Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

viernes, 16 de marzo de 2012

El hesicasmo palestinense: Barsanufio e Giovanni

André Louf


Ocupémonos ahora de otra tradición: el hesicasmo palestinense. Nuestros testigos serán dos ancianos, de los cuales no se sabe nada más que fueron reclusos, al inicio del siglo VI, en el monasterio del Abbad Sérido, al sur de Gaza: Barsanufio el Gran Anciano, y Juan el Profeta.

De orientación netamente eremítica, la tradición hesicasta desarrolló una espiritualidad muy interiorizada que a primera vista deja poco espacio a la celebración litúrgica comunitaria. Y esto por evidentes razones: en el caso de los eremitas y de los reclusos la oración en común es prácticamente inexistente.

Para el monje que “ha sido seducido” a practicar la hesiquía, que ha abrazado la vida eremítica, una sola cosa es importante: empuñar con firmeza la espada del Espíritu, la diàkrisis, el discernimiento, instrumento espiritual que permite al eremita reconocer en su corazón los llamados del Espíritu. Esto es lo que tendrán por regla en la vida hesicasta, sustituyendo así los cánones y los reglamentos que organizan la vida en el cenobio:

“Un hesicasta… no posee regla. Al contrario, tú haz como un hombre que come y bebe en la medida que tiene ganas. Así cuando quieras leer y sientas compunción en tu corazón, lee todo lo que puedas. Lo mismo para la salmodia. Para la acción de gracias y las letanías, prolóngalas según tus fuerzas y no tengas temor: Dios no se arrepiente de sus dones.” (Barsanufio y Juan, Carta 88)

“Por tanto, no desees una regla, porque no quiero que tú estés bajo la ley, sino bajo la gracia. Se ha dicho en efecto: “No hay ley para los justos”. Y yo quiero que tú estés con los justos. Ten al discernimiento como el timón que gobierna la nave contra los vientos.” (Barsanufio y Juan, Carta 33)

Tal es pues la actividad del ermitaño, enteramente guiada por el Espíritu, según el testimonio del Apóstol: “Todos aquellos que son guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios” (Rom 8, 14). Si el Espíritu de Dios es la regla y el canon de todas las cosas, lo será también de la oración. Barsanufio responde a un monje que le pregunta la medida de la oración incesante y si con este propósito debía seguir una regla:

“La medida de la oración incesante pertenece a la aphatheia. Cuando conozcas la venida del Espíritu, él te enseñará todas las cosas. Si él te enseña cada cosa, te instruirá también a propósito de la oración. En efecto, el Apóstol dice: ‘Nosotros no sabemos orar como se debe, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables’.” (Barsanufio y Juan, Carta 182)

Si el ermitaño no conoce la celebración común de la liturgia, se aplica sin embargo con constancia a la salmodia, a la lectura meditada, a la oración en voz alta: su liturgia personal. Los grandes hesicastas fueron perfectamente conscientes: la oración en voz alta representaba para ellos el pedagogo que debía conducirlos a la oración silenciosa, hecha de una simple presencia de Dios. Orar incesantemente en el propio corazón, sin que nunca la lengua participe, “es propio de los perfectos, capaces de gobernar su espíritu y de custodiarlo en el temor de Dios.. pero aquel que no puede conservar incesantemente su espíritu en presencia de Dios, debe unir la meditación a la oración de los labios”. (Barsanufio y Juan, Carta 431)

Y Barsanufio ilustra esto con una parábola:

“Observad a aquellos que nadan en el mar: los nadadores expertos se lanzan al agua con coraje, sabiendo que el mar no puede tragar a los buenos nadadores. Por el contario, aquel que está recién aprendiendo, cuando siente la profundidad del agua, teme ahogarse, se sale enseguida del mar para permanecer en la playa. Luego, tomando un poco de coraje se sumerge de nuevo en el agua. Así hace los intentos para aprender a nadar bien, hasta alcanzar la perfección de los nadadores más expertos.” (Barsanufio y Juan, Carta 182)

No se podría ilustrar mejor la actividad, la ascesis de aquel que tiende a la perfección de la oración interior. Cualquier cosa que haga, sea que se ejercite en una simplicidad absoluta permaneciendo en el océano divino, sea que repose sobre la playa de las Escrituras en la meditación y en la salmodia, el ermitaño no tiene más que una sola ocupación, una sola preocupación, la de prestar atención a la liturgia del Espíritu en su corazón.

En la Carta 74, Juan el Profeta traza el programa del monje hesicasta:

Las horas y los himnos de la Iglesia son tradiciones: se prestan admirablemente a ser ejecutados junto al pueblo, y lo mismo en los cenobios a causa del gran número de personas. Pero los monjes de Escete no tienen horas ni recitan himnos. Ellos tienen, en momentos sucesivos, el trabajo manual y la meditación, ambos interrumpidos por una breve oración.

Cuando estás de pie para la oración, debes invocar al Señor para ser liberado del hombre viejo, o bien debes decir el Padre nuestro, o también ambas cosas, después sentarte de nuevo para el trabajo manual. Puedes prolongar tu oración cuando te levantas, o rezar sin interrupción según el precepto del Apóstol, pero para esto no es necesario que tú permanezcas de pie. Porque es larga toda la jornada para que tu espíritu esté en oración. Cuando te sientas para el trabajo manual, debes recitar de memoria (apostethìzein) o leer los salmos. Al final de cada salmo, ora permaneciendo sentado: “¡Dios, ten piedad de mí que soy un miserable!” Si sucumbes a los pensamientos agrega: “¡Dios, tú ves mi tribulación, ven en mi ayuda!”.

Cuando hayas terminado tres filas de red, levántate para la oración, haz la genuflexión del mismo modo y, de nuevo de pie, haz la oración que se te ha dicho. Para las vísperas, los monjes del Escete recitan doce salmos. Al final de cada uno dicen el Aleluya en vez de la doxología y hacen una oración. Y lo mismo por la noche: doce salmos, después se sientan para el trabajo manual. Si alguno lo desea, sigue recitándolos de memoria. Otros examinan los propios pensamientos, y otros también la vida de los padres. Aquel que lee cinco u ocho hojas lo hace también por aquellos que realizan el trabajo manual. Aquel que lee los salmos o que recita de memoria debe hacerlo con los labios (es decir, en voz alta), al menos que nos esté otro cerca de él y desee que nadie sepa lo que hace.” (Barsanufio y Juan, Carta 74)

No se podría describir más claramente las ocupaciones del hesicasta. Materialmente estas consisten en una sucesión equilibrada de trabajo manual y de pausas de intensa oración. En realidad, en lo más íntimo del corazón, la oración y la presencia del solitario ante Dios no cesan nunca.

En la carta que hemos recién citado, se propone dos veces el ejemplo de los monjes de Escete. En efeco, encontramos aquí una tradición que se remonta a los orígenes mismos del monaquismo, y se podría cita con este propósito más de un apotegma que ilustra este ritmo de vida típicamente monástico.

Si la oración continua no anima este ritmo, la celebración litúrgica comunitaria pierde su significado:

El bienaventurado Epifanio, obispo de Cipro, tenían en Palestina un monasterio. Su abad un día le mandó a decir: “Gracias a tus oraciones no hemos descuidado nuestra regla, sino que con celo recitamos tercia, sexta y nona, y el oficio del lucernario”. Pero él les reprendió con estas palabras: “Evidentemente descuidas las otras horas del día en las cuales no rezan. El verdadero monje debe tener incesantemente en el corazón la oración y la salmodia.” (Epifanio 3)

Epifanio afirma así de manera absoluta la necesidad de un más allá de lo litúrgico, sin lo cual la celebración comunitaria pierde todo su valor.
  
Para terminar, es preciso subrayar que esta concepción de la sinergia entre oración litúrgica y oración interior no es exclusivamente una prerrogativa de la tradición anacorética o semi-anacorética.

En los monasterios de Pacomio, del cual hoy se gusta de darle el título de fundador de la Koinonía, se encuentra la misma intuición fundamental. De su abba Palamón, Pacomio recibe, junto a la iniciación a la vida monástica, el canon de la oración:

En cuanto a la regla de la colecta, sesenta oraciones en el día y cincuenta a la noche, sin contar las jaculatorias que hacemos para no ser mentirosos, ya que nos ha sido ordenado orar incensatemente (Vida de Pacomio).


André Louf
La vida espiritual.
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose

Publicado por Esicasmo.it

En castellano: André Louf
La vida espiritual.
Biblioteca Cisterciense.
Ed. Monte Carmelo. 2004
Págs. 61-66


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