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jueves, 22 de marzo de 2012

La vocación sagrada del laico según el teólogo ortodoxo Paul Evdokimov

Paul Evdokimov fue uno de los representantes más ilustres de la “Escuela de París”, este grupo notable de teólogos y de filósofos religiosos rusos emigrados a Francia después de la revolución bolchevique de 1917.

Nacido en San Petersburgo en 1900, Paul Evdokimov llega a París en 1923, donde fallece en 1970. Una de sus más importantes contribuciones teológicas es la articulación del camino espiritual de los laicos. El punto de partida de la reflexión teológica de Paul Evdokimov sobre la espiritualidad de los laicos es el constatar, común a la tradición ortodoxa, que hay una sola vía espiritual cristiana para el clero, los monjes y los laicos. Las mismas exigencias evangélicas se aplican a todos: “los que viven en el mundo, aun casados, deben como todo el resto parecerse a los monjes… Usted se equivoca completamente, si  piensa que hay algunas cosas exigidas a los seglares, y otros a los monjes… Ambos tendrán que rendir las mismas cuentas”. A Paul Evdokimov le gustaba citar a menudo este texto de San Juan Crisóstomo. Así, nos recuerda que la distinción occidental entre los “preceptos” y los “consejos” del Evangelio, los unos que se aplican a todos, y los otros al clero y a los monjes, es desconocida en la Iglesia ortodoxa.

Partiendo de esta constatación, el pensamiento de Paul Evdokimov se articula, en particular, alrededor de dos temas: el sacerdocio universal de todos los cristianos, con una precisión importante en la noción del “sacerdocio conyugal”; y el “monaquismo interiorizado”¸ la integración del espíritu del monaquismo, que no es otro más que el del Evangelio, en la vida espiritual de los laicos. Fundándose sobre estas consideraciones, Paul Evdokimov describe la naturaleza de la “Iglesia doméstica”, vista como unidad constitutiva con la Iglesia de Cristo. Y debemos también a Paul Evdokimov importantes reflexiones sobre la vocación del celibato laical.

Expresado en varios artículos y contribuciones hechas en publicaciones ecuménicas, el pensamiento de Paul Evdokimov sobre el laicado alcanza su forma  más elaborada en dos libros en particular, El Sacramento del amor: el misterio conyugal a la luz de la Tradición ortodoxa, y Las etapas  de la vida espiritual, Desde los Padres del desierto hasta nuestros días.

Los extractos de la obra de Paul Evdokimov que le proponemos dan valor a los elementos esenciales de su pensamiento sobre los fundamentos teológicos de la vocación de los laicos, su papel en la Iglesia y la vida espiritual de los laicos, los célibes o los esposos.

Introducción a las páginas sobre el matrimonio y la vida cristiana en el mundo.

La tradición de la Iglesia reconoce dos grandes vocaciones o vías, el monaquismo y el matrimonio, por las cuales los cristianos son llamados a conocer a Dios y cumplir el llamado del Señor: “Sean perfectos, lo mismo que su Padre del cielo es perfecto” (Mt 5, 48). En los escritos ascéticos, los monjes son a menudo llamados “ángeles terrestres” o los “perfectos”; estos son “los violentos que toman el Reino de los cielos por la  fuerza” (Mt 11, 12), que viven ya a imagen de la vida futura, del siglo venidero.

Si consideramos esto ligeramente podríamos pensar que los bautizados que no son monjes o monjas están condenados a vivir un “cristianismo rebajado”, que ellos no pueden cumplir la plenitud de la vida cristiana, que no pueden responder de ninguna manera a la invitación de Jesús: “si quieres ser perfecto, ve, vende lo que posees, dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo. Luego ven, y sígueme” (Mt 19, 21). ¿La gran mayoría de los cristianos que no están  en monasterios, deben contentarse con un “cristianismo de segunda clase”, de ser sólo “turistas” entre los “ciudadanos” del Reino?

Si la tradición elogia al estado monástico, al mismo tiempo subraya la unidad profunda e inseparable de la vocación en Cristo de todos los bautizados. Escuchemos a san Juan Crisóstomo: “cuando Cristo, dice, ordena seguir la vía estrecha, se dirige a todos los hombres. El monje y el seglar deben alcanzar las mismas alturas … Los que viven en el mundo, aunque estén casados, deben por todo el resto parecerse a los monjes … Usted se equivoca completamente, si  piensa que algunas cosas son exigidas a los seglares y otras a los monjes…. Ambos tendrán que rendir las mismas cuentas”. (Homilía XX sobre la Carta a los Efesios)

En nuestros días, Paul Evdokimov ha escrito: “es en su total exigencia que el Evangelio se dirige a todos y a cada uno”.

He aquí nuestro problema: si el cristiano en el mundo debe encontrar las mismas exigencias evangélicas que el monje retirado del mundo, ¿cómo puede llegar a hacerlo? El mundo que lo rodea, nuestro mundo contemporáneo, se aleja cada vez más de los valores cristianos. En el mejor de los casos, el mundo manifiesta una hostilidad abierta con respecto al cristianismo; en el peor de los casos, le es indiferente. En el mejor de los casos, en la hostilidad, el cristiano debe tomar conciencia de su fe, vivirla plenamente y testimoniarla a su manera, en su medio, a ejemplo de los mártires de los primeros siglos y de los santos de cada tiempo. En el peor de los casos, en la indiferencia, el riesgo para el cristiano está en verse deslizar imperceptiblemente a un estado de somnolencia espiritual donde la fe no ocupa más que una pequeña parte de su vida –particularmente con ocasión de grandes fiestas, con ocasión de matrimonios, con ocasión de bautismos etc.- pero para el resto de su vida la fe no es pertinente, sólo cuenta los valores del mundo, incluido los valores seculares más nobles (por ejemplo, las acciones altruistas).

¿Cómo entonces el cristiano en el mundo, frente al Evangelio que no contempla mediocridades, debe vivir su fe? La primera respuesta se encuentra en la distinción hecha por  Cristo: “los que siguen a Cristo están en el mundo, pero no son del mundo” (cf. Jn 13, 1; 15, 19; 17,11; 17, 16). Rechazando los valores del mundo secular en el cual viven, los cristianos se ocupan de las cosas de Dios (Mc 8, 33). La vida y las enseñanzas de los Padres y de la Iglesia están allí para ayudarnos a traducir el ideal evangélico en la vida de cada día; los sacramentos y toda Tradición espiritual de la Ortodoxia están allí para sostenernos en nuestro paso, dándonos fuerzas en las luchas espirituales de nuestra vida cotidiana.

Es en este marco en que se coloca la enseñanza de la Iglesia sobre el matrimonio: queda claro que no se trata de una vocación menor a la vocación monástica, para quiénes son llamados a él, sino de una vía hacia Dios también válida como el monaquismo. En muchos aspectos, es una vía más exigente que la vía monástica, estando más expuesta a las tentaciones y a las distracciones de lo único necesario (Lc 10, 42).

Y qué decir de la tercera vía, casi desconocida en el tiempo de los Padres, pero cada vez más difundida en nuestros días, en respuesta a los trastornos económicos y sociales del siglo XX: el celibato en el mundo. De hecho, si, ni el Evangelio ni los Padres hablan específicamente de este estado, el punto de partida permanece igual para él o la célibe en el mundo que para las personas casadas y los monjes: “es en su exigencia total que el Evangelio se dirige a todos y a cada uno “.

Publicado en http://www.pagesorthodoxes.net

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