Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

martes, 3 de abril de 2012

Getsemaní y el sufrimiento



Getsemaní es el lugar en el cual sucede el gran encuentro, en el cual la humanidad se encuentra con Dios.

No fue por casualidad que Jesús aquella noche encontró un jardín en el cual pudo probar la angustia y la turbación y en el cual su alma pudo ser afligida por aquel extraordinario dolor hasta la muerte. ¿No es quizás en el jardín del paraíso que Adán fue desnudado por el pecado para luego desaparecer de la presencia de Dios, y así la humanidad en Adán entró en un estado de separación de Dios y en la muerte?

Si es verdad que la humanidad había experimentado un encuentro pleno con Dios en el nacimiento de Jesús, esto se fundaba únicamente sobre la aceptación por parte de Jesús de un encuentro pleno con nosotros. También en Getsemaní nos hemos encontrado con él: y no hay encuentro más significativo que aquel que tiene lugar en el compartir el sufrimiento, además de aquel en el cual compartimos la misma muerte, alcanzando así la inmortalidad.

El sufrimiento, sea físico o espiritual, que nos oprime en esta vida, fue sondeado en profundidad por Jesús: “Mí alma está triste hasta la muerte” (Mt 26, 38). No hay dolor que pueda llevar al alma hasta el punto de morir sino el dolor de la infamia y del pecado.

En Getsemaní Jesús toma la decisión irrevocable de aceptar la infamia de la humanidad, acepta ir al encuentro de la prueba inminente como blasfemo y malhechor, acusado de los dos pecados que son la base de todo pecado.

¿Cómo Jesús puede aceptar la infamia del hombre?

La aceptación por parte de Cristo de la infamia del hombre es considerada un misterio. Para poderla discernir debemos liberarnos de todo sentimiento y de toda emoción, resultado que sólo pocos llegan a obtener. Así como el Señor ha asumido nuestra naturaleza y se ha unido sin disminución ni cambio de su divinidad, del mismo modo ha aceptado que en Getsemaní su cuerpo asumiese nuestra culpa sin estar el manchado. No cargó con nuestro pecado sólo en el pensamiento o en la imaginación, casi metafóricamente, sino que es una gran verdad cuando la Biblia afirma: “Él llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el leño de la cruz” (1 Pe 2, 24).

En este punto, ¿quién puede percibir el misterio de Cristo y el corazón de la redención? Toda aquello que podemos decir es que, como se ha realizado la encarnación y lo ha determinado con su voluntad, así gracias a la misma voluntad, ha cargado sobre su cuerpo nuestro pecado. Si su hambre, su sed y su falta de sueño, es la prueba para nosotros de su encarnación en una verdadera naturaleza humana, así también la angustia, la aflicción y la pena de su alma son la prueba de su libre y misteriosa aceptación de cuanto el género humano le habría descargado encima sobre la cruz.

Como en un tiempo el cordero sacrificial cargaba con el pecado de una persona y con este moría en lugar del pecador, sin que por esto el cordero fuese considerado culpable de pecado, así el Hijo de Dios, el “Cordero de Dios” (Juan 1, 29) que lleva y quita el pecado del mundo entero, se vuelve pecado por nosotros, permaneciendo sin embargo absolutamente sin pecado. “Aquel que no había conocido el pecado, Dios lo identificó con el pecado en nuestro favor, para que nosotros nos volviéramos por medio de él justicia de Dios” (2 Cor 5, 21). Él permanece exactamente como era, “santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y elevado sobre los cielos”. (Heb 7, 26).

Del mismo modo que Cristo, por nosotros, es vuelto pecado permaneciendo sin embargo absolutamente sin pecado, así también nosotros, en él, nos hemos quedado absolutamente sin pecado, aún siendo seres humanos pecadores. “Él tomó la que era nuestra suerte y nos pide que nosotros tomemos la suya: por esto alabémoslo, glorifiquémoslo y exaltémoslo” (liturgia copta: Theotokia del viernes).

Antes de Getsemaní el sufrimiento era un castigo.

El dolor y la tristeza que siguen a las catástrofes y a las injusticias, y la fatiga, la enfermedad, la humillación y el desaliento que les acompañan, constituyen una pregunta que no encuentra respuesta si no en las palabras “pecado” y “castigo”.

No podía haber una esperanza en el sufrimiento, porque no había remedio para el pecado. Y el dolor era amargo y atormentador, porque no había rescate para el castigo.

Además, la injusta distribución del sufrimiento provocaba angustia, ansiedad y desconcierto. Un niño inocente puede ser víctima del mal, del sufrimiento y de la tortura como el más malvado de los hombres. Pueden suceder que hombres buenos y humildes sufran más que otros que son depravados y obstinados: no hay medio para descubrir una ley o un principio que regule la distribución del sufrimiento. Esto es así porque el pecado reina sobre el hombre en lugar de Dios y el pecado no conoce ley. La ley del pecado es la injusticia, su regla es la iniquidad y su principio es la tiranía.

Si hemos elegido el pecado por nuestro deseo, ¿podemos acaso reprender a Dios por nosotros haber caído bajo la ley oprimente del pecado? A fin de que no podamos reprender al Creador por los sufrimientos que nos golpean como consecuencia del pecado cometido por nuestra voluntad caprichosa, Dios ha mandado a su Hijo en un cuerpo humano para sufrir los sufrimientos del hombre, si bien él no hubiese merecido sufrir. En Getsemaní, y también después, el Hijo de Dios sufrió y su alma estaba triste hasta la muerte, y su sudor caía como gotas de sangre, como si estuviese sangrando por una herida oculta.

Consideremos esto: si un hombre culpable de pecado sufre y es oprimido por el dolor, esto sucede por la ley del pecado. Y si un hombre bueno sufre más que uno malo, es porque la ley del pecado los tiene a ambos bajo el propio poder: en las reglas del pecado no existe una distribución equitativa. Y si un niño inocente sufre como un adulto, es porque es hijo del pecado, nacido por la injusticia y por la opresión.

Pero, ¿por qué Cristo debe soportar este sufrimiento aplastante? ¿Por qué su alma debe ser afligida hasta la muerte? El ha nacido del Espíritu santo y de una Virgen inmaculada, ha vivido sin pecado y ha proclamado: “Yo soy la verdad” (Juan 14,6). No nos queda más que deducir que Cristo ha aceptado deliberadamente la propia injusticia del sufrimiento y ha consentido en recibir la inicua sentencia “con fuertes gritos y lágrimas” (Hb 5, 7)

Puede pasar que nosotros seamos hombres que hemos sufrido injustamente y que hemos sido castigados más severamente de cuanto merecen nuestros pecados, pero ahora ¿qué podremos decir de Cristo? En su sufrimiento soportó toda injusticia y con aflicción mortal de su alma descontó la pena de todos los pecados. Como ha dicho el profeta Isaías:

“Pero él soportaba nuestros sufrimientos y cargaba con nuestras dolencias, y nosotros lo considerábamos golpeado, herido por Dios y humillado. Él fue traspasado por nuestras rebeldías y triturado por nuestras iniquidades. El castigo que nos da la paz recayó sobre él y por sus heridas fuimos sanados. Todos andábamos errantes como ovejas, siguiendo cada uno su propio camino, y el Señor hizo recaer sobre él las iniquidades de todos nosotros. Al ser maltratado, se humillaba  y ni siquiera abría su boca: como un cordero llevado al matadero, como una oveja muda ante el que la esquila, él no abrió su boca. Fue detenido y juzgado injustamente, y ¿quién se preocupó de su suerte? Porque fue arrancado de la tierra de los vivientes y golpeado por las rebeldías de mi pueblo. Se le dio sepulcro con los malhechores y una tumba con los impíos, aunque no había cometido violencia ni había engaño en su boca. El Señor quiso aplastarlo con el sufrimiento. Si ofrece su vida en sacrificio de reparación, verá su descendencia, prolongará sus días, y la voluntad del Señor se cumplirá por medio de él. A causa de tantas fatigas, él verá la luz y, al saberlo, quedará saciado. Mi Servidor justo justificará a muchos y cargará sobre sí las faltas de ellos. Por eso le daré una parte entre los grandes, y él repartirá el botín junto con los poderosos. Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los culpables, siendo así que llevaba el pecado de muchos e intercedía a favor de los culpables.”
Isaías 53, 4-12

Después del dolor viene el don.

De este modo, Dios eliminó la opresión del sufrimiento, su injusticia y su ley tiránica: no con una proclama o con una ley, ni siquiera con una visión o un ángel, sino haciéndose semejante al hombre, soportando la misma opresión, sometiéndose a la ley de la injusticia, sufriendo la humillación sin abrir la boca. Cristo, aceptando sufrir de este modo, da al dolor un enorme valor: después de haber acontecido un merecido castigo por el pecado, había terminado aquella sensación que torturaba el corazón y la conciencia del hombre convencido de estar bajo el manto del castigo por descontar y de la culpa por rescatar. Sensaciones como estas minaban su condición psicológica y lo cargaban de preocupaciones, de ansias y de enfermedades mortales. Pero ahora, si uno está en Cristo, puede vivir el sufrimiento al nivel del sufrimiento de Cristo, no como una consecuencia del pecado, sino como participación en el sufrimiento del amor, del sacrificio de sí y de la redención. El dolor, cualquiera sea la forma que asuma, en Cristo se vuelve un don: “¡Dad gracias al Señor por su amor…. en favor de los hombres! (Sal 107,8)

Es una participación del amor de Cristo

Cuando Cristo se somete al espantoso sufrimiento – sin merecer sufrir la más mínima pena- transformó el significado de la injusticia del sufrimiento. Antes, un hombre que sufría injustamente podía alzar los ojos al cielo para acusar a Dios o para invocar misericordia, pero no habría recibido ni contestación, ni respuesta, ni consolación: el pecado había truncado la relación entre el hombre y su Creador y había cruelmente encerrado en una única prisión al hombre sufriente y a su perseguidor, conduciéndolos a ambos hacia la destrucción y la muerte ¡Éste en efecto es el camino del pecado y su punto de llegada! Pero ahora en Cristo, el hombre que sufre está libre para siempre del pecado. Él no ve ninguna injusticia en su sufrimiento, por más grande que sea su dolor y su total inocencia. Él sabe y percibe que su sufrimiento no tiene nada que ver con el pago o con la expiación de un crimen, del momento que ni el dolor más atroz y ni todas las penas de la humanidad reunidas pueden expiar un solo pecado leve. El pecado es una ruptura con Dios y un alejarse de su presencia. Si el sufrimiento fuese un castigo y nada más, y nosotros, por su medio, descontásemos la culpa, entonces ¿quién habría conseguido la reconciliación?

Pero Cristo ha abolido el pecado, nos ha reconciliado y nos ha llevado a la vida. Él en efecto destrozó la terrible cadena que unía el sufrimiento al pecado: ya el sufrimiento no es más la participación en el pecado de Adán, sino la participación en el amor de Cristo.

Si nosotros estamos en Cristo, por más que suframos y por más grande que sea nuestro dolor, nuestro sufrimiento no se relaciona en nada con el hecho que merecemos o no tal dolor. El sufrimiento no es más una pena por algo, ni un medio para expiar alguna cosa y ni siquiera un castigo por alguna culpa. Había sido el pecado quien decretara que el sufrimiento debiese ser una forma de pena, de expiación o de castigo. Cristo ha eliminado el pecado después de haber descontado la pena, después de haber expiado y después de haber sufrido el castigo.

Por eso ahora es como si el hombre sufriese por nada, sin ninguna razón, ni ningún pretexto: ¡es justamente este el tipo de sufrimiento soportado por Cristo! Esta es la liturgia del sufrimiento del amor, del sacrificio de sí, de la redención. Esta es la participación de la divinidad: “Si verdaderamente participamos en sus sufrimientos para participar también en su gloria” (Rm 8, 17).

Es, finalmente,  participación en la gloria y en la alegría de la resurrección

Estamos ahora en condición de entender el significado de estas palabras: “porque a vosotros les ha sido concedida la gracia no solo de creer en Cristo, sino también de sufrir por él” (Fil 1, 29) ¿Somos capaces de percibir cómo el dolor, después de haber sido un castigo, en Cristo es convertido en un don? ¿Y que el don del sufrimiento, no causado por el pecado, es inevitablemente una participación en la gloria?

Si prestamos atención a la palabra del apóstol Santiago: “Considérense llenos de alegría, mis hermanos, cuando sufran toda clase de pruebas” (Sant 1, 2), descubrimos que cualquier sufrimiento de cualquier tipo está ineludiblemente ligado a Cristo, y que debemos acogerlo con alegría y gratitud, sabiendo que “como abundan los sufrimientos de Cristo en nosotros, así, por medio de Cristo, abunda también nuestra consolación”. (2 Cor 1, 5).

Así nosotros no sufrimos más por el pecado sino por Cristo. Todo dolor no vivido en Cristo es pecado y el salario del pecado es la muerte.

El sufrimiento de quien vive con Cristo no es considerado como el resultado del pecado. Es el sufrimiento de la justicia. Es alegría y paz: “Por esto estoy alegre por los sufrimientos que soporto” (Col 1, 24). Es participación en el supremo sacrificio del amor que Cristo ofrece a través de su sufrimiento y hace perfecto con su muerte: “Para que yo pueda conocerlo a él… y pueda participar de sus sufrimientos, hasta hacerme semejante a él en la muerte” (Fil 3, 10).

Si estamos en Cristo, cuanto más aumentan nuestros sufrimientos, tanto más aumenta nuestra participación en este sacrificio, tanto más es consolidado el vínculo que nos une a la resurrección y a la alegría que nos trae. El significado del sufrimiento injusto ha sido así completamente cambiado: antes era opresión violenta bajo la ley del pecado que ejercía su dominio sobre el mundo, ahora se ha convertido en la medida de un gran don y la marca que distingue a quién ha sido juzgado digno de la gloria y de la alegría de la resurrección. “Ya que la ley del Espíritu que da vida en Cristo Jesús me ha liberado del pecado y de la muerte” (Rm 8, 2). También el apóstol Pedro testimonia esto que ha experimentado: “Es una gracia para quien conoce a Dios sufrir aflicciones, sufriendo injustamente” (1 Pe 2, 19).

Sean dadas las gracias a Dios Padre y al Señor Jesús: “¡Dando gracias al Señor por su amor… a favor de los hombres!” (Sal 107,8)

¡Sean consolados, todos ustedes que sufren, porque su dolor no es más la consecuencia del pecado, sino la participación en el amor y en el sufrimiento del Getsemaní! Alégrense, todos ustedes que son afligidos, porque nuestra angustia no llega a la muerte: ¡en el dolor de Cristo es custodiada para la resurrección!
  

Matta el Meskin
Comunione nell’ amore
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose
Pág. 183-190

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