Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

jueves, 9 de febrero de 2012

La oración nocturna

Isaac de Nínive





Consejos y enseñanzas tratados en los Discursos y en las Centurias del conocimiento


“Oh hombre, debes considerar que ninguna obra monástica es mayor que la práctica de la oración nocturna… El monje que persevera en la vigilia con discernimiento no parece revestido de carne, porque ésta es verdaderamente una obra que pertenece a la condición angélica… El alma que sufre y sobresale en la práctica de la vigilia tendrá ojos de querubín, para poder mirar y escrutar en todo momento las visiones celestiales.”

“Oh hombre, ¿cómo es posible que tú conduzcas tu vida con tan poco discernimiento? Estás de pie orando toda la noche y soportas el cansancio de la salmodia, de los himnos y de las letanías, y después te parece una tarea pesada y difícil estar un poco más atento durante el día, sobre todo si Dios te ha hecho digno de su gracia en virtud del celo que demuestras para las vigilias. ¿Con qué objetivo aumentas tu empeño en sembrar de noche si después aquello que has sembrado lo disipas de día, de modo que no puede dar fruto?... Si tú de días has cultivado tu corazón con ocupaciones fervientes para hacerlo conforme a la meditación de la noche, sin levantar entre las dos actividades un muro de separación, rápidamente habrás abrazado el pecho de Jesús.”

“Si debes abandonar estas obras [postración y salmodia] porque no eres capaz de realizarlas, quédate despierto al menos sentado, ora con el corazón, has todo el esfuerzo posible por permanecer la noche sin dormir, sentado y meditando buenos pensamientos. Si no dejas endurecer tu corazón, si no lo dejas ofuscarse por el sueño, la gracia te restituirá aquel fervor del principio, aquella ligereza y aquella fuerza, y terminarás danzando de alegría dando gracias a Dios.”

“Cuando quieres estar de pie durante la liturgia de la vigilia, si Dios te ayuda haz como te digo. Inclínate según el uso, pero no des inmediatamente inicio a la liturgia. Después de haber terminado una oración, signa tu corazón y los costados con el signo vivificante de la cruz, permanece un momento de pie y en silencio y espera que tus sentidos estén serenos y los pensamientos en reposo. Levanta luego la mirada interior dirigida al Señor y suplícale, con un corazón doliente, que fortifique tu debilidad y te conceda que la salmodia de tu lengua y los pensamientos de tu corazón sean agradables a su voluntad, confiando serenamente a la oración del corazón las siguientes palabras: ‘Señor Jesús, mi Dios, tú que contemplas el conjunto de tu creación, por lo cual mis pasiones, la debilidad de nuestra naturaleza y el poder del Adversario te son evidentes, sé tú mismo mi refugio contra la maldad de nuestro común enemigo… Protégeme del tumulto de los pensamientos y del rebosar de las pasiones y hazme digno de llevar a cumplimiento esta santa liturgia a fin estropee su dulzura con mis pasiones, pareciendo descarado y temerario frente a ti.’”

Si vemos que el tiempo es poco y advertimos que la aurora nos alcanzará antes que hayamos terminado nuestra liturgia, entonces salteemos voluntaria y sabiamente una parte del salterio y dos de aquellas oraciones que habitualmente prevee la regla, para no turbarnos y no estropear el dulce sabor de nuestra liturgia.

“Mientras celebramos la liturgia, si alguna vez un pensamiento se insinuase en tu mente y te sugiriese: ‘Acelera un poco, hay muchas cosas para hacer y así terminarás antes’, tú ignóralo. Y si este pensamiento continuase atormentándote, vuelve a la parte del salterio anterior o a donde quieras, y relee cada versículo para comprenderlo… Y si este pensamiento no parara de importunarte, interrumpe la salmodia, inclínate y ora: ‘Yo no quiero hacer caso a estas palabras sino alcanzar las moradas del cielo’”.

“Si sientes que te faltan las fuerzas por el cansancio de las largas posiciones en pie y si el pensamiento te susurra en el oído: ‘Ahora para, no sigas más’, responde: ‘No pararé, pero voy a sentarme, que es siempre mejor que dormir. De igual modo si la lengua calla y no recita más salmos, mi mente permanecerá en relación con Dios en la oración y en su presencia y a su lado. Es siempre más beneficioso velar que dormir.’”

Ni la oración, ni la simple salmodia agotan completamente la vigilia del monje. Hay quien pasa toda la noche salmodiando, quien la pasa arrepintiéndose, repitiendo oraciones de compunción y haciendo postraciones, otros aún la pasan bañados en llantos, lágrimas y lamentaciones por sus propios pecados. De uno de nuestros padres han escrito que por cuarenta años repitió una única oración: ‘He pecado como hombre, pero tú, como Dios, perdóname’. Los padres lo escuchaban meditar estas palabas con compunción y lo veían llorar sin jamás parar. Esta oración hacía para él la vez de oficio, tanto de noche como de día.


Otro hermano consagra una parte de la tarde a la salmodia y el resto de la noche a los cánticos. Otro alaba a Dios y lee los salmos y,  entre unos salmos y otros se ilumina y se renueva leyendo la Biblia… Otros finalmente […] pasan la noche entera en continuo silencio.

Cuando los fuertes experimentan gozo y llanto durante las vigilias, pasan sin desanimarse las largas horas de la noche. Sus almas florecen, se alegran y olvidan su vestido carnal… La alegría y la danza del corazón no les permite pensar en el sueño, porque tienen la impresión de estar despojados del cuerpo y de haber ya alcanzado aquello que será su estado después de la resurrección. Por la inmensidad de la alegría interrumpen la salmodia y se postran rostro en tierra, a causa de la corriente de alegría que brota en sus almas. Para ellos la noche parece larga como el día y al acercarse la oscuridad es como el salir del sol, a causa de la esperanza que eleva y embriaga sus corazones cuando meditan en esto… Mientas sus lenguas suenan cual arpa espiritual, el intelecto va derecho a lo que le es propio. Por momentos retorna al significado de los versículos, en otras ocasiones rechaza un pensamiento extraño apenas se asoma a la mente, o en fin, cuando el alma comienza a estar cansada, retoma las lecturas del día.

Gracias al recuerdo de las vidas de los santos, los cuales la mente medita, su desánimo pronto se desvanece, la indiferencia se disipa… y una alegría inefable aflora en el alma. Dulces lágrimas riegan el rostro, un júbilo espiritual embriaga el intelecto, el alma recibe consolaciones indecibles, la esperanza sostiene el corazón y le infunde coraje. A este hombre le parece en ese momento morar en el cielo durante toda la duración de la vigilia, llena de tantas cosas excelentes.

La oración ofrecida durante la noche es muy potente, más que la diurna. Esta es la razón por la cual todos los justos han orado de noche, luchando contra la pesadez del cuerpo y la dulzura del sueño. Por esto Satanás teme el trabajo de la vigilia y busca con todos los medios obstaculizar a los ascetas, como en el caso de Antonio el Grande, del beato Pablo, de Arsenio y de otros padres de Egipto. Sin embargo los santos han perseverado con obstinación en la vigilia y han triunfado sobre el diablo.

¿Qué solitario, dotado de otras virtudes, no hubiera sido considerado un inepto si  hubiese descuidado las vigilias? Ya que la vigilia es la luz de la conciencia, exalta la mente y concentra el pensamiento. A través de ella el intelecto levanta vuelo y fija la mirada sobre las realidades espirituales mientras, rejuveneciendo gracias a la oración, brilla de esplendor.



Texto publicado por esicasmo.it

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