Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

domingo, 27 de mayo de 2012

El sacerdocio conyugal


Paul Evdokimov


Los sacramentos no son solamente signos que confirman las promesas divinas, ni medios para vivificar la fe y la confianza. Como vehículos de la gracia, ellos son también los instrumentos de la salvación y la salvación misma, tal como la Iglesia lo es. La distinción entre la institución y el acontecimiento es artificial, pues lo que se llama institución es la anamnesis, pero, litúrgicamente, la anamnesis es siempre epifánica, y es el carácter pneumatóforo el que muestra, en la Iglesia-Institución, la Iglesia-acontecimiento perpetuado. Es por eso que inicialmente todo sacramento ha sido una parte orgánica de la liturgia. Su integración al misterio eucarístico testimoniaba la bajada del Espíritu y del don recibido. Así, en el sacramento del matrimonio, los novios ante todo acceden al sináxis eucarística en su nueva dignidad eclesial de esposo.

La materia de los sacramentos no es solamente un signo visible, sino un receptáculo de las energías divinas. En el sacramento del matrimonio, la materia es el amor del hombre y de la mujer. Según Justino, "el matrimonio se cumple por el puro amor" (Novelle 74, cap. 1), y para san Juan Crisóstomo, "es el amor quien une a los amantes y los une a Dios" (Hom. sobre Ef 5,22-24, PG 62,141). La "gracia edénica", de la que habla Clemente de Alejandría, la gracia del sacramento, transmuta el amor en comunión carismática y lo eleva a la dignidad eclesial del Sacerdocio conyugal.

Todo fiel participa del único sacerdocio de Cristo, no por las funciones sagradas (carismas de los sacerdotes y de los obispos), sino por su ser santificado. Es en vistas a su dignidad ontológicamente  sacerdotal que todo bautizado es sellado por dones, ungido del Espíritu en su misma esencia. La sustancia sacerdotal de todo creyente significa ofrecer al Señor en sacrificio la totalidad de su vida y de su ser: hacer de su vida una liturgia. Un laico es sacerdote de su existencia.

Un texto litúrgico del Viernes Santo describe el descenso a los infiernos y muestra a Cristo "surgiendo del infierno como de un palacio nupcial". Esta imagen es como un llamado dirigido a los esposos con el fin de crear una "relación nupcial" con el mundo justamente bajo un aspecto infernal de un lugar de donde Dios es excluido. Más que nunca el hogar cristiano, la pequeña iglesia, es un vínculo viviente entre el templo de Dios y la civilización sin Dios.

La existencia de los seres vivientes, como los que están abandonados por Dios, apela a los carismas de compasión y de socorro. Una nueva espiritualidad recuerda poderosamente al amor humano su vocación del sacerdocio conyugal. El Espíritu hace germinar los carismas de la caridad sacerdotal de los esposos y la ternura maternal de las mujeres y los abre sobre el mundo, con el fin de librar a todo prójimo y de restituírselo a Dios.

El matrimonio-procreación antiguo fue funcional, esclavizado a los ciclos de las generaciones y tendido hacia el acontecimiento del Mesías. El matrimonio cristiano es ontológico, es el nacimiento de la "nueva criatura", con el fin de guardar el corazón de la "mala influencia" (Gregorio de Nisa, De octava, PG 44,609A) del tiempo caído y de saturarlo de eternidad; escatológico con el monaquismo, él es "el misterio del octavo día".

La renuncia que se juega en estos dos estados vale lo que vale el contenido positivo que el hombre pone en eso: la intensidad de la sed de Dios, de su amor. La ascesis monástica se encuentra con la ascesis conyugal: "el que obtuvo el Espíritu y se encuentra purificado respira la vida divina" (Gregorio de Nisa, De la vida contemplativa).

En el matrimonio, la naturaleza del hombre es sacramentalmente cambiada, como lo es, de una manera distinta, la del monje. Un gran parentesco interior los une. Las promesas intercambiadas por los novios los introducen en cierto modo en un "monaquismo interiorizado", porque hay allí también una muerte al pasado y un nacimiento a la nueva vida. Por otra parte, el rito de entrada al estado religioso se sirve del simbolismo conyugal (desposado, esposo) y el antiguo rito del matrimonio contenía la tonsura monástica que le significaba el abandono común de las dos voluntades al Señor. Así, el matrimonio incluye interiormente el estado monástico, y es por eso que, según el padre Sergio Bulgakov, este estado no es un sacramento. Ellos convergen como dos aspectos de la misma realidad virginal del espíritu humano. La antigua tradición en Rusia concebía el tiempo de esponsales como un noviciado monástico y los recién casados, después del oficio del matrimonio, directamente se iban a un convento con el fin de prepararse para entrar en su sacerdocio conyugal. El clima monástico, tan próximo al matrimonio en su espiritualidad, no hacía sino más límpida la alegría de las bodas y la inauguración de la iglesia doméstica.

No es un camino como tal la que puede determinar su elección sino el sentimiento del llamado, del don y de la vocación personal: "busquemos al Espíritu Santo y qué cada uno mismo encuentra lo que debe hacer". "Qué cada uno marche según la parte que el Señor le hizo, según el llamamiento que recibió de Dios", porque "cada uno tiene de Dios un don particular, con una manera, el otro del otro" (1 Co 7,7).

Hay que elevarse hasta las esferas de lo absoluto, una altura es verdaderamente alcanzada sólo por otra altura, y la cumbre crece a medida que se eleva sobre una cumbre vecina. La santidad monástica y la santidad conyugal son ambas laderas del Tabor; del uno y del otro, el término es el Espíritu Santo. Los que llegan a la cumbre por el uno o la otra de estas vías entran "en el descanso de Dios, en la alegría del Señor", y allí, ambas vías, contradictorias por la razón humana, se encuentran interiormente unidas, misteriosamente idénticas.


Extraído de los ensayos de Paul Evdokimov,
" Le sacerdoce conjugal " dans Le mariage,
" Églises en dialogue ", Mame, 1966.

Publicado en http://www.pagesorthodoxes.net

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