Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

sábado, 12 de mayo de 2012

El “starec” León


(2º Parte)


El primer starec de Optina se llamaba Lev Danilovic Nagolkin (este era su nombre en el mundo). Originario de Karacev, en la provincia de Orel, nació en 1768, en una humilde familia perteneciente a la pequeña burguesía. Siendo joven recorre toda Rusia como representante de comercio. Aquellos viajes otorgaron al futuro starec una notable experiencia de los hombres y de las diferentes condiciones de vida en el mundo. No se sabe nada respecto a su vida interior en aquellos años. A la edad de veintinueve años, Lev Nagolkin entró como novicio en el monasterio de Optina, donde habría después dado inicio, treinta años más tarde, a la tradición del starcestvo. Inicialmente no permaneció mucho allí, en efecto, dos años más tarde, se trasladaba al monasterio de Belye Berega, donde recibe, con el hábito monástico, el nombre de León. Poco tiempo después, el monje León es ordenado sacerdote.

Se ubica en esta época su primer encuentro con el starec Feodor, encuentro que cambia totalmente el destino del joven hieromonje. Feodor era discípulo de Paisij Velickovskij y había transcurrido muchos años en Moldavia, cerca del gran renovador del starcestvo, padre de todos los starcy rusos. Volviendo a Rusia, como muchos de los discípulos de Paisij, Feodor comenzó a atraer a todos aquellos que deseaban aprender esta gran tradición de la vida espiritual. En 1804, el padre León fue elegido abad de los monjes de Belye Berega y, al año siguiente, el starec Feodor fue a vivir a su monasterio. Desde ese momento, los dos monjes no se habrían jamás separado.

En 1808, después de haber renunciado a la carga de abad, el padre León siguió a Feodor en su elección de vida solitaria completamente dedicada a la oración. El starec Feodor se hizo construir una celda a dos kilómetros de distancia del monasterio, en el bosque, donde fueron a habitar con él dos hieromonjes, León y Cleofás. Pero la gran fama del starec atraía hacia el éramo multitudes siempre más numerosas, a tal punto que él debió dejar su propia celda para irse al norte de Rusia. Los tres eremitas se reunieron nuevamente en un pequeño skit del monasterio de Valaam, en Finlandia.

Pronto los monjes fueron a ellos a buscar un consejo espiritual y así la celda de los tres starcy se convirtió en un verdadero centro de la vida espiritual de Valaam. Uno de los monjes de la comunidad, un santo hombre de vida austera, un día expresa a los nuevos llegados todo su asombro a la vista de la serenidad de espíritu y de la concentración que estos lograban conservar a pesar de los continuos encuentros con los hermanos que, en cada momento, venían a interferir su soledad… El padre León le respondió que, por amor a un hermano, habría estado dispuesto a hablarle por dos días seguidos, si hubiese sido necesario, sin sufrir la mínima interferencia en su vida de oración interior. El abad de Valaam, temiendo que el creciente influjo de los starcy en su monasterio pudiese oscurecer su autoridad, hizo llegar una queja contra estos “innovadores” al metropolita de San Petersburgo. Afortunadamente, el archimandrita Filaret (después metropolita de Moscú) y el obispo Inocencio de Penza tomaron la defensa del starcestvo. De allí siguió una investigación que salió favorable a los tres eremitas. Sin embargo, los starcy, para respetar la paz de la comunidad, se sintieron en el deber de dejar Valaam en 1817. Fijaron su residencia en el monasterio de Alexandro Svirskij, donde el mismo emperador Alejandro I fue a visitar al starec Feodor, poco antes de la muerte del santo hombre (1822).

Después de haber perdido a su maestro y amigo, León decide retirarse con algunos discípulos a un skit solitario. Entre las muchas propuestas que le hicieron, la elección resultó difícil. León elige el nuevo skit que había sido recién preparado en Optina por el padre Moisés. Pero los hermanos del monasterio de Svirsk no querían separarse del starec, por lo cual León pudo realizar su proyecto solo en 1829. Acompañado por seis discípulos, fue entonces a Optina, justamente allí donde había iniciado su vida monástica.

La formación espiritual del padre León y el camino que lo condujo a la perfección permanecen desconocidos. Se sabe solamente que su obediencia al starec Feodor fue sin límites y que hizo los mayores progresos durante el último año de vida de su director espiritual y amigo y, sobre todo, después de la muerte de éste último. Se puede suponer que León hiciera referencia a su propia experiencia cuando dirige a su discípulo estas palabras:

Un gran sufrimiento, la muerte de aquel que se ama más de entre los que están cerca, impulsa a la persona, así probada por Dios, a orar con todo su propio espíritu. Cada uno posee una fuente de oración, pero, para poder llegar a ella, es necesario un incesante trabajo de profundización, como nos han enseñado los padres, a menos que el “taladro” de Dios nos haga brotar la oración de improviso. [1]

Es algo confirmado que el starec León practicase sin descanso la oración interior.

Alto de estatura, siempre derecho, el starec León, si bien obeso por enfermedad, tenía un andar ligero y el paso seguro de un joven. Dotado de gran fuerza física, levantaba con facilidad pesos de hasta 12 pud (200 kg). Su cabeza recordaba a la de un león, con su melena color gris-amarillenta, con sus ojos grises de mirada penetrante, mientras que de toda su persona emanaba una actitud de fuerza intrépida y de calma majestuosa. Su presencia lograba comunicar a todos los que  lo veían una sensación de tranquilidad, de paz y de alegría interior: los sufrimientos, los pensamientos, que eran causa de turbación, poco a poco desaparecían y los corazones se abrían a Dios. Jamás se vio al starec triste, irritado o impaciente. Su gran rectitud de ánimo no soportaba el énfasis y las palabras untuosas de la piedad convencional. Sabía expresarse en un lenguaje popular muy colorido, siempre acompañado con una cuota de humor. Parece que intentase esconder la propia superioridad con algún chiste para no poner incómodo a los que se le acercaban. Con aquella lengua expresiva que le era propia, trataba de “quimera” cada manifestación demasiado sentimentalista de afecto: “He estado cerca del padre Feodor sin ningún fanatismo –decía- no obstante, interiormente, estaba dispuesto a postrarme a sus pies” [2].

Con la llegada del padre León, el starcestvo puso las raíces en Optina.  El don del starcestvo consiste ante todo en la facultad de “desvelar los pensamientos”. Por efecto de la gracia propia de los starcy, la profundidad de los hombres se abre ante sus ojos, revelando así todos los ángulos más remotos del alma, todos los secretos del espíritu, todo lo que habitualmente permanece escondido a la conciencia de los hombres. La mayor de las veces, en efecto, el hombre no logra conocerse suficientemente. “Nuestras virtudes visibles, más irreales, nos impiden luchar contra nuestros pecados invisibles y, sin embargo, reales”, decía el gran Filaret de Moscú. A menudo uno se hace una falsa idea de sí mismo, uno se fabrica un “yo” artificial, convencional, que sirve de llave maestra en las relaciones con los otros, y aquella máscara termina a menudo por sustituir, nada menos que por nosotros mismos, nuestra verdadera personalidad, tal como ella aparece frente a Dios.

En estas condiciones, la conciencia ciega, ligada por pecados inconfesados, no logra liberarse,  restablecerse mediante el sacramento de la penitencia: los cristianos no saben confesarse y los confesores, por su parte, no están capacitados para ayudarlos. Dirigiéndose a los sacerdotes que confundían la “revelación de los pensamientos” por la confesión, el padre León los reprendía por sus encuentros con sus fieles diciéndoles: “Sé muy bien que ésta es una tarea de ustedes. Pero, díganme, ¿cómo confiesan a su gente? Les hacen a ellos dos o tres preguntas, y ya está. Ustedes deberían conocer sus situaciones, buscar ver lo que turba su alma, dar a ellos un buen consejo, aliviar sus penas. Esto, ¿lo hacen? Seguramente ustedes no tienen tiempo de ocuparse de todo esto. Pues bien, si no nos tuviesen a nosotros [monjes], ¿dónde irían estas personas con sus dificultades?” [4]

No basta absolver los pecados, es necesario restablecer la conciencia, devolver la libertad. Muy a menudo la confesión se convierte en algo mecánico: el sacerdote se dirige a un pecador inexistente, alguien genérico, y no conoce más que pecados abstractos, impersonales. Un starec se dirige siempre a una persona humana, única en su destino, singular en su vocación y en sus dificultades. En virtud de un don especial, el starec ve cada ser tal como lo ve Dios y busca ayudarlo descubriéndole su sentido interior, sin hacer violencia a su voluntad, a fin de que la persona humana, liberada de los obstáculos escondidos, pueda expandirse en la gracia. Para realizar esta obra carismática no es suficiente el conocimiento profundo de la naturaleza humana que deriva de una larga experiencia: es necesario, cada vez, una visión de la persona. Ya que una persona puede ser conocida sólo a través de una revelación. El starec León no preparaba jamás una palabra para decir a los que iban a él, sino que como un relámpago, veía los secretos de su conciencia y pronunciaba las palabras necesarias, según la inspiración de Dios.

El orden de la vida monástica cambió en Optina a partir del momento en el cual el padre León fue a habitar al skit. La celda del starec se convirtió en un centro espiritual del monasterio. El archimandrita Moisés y todos los hermanos iban a él para manifestarle sus pensamientos, para pedirle algunos consejos. Rápidamente una multitud de laicos, proveniente de todas partes, comenzaron a afluir hacia esta nueva fuente de gracia. En 1834, el hieromonje Macario, fue a Optina, se convirtió en un devoto colaborador del padre León. Juntos, los dos starcy recibían a los visitantes, escuchaban sus confidencias y respondían a las cartas de sus hijos espirituales. La influencia del starcestvo se difundía y crecía siempre más. Varios monasterios se pusieron bajo la dirección espiritual de los starcy de Optina.

Pero los adversarios eran numerosos: algunos monjes tachaban de herejía la práctica del “desvelamiento de los pensamientos”, otros protestaban contra los coloquios familiares que un eremita revestido del “megaloschema” [del gran hábito] mantenía con los laicos e incluso con las mujeres. Fue enviado un informe a la autoridad diocesana. Por orden del obispo de Kaluga, el starec León debió abandonar el skit y transferirse al monasterio, con los otros monjes. Le fue también rechazado el derecho de llevar el gran hábito monástico. El padre León sufría con humildad todas estas persecuciones, sometiéndose a las órdenes de la autoridad diocesana sin murmurar. Pero la prohibición de recibir a los laicos no logró jamás separar al padre León de la multitud que corrían hacia él con sus penas.

El abad Moisés se encontró con una situación muy difícil, entre las amenazas del obispo y la propia conciencia cristiana. Un día, pasando por la celda del padre León, ve una multitud de visitantes en torno al starec, que estaban en la puerta. El abad se sintió en el deber de recordar a León la expresa voluntad del obispo. El starec, mostrándole a un paralítico que se encontraba cerca de su celda, le respondió: “Miradlo, está vivo, pero se encuentra en el infierno y yo le puedo auxiliar. El Señor le ha enviado aquí para que se arrepienta, para que yo le revele sus pecados”. El abad, tomado por el susto y la piedad, insistía: “el obispo amenaza con arrestarle”. Pero el padre León replicó: “Y esto, ¿qué me puede hacer? Pueden mandarme a Siberia, pueden quemarme vivo, pero yo no cederé, permaneceré siendo siempre el mismo León. Yo no invito a nadie a venir a mí, pero no puedo echar afuera a los que vienen aquí” [5].

La persecución contra el padre Leonid terminó en 1837, cuando el metropolita Filaret de Kiev, este gran difusor del starcestvo, fue a visitar a Optina, acompañado del obispo de Kaluga. El prelado preguntó al starec por qué no llevaba más el gran hábito monástico. El padre León permaneció en silencio, pero el metropolita le ordenó que se volviera a poner su “megaloschema”. Sin embargo, dos años después, las dificultades volvieron a comenzar. El padre León fue transferido a otra celda, lejos de la puerta del monasterio, para aislarlo de todo contacto con el pueblo. Pero la multitud de personas lo esperaban cada día a la hora en la cual iba a la iglesia: se le amontonaban alrededor, se postraban a sus pies, buscaban tocar sus vestidos. Se esperaban nuevas medidas contra el starec: se hablaba, incluso, de desterrarlo a un monasterio más lejano, al Solovki, sobre el mar Blanco. Solo la enérgica intervención de Filaret de Moscú puso fin al celo inoportuno del obispo diocesano. Tuvo fin, así, las persecuciones contra el starec de Optina.  

La vida del padre León estaba rigurosamente ordenada y ritmada. No dormía jamás más de tres horas. A las dos de la mañana se levantaba para hacer sus oraciones: este era el único tiempo libre del cual disponía. El resto del día recibía a los visitantes, sin jamás interrumpir su trabajo manual: sentado sobre la cama, entrelazaba correas. Comía dos veces al día y en la mesa conversaba con los monjes. Dos veces al mes comulgaba en la iglesia del monasterio. Después del alimento vespertino, los discípulos del starec se reunían en su celda para recitar juntos las oraciones de la tarde y para escuchar la lectura de la epístola y del evangelio.

Un pelegrino, que visitó Optina, dejó un relato muy vivo del encuentro con el starec León y su modo de recibir a los visitantes. El starec, vestido de blanco, estaba sentado entre los discípulos y los visitantes, arrodillados alrededor de él para escucharle. Dirigiéndose a un comerciante, el padre León le pregunta cuál es el objetivo de su visita. Él le responde: “Vengo para buscar sus concejos, padre”. “¿Has hecho lo que te había mandado la otra vez?” “Perdóname, padre, no lo he podido hacer”. Entonces el starec ordena a sus discípulos que saquen afuera a aquel comerciante sin ninguna consideración. En el desarrollo de la escena, el comerciante deja caer una moneda de oro. “Recógela –dice el starec- y dásela al peregrino que está pasando delante del monasterio. Él la necesita”. Interrogado sobre el motivo de su severidad en relación con ese hombre, el starec responde: “Desde hace mucho tiempo este hombre viene a verme. La última vez le he ordenado que dejara de fumar. Me lo prometió. Ahora, no quiere más renunciar a su vicio. Que haga lo que le he dicho, antes de venir nuevamente a pedirme un consejo”.

El starec León curaba a los enfermos y liberaba a los endemoniados ungiéndolos con el oleo bendito de la lámpara colocada ante el ícono de la Virgen de Vladimir. Cuando los que asistían a este escena, asombrados ante el poder de su oración, preguntaban al starec cómo osaba curar a los endemoniados, él respondía con simpleza: “Ésta no es obra mía: Dios otorga la curación a cada uno según su propia fe, por intercesión de la santa Virgen”. A menudo el starec enviaba a los enfermos a la tumba de san Mitrofane de Voronez. Muchas veces ellos recuperaban la salud durante el camino y volvían a Optina para dar gracias a Dios y exaltar el poder que le había dado a su siervo.

En 1841, el padre León comenzó a hablar con insistencia de la aproximación de su fin. En septiembre de aquel mismo año cayó gravemente enfermo y, a partir del 28 de ese mes, no pudo recibir alimento alguno, sólo un poco de agua. Comulgaba cada día y pedía a los hermanos que oraran para que el Señor abreviase sus sufrimientos. El 11 de octubre hizo el signo de la cruz diciendo: “¡Sea alabado Dios! Hoy tendré la gracia del Señor”. A pesar de los sufrimientos, su rostro estaba siempre más luminoso, expresión de una alegría indecible. Las campanas sonaron para el rezo de vísperas: era la vigilia de la fiesta de los Padre del VII concilio. Un novicio dijo al starec: “Padre, ciertamente escucharás el fin de este oficio en el cielo, con los santos Padres”. Comenzó el canto de vísperas: el padre León dio una última mirada al ícono de nuestra Señora de Vladimir, que tenía siempre con él, cerró los ojos y entregó su espíritu [6].


Vladimir Lossky
Gli “Starcy” de Optino
Pág. 87-95
En “Padri nello Spirito” escrito por
Nicolas Arseniev – Vladimir Lossky
Ed. Qiqajon. Comunidad Bose. 1997



[1] Cf. K. Zedergol’m, Zizneopisanie Optinskago starca ieromonacha Leonida (Biografía del Hieromonje León, starec de Optina), Moskva, 1876, p.214 (repr. Platina 1976)

[2] Ibid, p. 89

[3] Ibid p. 66-67

[4] Ibid, p. 66-67

[5] Ibid, p. 62

[6] Ibid, pp. 174-175

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