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viernes, 16 de marzo de 2012

Violencia y gracia: La lucha espiritual

Kallistos Ware


Una teología experiencial

“Yo no quiero que tú estés bajo la ley sino bajo la gracia” (Carta 23), así escribía el Gran anciano, Barsanufio a su compañero de ascesis, el otro anciano, Juan de Beersheva. Esta breve frase resume la actitud de los dos Ancianos de Gaza en relación de la lucha espiritual. Como guías espirituales, ellos no quieren imponer un código exhaustivo de regla, sino que buscan defender y proclamar la gracia y la libertad que nos son dadas por la fe. “Tú sabes que no hemos nunca impuesto vínculo a nada” (Carta 51), dice Barsanufio y Juan en otra ocasión.

De esto resulta claro al menos qué no debe esperar el lector encontrarse en las 848 cartas de la correspondencia de los dos Ancianos de Gaza llegadas hasta nosotros. La colección no es de hecho sistemática - y en esto está, al menos en parte, su valor - si bien se incluyen algunos leitmotiv que le confieren un espíritu coherente y característico. Ante todo aquí no encontramos un sumario metódico de mandatos exteriores para imponer mecánicamente al aspirante asceta.

Igualmente, hay una casi completa ausencia de misticismo especulativo de tipo origenista-evagriano. Si bien Juan admite que algunos textos de Evagrio pueden ser leídos con provecho, en general tanto él como Barsanufio, muestran una fuerte reserva en relación a las obras de Orígenes, Evagrio y Dídimo el Ciego. Ante un monje que declaraba que la lectura de las obras dogmáticas conduce su mente a la contemplación (theoria), Barsanufio no lo anima en absoluto: “No querría que tú te deleites en estas cosas, con el motivo de que elevan la mente en alto, sino con las palabras de los ancianos, ya que estas humillan la mente en lo bajo.” (Carta 547),

En su enseñanza, los dos ancianos de Gaza evitan los términos tales como theoría, theologhia y gnosis.

Si la correspondencia no es un código legal, ni un tratado sobre el misticismo especulativo, no es tampoco una compilación de historias de milagros. Es verdad que Barsanufio y Juan intuyen los pensamientos secretos de aquellos que se dirigen con ellos (cf. Carta 70) y que curan a otros a través de su oración (cf. Carta 91; 570)  o enviándoles agua bendita (cf. Carta 643-644), pero en general no realizan milagros y en sus cartas hay una sorprendente falta de énfasis en relación a los milagros. No debemos confiarnos de visiones o de sueños, repiten incesantemente (cf. Carta 414-415; 418), ni poner la confianza en los signos y milagros: estos, dice Barsanufio, “no son para los fieles, sino para los infieles (cf. 1 Cor 14, 22)” (Carta 40; 34). Si bien, se habla mucho de los ataques de los demonios en el interior del hombre a través de las pasiones y de los pensamientos, de hecho en las respuestas de los dos Ancianos no hay nada que haga referencia a manifestaciones espectaculares del demonio, como lo encontramos, por ejemplo, en la Vida de Antonio escrita por Atanasio y en los escritos de Evagrio.

Si en las cartas de Barsanufio y Juan no encontramos reglas sistemáticas, especulaciones místicas o historias de milagros, ¿Qué encontramos? Lo que nos ofrecen es ante todo un cuadro extraordinariamente vivo y humano del modo en el cual el ministerio de la paternidad espiritual era practicado en la Iglesia antigua. Ningún otro texto antiguo presenta un informe tan directo y cercano de las preguntas que la gente hacía y de las respuestas que recibían. Los dos Ancianos no dan principios generales, fundados sobre anteriores fuentes escritas, sino que presentan respuestas específicas y personales a determinadas preguntas, nacidas de lo que ellos mismos han probado, visto y padecido. Los dos adjetivos que mejor describen su teología son experiencial y personalizada. La teología de ellos es experiencial, en el sentido de que ella es el fruto de su inmediata y viva experiencia; y es personalizada en el sentido de que lo que les importa a ellos no son las reglas, sino las personas, no son las ideas abstractas sino los singulares seres humanos en toda su variedad y unicidad.

Este acercamiento personalizado es evidente especialmente en su insistencia sobre la ascesis interior más que sobre la exterior. “En cuanto al ayuno del cuerpo, no te aflijas, porque esto no es nada sin el ayuno espiritual” (Carta 78), dice Barsanufio a un monje turbado por la propia falta de fuerza física. Teniendo en mente la gran variedad de las posibilidades físicas de las diversas personas, no proponen una medida de ayuno igual para todos. Concuerda con esto lo que dice el gran profeta inglés del siglo dieciocho, William Blake: “Una única ley para el león y para el buey es una opresión”. Por esta razón, como dice Juan, “nuestros padres, que eran perfectos, no tenían una regla fija (Kanònos hòros)” (Carta 86).

Cuando los dos Ancianos dan consejos considerando al ayuno, dan una indicación que puede ser interpretada libremente, según las necesidades de cada uno: “No tomar nada por glotonería sino según el hábito recibido, y después de haber comido permanecer con hambre y no saciado” (Carta 511).

El mismo principio concierne al sueño: es necesario “permanecer un poco por de bajo tanto del alimento como del sueño” (Carta 158). Esta indicación personalizada, es decir no saciarse nunca del sueño, del alimento y de la bebida – incluso del agua- se remonta a los orígenes del monaquismo egipcio. La encontramos en las fuentes pacomianas, en los Dichos de los padres del desierto, en la Historia de los monjes, en Evagrio y su discípulo Juan Casiano. Fiel discípulo de los dos Anciano de Gaza, Doroteo, adopta el mismo principio en la formación de la vida monástica del joven Dositeo.
  
Ascetismo antinómico.

Fiel a este punto de vista experiencial y personalizado, Barsanufio y Juan más que expresarse de modo metódico y coherente, prefieren recurrir al contraste y a la paradoja. En esto se asemejan a Juan Clímaco. Típico de su enfoque enigmático y provocativo es el consejo que el Gran anciano da al monje Andrea: “Olvídate de ti mismo y conócete a ti mismo” (Carta 113). En su interpretación de la lucha ascética, los Ancianos de Gaza han recurrido a tres contraposiciones.

- Severidad y moderación. “Es imposible ser salvados sin trabajo (Kòpos)” (Carta 239) – dice Barsanufio a un monje de la comunidad de Gaza-. No creas que es fácil, ya que es necesario sudar, trabajar y hacerse violencia (bía) (Carta 239). Pero cuando el superior de la comunidad, abba Sérido, había extenuado su cuerpo con una fuerte austeridad  ascética y en consecuencia se había gravemente extenuado, Barsanufio lo reprendió, exhortándolo para el futuro a tratar su cuerpo con discreción (diàkrisis), de modo que éste lo sostuviese en su ministerio espiritual y le sirviese con suficiente fuerza en sus deberes hacia los hermanos (cf. Carta 570).

-     Libre voluntad y gracia. Enfatizando la importancia de la libre elección, el Gran anciano afirma que el padre espiritual no debe recurrir a la fuerza, sino respetar la libertad interior de sus hijos: “No forzar la elección, sino sembrar con esperanza (cf. 1 Cor 9, 10). También nuestro Señor, en efecto, no ha forzado a nadie, sino ha llevado la buena nueva, a quien queria escucharla” (Carta 35).

Si bien, obedece a sus superiores, el monje no es totalmente pasivo, sino que debe hacer uso de la propia libre voluntad: “Si quieres progresar, trabaja” (Carta 256). Pero esta insistencia sobre el ejercicio activo de la libre voluntad está unidad a una clara afirmación del primado de la gracia divina: “Dios… sabe que el ser humano no puede realizar nada por sí mismo. Pero Dios es todo” (Carta 493).

-     Austeridad y alegría. Barsanufio exhorta a la “fatiga del corazón” (pónos Kardías) (Carta 265), pero al mismo tiempo, a un monje oprimido por el desaliento, le dice por tres veces con énfasis triunfante: “¡Alegrémonos en el Señor, alegrémonos en el Señor, alegrémonos en el Señor!” (Carta 10).

Examinaremos ahora estas tres contraposiciones que ofrecen una clave para comprender la enseñanza ascética de los dos Ancianos, y al final consideraremos un tema posterior que suaviza su maximalismo con un sentido de mutua solidaridad: el uso del precepto paulino: “Cargad el peso los unos de los otros” (Gal 6, 2).

No diremos, en cambio, nada sobre el fundamento sacramental de su ascetismo y sobre la enseñanza acerca sobre el recuerdo de la muerte, ya que estos temas son tratados en otras conferencias del presente convenio.

Severidad y moderación

-     Los dos Ancianos de Gaza toman en serio la exigencia radical de la ascesis interior. Dan peso a las palabras de Cristo: “El reino de los cielo sufre violencia y los violentos se adueñan de él” (Mt 11, 12). Haciendo referencia a los Dichos de los padres del desierto, Barsanufio dice: “Hermano, la violencia hacia sí mismo (cf. Mt 11,12) en todas las cosas y la humildad, hacen progresar” (Carta 243). En un pasaje se pregunta: “Si no nos hacemos un poco de violencia a nosotros mismos, ¿Cómo podemos ser salvados?” (Carta 191). Con su típica prudencia, Juan agrega que esta violencia hacia sí mismo no debe ser excesiva: “Necesita hacerse violencia con cuanto es posible y no más allá de lo posible” (Carta 519).

Esta violencia exige más particularmente la necesidad de una paciencia perseverante. Ningún texto de los evangelios es tan citado por Barsanufio y Juan como el de Mt 10, 22: “Quien persevera hasta el fin será salvado”. En un pasaje característico Barsanufio afirma: “No hay que pedir nada a Dios, tampoco por medio de sus siervos, sino auxilio y fortaleza para soportar, ya que quien persevera hasta el final será salvado (cf. Mt 10, 22)” (Carta 1). Juan dice: “Si ves que tienes un deseo seguro de permanecer y de soportar, por gracia de Dios, todos los males que sobrevengan hasta la misma muerte, entonces permanecerás” (Carta 703).

Esta acentuación de la necesidad de soportar pacientemente lo que suceda (hypomonè tón eperchoménon) hace referencia a la enseñanza de Marcos el Monje. Como modelos de esta paciente soportación, Barsanufio y Juan recuerdan a Job y también a Lázaro.

Esta violencia hacia uno mismo y esta paciente soportación están sintetizadas en un mandato central de la teología ascética de los dos Ancianos de Gaza. Barsanufio escribe:

“En cuanto a cómo debes comportarte con el hermano: aquel que quiera agradar a Dios (cf. 1 Ts 4, 1) reniega la voluntad propia a favor del prójimo, haciéndose violencia a sí mismo.” (Carta 122)

“Quien no tiene ninguna voluntad y se reprende en todo, encuentra misericordia de Dios.” (Carta 243)

“A menudo yo te he escrito las palabras de la Escritura del Señor, de ser paciente en todo y de prestar atención a que no se mescle en nada tu voluntad.” (Carta 16)

Esta negación de la voluntad propia no debe ser practicada solo ocasionalmente, sino en todo momento. Renunciando a nuestra voluntad obtenemos dos cualidades de extrema importancia: humildad y liberación de los afanes (amerimìa): “La humildad es renunciar en todo a la propia voluntad y no preocuparse de nada” (Carta 462).

En ningún lugar los Ancianos de Gaza  sugieren que este separarse de la voluntad propia sea una tarea ligera y fácil. Por el contrario, es un morir a sí mismo, un verdadero y propio martirio interior: “Dejar la propia voluntad es derramar la sangre” (Carta 254). El asceta es alguien que ya incluso en la vida presente ha sufrido la muerte y ya está sepultado en la tumba. Barsanufio escribe: “Esfuérzate en todo a morir a todo (cf. Col 2, 20; Gal 6, 14), y serás salvado. Y di a tu pensamiento: “Estoy muerto y reposo en el sepulcro” (Carta 55). Por esta razón Barsanufio habla de su celda como de “mi cementerio” (Carta 141). Como Juan explica, el Gran anciano usaba esta expresión:

“Porque ha encontrado reposo de todas las pasiones, está muerto en efecto completamente al pecado (cf. Rm 6, 2.10) y su celda, en la cual está sepultado como en una tumba por el nombre de Jesús, es un lugar de alivio.” (Carta 142)

Violencia hacia sí, paciente soportación y renuncia de la propia voluntad para Barsanufio y Juan se entienden en términos cristológicos, como una imitación de Jesús en su vida terrena. Si renunciamos a nuestra voluntad, seguimos el ejemplo de Cristo que no ha venido a hacer su voluntad sino la del Padre (cf. Carta 150.239). Más específicamente, seguimos a Cristo en el largo camino de la cruz. La espiritualidad de los dos Ancianos de Gaza está centrada en la Pasión: “Dejemos el bastón de caña y tomemos el bastón de la cruz” (Carta 182).

Recurriendo a una imagen frecuente en los escritos de abba Isaías, ellos enseñan que no es suficiente seguir a Cristo en el largo camino de la cruz, sino que somos llamados a subir con él a la cruz: “Tú debes subir con Cristo a la cruz y ser clavado con los clavos y traspasado por la lanza” (Carta 45) Y también: “¡Emigra del mundo, sube a la cruz!” (Carta 48). En relación a esto, Barsanufio y Juan exhortan a una meditación vivida y detallada de los sufrimientos del Salvador:

“Has  reposar la dulzura en tu corazón recordando la oveja y al cordero (cf. Is 53, 7) sin culpa, Cristo. Cuántas cosas soportó siendo inocente: insultos, flagelos, etc.” (Carta 20)

“Si quieres adquirir el reposo perfecto, aprende lo que él ha soportado y soporta… Esta es la perfecta humildad… soportar injurias e insultos y todo aquello que padeció nuestro maestro Jesús (cf. Mt 23, 8).” (Carta 150)

“Déjame recordar a nuestro soberano Jesús, que por mí ha gustado la amargura y el vinagre.” (Carta 191)

Pasajes de este tipo en Barsanufio y Juan recuerdan la larga sección sobre la Pasión en la Carta a Nicolás de Marco el Monje.

Así, hablando del lugar que la violencia hacia sí mismo y la cruz ocupan en la enseñanza de los dos Ancianos, viene la confrontación con su maximalismo. Pero esto no es todo. Lo que es notable en las 848 cartas es el modo en el cual la austeridad es contrarrestada con la dulzura y el rigor es atenuado por la flexibilidad pastoral. Sobre todo en las cartas de Barsanufio se puede encontrar una extraordinaria profundidad de paciencia y sutileza de discernimiento. Por ejemplo en su respuesta al solitario Andrea, él da prueba no solo de firmeza y de realismo, sino también de extrema sensibilidad en lo que respecta a la enfermedad de Andrea, de sus escrúpulos y de sus depresiones. Las palabras atribuidas a Cristo del evangelista: “no partirás la caña quebrada, no apagarás la mecha humeante” (Mt 12,20; cf. Is 42, 3) describen exactamente la comprensión que Barsanufio tiene de su rol de padre espiritual. Su capacidad de intuición es especialmente evidente en la larga serie de cartas a Doroteo.

En las raras ocasiones en las cuales Barsanufio y Juan ofrecen específicas indicaciones sobre prácticas ascéticas exteriores, su consejo es sorprendentemente moderado. Es verdad que Barsanufio, en el curso de la formación inicial impartida al futuro higúmeno de la comunidad, Sérido, a menudo lo castigaba y probaba de muchos y variados modos, imponiéndole formas de disciplinas severas y muy pesadas. Pero el uso de las fuerzas físicas es excepcional. Es mucho más característico el consejo que Barsanufio da más tarde a Sérido de “tratar a su cuerpo con discreción” (Carta 570). A un monje enfermo, Barsanufio le deja beber un poco de vino y le permite consultar al médico (cf. Carta 225). A un solitario, Juan sugiere dormir seis horas por la noche y dedicar las otras seis a la oración (cf. Carta 146). Esto es un evidente contraste con la enseñanza de Arsenio el Grande: “Es suficiente para un monje dormir una hora, si es un luchador” (Arsenio 15).

Los dos Ancianos de Gaza son ciertamente maximalistas, pero son maximlistas del corazón humano.
  
Libre voluntad y gracia

Barsanufio, no obstante toda su insistencia sobre la obediencia y sobre la renuncia a la propia voluntad, cree también en la importancia de la libertad humana. El objetivo del padre espiritual no es aquel de privar a su discípulo de la libre elección, sino de enseñarle a usar esta libre voluntad. Esto respecto de la libertad humana, sin embargo, no significa de hecho que los Ancianos de Gaza sean defensores de una acomodada tolerancia. Al contrario, el verdadero uso de nuestra libertad consiste precisamente en el de entregarse totalmente a la lucha ascética. Barsanufio escribe a Juan: “No te abatas en las tribulaciones (cf. Ef 3, 13), y en las fatigas del cuerpo que soportas y sufres por nosotros” (Carta 9). Y Juan, a su vez, dice a un monje que lo interrogaba: “Nadie puede adquirir nada bueno, si no con mucho trabajo” (Carta 340).

Sin embargo, este énfasis sobre “el trabajo, la fatiga y la violencia” no debe hacernos pensar que Barsanufio y Juan son dos criptopelagianos. ¡Lejos de ellos semejante tentación! También ellos sostienen que todo es gracia. Ellos podrían concordar con las Homilías del Pseudo-Macario:

 “La voluntad del hombre es como una disposición esencial. En ausencia de la voluntad, por respeto de la libre decisión del hombre, ni Dios hace algo que de por sí podría.” (Homilía 37)

Ellos razonan en términos de synergheìa, de “cooperación” o convergencia entre la gracia de Dios y la libertad humana. Nosotros no podemos hacer nada sin Dios, pero Dios no puede hacer nada sin nosotros. Ambas, gracia y libertad, son necesarios.

Nos es pedida la violencia, pero ésta es ineficaz sin la ayuda divina. Subrayando nuestra humana dependencia a la gracia de Dios, Barsanufio subraya:

“Dios presta atención al corazón del hombre y discierne las intenciones. Él que conoce la debilidad del hombre y sabe que no puede realizar nada por sí mismo. Dios es todo (cf. Sir 43, 27) y es él quien da fuerza a quien le es digno.” (Carta 493)

 En otro pasaje, Barsanufio dice:

“Te tengo ya dicho que si una vez te sucede de hacer algo bueno, debes saber que esto es un don de Dios (cf. Juan 4, 10) por su propia bondad ya que él tiene misericordia de todos (cf. Sab. 11, 23). Dice en efecto el Apóstol: ‘¿Qué tienes tú que no lo hayas recibido? Y si lo has recibido ¿por qué te jactas como si no lo hubieras recibido?’(1 Cor4,7)” (Carta 412)

Nuestros nombres han sido escritos en el libro de Dios, pero esto es un don gratuito: “Dios nuestro soberano tiene un libro en el cual están escritos aquellos que vienen a ponerse sinceramente a su servicio y están escritos gratuitamente desde el primer día.” (Carta 495)

Dos textos bíblicos a los cuales hacen referencia los Ancianos son Ef. 2, 5: “Por gracia habéis sido salvados” y 1 Cor 15, 10: “No yo, sino la gracia de Dios que está en mí”. La necesidad que nosotros tenemos de la gracia de Dios es puesta en evidencia por la enseñanza de Juan sobre la antirresis, la refutación de los pensamientos:

“No eres tú el que tiene que contradecir los pensamientos: es esto lo que ellos quieren y no desisten. Vuélvete en cambio hacia el Señor contra ellos arrójale ante Él (cf. Sal  54, 23) tu impotencia, ya que Él puede no sólo alejarlos, sino también aniquilarlos.” (Carta 166)

La comprensión que Juan tiene de la synergheìa entre la gracia y la libertad está ilustrada en la respuesta que él da a un laico que le pregunta: “Ya que Dios ha hecho al hombre libre y luego él dice: ‘sin mí no podéis hacer nada’ (Juan 15, 5); ¿cómo pueden estar juntos la libertad y el no poder hacer nada sin Dios?”. Juan responde:

“Dios ha hecho al hombre libre en el sentido de que él puede tender al bien. Pero, aunque él tiende al bien por su propia elección, no es capaz de realizarlo sin la ayuda de Dios. Está escrito en efecto: ‘Todo depende no del querer o del esfuerzo del hombre, sino de la misericordia de Dios’ (Rm 9, 16). Si el hombre inclina su corazón hacia el bien e invoca a Dios pidiendo su ayuda, Dios en consideración de su buena voluntad le da la fuerza necesaria para su obra. Y así las dos cosas pueden proceder juntas, es decir, la libertad del hombre y el poder de Dios.” (Carta 763)

Indudablemente Agustín habría encontrado esta respuesta un tanto simplista, pero ella refleja la aproximación típica del oriente. Aquí Barsanufio y Juan pertenecen a la tradición teológica ascética griega.

Austeridad y alegría.

“Afligidos, pero siempre alegres” (2 Cor 6, 10): esta es la más grande contraposición en la teología de los dos Ancianos. Como la necesidad de hacer violencia a sí mismo está asociada a la compasión llena de amor y como el esfuerzo humano procede a la par con el libre don de la gracia de Dios, así también la tristeza y el sufrimiento están equilibrados por la alegría. Barsanufio y Juan anticipan la perspectiva de Juan Clímaco con su enseñanza relativa a la “gozosa tristeza” (charmolype) y la “alegría fuente de tristeza” (charopoiòn penthos) en el séptimo capítulo de la Escala del paraíso. Barsanufio mismo, que insiste sobre la necesidad de “partir” la propia voluntad y exhorta a sus discípulos a subir a la cruz con Cristo, escribe a aquellos que buscan su guía: “Mi Dios bueno y misericordioso, los colma una y otra vez de la alegría del Espíritu Santo. (1 Ts 1, 6)… ¡Hijos dilectos, alegraos en el Señor!” (Carta 222)

No obstante toda su severidad y su rechazo del compromiso, lo que en el fondo Barsanufio y Juan ofrecen es un mensaje de  consuelo para los desconfiados y de esperanza para los desesperados. En su soteriología son fundamentalmente optimistas y es significativo que citan no menos de dieciséis veces a 1 Tm 2, 4: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. Otros de sus textos preferidos que recurren al menos veintiún veces es el de 1 Ts 5, 18: “En todo dad gracias”. En la última carta de la colección completa comentan 1 Ts 5, 16-19: “Estad siempre alegres, orad incesantemente, en todo dad gracias”. Y concluyen: “En estas tres cosas está contenida nuestra salvación” (Carta 848). Esta es la palabra final, la herencia que ellos entregan a la Iglesia: un mensaje de alegría y de esperanza.

“No te abandonaré”

Hay, finalmente, un elemento más de gran importancia en la tradición de Gaza, que atenúa el aparente rigor de Barsanufio y de Juan y refuerza su mensaje de esperanza. Ellos repiten insistentemente que la lucha ascética no es solitaria, sino que se realiza en comunión con los hermanos. En la vida espiritual no avanzamos como individuos aislados, sino como personas en relación, como miembros de una comunión de amor y de oración. Los dos Ancianos no olvidan nunca que “somos miembros unos de otros” (Rom 12, 5). Es muy significativo que los textos de la Escritura a los que hacen alusión con mayor frecuencia – mayor que las que citan las palabras del Señor contenidas en el evangelio o las palabras de Pablo sobre la acción de gracias- es la exhortación del apóstol Santiago: “Confesad vuestros pecados los unos a los otros y orad los unos por los otros para ser curados” (Sant 5, 16). Este texto se cita al menos en veintitrés cartas y constituye un tema fundamental en toda la correspondencia. Cualquiera sea nuestra situación humana –así creían los dos ancianos- sea que seamos solitarios, cenobitas o laicos, somos interdependientes y estamos ligados los unos a los otros.

Aquel que sostiene y consolida esta comunión de oración y amor es ante todo el ghéron o anciano, el guía espiritual o el padre en Dios. Barsanufio y Juan atribuyen a esta figura una importancia extrema. Aunque no sea necesariamente un sacerdote – los dos Ancianos de Gaza no lo eran- él tiene el poder de absolver y de ligar. El anciano debe ser siempre consultado. El Espíritu Santo habla a través de su boca y cualquier cosa que diga, viene de Dios. Barsanufio no tiene temor de exclamar: “Yo estoy seguro, en mi Rey y Dios, que sin él nada te digo a ti para la salvación de tu alma.” (Carta 236)

Se trata de afirmaciones corajudas: ¿qué significa esto en la práctica? Ante todo vemos lo que el padre espiritual no debe hacer. Si bien, habla en nombre de Dios, él no es un legislador, un déspota, que impone leyes a sus discípulos y les priva de cualquier iniciativa y libertad de elección. Cuando a Barsanufio le fue pedido dar un Kanòn, una regla de vida, él lo rechazó. Hemos ya observado que él repite con insistencia que sus hijos espirituales no deben vivir bajo la ley, sino bajo la gracia, y hemos visto que rechaza el imponer reglas. El rol del anciano es simplemente el de anunciar la buena nueva. De este modo, la propuesta del padre espiritual no es de aniquilar la libre elección del discípulo, sino de acompañarlo en la adquisición de una verdadera libertad interior. La obediencia abre el camino a la libertad.

Hemos dicho lo que el padre espiritual no debe hacer, pero ¿qué debe hacer? A aquellos que les son confiados no ofrece un código de reglas orales o escritos, sino una relación personal. Se preocupa de las personas y no de las reglas. Esto significa que no debe guiar a todos de la misma manera, sino que sus consejos deben adaptarse a las necesidades de cada uno, a la situación que cada uno está viviendo. No debe actuar mecánicamente, como siguiendo la instrucción de un manual, sino abrir su corazón al Espíritu Santo. En razón de su paternidad vivida como relación personal y de su apertura al Espíritu, el ghèron no es un oráculo o un autócrata, sino el custodio de la libertad evangélica.

¿De qué modo el padre espiritual debe ejercitar su ministerio? En caso de necesidad ofrecerá consejos, pero sobre todo orará por sus hijos. Como afirma Barsanufio: “No hay un minuto, no hay una hora, en el cual no te tenga en la mente y en la oración.” (Carta 114)

El fundamento de este ministerio de intersección es una sensación viva de amor por sus discípulos. “Mi gran alegría es el progreso de todos ustedes”, dice Barsanufio (Carta 208). A Juan le dice: “Yo pienso en ti más de lo que lo haces tú mismo” (Carta 39). Creyendo en el amor de su guía, el discípulo puede decir: “He aquí, me entrego a mí mismo a Dios y a tus manos (cf. Sal 30, 6). Cuida de mí, padre de entrañas de misericordia, por el amor del Señor” (Carta 533).

Así resulta que el anciano consolida los vínculos de comunión en el interior de la comunidad espiritual de la cual preside no solo con sus consejos, sino mucho más con su oración y su amor compasivo, y da a cada uno de sus discípulos la firme convicción de que no está solo. El guía es mucho más que un instructor. Él cumple el mandato de Pablo: “Llevad las cargas de los unos sobre los otros” (Gal 6, 2). Es este un texto fundamental en la tradición de Gaza. A algunos Barsanufio ofrece llevar la mitad de su peso (Carta 73), a otros le ofrece llevarlo todo (Carta 239). Aquí se manifiesta otra vez el carácter personal de la relación. El padre espiritual no se comporta del mismo modo con todos, no se limita a repetirse, sino que tiene en cuenta las necesidades particulares de cada uno.

Desarrollando esta idea del que llevad las cargas, Barsanufio escriba a un hijo espiritual:

“Después de Dios, yo he extendido sobre ti mis alas (cf. Ez 16, 8) hasta hoy. Y llevo tus cargas (cf. Gal 6,2) y tus pecados… Mientras los veo, yo los cubro, como Dios ve y cubre nuestros pecados. Pero tú te has comportado como un hombre sentado bajo un árbol sombrío… Yo tomo sobre mí la sentencia de la condena que está sobre ti: no te abandonaré ni en el siglo presente ni en el futuro (cf. Mt 12, 32), por la gracia de Cristo… He aquí que yo te he tomado el peso, la carga, la deuda, he aquí que tú te has vuelto nuevo, he aquí que has recuperado la inocencia, he aquí que eres nuevamente puro.” (Carta 239)

En otro lugar Barsanufio agrega: “Doy con alegría mi vida por ti (cf. Juan 10,11;15,13)” (Carta 353). Y esto vale para el siglo presente y para el siglo futuro. La responsabilidad del padre espiritual no termina con la muerte, sino que continúa en el éschaton. Él estará cercano a sus discípulos en el juicio último y tomará su defensa. Siguiendo el ejemplo de Moisés (cf. Ex 32,32), Barsanufio ora: “Señor, o introduce conmigo a mis hijos en tu reino, o bórrame a mí también de tu libro” (Carta 187).

“Yo pienso en ti más de lo que lo haces tú mismo… No te abandonaré”: este es el rol del padre espiritual. Este sentido de compasión, de llevar las cargas, del compromiso incondicionado permanece desde una punta a la otra de las 848 cartas de Barsanufio y de Juan. Su oración ferviente y amante por cuantos están confiados a ellos transforma la aparente severidad de sus enseñanzas en un anuncio de esperanza. Esta transforma la soledad en solidaridad, la violencia ascética en viva alegría.

 “Nuestro Señor anunciaba la buena nueva a aquellos que querían escucharla”: también Barsanufio y Juan han predicado la buena nueva y si nosotros, a su vez, queremos escucharlos, colmarán nuestros corazones de fuego y de luz.


Kallistos Ware
El Desierto de Gaza.
Barsanufio, Juan y Doroteo
Ed. Qiqajon. Comunidad de Bose
Págs. 205-223
Publicado en esicasmo.it

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