Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

lunes, 5 de marzo de 2012

El arrepentimiento




El arrepentimiento es una segunda victoria de la fe y un nuevo testimonio.

La humanidad se ha alegrado por los inicios de la fe y ha sido reavivada por el martirio como sello de la fe: ella espera aún una época de arrepentimiento que será una de las etapas espirituales más florecientes y para nada menos gozosa y lozanas que las épocas anteriores, a condición que el arrepentimiento sea vivido auténticamente.

El arrepentimiento no es otra cosa más que una segunda victoria de la fe y un nuevo testimonio. El retorno a la fe asumido después de un tiempo es una alegría casi más grande que la de la primera adhesión. Pensad en la alegría de la viuda después que ha encontrado la dracma perdida (Lc 15, 8-10); pensad en el pastor que se alegra más por haber encontrado su oveja perdida que por la certeza de tener las otras noventa y nueve en el corral (Lc 15, 4-7). El Señor nos enseña que el retorno al seno de Cristo de un hombre que se arrepiente tiene una fuerza y un honor igual a la alegría de tener un corral entero, es decir, una iglesia entera.

Dios ha querido otorgar al arrepentimiento el doble honor, felicidad, gozo y alegría, de modo que un pecador no se desanime o tenga temor de volver a los brazos de Cristo,  que la gloria de la cruz pueda prevalecer sobre la infamia del pecado y que la bondad de Dios, siempre pronta para justificar al impío, sea glorificada. Aunque un pecador que se arrepienta pueda difícilmente ser notado por el mundo, la Biblia afirma que el cielo entero recibe con alegría el arrepentimiento de un pecador y se alegra cuando un hombre es justificado. El arrepentimiento es la más grande de las obras de las cuales la humanidad pueda estar orgullosa, porque quien se arrepiente responde al poder que Dios tiene de perdonar y de justificar  y obtiene, mediante la contrición, el fruto de la cruz y la santificación por parte de Dios. ¡Pensad: un hombre que se arrepiente puede, con su contrición, alegrar al cielo y al corazón de Dios!

Cuando los santos percibieron el honor reservado al arrepentimiento y a la contrición –honor que incumbe originalmente a los pecadores, a los adúlteros y a los indolentes-, lo arrebataron para sí mismo y se sometieron con severidad y sagacidad a la severa disciplina del arrepentimiento, como si fuesen ellos los indolentes: ¡así las personas han terminado pensado que el arrepentimiento fuese la obra de los santos y la contrición la de los justos!

En cuanto a nosotros, miserables, pensamos que es nuestra justicia la que nos acerca a Dios y que es nuestra virtud, erudición, culto, celo los que nos garantizan la comunión con las cosas celestes. No nos damos cuenta que “todo está desnudo y descubierto a sus ojos y a él deberemos dar cuentas” (Hebreos 4,13), que no tenemos nada bueno para acercarnos a Dios: “Ninguno es justo, ni uno solo” (Rm 3, 10), y que “como paño inmundo son todos nuestros actos de justicia” (Is 64, 5).
Si solo nosotros hubiésemos comprendido que Cristo ha venido para “justificar a los impíos (Rm 4,5) y para llamar “mi amada a aquella que no era la amada” (Rm 9, 25). Si solo estuviésemos seguros de esto, renunciaríamos inmediatamente a toda nuestra justicia, a toda nuestra falsa piedad, a toda ostentación forzada, y las declararíamos al instante como cosas impías y no juzgaríamos a nuestros pecados como muy graves por están lavados por la sangre de Cristo y a nuestra impureza como una carga tan pesada para su amor.

No es nuestra tarea justificar a los impíos, no podemos hacerlo: esta es una acción divina, una capacidad sobrenatural que permanece incomprensible para nosotros. Es la riqueza del cielo que ha sido derramada con la sangre de Cristo en nuestros corazones. Es la riqueza del don y de la generosidad total. Es la benevolencia de Dios unida a una compasión y a un amor sobreabundante, al punto que ha sido vencida por su mismo sentimiento y no ha tenido piedad de sí mismo, sino que se ha inmolado a sí mismo sobre la cruz en favor de la miseria de los pecadores.

Justificar al impío es un misterio divino, uno de los más profundos misterios de la salvación. Nos sería suficiente creer solo que Dios es capaz de justificar al impío: nuestro fe en esto sería considerada justicia de por sí, sin tener en cuenta si nos hemos acercado a Dios como personas impías convencidas de haber sido justificadas en virtud del poder de Dios de justificar y santificar. Si esto sucediese, nos hundiríamos inmediatamente en el incomprensible misterio de la salvación.

¡Jesucristo ha venido al mundo para salvar a los pecadores! ¡Sí, al pecador! El pecador no es otro que un montón de inmundicia unida a la lujuria, a la maldad, a la vanidad y a la penosa experiencia de la disolución. Propiamente el pecador, repugnante a sí mismo y a los otros, es la causa de la venida de Cristo al mundo.

El pecador que advierte dentro de sí la falta absoluta, a causa del pecado, de lo que es santo, puro y grande, el pecador que aparece a los propios ojos en la oscuridad más total, separado de la esperanza de la salvación, de la luz, de la vida y de la comunión de los santos, exactamente él es el amigo que Jesús ha invitado a la mesa y que ha ido a buscar por los caminos, es él el amigo que ha sido invitado a las bodas de Cristo y a la heredad de Dios. Dios ha prometido no acordarse de ninguno de sus pecados y olvidarlos, como una nube de verano es absorbida por el resplandor del sol. ¿No ha sido por él que Cristo se ha crucificado a sí mismo y ha soportado la miseria y el abandono?

El maravilloso poder de Cristo, cual Dios que redime y ama hasta la muerte, no puede ser absolutamente percibido y experimentado si no en la persona del pecador arrojado a tierra y repudiado por todos. Sin el pecador no podemos entender el amor de Cristo, ni medir su profundidad, ni este amor divino puede manifestarse en una acción que revele su calidad extraordinaria. El amor divino alcanza la máxima consideración a nuestros ojos cuando lo conocemos en su condescendencia  hacia nosotros, más específicamente cuando nosotros hemos caído en una condición miserable.
Por amor al pecador han sido revelados los misterios del amor de Dios y ha sido abierta a nosotros las riquezas de Cristo, aquella riqueza que es ofrecida gratuitamente y que ni el oro ni la plata pueden adquirir. ¡Cuán grande es la pobreza del pecador! Solo la extrema miseria del pecador, en efecto, hace brotar la riqueza de Cristo, con una confianza semejante a la de un niño hambriento que chupa la leche del seno de la madre.

Cristo no enriquece nunca a quien es rico, ni da de comer a quien está saciado, ni justifica al justo, ni redime a quien confía en sí mismo, ni enseña al erudito. Su riqueza es solo para el pobre y el necesitado, para quien es descartado, para quien es despreciable y desgraciado incluso a los propios ojos. El alimento abundante de Cristo es para el hambriento, su justicia para los pecadores, su brazo fuerte para quien ha caído, su sabiduría para los niños y para cuantos se consideran pequeños. Cualquiera que sea pobre, hambriento, pecador, caído o ignorante es el huésped de Cristo.

Cristo ha descendido de la gloria de su reino a la búsqueda de aquellos que están en el abismo profundo, de aquellos que han alcanzado el máximo grado de miseria, de perdición y de oscuridad abominable, de aquellos que no tienen más esperanza en sí mismos. En ellos se manifiesta su poder de acción y el poder de su ser Dios, cuando su amor inmolado se precipita a sacar al pecador del pantano y del estiércol y lavar con su santa sangre cada miembro contaminado. En personas de este tipo es glorificada la justicia de Dios. En ellas él encuentra un terreno para la compasión, la misericordia y la ternura, en las almas de aquellos que son despreciados y descartados, su humildad encuentra descanso, porque en el ser condescendiente hacia ellos él encuentra una obra digna de su bondad.

¡Oh, sí solo los pecadores supieran que son la obra de Dios y la alegría de su corazón! “Somos obras de sus manos” (Ef 2, 10). Si el pecador estuviera seguro que su condición a los ojos de Dios ha estado siempre entre las preocupaciones del Omnipotente y ha sido considerada desde la eternidad, y que la mente de Dios ha pensado en el curso de los siglos en su retorno, y que los cielos y cuanto contienen permanecen en espera de su conversión, entonces no se avergonzaría nunca de sí mismo, no despreciaría su propia posibilidad de conversión, no demoraría su retorno.

¡Si solo el pecador conociera que todas sus transgresiones, sus culpas y sus enfermedades no son más que el motivo de la compasión, de la remisión y del perdón de Dios, y que por más grandes y atroces que puedan ser, no podrán nunca disgustar al corazón de Dios, ni extinguir la misericordia, ni obstaculizar –ni por un solo instante- su amor! Si solo el pecador conociera esto, entonces no se agarraría nunca a su pecado ni buscaría en el aislamiento de Dios un velo para impedir a su vergüenza ver el rostro de Cristo, ¡aquel rostro que está buscando demostrarle el amor que tiene por él y que está llamándolo!

El pecado no tiene más el poder de separar al hombre de Dios.

“Vengan, y discutamos – dice el Señor-;
Aunque sus pecados sean
como la escarlata,
se volverán blancos como la nieve;
aunque sean rojos como la púrpura,
serán como la lana.” Is 1, 18


Dios es así, siempre condescendiente hacia nosotros. Él sabe como el pecado debilita el corazón del pecador y lo arrastra a un estado de vergüenza mortal que lo obliga, antes que a ir hacia Dios, a esconderse y así a privarse de la vida. Por esto, Dios mismo toma la iniciativa de llamar insistentemente  al pecador y lo invita a presentarse para discutir juntos.

El pecador piensa que el pecado le impide buscar a Dios, ¡pero es justamente por esto que Cristo ha descendido a buscar al hombre! ¿Dios no ha asumido la carne del hombre justamente para curarlo de la enfermedad, para redimirlo del pecado que reinaba sobre él y para hacerlo resurgir de la maldición de la muerte? El pecado no tiene más poder de separar al pecador de Dios después que Él ha enviado a su Hijo y ha pagado el precio –el precio completo del rescate- sobre la cruz. Son el temor del pecador, su vergüenza y su engaño que al esconderse en el costado traspasado de Cristo el mundo entero puede purificarse numerosas veces.

El pecado no tiene más el derecho de existir o de permanecer en nuestra nueva naturaleza: es como una mancha sobre un vestido, quitada inmediatamente, en menos de un cerrar de ojos, cuando el pecador se arrepiente y busca el rostro de Dios.

El pecador no mira alrededor buscando algún poder autónomo o algún mediador distinto a la sangre de Cristo para acceder a Dios y encontrar la redención y el perdón, de otra manera se arriesgaría a insultar al amor de Dios y su suprema misericordia, o a deshonrar su omnipotencia, su benevolencia o su compasión. En todo caso, el pecador puede encontrar ayuda en todos los santos y penitentes de la Iglesia. Hemos visto, oído y sido testigos de que la profundidad del perdón de Dios, su inmensa remisión, su poder de santificar al pecador alcanzan el máximo poder y grandeza cuando quien se arrepiente toca el fondo de la propia debilidad.

Existe también un pecador falso que se pinta a sí mismo como un gran pecador y cuenta a su alrededor sus innumerables pecados, pero dentro de sí no los percibe como reales y estos no provocan en él ningún tormento ni remordimiento de conciencia. Para una persona como esta no hay remordimiento, ni aunque realizase millares de obras y recitase millares de oraciones cada día: Cristo, en efecto, es un médico sagaz que sabe distinguir el verdadero paciente de uno que pretende serlo.

Cristo no ha venido solo con agua para lavar la suciedad del cuerpo, sino con agua y sangre para lavar ante todo las heridas sangrantes del pecado que había desgarrado el corazón y la conciencia de la humanidad entera, y luego fortalecer al cuerpo con dosis puras de su sangre vivificante, a fin de que pudiese reavivarse de su mortal desmayo, levantarse y vivir.

Cuando el profeta Isaías describe nuestros pecados como “rojos como la púrpura”, en realidad se refiere a la sangre del pecador que tiñe la vida del hombre con el color de la muerte. Sangrar siempre arroja al hombre a un estado de desesperación y de terror, como una puñalada en el corazón o un asesino con las manos ensangrentadas. Son precisamente los responsable de semejantes pecados, personas de conciencia sanguinaria, afligida y desesperada, a los que Isaías invita a conocer la profundidad del perdón y de la misericordia de Dios. Para ellos Cristo ha descendido de junto al Padre, para llamarlos desde la colina del Calvario. Miradlo mientras abre los brazos sobre la cruz para revelar la magnanimidad de su corazón que va en busca de aquellos que están perdidos y expulsar el desaliento del corazón desesperado.

Cristo ha venido a buscar a los verdaderos pecadores, hundidos en la compunción del remordimiento y de la desesperación, y no escucha a los mentirosos que se proclaman arrepentidos y se autocondenan frente a los otros para procurarse mayor prestigio gracias a su supuesta humildad: ellos serán alabados como penitentes, pero en realidad no lo son.

Cristo ha venido para ofrecer la libertad a los prisioneros, yéndolos a buscar a las tinieblas de los antros escondidos, pero si no has notado todavía la esclavitud del pecado, si no te has dado cuenta de tus tinieblas, si no has abierto aún los ojos sobre su terrible horror, ¿cómo podrás gritar desde lo profundo? Y si no pides ayuda, ¿cómo puede el Salvador oír tu voz y cómo hace para saber dónde estás?

Cristo ha venido para dar la vista a los ciegos. Pero si no has descubierto la ceguera de tu corazón y no te sientes privado de la luz divina, si has buscado abrir los ojos de los otros mientras tú mismo estás ciego, ¿cómo puede Cristo darte el don de la vista y cómo puede manifestarse para llevarte a la luz?

La esencia del arrepentimiento es la conciencia del pecado, el grito de dolor por el crimen y la certeza de la ausencia de la luz.

El arrepentimiento consiste en el caer en los brazos de Dios.

“Está en mí el deseo de hacer el bien,
pero no la capacidad de realizarlo.” (Rm 7,18)

Hay un terrible obstáculo que ha frenado a muchos para dar el paso hacia un verdadero arrepentimiento. A las puertas del arrepentimiento se detiene el pecador que ha recurrido a su voluntad pero no encuentra materialmente nada para iniciar una sola obra buena: entonces él se compara a sí mismo con aquellos que han obtenido misericordia y perdón, pierde coraje y se hunde en un gran desaliento y pesar, considerando el arrepentimiento como un deber muy pesado. ¡Esto es un engaño del Adversario! ¿Quién ha dicho que el arrepentimiento consiste en recurrir a su voluntad, en un acto de coraje o de fuerza, para realizar alguna proeza? Por el contrario, el arrepentimiento no es más que caer en los brazos de Dios, lanzarse a sus pies sin más voluntad propia, con el corazón herido que sangra  de dolor y los miembros destruidos por el pecado que ya no tienen más la fuerza para levantarse si no por la misericordia de Dios.

Cristo ha comparado a aquel que se arrepiente con un forastero que ha caído en las manos de unos ladrones en un país extranjero. Estos lo despojan de sus hábitos, le roban, lo humillan, lo lastiman dejándolo más muerto que vivo. Quien se arrepiente es como un hombre despojado de sus vestidos por el demonio. Su voluntad está puesta al desnudo y sus miembros contaminados. El diablo le roba su tesoro, que consiste en la salud de la mente, en la luz interior y en la voz de la conciencia: así, su persona es humillada, su caída revelada, su voluntad triturada. Por último, el diablo lo hiere en profundidad con el deseo de hacerlo morir lo más pronto posible: y es así que al final él deja solo un cuerpo muerto, incapaz de vivir. Por esto el buen samaritano no tiene la posibilidad de hacer preguntas ni el tiempo de hacer reproches: lo toma inmediatamente entre los brazos.

El buen samaritano de la parábola (Lc 10, 30-37) es Cristo, y nuestra interpretación toma justamente los signos de la parábola: Cristo no reprueba a quien se arrepiente, ni le pide realizar acciones, sino que él va al encuentro de la persona precisamente allí donde ha caído, se inclina sobre él con afecto, lava y venda las heridas con sus propias heridas, frena el derramamiento de sangre con el derramamiento de su propia sangre, vierte sobre él el óleo de su compasión y de su vida, lo lleva sobre los brazos de su misericordia, le lleva cabalgando hasta la posada de su Iglesia, pidiendo a sus ángeles que lo sirvan y gastando su gracia por él hasta que esté curado.

Esto es aquel que se arrepiente: un miserable que ha caído en el camino después de haber sido atacado por la opresión del hombre y de los malvados demonios, y ya no es capaz de hacer nada. Después que las fuerzas lo han abandonado, él encuentra refugio en la casa del Compasivo, encuentra refugio en su corazón, entre sus brazos, sobre su cabalgadura y en su reino.

Cristo ha arrancado el pecado de las entrañas del hombre

“Los hijos están a punto de nacer,
pero no hay fuerzas para darlos a luz.” (Is 37,3)

Lo aquí descripto por Isaías es también la condición del pecador cuando está sobre el umbral del arrepentimiento, en una lucha desesperada con la esperanza de la salvación y de una vida nueva. Cuando en efecto se vuelve a mirar al pasado que ha arruinado, llora, y cuando aspira al futuro que le espera pierde el ánimo, porque se da cuenta que la falta de fuerzas ha invadido todo su ser y que no es capaz de salirse por sus fuerzas del barro, por su estado de debilidad. El pecado es como la enfermedad que le aparece a las plantas: una vez que ataca a una de ellas, no la deja  hasta que las tinieblas de la muerte no la envuelvan por todas partes. Esta es propiamente la naturaleza del pecado, que se difunde en todo el ser del hombre para sacarle el espíritu vital.

El pecado no sólo que nos debilita, sino que nos mata. Cuando Cristo vino sabía que estábamos “muertos por las culpas y los pecados” (Ef 2,1). La persona muerta a causa del pecado ya ha sido concebida en la iniquidad y después de un tiempo el dolor de la muerte se ha abatido sobre él. El nacimiento en el pecado es una condena y una verdadera y propia muerte que el pecador advierte dentro de sí.  Pero Cristo ha arrancado el pecado de las entrañas del pecador y así nos ha rescatado de una muerte inevitable. Él ha entrado al lugar del pecado en la profundidad de nuestro ser y ha tomado cuerpo en nuestra más recóndita intimidad. La creatura que nosotros somos ha sido renovada: después que la muerte ha ejercido su dominio sobre nosotros, ahora reina en nosotros la vida, y los dolores de la muerte han sido cambiados por la alegría de la vida y de la liberación.  Cristo se ha sometido a la muerte para salvarnos de la muerte y todavía hoy continúa su obra de salvación.

Es verdaderamente increíble que un hombre justo pueda morir en lugar de un pecador, pero Dios no es como el hombre. Todo cuanto es increíble e imposible Dios lo realiza cuando “demuestra su amor hacia nosotros, muriendo por nosotros mientras nosotros éramos aún pecadores” (Rm 5, 8).

Por esto el pecado del pecador, su extrema ignominia debida al pecado latente en su interior, el olor a muerte que invade su ser a causa de la iniquidad de su vida anterior, todo esto ha sido medido por Dios en su profundo amor y ha encontrado una desembocadura en la venida del Hijo de Dios en la carne de la Virgen; venida que ha hecho nacer del seno de María un fruto de vida en lugar del fruto del pecado concebido por el hombre.

En vez de la falta de fuerzas propia de los dolores de muerte, de los cuales Isaías habla como de algo inevitable para el hombre, Dios ha ocultado el seno de la Virgen con su poder infinito, de modo que diese a luz a un hombre. Para que nazca, ¡porque este hombre es engendrado por Dios!

Al pecador se le pide que tenga confianza en la obra realizada por Cristo  a través de su nacimiento y de la cruz, afrontados con motivo del pecado, de la absoluta falta de fuerzas y de la muerte de una persona. Al pecador no se le pide otra cosa que alargar la mano como a la hemorroísa (cf. Lc 8, 43) y tocar el manto del Salvador. Entonces se dará cuenta de cómo el poder del Señor le viene a su encuentro para permanecer en él. ¡El flujo de sangre se frena, la debilidad es transformada en fuerza y la muerte huye frente a la vida!

¿No extenderás también tú la mano para recibir una parte de aquella fuerza y dejar de estar débil o muerto? Acuerdate de esto cuando, durante la Semana santa, exclames con el coro de los fieles: “Mi fuerza y mi canto es el Señor, él me ha salvado” (Es 15, 2; Sal 118, 14).

Si quieres saber cómo el poder de Dios puede fluir en ti, recordad a Jericó: sus muros no se derrumbaron bajo los golpes de las espadas o de la guerra, sino por el grito de victoria en el nombre del Señor. Recordad también como el Jordán se abrió bajo los pies de los sacerdotes. Este mismo poder del Señor está siempre disponible para el débil y el afligido, para quien está turbado y oprimido.

“¿No lo sabes acaso?
¿Nunca lo has escuchado?
El Señor es un Dios eterno,
él crea los confines de la tierra;
no se cansa ni se agota,
su inteligencia es inescrutable.
Él fortalece al que está cansado
y acrecienta la fuerza del que no tiene vigor.
Los jóvenes se cansan y se agotan,
los muchachos tropiezan y caen.
Pero los que esperan en el Señor renuevan sus fuerzas,
despliegan alas como las águilas;
corren y no se agotan,
avanzan y no se cansan.” (Is 40, 28-31)

No hay otra ayuda más que la que viene de lo alto

“Tú me arrojaste a lo más profundo, al medio del mar:
la corriente me envolvía,
¡todos tus torrentes y tus olas
pasaron sobre mí!
Entonces dije: he sido arrojado
lejos de tus ojos…
Las aguas me rodeaban hasta la garganta
y el Abismo me cercaba;
las algas se enredaban en mi cabeza.
Yo bajé hasta las raíces de las montañas:
sobre mí se cerraron
para siempre los cerrojos de la tierra;
pero tú me hiciste subir vivo de la Fosa, Señor, Dios mío.
Cuando mi alma desfallecía,
me acordé del Señor,
y mi oración llegó hasta ti...” (Jonás 2, 4-8)

Esta es la condición de cuantos son desgarrados por los pensamientos de remordimiento por sus pecados, pero permanecen desconfiados en la misericordia de Dios: son abatidos como un cuerpo que se ahoga arrastrado por un río de ideas y de fantasías desesperadas; cada vez que buscan levantar la cabeza para respirar un soplo de vida, violentas olas de oscuridad mental lo sumergen y lo arrojan lejos de su esperanza. Así su alma es arrastrada siempre más por preocupaciones sin fin: es como si la desesperación comenzase a apretar sobre ellos como un caos inminente en el cual sombríos pensamientos pesimistas se abalanzan por todas partes. Dudas, angustia y aflicción envuelven su mente como algas marinas, aprietan el cuello del ahogado, obstaculizando los movimientos, para que no pueda ser salvado.

Es una guerra amarga para el pecador, que se ahoga en las inquietudes por sus muchos pecados. Cuando piensa en la salvación, los demonios de las tinieblas surgen para vengarse. Ninguna lucidez, ningún razonamiento, ninguna lectura, ningún consejo de los hombres sabios puede servir al pecador, porque se trata de una guerra mental y la mente se encuentra en la desgracia del cautiverio. No hay otra ayuda más que la que desciende de lo alto, de más allá de la razón, de más arriba, de Dios que habita en lo más alto de los cielos: “Cuando mi alma desfallecía, me acordé del Señor.” (Jonás 2, 8)

Para aquellos que se arrepienten también en las tribulaciones anunciamos aquella palabra de liberación que será para ellos un ancla del cual confiarse para sacar fuera al alma de los abismos de la perdición y guiarla al mundo de la luz, de la esperanza y de la paz, en el confortable seno del arrepentimiento: “Cualquier pecado y blasfemia serán perdonadas a los hombres” (Mt 12, 31). Bendito es el Dios viviente que ha conocido y medido por anticipado cada tribulación que debemos afrontar y cada guerra ideada contra nosotros. Él permanece con el oído siempre atento para recibir la primera señal de invocación y de ayuda: “Mi oración ha llegado hasta ti, hasta tu santa morada” (Jonás 2,8) ¿Qué Dios es semejante a nuestro Dios tan cercano a nuestra oración, tan atento a nuestra súplica? “Dios es para nosotros refugio y fuerza, ayuda siempre cercana en la angustia” (Sal 46, 1).

La confianza en Cristo debe ser perfecta como Cristo

“En mi angustia invoqué al Señor
y él me escuchó;
desde lo profundo de los infiernos he gritado
y tú has escuchado mi voz…
Yo decía: He sido arrojado
lejos de tus ojos;
pero yo seguiré mirando
hacia tu santo Templo.
Pero tú me has hecho salir de la fosa de la vida,
Señor mi Dios…
Y yo con voz de alabanza ofreceré a ti un sacrificio
y cumpliré el voto que he hecho;
la salvación viene del Señor.” (Jonás 2, 2-10)

Cuando el enemigo nos perseguía tratándonos como ya perdidos a causa de nuestra iniquidad, recordamos con nuestra memoria la palabra del Señor que ha dicho que ha venido a buscar  y a salvar lo que estaba perdido. Cuando el adversario nos repite que  hemos perdido la esperanza en la salvación porque el pecado habita en nuestras mentes y en nuestros cuerpos, recordemos que Cristo murió por los pecadores: “La sangre de Jesús, su Hijo, nos purifica de todo pecado (1 Juan 1, 7). Cuando el acusador nos reprenda diciéndonos que nosotros nos hemos manchado gravemente y nos hemos vuelto pecadores empedernidos, impíos, familiares del mal, entonces agarrémonos a la promesa: “Mientras nosotros éramos aún pecadores, Cristo murió por los impíos en el tiempo establecido”. (Rm 5, 6)

¡La lógica de Satanás es siempre una lógica perversa! Si la racionalidad desesperante usada por Satanás concluye que a causa de nuestro ser de impío pecadores nosotros estamos perdidos, el razonamiento de Cristo es que, ¡puesto que estamos perdidos a causa del pecado y de la impiedad, somos salvados por la sangre de Cristo!
Por esto la confianza en Cristo del pecador arrepentido surge con una racionalidad que no puede ser ni vencida ni sacudida. Pero esta confianza en la capacidad de Cristo de salvarnos de la condición del más espantoso desaliento debe ser una confianza pura y total en su persona, que no deje espacio al razonamiento o discusiones con el demonio, que no preste atención a la debilidad de la voluntad y de la carne y que no calcule el daño o el precio para pagar. La confianza en Cristo debe ser perfecta como Cristo, firme como Cristo, fiel como Cristo.

¡Si Cristo ha venido para salvarnos, entonces debe salvarnos! Es imposible que no sea capaz de salvarnos, porque nuestra salvación es obra de Cristo y es imposible que Cristo permanezca en nosotros y no obre en nosotros. El credo de nuestra fe tiene origen y está constituido para confesar que estamos salvados y que nos hemos convertido en aquellos que se arrepienten en Cristo, porque nosotros afirmamos que Cristo ha venido para salvar a los pecadores. Y desde el momento que nosotros confesamos ser los primeros pecadores, es inevitable que debamos ser los primeros de los redimidos que se arrepienten. Cuando por esto nos arrepentimos ante él cada día, lo hacemos no como los fuertes o los justos, sino como los débiles y los impíos.

Cristo ha venido para buscar lo que estaba ya perdido: y he aquí que, nosotros somos, los perdidos que lo invocamos, los muertos que se agarran a su vida.

Ha venido para ponerse al servicio de los débiles

“Soy como un vaso roto.
… El terror me rodea.” (Sal 31, 13-14)

“Mi vida me disgusta
No quiero vivir mucho tiempo.” (Job 7, 16)

El pecado disgrega la voluntad, desfigura la personalidad y desase la consistencia del alma: no somos ya capaces de resistir la tiranía del vicio y el deleite del pecado. En efecto, el ratón cae en las garras del gato apenas es sorprendido, así la fuerza del pecador se disuelve derrumbándose ante el vicio; y como el corazón del antílope se detiene a la vista del león y cae muerto ante él, así el pecador se entrega a los malos pensamientos.

Cada vez que decide resistir cae, cada vez que promete no repetir el error lo repite, no teniendo más confianza en sí mismo. Su capacidad de hacer el bien se vuelve tal que él mismo la mira con desprecio, como si mirara un vaso roto, para tirar. Su esperanza en Dios se desvanece y todo su recurso en este sentido se disuelve y se vuelve como paja dispersa por el viento, como alguien que ya no tiene esperanza.

Es así que a veces el enemigo asalta al alma y la ata al temor –temor del pecado mismo- y la arrastra como quiere de un pecado a otro. El alma, incapaz de elevarse cualquier objeción, la sigue con una voluntad ya huérfana, con un honor decaído, con sentimientos heridos y con una conciencia turbada, sin más fuerzas para levantarse, ni con el placer en el caer.

¡Ah pobre alma! ¿No recuerdas la gloria de tu primera creación y la de tu Creador? Te ha formado a su imagen en  valor, verdad, santidad y justicia.

Pero ¿Dios conoce verdaderamente lo que sucede al pecador presa de semejante pena y angustia?  Para tener respuesta a este interrogante escuchemos a Cristo que dice: “El espíritu está pronto, pero la carne está débil” (Mt 26, 41) “Mujer… ¿ninguno te ha condenado?... Tampoco yo te condeno, ve y de ahora en adelante no peques más.” (Jn 8, 10-11) “¿Quieres ser curado?” (Jn 5,6).

Nuestra debilidad y nuestra miseria eran conocidas por Cristo desde la eternidad, y él ha venido en persona a ponerse al servicio de los pecadores y derrotados. Ha puesto su Espíritu Santo como guardia de sus almas, trabajando día y noche para expulsar el terror y el temor  de los corazones de los pecadores y transformar sus corazones en templos de su morada.

La personalidad que ha sido disgregada por el pecado es reintegrada por el Espíritu. El alma que ha sido humillada por el demonio – quien ha ridiculizado su autoridad y ha anulado su voluntad- es entonces tocada por la gracia de Cristo y en consecuencia resurge, renovada y fortalecida.

Una sola mirada de Cristo hizo superar a Pedro la propia debilidad y la derrota sufrida ante los siervos y los domésticos, le hizo tomar coraje y recuperar la voluntad, que se había hecho añico como un vaso de arcilla, al punto que su alma se disolvió frente a la amenaza. En la mirada de Cristo, Pedro encontró la fuerza del arrepentimiento, gracias a la cual recuperó la propia integridad.

Cristo todavía se acerca a los pecadores, curando toda debilidad y toda enfermedad del alma. El Espíritu Santo está siempre dispuesto a inundar con la fuerza que le viene de lo alto a quien vacila. La gracia está presente cada día para dar firmeza a las manos temblorosas y a las rodillas vacilantes. Y el amor de Cristo, cuando arde en el pecho arrepentido, transforma el corazón de un cobarde en el de un mártir. ¡Cuántas veces el arrepentimiento ha transformado la debilidad, la derrota, convirtiéndolas en testimonio que confirma y proclama la verdad del evangelio! El recuerdo de los precedentes horrores del alma, de su desesperación y fracasos son transformados en el testimonio de la misericordia de Cristo. La turbación como fuerza motriz del pecado y del vicio se disuelven como humo, y el servil sometimiento al reclamo de la compañía del mal se vuelve aviso y proclamación.

De este modo el pecador se saca la imagen de corrupción y es revestido de la nueva imagen por la mano de Cristo. Así el débil, el cobarde, el tímido, el derrotado o aquel que no tienen ningún dominio de sí escuchan la promesa de la boca del Omnipotente: “He aquí que yo hago de ti como una fortaleza, como un muro de bronce… Ninguno podrá resistir a ti por todos los días de tu vida… No te dejaré ni te abandonaré. Sed valiente y fuerte.” (Jer 1, 18; Jos 1, 5-7)

La fuerza del arrepentimiento consiste en la lucha incesante por obtener el Espíritu de vida en Jesucristo.

“Pero observo que hay en mis miembros otra ley que lucha contra la ley de mi razón y me ata a la ley del pecado que está en mis miembros. ¡Ay de mí!” Rom 7, 23-24

“El perro volvió a comer lo que había vomitado y la puerca recién lavada se revuelca en el barro.”
 2 Pe 2, 22
“¿Cuándo me despertaré? Pediré de otro vino”. Pr 23, 35


Una gran ansiedad y una viva preocupación asalta al alma cuando esta descubre la obstinación, la terquedad, la arrogancia y el descaro del pecado, un ataque de pesar mezclado a una oprimente desesperación fluye por el alma cuando esta descubre, después de repetidas pruebas, la inutilidad de los juramentos, promesas, obras de penitencia, remordimientos y lágrimas: todas estas cosas no le traen ningún provecho. Rige en efecto la ley de santidad grabada por la mano de Dios en el corazón de cada uno, la cual llama incesantemente desde lo profundo del alma: ¡no hay consolación ni reposo sino en la castidad, y no hay alegría ni paz si no en la renuncia al pecado! Toda derivación de esta ley provoca inmediatamente un grave conflicto con la conciencia, una oposición a la vida misma, un desacuerdo con el Espíritu, una desviación del fin de la creación, una perdición en las tinieblas del pensamiento, una falta de equilibrio en el juzgar la naturaleza de las cosas, una rebelión en las relaciones con la verdad y por consecuencia un contraste con el Autor de la ley.

Sin embargo, sucede que el hombre –tomado por un loco entusiasmo- comienza precipitadamente a enfrentarse al pecado. ¡Pero qué dolor cuando descubre cuánto ha sido él mismo mutilado y cuán tirano es el pecado! Impulsado por la exasperación del entusiasmo, repite el intento y permanece profundamente turbado por el descubrimiento de que el espectro de Satanás está allí, encarnado detrás del pecado y escondido en aquellos órganos de los cuales se ha apoderado, y domina sobre las facultades del alma y de los movimientos de la carne, de modo profundo y organizado. Todo ha sido calculado desde hace tiempo, tanto por haber echado raíces como por haberse convertido en ley. Al final –sí, justamente al final- después de haber agotado todos los esfuerzos y de haber utilizado todas sus astucias y todas sus ideas, el hombre se convence que le es más fácil contener el agua en un pañuelo, recoger el viento en la palma de la mano o subir a pie hasta el cielo que controlar la ley del pecado con la propia voluntad o ejercitar el domino sobre los poderes del mal que se agitan en la profundidad de sus miembros.

Es en este punto que interviene la acción de Cristo. ¡Sólo él ha condenado el pecado en la carne! “Ya que la ley del Espíritu que da vida en Cristo Jesús me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte”. (Rom 8, 2)

La fuerza del arrepentimiento consiste en la lucha incesante por obtener el Espíritu de vida en Jesucristo, allí donde la carne debe ser rescatada por la ley del pecado por medio de la gracia. Desde el momento que poseemos la gracia podemos luchar hasta derramar la sangre contra el pecado, seguros que con la fuerza de la gracia no seremos más que vencedores: “Sé en efecto en quién he creído”. (2 Tm 1, 12)

El fin del arrepentimiento no es que nosotros seamos justificados ante Dios por medio del remordimiento y la represión exterior del pecado mediante actos de penitencia y de mortificación de la carne. El fin del arrepentimiento es en cambio que nosotros seamos santificados interiormente por el Espíritu de Cristo – “para que sea destruido el cuerpo del pecado” (Rom 6, 6)- y liberados del pecado mismo en lo profundo de la conciencia, para que el poder y el temor del pecado se desvanezcan y que la gracia pueda guiar a los impulsos de la conciencia, pueda frenar las acciones de la carne, controlar la rebelión de los pensamientos, disciplinar la ascesis, mezclarse con la austeridad y suavizar el dolor.

No es solamente el perdón del pecado lo que constituye la entera acción de la gracia en el hombre, ni este es el objetivo último de la fe en Cristo. El fin del arrepentimiento y de la fe es en cambio el desarraigo del pecado de nuestros miembros, el fin de su poder en nuestra existencia, la desaparición de su ley de nuestra naturaleza. Todo esto pertenece al poder soberano de la gracia. “Ustedes saben que Cristo ha aparecido para quitar los pecados” (1Jn 3, 5).
Sobre la cruz de Cristo fue herido el costado para que corriera agua y sangre sobre todos aquellos que crean y vengan a él: el agua para lavar la impureza del pecado y la sangre para eliminar su poder.

Bendito el día en el que fue traspasado el costado de Jesús sobre la cruz para que el pecador encontrase en él la propia justicia, la propia santidad y la propia redención.

Matta el Meskin
Comunione nell’ amore
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose
Págs. 127-146
Publicado en http://www.natidallospirito.com

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