Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

domingo, 20 de mayo de 2012

El “starec” Ambrosio


Vladimir Lossky
(4º y última Parte)



Después de la muerte del starec Macario, le sucedieron dos monjes en el starcestvo en Optina: el padre Hilarión, superior del skit y el padre Ambrosio, que asistía a Macario en sus trabajos de edición de los textos patrísticos. Hilarión murió en 1873 y Ambrosio, discípulo de los starcy León y Macario, quedó como el único continuador de la tradición de ellos. De naturaleza extremadamente rica, el starec Ambrosio reunía en su persona las cualidades de sus predecesores. Se puede decir que en él el starcestvo de Optina encontró su apogeo.

Alejandro Grenkov nació el 22 de noviembre de 1812 en una familia perteneciente al clero. El padre era lector en una parroquia rural de la provincia de Tambov. El nacimiento del futuro starec sucedió el día de una fiesta parroquial. Una multitud de campesinos, venidos de las localidades cercanas, abarrotaban el pueblo. “He nacido en la multitud y viviré siempre en medio de la multitud, decía el starec [1].

El joven Alejandro, muy dotado para los estudios, desbordaba vivacidad. Se lo veía correr por los caminos junto a sus amigos y, si bien no estudiaba nunca las lecciones, fue siempre el primero en la escuela. Después de la escuela entró en el seminario Tambov y, cuando terminó los estudios, no buscó emprender una carrera eclesiástica. El futuro starec pasó un período de preceptor en una familia de propietarios y, luego, ocupó el modesto puesto de maestro de escuela en su pueblo natal.

Alegre y espiritual al mismo tiempo. Alejandro era amado por todos. Sin embargo, en un cierto momento, se comenzó a percibir que él buscaba más la soledad, refugiándose en el jardín o subiendo sobre el granero para orar. Cuando estuvo en el Seminario, estando gravemente enfermo, Alejandro había hecho la promesa de tomar el hábito. Pero, después de la curación, postergaba el cumplimiento de la promesa y continuaba permaneciendo en el mundo. Un día, mientras paseaba por el campo, entendió claramente en el rumor de un arrollo las palabras: “Alabad a Dios, amad a Dios”. El joven maestro fue a visitar a un starec, al recluso Hilarión, que era conocido en toda la región de Tambov por la sabiduría de sus consejos inspirados. El starec le dijo: “Ve a Optina, allí encontrarás la experiencia” [2]. En 1839, durante las vacaciones de verano, Alejandro visitó el monasterio de Optina pero no permaneció allí. Todavía tenía dudas. En el otoño de ese mismo año, después de una noche durante la cual estuvo parece particularmente alegre, dijo bruscamente a su amigo: “No puedo permanecer aquí más. Me voy a Optina”. Algunos días después, dejó el pueblo para ir a Optina, donde fue recibido por el starec León.

El novicio, después de haber cumplido por un breve tiempo las “obediencias” en la cocina, fue designado por el starec León a su servicio como lector: él debía recitar cada día, en la celda del starec, las oraciones prescriptas por la regla monástica. No se conoce el motivo por el cual el starec León, bromeando, llamase a su nuevo discípulo “quimera”. Antes de morir “lo paso de sus manos a las manos” del starec Macario. Alejandro Grenkov recibió el nombre de Ambrosio al momento de recibir el hábito. Pronto fue ordenado diácono. Una vez, encontrándose cerca del altar, el starec Antonio, prior del skit, preguntó al joven diácono: “Entonces, ¿Te estás acostumbrando?”. Ambrosio le respondió: “Gracias a vuestras oraciones, padre”. Pero el padre Antonio completó la frase: “…al temor de Dios”. Confundido, el monje entendió la lección.

Ordenado sacerdote, el Padre Ambrosio no permaneció mucho tiempo como encargado del altar. Habiendo tomado frío, se enfermó gravemente, por lo cual permaneció acostado sobre su cama por varios meses. Su salud permaneció debilitada para siempre: en efecto él permaneció enfermo hasta el fin de su vida. Como había sucedido al padre Macario, también él debió renunciar a celebrar la misa a causa de su extrema debilidad. La enfermedad modeló la naturaleza demasiado exuberante del padre Ambrosio, obligándole a entrar en sí mismo y a consagrarse al trabajo incesante de la oración interior. Después de un cierto tiempo, dijo: “La enfermedad es muy útil para un monje. Si está enfermo, él no tiene necesidad de curarse más que de tanto en tanto, justo lo necesario para sobrevivir”.

Puesto que conocía el griego y el latín, el padre Ambrosio asistía al padre Macario en los trabajos de edición de los textos patrísticos y publicó varias obras de espiritualidad, entre las cuales está la Escala de Juan Clímaco. Pero los trabajos intelectuales no llegaban a satisfacer el temperamento demasiado activo del padre Ambrosio, quien buscaba una comunión directa con los seres humanos. Su espíritu vivo y penetrante, enriquecido del conocimiento de la literatura ascética, se interesaba por todo lo que respecta a los hombres: tanto por la vida secreta del alma como por sus actividades y preocupaciones externas. Bajo la acción de la oración constante, la perspicacia natural se transformaba en clarividencia, este extraordinario don de la gracia que hizo de él una de las figuras más sorprendentes del starcestvo ruso.

Rápidamente no hubieron más secretos para el starec Ambrosio: “él leía en el alma como en un libro”. Un visitante podía permanecer en silencio, ponerse aparte, a las espaldas de los otros, sin embargo, el starec conocía su vida, el estado de su alma, el motivo que lo había conducido a Optina. No queriendo hacer manifiesto el don de clarividencia, el starec hacía habitualmente algunas preguntas a las personas que lo querían ver, si bien, sólo su modo de interrogar dejaba ver que él ya estaba al corriente de todo.

A veces, el starec Ambrosio era impulsado, por su vivacidad, a revelar, sin preocupaciones, lo que ya conocía. Así, un día, respondió enérgicamente a un joven artesano que se lamentaba de tener mal el brazo: “Sí, tienes mal el brazo… ¿por qué has golpeado a tu madre?” Luego se repuso, todo confuso, y se puso a hacer preguntas: “¿Tu conducta ha sido siempre buena? ¿Eres un buen hijo? ¿No has ofendido nunca a tus padres?” [3]

Bastante a menudo el starec se servía de discretas alusiones, casi siempre de forma humorística, para hacer entender a la gente que sus defectos escondidos le eran conocidos. La persona interesada era así la única en entender la alusión. Una señora, que escondía con cuidado su pasión por el juego, pidió una vez al starec Ambrosio su “carta” (fotografía). El starec sonríe y, con un tono de reprimenda, le dijo: “¿Qué me estás diciendo? ¿Jugamos pues a las cartas en el monasterio?”. Habiendo entendido la alusión, la mujer confesó su debilidad.

Una muchacha, estudiante de Moscú, que no había visto nunca al starec, manifestaba una gran animosidad con respecto a él y lo trataba de “viejo hipócrita”. Impulsada por la curiosidad, fue un día a Optina y se puso cerca de la puerta, detrás de los otros visitantes que lo esperaban. El starec entró al locutorio, hizo una breve oración, miró a los presentes y, acercándose a la muchacha, le dijo: “¡Ah, pero si se trata de Vera, ha venido a ver al viejo hipócrita!” Después de una larga conversación cara a cara con Ambrosio, la muchacha cambió de opinión y, más tarde, se convirtió en religiosa del monasterio de Samordino, fundado por el starec.

Con los indiferentes el padre Ambrosio no perdía el tiempo: los despedía después de una breve conversación, siempre de modo muy cortés. Al dejarlo, estos visitantes, que venían únicamente por curiosidad, habitualmente decían: “Es un monje muy inteligente”.

Inteligente, el starec Ambrosio, lo era y de verdad. Esta facultad, natural en él, no tenía ya más límites en su ejercicio, gracias al “don del discernimiento” que había adquirido. En efecto, sabía valorar cada fenómeno según su justo valor. Como “hombre espiritual”, era capaz de “juzgar cada cosa”, para usar las palabas de Pablo (1 Cor 2,15). Esta cualidad proveía a Ambrosio de una amplia mirada iluminada. No existían ámbitos cerrados para su comprensión frente a los cuales él tuviese que dar marcha atrás por falta de conocimiento particular. Así, por ejemplo, un campesino que tenía algunos huertos que no daban fruto, recibe del starec indicaciones precisas para la creación de un sistema de irrigación perfecto. Siendo él mismo activo e ingenioso, Ambrosio amaba a la gente decidida y corajuda. Bendecía siempre las empresas difíciles y arriesgadas, con la condición de que fuesen honestas. En cuestiones de dinero y en asuntos judiciales, incluso en las más complejas, tenía siempre un consejo preciso para dar. No habían para él cosas tan pequeñas que no suscitase su interés. Cualquier cosa que preocupara a sus interlocutores se convertía para él en el único objeto de su atención. Una campesina vino un día a contarle su desventura: los pavos de su patrona morían uno tras otro, y la propietaria quería echarla. El starec interrogó con paciencia a la pobre señora sobre el modo en el que alimentaba a los pavos, luego le dio algunos consejos prácticos. Los testigos de aquella escena reían y otros se indignaban contra la anciana que había osado importunar al starec con motivo de sus pavos. Después de despedir a la campesina, Ambrosio dijo a los presentes: “Qué queréis, los pavos son toda su vida” [4].

Frente a las dificultades materiales de la gente sencilla que venía a buscarlo, el starec Ambrosio no dijo nunca: “Esto no me corresponde, yo me ocupo sólo de las cosas del alma.” Era bien consciente,  en efecto, que era necesario alimentar a los que morían de hambre antes de hablarles las obras de justicia. Su corazón estaba siempre atento. Él tenía la capacidad de amar sin límites, a cada persona que se encontrase en su presencia, olvidándose totalmente de sí mismo. Este olvido constante de sí mismo ante el prójimo constituía el camino elegido del starec Ambrosio, que solía decir: “Durante toda mi vida no he hecho más que cubrir los techos de los otros y el mío ha permanecido lleno de agujeros.” Pero sólo dejando de existir para sí mismo y dándose a toda persona pudo alcanzar la más alta perfección. Es este el fundamento de la palabra evangélica que, si se vive hasta el fondo, hace a los verdaderos cristianos semejantes a Dios, ya que Dios es la fuente viva y personal de todo amor.

Ningún defecto humano, ningún pecado, era un obstáculo para el amor del starec Ambrosio: antes de juzgar el sabía compadecerse y amar. Por este motivo, los pecadores iban a él sin temor, con confianza y esperanza. Una muchacha, que estaba embarazada, fue maldecida y echada de su casa por su padre, un comerciante rico. Ella entonces fue a buscar refugio y consuelo junto al starec Ambrosio. Él la recibió con dulzura y le encontró un alojamiento junto a unos amigos, en un pueblo cercano, donde ella podía traer al mundo a su bebé. El starec mandaba regularmente dinero a la joven madre que venía de tanto en tanto a hacerle una visita con su hijo. Por el consejo del starec, la joven mujer, que sabía pintar, se puso a ganarse el pan pintando íconos. Algunos años más tarde, el comerciante se reconcilió con la hija y se encariño con su nieto.

Ambrosio buscaba aliviar las penas de los seres humanos antes de guiarlos sobre el camino de la justicia. Hacia el final de la vida, se le escuchaba a menudo decir en voz baja, sacudiendo la cabeza: “Fui severo al inicio de mi starcestvo y ahora me he vuelto débil: ¡la gente tiene tantos sufrimientos, tantos sufrimientos!” [5] Cuando recibía visitantes nuevos, el starec se acercaba siempre a los más postrados, elegía a los que tenían más necesidad de consolación y encontraba las palabras necesarias para devolverle el coraje, la esperanza y la alegría de vivir. Sin bien, siendo bueno con todos del mismo modo, manifestaba una preferencia en su amor hacia las personas desagradables, difíciles de soportar, hacia los pecadores endurecidos, despreciados por la sociedad. Nunca perdió la esperanza frente al abismo de los pecados humanos, nunca dijo: “No puedo hacer nada”.

El secreto de la clarividencia del padre Ambrosio residía en su caridad. No sólo amaba a todos lo que venían a él sino que tenía la capacidad de identificarse con ellos, de amar también a sus parientes, a los objetos a los cuales ellos estaban encariñados, todo aquello que constituía su vida. El espíritu del padre Ambrosio abrazaba toda la vida interior y exterior de la persona con las cuales trataba, es por este motivo que podía guiar con seguridad la voluntad del hombre uniéndola con la de Dios. Conocía bien los destinos humanos. Se podía decir que participaba  de las deliberaciones divinas en relación a cada persona.  Los ejemplos de este conocimiento de los designios providenciales son muy numerosos en la actividad del starec Ambrosio. He aquí algunos particularmente significativos.

Una pobre muchacha fue pedida en matrimonio por un rico comerciante atraído por su belleza. El starec aconsejó a la madre que rechazara el pedido del comerciante y dijo que tenía en vista para la joven un partido infinitamente mejor. La madre protestó: “No hay pretendiente mejor para nosotros. ¡Mi hija no puede en absoluto casarse con un príncipe!”. “El novio que tengo para tu hija es tan grande que tú no podrías nunca imaginarlo –insistía el starec-; di que no al comerciante”. La madre obedeció al starec y disuado al novio de su hija. Algunos días más tarde, la joven se enfermó imprevistamente y murió [6].

En una oportunidad fueron dos hermanas a Optina. La mayor de carácter cerrado, pensativa, muy pía. La otra, exuberante de alegría, no pensaba en otra cosa más que en su novio. La primera tenía intención de entrar a un monasterio, la segunda deseaba que el starec le bendijese su futura felicidad conyugal. Se acercó a la primera de las hermanas y le dijo: “¿por qué hablas de monasterio? Pronto te casarás”. Y dijo el nombre de una ciudad lejana en la cual ella encontraría a su futuro marido. [Una vez pasado esto, la hermana que estaba de novia] entrando en San Petersburgo, se enteró de que aquel que amaba la había traicionado. En su dolor, se volvió entonces enteramente hacia Dios. Su carácter sufrió un cambio profundo: renunció a la vida secular y entró en un monasterio. Al mismo tiempo, la hermana mayor fue invitada por una tía de provincia, cuya propiedad se encontraba en las proximidades de un monasterio femenino. Ella fue pensando encontrar la ocasión para poder conocer más de cerca la vida monástica. Pero un encuentro que  tuvo en la casa de la tía cambió todas las cosas: la joven postulante se convirtió pronto en una esposa feliz. [7]

Aquellos que conocían bien al starec Ambrosio sabían por experiencia personal que necesitaba obedecer en todo a lo que él les decía, sin jamás contradecirlo. Él mismo solía decir a menudo: “No discutas jamás conmigo. Yo soy débil, podría ceder, y esto sería siempre nocivo para vos”. Se cuenta la visita de un artesano que, después de haber fabricado un nuevo iconostasio para la iglesia de Optina, fue a ver al starec Ambrosio para recibir su bendición antes de regresar a su casa, a Kaluga, a 60 kilómetros del monasterio. Los caballos habían sido ya preparados, el artesano tenía apuro por llegar a su taller, sabiendo que un encargo remunerativo lo esperaba. Pero el starec, después de haberlo entretenido por mucho tiempo, lo invitó a volver al día siguiente, después de la misa, a tomar té en su celda. El artesano, halagado por la atención del santo hombre, no osó rechazar la invitación: esperaba poder encontrar a su cliente de Kaluga por lo menos al caer la tarde. Pero el starec no quiso dejarlo partir. El artesano debió volver una vez más a tomar el té en su celda, antes de las vísperas. Por la tarde, el padre Ambrosio renovó la invitación para el día siguiente. El artesano, estando muy disgustado, no osó protestar y obedeció de nuevo. Esta maniobra se renovó por tres días. Al final el starec despidió al artesano, diciéndole: “Gracias, amigo mío, por haberme obedecido. Dios te protegerá. Ve en paz”. Un tiempo después, el artesano se enteró de que dos de sus ex aprendices, sabiendo que él debía de volver de Optina con una considerable suma de dinero, le habían esperado tres días y tres noches en el bosque, cerca del gran camino a Kaluga, con la intención de matarlo.

Los consejos del starec Ambrosio, cuando eran seguidos por sus hijos espirituales, conducían a las personas sobre el camino en el cual ellas encontraban la posibilidad de florecer plenamente y de dar los frutos de la gracia. Un joven sacerdote, fue nombrado según su deseo, párroco en la parroquia más pobre de la diócesis de Orel y, después de un período de dificultades, se le fue el coraje y deseó ser transferido a otro lugar. Antes de hacer el pedido, el joven sacerdote fue a consultar al starec Ambrosio. Viéndolo desde lejos, el starec le gritó: “¡Ve, vuelve a tu casa, padre! Él está sólo, mientras vosotros sois dos.” Luego, para explicar el sentido de sus palabras agregó: “El demonio está sólo para tentar, mientras tú tienes a Dios que te ayuda. Vuelve a tu casa. Es un pecado dejar la parroquia. Celebra la liturgia cada día y no tengas ningún temor: todo saldrá bien.” El sacerdote, sintiéndose animado, retomó con paciencia su trabajo pastoral. Después de muchos años se revelaron en él dones extraordinarios: el Padre Georgij Kossov se convirtió en un starec de gran fama.

El conocimiento de los designios de la providencia  el poder sobre los destinos humanos se manifestaron de manera sorprendente en el starec Ambrosio cuando emprendió la fundación de un monasterio de mujeres en Samordino. Sobre el consejo del starec, una de sus hijas espirituales, la rica propietaria Kljucareva, compró la finca de Samordino, a 12 kilómetros de Optina. En la intención de la mujer, que había tomado recientemente el velo,  estaba que esa propiedad asegurara el futuro de sus dos sobrinas, dos huérfanas gemelas. El starec Ambrosio iba a menudo a Sarmodino para controlar la construcción de la nueva casa de las gemelas  Kljucarev. Edificadas según las indicaciones del starec, esta nueva casa señorial tenía sin embargo la disposición de un monasterio. Las dos hijas se establecieron con algunas mujeres, ancianas del servicio doméstico de los kljucarev. Su abuela, que habitaba en Optina en un edificio contiguo al monasterio se ocupaba de la instrucción de las dos huérfanas. Para poder darles una buena educación mundana, quería llevar a Samordino a una institutriz francesa. Pero el starec se opuso. No queriendo sin embargo, entristecer a la mujer, se cuidó de revelar el verdadero motivo de su rechazo. Pero si habló abiertamente con una amiga de la familia Kljucarev. “Las pequeñas no vivirán – le dijo el starec-. No es para la vida de este mundo que necesita prepararles sino para la vida eterna. A ellas le sucederán en Samordino algunas religiosas, las cuales orarán por el reposo de sus almas.” [8]

La abuela murió en 1881 y, dos años después, sus sobrinas, hijas y discípulas del starec, murieron juntas de difteria a la edad de doce años. Al año siguiente, en 1884, se incendió en Samordino una comunidad de religiosas. Atraídas por la fama del starec Ambrosio, director espiritual de las monjas de Samordino, mujeres provenientes de todas las clases de la sociedad pidieron entrar en el nuevo monasterio. Pronto el número de religiosas subió a quinientos. Se debieron construir con urgencia nuevos cuerpos en el edificio para alojar las monjas que afluían continuamente, para condicionar un hospicio destinados a mujeres ancianas, un orfanato y una escuela. El starec creo en Samordino una gran familia unida por la oración y el trabajo. Él iba a menudo a pasar unos días entre sus hijas espirituales. Pero las estadías prolongadas del starec Ambrosio en Samordino suscitaron el descontento de las autoridades eclesiásticas: se le señaló que el starec no debía privar de su ayuda a los visitantes que venían en número siempre más numeroso a Optina. Es un hecho muy significativo, que muestra hasta qué punto cambió la actitud del episcopado en relación al starcestvo durante el tiempo del starec León.

La correspondencia del starec Ambrosio fu inmensa: en efecto cada día recibía entre treinta y cuarenta cartas, que eran puesta sobre la tierra ante él y él, con el bastón, indicaba algunas a las cuales necesitaba responder inmediatamente. A menudo conocía el contenido de la carta antes de abrirla. Las personas más diversas se dirigían al starec. Una joven artista francesa, católica romana, le escribió desde San Petersburgo, buscando un consuelo espiritual a su dolor: hacía poco tiempo, en efecto, había perdido al hombre que amaba. Para cada uno el padre Ambrosio encontraba las palabras necesarias, aquellas que iban derecho al corazón y que despertaban en la persona la vida espiritual. Si se toma en consideración el trabajo cotidiano de este viejo monje enfermo, el número de cartas a las cuales respondía, la cantidad de visitantes que recibía, encontrando cada vez la respuesta justa, una solución simple en las situaciones más complicadas, nos hace dar cuenta que un esfuerzo puramente humano no podía bastar para desarrollar tales tareas. La obra de un starec es inconcebible sin el concurso incesante de la gracia divina.

Los no creyentes, los “buscadores de Dios”, tan numerosos en la inteligencia rusa hacia fines del corriente siglo, al acercarse al starec Ambrosio veían su fe, ya apagada, encenderse por su sola presencia. Un hombre que había pasado años enteros buscando la “verdadera religión” y no la había encontrado en Tolstoi, fue finalmente a Optina, “únicamente para ver”. “Pues bien, mirad”, le dijo el starec, parándose ante él y fijando sus ojos llenos de luz. El hombre se sintió como calentado por aquella mirada. Quedándose varios meses en Optina, un día dijo al starec: “He encontrado la fe”. [9]

Todos los caminos espirituales de Rusia sobre el final del siglo XIX pasaban por Optina. También Vladimir Solov’ev y Dostoevskij fueron allí. El encuentro con el starec no dejó ningún rasgo en la obra de Solov’ev. Este metafísico, cuyo pensamiento buscaba una síntesis cristiana pero moviéndose en la búsqueda del idealismo neoplatónico y alemán, este gran visionario que vivía en una tradición mística extraña a la del cristianismo, este utópico enamorado de la idea teocrática, era insensible a la tradición viviente de la ortodoxia y a la realidad histórica de la iglesia rusa de su época. Él pasó cerca del starcestvo sin notarlo. Si bien, en su Relato sobre el Anticristo, aferrado por aquella angustia apocalíptica que marcó el fin de su vida, Solov’ev representará al apóstol Juan, “testigo” de la Iglesia de oriente, en el acto de volver al final de los tiempos, bajo los rasgos de un starec ruso.

La misma imagen del “monacato ruso” se presentó en la mente de Dostoevskij cuando quería encarnar en su obra el ideal de la santidad. Al crear el personaje del starec Zósima  en Los hermanos Karamazov no podía, en efecto, no pensar en su encuentro con el starec Ambrosio. Todo el marco externo, la descripción del monasterio con sus mínimos detalles, la espera de los visitantes, la escena del recibimiento por parte del starec, hacen pensar en Optina. Y el starec Zósima no tiene casi nada en común con el padre Ambrosio: es una figura bastante aburrida, muy idealizada para ser un retrato pintado del vivo. Zósima reproduce sin embargo algunos rasgos de san Tikon. En efecto, Dostoevskij si se sirvió de los escritos del obispo de Voronez al escribir “las enseñanzas” del starec Zósima.

Constantino Leont’ev, gran antagonista de Dostoevskij, afirmaba que Los hermanos Karamazov no han encontrado crédito en Optina. Aquel “cristianismo de color rosa”, según Leontev, tendría la impronta de una sensibilidad morbosa, extraña al espíritu monástico ruso. Esta observación es en cierta medida justa: el genio turbio, “dionisiaco” de Dostoevskij no habría hecho apreciar la sobriedad espiritual tan característica del starcestvo en general y sobretodo de Optina en la época del starec Ambrosio. Pero, por otra parte, nos podemos también preguntar si el mismo Leont’ev llegó a comprender la tradición joánica de la espiritualidad rusa encarnada por san Serafín de Sarov y por el starec Ambrosio. En efecto, Leont’ev buscaba otra cosa en la ortodoxia: enamorado de la belleza pagana del ser creado, esteta temeroso de que el progreso del cristianismo condujese al empobrecimiento de las formas naturales de la vida, Leont’ev no podía desear la transfiguración de la creatura. En la Iglesia él buscaba únicamente su salvación personal, un ideal ascético, algunas palabras severas sobre la muerte y sobre la vanidad de todas las cosas, el temor de Dios en oposición a su apego apasionado al cosmos no purificado, para oponerla a su admiración ante la ·”belleza deficiente y atractiva del mal”.

Nada es más extraño al espíritu de Optina que el cristianismo de Leont’ev. Sin embargo, después de haberse encontrado una vez con el starec Ambrosio, aquel hombre extravagante y apasionado no quiso jamás dejarlo y terminó viviendo quince años en una casita que se hizo construir dentro de los muros del monasterio. Por consejo del Padre Ambrosio, Constantino Leont’ev se hizo monje en el monasterio de la Trinidad de San Sergio en 1890.

También los maestros del pensamiento ruso han sentido profundamente la fascinación irresistible de Optina. Lev Tolstoi tuvo algunos coloquios con el starec Ambrosio. Excomulgado, inmerso en la soledad, enfermo, es aún a Optina donde querrá ir, en un impulso de angustia, algún día antes de morir para dar vueltas en torno al skit sin osar entrar allí… Strachov, Rozanov, y cuantos otros también, en cierto momento de su vida, se sintieron atraídos hacia Optina, llevada al apogeo de su gloria por el starec Ambrosio.

El padre Ambrosio era de media estatura y muy encorvado. Caminaba con mucha fatiga, apoyándose en su bastón. Enfermo, estaba acostado la mayor parte del tiempo y  recibía a los visitantes estando medio acostado sobre el lecho. Bello en su juventud, el starec tenía un rostro pensativo cuando permanecía solo y cuando estaba con los demás era alegre y vivaz. Su rostro cambiaba continuamente de expresión: a veces el padre Ambrosio miraba a su interlocutor con expresión de ternura, otras veces tenía una sonrisa juvenil y comunicativa, otras veces también doblaba la cabeza y escuchaba en silencio lo que le decían, para permanecer luego algunos minutos en meditación profunda antes de tomar la palabra. Los ojos negros del starec se fijaban sobre aquel al cual le hablaba y se percibía que aquella mirada penetraba hasta el fondo del ser humano y que nada podía permanecerle oculto. Si bien, cuando pasaba esto se sentía una sensación de bienestar, de relajación interior y de alegría.

Siempre afable y alegre, lleno de humor, el starec Ambrosio tenía un espíritu bromista incluso en las horas de extremo cansancio, hacia el final del día, incluso después de haber hablado doce horas seguidas con los visitantes que pasaban uno tras otro por su celda. Cada mañana se preparaba  para su tarea cotidiana orando en la celda solo. Eran los únicos momentos en los cuales el padre Ambrosio no dejaba entrar a nadie, no queriendo que se lo viese mientras oraba. Las personas que probaron entrar a verlo, no obstante su expresa prohibición, han visto al starec sentado sobre el lecho, inmerso en oración.  Su rostro expresaba una alegría indecible. La presencia de Dios se manifestaba de tal manera que los visitantes no osaban permanecer un instante más en  su presencia. Un día, un hieromonje del skit, entrando en la celda del padre Ambrosio a la hora de oración, vio el rostro del starec resplandecer de una luz insostenible para la mirada humana.

Para evitar toda manifestación demasiado asombrosa de santidad, el starec Ambrosio no realizaba nunca curaciones: mandaba a los enfermos a un pozo bendito donde ellos recuperaban la salud después de una inmersión. Pero los signos milagrosos se multiplicaban. Un día, mientras la multitud se agolpaba en el patio del monasterio para recibir la bendición del starec, se escuchó a uno gritar sorprendido: “¡Es él, es él!”. Habiendo distinguido al hombre que gritaba, el starec quedó confundido y ya era muy tarde para disimular el hecho: el hombre había reconocido en el padre Ambrosio aquel anciano que se le había aparecido en sueños algunos días antes para invitarlo a venir a Optina a recibir ayuda eficaz por su situación desesperada.[10]

Aún más sorprendente es la aparición del starec Ambrosio a una persona que tenía necesidad de él. A propósito, es necesario aclarar que el starec, estando enfermo,  no dejaba casi nunca Optina, si no para ir a Samordino. Es en aquel monasterio, entre sus hijas espirituales, que él pasó el último año de su vida.

En ese tiempo, un pobre buen hombre de provincia, que cargaba con una familia numerosa y que había perdido su puesto de administrador de un propietario rico, tuvo la idea de ir a Optina. Él esperaba, en efecto, que el starec Ambrosio, del cual había escuchado tanto hablar, pudiera sacarlo de su difícil situación. Un día, el ve por la ventana a un anciano monje peregrino que pasaba ante su casa apoyándose en un bastón. Según la piadosa costumbre de los campesinos rusos, el hombre hizo pasar al anciano monje y le ofreció de comer. Le contó sus penas y le habló de su deseo de ir a Optina. El viejo peregrino dijo a su anfitrión que el padre Ambrosio se encontraba en Samordino y le aconsejó ir pronto si quería encontrar al starec aún con vida. El peregrino había recién salido,  cuando la señora de la casa se ofreció a hospedarlo hasta el día siguiente. Corrió a buscarlo pero el anciano había desaparecido.

¡Cuán grande fue la sorpresa de ese hombre cuando, en Samordino, reconoció en el starec Ambrosio al anciano peregrino que él había recibido en su casa algunos días antes! Se postró ante el starec para contarle todo, pero el starec lo interrumpió diciendo: “Calla, calla”, e, indicando a una señora que se encontraba entre la multitud de los visitantes agregó: “Serás administrador en su propiedad”.

Llegado a Samordino en el verano de 1890, el starec Ambrosio se enfermó y debió permanecer allí todo el invierno. En la primavera de 1891 se sintió un poco mejor, pero una extrema debilidad le impedía regresar a Optina. Continuaba recibiendo a los visitantes mañana y tarde, sin bien su voz se fue volviendo tan débil que había que hacer un esfuerzo para escuchar lo que decía. Los monjes de Optina solicitaban con insistencia el regreso del starec a su monasterio –se hablaba incluso de llevarlo allí a la fuerza-, pero el padre Ambrosio respondía que él permanecería en Samordino por expresa voluntad de Dios y que moriría por el camino si era conducido a Optina. A su vez también el obispo de Kaluga exigió el retorno del starec al skit. Hacia finales de septiembre, manifestó el deseo de ir personalmente a Samordino para explicar las razones al padre Ambrosio. Las monjas preparándose para recibir al obispo, preguntaron al starec qué debían cantar en el momento de su ingreso solemne. El starec respondió: “Le cantaremos Aleluia”. Y agregó que intentaría  encontrar al obispo en el centro de la iglesia, algo que era contrario a su costumbre.

El estado de salud del enfermo se agravó: él perdió totalmente el oído, al punto que los visitantes, que no cesaban de asediarlo -incluso sobre su lecho de muerte- debían escribir sus preguntas en una gran hoja de papel. A partir del 6 de octubre se comenzó a esperar el fin de una hora otra. El starec recibió la unción de los enfermos y la santa comunión, con la asistencia de su discípulo y sucesor, el padre José de Optina. Era el 9 de octubre. El archimandrita Isaakij, abad de Optina, fue por última vez a hacer una visita al starec, se desato en lágrimas al verlo. Al día siguiente, el moribundo permaneció inmóvil. El 10 de octubre, a las once y media, después de la lectura de las oraciones del tránsito, el starec Ambrosio levantó el brazo, hizo la señal de la cruz y dejó de respirar. Su rostro estaba sereno, sus labios conservaban una expresión sonriente y de alegría profunda.

Justo en aquel momento el obispo de Kaluga estaba partiendo de la ciudad para ir a Samordino. Durante el viaje recibió el telegrama que le anunciaba la muerte del starec. Cuando, tres días después, el prelado hizo su ingreso en la iglesia de Samordino, el coro estaba cantando el aleluia del oficio fúnebre, mientras el féretro, aún abierto, del Padre Ambrosio se encontraba en el centro de la iglesia.

Mucho tiempo antes de enfermarse, el starec había advertido al padre José que su cadáver, contrariamente a los de sus predecesores León y Macario, habría de emanar un olor a putrefacción. “Esto me sucederá –dijo- porque he merecido inmerecidamente mucha gloria durante mi vida”. En efecto, inicialmente se sintió un olor, pero después desapareció progresivamente.  El día de su sepultura, el cuerpo del starec exhalaba un perfume sorprendente. Más de 8.000 personas fueron a saludar a aquel cuerpo que permaneció expuesto por cuatro días. Cada uno buscaba colocar por un instante sobre los despojos del starec un pañuelo o un trozo de tela para conservarlo después como un objeto sagrado. Ya que los monasterios de Optina y de Samordino se disputaban el derecho de la sepultura, el santo Sínodo, informado de este litigio, se pronunció a favor de Optina.

El 14 de octubre, bajo una lluvia de otoño, el cuerpo del starec Ambrosio fue trasladado a Optina. El ataúd, llevado sobre las espaldas, dominaba la inmensa multitud. En todos los pueblos, clero y laicos, se unían a la procesión llevando íconos y estandartes. De tanto en tanto la procesión se paraba para rezar las letanías. Este cortejo fúnebre parecía más bien un traslado de reliquias. Se observó un hecho particular: los grandes cirios que rodeaban el ataúd no se apagaron durante el largo camino a pesar de la intemperie.

Algunos años antes de su muerte, el starec Ambrosio había hecho pintar un ícono de la Virgen bendiciendo el grano de la siega. Le había dado el nombre de “Nuestra Señora de la siega”, y había instituido la  fiesta el 15 de octubre. Justo el día en el cual su cuerpo fue entregado a la tierra.

El starec Ambrosio fue sepultado junto a la iglesia del monasterio de Optina, al lado de su maestro, el starec Macario. Más tarde, sobre su tumba se levantó una capilla, en la cual las lámparas ardían continuamente ante el ícono de la Virgen y de San Ambrosio de Milán, patrono del starec. Sobre la piedra de la tumba, fueron grabadas las palabras de san Pablo: “Fui débil con los débiles, para ganarme a los débiles. Me he hecho todo con todos, para salvar a toda costa a alguno”. (1 Cor 9, 22).



Vladimir Lossky
Gli “Starcy” de Optino
Pág. 106-124
En “Padri nello Spirito” escrito por
Nicolas Arseniev – Vladimir Lossky
Ed. Qiqajon. Comunidad Bose. 1997


[1] Cf. E. Poseljanin, Russkie podvizniki 19-go veka (Ascetas rusos del siglo XIX), Sankt- Peterburg 1903, p. 523.
[2] Ibid., p. 524. Juego de palabras intraducible: oppyt = “experiencia”.
[3] Ibid., p. 535.
[4] Ibid., p.527.
[5] Ibid., p. 539.
[6] Ibid., p. 536.
[7] ibid., pp. 536-537
[8] Ibid., p. 556.
[9] Ibid., p. 533
[10] Ibid., p. 547-548

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