Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

lunes, 24 de diciembre de 2012

El Dios-hombre

Olivier Clément



Hay un solo Dios
manifestado por Jesús, su Hijo,
que es su Verbo surgido del silencio. [1]

Dios, en Cristo, busca a la humanidad, la “oveja perdida” de la parábola evangélica, hasta en las “profundidades de la tierra”, expresión de una finitud que se convierte en opaca y rebelde, sepultada en la nada.

El Señor nos ha dado un signo en la profundidad y en la altura (cf. Is 7, 14.11), sin que el hombre osase esperarlo. ¿Cómo habría podido esperar ver a una virgen dar a luz a un hijo, ver en este Hijo a un “Dios con nosotros” que desciende a la profundidad de la tierra para buscar a la oveja perdida, es decir a la creatura que él había plasmado, y subir luego a lo alto para presentar a su Padre este “hombre-[humanidad]” así reencontrado?

Un texto judío-cristiano del siglo II, atribuido a Salomón según una praxis entonces difundida en el mundo hebreo, expresa admirablemente la kénosis del Dios encarnado y crucificado. La palabra kénosis deriva del verbo ekénosen, usado por Pablo en la Carta a los Filipenses: “Cristo Jesús heautòn ekénosen- se ha despojado, humillado, vaciado- tomando la condición de esclavo y volviéndose semejante a los hombres” (Fil 2,7). Jesús nos revela el rostro humano de Dios, un Dios que “se vacía” por locura de amor para que yo lo acepte con plena libertad y encuentre en él el espacio de mi libertad.

Su amor por mí ha humillado su grandeza.
Se ha hecho semejante a mí para que yo lo reciba,
Se ha hecho semejante a mí para que yo me revista de Él.
No he tenido temor en verlo
porque Él es por mí misericordia.
Ha asumido mi naturaleza para que yo lo comprenda,
mi rostro, para que yo no me aparte de Él. [2]

El fin de la encarnación es establecer una comunión plena entre Dios y el hombre, a fin de que el hombre encuentre en Cristo la adopción y la inmortalidad, lo que los padres llaman a menudo la “deificación”: no el despojamiento de lo humano, sino su plenitud en la vida divina, porque sólo en Dios el hombre es verdaderamente hombre.

¿Cómo podría el hombre ir a Dios, si Dios no hubiera venido al hombre? ¿Cómo se liberaría el hombre de su nacimiento de muerte si no hubiese sido regenerado en la fe con un nuevo nacimiento, dado generosamente por Dios mediante aquel que sucedió en el seno de la Virgen? [3]

Es esta la razón por la que el Verbo de Dios se hizo carne, y el Hijo de Dios  Hijo del hombre, para que el hombre entre en comunión con el Verbo de Dios y, recibiendo la adopción, se volviese Hijo de Dios. Nosotros no podremos en efecto ser partícipes de la inmortalidad sin una estrecha unión con el Inmortal.  ¿Cómo habríamos podido unirnos en la inmortalidad, si esta no se hubiese hecho lo que nosotros somos, para que el ser mortal fuese absorbido por la inmortalidad y nosotros fuéramos adoptados y vueltos así hijos de Dios? [4]

En Jesús, sin embargo, el misterio es al mismo tiempo revelado y ocultado. Si bien se revela en el Crucificado, el Dios inaccesible es allí mismo un Dios escondido, incomprensible, que desbarata nuestras definiciones y nuestras expectativas. La verdadera aproximación “apofática” (la apófasis indica la “subida” hacia el misterio) no consiste solo, como a menudo se imagina, en la teología negativa: ésta tiene el único objetivo de abrirse a un encuentro, a una revelación, y es esta misma revelación, donde la gloria es inseparable de la kénosis, para ser propiamente impensable. La apófasis está pues en la antinomia, en la desgarrada identidad del abismo y de la cruz, del Dios inaccesible y del hombre de los dolores, manifestación casi “loca” del amor de Dios por el hombre, pedido humilde y discreto de nuestro amor…

Ha sido enviado no sólo para ser conocido, sino también para permanecer escondido. [5]

Con el amor de Cristo por los hombres… El Suprasustancial ha renunciado a su misterio, se ha manifestado a nosotros asumiendo la humanidad. Con todo esto, no obstante esta manifestación –o más bien, para hablar un lenguaje más divino, en el corazón mismo de esta manifestación- mantiene todo su misterio. En efecto, el misterio de Jesús ha permanecido oculto. Como es en sí mismo, ninguna razón y ninguna inteligencia ha logrado explicarlo. De cualquier modo que se lo comprenda, permanece incognoscible. [6]

La encarnación es un misterio aún más inconcebible que cualquier otro. Dios no se hace comprender si no apareciendo todavía más incomprensible. “En esta misma manifestación… permanece escondido. Incluso manifestado, es siempre el desconocido”. [7]

Es necesario volver a ubicar a la encarnación en el dinamismo global de la creación. La transgresión del hombre, ciertamente, la ha transformado en “redención” trágica, pero la encarnación es ante todo la realización del designio originario de Dios, la gran síntesis, en Cristo, de lo divino, de lo humano y de lo cósmico: “En él todo ha sido creado en los cielos y sobre la tierra, las cosas visibles y las invisibles… Todo ha sido creado por medio de él y por él. El es ante todo y todo subsiste en él” (Col 1, 16-17).

[Cristo] es el gran misterio escondido, el fin bienaventurado, el objetivo por el cual todo fue creado… Fijando la mirada sobre este fin, Dios ha llamado a la existencia a todas las cosas. Es el límite hacia el que tiende la providencia y todas las cosas de esta tierra, y por el cual realizan su retorno a Dios (eis tòn Theòn, he… anakephalaíosis) todos los seres que él ha creado. Es el misterio que envuelve todas las épocas… En efecto, todas las épocas y todo lo que en ella está contenido existen por medio de Cristo, es decir, según el misterio de Cristo. En Cristo han tenido el principio y el fin. Tal síntesis estaba predeterminada desde el origen: síntesis de límites y de ilimitado, de medida y de inconmensurabilidad, de circunscrito y de ilimitado, del Creador y de la creatura, de quietud y movimiento. Cuando vino la plenitud de los tiempos, esta síntesis fue visible en Cristo, dando pleno cumplimiento a los designios de Dios. [8]

Todo, efectivamente, existe en un inmenso movimiento de encarnación que tiende a Cristo y se cumple en él.

Que Dios haya asumido nuestra naturaleza, es un hecho que no presenta nada de extraño y de insensato para las mentes que no se hacen una idea muy mezquina de la realidad. ¿Quién sería tan débil de mente para no creer, considerando el universo, que Dios está en todo: que se reviste del universo y al mismo tiempo lo contiene y en el permanece? Lo que existe depende de Aquel que es y nada puede existir que no tenga existencia en el seno de Aquel que es. Si por tanto todo está en él, y él está en todo, para qué sonrojarse por la fe que nos enseña que un día Dios nació en la condición humana, él que, aún hoy, no está fuera del hombre?

En efecto, si la presencia de Dios en nosotros no asume aquí la misma forma que allá, se está sin embargo de acuerdo en reconocer que, ahora como entonces, él está igualmente en nosotros. Hoy está mezclado con nosotros en cuanto que mantiene en la existencia a la creación. En el pasado, se unido a nuestro ser para deificarlo a su contacto después de haberlo arrancado de la muerte… en efecto, su resurrección se vuelve para el género mortal el principio del retorno a la vida inmortal. [9]

Y es por esto que:

el misterio de la encarnación del Verbo contiene en sí todo el sentido de los enigmas y de los símbolos de la Escritura, todo el significado de las creaturas visibles e invisibles. Aquel que conoce el misterio de la cruz y del sepulcro conoce el sentido de las cosas. Aquel que es iniciado en el significado escondido de la resurrección conoce el fin por el cual Dios desde el principio creó todo. [10]

Por tanto, la encarnación es también el fruto de una larga historia, de una larga maduración carnal, terrestre. En esta perspectiva, Ireneo de Lyón, en el siglo II, ha elaborado una verdadera y propia teología de la historia, en el inmenso ritmo de las sucesivas alianzas (con Adán, Noé, Abraham, Moisés…) a través de las cuales el hombre pone a prueba su libertad, a través de las cuales un “resto” siempre más reducido interioriza y universaliza la propia espera, hasta que el sí indispensable de una mujer, María, permite finalmente la plenitud de la unión de lo divino y de lo humano. También hoy la historia continúa, la vida es ofrecida, no impuesta. También hoy el hombre, con los titanismos de la modernidad ha querido, “aún antes de ser adulto, ver desaparecer toda diferencia” entre Dios y él. Sólo mediante la paciencia de los santos, mediante la comunión de ellos lentamente entretejida, se realiza ahora el paso del Dios-hombre al Dios-humanidad.

Son, por tanto, del todo irracionales los que no esperan el tiempo del crecimiento… En su ignorancia con respecto a Dios y a sí mismos, estos insaciables y estos ingratos… Aún antes de ser adultos quisieron… ver desaparecer toda diferencia entre el Dios increado y el hombre apenas creado… Era necesario que primero apareciese la naturaleza creada y que sólo más tarde lo que es mortal fuese vencido y absorbido por la inmortalidad, y que el hombre se transformarse plenamente según la imagen y la semejanza de Dios, después libremente descubierto el bien y el mal. [11]

La natividad aparece entonces como una secreta re-creación. Retoma y restaura el origen, todo tiende ya al fin último, ya presente en el corazón de la historia como un germen de fuego. Cristo una vez revelado plenamente al hombre, el hombre encuentra plenamente en Cristo aquella “imagen de Dios” que lo funda, lo atrae como un imán, y que ahora le toca a él transformar en semejanza. El texto que sigue, de Gregorio de Nacianzo, termina con la evocación del pesebre donde los dos lados del Logos encarnado están los animales álogoi, es decir que no poseen el uso de la palabra, ni la inteligencia del sentido. Es todo el universo, decía Orígenes, un lógos álogos, un sentido no dicho, y encerrado así en el absurdo. La encarnación del Lógos, del Sentido, revela plenamente este último.

También yo proclamaré la grandeza de este día: el inmaterial se encarna, el Verbo se hace carne, el invisible se deja ver, al intangible se lo puede tocar, el intemporal tiene un inicio, el Hijo de Dios se vuelve Hijo del hombre: Jesucristo, siempre el mismo, ayer y hoy y por los siglos…
He aquí la solemnidad que hoy celebramos: la venida de Dios entre los hombres, para que nosotros vayamos hacia Dios, o más bien –es más exacto- para que nosotros volvamos a Él: para que, despojándonos del hombre viejo, nos revistamos del nuevo y, como hemos muerto en Adán, así vivamos en Cristo, renazcamos con él, resucitemos con él… Milagro no de la creación, sino de la re-creación…
Porque esta fiesta es mi perfeccionamiento, mi retorno al estado primero, al Adán de los orígenes…
Celebra la natividad que te libera de los lazos del mal. Honra este pequeño Belén que te restituye el paraíso. Venera este pesebre: gracias a él, tú, privado de sentido [de lógos] eres alimentado [por el Sentido divino], por el mismo Lógos divino.  [12]

La celebración del nacimiento del Verbo en la carne es inseparable de la glorificación de María, la “Madre de Dios”. La homilía siríaca que leeremos a continuación acumula las paradojas, según “la antinomia apofática” que hemos recién ilustrado: aquí se trata de la antinomia entre el Dios creador y un niño…

Feliz Aquella que ha recibido el Espíritu que la hace inmaculada.
Se ha convertido en templo donde habita el Hijo de las alturas celestiales…
Feliz Aquella por medio de la cual fue restaurada la estirpe de Adán,
fueron reconducidos aquellos que habían abandonado la casa del Padre…
Feliz Aquella que ha contenido en los límites de su cuerpo al Ilimitado
que llena los cielos sin que estos puedan contenerlo.
Feliz Aquella que, dando nuestra vida al Progenitor que engendró a Adán, renovó a las creaturas caídas.
Feliz Aquella que ofreció el seno a Aquel que desencadena las olas del mar.
Feliz Aquella que ha llevado al Fuerte de los siglos que sostiene al mundo,
lo ha abrazado y cubierto de caricias.
Feliz Aquella de la cual surge para los prisioneros un liberador que dominó a los carceleros.
Feliz Aquella que con sus labios ha tocado a Aquel que hace retroceder a los ángeles de fuego con su ardor.
Feliz Aquella que ha alimentado con su leche a Aquel que da vida a todo el mundo.
Feliz Aquella de cuyo Hijo todos los santos deben su felicidad.
Bendito el Santo de Dios que de ti ha germinado. [13]

La virginidad de la Madre de Dios no descalifica el erós, sino que lo rescata. Los hombres han sabido siempre –los más antiguos mitos lo atestiguan- que el amor es inseparable de la muerte. También Freud ponía al éros junto al thánatos. La maternidad virginal, la virginidad fecunda de María representa la intervención liberadora de la trascendencia para sacar al amor de la muerte y colmar así, en germen, la espera de la humanidad y del cosmos, provocando la transfiguración universal. Nosotros nacemos para morir. Jesús nace para vivir una vida sin sombras y sin límites, y para comunicar esta vida. Si sufre y muere, lo hace voluntariamente, para transformar la muerte y todas las formas de muerte en un pasaje hacia la vida. Gregorio de Nacianzo nos muestra al Dios hecho hombre que asume concretamente todas nuestras situaciones  de  cerrada finitud –la tentación, el hambre, la sed, el cansancio, la imploración, las lágrimas, el luto, la esclavitud que transforma al hombre en objeto, la cruz, el sepulcro, el infierno- no por algún masoquismo dolorista (nada más lejos a la sensibilidad de los padres) sino, cada vez, para enderezar y curar nuestra naturaleza, para liberar el deseo aprisionado por la multiplicidad de las necesidades, para vencer la separación y la muerte y, mediante la cruz, transformar en fuente de agua viva la laceración del ser creado.

El se ha encarnado, y el hombre se ha vuelto Dios, ya que se ha unido a Dios y ha formado una sola cosa con él. La más grande plenitud en efecto ha triunfado, para que yo me volviese Dios así como Dios se ha hecho hombre […] Fue envuelto en pañales, pero resurgiendo de la tumba deja el sudario… No tenía “ni belleza ni esplendor” (Is 53,2)… pero sobre el monte resplandece y se vuelve más radiante que el sol: iniciación de su gloria futura.
Como hombre, fue bautizado, pero como Dios ha borrado nuestros pecados. No tiene necesidad de purificación, pero quería santificar las aguas. Como hombre fue tentado, pero en cuanto Dios ha triunfado y nos exhorta a la confianza porque “ha vencido al mundo” (Jn 16, 33). Tuvo hambre, pero alimentó a un millar de personas, y es “el pan vivo, el pan celestial” (Jn 6, 41). Tuvo sed, pero exclamó: “Si uno tiene sed, venga a mí y beba” (Jn 7, 37). Conoció el cansancio, pero Él es el reposo de “los que están cansados y muy cargados de angustia” (cf. Mt 11, 28). Ora, pero escucha las oraciones. Llora, pero enjuga el llanto. Pregunta dónde ha sido puesto Lázaro, porque él es hombre, pero lo resucita, porque es Dios. Es vendido, y a bajo precio: treinta monedas de plata, pero rescata al mundo, y a un alto precio: con su sangre… Ha sufrido y fue herido, pero ha curado toda enfermedad y todo sufrimiento. Ha sido elevado en un leño, y clavado sobre él, pero nos eleva con el árbol de la vida… Muere, pero da vida y con su muerte destruye a la muerte. Es sepultado, pero resucita. Desciende a los infiernos, pero saca hacia afuera a las almas. [14]

 Olivier Clément
Nuova Filocalia.
Ed. Qiqajon. Comunitá di Bose
2010. Magnano
Págs. 45-53


[1] Ignacio de Antioquía, Carta a los Magnesios 8, 2 (PG 5, 969ª; SC 10 bis, p. 86)

[2] Odas de Salomón 7, 4-6 (Harris-Mingana II, pp. 240-241)

[3] Ireneo de Lyón, Contra las herejías IV, 33, 4 (SC 100/2, pp. 810-813)

[4] Ireneo de Lyón, Contra las herejías III, 19, 1 (SC 211, pp. 374-375)

[5] Orígenes, Contra Celso 2, 67 (PG 11, 901B; SC 132, p. 444)

[6] Dionisio Areopagita, Cartas 3 a Gayo (PG 3, 1069B)

[7] Máximo el Confesor, Problemas 5 (PG 91, 1049ª)

[8] Máximo el Confesor, A Talasio 60 (PG 90, 621A-C)

[9] Gregorio de Niza, Gran catequesis 25 (PG 45, 65C-68ª; SC 453, p. 258)

[10] Máximo el Confesor, Doscientos capítulos I, 66 (PG 90, 1108A-B)

[11] Ireneo de Lyón, Contra las herejías IV, 38, 4 (SC 100/2, pp. 956-961)

[12] Gregorio de Nacianzo, Discurso 38, por la Teofanía 2.3.16-17 (PG 36, 313B. 316A. 329C. 332A; SC 358, pp. 106, 108-110, 142-144.)

[13] Jaime de Sarug, Homilía sobre la feliz virgen María, Madre de Dios (Bedjan, pp. 638-639; Bickell I, p. 246)

[14] Gregorio de Nacianzo, Tercer discurso teológico: discurso 29, sobre el Hijo 19-20 (PG 36, 100A-101C; SC 250, pp. 216-222).


domingo, 23 de diciembre de 2012

Catequesis 32. Antes de la natividad de Cristo


Teodoro Estudita



Sobre el nacimiento del Salvador y sobre el deber de perseverar con tenacidad en nuestra vida monástica


Hermanos y padres, ya se acerca la fiesta de la Teofanía [1], y ¡el día de la alegría está a la puerta! Es en efecto una gran alegría (cf. Lc 2,10), como nunca nos fue dada desde el inicio de los tiempos, que el Hijo de Dios haya venido a nosotros, no a través de figuras y símbolos, como cuando en un tiempo apareció a nuestros padres [2], sino visitándonos a través del nacimiento de una virgen y manifestándose a nosotros en persona. ¡En todas las generaciones no hubo evento más feliz que este, ni más admirable, entre todas las maravillas realizadas por Dios desde el inicio de los tiempos! Por esto los ángeles anuncian el misterio (cf. Lc 2, 13-14) y una estrella revela que el Celestial ha nacido en la tierra (cf. Mt 2, 2); por esto los pastores van a ver la salvación que les ha sido anunciada (cf. Lc 2, 15-17), y los magos llevan regalos (cf. Mt 2, 11); por esto es cantado un cántico nuevo, por la novedad de los eventos, puesto que el Dios glorificado en lo más alto de los cielos se ha manifestado en la tierra como paz (cf. Lc 2,14). De esto da testimonio el Apóstol diciendo: Porque Cristo es nuestra paz: él ha unido a los dos pueblos en uno solo, derribando el muro de enemistad que los separaba, y aboliendo en su propia carne la ley con sus mandamientos y prescripciones. Así creó con los dos pueblos un solo Hombre nuevo en su propia persona, restableciendo la paz, y los reconcilió con Dios en un solo Cuerpo, por medio de la cruz, destruyendo la enemistad en su persona. (Ef 2, 14-16). Los profetas y los justos, desde el inicio de los tiempos, han deseado ver estas cosas (cf. Mt 13, 17), pero no las vieron sino a través de la fe. Nosotros, en cambio, como está escrito, hemos visto y nuestras manos han tocado al Verbo de vida: porque la vida se ha hecho visible (1 Jn 1, 1-2) y nosotros hemos obtenido la adopción filial (cf. Gal 4, 5). Pero ¿qué daremos al Señor por todo lo que nos ha dado? (Sal 115,3) Anticipándonos, el santo David lo ha ya proclamado: Alzaré el cáliz de la salvación e invocaré el nombre del Señor (Sal 115, 4).

¡Por esto alegrémonos, hermanos, ya que también nosotros hemos sido considerados dignos de dar un don al Señor, en cambio de todo lo que él nos ha dado! Y ¿cuál es ese don? La vida “que lleva la cruz” [3] que nosotros hemos elegido, y la confesión de fe en la cual permanecemos firmes y nos gloriamos, en la esperanza de la gloria de Dios (Rm 5, 2): lo que a juicio de todos es un martirio. De este modo, nosotros podemos celebrar la fiesta no en un solo día, sino por toda la vida, mientras que los que son gobernados por la carne y prisioneros de sus pasiones, no pueden celebrar esta fiesta, incluso si dan la apariencia de hacerlo, ni obran como hombres libres, siendo esclavos de sus pasiones y vendidos al pecado (cf. Rm 7, 14). Y en efecto está escrito: Quien comete un pecado es esclavo del pecado; y el esclavo no permanece para siempre en la casa, sino el hijo es quien permanece para siempre (Jn 8, 34-35). Por esto, entonces, también nosotros, por gracia hemos sido juzgados dignos del nombre de hijos, permaneciendo para siempre en la casa, si mantenemos hasta el fin nuestra firmeza inicial (Heb 3, 14). Por esto, fortificados en el Espíritu Santo, perseveramos en nuestra vida monástica, y buscamos estimularnos unos a otros en la caridad y en las buenas obras (Heb 10, 24), en la obediencia, en la humildad, en la mansedumbre, y en toda otra tarea noble, sin desviar nuestro propósito, sino siempre más fortalecidos, y tanto más cuanto vemos que el día se acerca (Heb 10, 25). Se acerca, en efecto, el día del Señor, día grande y espléndido (Hechos 2, 20), en el cual el juez de todos se revelará y se mostrará en la gloria con la cual se mostró a los apóstoles en la divina transfiguración (cf. Lc 9, 28-36), poniendo delante de sí y juzgando a toda creatura, para dar a cada uno según sus acciones (Ap 22, 12). Y esperamos poderlo ver también nosotros, junto a todos los santos, mientras nos mira con rostro benigno y nos acoge en el reino de los cielos, por la gracia, la misericordia y la bondad de nuestro Señor Jesucristo, al cual se dan la gloria, el honor y la adoración, con el Padre y el Espíritu Santo, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.


Teodoro Estudita
Nelle Prove, la fiducia. Piccole catechesi
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose. 2006
Págs. 169-171


[1] El nombre de “Teofanía” ( theophánia) en oriente puede indicar tanto la fiesta de Navidad celebrada el 25 de diciembre, como la fiesta de la Epifanía, celebrada el 6 de enero. Sobre los dos nombres de la fiesta de Navidad, cf. Gregorio de Nacianzo, Orariones 38, 2: “Ahora, ¿es la fiesta de la Teofanía o de la Navidad? En efecto, se dice de un modo o de otro, ya que los dos modos hacen referencia a un único acontecimiento… El nombre de Teofanía se usa porque Él se ha mostrado, el de Navidad porque Él ha nacido”.

[2] Las teofanías del Antiguo Testamento son releídas por los padres como epifanías del Verbo. Cf. Ireneo de Lión, Contra las herejías IV, 20, 10-11; Eusebio de Cesarea, Historia de la Iglesia I, 2, 6-10.

[3] Es decir, la vida monástica.



lunes, 17 de diciembre de 2012

En camino hacia la oración

Rachel Goettmann

Primera parte



“Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador”.

Estas palabras engloban la oración que la Iglesia ortodoxa llama “Oración de Jesús u oración del corazón”. Muchos libros muy edificantes nos permiten descubrir esta oración, sus orígenes, su desarrollo, su método. Nosotros deseamos simplemente recordársela a nuestros amigos lectores que ya la practican y presentarla brevemente a los que aún no la conocen.

Decimos de entrada que la Oración de Jesús es un camino en el seno de la oración hesicasta. Este “método” de meditación u oración (El Camino nº 6 y 7) quiere, en el silencio y la paz del corazón, reencontrar al Dios viviente en la vida trinitaria. El hesicasta es aquel que hace un “retorno a él mismo”, que busca callarse para que Dios puede hablarle, sabiendo bien que tal objetivo no se adquiere solamente por  el conocimiento. Se trata de una experiencia espiritual, de un encuentro.

“La hesiquía es permanecer ante Dios en una oración incesante. Que la memoria de Jesús se una a tu respiración y tú conocerás el valor de la hesiquía.”
San Isaac el Sirio. Siglo VI

Si la hesiquía es aproximarse a Dios, ¿cómo conocerle, si él no se manifiesta a nosotros, no se deja conocer a nosotros más que en su Nombre? De lo contrario, Dios no sería el Dios viviente. Es en esta aproximación de Dios, en esta sed de su manifestación por la que nació en el monaquismo oriental cristiano la Oración de Jesús: Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador.

No se trata de una oración dicha para Jesús, ni de una oración a Jesús, si bien la oración se dirige al Señor Jesucristo, sino de una invocación que conduce a una experiencia. Cada palabra pronunciada es experiencia y no puede vivirse más que en el Espíritu Santo, ya que nadie puede decir que Jesús es el Señor si no es en el Espíritu Santo (1 Co 12,3).

La oración de Jesús posee pocas palabras, pero estas palabras contienen todo: el cielo y la tierra, lo creado y lo increado, Dios y el hombre, es una oración divino-humana.

“Ella une al alma al Señor Jesucristo y Él es la única puerta hacia la comunión con Dios que es el objetivo de todo encuentro”. Teófano el Recluso

No se aprende la oración de Jesús, sino que se entra en la experiencia… En ese momento hacemos como Moisés ante la zarza ardiente: “nos quitamos nuestras sandalias”, es decir, hacemos callar nuestras ideas, nuestros conceptos, para aproximarnos a Aquel a quien nosotros decirnos: ¡Señor!

¡Señor! Repetimos entonces… Nosotros no pronunciamos una palabra, sino que formulamos una invocación. Antes de seguir avanzando, detengámonos un momento, cerremos los ojos y dejemos surgir la experiencia que esta palabra suscita en nosotros: ¡Señor!

En el pensamiento egipcio y semítico, el término “señor” significa: Maestro, Amo (Adonai en hebreo; Kyrios en griego). Aquel del cual se depende enteramente, del que se es esclavo y que posee un derecho de vida y de muerte sobre los que le están sometidos. Con este sentido, el pueblo hebreo llama a su Dios “Adonai” porque Él es su Creado y porque su creatura le pertenece.

Hijos de Dios, dad al Señor,
dad al Señor gloria y honor.

Con el nombre de Señor, Dios es también reconocido como Rey para sus servidores. Este es el título real de YHWH, del cual el Nombre expresado por el Tetragrama sagrado ha sido traducido por Adonai, mi Señor:

Cantad a Dios, cantad;
cantad a nuestro Rey, cantad;
porque Dios es el Rey de toda la tierra.

Los discípulos de Jesús son judíos. Ellos han hecho la experiencia del Señorío de Dios y, viviendo con Jesús, vuelven a hacer la misma experiencia. Es por esto que lo llamaban en primer lugar: “Rabbi” o “Rabbouni”, es decir: “Maestro”. Después ellos atribuyen a Jesús el poder soberano de “Señor”, Mara en arameo:

Vosotros me llamáis Maestro y Señor
y dicen bien ya que yo lo soy. (Jn 13, 13)

Ya antes del nacimiento de Jesús, Isabel embarazada de Juan el Bautista reconoce a Jesús como Señor en las entrañas de María y Juan el Bautista se estremece de alegría: ¿Cómo me ha sido otorgado que la Madre de mi Señor venga a mí? (Lc 1, 43).

“Señor” expresa a la vez el reinado de Jesús y su divinidad. El mismo Jesús, frente a los fariseos se fundamenta en el salmo 110 para decir que el Mesías es el “Señor”, superior a David, del cual él es hijo:

“El Señor ha dicho a mi Señor: Siéntate a mi derecha,
hasta que yo haga de tus enemigos el escabel de tus pies”. (Sal 110).

Los apóstoles se fundamentan sobre estas mismas palabras para afirmar la soberanía absoluta de Jesús actualizada por su Resurrección (Hechos 2, 34). Y la Iglesia naciente se dirige al Señor Jesús en su oración diciendo: ¡Marana tha: Señor nuestro, ven! (1 Co 1,22), llamado que resuena hasta en el Apocalipsis (Apoc 20,22). Si a mi vez, yo nombro a Jesús “Señor”, a aquella conmoción en mi vida, a aquella conversión yo soy llamado… Deseo pues depender enteramente del Señor Jesús, renunciar a mis múltiples señores que me poseen y con los cuales yo me prostituyo, para postrarme a sus pies y besarlos, como lo hizo María Magdalena. Es en este espíritu de humildad y de adoración como nosotros entramos en la oración de Jesús.

¡Señor Jesús!

¿Quién es Jesús en mi vida?
“Yeshouah”, lo llamaba su Madre. Jesús significa “Dios salva”, el que trae la salvación: “él ha venido a salvar a todos los que estaban perdidos” (Lc 19, 20). Jesús es nuestro Salvador, él saca a la humanidad de la muerte, rompe los cerrojos del infierno. Jesús es también mi Salvador ya que cada día, a cada instante, él me libera, me salva, me cura si yo invoco su Nombre. En el poder salvador de su Nombre, Jesús asume la profecía del profeta Joel: “Quienquiera que invocara el Nombre del Señor será salvado” (Jl 2, 32).

¿Qué significa invocar el Nombre? ¿Qué representa el Nombre para un semita? Esto nos interesa porque es en la fe del pueblo hebreo en donde están las raíces de nuestra propia fe. En la mentalidad del pueblo hebreo, conocer el nombre de alguien, llamarlo por su nombre, es conocerlo íntimamente y, al mismo tiempo, es saber cómo hacer para aproximarse a él, para comunicarse con él más todavía, para obtener su ayuda. Es de alguna manera tener un cierto poder sobre el otro. Ahora bien, si fuese así con Dios, volveríamos a la magia, Dios estaría al servicio de nuestro propio interés, pero esto no es así porque nuestro Dios es el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, el Dios revelado en Jesucristo que ha recibido del Padre el Nombre que está sobre todo nombre (Filp 2,9).

La invocación del santo Nombre sin el fundamento de la fe y el impulso del corazón permanece estéril o puede llegar a perjudicarnos. “No basta decir “Señor, Señor” para entrar en el reino de los cielos. Hay que hacer la voluntad de mi Padre que está en los cielos…” (Mt 7, 21-23). En su mentalidad semita, Moisés se dirige a Dios de esta manera, cuando lo envía a Egipto: “Yo iría pues a los hijos de Israel y les diría: “El Dios de vuestros Padres me ha enviado a vosotros. Pero ellos me preguntarían cuál es su nombre, ¿qué les responderé?” Y Dios dijo a Moisés: “Yo soy el que soy” (Ehy eh asher Ehyeh en hebreo). Y él agrega: “Es así como tú responderás a los hijos de Israel: Ehyeh –Yo soy- me ha enviado a vosotros” Dios dijo entonces a Moisés: “Tú hablarás así a los hijos de Israel: El Señor Dios de nuestros padres, Dios de Abraham, Dios de Isaac, Dios de Jacob, me ha enviado a vosotros. Este es mi Nombre para siempre, es así como me invocarán de generación en generación” (Ex 3, 13-15).

El mismo Dios se ha nombrado a Moisés, no en su Esencia sino como “Yo soy (estoy)”, es decir aquel que ha prometido estar con nosotros. El Nombre se da al pueblo e Israel puede nombrar a su Dios y testimoniar a todos los hombres del universo el poder de su santo Nombre, ya que si Israel conoce el Nombre divino, no significa que sea su propietario, sino quien da testimonio. Rabí  Simeón ben Eleazar (hacia 200) dijo: “Cuando los israelitas hacen la voluntad de Dios su Nombre es exaltado en el mundo y cuando ellos no hacen su voluntad su Nombre es profanado en el mundo viviente.” Toda la fe de Israel reposa sobre el Nombre y la relación que puede tener con ese Nombre. Porque Dios ha revelado su modo de ser a su pueblo,  le ha revelado su Nombre.

“Moisés talló dos tablas de piedra iguales a las primeras, y a la madrugada del día siguiente subió a la montaña del Sinaí, como el Señor se lo había ordenado, llevando las dos tablas en sus manos. El Señor descendió en la nube y permaneció allí, junto a él. Moisés invocó el nombre del Señor. El Señor pasó delante de él y exclamó: ‘El Señor es un Dios compasivo y misericordioso, lento para enojarse y pródigo en amor y fidelidad. Él mantiene su amor a lo largo de mil generaciones y perdona la culpa, la rebeldía y el pecado…” (Ex 34, 6-7).

Porque Dios le ha revelado su nombre a Israel y su Ser para él,  Israel sabe por qué y cómo invocar el Santo Nombre. Toda la oración del pueblo hebreo es invocación: la bendición, la acción de gracias, la adoración, la súplica, las exclamaciones. Por medio de la alegría, de las lágrimas, de la angustia, hay siempre un llamado hacia el Nombre.

Los lazos de la muerte me han ceñido;
Estoy dominado por la angustia y el dolor.
Yo invoco el Nombre del Señor:
¡oh Señor, salva mi alma! Sal 115, 3-4

¿Por qué invocar el Nombre? Para vivir felices hoy y eternamente. En estas palabras muy simples se traduce que Cristo ha venido para traernos la salvación; para concedernos la alegría, la paz, la vida en abundancia, días tras días. Es para esta vida a la cual todo hombre aspira, conscientemente invocando el santo Nombre o inconscientemente hundiéndose en los desórdenes psíquicos, que el Nombre se ha hecho carne. En el Señor Jesús se realizan las palabras del profeta Joel, citadas por el apóstol Pedro ante el Sanedrín: “No hay bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres por el que nosotros seamos salvados” (Hechos 4, 12).

En la fe cristiana, Jesús es la revelación y la manifestación del Nombre divino: “Quien me ha visto a mí ha visto al Padre” (Jn 14, 9).

Los tratos de Dios hacia los hombres, Israel los experimentaba a través de actos concretos. Ahora, el Señor Jesús encarna las promesas y los actos de su Padre hasta en los detalles cotidianos. Así:

frente a nuestras tinieblas, el dice: Yo soy la luz (Mc 4, 31).
frente a nuestras prisiones: Yo soy la Puerta (Mt 7, 13)
frente a nuestros desviaciones: Yo soy el Camino (Jn 14, 6)
frente a nuestras hambres: Yo soy el Pan de Vida (Jn 6, 34)
frente a nuestros engaños: Yo soy la Verdad (Jn 14, 6)
frente a nuestras muertes y a la Muerte: Yo soy la Resurrección y la Vida (Jn 11, 24)

Y tantos otros “Yo soy”, frente a todas nuestras carencias. Y sobre la Cruz es donde Jesús revela que él es el Amor en un ser de Amor que culmina en la Resurrección, ya que este amor es más fuete que la muerte. Es del Señor Jesucristo que se desprenden todas estas ternuras, este amor, esta misericordia que su Padre tiene por nosotros, y que él ha revelado a Moisés. Manifestarnos este amor es lo que Jesús tiene por misión. En esta misión, él es el Mesías, el Cristo, es decir, el Ungido del Señor.


Señor Jesucristo

La unción era el elemento esencial de la investidura de los reyes, considerados en Israel como en todo el Oriente antiguo, como el salvador de los pueblos. El Rey era elegido por Dios, era el servidor del Señor. Para que el rey pudiese cumplir su misión, en fidelidad a la voluntad del Señor, era ungido con oleo perfumado, y por esto participaba del Espíritu de Dios. Es esto lo que se realiza con David. El rey Saúl había sido infiel en su misión, así el Señor, respondiendo a las lágrimas de Samuel, lo envía a Belén para ungir a aquel que él le indicaría. Este fue David el pastor. Entonces el Señor dice a Samuel: “Levántate, úngelo, porque es él.” Samuel tomó el cuerno de oleo y lo ungió en medio de sus hermanos. El Espíritu del Señor tomó a David a partir de ese día y los siguientes (1 Sal 16, 13).

Nosotros vemos a través de estas líneas perfilarse el rostro de Jesús, el Cristo. En la sinagoga de Nazaret, el día del Sabbat, Jesús leyó la lectura del profeta Isaías:

“El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido para anunciar la buena nueva a los pobres; él me ha enviado a curar a los que tienen el corazón destrozado, a proclamar a los prisioneros la liberación y a los ciegos el retorno a la vista, para dar la libertad a los oprimidos, proclamar un año de gracia del Señor…” (Lc 4, 16-20). Después Jesús dijo: “Hoy estas palabras que ustedes han escuchado se han cumplido” (Lc 4, 21).

Es para esto que Jesús ha sido ungido por su Padre, es decir, todo lleno del Espíritu Santo, y que sus palabras y su vida entera puedan dar testimonio que él es el Mesías, el hijo de David, prometido por los profetas y tan esperado por Israel.

“Aquí está mi servidor que yo he elegido, mi Amado en quien mi alma se complace. Yo he puesto mi Espíritu sobre él. Él anunciará la justicia a las naciones. El no contestará, ni elevará la voz” (Is 42, 12).

Tanto en la pasión como sobre la cruz, y hasta en su Resurrección,  Jesús asume su mesianismo, en obediencia a la voluntad de su Padre. En Jesús de Nazaret, los discípulos, luego la Iglesia naciente, reconocen al Mesías, al Cristo. Es por eso que toda la fe de la Iglesia primitiva se expresa en estas palabras que las han cantado a través de los siglos hastas nuestros días:

Cristo ha resucitado de entre los muertos, por su muerte ha vencido a la muerte,
y a los que están en los sepulcros les ha dado la vida (Tropario Pascual).


¡Señor Jesucristo!

Muchos entre nosotros son bautizados y ungidos, es decir, que nosotros somos ungidos con el óleo santo y llevamos en todo nuestro ser el sello del don del Espíritu Santo, pero hoy: ¿Jesús es el Mesías para mí? Entonces, mi vida encuentra su sentido en él; entonces, yo participo  en todo instante por mi fe en la unción divina de Jesús. Sin cesar  puedo sacar de esta unción  alegría, gozo, fuerza. Yo puedo beber de esta unción que es la plenitud de los dondes del Espíritu, y que me  entrega los “secretos de Dios”.

“Por eso doblo mis rodillas delante del Padre, de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra. Que él se digne fortificarlos por medio de su Espíritu, conforme a la riqueza de su gloria, para que crezca en ustedes el hombre interior. Que Cristo habite en sus corazones por la fe, y sean arraigados y edificados en el amor. Así podrán comprender, con todos los santos, cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, en una palabra, ustedes podrán conocer el amor de Cristo, que supera todo conocimiento, para ser colmados por la plenitud de Dios.” Efesios 3, 14-19

Si en este mismo instante Cristo se me apareciera y me preguntara: ¿Quién soy para ti?, ¿podría confesar: Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios que debía venir al mundo (Jn 11, 27)? Esta es la confesión del discípulo, es este el impulso de fe que brota de la oración de Jesús.


¡Señor Jesucristo, Hijo de Dios!

¿Cambia algo en mi vida afirmar que Jesús es el Hijo de Dios, incluso más, Hijo Único de Dios? La confesión de la filiación divina de Jesús ilumina mi propio destino. Conocer el futuro es una pregunta  angustiante que estremece las entrañas de muchos seres humanos, es este el motivo por el que muchos van a ver a videntes o astrólogos. El Mesías, el Hijo de Dios, nos revela nuestro destino. Sólo, por sus propios medios, el hombre no puede encontrar a Dios. Es por esto que Dios ha venido hacia el hombre. Él ha venido por amor. Él se ha hecho semejante a su creatura. Nuestra vida cristiana no permanecería más que en una dimensión humana, por más noble que ella sea, si no nos volvemos hacia Jesús en su humanidad. Dios Padre en su amor loco por el hombre ha ofrecido a su Hijo Único a la humanidad. El Hijo de David según la carne es el Hijo de Dios. Por él -el Mesías- la unción divina -el Espíritu Santo- es ofrecido a todos los hombres. Todos sin excepción, pueden ser hijos en el Hijo por el Espíritu Santo a fin de conocer el amor del Padre y entrar así en la experiencia de la Vida trinitaria.

Orar: Jesús, Hijo de Dios, es dirigirnos con Jesús hacia el Padre y decir con él: Abba, Padre, que estás en los cielos. Jesús es el Hijo de Dios y el Hijo del hombre. Sólo él puede revelarnos nuestro rostro de hombre, que es una conquista, un camino, el de la “divinización”, es decir, la participación de la vida divina, sin lo cual nuestra vida no es más que muerte y desolación. El camino de nuestra “divinización” nos es abierto por la muerte de Cristo que, por amor, atravesándola desde el interior, asume nuestra humanidad herida. La Resurrección es participación de su Vida que él continúa en nosotros, y nos es comunicada en el amor del Espíritu Santo extendido en el mundo y en nuestros corazones y que nos transforma en hijos en el Hijo.

El “Camino” está trazado. La “Puerta” está abierta. Es nuestro turno, ¿dónde se sitúa nuestra responsabilidad, nuestra participación?

En primer lugar, en nuestra libertad, en nuestro acoger el Espíritu Santo y la Palabra de Cristo como palabras que deben encarnarse en mi vida de cada día.

 “Yo estoy crucificado con Cristo. Y no soy más yo quien vive, sino es Cristo quien vive en mí. Mi vida presente en la carne, yo la vivo en la fe en el Hijo de Dios quien me amó y se entregó por mí”. Gal 2, 20

Así, el camino de la filiación pasa por mi propia muerte y resurrección. Es sobre este camino que me quiere conducir la oración de Jesús.


Señor, Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador.

Nosotros intentamos volvernos hacia aquel al que queremos dirigir nuestra oración: el Señor Jesucristo, Hijo de Dios, y dejarnos penetrar por la experiencia suscitada en nosotros por cada palabra pronunciada y tomar conciencia de la conmoción que semejante confesión de fe puede traer a nuestra vida y presentimos ya que estas conmociones están también contenidas en el grito: ¡ten piedad de mí, pecador!

En el próximo artículo nosotros intentaremos abrirnos a la experiencia de la segunda frase de la oración y a su práctica. Mientras tanto intentemos dejarnos habitar por esta confesión de nuestra fe: Señor, Jesucristo, Hijo de Dios. Pronunciando cada palabra según su energía, su realidad, su expresión en mi vida y en el mundo, en la adoración, la confianza, la alegría, la bendición y hacernos todo acogida, permaneciendo atentos a lo que esta invocación despierta en nosotros. Sin embargo, seamos prudentes, y repitamos que la Invocación del Nombre no tiene nada de mágico, que ella exige la adhesión de nuestra fe cristiana y el deseo de perdonar a los que nos han ofendido. La invocación del Nombre sagrado es poderosa, hace arder a los corazones sinceros pero quema a quienes lo pronuncian indignamente.

¿Dónde quiere conducirnos la Oración de Jesús? San Isaac el Sirio nos lo revela: “El Amor es el reino que el Señor ha prometido místicamente a sus discípulos cuando él les dijo que ellos comerían en su reino: “Vosotros comeréis y beberéis en mi mesa en mi reino” (Lc 33, 30). ¿Qué comerán y qué beberán sino el Amor? Cuando nosotros hemos alcanzado al Amor, nosotros hemos alcanzado a Dios y nuestro viaje ha terminado. Nosotros hemos llegado a la isla que está más allá del mundo, allí donde están el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, a quienes sea toda gloria y poder. Amén, amén, amén.


Rachel Goettmann
Artículo publicado por la revista Le Chemin, no. 19, 1993.



Publicado en http://www.pagesorthodoxes.net/coeur/chemin1.htm


domingo, 9 de diciembre de 2012

Acatistos de la Zarza ardiente




La Zarza ardiente del Éxodo figura a menudo en los textos litúrgicos como imagen o prefiguración de la Madre de Dios. Entre 1943 y 1956, el círculo de la Zarza ardiente estaba compuesto de rumanos fervientes que se reunían para orar y discutían alrededor del tema del rol de la espiritualidad en la sociedad rumana, especialmente en los ámbitos intelectuales y literarios. El acatistos a la Zarza ardiente fue compuesto por el padre Daniel (el poeta Sandu Tudor), monje del monasterio de Todos los Santos (conocido como “monasterio de Antim”) de Bucarest.


Kondakion 1

¿Quién es ésta, pura y blanca como el alba? Es la Reina de la oración y su encarnación, princesa de toda la nobleza y soberana alma de la mañana, novia del Consolador que transfigura la vida. Hacia ti nosotros corremos, ardiendo y consumidos por el deseo. Concédenos acceder a la santa montaña del Tabor, y sé para nosotros también sombra y rocío, tú a quien la gracia cubre con su sombra, para que nuestra naturaleza obtenga a su momento ser renovada por un engendramiento carismático y que, todos juntos, con la creación entera, exclamemos profundamente inclinados: ¡Alégrate, Esposa y Madre de la oración continua!

Ikos 1

Virgen del Eón sin ocaso, santa Madre de la Luz, escúchanos a nosotros esclavos del pecado, hijos indignos del fango. Dulcísima, buenísima y santísima Virgen, llave del Señor Jesús, libéranos de los cerrojos de la maldición, ábrenos el camino hacia lo alto, para que recibida la revelación tan deseada, el secreto del Esposo amado, te podamos cantar nosotros también, como Moisés que, quitándose sus sandalias, el rostro volvió hacia la llama de la zarza, ardiente de gracia, y exclamó en el anochecer:

Alégrate, tallo luminoso de la zarza que no se consume;
Alégrate, rocío cristiano por el que Dios ha germinado en el mundo.
Alégrate, huella ardiente de un fuego que viene de más allá de los cielos.
Alégrate, lágrima que derrite el hielo interior.
Alégrate, bastón florecido del peregrino que camina hacia el lugar del corazón.
Alégrate, chorro de agua fresca que brota en el desierto interior.
Alégrate, sello ardiente impreso en las profundidades del alma.
Alégrate, octavo día del reino que está dentro de nosotros.
Alégrate, tradición de la alegría venidera.
Alégrate, maravillas recibidas en la admiración del espíritu.
¡Alégrate, Esposa, Madre de la oración continua!


Kondakion 2

¿Cómo alcanzar la paz de los pensamientos, Virgen Madre, Virgen Santísima? ¿Cómo esquivar el asalto de las pasiones, las tentaciones tan numerosas que nos rodean? Otórganos la ciencia misteriosa tan deseada, la sabia maestría en el arte espiritual, para que venzamos nuestra naturaleza cautiva y accedamos a la alegría de la paz del alma. Entonces, arrebatados por la oración en la invocación luminosa, nosotros también cantaremos una alabanza sincera y perfecta, un elogio verdadero y sálmico:

Ikos 2

Flor ardiente por la llama que no consume, oh Theotokos, imagen de paz vislumbrada en el fuego, aureola de un orbe inmenso de frescura, ven a nosotros, ayúdanos a encontrar, bajo tu dulce conducto, la larga respiración del pecho de la paloma de plata que sostenía su vuelo sereno y a la que el Rey-Profeta veía planear por encima de las cimas de Basán. Así todos juntos cantaremos unidos a los coros angélicos y entonaremos esta antífona:

Alégrate, paso de danza hesicasta, por cuyo vuelo es suscitada la bendición
Alégrate, alma que reposa en una respiración mesurada.
Alégrate, rueda que se eleva movida por la paloma del Espíritu.
Alégrate, paz establecida en el espacio interior.
Alégrate, ascensión más allá de los tiempos, apoyada sobre las alas del águila
Alégrate, eternidad detenida en el interior de un instante.
Alégrate velo inmenso desplegado para la navegación celestial.
Alégrate, aspiración del cielo que perfecciona el espíritu.
Alégrate, murmullo silencioso como un susurro de agua viva.
Alégrate, fruto exquisito dado por la Filocalia.
¡Alégrate, Esposa, Madre de la oración continua!


Kondakion 3

Más allá de los siglos, oh Virgen, yo escucho hablar de ti por la boca de Isaías, el profeta de las brasas ardientes, y en el cielo de la Escritura, de todas las alturas de la gracia, resuena esta palabra que fue proclamada para ti: Un niño nos ha nacido, un Hijo nos ha sido dado; el signo de la dominación está sobre su hombro, se le ha dado este nombre: Admirable, Ángel del gran Consuelo, Dios fuerte, Príncipe de la Paz, Padre de los siglos venideros. Tal es su Nombre, el Nombre de las cinco advocaciones, el santo Nombre del Señor, que Jesús traerá. Tierra, escucha y permaneced atenta, mientras todos nosotros gritamos: ¡Aleluya, Aleluya, Aleluya!

Ikos 3

Es una Madre virgen para siempre en la que se ha encarnado aquel que guardado intacta la naturaleza corporal de la zarza ardiente. El Nombre del Señor de la gloria se ha hecho palabra pronunciada. Dios el invisible, aquel que se había mostrado enigmáticamente en el corazón del fuego, el rostro de la belleza celestial, la imagen infinita, se ha ceñido a sí mismo, ha aceptado ser medido a nuestra medida, y el inefable se ha verdaderamente manifestado entre nosotros, como un humilde vencedor montado sobre una pequeña asna. Gustad, vosotros también, los poderes ocultos en el Nombre de luz, y vosotros pasaréis de la muerte a la vida, deificados en todo vuestro ser. Y todos entonces cantaremos con una voz clara y segura:

Alégrate, condescendencia por la cual Dios nos concede contenerlo a nosotros también.
Alégrate, fuerza por la cual también nosotros caminamos con Jesús sobre  las aguas.
Alégrate, misericordia en la cual Cristo nos es dado.
Alégrate, quietud interior donde se cumple la venida de aquel cuyo Nombre es Amén.
Alégrate, ocio íntimo en el cual el Logos por nosotros mismos es escuchado.
Alégrate, reconciliación por la cual nosotros accedemos a lo más secreto de nuestro ser.
Alégrate, dulzura que nos hace hermanos del Emanuel.
Alégrate, silencio en el cual la pulsación del Espíritu se une a nuestra sangre.
Alégrate, soledad en la cual el cielo del corazón repentinamente se despliega en nosotros.
Alégrate, transparencia que permite al ángel despuntar en los cuerpos.
Alégrate, pureza que atrae la venida del Rey de la gloria al mundo.
¡Alégrate, Esposa, Madre de la oración continua!


Kondakion 4

El Señor es amor eterno y su Nombre también es Amor. Venid, dejémonos impregnar de Dios, profundamente, con todo el impulso del amor. Tú, Virgen santa, tú lo has llevado. También a nosotros recuérdanos que lo llevamos, que vivimos y nos movemos en el Dios viviente. En todo lugar, haznos conscientes de estar con Él, y que por su virtud crece nuestra virtud, si a cada respiración nosotros invocamos el Nombre del Señor. Entonces clamaremos como un solo ser celebrando: ¡Aleluya!

Ikos 4

Enséñanos tú, oh Virgen, el misterio de la constancia en la oración, y la fuerza de la invocación humilde y discreta. El agua fluye por su naturaleza, y la piedra por su naturaleza es muy dura, pero el perpetuo fluir del agua puede perforar la dureza de la piedra. Dígnate, oh Virgen, a ayudarnos por tu misericordia a que triunfe  la gota de la gracia sobre nuestro gran endurecimiento, y nosotros te cantaremos esta doxología:

Alégrate, audacia tan delicada en la repetición del santo Nombre.
Alégrate, fuente de agua viva que fluye sin tregua.
Alégrate, cetro tallado en la piedra blanca del Señor.
Alégrate, dulce panal del cual la miel es Cristo, el Hijo del hombre.
Alégrate, don concedido a mi espíritu por mi Cristo.
Alégrate, comunión perfecta en el misterio de la Encarnación
Alégrate, efusión de gracia que nos viene del Hijo de Dios.
Alégrate, rosario viviente del Kyrie eleison.
Alégrate, impulso celestial que me arrastra a mí pecador.
Alégrate, abundancia del recuerdo de Dios.
Alégrate, repetición carismática de una invocación admirable.
¡Alégrate, Esposa, Madre de la oración continua!


Kondakion 5

Virgen santa, delante de ti siempre quedarán confundidos los pensadores y los sabios de este mundo, ya que tú eres el sello de la incorruptible Sabiduría, puerta cerrada a los que prevalecen en su inteligencia, paraíso viviente digno de las maravillas de Dios. Tú nos muestra que la vida no nos ha sido dada para que nosotros le demos un sentido a nuestra manera. Nosotros no estamos llamados solamente a la nobleza de existir, la vida verdadera está más allá de nuestros conceptos y de nuestras categorías; más allá del espacio y del flujo de los instantes. Ella es el espejo de este cielo de fuego dentro de nosotros del que la bóveda está tendida sobre los abismos de nuestro corazón y de nuestro actuar. Ella pertenece al Verbo, y Él quiere que ella se abra a su Encarnación, y que ella resuene en un eterno: ¡Aleluya!

Ikos 5

Santísima Virgen Madre, tú eres en verdad la sobriedad, la voluntad recogida en la claridad del espíritu, el ojo interior abierto ampliamente sobre el círculo del horizonte divino. Tú eres el corazón donde reina victoriosa la transparencia de la pureza,  la gran vigilia del alma siempre dispuesta a acoger el misterio de Dios. Pero tu sobriedad contiene también la delicada confianza de un niño, la santa simplicidad que mira sin turbación tu corazón apacible y ante la cual lo maravilloso nos sorprende, mientras que nosotros nos inclinamos cantando con todo lo que tiene soplo de vida:

Alégrate, lugar donde se unen en cruz el fervor del espíritu y su sobriedad.
Alégrate, eje del cielo y estrella de la mañana, anunciadora de los misterios en el fondo del alma.
Alégrate, freno que vence el pululamiento de los pensamientos y de su vano tumulto.
Alégrate, espejo donde se refleja Aquel que está más allá de la carne.
Alégrate, castillo muy interior de mi alma.
Alégrate, laúd del corazón que resuena bajo el arco del Espíritu.
Alégrate, canto que brota de las cinco cuerdas siempre vibrantes del santo Nombre.
Alégrate, música inefable del segundo nacimiento.
Alégrate, fiesta silenciosa de la gnosis perfecta que nos desposa al Nombre de la Sabiduría.
¡Alégrate, Esposa, Madre de la oración continua!


Kondakion 6

Virgen Santísima, Madre no desposada, tú eres el único corazón donde sin desfallecer el Nombre de gloria se canta en toda su plenitud viviente y verdadera. Es para nuestra gran maravilla, oh Purísima, ya que en ti única e incomparablemente, el corazón del hombre y el corazón de Dios han latido y laten sin fin al unísono, y la oración, como un movimiento de reloj, miden a la vez tu contemplación y el cielo, modelando tu corazón sobre los misterios de amor de Dios. Oh carro de luz sin crespúsculo, elévanos, a nosotros también, hacia la sabiduría bendita del corazón, para que hechos mejores y dignos te cantemos, presentándonos ante ti como una Iglesia viviente, una aclamación ortodoxa: ¡Aleluya!

Ikos 6

Madre de Dios, corazón de luz; Madre de Dios, corazón del mundo; Madre de Dios, corazón purísimo; Madre de Dios, corazón del Verbo, hacia ti venimos, llenos de vergüenza y con el alma desfallecida, el cuerpo inclinado y dobladas las rodillas, ya que por consecuencia de nuestra ignorancia, nuestro corazón se ha grandemente oscurecido, el Señor nos ha dejado vagar por los caminos de nuestro espíritu, pero ahora, hemos venido hacia ti, Madre de Jesús, acógenos, como almas sedientas de las alegrías de la mañana sin ocaso, y dígnate renovar en nosotros un corazón puro, para que nosotros te cantemos:

Alégrate, arca de la alianza de mi alma.
Alégrate, cofre sellado que contiene el Nombre de Dios.
Alégrate, navío viviente que navega sobre los misterios de la creación.
Alégrate, cesta a la que no contamina ninguna de las vanidades del mundo.
Alégrate, trono donde la Vida misma reposa.
Alégrate, resonancia viviente donde canta un rayo de la luz increada.
Alégrate, tesoro interior donde están contenidas todas las riquezas de la gracia.
Alégrate, tabernáculo místico ubicado sobre el santísimo altar.
Alégrate, templo celestial del cual el Espíritu es el liturgo.
Alégrate, cinta de fuego en nuestro pecho.
Alégrate, Iglesia toda ardiente del deseo de desposarse con Cristo.
¡Alégrate, Esposa, Madre de la oración continua!


Kondakion 7

Esposa santísima, gloriosa y resplandeciente, y proclamada bienaventurada, Reina de todos los cielos, tú tienes a los apóstoles por cortejo, a los ángeles como heraldos y mensajeros, a los evangelistas por cronistas e historiadores, una corte numerosa y noble, como tú, divinamente luminosa, dulce, acogedora y maravillosamente engalanada. Pero, cómo proclamarte cánticos sagrados, si tú eres también terrible, como un ejército formado en batalla, ya que tú eres brillante, serena e sin compromisos, como una espada afilada. Tú eres guardiana y protectora de todas las cosas santas, de todas las gracias y de todos los misterios contenidos en los dones de Dios, de los ritos, de los signos y de las palabras sagradas. Para las bodas del Esposo soberano, una pureza total es necesaria, toda inmodestia de los ojos o de la vestimenta es desterrada. Que ninguno de los que no han sido iniciados en los misterios no ose pues poner la mano allí: ¿quién dejaría a los puercos alimentarse de perlas o a los perros comer en vasos sagrados? Pero sólo el Espíritu puede introducirnos allí y hacer que los recibamos dignamente. Venid, pues, reconciliados y puros, y juntos cantaremos, para expresar nuestro gozo perfecto: ¡Aleluya!

Ikos 7

Madre de Dios, Madre buenísima del mundo, guardiana de la tradición del Verbo, tú posees en la Jerusalén celestial, en sus lugares más silenciosos, un santo y gran monasterio invisible, donde residen, como tus servidores presurosos, todos los que con un verdadero celo han renunciado a sí mismos: ascetas, monjes y ermitaños, anacoretas, hesicastas y padres espirituales y quien mantiene los tesoros de bendición: la sobriedad, la firmeza del alma, el consejo del padre espiritual, todas las cosas que purifican, enderezan y aclaran al alma, y que participan de tu pureza y de tus misericordias infinitas. Juntos, ellos forman la doctrina secreta, la herencia de los santos, puestas al alcance de nuestra mano en los escritos, en las palabras y en todos los textos de los santos Padres. Por todo esto nunca sabremos como dignamente alabarte, honrarte y glorificarte, si no cantándote así:

Alégrate, púrpura imperial de la alegría del Amén.
Alégrate, plenitud de la gracia que se escurre como una lágrima del espino.
Alégrate, raíz pascual de las nuevas alegrías.
Alégrate, paz universal establecida dentro de nosotros.
Alégrate, paraíso que irriga todas las aguas del cielo.
Alégrate, claro esplendor de la mirada de los niños.
Alégrate, rosa empañada del rocío de los misterios.
Alégrate, alma a quien las lágrimas de luz tejen un vestido.
Alégrate, zafiro celestial caído en nuestro corazón como una gota de rocío.
Alégrate, anunciadora de la quietud sabática.
Alégrate, poesía eterna que se canta en el silencio del alma maravillada frente al misterio.
¡Alégrate, Esposa, Madre de la oración continua!


Kondakion 8

Señor Jesucristo, mi dulce Señor, hacia ti inclino mi frente, y como el apóstol Tomás pongo la mano sobre el santo lugar. Recogido, teniendo los ojos cerrados del espíritu, sin palabras, como el ciego yo espero, inclinado sobre el abismo que en mí es repentina y enteramente iluminado, bajo el resplandor del sol interior. Pero como la noche oscura de mis pecados no me permite aún percibirte, yo tanteo con una mano indecisa, con el dedo de la esperanza, de la fe, del presentimiento, del deseo y de la duda, y si esto no basta tantearé también con la otra mano. Pero mi corazón, traspasado por un rayo ardiente, dolorosamente y sin embargo con dulzura, murmura tu invocación. Al ritmo de la respiración y sin esfuerzo, la pulsación de la oración sorda hacia la luz, exclama: ¡Aleluya!

Ikos 8

Madre del Señor, Señora del Misterio, Señora de la Esperanza, vestida del zafiro de las noches, Señora con las tres estrellas sobre tu manto, y santa ancla de nuestras aspiraciones, estoy aquí de nuevo ante ti, disipado por el tumulto del mundo y esclavos de mis pensamientos. Después de haber recibido el consejo de mi padre espiritual y su bendición, yo había entrado en el camino de mi salvación, provisto de la santa decisión de esforzarme en orar sin cesar. Pero mis pensamientos, ídolos de tierra, no me dejan el tiempo para establecerme en estado de oración, en el lugar de Dios, allí, en el fondo de mi corazón hacia el cual yo tiendo. Ayúdame tú, mi Protectora, a consolidarme en la invocación incesante, ayúdame, y yo te cantaré:

Alégrate, Madre del Señor, encarnación de la Sabiduría.
Alégrate, fuerza de la virginidad, verdadera alma del mundo.
Alégrate, cuerpo santificado, lugar que contiene a Dios.
Alégrate, santos de los santos, lugar misterioso en el centro de los corazones
Alégrate, tesoro espiritual encerrado en el espíritu de los humildes
Alégrate, don asegurado de todas las virtudes inefables.
Alégrate, incensario de oro de donde se elevan sin cesar oraciones puras.
Alégrate, unión en un mismo pensamiento de todas las Iglesias reconciliadas.
Alégrate, relámpago que ilumina las almas de los fieles.
Alégrate, tú que no cesas de ayudar incluso a los que están endurecidos en el pecado.
Alégrate, manto protector que recubres nuestras debilidades.
¡Alégrate, Esposa, Madre de la oración continua!


Kondakion 9

Oh Madre de Dios, siempre purísima, que nuestra oración te sea agradable y su efusión perpetua como nueve laúdes y nueve copas, y que al lado de la Trinidad santa, término de nuestra alegría que se eleva, llevadas sobre tus manos hacia Cristo Esposo como un perfume muy dulce, su ofrenda sea admitida, para que todos juntos y con todos los cielos, seamos hechos dignos de cantar un inmenso y eterno: ¡Aleluya!


André Scrima et Placide Deseille, dans

Romul Joanta (Mgr Séraphim), Roumanie, Tradition 
et culture hésychastes, éd. de Bellefontaine, 1987.
Reproduit dans Recueil d’Acathistes, Monastère 
Saint-Antoine-le-Grand, Royans, 2008.


Publicado por Lumiére du Thabor. Número 40, Junio 2011. Págs. 23-26.