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jueves, 19 de abril de 2012

La oración de Jesús

Enzo Bianchi


La tradición ortodoxa rusa es la tradición cristiana que quizás más que todas las otras ha advertido la importancia de la oración interior e ininterrumpida, ha buscado vías e instrumentos para adquirir la oración incesante, la oración del corazón

Sí, en la tradición espiritual cristiana se ha siempre preguntado, con una búsqueda a menudo trabajosa, como poner en práctica la exhortación primero de Jesús y después de los Apóstoles sobre la oración incesante. Y los padres pneumatóforos han de hecho, desde los tiempos antiguos, privilegiado una fórmula que nosotros encontramos testimoniada en los Evangelios, un grito elevado a Jesús de parte de enfermos y pecadores. Es este grito que se ha convertido en la oración de Jesús: ¡todo aquí! Pocas palabras pero esenciales, una síntesis de las dos invocaciones, la del ciego de Jericó a Jesús que pasaba (“Jesús, hijo de David, ten piedad de mí”, Lc 18,38), y la del publicano en el templo (“Oh Dios, ten piedad de mí, pecador”, Lc 28,23).

Pero, ¿cómo se puede pasar de la repetición de la fórmula de oración, de la técnica, a su dimensión interior? Los grandes padres de la ortodoxia rusa se han interrogado por mucho tiempo, en el surco de una tradición milenaria, sobre los complejos mecanismos que de la dispersión de nuestra mente conducen a la unificación interior, hasta presentar todo el ser del orante a Dios, en un camino de purificación y de comunión.

Ciertamente, la oración litúrgica tiene, y debe tener, el primado, porque la liturgia es el culmen de toda la acción de la Iglesia, fuente de toda su fuerza. Pero la oración litúrgica encuentra su prolongación en el tiempo de la vida cotidiana, en lo íntimo del corazón del cristiano, e intenta volverse incesante: cuando comemos, cuando trabajamos, cuando descansamos… La oración de Jesús representa el intento de un diálogo continuo con Dios.

Es un camino abierto a todos, ya que Dios “da la oración a aquel que ora”, asegura Pedro Damasceno. Y el starec Makario de Optina comenta: “El Señor, viendo nuestro deseo y nuestro esfuerzo por orar, nos da su ayuda, según las palabras de los santos: a quién ora con simplicidad, Dios le otorga el don de la oración del corazón”.

Los autores espirituales rusos, siguiendo de cerca a los padres orientales, están atentos en distinguir entre “oración oral” (u oración hecha con los labios), “oración mental” y “oración del corazón” que, explica Teofano el Recluso, “ocurre cuando quien ora, después de haber recogido la mente en el corazón, se vuelve hacia Dios con la propia oración y con palabras silenciosas”. El “recogimiento de la mente en el corazón” es el momento crucial en el cual sucede la unificación bajo la acción del Espíritu Santo, unificación  de todo el ser humano en sí mismo y apertura a la comunión con Dios. Esto es el fuego secreto, la chispa que se enciende por la gracia, después de orar por mucho tiempo.


La oración de Jesús, como instrumento para alcanzar la auténtica oración, está centrada sobre dos elementos:


       1)    El nombre
       2)  Su repetición

El nombre de Dios, aquel nombre (ha-shem, como dice el Antiguo Testamento) inefable, revelado a Israel para que el pueblo elegido pudiese invocar, llamar, conocer a Dios como Señor que actúa en la historia, se ha convertido para los cristianos en el “bello nombre” –según la expresión del apóstol Santiago (Sant 2, 7) –invocado sobre ellos, el nombre que está más allá de todos los otros nombres- según el apóstol Pablo (cf. Fil 2,9)-, el único nombre en el cual está la salvación- según la predicación primitiva del apóstol Pedro (cf. Hechos 4,1s)-: el nombre de Jesús de Nazaret es el nombre dado por Dios mismo en el anuncio a María: “¡Jehoshua, JHWH salva!”

El segundo elemento de la oración de Jesús es la repetición hasta volverse una ininterrumpida invocación, como la respiración de todo viviente. “Que todo respiro de alabanzas al Señor” canta el último salmo del salterio (Sal 150,6), y el starec Antonio de Optina comenta: “La invocación orante del dulcísimo nombre de Jesús debe ser la respiración de nuestra alma, debe ser más frecuente que el latido de nuestro corazón”.

Los padres del monaquismo interpretan las exhortaciones a “orar en todo momento” (Lc 21, 36), a “orar siempre, sin parar” (Lc 18,1), a “orar incesantemente” (cf. 1Ts 5,17; Ef 6,18), como la adquisición de una actitud del corazón siempre dispuesta a escuchar al Señor y pronta a hablarle. Para esto el origen de la oración del corazón debemos encontrarlo en la exhortación del gran padre Basilio, el cual recomendaba la memoria de Dios: “Debemos permanecer siempre suspendidos en el recuerdo de Dios como los niños al de su madre” (Basilio, Regla común 2,2). Adquirir la memoria de Dios, el recuerdo constante de Dios, requiere mucha determinación: Dimitrio de Rostov escribía: “Muchos no saben nada del trabajo interior necesario a quien quiera poseer el recuerdo de Dios”. La oración de Jesús es un camino que está abierto para este recuerdo de Dios. Podemos encontrar analogía entre la oración de Jesús y la práctica de la oración de otras tradiciones espirituales. En occidente, cómo olvidar la práctica medieval de la dulce memoria de Jesús que ha marcado la vida de los santos testigos, desde Bernardo de Claraval hasta Francisco de Asís; ritmada en las letanías del nombre de Jesús; y convertida en el corazón de la misma oración del rosario: “Bendito el fruto de tu vientre, Jesús…”

Sin embargo, la técnica de oración, que tiene como finalidad la adquisición de una condición contemplativa, en la tradición cristiana debe siempre reconocer el primado de la acción del Espíritu Santo, “que ora en nosotros” (Rm 8,15; Gal 4,6). Los padres son muy duros en denunciar la ilusión de aquellos que exploran el camino de la oración interior sin el preciso contexto comunitario y litúrgico, sin una guía, sin un anciano al cual someterse en la libertad y por amor del Señor. En vez de estar en relación con Dios, la oración se puede convertir en una forma sutil de autocomplacimiento, una forma de narcisismo espiritual.  

El conocimiento de sí al cual conduce la oración de Jesús no revela en nosotros al superhombre, sino que revela nuestra condición de pecadores necesitados de la misericordia del Señor. Para el cristiano, la verdadera oración es un conocimiento de Cristo y de Cristo crucificado (cf. 1Cor 2,2). La tradición rusa, paradójicamente, ha individualizado en la humildad la llave que permite acceder al punto más elevado de la oración interior. Hay aquí una cierta cercanía con el camino que la regla de Benito entrevé como un descenso a través de los grados de la humildad, porque el último grado de humildad es justamente aquel que repite la oración de Jesús –publicanus ille- el cual repite: “¡Dios mío, ten piedad de mí, pecador!”

El starec Ambrosio no se cansa de repetir a sus hijos espirituales de no desanimarse en el camino de la oración, de no mosquearse por el fracaso, de no desesperar de los límites: “Toda perturbación, cualquiera que sea, es índice de un secreto orgullo”. He aquí por qué el Espíritu Santo que, según la definición de los padres, es la humildad de Dios, nos guía también sobre el verdadero camino de la oración, como enseñaba san Silvano del Monte Athos…

Y es así que el cristiano que se detiene sobre las palabras de la oración de Jesús, buscando concentrarse sobre su verdad profunda, “encerrando la mente”, descubrirá un instrumento poderoso para crecer en la fe, un instrumento en el combate espiritual y por consecuencia en la esperanza y en la caridad.

Señor… Nadie puede decir “Señor Jesús si no a través del Espíritu Santo” (1Cor 52,3). Invocar “Señor” significa reconocerle esta señoría sobre nosotros, significa reconocer su reino y que nosotros somos creaturas plasmadas por Dios a imagen de su Hijo: es esta imagen la que debe reinar sobre nosotros, sobre nuestros pensamientos, sobre nuestras acciones, sobre nuestros sentimientos, sobre nuestro inconsciente, llegando hasta nuestras profundidades no evangelizadas y a veces también infernales.

Jesús… El Señor que nosotros invocamos en la oración es Jesús de Nazaret, hombre nacido de mujer, hombre como nosotros en todo, provisto de nuestra carne, pero también Kyrios y Señor por ser el Hijo de Dios. ¡Jesús! Permítanme los occidentales recordar cuántas veces es posible escuchar el Jesús de dulce memoria, memoria dulcísima que ilumina los silencios de nuestro día monástico, los momentos de espera que parecen vacíos y que por el contrario, nos revelan a nosotros a nosotros mismos, si sabemos permanecer en escucha, uniendo el tiempo de la vida al latido de la oración mediante esta memoria… Nosotros, que somos todos ciegos de nacimiento, debemos gritar, como el ciego de Jericó, su nombre para ver, atraídos por su luz. ¿Cuántas veces nuestra oración en las horas nocturnas, en las horas silenciosas de desierto, es reducida solo a pronunciar este nombre? “Jesús, Jesús…” A veces no podemos decir nada más.

Cristo… ¡Sí, este Jesús es una presencia, la presencia del Mesías, de aquel que ha sido enviado por Dios en medio nuestro! ¡Es el fruto bendito de la tierra, la bendición prometida a Abraham, es el Mesías que todavía esperamos y lo esperamos en la gloria al final de los tiempos!

Hijo de Dios… Aquí, entonces, el nombre de Jesús, el Cristo, nos lleva a la adoración. El Hijo amado, Dios que se ha inclinado sobre nosotros, se ha mostrado en su carne, se ha explicado en un siervo que ha lavado nuestros pies, es Jesús: el exeghésato, quien nos ha relatado a Dios (cf. Juan 1,18).

¡Ten piedad de mí, pecador! Nilo Sorskij en su regla (Ustav) recomienda agregar siempre la palabra “pecador” a la fórmula de la oración hesicasta. Él había entendido por experiencia que la invocación de Jesús es una invocación de misericordia, y también una invocación de perdón que encuentra en nosotros una resistencia profunda: nosotros no queremos ser objeto de piedad, ¡y menos de la divina! Pero si por piedad entendemos misericordia, el amor siempre anticipado de Dios, entonces nosotros podemos no desconfiar y somos capaces de pedirla, de invocarla porque todos los hombres son mendigos del amor.

Hay en nosotros un deseo de amor que no se apaga nunca, y será apagado solo contemplando al Amante que es el Amado del Padre en un Soplo de amor que siempre se renueva.

Jesús, fue por toda su vida el amado del Padre, Jesús clavado al leño de la cruz ha sabido ver toda su vida como respuesta del amor del Padre. En el amor del Padre, convertido en su amor, todo el mundo ha sido inmerso en este amor misericordioso, por lo tanto, el Amor responde al amor, el Amor basta al amor- como San Bernardo ha revelado muchas veces el amor de Dios y como el padre André Louf relee a Bernardo y a este amor de Dios.

¡Señor, ten piedad de mí! Te necesito, soy un pecador, no tengo en mí la fuente del amor ni conozco el hambre de amor… Señor, ten piedad de nosotros, que nos perdemos en nosotros mismos, porque no sabemos mirar a los otros hombres con los ojos de tu amor, porque no somos capaces de perdonar a nuestros enemigos.

Es significativo que uno de los frutos más altos de la espiritualidad ortodoxa rusa es la experiencia de oración y de amor de Silvano del Monte Athos (1866-1938), que en los años de martirio de la Iglesia rusa escribía: “El enemigo persigue a nuestra santa Iglesia. ¿Cómo podré pues amarlo? A esto yo respondo: ¡tú pobre alma no ha conocido a Dios! Él ha dado a la tierra el Espíritu Santo, y el Espíritu Santo ha enseñado ante todo a amar a los enemigos y a orar por ellos… Por esto el Espíritu Santo es caridad”.

Que estas palabras de Silvano nos acompañen en este coloquio, mientras nosotros estamos llenos de gratitud al Señor que nos concede una vez más contemplar estas cosas preciosas para la vida cristiana.


 Enzo Bianchi
Priore di Bose
Publicado en esicasmo.it

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