.
Magnano, 1999. Pp. 77-81