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viernes, 23 de marzo de 2012

El sacerdocio real: estado carismático del cristiano


El sacerdocio según la orden de Melquisedec “no viene de padre, ni de madre, ni de genealogía” (Hb 7,3), lo que significa: fuera de toda elección o delegación simplemente humanas. El poder sacerdotal es dado por Cristo a los doce apóstoles, y su origen es netamente divino: “no son ustedes los que me eligieron, sino que soy yo el que los ha elegido y establecido” (Jn 15,16). El axios digno y el amen pronunciados por el pueblo en el momento de la elección de un obispo o de un sacerdote es la condición humana del carisma cuya fuente es soberanamente divina.

La tradición es muy clara en afirmar que el sacerdocio universal de los laicos no implica ninguna oposición al sacerdocio funcional del clero. Jamás cae en la confusión afirmando la igualdad de naturaleza: por el "segundo nacimiento", el bautismo, todos ya son sacerdotes,  todos son antes que nada miembros equivalentes del pueblo de Dios, y es en el seno de la equivalencia sacerdotal que se produce una diferenciación funcional [1] de los carismas y de los ministerios.

El sacramento de la unción crismal establece a todos los bautizados en la misma e idéntico naturaleza sacerdotal hiereis (sacerdotes), atributo esencial de toda "nueva criatura" en Cristo. El Nuevo Testamento emplea los términos obispo y presbítero para designar el ministerio particular del clero y guarda el término de hiereis  -sacerdote- para el sacerdocio de los fieles. Esta palabra griega designaba el sacerdocio judío. Cristo lo abolió como casta distinta. Todos los bautizados se hicieron hiereis, sacerdotes del sacerdocio real y universal.

De este pueblo sacerdotal de Dios, algunos son elegidos, retirados y establecidos por elección divina: estos son los obispos y presbíteros. El poder sacramental de celebrar los misterios y ante todo de ser testigo apostólico de la Eucaristía, la tarea de guardar el depósito de fe y de promulgar las definiciones doctrinales, el carisma también pastoral, pertenecen al episcopado en virtud de la apostolicidad de la Iglesia

Así, si el obispo participa en el sacerdocio de Cristo por su función sagrada, todo laico lo hace por su mismo ser; ellos participan en el único sacerdocio de Cristo por su ser santificado, por su naturaleza sacerdotal. Es en vistas de esta dignidad de ser sacerdote en su misma naturaleza, que todo bautizado es sellado con dones, ungido por el Espíritu Santo en su misma esencia. Hay que subrayar fuertemente la sustancia, la ontología, la naturaleza sacerdotal de todo fiel. Todo laico es sacerdote de su misma existencia; ofrece en sacrificio, en hostia viva (Rm 12,1), la totalidad de su ser, su testimonio puede ir hasta el sacrificio de su vida (cf. Mt 10, 17-42).

Un estrecho parentesco litúrgico entre la "Gran iniciación" de los fieles (el nombre dado por los Padres a los tres sacramentos mayores: bautismo, confirmación y eucaristía) y la ordenación de los presbíteros lo confirma. En efecto, la oración del octavo día después del bautismo menciona "la imposición de la mano de Dios" que establece al bautizado en la "dignidad de la vocación sublime y celeste". El color blanco de la túnica bautismal es el color del sacerdocio en ambas alianzas. El rito de la tonsura en el momento del sacramento de la confirmación significa la consagración total al servicio del Rey celeste y de su Iglesia; pues, todos ellos, clérigos y laicos, son separados para las cosas de Dios: todos ellos son consagrados. Según Hipólito de Roma, el bautizado recibe el beso de paz (análogo al beso de la ordenación episcopal) como el que es digno de su nuevo estado: dignus effectus est. Precisa también respecto a la "piedra blanca" que lleva grabado el nombre nuevo (Ap 2, 17), que este nombre es pronunciado durante la eucaristía; él simboliza la admisión al reino, es el nombre de la nueva criatura, miembro del sacerdocio real. Tal correspondencia litúrgica de estos ritos con la ordenación presbiteral subraya fuertemente la dignidad sacerdotal de todo bautizado.

En la Biblia la palabra "laico" es rara y poco precisa; en cambio, encontramos en ella una noción más rica y  más clara: Laos, "pueblo de Dios". Al lado de un sacerdocio funcional, al lado de una casta sacerdotal levítica, la Escritura pone el sacerdocio universal del pueblo de Dios en su totalidad. Desde la donación de la Torah a Moisés, el Señor declara: “Yo le tendré por un reino de sacerdotes y una nación consagrada” (Ex 19, 6). El texto griego lo traduce por basileion ierateuma: sacerdocio real, "pueblo de sacerdotes" al servicio del Rey celeste. San Pedro repite la expresión y dice: “ustedes son una raza elegida, un sacerdocio real” (1 P 2, 9). El pueblo de Dios, puesto de lado y reunido antaño en el Templo de Jerusalén, es asociado ahora a las acta y passa Christi in carne. Reunido en lo sucesivo en Cristo, constituido en Iglesia, el pueblo participa en el sacerdocio y en la realeza única de Jesús. Cristo hizo a todos los cristianos “una realeza de sacerdotes que reinarán sobre la tierra” (Ap 5,10). Hay que afirmar de manera más radical y más categórica que la idea de pueblo de Dios "profano" no tiene sitio en la Biblia; es simplemente inimaginable. La Escritura enseña constante y firmemente el carácter sagrado y sacerdotal de cada miembro del pueblo.

El monaquismo interiorizado

Occidente canonizó al monaquismo y al laicado como dos formas de vida: una, respondiendo a los consejos, la otra, a los preceptos del Evangelio. El único riesgo absoluto es que en este planteo ambos se encuentran separados, por una parte, avanzan los perfectos y, por el otro lado, se dirigen los débiles, viviendo en la mediocridad. A esta visión se añade una cierta concepción ascética que justifica la vida conyugal sólo para que engendre a vírgenes y pueble los conventos.

En Oriente, la perfecta igualdad de naturaleza de todos los miembros de la Iglesia condiciona el carácter profundamente homogéneo de la espiritualidad ortodoxa. De igual modo que no existe ninguna separación entre Iglesia docente y enseñada, -es la Iglesia total quien enseña a la Iglesia-, el Oriente ignora la diferencia entre los preceptos y los consejos evangélicos. Es en toda su enseñanza y toda su exigencia  que el Evangelio se dirige a todos y a cada uno.

"Cuando Cristo, dice San Juan Crisóstomo, ordena seguir la vía estrecha, se dirige a todos los hombres. El monje y el seglar deben alcanzar las mismas alturas.” No existe más que una sola espiritualidad para todos, sin ninguna distinción en cuanto a su exigencia, para obispo, monje o laico, y es la espiritualidad monástica. Por lo cual, esta espiritualidad es vivida por los monjes-laicos, lo que da al término "laico" un sentido máximamente espiritual y eclesial.

En efecto, según los grandes maestros, los monjes no son más que los que quieren "ser salvados", los que "viven la vida según el Evangelio", "buscan lo único necesario", y "se hacen violencia en todo" (San Nilo). Es perfectamente evidente que estas palabras definan muy exactamente el estado de todo creyente-laico. San Nilo afirma que todas las prácticas monásticas se imponen a la gente del mundo. Lo mismo que San Juan Crisóstomo: "los que viven en el mundo, aunque estén casados, deben en toda su vida parecerse a los monjes... Usted se equivoca completamente, si piensa que hay algunas cosas exigidas a los seglares, y otras a los monjes… Ambos tendrán que rendir las mismas cuentas." La oración, el ayuno, la lectura de las Escrituras, la disciplina ascética, se imponen a todos de igual manera. San Teodoro Estudita en su carta enviada a un dignatario bizantino presenta el programa de la vida monástica y precisa: "no creas que esta lista vale para el monje y no,  toda entera e igualmente, para el laico." Cuando los Padres hablaban, se dirigían a todos los miembros del Cuerpo, sin ninguna distinción entre el clero y el laicado: ellos hablaban del sacerdocio universal de todos. El pluralismo actual de las teologías del episcopado, del clero, del monaquismo, del laicado, siendo desconocido en el tiempo de los Padres, sería hasta incomprensible para ellos. El Evangelio en su totalidad se aplica a todo problema particular de todo medio.

San Serafín de Sarov (1759-1833) en su célebre conversación con Nicolás Motovilov, decía: "en cuanto al hecho de que usted es laico, y que yo soy monje, no hay necesidad de pensar en eso. El Señor busca sólo los corazones llenos de amor por Dios y el prójimo... Él atiende tanto las oraciones del monje como las del laico, con tal que ambos tengan  una fe sin error y amen a Dios desde lo más profunda de sus almas,  ambos transportarán montañas..." Ambos, el monje y el laico, se erigen en signo y referencia a lo Transcendental. San Tikhon de Zadonsk (1724-1783), escribía en el mismo sentido a las autoridades eclesiásticas: "no tengas prisa de multiplicar a los monjes. El vestido negro no salva en absoluto. El que lleva el vestido blanco y el que tiene el espíritu de obediencia, de humildad y de pureza, éste es un verdadero monje del monaquismo interiorizado."

El laicado forma así muy exactamente el estado del monaquismo interiorizado. Su sabiduría consiste en asumir, viviendo en el mundo y posiblemente sobre todo a causa de esta vocación, el maximalismo escatológico de los monjes, su espera alegre e impaciente de la Parusía. El gran mérito de Nicolás Cabasilas, laico y gran liturgista del siglo XIV, es universalizar y socializar el método monástico y su espiritualidad para que cada uno encuentre el equivalente personal.

El monaquismo totalmente centrado sobre las últimas cosas cambió antaño la cara del mundo. Hoy más que nunca llama a todos tanto a los laicos que viven en el mundo como a los monjes, y pone una vocación universal. Se trata para cada uno de una adopción personal a- su modo-  de los votos monásticos.

La obediencia total  a Dios suprime toda suficiencia de sí mismo y toda influencia que viene del mundo. El que verdaderamente obedece a Dios domina el mundo, él es regiamente libre y plenamente goza de esta dignidad real. La castidad no es en absoluto una categoría fisiológica, está en la estructura pura del espíritu. En el sacerdocio conyugal es la ofrenda recíproca y su don total y unánime a Dios, la desapropiación y la consagración de su existencia. La pobreza es esta receptividad abierta de un pobre hacia los deseos de Dios, de un pobre que no quiere saber  ni seguir más que al Verbo en el mundo, que no aspira más que a una sola posesión, la de los soplos del Espíritu. La oración como estado constante del alma, la oración hecha carne, hace maravillosamente de todo trabajo, de toda palabra, de todo acto, una oración, un signo viviente de la presencia de Dios, ministerio de la alabanza,  eucaristía viviente.

El maximalismo escatológico es esta violencia que se apodera del Reino, este totalitarismo de la fe que busca sólo lo único: a la luz del Fin, ve y contempla la "llama de las cosas". Esta es una actitud existencial tendida hacia lo último y quien no puede estar más que en una espera viva, más que en una preparación de la Llegada. Por su misma vida, el hombre muestra lo que él ve en Dios. Lo hace, y no puede hacerlo de otro modo. Es el hombre-testigo, en el que el Reino está ya presente y quien lo anuncia por sus silencios.

La participación de los laicos en los tres poderes de la Iglesia.

La idea de pueblo pasivo está en flagrante contradicción con la eclesiología patrística. El sacramento de unción establece a cada  miembro en el sacerdocio universal e introduce en el hiera diachosmisis, orden sagrado de los ministerios donde todos ellos participan en los tres poderes: el gobierno, la enseñanza y la santificación.

El primer Concilio de Jerusalén en el tiempo de los apóstoles (Ac 15) reúne todos los elementos que constituyen el cuerpo de la Iglesia: los apóstoles, los presbíteros y los hermanos. La palabra: plugó al Espíritu Santo y a nosotros, se hace la fórmula sagrada de los  Concilios ecuménicos, donde este "nos" es el nos  colegial del pueblo de Dios en su totalidad. Si inicialmente son los obispos quienes constituyen el Concilio, llevan en ellos todo el cuerpo y su poder se ejercita sólo al nivel del misterio del consensus de  todos, actúan ex consensu ecclesit. Así como lo declara tan bien la encíclica de los patriarcas orientales en 1848: " En nuestra casa, innovaciones no pudieron ser introducidas por los patriarcas, ni por los Concilios: porque en nuestra casa, la salvaguardia de la religión reside en el cuerpo entero de la Iglesia, es decir en el pueblo mismo el que quiere conservar intacta su fe". La promulgación de las definiciones doctrinales es el carisma propio del episcopado; en cambio los laicos son los defensores de la fe. El "escudo" es la Iglesia en su totalidad, y es por eso que la capacidad de distinguir la verdad del error, de hacer pasar toda definición de fe por la "recepción" y la prueba de la vida de todo el pueblo, de verificar y de testimoniar (1 Te 5,19-21) es dado a  todos.

En el culto, el axios (digno) en el momento de una ordenación o el amen final, son como la firma sagrada e indispensable del cuerpo sobre todo acto de la Iglesia. Durante la liturgia, todo fiel es coliturgo con el obispo; el pueblo activamente participa en la anáfora eucarística, el sacerdote formula la epíclesis en nombre de  todos: "te rogamos..." La comunión de espíritu entre el celebrante y la asamblea de los fieles es total y responde al sentido de la palabra liturgia: la acción común.

Los laicos forman un ámbito que está a la vez en el mundo y en la Iglesia. No pueden conceder los medios de la gracia (los sacramentos); pero sí, su esfera es la vida de la gracia. Por la simple presencia en el mundo de los "seres santificados", "Verbificados", sacerdotes en su misma sustancia, el sacerdocio universal de los laicos guarda el poder de la coronación cósmica, de la liturgia cósmica: fuera de las paredes del templo, los laicos continúan en su vida la liturgia de la Iglesia. Por su presencia activa, introducen la Verdad de los dogmas vividos en lo social y en las relaciones humanas y desalojan así los elementos demoníacos y profanados del mundo.

La oración del oficio del santo crisma pide: "Oh Salvador, tú diste la gracia a los profetas, a los reyes y  a los pontífices, dásela también por este aceite santo a los que reciben su unción." Refiriéndose a la palabra “nosotros hemos sido hechos partícipes  de Cristo” (Heb 3, 14), los Padres afirman que cada cristiano, por la participación en el triple oficio del Señor, está revestido de la dignidad real, sacerdotal y profética. San Macario dice: "el cristianismo no es en absoluto algo mediocre, él es un gran misterio. Medita sobre tu propia nobleza por la unción, todos se hacen reyes, sacerdotes y profetas de celestes misterios."

La dignidad real es de naturaleza ascética: es la maestría del espiritual sobre lo material, sobre los instintos y las pulsaciones de la carne, la liberación de toda determinación que viene del mundo. Santo Ecumenios dice: "reyes, por la influencia sobre nuestras pasiones". Lo mismo san Gregorio de Nisa: "el alma muestra su realeza en la disposición libre de sus deseos, esto es inherente sólo al rey; dominar todo es lo propio de la naturaleza real." La dignidad real así es el "cómo" de la existencia, la calidad real de dominar, de ser dueño y señor de sí.

El "que", el contenido de la existencia se coloca en la dignidad sacerdotal. San Pablo (Rm 12) exhorta a ofrecer nuestros cuerpos en sacrificio vivo, lo que es el culto razonable: hacer de nuestro ser, de la vida, un culto, una doxología y una eucaristía viviente. Orígenes expresa admirablemente: "todos los que recibieron la unción se hicieron sacerdotes... Si yo amo a mis hermanos hasta dar mi vida por ellos, y yo combato por la Verdad hasta la muerte… si el mundo me está crucificado y yo para el mundo, yo he ofrecido un sacrificio y me hago sacerdote de mi existencia."

Lo mismo san Gregorio Nacianceno: "Nosotros somos sacerdotes por la ofrenda de nosotros mismos en hostia espiritual." Es la densidad del deseo de Dios, de la sed de Dios que hace al hombre una ofrenda pura. Los corazones puros verán a Dios y por ellos Dios se mostrará.

Para precisar la dignidad profética, santo Ecumenius recoge todas las dignidades en un solo movimiento: "reyes por la influencia sobre nuestras pasiones, sacerdotes para inmolar nuestros cuerpos, profetas siendo instruidos por los grandes misterios.” Santo Teofilacto añade: "profeta, porque ve lo que el ojo no vio." Según la Biblia, un profeta es el que es sensible a los "deseos Dios" en el mundo, el que conoce y descifra la marcha providencial de la historia bajo la mirada de Dios. Eusebio de Cesarea, en su Demostración evangélica, escribe: "quemamos el perfume profético en todo lugar y le sacrificamos el fruto oloroso de una teología práctica.” He aquí una definición magnífica del laicado por todo su ser, en toda existencia, hacerse una teología viviente, una teofanía, un lugar brillante de la presencia, del Parusía de Dios.

Recorriendo la tradición patrística, podemos dibujar a grandes rasgos un cierto "tipo" de laico. Este es un hombre de oración ante todo, un ser litúrgico, el hombre del Sanctus y del Trisagion, aquel quien resume su vida en esta palabra del salmo: “Yo cantaré a mi Dios mientras yo viva.“ San Antonio el Grande habla de un hombre de una gran santidad y quien ejercía en el mundo la profesión de médico. Él daba a los pobres todo lo superfluo y cantaba cada día Trisagion, uniéndose al coro de los ángeles

Sacerdote del mundo, el laico practica el discernimiento de los espíritus y dice "no" a toda empresa demoníaca. Los otros, aquellos que están bajo el altar (Ap 6,9) gritan: Hasta cuando, Señor... La Iglesia puede de toda la riqueza de la cultura humana hacer un icono espléndido del Reino de Dios, pero puede también ser desnudada hasta el martirio y "desnuda seguir a Cristo desnudo..."

Un laico es un testigo ocular de la resurrección del Cristo. "La luz del Cristo ilumina a todo hombre que viene al mundo", dice la oración de Prima: "Nosotros hemos visto la verdadera luz", canta el pueblo después de la comunión. Tal es la enseñanza litúrgica y el sentido del oficio de noche de Pascua. El misterio litúrgico sobrepasa la sola conmemoración. Representa el acontecimiento, se hace el advenimiento mismo. Delante del pueblo, Cristo resucitado aparece y esto le confiere a todo fiel la dignidad apostólica de testigo. Un laico es así un "hombre apostólico" a su manera. Según los grandes espirituales, es a él a quien responde el final del Evangelio según san Marco: el que marcha sobre las serpientes, domina toda enfermedad, desplaza las montañas y resucita a los muertos, si tal es la voluntad de Dios. El vive simplemente su fe hasta el fin, se coloca en su término inquebrantablemente.

Él tiene una actitud de silencio recogido, de humildad, que también está totalmente penetrada por una ternura apasionada. San Isaac, San Juan Clímaco, los ascetas más severos y los más experimentado, decían que había que amar a Dios como se ama a una novia y a estar enamorado de toda la creación de Dios con el fin de descifrar por esta "ternura ontológica" el sentido de Dios en toda las cosas.

Maravillado también por la existencia de Dios, -"el mundo está lleno de la Trinidad"-, el laico es también un poco "el loco" de la locura que habla san Pablo. Es también "el humor" tan paradójico de los "locos en Cristo", el cual  sólo es capaz de quebrantar la pesada seriedad de los innumerables doctrinarios. Así como la ostra se esconde en su caparazón, toda doctrina fanática, sectaria, de tipo marxista o también una teología integrista, esconde un sustancial aburrimiento. Dostoievski decía que el mundo perecería no de una catástrofe cósmica o militar sino por el aburrimiento, de este bostezo gigantesco, grande como el mundo, es de donde surgirá el diablo. El mundo moderno ha evacuado lo sagrado; el medio más eficaz para oponerse a la última profanación,  ésta es la de revelar su banalidad, su esencia flaca, lo que lo hace inmediatamente ridículo; pues lo ridículo mata, y el diablo lo sabe, ¿lo ridículo no es fatalmente uno de sus atributos?

Un laico es también un hombre al que la fe lo libera del "gran miedo" del siglo XX, miedo a la bomba, al cáncer, al comunismo, a la muerte. La fe es siempre una cierta manera de amar al mundo, una manera última de seguir al Señor hasta el descenso a los infiernos. “El Reino de Dios está en medio de usted” (Lc 17,21) significa que el infierno también está en medio de nosotros, que nos rodea, nos precede y nos sigue. En  cierto sentido, el mundo moderno ya es el infierno, el lugar de donde Dios está excluido. Cristo desciende allá y todo laico es llamado a seguirlo, no como un "turista", como Dante, según la palabra irónica de Péguy, sino como testigo de la luz de Cristo. Este puede ser posiblemente el sentido de la palabra de Cristo dirigida al starets Siloan del Athos: "deja tu espíritu en el infierno y no desesperes"... San  Antonio el Grande decía: "el infierno existe seguramente, pero para mí sólo..." La apocatastase (restauración final y universal de toda la creación) no es una doctrina, sino oración. Esta indudablemente no es de un sistema teológico, sino que puede ser solamente que del fondo del infierno suban los testigos de Cristo, que una esperanza brillante y alegre puede nacer e imponerse... "La fuerza divina que fue capaz de inventar una esperanza allí dónde no hay más esperanza y una vía en lo imposible", dice magníficamente san Gregorio de Nisa.

El cristianismo, en la grandeza de sus confesores y de sus mártires, en la dignidad de todo creyente laico, es mesiánico, revolucionario, explosivo. En el reino del César nos es ordenado buscar y encontrar lo que no se encuentra: el Reino de Dios. El Rey vino, su Reino tiene que venir. Esta orden significa justamente que debemos transformar la forma del mundo, cambiar su rostro que se transforme en icono del Reino. Cambiar el mundo quiere decir pasar de lo que el mundo todavía no posee -y es por esto que todavía es este mundo- al mundo que se transfigura, y por esto se hace otra cosa: el Reino.

El llamado central del Evangelio invita a la violencia cristiana que sólo se apodera del Reino de Dios. Justo hablando de san Juan Bautista el Señor designa la violencia. El caso es que san Juan no es solamente un testigo del Reino, ya es el lugar donde el mundo es vencido y donde el Reino está ya presente. Él no es solamente una voz que lo anuncia, él es su voz, el amigo del Esposo es el que disminuye para que el Otro, el Filántropo divino, crezca y aparezca. Ser un verdadero laico, es ser quien, por toda su vida, por esto que ya está en él presente, anuncia Aquel que viene; ser el que, según san Gregorio de Nisa, lleno "de embriaguez sobria", invita a todo transeúnte: "ven y bebe"; el que dice con san Juan Clímaco esta palabra tan alada en su alegría: "tu amor hirió mi alma y mi corazón no puede sufrir sus llamas… avanzo cantándote."

Version raccourcie extrait de:
Le mystère de l’Esprit-Saint
(Henri Cazelles, Paul Evdokimov,
Albert Greiner), Mame, 1968.
Une autre version de ce texte paraît dans
Les âges de la vie spirituelle, pp. 209-226.
  
Publicado en http://www.pagesorthodoxes.net

[1] La teología occidental afirmaría que la diferencia no es sólo funcional sino también ontológica entre los ministerios que implican el orden sagrado. 

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