Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

lunes, 9 de abril de 2012

Cristo ha resucitado



Grande es la alegría de la Iglesia cuando, en el tiempo de Pascua, celebra la resurrección de Cristo de entre los muertos, repitiendo las palabras: Christos anesti, “Cristo ha resucitado”. Para la Iglesia estas palabras significan que la redención se ha cumplido y que se ha vuelto un derecho de todos los pecadores el recibir con fe la prenda de la libertad de la esclavitud del pecado y de la muerte y el recibir la llamada a la vida eterna.

Para adquirir esta fe tan robusta debemos penetrar en la profundidad de la fe de la Iglesia que une íntimamente entre ellos, el misterio de la última cena (jueves a la tarde), el misterio de la crucifixión (viernes) y el misterio de la resurrección (al alba del domingo).

Durante la cena del jueves a la tarde el Señor reveló por primera vez el significado y la realidad de la crucifixión inminente, de la cual a menudo había hablado solo como sufrimiento y muerte. En aquella ocasión explicó de modo extremadamente sucinto y en términos místicos que él se habría ofrecido a sí mismo como sacrificio en favor del mundo y que este sacrificio habría sido ofrecido de modo completo al Padre, justamente como la ofrenda pascual: cuerpo partido por los discípulos para ser comido y sangre derramada por ellos para ser bebida para la remisión de los pecado y para la vida eterna.

Aquello que asombró a los discípulos en la última cena, y que ahora asombra al mundo entero, es que Cristo no estaba explicando teóricamente cómo sería inmolado el viernes, sino que estaba anticipando los eventos. Un día antes de la crucifixión, él se ofrecía a sí mismo realmente inmolado a los discípulos no como simple manifestación de las propias intenciones ni como figura, sino como un auténtico acto de partirse, de inmolarse y de esparcir su sangre, de modo más profundo y más claro que en los eventos mismo del viernes sobre la cruz: de tal modo, todos los misterios del sacrificio de sí obrado por Cristo sobre la cruz el viernes – imposibles de concebir y comprender por un ser humano- fueron revelados por Cristo durante la cena del día jueves y explicados a los discípulos.

Después de haber partido el pan y vertido el vino, Cristo los ofrece a ambos a los discípulos, no como una simple representación simbólica del partir el cuerpo y del derramar la sangre que sucedería en la cruz: “este es mi cuerpo partido, esta es mi sangre derramada”.  Aquí Cristo realiza un acto de muerte voluntaria a través de un misterio inefable. Después explicó la causa del partir y del derramar: “por vosotros”, y también el objetivo: “en remisión de los pecados”.

Sobre todo ordenó a los discípulos de comerlo y de beberlo no como pan todavía no partido o como vino todavía no derramado, sino como cuerpo realmente inmolado, demostrando que el misterio del viernes estaba presente ante ellos como una verdadera Pascua divina, que la muerte sobre la cruz del viernes sería no sólo una ofrenda al Padre por los pecadores del mundo, sino un sacrificio de amor y un banquete eterno del cual el mundo entero podría participar. De este modo, Cristo reveló con claridad y abiertamente que el sacrificio de sí mismo sobre la cruz era un sacrificio expiatorio ofrecido a Dios Padre no solo como acto espontáneo en favor del pueblo, sino como sacrificio de amor personal en el cual la expiación no habría sido cumplida si no con la participación real en éste. En el misterio de la cena, Cristo explicó que la participación perfecta y real en la fe de Cristo crucificado como sacrificio de salvación y de remisión de los pecados debe ser realizada a través de una real participación del cuerpo y de la sangre, conforme al misterio realizado en la última cena. Sólo así podemos alcanzar la expiación, el perdón y la unión con Cristo que desemboca en la vida eterna.

Por esto, la Iglesia ortodoxa cree que la cena del jueves, es decir, la eucaristía, y la crucifixión del viernes son un único y un mismo misterio: uno no puede ser comprendido sin el otro, ni el secreto del poder de uno puede ser alcanzado sin el otro. El amor es el origen de ambos. Juan habla así de Jesús cuando estaba sentado para la cena antes de la fiesta de Pascua: “Sabiendo que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, después de haber amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin”. (Juan 13, 1). Es con motivo de este amor que Jesús ha muerto y ha resucitado de entre los muertos.

Si uno mira profundamente en los misterios de la cena descubrirá que el anuncio del misterio de la resurrección está absolutamente claro en el interior del anuncio del misterio de su muerte. Cuando Cristo se ofrecía a sí mismo a sus discípulos diciendo: “Tomad, comed mi cuerpo partido, bebed mi sangre derramada”, él ofrecía el cuerpo y la sangre con sus mismas manos, vivo y no muerto. Cristo en la última cena estaba al mismo tiempo inmolado y resucitado, muerto y viviente. Misterio extraordinario, con el cual Cristo pudo, de modo fuerte y místico al mismo tiempo, revelar la resurrección implícita en la inminente muerte en cruz del viernes: “Yo soy el Primero y el Último, el Viviente. Yo he muerto, pero ahora vivo para siempre” (Ap 1, 17-18).

Así podemos percibir la grandeza de la eucaristía celebrada por Cristo durante la cena del jueves santo y de la Iglesia hasta nuestros días: misterio que explica no solo los secretos de la crucifixión sino también de Cristo muerto y viviente y de la redención en su totalidad. La muerte padecida por Cristo no era otra cosa más que un sacrificio de amor, sacrificio voluntario y expiatorio, expresa el poder de la muerte a favor de los otros y el poder de la resurrección junto a los otros. Por consecuencia es un sacrificio capaz de otorgar la vida eterna – en vez de la muerte por los pecados cometidos- mediante el misterio de la comunión, hecha accesible a todos y transmitida justamente a través de este sacrificio, comunión con el cuerpo y con la sangre de Cristo inmolado y resucitado.

La Iglesia ha percibido que la muerte sobre la cruz era un sacrificio viviente y dador de vida, sacrificio de expiación y de resurrección  de los muertos: ha llegado a esta compresión gracias al misterio de la cena. Una vez más la Iglesia vuelve a los secretos de la última cena y revela los eventos esenciales vinculados a la cercanía del viernes santo.

Para Cristo la cruz no era, como tergiversaban los sumos sacerdotes, un instrumento de tortura y de muerte para un pecador y un blasfemo (“¡Crucifícalo, crucifícalo!”): en la mente del Padre y en la conciencia de Cristo era un instrumento de sacrificio voluntario que brotaba de un ilimitado amor expiatorio. La Iglesia ha deducido esto del misterio de la última cena y de los discursos de despedida de Jesús presentados en el evangelio de Juan. Cristo ¿no había pues predicho el tipo de muerte que sufriría? “Ninguno tiene un amor más grande de quien da su vida por los amigos” (Juan 15, 13).

Así, a través de la resurrección, la cruz ha sido transformada de un instrumento de castigo y de muerte en las manos de los crucificadores en un instrumento eficaz del amor divino en las manos del buen pastor, que ha rescatado sus ovejas y que aún hoy sale a buscar la oveja perdida hasta los confines de la tierra. ¿Qué lugar del mundo está privado de una cruz elevada, cruz que sale a buscar a los pecadores para reconducirlos al redil del Padre? La cruz se ha vuelto un instrumento de alegría para todos aquellos que saben vislumbrar el misterio del perdón y del amor divino: “Él me ha amado y se ha entregado a sí mismo por mí” (Gal 2, 20).

Así, Cristo murió únicamente para ofrecerse a sí mismo como sacrificio por todos los pecadores del mundo, y para ofrecer, a través de este sacrificio, su cuerpo partido y su sangre derramada por cada hombre, justamente como hizo el jueves santo, de modo que cada uno pueda comer y beber el perdón, la resurrección y la vida eterna.

Cristo realiza aún hoy el misterio de su cena en cada Iglesia y en medio de su pueblo amado. Exactamente como hizo  en la cena del jueves santo, sobre cada altar Cristo ofrece con las propias manos su cuerpo y su sangre a aquellos que comulgan para la remisión de los pecados y para la vida eterna. La eucaristía ha sido instituida para hacer llegar a todos el poder del amor infinito de la cena del jueves, el poder de los sufrimientos soportados por la carne sobre la cruz y el poder de la resurrección por el cual el cuerpo resucita y deja la tumba vacía.

Pero no olvidemos que estos profundos significados que abundan en el misterio de la cena y toda la luz que de ellos emana para revelar la gloria de la cruz no fueron comprendidos por los discípulos hasta que no estuvieron seguros de la resurrección de Cristo. Durante la cena los discípulos no comprendieron nada de lo que el Señor les decía y explicaba. Las palabras pronunciadas por Cristo sobre la nueva alianza, la sangre derramada, la remisión de los pecados y la vida eterna no fueron portadores de ningún significado para ellos: el evangelio afirma que sus corazones estaban llenos de tristezas (cf. Juan 16,6). Cuando llegó la hora y fueron emprendidos los primeros pasos para arrestar a Jesús, cuando los discípulos se encontraron frente a las declaraciones públicas de los acusados y con el veredicto de la crucifixión, fueron tomados por el pánico y escaparon, y uno lo negó, si bien todo eso ya Cristo se los había anticipado a ellos. Fue como si Cristo no hubiese celebrado la eucaristía, ni lavado sus pies, ni hablado de la propia muerte por lo menos por seis horas (según Juan), ni les hubiera hablado a ellos de su propia resurrección, de su retorno o el envío del Consolador, o como si los hubiese dejado sin consuelo y sin la promesa de volverlos a ver y de colmarlos de alegría. Todo esto desaparece frente a su temor de sufrir violencia, a que aparecieran los guardias de los sumos sacerdotes y procedieran al arresto.

En la teología de la Iglesia la resurrección encuentra en el concepto de la cruz – entendida como sacrificio voluntario de sí por la expiación  de los pecados del mundo entero- el propio fundamento y vértice. El misterio de la resurrección  como realidad tangible de fe fue semejante a una gloriosa luz celestial que, cuando invade el corazón de los discípulos, transformó todas las humillaciones y dolorosas aflicciones de la cruz en honor, triunfo y gloria: la muerte se vuelve redención, la tumba cambia de pozo de muerte en fuente de vida.

No sin razón Pablo afirma: “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe y ustedes todavía están en pecado.” (1 Cor 15,17). El aspecto más importante en la teología de la Iglesia, que cree verdaderamente que Jesús ha resucitado, es lo siguiente: “Si Cristo resucitó y su resurrección se ha vuelto una realidad dentro de nosotros, entonces nuestra fe es auténtica y nosotros no estamos más en nuestros pecados”. Esto significa que la resurrección de Cristo en la carne al tercer día se ha vuelto la fuerza  fundamental y eficaz para el perdón de los pecados. En la visión de la Iglesia por consiguiente la resurrección es la base del concepto de expiación. Por esta razón no podemos afirmar que la muerte de Cristo en sí misma ha significado pagar el precio de nuestros pecados y aplacar a Dios para apartar de nosotros su cólera: es la resurrección que ha conferido a la muerte de Cristo la fuerza de expiación y de reconciliación.

Si consideramos el canto glorioso Christos anesti utilizado  por la Iglesia, entendemos el motivo de nuestra alegría irresistible que disuelve todo dolor y agonía de la cruz, todo sufrimiento del pecado y de la muerte. Si en efecto Cristo ha resucitado, entonces nuestra fe es auténtica y nosotros no estamos más en nuestros pecados. Su cruz no fue infamia sino gloria. Si el cuerpo del cual nos alimentamos es el cuerpo de su crucifixión, es también el cuerpo de su resurrección y nosotros nos volvemos partícipes justamente de la misma resurrección y de la vida eterna.

La resurrección de Cristo ha cambiado la infamia y la maldición de la cruz en gracia, salvación y gloria y ha hecho del cuerpo partido y de la sangre derramada una realidad no sólo viva, sino también dadora de vida. Además, si la muerte constituye el precio de pagar por nuestros pecados, la resurrección ha aumentado el valor de este precio haciéndolo clara y definitivamente aceptable tanto en el cielo como en la tierra.

De lo que tenemos necesidad es de una resurrección que tenga la misma fuerza reveladora recibida por los discípulos al tercer día, una resurrección que pueda corregir todo nuestros errados conceptos de temor a los sufrimientos y a la cruz, y que sea un punto de partida para nuestra fe y una fuerza de la cual saque la capacidad no solo de entender el poder que tiene la cruz de perdonar nuestros pecados, sino también de soportar los mismos sufrimientos de la cruz llenos de alegría. No será más una agonía sino una comunión en la gloria, como descubrió san Pablo: “Si participamos en sus sufrimientos participaremos también de su gloria” (Rm 8,7).

En la doctrina de la Iglesia, la resurrección se ha vuelto el fundamento del acto de redención que estaba latente en el corazón de Cristo desde el principio. Redención  no significa solo que Cristo pagó el precio de nuestros pecados o que alejó la ira de Dios del réprobo hecho esclavo por el pecado. Para Cristo redención significa ante todo algo que va más allá del perdón y de la reconciliación: es el restablecimiento del amor y de la vida eterna que habíamos perdido con motivo de las transgresiones y de la separación de Dios. Esta realidad estaba originariamente implícita en el concepto de encarnación, así era entendido por los padres de la Iglesia, como Atanasio que afirma: “El Verbo se hizo hombre para que nosotros nos pudiésemos volver dioses en él” (es decir, partícipes de la naturaleza divina).

El objetivo de la encarnación por consiguiente, en la visión de los padres de la Iglesia, no se ha jamás limitado a la expiación de la cruz y de la redención por medio de la sangre, sino que ha ido más allá, hasta concebir  la resurrección en vista de la renovación del hombre como el fin último de la encarnación. Esto porque el hombre no habría dejado de caer en pecado, de romper la comunión con Dios y de incurrir en la ira divina, aunque sus pecados hubieren sido perdonados. El hombre en efecto había perdido sus dones originarios y la imagen de Dios en él se había pervertido: había perdido la capacidad de conocer y amar a Dios y por consecuencia la de retornar a la vida con Dios a través de la purificación, el conocimiento y la enseñanza. Reconciliarnos con Dios y volver a nuestra condición originaria no es una cuestión de reparación de las deudas por nuestros pecados sino que es una re-creación de la persona. Es lo que escuchamos de Cristo mismo en su diálogo sobre esto con el rabí Nicodemo: “Si uno no nace de nuevo, no puede ver el reino de Dios” (Juan 3, 3).

La resurrección de Cristo de los muertos con el mismo cuerpo con el cual había muerto ofrece la respuesta práctica y divina sobre el modo de nuestro nuevo nacimiento entendido como una nueva creación. El poder de Cristo de dar en plenitud la vida al hombre a través de su resurrección ha sido siempre la más grande esperanza de la Iglesia, desde el día de la resurrección. Es a través de la resurrección que Cristo, viviente y vencedor no solo del pecado sino también de la muerte, ha abierto de una vez por todas las puertas para nuestro retorno al reino de Dios, es decir, a la vida eterna, después de haber pagado él mismo el precio de nuestros pecados sobre la cruz.

Así, la resurrección de Cristo nos revela el significado más profundo escondido en la cruz. Detrás de aquel sacrificio, realizado con la plena aceptación del Hijo y con el beneplácito del Padre que lo golpeó con la aflicción, estaba la misericordia paterna y el extremo afecto por parte del Señor Jesús hacia los pecadores y el género humano. Se trata de un sacrificio que obtiene no sólo el perdón de los pecados sino también la re-creación del pecador en Cristo y en su Espíritu: así Cristo pudo presentar a los hombres al Padre, tomándolos con él en su amor, después de haberlos lavado en su sangre. Los presenta en su resucitar y sentarse a la derecha del Padre, a fin de que puedan estar sin mancha delante de Dios Padre en el amor, y ser creaturas nuevas que llevan el propio respiro vital del Espíritu de Dios, amados como el Hijo. Como afirma Cristo mismo: “El amor con el cual me has amado estén en ellos” (Juan 17, 26).

La doctrina de la Iglesia, en el subrayar el amor de Dios como causa fundamental, abarca de la cruz a la resurrección, a la ascensión, hasta el ingreso en el Santo de los santos y al sentarse a la derecha del Padre para asegurar el pleno cumplimiento de la redención. La Iglesia por esto cree que la redención continúa aún después del ingreso de Cristo en el Santo de los santos: “Entró de una vez para siempre en el santuario, procurándonos así una redención eterna” (Heb 9, 12).

Cristo está aún vivo y, aún después de haber muerto por nosotros y habernos justificado con su sangre, continúa intercediendo por nosotros junto a Dios Padre con la audacia del amor con el cual realizó la redención, así que ninguna ira o reprobación puede caer sobre nosotros a causa de nuestra ignorancia y de la cotidiana transgresión: “Pero Dios demuestra su amor hacia nosotros porque, mientras éramos aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Con mayor razón ahora, justificados por su sangre, seremos salvados por medio de él” (Rm 5, 8-9).

Qué grave error cometemos cuando, después que esta maravillosa y gloriosa salvación ha sido cumplida en todas sus etapas, separamos la cruz de la resurrección, considerando en el corazón y en la mente la cruz como un espacio de aflicción y de infamia para evitar y temer, haciendo en cambio de la resurrección un júbilo y una gloria para amar. Pero, ¿la resurrección no es el precio de la cruz y la cruz el precio de la resurrección, y las dos no han sido una única gloria para Jesús y para nosotros? ¿La cruz no era pues a los ojos del Padre la auténtica gloria de Cristo, justo mientras estaba colgado rodeado de infamia? ¿Jesús mismo no reveló pues esta verdad en su oración al Padre en el momento en el cual Judas fue a realizar el gesto de la traición y en el cual Cristo comprende que la hora de la cruz era inminente? “Tomado el bocado, Judas inmediatamente salió. Y era de noche. Cuando él salió, Jesús dijo: ‘Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado y también Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, también Dios lo glorificará por su parte y lo glorificará rápidamente” (Juan 13, 30-32).

Esta era la aureola de gloria que Jesús ve como anticipo resplandecer sobre sí tanto en la cruz como en la resurrección. Con su agudo sentido teológico la Iglesia ha comprendido que Cristo se ha sometido él mismo a la muerte pero no ha caído bajo su poder. La resurrección estaba inmanente en él y él aceptó la crucifixión sólo en la medida del propio compromiso de amor por los pecadores – “Nadie tiene un amor más grande que este: dar la vida por los propios amigos” (Juan 15,13)- y de obediencia al Padre: “fue obediente hasta la muerte, y muerte en cruz” (Fil 2, 8).

Este es el motivo por el cual la Escritura y los profetas afirman que no era posible que él fuese retenido en la tumba. La resurrección subraya la voluntariedad de su muerte.

Jesús ha insistido repetidas veces sobre este aspecto misterioso y fundamental. “Yo tengo el poder de darla y de recobrarla de nuevo” (Juan 10, 18). “¿No debo pues beber el cáliz que el Padre me ha dado?” (Juan 18,11). “Para esto he venido al mundo” (Juan 18, 37). Cuando Pilato pretendía demostrar la propia superioridad respecto al “rey de los judíos” diciéndole que él tenía el poder de crucificarlo o de dejarlo libre, Cristo replicó inmediatamente: “Tú no tendrías ningún poder sobre mí, si no te hubiese sido dado de lo alto” (Juan 19,11).

Pilato realiza su tarea, complació a los sumos sacerdotes y crucificó a Jesús, justamente como querían ellos y como quería el diablo, de modo que la cruz pudiese ser una infamia arrojada sobre Cristo y un castigo final, y los judíos pudiesen liberarse de una vez por todas. Pero con su triunfo y su resurrección de los muertos el Señor frustró todas sus tramas planeadas con el príncipe de este mundo y con el poder de las tinieblas. El Señor invirtió la situación, así que para Cristo y para todo creyente la cruz se convierte en gloria y paz, mientras para el diablo y para todos aquellos que odian el nombre de Cristo ésta es infamia y horror.

La resurrección ha hecho sentar a Cristo en los cielos como Rey de reyes, Señor de señores, y Dueño de todos los tiempos, y ha hecho de la muerte de Cristo no sólo una propiciación para la remisión de los pecados y la reconciliación del mundo con Dios, sino también una renovación de la creación del hombre y un cambio radical en la misma naturaleza de la humanidad de una vida según la carne a una vida en el Espíritu, para preparar al corruptible para que sea hecho incorruptible y al mortal que sea hecho inmortal, como afirma Juan en el Apocalipsis: “El santo siga santificándose” (Ap 22,11).

De ahora en adelante nuestra vida en Cristo está escrita para nosotros en el cielo en la novedad del Espíritu, a fin de que podamos reinar con Cristo. Todos los actos cotidianos de la Iglesia son conocidos y leídos por todos los seres celestiales, ya que Cristo –que sentado a la derecha del Poder en los cielos- es también el Rey de los santos para la Iglesia celestial y es ahora la Cabeza y el Esposo de la Iglesia sobre la tierra, justamente como afirma Pablo: “Para que sea manifestado ahora en el cielo, por medio de la Iglesia, a los principados y a las potestades la multiforme sabiduría de Dios, según el designio eterno que se ha llevado a cabo en Cristo Jesús nuestro Señor” (Ef. 3, 10-11). Sea en el sacramento del bautismo – en el cual se cumple la muerte de Cristo y la resurrección con él para obtener el nuevo nacimiento que nos hace capaces de entrar en el reino de los cielos y de contemplarlo desde ahora- sea en el sacramento de la eucaristía – en el cual se hace manifiesto el cuerpo de Cristo- el Espíritu desciende y los creyentes participan de la ofrenda proclamando la muerte de Cristo y confesando su resurrección en la espera de participar en ella.

Cada vez que la Iglesia canta las palabras: Christos anesti (“Cristo resucitó”), el eco de la respuesta resuena en los cielos por la boca de los santos: Alithos anesti (“¡Verdaderamente resucitó!”)

Matta el Meskin
Comunione nell’ amore
Ed. Qiqajon. Comunita di Bose
Págs.209-219

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