Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

miércoles, 14 de marzo de 2012

La purificación del corazón



“Con todo cuidado vigila tu corazón, porque de él brotan las fuentes de la vida.” Prov 4, 23

“Porque es del interior del corazón de los hombres de donde provienen las malas intenciones” Mt 7, 21

“No cedas a los impulsos propios de la juventud y busca la justicia, la fe, el amor y la paz, junto con todos los que invocan al Señor con un corazón puro.” 2 Tim 2, 22


En sentido bíblico, el corazón es el centro del cual surgen todas las reacciones de la vida espiritual y corpórea: “Con todo cuidado vigila tu corazón, porque de él brotan las fuentes de la vida.” (Prov 4, 23), no solo las cosas buenas, sino también las malas: “Del corazón, en efecto, provienen los propósitos malvados, los homicidios, los adulterios, la prostitución, los hurtos, el falso testimonio, las blasfemias” (Mt 15, 19).

El corazón se vuelve así el interprete de la situación del hombre, sea él bueno o malo: El hombre bueno saca fuera el bien del buen tesoro de su corazón; el hombre malo, de su tesoro malo saca fuera el mal, porque la boca habla de la plenitud del corazón” (Lc 6, 45), lo que significa que el movimiento interior del corazón influye en el hombre entero, en sus pensamientos, en sus palabras y en sus acciones. Le es imposible hablar sin revelar su propio corazón, aunque lo quiera o no: “Porque la boca habla de la plenitud del corazón” (Lc 6, 45). Así la palabra del hombre expresa la realidad de su corazón y puede, por consecuencia, justificarlo o condenarlo: “Ya que según tus palabras serás justificado y según tus palabras serás condenado” (Mt 12, 37).

La relación entre el corazón y la boca es expresada por Pablo: “Con el corazón, en efecto, se cree para obtener la justicia y con la boca se hace la profesión de fe para obtener la salvación.” (Rm 10, 10). Por consiguiente, lo que el corazón cree, la boca debe confesarlo.

Pero el evangelio nos habla de la posibilidad de ver coexistir en el hombre dos corazones, uno que traduce exactamente su estado, el otro, por el contrario, del que salen pensamientos, palabras y acciones simuladas que no traducen el estado real del hombre. Él entonces habla y actúa como un hombre virtuoso para hacer creer que lo es, pero por el contrario es malvado: “Raza de víboras, ¿cómo podéis decir cosas buenas ustedes que son malos? Ya que la boca habla de la plenitud del corazón.” (Mt 12, 34)

Esta palabra del Señor nos enseña cómo le es imposible al hombre decir cosas buenas cuando es malo, a menos que él no posea en sí mismo, para simular la virtud, una fuerza suplementaria u otro corazón que viene del demonio. Podemos percibir esto del hecho que el Señor describe los falsificadores del bien como “raza de víboras”, porque la víbora es el símbolo del demonio. Y el objetivo de simular la virtud es el de enmascarar el mal y así mejor asegurar su persistencia. Tal es la táctica peculiar del demonio.

El demonio no se contenta con ensuciar el corazón con el mal y las pasiones, transformando el “tesoro del corazón” en refugio del maligno que difunde el mal, sino que agrega la posibilidad de asociarle un segundo corazón que habla virtuosamente con el fin de enmascarar el mal y asegurar mejor su difusión y acción.

En cuanto a las acciones de Dios sobre le corazón, ésta consiste en arrancar radicalmente el corazón malvado creando en el hombre “un corazón nuevo” (Ez 36, 26). Y con este corazón nuevo el hombre se vuelve necesariamente un hombre nuevo. “El espíritu del Señor te invadirá, entrarás en trance con ellos y serás cambiado en otro hombre… Apenas Saúl se dio vuelta para alejarse de Samuel, Dios le cambió el corazón” (1 Sam 10, 6.9). En la Biblia, la creación del corazón nuevo equivale a tres operaciones esenciales. La primera: el corazón del hombre pecador se arrepiente; la segunda: el hombre es enteramente lavado y purificado en el interior; la tercera: el hombre recibe el Espíritu santo.

Encontramos estas operaciones expresadas con gran claridad en el Salmo 51:

“Piedad de mí, oh Dios, por tu misericordia,
en tu gran bondad borra mi pecado.
Lávame de todas mis culpas, saca mi pecado….
Purifícame con el hisopo y estaré limpio.
Lávame y seré más blanco que la nieve…
Crea en mí, oh Dios, un corazón puro,
renueva en mí un espíritu firme.
No me rechaces de tu presencia
y no me prives de tu santo espíritu…
un corazón quebrantado y humillado,
oh Dios, tú no lo desprecias.”

En el Antiguo Testamento, la creación de un corazón nuevo era una operación excepcional e individual. En el Nuevo Testamento, esta es generalizada, no solo en relación a la creación de un corazón nuevo, sino también a la creación de un hombre enteramente nuevo.

En cuanto a las tres operaciones, las reencontramos todas en el misterio del bautismo, en el cual el corazón lavado es purificado en la fe: “…purificando los corazones con la fe” (Hechos 15, 9). Sobre el plano sensible esto es expresado con la inmersión en el agua en el Nombre de Cristo. Pero la purificación es completa solo cuando el corazón contrito por el arrepentimiento y la renuncia al pecado, obtiene la remisión: “Arrepiéntanse y que cada uno de ustedes se haga bautizar en el Nombre de Jesucristo, para la remisión de sus pecados; después de recibir el don del Espíritu Santo” (Hechos 2, 38). Es por el perfeccionamiento de la purificación por la fe y por el arrepentimiento que el hombre recibe el Espíritu Santo.

Así, la creación de un corazón nuevo con el agua y el Espíritu se vuelve posible para cada hombre mediante la fe y la conversión. Hay sin embargo una diferencia importante entre la purificación del corazón a través de la fe y de la conversión, y la creación, a través del Espíritu Santo, de un corazón puro y nuevo.

La purificación del corazón es para nosotros un recorrido obligatorio y necesario, mientras la creación de un corazón puro y nuevo es una acción sobrenatural que compete solo a Dios. Está sin embargo relacionado con nuestro camino, porque es en la medida en que nosotros purificamos nuestro corazón a través de la fe y de la conversión que nos volvemos aptos para acoger plenamente el corazón nuevo creado a imagen de Dios. Es en la medida en que detestamos el mal, aborrecemos los pensamientos  y las pasiones malvadas y nos horrorizamos ante las obras del pecado, que nos volvemos aptos para acoger  el poder de la santidad, para que habite en nosotros como una nueva naturaleza, derramando en nosotros el amor divino e inspirándonos las obras de la justicia. En la medida en que nos esforzamos por purificar nuestro corazón de las tinieblas del pecado que obscurecen la mirada espiritual, nos volvemos aptos para acoger la verdad, para llevarla enraizarla en la profundidad de nuestro ser. En otros términos, es en la medida en que nos liberamos del hombre viejo con sus males execrables, que puede surgir con fuerza el hombre nuevo y divino: “Porque ustedes se desojaron del hombre viejo y de sus obras, y se revistieron del hombre nuevo, que se renueva, por un conocimiento pleno, a imagen de su Creador” (Col 3, 9-10).

Entramos aquí en el ámbito de la teología ascética y mística por la cual las obras del hombre y su trabajo, sostenidas por la gracia, representan una base esencial en la acogida de los dones inefables de Dios que superan todas las obras y la naturaleza misma del hombre.

Los padres ascetas han puesto como condición indispensable de la salvación: “la purificación del corazón”, porque ésta condiciona el nacimiento del hombre nuevo y permite dar vida a una nueva vida espiritual en Cristo.

Para los padres, el corazón kardía, representa conforme a la noción bíblica, el centro del ser humano en su totalidad. Corresponde, con su descripción y sus efectos,  a lo que es el cerebro para los médicos. Tiene también, sin duda, un sentido más amplio: es el centro de las facultades, de las capacidades, de la inteligencia, del discernimiento, de la voluntad, de la sabiduría y del juicio, todo esto nace de él y en él se fija.

“Así es por el corazón que tiene la mente que lo gobierna, la conciencia que lo reprueba, los pensamientos que lo acusan y lo defienden”
Macario el Grande, Hom. Sp. 15, 33

En la misma homilía, Macario describe el corazón como “la oficina de la justicia y de la injusticia, allí están  la muerte, la vida, el comercio honesto y el fraudulento.” (Macario el Grande,  Hom. Sp. 15, 33)

Si bien el corazón puede volverse  el cruce de todos los males, de él dice también:

“Y de nuevo allí están Dios y también los ángeles, la vida y el reino, la luz y los apóstoles, la ciudad celeste, los tesoros de la gracia…”
Macario el Grande, Hom. Sp. 43,7

“El corazón dirige y gobierna al cuerpo entero y cuando la gracia se ha apoderado de los pastos del corazón reina sobre todos los miembros y sus pensamientos. En el corazón está la sede de los pensamientos y todo pensamiento del alma y su esperanza, por esto de él la gracia fluye por todos los miembros del cuerpo.”
Macario el Grande, Hom. Sp. 15,20

Parece así que la gracia, a los ojos de los padres, puede penetrar el pensamiento, la voluntad, la conciencia y todos los miembros, si ha dominado el corazón. En otras palabras, la naturaleza del hombre en el cual el corazón es investido por la gracia se vuelve, a causa de esto, una naturaleza espiritual nueva. De aquí el valor de la purificación del corazón como preludio de la inhabitación de la gracia.

Macario el Grande insiste en decir que el corazón malvado ensucia la voluntad y corrompe  las inclinaciones y los instintos naturales. En las miradas y en las manos de semejante hombre, sin que él se de cuenta, todo se vuelve impuro.

“En el corazón de cuantos son hijos de la tinieblas reina el pecado y éste fluye en todos sus miembros, en efecto, “del corazón salen los pensamientos malvados” (Mt 15, 19) y, difundiéndose de este modo, obscurece al hombre… Como el agua fluye a través de un canal, así el pecado a través del corazón y los pensamientos. Cuantos niegan esto son confundidos y escarnecidos por el pecado mismo, aunque éste no desee evidenciarse. El mal en efecto busca permanecer oculto y escondido en los pensamientos del hombre.”
Macario el Grande, Hom. Sp. 15,21

Así, el primer esfuerzo del hombre y su primera preocupación para superar las derivaciones de la voluntad y corregir las inclinaciones y los instintos que se fueron dejando someter al dominio del mal, es de modo prioritaria la purificación del corazón, es decir el cara a cara con el mal en el interior del corazón para dominarlo, combatirlo y aniquilarlo.

Macario describe al corazón en la homilía 15 como “el palacio de Cristo, donde viene a reposar”. Lo describe  también como “el capitán de una nave que dirige y gobierna toda la tripulación” (Macario el Grande, Hom. Sp. 15,33), como el que conduce el carro: “Si un carro, las riendas, los animales y la tripulación son confiados a un solo conductor, él cuando quiere, impulsa el carro a mayor velocidad y, cuando quiere, lo frena. Y así como el carro por tanto está en poder de quien lo guía, así también el corazón. (Macario el Grande, Hom. Sp. 15,34)

Es así como Macario expresa el aspecto primario de la acción del corazón y su extrema importancia en cuanto capitán de la nave de nuestra vida y conductor del carro que remolca nuestros cuerpos. Si, por tanto, el capitán es ignorante e insensato, ¿qué le sucederá a la nave? Y si el conductor es descerebrado y loco, ¿cómo terminará el viaje para el carro y los caballos?

Si la casa está sucia, ¿cómo podrá venir el Señor a descansar en ella y a habitarla?

“Cuánto más la casa del alma, donde reposa el Señor, tiene necesidad de ser adornada para que pueda entrar en ella y descansar aquel que es inmaculado e irreprensible. En este corazón encuentra reposo Dios y toda la Iglesia celestial.”
Macario el Grande, Hom. Sp. 15,45

Macario considera que, como la construcción de la ciudad comienza con la demolición de las ruinas, como el cultivo de la tierra comienza con el quemar de las zarzas, así el camino de la vida comienza con la purificación del corazón.

“Cuando una ciudad ha sido abandonada y alguien la quiere reconstruir, primero que nada derriba los edificios en ruina, peligrosos… Y quien quiere cultivar un jardín en un lugar desértico y maloliente comienza por limpiar el lugar, lo cerca con un recinto, escaba las fosas… Así también la voluntad humana después de la transgresión está inculta, desértica, llena de espinas… Es necesario pues mucho trabajo y mucho cansancio para buscar y poner el fundamento hasta que en el corazón del hombre no llegue el fuego y comience a limpiarlo de las espinas.”
Macario el Grande, Hom. Sp. 15,53

Pero, ¿por qué Dios ha elegido el corazón del hombre como lugar privilegiado de su reposo, excluyendo cualquier otro? “Dame tu corazón y préstame atención, hijo mío, y ten fija la mirada en mis consejos” (Pr 23, 26). Y el primer mandamiento: “Tú amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón” (Dt 6,5).

En realidad, el hombre no posee nada más fundamentalmente sensible, tierno, dulce, misericordioso y afectivo que el corazón. El corazón expresa el conjunto de los sentimientos del hombre más delicados y más verdaderos. No es sin embargo por este motivo que Dios pide el corazón del hombre.

El corazón tiene una cualidad que supera la dulzura, la ternura, la misericordia y el afecto, que hace de él el centro del cual surge la personalidad con todos sus componentes, sus características y sus particularidades. El corazón es, en cierto sentido, el santo de los santos del hombre. Es esta sola cualidad que lo hace digno de Dios. Así, si el hombre ama a Dios con todo el corazón, esto significa que lo ama con todo su ser. Y además significa que se da enteramente a él.

Y cuando Macario dice que el corazón engloba la mente, la conciencia y los pensamientos, pone el acento en las razones principales del interés de Dios por el corazón del hombre y por su amor.

Dios no está interesado en el amor afectivo, por mayor que fuera su intensidad o incluso su violencia, porque se trata de un amor que durante el camino, cuando los sentimientos son heridos u ofendidos, necesariamente se apaga. Dios se preocupa del amor del corazón, aquel en el cual el hombre se da y da todo lo que es, aquel amor cuyas heridas reavivan las llamas, que los dolores lo afinan y que la muerte perfecciona.

Por esto la purificación del corazón es de mucha importancia para los que desean amar a Dios. Dios no pide ni acepta el amor parcial o compartido. Es necesario que el corazón sea totalmente para Dios. “Con todo tu corazón”, quiere decir: con un corazón purificado de toda imperfección de los sentimientos humanos, de los vínculos carnales o de las inclinaciones y de las emociones de los sentidos, esto significa también completamente purificado de todos los ídolos y de los cultos secretos. El santo de los santos debe ser consagrado a Dios solo y para él adornado.


Palabra de los Padres

“Pero una vez hecho esto debemos custodiar con todo cuidado nuestro corazón (Pr 4, 23) para que no nos suceda de alejar el pensamiento de Dios o de infringir con fantasmas de cosas vanas el recuerdo de sus maravillas; debemos más bien perseverar en el pensamiento de Dios mediante el recuerdo incesante y puro, impreso en nuestras almas como sigilo indeleble. De este modo permanece vivo en nosotros el amor de Dios que nos incita a cumplir los mandamientos del Señor y, a su vez, es custodiado y permanece de manera duradera y firme por medio de ellos.”
Basilio el Grande, Reg. Fus. 5, 2


“En pocas palabras, ¿qué es la pureza?
-          Es un corazón que siente compasión por toda la naturaleza creada….
-          ¿Qué es un corazón compasivo?
-          Es un corazón que arde por toda la creación, por los hombres, por los pájaros, por los animales… por toda creatura. Cuando piensa en ellos, cuando las ve, sus ojos derraman lágrimas. Tan fuerte y tan violenta es su compasión y tan grande es su constancia, que su corazón se hace pequeño incapaz de soportar al oído o en la visión la más mínima tristeza en el seno de la creación. Por esto ora con lágrimas en todo momento por los animales privados de razón, por los enemigos de la verdad y por todos aquellos que le hacen el mal, para que sean custodiados y sean perdonados.”
Isaac el Sirio Serm. Asc. 74


“Si tú eres puro, el cielo está en ti; y dentro de ti verás a los ángeles y su luz, y con ellos y en ellos verás al Señor.”
Isaac el Sirio Serm. Asc. 43


“Dios es un fuego que inflama el corazón como una braza; por tanto, si sentimos el frío invadir nuestro corazón, el adversario no está lejos, porque el demonio es frío. Debemos entonces orar al Señor para que venga y ponga fuego en nuestro corazón, fuego del amor por él, fuego del amor por el prójimo. De frente al rostro de Dios, todo calor, el demonio huye y en el corazón se disipa su frialdad.”
Serafín de Sarov


“¿Cuál es el signo de que un hombre ha alcanzado la pureza de corazón? Es verdaderamente puro en su corazón cuando considera que todos los hombres son buenos y que ninguno de ellos aparece a sus ojos como impuro o contaminado. Como si cumpliera la palabra del apóstol que dice que cuando uno se eleva en toda virtud, considera a todos los seres superiores a sí, en el corazón y en la verdad (cf. Fil 2, 2-3); y el profeta dice: “Los ojos buenos no ven el mal” (cf. Ab 1, 13).”
Isaac el Sirio Serm. Asc. 35


“Los cristianos deben por tanto luchar en todas las cosas y no juzgar a nadie, ni a la prostituta, ni a los pecadores, ni a los disolutos, sino mirar a todos con simplicidad y ojos puros para que se vuelva como natural e instintivo no despreciar, no juzgar, no odiar a nadie, ni hacer diferencia entre unos y otros. Si ve a uno con un solo ojo, no lo juzgues en tu corazón, sino que trátalo como si fuese sano, y a quien tiene una mano deforme como si la tuviese sana. Considera al lisiado como si tuviera las piernas derechas y al paralítico como sano. Esta en efecto es la pureza de corazón, que al ver a los pecadores y a los enfermos tú les tengas compasión y misericordia.”
Macario el Grande Hom. Sp. 15, 8


“Si tú renaces en Cristo, entonces todo hombre que nace en Cristo es tu hermano. Y si es así, tú no debes preferirte en nada a tu hermano.”
Juan de Dalyatha, Homilía sobre los dones del Espíritu.


“Estad atento a no sentarte en tu rincón a juzgar a tu hermano; aunque fueses sin embargo instalado sobre la cumbre de la perfección, por esto, destruirías todo el edificio de tu virtud.”
Isaac el Sirio, fondo árabe I, 2, 131.


“De cada pasión malvada que ha atrapado el corazón y de la cual éste se ha encaprichado, solo con miles de astucias, muchos esfuerzos, muchas oraciones y lágrimas lograrás liberarte.”
Isaac el Sirio, fondo árabe I, 2, 124

“Si deseas ardientemente la paz del corazón y el reposo de la conciencia que son los frutos del árbol de la vida a fin de no morir, extirpa de tu corazón el árbol del conocimiento del bien y del mal del cual Dios ha prohibido al primer hombre comer.”
Isaac el Sirio, fondo árabe II,
Homilía sobre las disposiciones de la vida solitaria.


“Si te pones a confrontar los carácteres de tus hermanos y sus estilos de vida, perderás seguramente, y mucho, porque te pondrás a juzgar las personas y, sin darte cuenta, llegarás a reprobar la ordenación de la creación y a juzgarte a ti mismo, cayendo así en el orgullo”.
Isaac el Sirio, fondo árabe I,
Homilía sobre las disposiciones de la vida solitaria.


“A duras penas se encontrará un exiguo número de personas que haya llegado a desdeñar la sobreabundancia de la ciencia que había acumulado y a sustituirla con la simplicidad de los pecadores y la inocencia del corazón. Son aquellos las joyas de la corona del rey.”
Isaac el Sirio, fondo árabe II,
Homilía sobre las disposiciones de la vida solitaria.


“La felicidad de Dios es vernos puros como nos ha creado. Nosotros lo entristecemos cuando cambiamos el estado de nuestra creación. El alma está creada a imagen de Dios y somos nosotros quien la hemos deformado. Ella tenía la posibilidad de mirar a Dios con una íntima ternura. Somos nosotros los que la hemos pervertido para que sirva a las pasiones más que a su Creador.”
Isaac el Sirio, fondo árabe II,
Homilía sobre las disposiciones de la vida solitaria.


“No hay nada que acerque el corazón a Dios como la misericordia. Y nada que dé paz a la mente como la pobreza voluntaria.”
Isaac el Sirio, Serm. Asc. 4


“Ama a los pobres y también tú, entre ellos, encontrarás misericordia.”
Isaac el Sirio, Serm. Asc 5


“No tomes aversión al mal olor de los enfermos y de los pobres, porque también tú estás revestido de carne.”
Isaac el Sirio, Serm. Asc 5


“Ama a los pecadores, pero rechaza sus obras. No los desprecies por sus culpas, para no caer también tú en las mismas tentaciones.”
Isaac el Sirio, Serm. Asc 5


“Recordad que también tú participas [de la naturaleza terrestre], del hedor de Adán y que también tú estás revestido de su enfermedad.”
Isaac el Sirio, Serm. Asc 5


“Si tú eres verdaderamente misericordioso, e inicuamente y con injusticia te es quitado lo tuyo, no te enojes, ni por dentro, ni por fuera, y no muestres a otros lo que soportas, los daños de la injusticia que has sufrido sean tragados por pasiones de misericordia, como la fuerza del vino es templada en el abundante agua.”
Isaac el Sirio, Serm. Asc 6


“Muestra la grandeza de tu misericordia haciendo el bien con alegría a aquellos que han sido injustos contigo.”
Isaac el Sirio, Serm. Asc 6


“Si tú eres verdaderamente humilde no te turbarás si sufres una injusticia. No hables [para justificarte]. Por el contrario, toma efectivamente sobre ti las calumnias como verdad y no busques persuadir  a los hombres de tu inocencia sino, más bien, pide perdón.”
Isaac el Sirio, Serm. Asc 6


“Extiende tu manto sobre el pecador y cúbrelo. Y si no puedes tomar sobre ti sus errores y recibir el castigo en su lugar, sufre al menos el deshonor, para que no lo sufra él.”
Isaac el Sirio, Serm. Asc 50


“Dios escucha y atiende los pedidos de aquellos que lo aman y lo buscan con todo el corazón. En cuanto, por el contrario, a aquellos que no van a él con todo el corazón, sino con un corazón dividido y todo lo que hacen no es más que ostentación para obtener la gloria de los hombres, Dios no escucha nada de sus oraciones, sino que se enoja porque ellos actúan con hipocresía.”
Antonio el Grande, Carta 10, 1


“Sin la pureza del cuerpo y del corazón nadie puede ser perfecto ante Dios, como está escrito en el santo evangelio: “Felices los puros de corazón, porque ellos verán a Dios” (cf. Mt 5, 8). La perfección nace por tanto de la pureza de corazón…
Estad por tanto alerta y luchad para que vuestro paso de la vida a la muerte no suceda mientras mantienes rencor hacia alguien. En ese caso, serás contado junto a los asesinos, según la Escritura: ‘Quien odia a su hermano es un homicida’ (cf. 1 Juan 3, 15)…
Y quien de ustedes es tratado injustamente, lo acepte con alegría remitiéndolo al Señor, porque es él el que juzga y retribuye con equidad. Pero si uno ha cometido una injusticia hacia su compañero, que se apresure a hacerse humilde frente al Señor y le suplique a su compañero para que el Señor lo perdone. No permitan, mis amados, que ‘el sol se ponga sobre vuestra ira’ (cf. Ef 4, 26), como nos enseña la Escritura, sino que extirpen de sus corazones todo los malos pensamientos que les angustian.”
Antonio el Grande, Carta 20, 3.12.13
  

Matta el Meskin
L’ esperienza di Dio nella preghiera
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose
Págs. 169-182


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