Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

jueves, 13 de julio de 2017



"Es más, el estudio de los místicos, el acompañar a sus mentes, por humildemente que sea, trae consigo, como lo hacen la música o la poesía -pero en un grado mucho más alto- una extraña euforia, como si nos acercáramos a alguna poderosa fuente del Ser, y estuviéramos por fin al borde del secreto que todos buscamos. Los símbolos mostrados, las palabras reales empleadas, cuando son objeto de análisis, no bastan para explicar tal efecto. Ocurre, antes bien, que estos mensajes procedentes del yo trascendental de otro que ha despertado remueve nuestros yoes profundo en su sueño. No sería extravagante decir que esos escritos, que son el resultado de una experiencia mística verdadera y de primera mano pueden ser reconocidos por el poder de impartir en el lector el sentido de la vida exaltada y expandida. 'Todos los místicos, dice Saint-Martin, hablan la misma lengua; pues proceden del mismo país'. La vida profunda, no moral, que hay en nosotros también ha venido del mismo país, y reconoce los acentos de casa, aunque no siempre entienda lo que dicen."

Evelyn Underhill


sábado, 10 de junio de 2017

"... sino ponerse en soledad y mirarle dentro de sí y no extrañarse de tan buen Huésped."



Ya sabéis que Dios está en todas partes. Pues claro está que adonde está el rey, allí dicen está la corte; en fin, que adonde está Dios, es el cielo. Sin duda lo podéis creer, que adonde está su Majestad, está toda la gloria. Pues mirad que dice san Agustín que le buscaba en muchas partes y que le vino a hallar dentro de sí mismo. 

¿Pensáis que importa poco para un alma derramada entender esta verdad, y ver que no ha menester para hablar con su Padre Eterno ir al cielo, ni para regalarse con Él, ni ha menester hablar a voces? Por bajo que hable, está tan cerca que nos oirá; ni ha menester alas para ir a buscarle, sino ponerse en soledad y mirarle dentro de sí y no extrañarse de tan buen Huésped; sino con gran humildad hablarle como a un Padre, pedirle como a un Padre, contarle sus trabajos, pedirle remedio para ellos, entendiendo que no es digna de ser su hija.

Santa Teresa de Jesús 
Camino de Perfección
Cap. 28, 2.


domingo, 30 de abril de 2017

Emaús

P. Diego de Jesús



Iba yo caminando, cabizbajo, mascullando conmigo mismo esa maraña de incordios cotidianos que empañan la vida. Cuando de repente, levanté la vista y vi una puerta entreabierta en el cielo (Ap 4,1). La vi yo, con mis propios ojos, aunque pueda ser impreciso llamarlos “propios”. Tampoco sé si usar el posesivo para referir a los oídos que entonces escucharon lo que escuché: una voz de cristal que me dijo: sube acá y te mostraré los Hechos. “Asciende” en verdad fue el verbo que empleó. Y no doy fe de lo que materialmente haya pasado, pero mi espíritu se lanzó resuelto, más por el poder imantador de la consigna que por una resolución propia.
“Asciende” se me dijo, desde la abierta puerta célica.
Y yo ascendí.
El sendero era escarpado, estrecho y sinuoso. Las tres notas lo hacían hermoso; y los tres rasgos, a la vez lo tornaban tremendo. Al poco de andar vi de lejos, tras la puerta abierta, un trono y Alguien allí sentado. Avancé un poco más y percibí entonces en la mano derecha del que está sentado en el trono un Libro (Ap 5,1). No dudé ni por un instante de que fuera eso: un libro. No obstante no se parecía a ningún libro que hubiera visto jamás.
Magro es el habla para decirlo, pero cada palabra, cada letra incluso, podía ser leída del derecho o del revés; o mejor dicho: por fuera y por dentro. Como si esta e pudiéramos recorrerla por sus curvadas entrañas; por sus escarpadas, estrechas y sinuosas entrañas. Como si las letras tuvieras caminos interiores dignos de ser paseados…

Como fuera, lo contundente del caso es que el libro estaba absolutamente blindado. Sellado con siete sellos inviolables. Ya la sola imagen generaba una creciente angustia y desolación. Pero fue la voz del ángel la que terminó de generar en mí la más oscura y lacerante de las penas. Fue una pregunta, pero más sabía a clamor, a lamento, a dolor: ¿quién fuera capaz, quién sea digno de abrir el libro y romper sus sellos, quién? Él escalofriante silencio que siguió era la respuesta unísona del cielo, de la tierra y del abajo de la tierra: ¡nadie!
El pudor me inhibe de confesarlo, pero me fue inevitable el llanto. Lloré como un chico.
Y seguí caminando.

Tal vez por el sollozo no me percaté de que alguien se había puesto a caminar a mi lado. ¿Por qué lloras?, preguntó sin preámbulos. Mi abisal tristeza hecha letra en el rostro intentó responderle sin más palabras que esa. Pero el misterioso peregrino insistió sin molestarse siquiera en reformulaciones: ¿por qué lloras?

Una sola respuesta verbal cabía aunque implicaba retrucar con otra pregunta. Y eso hice: ¿por qué no habría? ¿Crees acaso que no hay motivo suficiente?

El forastero se detuvo en seco. Y yo con él. Y me dijo muy quedo: no llores más. Por años intenté reconstruir esa entonación. Pues no sabía ni a imperativo ni a queja. O sí, pero con una normalidad abrumadora. Lo más asombroso fue que en el instante mismo en que lo dijo se secaron mis lágrimas.

Respecto a lo que sigue, yace lejos la voz lejos para aludir a la lejura con que las palabras puedan narrar los hechos. “Ha triunfado el León” fue lo último que entendí, si es que ocurrió en mi entendimiento. “No llores pues ha triunfado el León” (Ap 5,5), más exactamente.

Luego pareció enojarse y hasta rugir como sabe hacerlo la fiera aludida. Me recriminó cerrazón, necedad, dureza. Y me conminó a aflojarme, a desaferrarme, a soltarme. No le entendí bien, pues no estaba agarrado a nada.
¡Ríndete!, bramó el León en monosílabo.
Y creo yo que por puro susto, algo intangible solté.

Y volvió la voz de trompeta a clamar “asciende aquí”. Un Viento fragoso nos remontó en vuelo y atravesamos la dorada puerta abierta y un mar de cristal y el trono esmeralda y los relámpagos y truenos que lo rodeaban, y las siete antorchas de fuego… hasta que, entre medio de indescriptibles seres colmados de ojos, dimos con el centro del Trono, y allí, con el Libro. Aquel Libro cerrado y sellado.

El misterioso Peregrino, que se había tornado blanco y resplandeciente con la pureza de un cordero, tomó el libro y rompió con su Sangre los siete sellos. Al abrirlo, un perfume embriagador lo invadió todo y un coro de incontables voces entonó una música inefable. Noté recién entonces que el Libro era inmenso y de algún modo inmaterial. Sus hojas eran de luz y sus palabras, vivas y danzantes, parecían dorados peces en aguas cristalinas. Y el Cordero peregrino me tomó de la mano y me internó en el Libro. “Ven”, dijo con el candor y calma de un niño; “ven, entremos, caminémoslo por dentro y te lo explicaré todo”.

No me pida el oyente o lector que avance mucho más narrando lo inefable, pero anduvimos y anduvimos y anduvimos por los paisajes y parajes más increíbles. Siempre de Su Mano, conocí recodos del Éxodo, de Jueces, de Oseas y Jeremías, de Tobías y el Cantar, de Isaías y Joel que ni imaginaba que existieran. Y luego me dijo: “te llevaré a un lugar más íntimo aún, donde se guardan los secretos del Rey”. Y entramos al Salterio. Y lo caminamos entero. Todo hablaba de Él. Por el afuera y por el adentro de cada texto, todo hablaba de Él y era Él.

No sé si era porque las entrañas del Libro eran pura lumbre, si era por la Mano incandescente que no soltaba la mía, o por la conmoción del viaje, pero comencé a sentir fuego en mi corazón que se azuzaba cada vez que el Peregrino, ante un pasaje de la Escritura, me miraba y me decía: ¿ves? ¡Mira bien! ¡Soy Yo mismo!

Resonó entonces, en la silente quietud de la aurora, la campana. Siete y media, hora de la Misa conventual. Cerré mi Biblia, la besé, apagué los cirios de mi eremita y me fui a revestir para la Fracción del Pan, donde volver a reconocer al misterioso Peregrino; el del rugido de León y la mansedumbre del Cordero. Aquel único digno de abrir el Libro y romper sus sellos; a Él sea el honor y la gloria por los siglos, amén.  
   

Diego de Jesús
30 de abril 2017 







ANÁSTASIS O BIEN EL DÍA QUE VI NEVAR

P. Diego de Jesús
Homilía de la Vigilia Pascual 2017
(Desgrabación)





Hace muchos siglos, un pobre monje, como era la costumbre, recorrió muchos kilómetros hasta la ermita de un anciano monje sabio para pedirle una palabra de vida. Esto responde a una antiquísima tradición, donde no se pedían grandes discursos, lustrosos tratados, exhaustivas explicaciones, minuciosos análisis… sino que se pedían dardos de fuego, palabas de vida.
- “Padre, dime una palabra, una palabra de fuego…”

Y estas palabras eran misteriosas muchas veces y al joven monje le llevaba semanas o meses masticar, descifrar, desentrañar… Y así fue este monje a preguntarle a su abba, a su maestro, a su padre espiritual: - Padre, ¿cuál es la realidad más honda del cristianismo, cuál es el centro fontal de nuestra fe, el vórtice de nuestra religión?
Y el anciano le dijo: - “Cuando yo era niño vi muchas veces las cumbres de las montañas nevadas, he visto prados nevados, he visto incluso mi pueblo natal amanecer todo nevado… pero fue recién aquel día en que por primera vez yo vi nevar, en que por vez muy primera vi que estaba nevando, recién ese día comprendí la nieve”.
Y lo despachó
Al año siguiente (porque lo visitaba una vez al año) volvió el joven discípulo a decirle: - He pensado largamente, Padre, en sus cerros nevados, en sus prados nevados y en aquel día en que vio que estaba nevando y entendió la nieve… pero yo no lo entendí a Usted… ni cuál sea la relación con el secreto más profundo de nuestra fe, con el centro meduloso de nuestra fe…
Y el maestro lo sentó; y le explicó que los cristianos suelen vivir de la certeza de que Cristo ha resucitado, pero recién el día en que el cristianismo tiene la experiencia de que Cristo está resucitando del sepulcro, entiende la fe, accede al centro vital, al brocal de la fe cristiana.

Y es esa la experiencia de esta noche, la más santa, la más bella de las noches… No es la experiencia del resto del año, donde vivimos la certeza de un Señor que ya ha resucitado. Como dice San Pablo, ciertamente, vivimos de esta certeza, la de un Cristo resucitado, que solemos proclamar con gozo y convicción, expresado así, en participio verbal. Pero esa experiencia estable de Cristo Resucitado no tendría fundamento, no tendría surgente, no tendría manantial desde donde brotar, si no fuera porque antes del Cristo resucitado hay un Cristo resucitando. Sólo el paso del participio al gerundio, de la acción realizada a la acción realizándose, habilita el acceso al misterio mismo, al misterio vibrante, al tremolar mismo de la acción, del acontecimiento. Es el paso de la cumbre nevada a la copiosa nieve cayendo.
Y esa es la magia de la liturgia, ese es el regalo, el don inmerecido que nos concede la liturgia en esta noche. Tener un acceso directo, inmediato, a ese acontecimiento por el cual Jesucristo desde las entrañas más profundas del infierno, emerge en vida nueva, surge victorioso resucitando de entre los muertos.

Cómo no pensar con dolor, con profundo dolor, en tantos hermanos nuestros. No en aquellos paganos que no conocen a Jesucristo, o que incluso habiéndolo conocido abandonaron la Fe, sino en esos otros hermanos nuestros que practican el catolicismo pero lo viven como hecho consumado, lo viven desde el participio de la realidad ya dada, y no acceden a esta experiencia, no acceden a beber a boca de surgente, a beber del manantial mismo. Desconocen lo que es un copo de nieve zigzagueando en su suave descenso…

Cristo emergiendo, surgiendo de las ínferas entrañas, es como ese fuego con que inauguramos esta liturgia. Es ese movimiento maravilloso con que el indómito fuego gravita hacia el cielo. Y de allí toma nombre, de ese movimiento, de ese emerger, de ese surgir con bravura, toma nombre esta liturgia y este misterio en su tradición más antigua: por eso los cristianos de la antigüedad llamaban a esta fiesta ‘Anástasis”.

Anástasis… de las palabras más bellas que conozca el lenguaje humano, una palabra griega, una palabra antigua, que expresa con una elocuencia peculiar el misterio a que nos referimos. Porque así como ayer, con la ayuda de San Juan Crisóstomo, hablábamos de la onomatopeya que hay en la misma cruz, cómo no percibir que en esta voz, en esa expresión “Anástasis”, está musicalmente expresado el movimiento emergente de Cristo desde el sepulcro.
No hace falta entender griego para entender la expresión Anástasis, como brioso látigo, en esa esdrújula vibrante, manifestando el más vivo secreto de nuestra fe.

Eso es pasar de las cumbres nevadas a la experiencia de una nevada, de un “nevando”. Dios nos regala esta fiesta de las fiestas para que nosotros podamos pasar del participio al gerundio, para que nosotros podamos pasar –y eso significa Pascua- de un consentimiento a nuestra fe porque los hechos consumados nos lo dicen y nosotros creemos y asentimos a lo que nos dicen, pasar a la experiencia personal de los mismos hechos.
Porque nuestra fe, como decía el papa Benedicto, nace de la audición, pero sólo ‘nace’ de la audición… y necesita pasar de ese nacimiento inicial, embrionario, a ser una fe que no vive del cuento, del relato recibido, de lo que otros le contaron, sino que pasa de lo que otros me contaron, a ser testigo ocular del acontecimiento. Eso es una fe madura, una fe bien plantada. Me lo habían contado pero hoy soy testigo directo, ocular. Yo conocía tu Resurrección de oídas (diría Job) pero ahora la han visto mis ojos. Me lo contaron pero hoy soy testigo, en esta Noche Santa. Qué bello es el verbo “presenciar”…
Y esta es la fe que le hace honor a la voz Anástasis.
Esta es la fe que justamente pasa del discurso mortecino y cansino de repetir doctrinas, a proclamar el anuncio, incluso desordenado, con la voz balbuceante y la respiración entrecortada, de quien cuenta, agitado, lo que le ocurrió; lo que le acaba de ocurrir: ese es Pedro, esa es Magdalena, ese es Cleofás, esa es la Virgen Madre misma.

Anástasis, fuego de resurrección, es un movimiento emergente, lleno de brío, de energía, de dinamismo, que expresa diáfana nuestra fe. Expresa no solamente este centro de nuestra fe que es la resurrección de Cristo, sino que expresa concéntricamente todos los movimientos de nuestra fe.
Cuando leemos la palabra de Dios, podemos enfrentarnos a una palabra ya dicha, o a una palabra diciéndose, y eso es un eco de la Anástasis. Cuando nos acercamos a la Eucaristía, podemos acercarnos a un Sagrario donde Cristo ya está presente, o a esa experiencia del acontecimiento litúrgico de la Misa, donde se realiza, se hace presente, donde irrumpe la presencia real del Acontecimiento Cristo.
Y así en la plegaria de cada día, en nuestra vida cotidiana. Hay que permitirle al Señor irrumpir, emerger, y hacerse presente para tener nosotros la experiencia del gerundio. El gerundio es el tono muscular del cristianismo, es la dinámica propia del cristianismo. Incluso en el Nombre que está sobre todo nombre, en Jesús, vibra un palpitante gerundio: Dios-está-salvando…
El Misterio no es una realidad concluida, cerrada: es una realidad dinámica que se está dando, y de ello somos testigos y en ella somos sorprendidos. Sorprendidos en un gozo inefable.

¿Qué es el cristianismo? Es la sorpresa que irrumpe en el corazón; la sorpresa de un gozo inefable, no se le ocurre mejor modo de nombrarla, que decir que fue sorprendido por la alegría. El cristianismo es eso, es la experiencia sorpresiva, imprevista, de la irrupción de un gozo, que emerge, que irrumpe desde las entrañas más profundas hasta el color rojizo de las mejillas. Nuestros rostros están rozagantes de vida nueva, sonrojados de gozo, de una alegría inexplicable… esa que el mundo no entiende, esa que el mundo no puede dar ni inventar.

Un mundo que se cree experto en placeres, en su hedonismo barato desconoce los secretos de estos gozos… Un mundo que se cree experto en fiestas, que se considera muy fiestero, gracioso, divertido, jamás podría tener la experiencia  que estamos haciendo hoy nosotros, cansados, mojados, amuchados a medianoche en una capilla en medio de la montaña, palpitando de gozo, en un vibrar interior que nada, absolutamente nada del mundo podría darnos…

Anástasis es el tono, es el punto exacto, la afinación exacta de todo lo cristiano: de la plegaria cristiana, del pensamiento cristiano, del propósito cristiano… Al son de la Anástasis debo rezar, debo sentir, debo optar, debo vivir… en una tesitura casi inefable, que se desmarca, que se aleja de esos dos opuestos que no le pertenecen, que no lo expresan, que no son lo cristiano. Opuestos expresados en esa caricatura del cristianismo que es el progresismo, en su flaccidez invertebrada, pero no menos caricaturizada por ese conservadurismo rígido, aparatoso, sin gracia, insulso, desabrido… Y mientras progresistas siguen insistiendo en su invertebrada flaccidez y conservadores siguen arengando su aparatosa rigidez, el cristianismo profundo anuncia con brío y entusiasmo: ¡Anástasis! Esa es la verdad, esa es la Fe de la Iglesia, esa, nuestra luminosa y fogosa verdad, ese es nuestro grito de guerra y de amor: ¡Anástasis!

Cristo ha resucitado de entre los muertos y nosotros hemos sido testigos oculares de ese acontecimiento.
El Señor nos conceda no apartarnos jamás de la paradoja del Fuego Nuevo: de este brío, de esta elegancia, de esta lúdica gracilidad, como danza el fuego en cabriolas al Cielo. Fuego que a su vez es contundente y firme, es intenso, es dinámico… Fuego que en sus trenzadas lenguas manifiesta la conjunción paradojal del cristianismo, del tono cristiano.
Dios nos conceda, contemplando la Anástasis del fuego, pasar del participio al gerundio. De la experiencia de un Cristo resucitado a este gozo inefable de verlo, erguido y majestuoso, resucitando de entre los muertos.

  
P. Diego de Jesús
Monasterio del Cristo Orante




Homilía sobre la grandeza del rango de los ángeles

San Juan de Dalyatha


Aquel que ve  la belleza de tales revelaciones y visiones ya no encuentra belleza en nuestro mundo. No hay quien haya gustado la riqueza de Dios que no tenga al dinero por estiércol; nadie que haya disfrutado la compañía de los ángeles, nadie que se haya embriagado con su éxtasis, nadie que haya compartido sus secretos, que no odie la compañía de este mundo y sus intrigas. No hay nadie que haya sido perforado por el amor de Cristo que pueda seguir soportando la abominable suciedad de la lujuria; nadie cuya mente ha sido cautivada por la Belleza de Dios que pueda ser cautivado por cualquiera de las pasiones de este mundo; nadie que haya encontrado y conocido a Dios que no haya orgullosamente olvidado este mundo. Éste colecciona estas piedras preciosas y las guarda en el tesoro de su corazón.

Éste es el comerciante que encuentra consuelo en la plegaria. Él siempre nada en sus aguas. Él se sienta para examinarse a sí mismo de modo que pueda ser purificado en el océano de luz e irradiar esa luz: una túnica real para el Cristo eterno. Éste es el hombre que trabaja silenciosamente, su amor transporta su mente por las aguas que lavan su pecado.

Benditos son aquellos que, mientras están cautivos en la insondable profundidad que todo lo abarca montan sobre las crestas de luz con las alas del Espíritu Santo.

Benditos son aquellos que se han lavado en las aguas de la pureza, en las olas de luz, en las cataratas de fuego purificante, fuego que limpia a todos aquellos que lo buscan.

Benditos son aquellos cuyo Creador se ha transformado en su Maestro, cuya fortuna yace en su Espíritu, cuyo alimento es ver a Dios, cuya bebida son las delicias del Espíritu.

Benditos son  aquellos cuyo sol nunca se oculta, cuyos ojos nunca verán la oscuridad, cuya luz, el esplendor de Cristo, nunca renunciará a sus almas.

Benditos son aquellos que se han vuelto seres espirituales mientras están en la tierra, que conversan con su Creador.

Benditos son aquellos que trabajan en la plegaria, cuyo descanso yace en la vigilancia del Espíritu Santo en su interior. En sus almas ellos siempre escuchan sus secretos ocultos. Es el Espíritu quien santifica el gozo de sus corazones.

San Juan de Dalyatha



Texto citado en
Orthodox Prayer Life – The interior Way
de Matta El-Meskeen.
Ed. St Vladimir Seminary Press. 2003.
Pág. 70

Traducido para el blog por Gonzalo Anton





viernes, 24 de marzo de 2017

Padre Matta el Meskin: maestro de misericordia.

Epifanio de San Macario *


Desde el momento en el que entré al Monasterio de San Macario, aprendí el significado del perdón. Esta es una de las cosas más maravillosas que escuché de los ancianos del monasterio, y especialmente del padre Matta el Meskin, es la exégesis de las palabras del Señor Jesús del Evangelio según Mateo 18, 15-17. Inmediatamente después de haber contado la parábola de la oveja perdida, cómo el pastor deja las noventa y nueve ovejas para ir a buscar a la que estaba perdida, dice el Señor Jesús:

“Si tu hermano llega a pecar, ve y corrígele, a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano. Si no te escucha, toma todavía contigo uno o dos, para que todo asunto quede zanjado por la palabra de dos o tres testigos. Si les desoye a ellos, díselo a la comunidad. Y si también desoye a la comunidad, considéralo como al pagano y al publicano.” (Mt 18, 15-17)

¿Por qué nuestro Señor Jesús ha unido la oveja perdida al hermano que peca? Habréis notado que nuestro Señor no pide a quien ofendió que se vaya a disculpar, sino al contrario, pide a la parte ofendida tomar la iniciativa de la reconciliación. Si esto no sucede, el ofendido debe pedir ayuda a alguna otra persona a fin de que haga de mediador. Si no, la que debe intervenir es la iglesia. En el caso en el cual todos estos esfuerzos fallaran “sea para ti como el pagano y el publicano”.

Para entender el sentido de “pagano y publicano” debemos hacer referencia a la misma vida de nuestro Señor Jesús que ha sido definido “amigo de publicanos y de pecadores” (Mt 11, 19). Helo aquí ir de prisa a cenar con Zaqueo, el jefe de los publicanos, a su casa. Seguido a este encuentro fue la conversión de Zaqueo quien cree en Cristo, junto con toda su familia (cf. Lc 19, 1-10).

Cuando el Señor Jesús llamó al seguimiento a Mateo el publicano, fue a cenar con él a su casa:

“En cierta ocasión, estando él a la mesa en la casa de Leví, muchos publicanos y pecadores se sentaron a la mesa con Jesús y sus discípulos, pues eran muchos los que le seguían. Al ver los escribas de los fariseos que comía con los pecadores y publicanos, dijeron a los discípulos: ¿Es que come con los publicanos y pecadores?” (Mc 2, 15-16)

Una vez más, vemos al Señor alabar la oración del publicano: “Yo os digo: éste, a diferencia del otro, volvió a su casa justificado” (Lc 18,14) y alaba al samaritano diciendo: “No se ha encontrado ninguno que volviese a dar gloria a Dios, fuera de este extranjero” (Lc 17,18).

Llegamos, por tanto, a la conclusión que, si tu hermano no acepta tu iniciativa de reconciliaros, debes considerarlo como un pagano y un publicano, es decir una persona frágil para la cual la salvación de Cristo ha venido y que merece mucho más tu amor.

¿No es pues ésta la historia de toda la creación? Cuando el primer hombre pecó contra Dios, Dios mismo se puso a buscar a la oveja perdida: “Y el Señor Dios llamó al hombre y le dijo: ¿Dónde estás?” (Gen 3,9). Adán acusó a Eva y Eva, a su vez, a la serpiente. Pero Dios envió a los profetas y a los apóstoles de modo que “toda cuestión se decidiera sobre la declaración de dos o tres testigos” (2 Cor 3,1). Luego, envió a la Iglesia bajo la forma de sacrificios, prescripciones y leyes.

Finalmente, después del fallo de estos intentos de reconciliación con la creación extraviada y perdida, el Señor la ha tratado como se trata a un pagano y a un publicano, es decir como una creatura débil que no tiene ninguna capacidad ni de reconciliarse ni de volver por él mismo. Ha estado por esto obligado a bajarse de la espalda a las noventa y nueve ovejas que no se habían extraviado para ir a buscar a la perdida. Con respecto a esto, el padre Matta el Meskin dice:

“Cristo no ha desatendido los sentimientos de la parte que ha sufrido la injusticia, ni ha dado poca importancia a la deslealtad cometida en nuestras relaciones. Pero sus ojos están fijos sobre el amor y sobre la misericordia que todo perdona y todo soporta, a fin de que podamos asemejarnos al Padre que nos trata con mucha delicadeza y nos perdona tantísimas cosas. Por último, Cristo tiene fija la mirada sobre el perdón total que le causará sufrimientos, angustia, la crucifixión, las laceraciones de la propia carne y finalmente la muerte, como precio por nuestros graves pecados.” [1]

También dice:

“La ley del Reino de los cielos, en efecto, es que quien viva será el oprimido y aquel que conquista será el derrotado. Las cosas están invertidas de una manera extraordinaria: “Si uno te da una cachetada sobre la mejilla derecha, tú ponle también la otra” (Mt 5, 39). En otras palabras, a quien me da una cachetada sobre la mejilla derecha yo respondo: “Gracias”, y luego prosigo por mi camino. Este es el camino que lleva al Reino de los cielos. Mi meta es preciosa y mi camino importante. Si me paro a litigar, esto significará para mí el fin.” [2]

En otro lugar escribe

“Con la pluma habría podido fácilmente defenderme y convencer a las personas. Pero en ese mismo momento, habría arrojado de mí el yugo de Cristo y habría vuelto a ser laico. ¡Pero en cambio soy monje! Nosotros debemos soportar las persecuciones y las tribulaciones. Sin la Palabra de Dios, el hombre no dejaría de gritar, lamentarse y llorar. Para mí ha sido un bálsamo, un vendaje y un gran médico que me ha hecho entrar en su consultorio cuando estaba hecho pedazos y me hecho salir sano y recompuesto. He salido más sereno de cuando había entrado. La Palabra de Dios ha sido mi consolación día y noche. Como dice el apóstol Pablo: “Insultados, bendecimos; perseguidos, soportamos” (1 Cor 4,12)” [3]

He aquí una historia extraída del libro El Padre Matta el Meskin y la gracia de la iluminación mediante el santo evangelio:

“El ecónomo del monasterio había maltratado al padre Matta y a sus monjes y le causó la salido del monasterio y la dispersión de ellos. Cuando la conciencia comenzó a carcomerle, y después que Matta el Meskin y su comunidad habían transcurrido muchos años de sufrimiento en el desierto de al-Rayyan, este ecónomo se volvió obispo. Escribió entonces una carta al padre Matta en la cual se disculpaba y se decía disgustado por lo que había hecho en sus confrontaciones, pidiéndoles perdón. Adjuntó también una suma de dinero como gesto para expresar sus disculpas. El Padre Matta, reunió alrededor de él a la comunidad, leyó en voz alta la carta delante de ellos. Hubieron dos opiniones: la primera, rechazar la carta y el dinero, a causa del mal causado a ellos injustamente; la segunda, aceptar las escusas y perdonarlo. El Padre Matta, entonces, les dijo: ‘Escuchad la sentencia de Dios y del evangelio”. Luego comenzó a decirles, en un largo discurso, que el amor es superior a la verdad. Dijo: ‘El amor es un carisma de la Iglesia. Pero no le damos demasiado espacio en nuestra vida, porque hemos sido muchas veces engañados y erigimos barreras entre nosotros y el amor. Os doy el ejemplo de mí mismo. Cuando veo un hermano que hace algo equivocado, me encuentro ante dos posibilidades: o permanezco en silencio, mostrándole así mi amor, semejante a la ternura divina que cubre todos los errores y los pecados. O bien lo enfrento con la verdad, lo reprendo, le muestro su error y lo corrijo. He transcurrido toda mi vida siguiendo este segundo método, hablando de la verdad y poniéndome a la espalda el amor. Pero sólo este año me di cuenta de haber llegado a una situación peligrosa que es capaz de hacerme retroceder, echando a perder la experiencia de una vida. Por esto el amor debe prevalecer”. [4]

En su comentario a la palabra de Jesús en el Evangelio según Marcos: “Cuando os pongáis a orar, si tuvieses algo en contra de alguien, perdonaos” (Mc 11, 25), el padre Matta dice:

“La maravilla del evangelio, aquí alcanza el ápice. Cristo, en efecto, afirma que, para obtener respuesta de Dios, la oración debe brotar de un corazón puro. Y nada hace impuro al corazón si no el odio, la alienación, la ira, el resentimiento y la condena a los otros.” [5]

El Padre Matta entiende el perdón en su sentido más amplio, que significa aceptar al otro, al otro distinto de mí en todo, especialmente en la fe o en la doctrina. Antes de entrar en el monasterio, había encontrado a los responsables del movimiento de la “Escuela dominical” de su tiempo en Egipto. La cuestión planteada fue: ¿los católicos y los protestantes entrarán en el Reino de los cielos? La respuesta obviamente fue: no. El Padre Matta se entristeció mucho porque sabía que esta idea estaba difundida entre muchas figuras destacadas en el interior de la Iglesia.

Pasaron los años y un día el padre Matta debía ir al Cairo para una operación quirúrgica. El presidente de la comunidad evangélica en Egipto fue a agradecerle la visita y le hizo la misma pregunta: ‘¿los protestantes entrarán en el Reino de los Cielos?’ El Padre Matta respondió así: ‘Ni los católicos, ni los protestantes y ni siquiera los ortodoxos entrarán en el Reino de los cielos, sino sólo la nueva creación en Cristo Jesús. Ya que en Cristo Jesús ni la circuncisión ni la no circuncisión cuentan en algo, sino el ser una nueva creación (Gal 6, 15).  

Epifanio de San Macario
El Padre Matta el Meskin:  maestro de misericordia.
AA.VV. Misericordia y Perdón.
Edizioni Qiqajon. Comunità di Bose. Magnano 2016.
Pp. 301-306




Notas:

* Obispo copto, superior del Monasterio de San Macario, en Wadi el Natrum (Egipto). Traducción del original árabe por Marcos el Macario.

[1] Matta el Meskin, Al-Ingil bi-hasab al-qiddis Luqa: dirasa wa-tafsir wa-sarch (El Evangelio según san Lucas. Estudio, exégesis y comentario), Wadi el Natrun 1998, p. 294.

[2] Id., Higrat al-masihi ila allah: izat amagil ayyam al-sawm al-arba ini al-muqaddas (La migración del cristiano hacia Dios. Homilías sobre los evangelios de los días feriales del ayuno de la Cuaresma), Wadi el Natrun 2011, p. 19.

[3] Id., Abuna Matta al-Miskin wa-ni mat al-istinara bi-l-ingil al-muqaddas (El Padre Matta el Meskin y la gracia de la iluminación mediante el santo evangelio), Wadi el Natrun 2015, pp. 49-50.

[4] El discurso aquí citado es extraído de una homilía inédita, tanto en árabe como en las traducciones, con el título “Al-Haqq wa-l-mahabba” (Verdad y caridad), pronunciada al final de 1967, cuando el padre Matta y sus discípulos vivían en el desierto de al-Rayyan.


[5] Id., Al-Ingil bi-hasab al-qiddis Marqus: dirasa wa-tafsir wa-sarh (El Evangelio según san Marcos. Estudio, exégesis y comentario), Wadi el Natrun 1996, pp. 480-481.


sábado, 18 de marzo de 2017

Aunque está dentro de ti, está escondido...


"¿Qué más quieres, ¡oh alma!, y qué más buscas fuera de ti, pues dentro de ti tienes tus riquezas, tus deleites, tu satisfacción, tu hartura y tu reino, que es tu Amado, a quien desea y busca tu alma? ¡Gózate y alégrate en tu interior recogimiento con él, pues le tienes tan cerca; ahí le desea, ahí le adora y no le vayas a buscar fuera de ti, porque te distraerás y cansarás y no le hallarás ni gozarás más cierto, ni más presto, ni más cerca que dentro de ti! 
Sólo hay una cosa, es a saber, que, aunque está dentro de ti, está escondido. Pero gran cosa es saber el lugar donde está escondido para buscarle allí a lo cierto..."

"Pero todavía dices: 'pues está en mí el que ama mi alma, ¿cómo no le hallo ni le siento?'. 
La causa es porque está escondido, y tú no te escondes también para hallarle y sentirle; porque el que ha de hallar una cosa escondida, tan a lo escondido y hasta lo escondido donde ella está ha de entrar, y, cuando la halla él también está escondido como ella...."

"¡Ea, pues, alma hermosa!, pues ya sabes que en tu seno tu deseado Amado mora escondido, procura estar con él bien escondida, y en tu seno le abrazarás y sentirás con afección de amor...."

San Juan de la Cruz
Cántico espiritual B 8-10