Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

viernes, 30 de marzo de 2012

Un espíritu contrito


“¿Sobre quien volveré la mirada?
Sobre el humilde,
sobre quien tiene un espíritu contrito
y sobre quién teme a mi palabra.” Is 66, 2

“No retiré mi rostro a los que me insultaban y escupían.
Pero el Señor viene en mi ayuda,
por eso no quedé confundido.” Is 50, 6-7

“Maltratado, se dejó humillar” Is 53, 7

“Tomen mi yugo sobre ustedes
y aprendan de mí, que soy manso
y humilde de corazón y encontrarán
descanso para sus almas.” Mt 11, 29


Si pudiésemos, tan sólo por un instante, percibir la realidad de Dios y nuestra relación con él, descubriríamos inmediatamente la realidad de nuestras almas y veríamos que no somos nada ante su gloria inmensa e infinita.

Es esto lo que sucede a los santos. La intensidad de su humildad, de su negarse a sí mismos, de su abajamiento y de la confesión constante de su indignidad no es más que el resultado de este descubrimiento. De modo tal que, si nosotros intentáramos apoderarnos de esa cualidad y atribuírnosla, antes de progresar en la gracia, antes de percibir la verdad y antes de descubrir lo que en verdad somos, no sólo esta actitud sería falsa, sino que también podría conducirnos directamente a la dirección opuesta de la que deseamos.

Lo que a los santos y a aquellos que progresan en la gracia ha llevado a vivir, la cualidad de la humildad, del aniquilamiento y del abajamiento no es la belleza intrínseca de estas mismas virtudes, ni el deseo de adquirirlas y de adornarse con ellas, sino el descubrimiento, por la luz divina, de la realidad de sus almas.

La humildad no consiste en pretendernos pecadores mientras en lo íntimo de nosotros mismos no nos sentimos tales. Esto nos alejaría de un conocimiento verdadero de nosotros mismos y nos haría perder lejos de la auténtica humildad. El espíritu contrito deriva de la convicción de haber irritado a Dios. Mientras tenemos la posibilidad de vencer y de progresar en la gracia, he aquí que hemos elegido con plena libertad la pasión por el mundo y por la vida perecedera, a causa de nuestro amor por nosotros mismos y de las preferencias que tenemos por todo lo que satisfaga nuestro cuerpo.

El hombre natural que pertenece al mundo ama las cosas del mundo. Pero no puede amar a Dios por sí mismo, si no con la intervención de la gracia. Si de tanto en tanto siente una necesidad punzante y una oscura sed de Dios, éste llamado mudo no es más que el llamado de la impronta divina que está en él.

Con la intervención del Espíritu Santo, él puede renovar la impronta divina, reforzarla y hacerla prevalecer sobre la del mundo, a condición de que el alma esté totalmente sometida y contrita. Esto es posible solo a través del remordimiento por los pecados, a la luz del amor y del deseo ardiente de Dios. Sin el pecado que ha penetrado nuestra naturaleza, viviríamos en Dios en la pura luz de su amor, pero a causa del pecado, nuestra adoración está unida a la tristeza y nuestro amor al aniquilamiento.

Nuestros pecados, nuestros errores y nuestros pensamientos son revelados y quedan al desnudo delante de Dios. ¿Quién pues puede engañar y burlar a Dios? La palabra del apóstol dice: “No os hagáis ilusiones, no se puede tomarle el pelo a Dios” (Gal 6,7).

Nuestra relación con Dios debe partir de un corazón humilde, de un espíritu totalmente contrito. Sólo así puede volverse una relación auténtica, conforme a la realidad de aquello que nosotros somos.

He aquí uno de los motivos para estar confundidos y totalmente abatidos: mientras nosotros pecamos contra Dios y transgredimos sus leyes y sus mandamientos, él nos mira siempre con ternura y su amor por nosotros no disminuye nunca. ¿cómo no tener el espíritu contrito cuando contemplamos la inmensidad del amor de Dios que lo impulsa a abajarse y a dejarse matar sobre la cruz? ¿y con qué manos? ¿No es acaso con las manos de la humanidad de la cual tú y yo somos parte? El solo hecho de contemplar a Dios en la carne y ver cómo ha sido crucificado y ha sufrido por manos de los hombres, es suficiente para más que nunca partirte el corazón.

“El espíritu contrito” no se lo obtiene en un día y no se lo aprende en libros. Es necesaria una vida de relación profunda con Dios. Ésta al inicio parece ardua y agotadora, porque comporta la lucha contra las fuerzas del yo y la humillación del amor propio. Pero después de un cierto tiempo, cuando el alma se purifica de la falsa grandeza y de la pretendida dignidad, la vida contrita se desarrolla como un himno grave y melodioso que acerca al alma a Dios y la llama a arraigarse siempre más en él, hasta reposar en él completamente.

El alma contrita está colmada de paz. A medida que progresa en la gracia y en la perfección, avanza sin esfuerzo en la humildad y en toda desviación hacia el orgullo, la falsa grandeza o la vanagloria es, ahora, para él tan chocante como una nota desafinada para el oído de un músico experto.

“Contrición”, en sentido bíblico, corresponde a la noción material de “romper” (thaúomai), en el sentido de “romper el objeto para destruir su altura, con el fin de hacerlo bajo y débil”. Esta noción, en sentido espiritual, significa al mismo tiempo humildad, dulzura, abnegación y mortificación de la propia voluntad. Pero el contenido de la definición material: “romper el objeto para destruir su altura con el fin de hacerlo bajo”, no es aplicable  al ámbito espiritual en el sentido de perjudicar al alma, o de rebajar al espíritu humano creado a imagen de Dios. “Romper y destruir” son aplicadas a aquellas partes del alma que se han erguido en la falsedad y en la mentira de modo que el alma vuelve a sus propios límites originales, conformes a su realidad simple y humilde, y el hombre no recae más en las ambiciones que superan su estatura, ni codicia lo que no corresponde a su fe y a su lucha. Como dice Pablo: “Por la gracia que me ha sido concedida, yo les digo a cada uno de ustedes: no se valoren más de cuanto es conveniente valorarse, tengan de ustedes una justa valoración, cada uno según la medida de fe que Dios le haya dado” (Rm 12, 3). Así, la noción espiritual de “espíritu contrito” se orienta de un modo totalmente positivo hacia la auténtica y realista reconstrucción del alma, sin falsificación, ni ilusión, sin ambiciones, ni pretensiones, ni autosatisfacciones, una reconstrucción en todo conforme a su primera creación, preludio de la realización de su máxima vocación en Cristo: la unión de la naturaleza divina.

La contrición del alma presenta dos aspectos: un aspecto de pérdida voluntaria y un aspecto de recepción involuntaria. En otras palabras, el hombre debe destruir las partes de su alma que, falsamente elevadas, aparecen en su carácter, en su conducta y en sus vanas ambiciones. Esta es la contrición a través de las pérdidas voluntarias. Al mismo tiempo, se le pide aceptar toda contrición que le viene de Dios, para inculcar en su alma la humildad y reconducirla a su infancia y a su simplicidad original. Esta es la contrición a través de la recepción involuntaria, que podemos considerar don excepcional de Dios, porque a menudo, el hombre abandonado a sí mismo no sabe bien cómo reducir al propio yo y “romperlo” como conviene, y si no es la contrición que viene de Dios, en la humildad y en la dulzura, permanecemos inevitablemente imperfectos.

La contrición del alma con el fin de inculcarle humildad es una operación delicada y grave. Necesita de sinceridad y lucidez, para que el hombre pueda detenerse, en el propio rebajamiento, al verdadero nivel natural del alma, sin superarlo. Si se impulsa más abajo termina con tener lo contrario a lo que pretendía, una falsa pequeñez, que le haría simular ignorancia mientras se considera que no es ignorante, o simplicidad cuando no es simple, o debilidad mientras no es débil, apropiándose así de otra personalidad respecto a la propia y, con el pretexto de la humildad, cae en la hipocresía. He aquí el aspecto peligroso de la contrición.

El hombre, en la contrición, lucha por eliminar toda ambición, todo orgullo, todo sentimiento de superioridad sobre el prójimo, toda actitud presuntuosa y pretenciosa, de modo de poder alcanzar la verdad de la propia alma simple, débil y pobre. Debe entonces frenarse en este nivel y no pasarlo para no negar la gracia que lo habita, no exagerar en la negación de sí al punto de malinterpretar la acción de Dios en él. Es esto lo que ha querido decir Pablo, de modo extremadamente conciso y con gran claridad, cuando dijo que no debemos sobrevalorarnos ni comprender nuestro discernimiento espiritual más allá de cuanto es posible o de cuanto nos es dado, sino que solo debemos ver, con sabiduría y equilibrio, los límites del don que el Señor nos ha otorgado.

Supongamos que un hombre, engañado por un falso entusiasmo y por una ambición de virtud, se empeña en la contrición y en la negación de sí más allá de cuanto es razonable, y se muestra como si estuviese más bajo del nivel real del propio don y de la propia fe, en este caso la negación de sí fue más allá de sus límites, llegando a la negación de la fe y de la gracia de Dios. El resultado es inevitablemente la alteración del contacto entre Dios y el hombre, la fe comienza a atrofiarse y la gracia a retirarse.

Pero si el hombre, en su contrición y en su humildad, mantiene un comportamiento verdadero y sincero, hasta alcanzar, con toda simplicidad, su propio nivel real, entonces el alma se abre a Dios con toda la capacidad de su fe. Alcanzará entonces el nivel de un verdadero contacto con Dios y podrá crecer en humildad y en simplicidad para llegar a un contacto todavía más grande que le permitirá crecer aún más y así sucesivamente. “¿Sobre quien vuelvo la mirada? Sobre el humilde y sobre quien tiene un espíritu contrito y teme a mi palabra” (Is 66, 2)

Así, la contrición real y verdadera lleva a una auténtica relación con Dios y a la plenitud de la gracia, contrariamente a la contrición impropia y falsa, que provoca la separación con Dios y la pérdida de la gracia a medida que la recibe.

Justamente a esto han impulsado todos los padres, sin excepción, a considerar la contrición del alma en vista a la humildad verdadera como el fundamento de toda virtud y, al mismo tiempo, el punto de partida de toda obra espiritual y fuente de todo conocimiento.

Esta contrición puede ser tanto voluntaria, basada en el control de sí y en la sumisión a la verdad y al temor de Dios, como también sufridas, a través de la sumisión total a las correcciones de Dios, difíciles y humillantes, en un abandono total, gozoso e incondicionado a su voluntad, sin murmuraciones y sin reservas.

La reflexión sobre la contrición del alma puede parecer amarga. Exige en efecto un esfuerzo extenuante contra la arrogancia del yo, el orgullo del alma y la ambición mentirosa del espíritu, y deja presagiar la dificultad, la corrección  y las ofensas que se deben aceptar por parte de Dios. Pero la verdad se opone absolutamente a todo esto. La práctica de la contrición del alma, auténticamente vivida en los límites de la justa medida, tiene un sabor extremadamente difícil de describir con palabras, porque las palabras no pueden describir el verdadero gusto de las cosas ¿Es posible describir la dulzura de la miel? Las palabras pueden alegrar el intelecto, pero el espíritu puede alegrarse sólo con la verdad vivida. La contrición del alma es una verdad para vivirse, las palabras que lo consideran tienen la amargura de la hiel, pero su práctica es más dulce que la miel.

Lo que consideramos nuestro deber es indicar simplemente al lector, a través de palabras, dónde se encuentra semejante miel celestial, cómo se toma y come, en el misterio, ya consumado.

El valle de la humildad es en apariencia oscuro y triste,  pero desde el momento en el cual tus pasos comienzan a pisar sus sagrados valles, verás acudir a ti los guardianes del observatorio para recibirte y lavarte las heridas que te han desgarrado el alma y el cuerpo cuando, de improviso y peligrosamente, has arriesgado de precipitarte de las alturas engañosas del mundo sobre las llanuras desconocidas del valle de la humildad. Te recibirán por un breve tiempo de reposo, luego te invitarán a entrar en el observatorio celeste erguido al ingreso del gran valle. Allí te darán un telescopio que te permitirá ver todos los pormenores del sagrado valle: a los lados, consolaciones en forma de panales de miel, de los cuales los transeúntes se alimentan y la gracia que continuamente se cerciora de la curación de las heridas, las cura con medicación que absorben los dolores y transforman las llagas en manchas luminosas, como muchas lámparas espléndidas.

Ahí lo tienes, tomado por el asombro y las maravillas: sin aquel telescopio celestial el valle parece triste y oscuro, como si la muerte y la opresión estuviesen agazapadas en cada recoveco, en cambio, gracias a la visión acercada, parece tapizada de miel, poblada de manos compasivas llenas de cuidados, que desprenden una luz misteriosa que ilumina el interior de las cosas antes que iluminar el exterior. He aquí que has descubierto el secreto del valle.

Sin embargo, mientras estás absorto por la belleza del valle, los guardianes te proponen levantar un poco el telescopio para mirar, más allá del valle, a Aquel que te espera allí al final del viaje. Verás entonces, a lo lejos, sobre el monte de la transfiguración, al Señor en su luz inefable, con los brazos abiertos, que acogen a aquellos que han llegado al final de la travesía. Las santas llagas de sus manos iluminan toda la montaña de una luz deslumbrante, que se refractan misteriosamente sobre la obscuridad del valle cayendo sobre las llagas de los viajantes del valle y haciéndoles luminosos a su vez, como la luna cuando es tocada por los rayos del sol a través del espacio oscuro.

Entonces la alegría y la seguridad te invadirán y tú arderás por el deseo de atravesar las tinieblas del sagrado valle, ahora que se te ha revelado el secreto de la contrición que alegra, de las llagas luminosas y de la amargura donde están escondidos los panales de miel.

En verdad, el sagrado valle de la contrición, de las heridas y de la amargura, se encuentra en el corazón del hombre. Los guardianes del observatorio al ingreso del valle son los padres que han soportado la contrición con su amargura, que han descripto las paredes escarpadas y su utilidad. El telescopio es la práctica concreta y sincera de la humildad por la gloria y el amor del crucificado, según las exigencias de una correcta visión de la humildad. La miel, es la alegría de  unirse a los sufrimientos del Señor. Las heridas, son aquellas de la dignidad herida: algunas, superficiales, son las que el hombre se hace a sí mismo; otras, más graves, son las que los otros nos inflige; están finalmente las heridas mortales del corazón, las que dependen de las correcciones divinas y que eliminan la sangre negra del yo, difícil de extraer de las heridas superficiales o poco profundas.

En cuanto a la irradiación divina que emana de las llagas del Señor y que se reflejan sobre las heridas y sobre las llagas de la humildad, es la participación parcial en la gloria del Señor que nos es prometida con plena certeza y que alcanzará el ápice de su irradiación y de su intensidad cuando el Señor se manifieste como él es.



Palabra de los Padres

“Por ti Dios se ha humillado a sí mismo, y tú por ti mismo ¿no quieres humillarte y te exaltas y te enorgulleces? Ha venido a tomar tus tribulaciones y tus pesos y a darte su reposo, y tú ¿no quieres soportar las fatigas y padecimientos para obtener la curación de tus heridas?
Macario el Grande, Hom. Sp. 26, 26

“Como Cristo “asumiendo la condición de esclavo” (Fil 2, 7) con su humildad vence al diablo, así en el principio, la serpiente mediante la soberbia y el orgullo hizo caer a Adam. Y ahora, esta misma serpiente, anidándose dentro del propio corazón, derrumba y destruye la estirpe de los cristianos mediante el orgullo.”
Macario el Grande, Hom. Sp. 27, 5

“Sucede como a un hombre libre, noble según el mundo, muy rico, que aumenta sus ganancias y sus beneficios, pierde la cabeza y, se vuelve temerario e insoportable, pisotea y golpea a todos. Así hay algunos que no tienen discernimiento. Encuentran un poco de reposo y de oración, comienzan a enorgullecerse, a perder el juicio y a juzgar a los otros y terminan por caer en las regiones inferiores de la tierra. Aquella misma serpiente que alejó a Adam mediante el orgullo diciéndole: “Te volverás como dios” (Gen 3, 5), insinúa aún hoy el orgullo diciendo: “Eres perfecto. Te has enriquecido, no tienes necesidad de nada, eres feliz.”
Macario el Grande, Hom. Sp. 27, 6

“Pero si uno no posee una gran humildad, es entregado a Satanás y despojado de la gracia divina que tenía y sufre la prueba de numerosas tribulaciones, y entonces se manifiesta su presunción porque él queda desnudo y miserable.”
Macario el Grande, Hom. Sp. 41,3

“La humildad, aunque sin obras, borra muchos pecados. Pero, al contrario, las obras sin humildad no sirven para nada.”
Isaac el Sirio, Serm. Asc. 72

“Aquel que por amor de Dios, haya humillado y hecho pequeña su alma será glorificado por Dios.
Isaac el Sirio, Serm. Asc. 5

“La humildad recibe siempre de Dios compasión. La dureza de corazón y la falta de fe, en cambio, siempre se encuentran con eventos duros e imprevistos.”
Isaac el Sirio Serm. Asc. 5

“Un santo ha escrito: ‘la oración de aquel que no se considera un pecador no es acogida por el Señor”.
Isaac el Sirio. Serm. Asc. 4

“Cuando te presentes ante Dios a través de la oración, considérate en tu pensamiento como si fueses una hormiga, como un reptil que se arrastra por tierra, como una cucaracha. Como un niño que  balbucea, no digas nada ante él como un sabiendo sino acercate con un corazón de niño. Ve ante él para recibir aquel cuidado con el cual los padres velan sobre los pequeños.

Se ha dicho: “el Señor custodia a los pequeños” (Sal 114, 6)… y no solo a aquellos que son pequeños en el cuerpo, sino también a aquellos que, creciendo en sabiduría en el mundo, abandonan su conocimiento, se fundamenta en la única sabiduría que basta, se vuelven en sus voluntades como niños y, desde aquel momento, descubren aquella sabiduría que ningún estudio puede enseñar. El bienaventurado apóstol, sabio en las cosas divinas, ha dicho bien en una advertencia: ‘Si alguno entre ustedes se cree sabio en este mundo, se haga necio para volverse sabio’ (1 Cor 3, 18). Pedid, sin embargo, a Dios que te conceda llegar a la medida de la fe.”
Isaac el Sirio, Serm. Asc. 77

“Unite a aquellos que sufren en el corazón con la oración apasionada y con el gemido del corazón. Entonces a tus pedidos se abrirá la fuente de la misericordia.”
Isaac el Sirio, Serm. Asc 2

“La recompensa no es dada por las obras sino por la humildad… Por la humildad es dada la gracia. La recompensa entonces no pertenece a la virtud, ni al trabajo que hacemos por alcanzarla, sino a la humildad que nace de ella.”
Isaac el Sirio, Serm. Asc. 38

“Cierto tiempo atrás se había retirado al cenobio un tal Isidoro, dignatario acreditado de la ciudad de Alejandría. Nuestro santo pastor lo había acogido, pero habiendo constatado que tenía un carácter maligno y cruel, arrogante e insolente, pensó sabiamente en recurrir a todo humano argumento para desbaratar las pérfidas astucias de los demonios. Comenzó con decir a Isidoro: ‘Dado que tú has elegido llevar sobre el cuello el yugo de Cristo, deseo antes que toda otra cosa que tú te ejercites en la obediencia.’ Y aquel respondió: ‘yo me he puesto en tu obediencia, oh mi gran santo [padre], como el hierro en las manos del herrero.’ Entonces nuestro santo [padre], satisfecho por aquella imagen, tomó rápidamente el hierro de Isidoro y comenzó a trabajarlo, diciéndole: ‘Te ordeno, oh mi hermano en humanidad, de quedarte a la puerta de nuestro [templo] y de hacer una genuflexión a cada persona que entra y que sale diciendo: ‘Padre, ora por mí porque tengo ataques de epilepsia’. Ante esto, él obedeció como un ángel obedece al Señor y pasaron así siete años en los cuales permaneció allí cumpliendo la orden. Como finalmente alcanzó con una profunda humildad también el don de la compunción, el pastor del cual celebramos las alabanzas, decidió admitirlo, después de pasado los siete años y de la extraordinaria paciencia por él demostrada, por ser más que digno de ser contado entre los hermanos y de recibir la imposición de las manos. Pero aquel no dejaba de suplicar al pastor, también por medio de los otros y por medio también de mi pobre persona, de poder alcanzar el fin del recorrido en aquel lugar y en aquella condición.”
Juan Clímaco, Scala par. 4, 26

“Si el soportar generosa y alegremente las ofensas es propio de aquel que vuela alto, el soportar las alabanzas sin recibir de ellas daño es propio de los perfectos y de los santos.”
Juan Clímaco, Scala par 21, 12

“[…] Es sin embargo gran signo de humildad el no disminuir el propio afecto hacia quien nos ha ofendido.”
Juan Clímaco Scala par. 21, 17

“Cuando sentimos el llamado del orgullo, sea que la gloria no sea buscada por nosotros sino que nos sea dada por otros espontáneamente o sea que sí la hayamos nosotros buscado vanamente o por ella mandemos a hacer a otros, traigamos a nuestra memoria nuestro estado de compunción y volvamos nuestro pensamiento inmediatamente al deber que tenemos de estar con temor en oración en la presencia de Dios. Podremos rechazar esta descarada tentación si verdaderamente nos ponemos a orar…”
Juan Clímaco, Scala par. 21, 41

“Aunque se suponga que los vicios capitales son doce, como sentí decir una vez a una persona digna de respeto, la soberbia será siempre la causa de la infamia: ‘Aunque hubieses inclinado tu voluntad a uno sólo de ellos, lo harás por soberbia, y ésta colmará la medida de los otros once.”
Juan Clímaco, Scala par. 22, 5

“Un monje altanero responde duramente, uno humilde nunca contradice.”
Juan Clímaco, Scala par. 22, 6

“Un anciano sabio en los caminos del espíritu, habiendo recomendado la humildad a un hermano soberbio y ciego, se escuchó decirle a este último: ‘Con tu buena gracia, padre, yo no soy soberbio’. Entonces el sabio le respondió: ‘¿Qué demostración más manifiesta, oh hijo mío, podés darme de que nos eres víctima de esta pasión, ya que tú me dices que no eres soberbio? Para una persona semejante es necesaria una vida de obediencia.’”
Juan Clímaco Scala par. 22, 14-15

“El orgullo hace olvidar los pecados cometidos y de hecho el inicio del camino de la humildad es el recuerdo de ellos.”
Juan Clímaco, Scala par. 22, 22

“Quien ama la alabanza no sólo no se cansa nunca de alegrarse de ser alabado sino que imagina también los motivos para serlo. El humilde es aquel que, cuando es alabado, hubiese incluso razón para ello, no tiene el corazón en paz.”
Isaac el Sirio, fondo arabo, I, 4, 110, 111

“Aquel que está preso de los asuntos de este mundo efímero y atado, aunque sea en parte por ellos, no puede ser humilde ni tener un corazón puro. Porque el humilde es aquel que está muerto al mundo y el mundo está muerto para él. Su corazón no está conquistado para las cosas del mundo”.
Isaac el Sirio, fondo arabo, I, 4, 115, 116

“Cuando seas incapaz de realizar las obras, a causa de la debilidad del cuerpo o de la enfermedad, ten la humildad del publicano, aquella que, incluso sin obras, hace al hombre agradable a Dios y por él justificado.”
Isaac el Sirio, fondo arabo, I, 4, 118

“Si tu alma es despreciable a tus ojos, entonces la multitud de demonios te será sometida y en ti brotará la fuente del conocimiento.”
Isaac el Sirio, fondo arabo I, 4, 119

“Mientras estés en esta vida, despréciate, recordando siempre tus pecados. Confiésalos en tu abajamiento delante del Dios de misericordia y verás nacer en ti la intimidad del corazón con él.”
Isaac el Sirio, fondo arabo I, 4, 120

“Dios no puede dejar de consolar a un corazón contrito y humilde”.
Isaac el Sirio, fondo arabo I, 4, 120

“Ofrenda a Dios es el espíritu quebrantado y el corazón contrito. Y todo lo que es extraño a esto es extraño a la misericordia de Dios”
Isaac el Sirio, fondo arabo I, 4, 121

“Si tu corazón confía en tus obras, sabed que la prueba está cerca.”
Isaac el Sirio, fondo arabo I, 4, 122

“Dios permite que las pruebas y los incidentes golpeen a las personas para exhortarlas a la humildad. Si ante las pruebas y los incidentes endurecemos nuestros corazones, Dios permite que estas se intensifiquen y se agraven. Pero si las acogemos con humildad y con un corazón abatido, Dios unirá a la prueba la misericordia.”
Isaac el Sirio, fondo arabo I, 4, 123, 125, 126

“Cuando la gracia ve que la presunción, sea mucha o poca, se está insinuando en el pensamiento del hombre y estos han comenzado a tener una alta concepción de sí, ésta permite rápidamente que las tentaciones que la agobian se refuercen, a fin de que él conozca la propia debilidad, huya y busque refugio en Dios en la humildad.”
Isaac el Sirio, Serm. Asc. 77

“Es en la prueba que nos acercamos a la humildad. Aquel que se encuentra en la propia virtud sin aflicción, abre ante sí la puerta del orgullo.”
Isaac el Sirio, Serm. Asc. 58

“La gracia de Dios se detiene siempre a distancia y contempla al hombre en su oración. En cuanto la humildad se manifiesta en él, ella se acerca trayendo consigo auxilio y socorro. Esto sucede mucho más frecuentemente durante la oración que en otros momentos.”
Isaac el Sirio, fondo arabo I, 5; 69

“Si has alcanzado correctamente una virtud y no sientes el gusto de la ayuda que ésta te trae, no te sorprendas. Hasta que el hombre no se ha hecho humilde no recibe el salario del propio trabajo.”
Isaac el Sirio, Serm asc. 58

“El orgullo precede a la ruina, dice el sabio. Así como la humildad precede al carisma.”
Isaac el Sirio, Serm. Asc. 58

“Sabed que el resistir las pasiones no depende de ti, ni de tu virtud, sino solo de la gracia de Dios que te sostiene en la palma de su mano, para que tú no vayas a caer.”
Isaac el Sirio, Serm. Asc. 72

“No es posible considerar humilde al desconocido… No cualquiera aunque sea por naturaleza bueno y calmo, o discreto o sin culpas ha alcanzado el grado de la humildad. El humilde en verdad, es aquel que posee interiormente algo de lo cual enorgullecerse, pero no se enorgullece y en los propios pensamientos no se considera más que un pobre.”
Isaac el Sirio, Serm. Asc. 82

“Por cuanto sea digno de alabanza, no llamemos humilde a aquel que se humilla en la memoria de los propios errores y si los recuerda incluso hasta llegar a tener un corazón contrito y su inteligencia haya borrado el impulso del orgullo. En efecto, él tiene aún en sí la tentación del orgullo. No posee todavía la humildad, pero en varios modos busca alcanzarla. Si bien, esta actitud sea loable, como he dicho, él no posee aún la humildad. La pide pero no la tiene. El perfectamente humilde es aquel que en el propio corazón no tiene necesidad de hacer nada para ser humilde. Sino que perfecta y naturalmente posee en todo la humildad sin fatigarse. Ha recibido en sí mismo una clase de gracia que supera toda la creación y toda la naturaleza. A los propios ojos él es un hombre simple y un pecador. Ha entrado en el misterio de todos los seres espirituales, trae en sí la gran sabiduría de toda la creación. Sabe con absoluta certeza que no sabe nada. Y no es así… y esto sucede sin esfuerzo en su propio corazón.” 
Isaac el Sirio, Serm. Asc. 82

“Si te haces pequeño para que los hombres te honren, Dios revelará tu engaño.”
Isaac el Sirio, Serm. Asc. 5

“Verdaderamente, el Señor, si no nos humillamos no dejará de humillarnos.”
Isaac el Sirio, Serm. Asc. 34

“Mis hijos amados, ¿a qué cosas nos empuja nuestro Señor Jesucristo cuando lo vemos “ceñirse con una toalla, a quitarse los vestidos, a verter agua en una palangana y a lavar los pies de quien era más pequeño que él” (cf. Juan 13, 4-5), si no a la voluntad de enseñarnos, a través de un simple ejemplo, a comportarnos humildemente?
En efecto, todos aquellos que desean volver a su primera condición pueden hacerlo sólo a través de la humildad.”
Antonio el Grande, Carta 6, 11 Matta el Meskin




L’ esperienza di Dio nella preghiera
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose 
Págs. 183-199





3 comentarios:

  1. Feliz Pascua de Resurrecciòn. Y ademàs, he aprendido mucho con lo que ud. escribe. Enhora buena. Saludos.

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