Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

viernes, 18 de mayo de 2012

El “starec” Macario


Vladimir Lossky
(3º Parte)


El starec Macario, amigo íntimo del padre León, su “segunda mitad”, se asemeja muy poco al primer starec de Optina. León era un hombre del pueblo, rudo, jovial, sin gran instrucción, con una sabiduría “práctica” en la vida espiritual. Macario, de origen noble, era dulce y reflexivo, con un sentido estético muy desarrollado, inclinado al estudio y a la contemplación.

Nace el 20 de noviembre de 1788, en la propiedad de sus padres, en los alrededores de Kaluga. Miguel Nikolaevic Ivanov – este era su nombre de seglar- poseía una rica herencia espiritual: su bisabuelo había tomado el hábito monástico, muriendo con fama de santidad, y sus padres conservaban aquella tradición de santa piedad que había caracterizado a la familia. Miguel vive una infancia feliz en una casa de campo en las cercanías de un monasterio del cual podía sentir las campanas por la mañana y por la tarde. El lugar en que se ubicaba la pequeña propiedad era particularmente bello. Muy ligado a la madre, el niño no la dejaba nunca. Dulce y tímido, evitaba los juegos con los hermanos y amaba sobretodo leer. Era un muchacho enflaquecido, de salud delicada y desde la infancia sufría de insomnio.

A los ocho años Miguel perdió a su madre. El padre, con sus cuatros hijos, se trasladan a una vieja propiedad de la familia, en la provincia de Orel. Miguel hizo sus estudios en la escuela parroquial de Karacev, después continuó en su casa, en la propiedad de su tía. Obligado, como todos los jóvenes de su rango a elegir entre la carrera militar y la de funcionario estatal, Miguel se decide a aceptar un trabajo en la delegación de hacienda. Tenía catorce años. El joven cumplía con escrúpulo el propio encargo y pasaba su tiempo libre leyendo o tocando el violín.

A los dieciocho años, por la muerte de su padre, se retiró para ir a habitar a su propiedad. Pero la vida de encargado del campo no le iba en absoluto, sobre todo con el interés dirigido a los libros y a la música. Miguel no sabía administrar sus propiedades. Sus hermanos querían que se casara y le encontraron un buen partido. Aquel proyecto naufragó y el joven propietario tomó la firme decisión de vivir en celibato. Es de suponer que en ese período alimentó ya el proyecto  de entrar en la vida monástica. Los libros que leía en aquella época, como también el estilo de vida ascética que se había impuesto, dan consistencia a tal hipótesis. En 1810, hacia el otoño, Miguel fue en peregrinación al Monasterio de Ploscanskaja Pustyn’, de donde escribe a sus hermanos comunicándoles su renuncia a los bienes, ya que había tomado la decisión de no volver más a la vida secular.
Ploscanskaja Pustyn’, aislada de todo habitante e metida en el bosque, hospedaba monjes de vida austera. Rico sobre todo en bienes espirituales, este monasterio a menudo no disponía ni siquiera de dinero para vestir a los propios monjes. Los hermanos, vestidos de rudas telas de lana remendada, realizaban todos los trabajos agrícolas. La vida era ruda y pobre. Se ponía mucha atención a la disciplina exterior y a la obediencia.  La “revelación de los pensamientos” y  la dirección espiritual no eran practicadas. El joven novicio se empeñó con todo el ardor en seguir los oficios litúrgicos, convirtiéndose, rápidamente, en un gran conocedor del canto eclesiástico. Después de cinco años de noviciado, en 1815, recibió el hábito monástico y el nombre de Macario. Dos años después fue ordenado sacerdote.

En este período el padre Macario encontró en la persona del starec Afanasij, que había venido a terminar sus días en el Ploscanskaja Pustyn’, un maestro de vida espiritual, muy calificado de ese tiempo y que fue uno de los principales difusores de la tradición del starcestvo en Rusia. El padre Afanasij (Sacharov), que en un tiempo había sido oficial de los húsares, encontró al gran starec Paisij en Moldavia, durante la campaña militar a Turquía, en el tiempo de Catalina II. Convirtiéndose en un ferviente discípulo de aquel gran renovador de la vida monástica, tomó parte en los trabajos de búsqueda y traducción de los textos patrísticos, obra emprendida por Paisij y su grupo. El starec Afanasij llevó a Rusia muchos manuscritos de traducciones realizadas en Moldavia. El padre Macario fue por él introducido en aquella obra considerable en la cual se comenzaban a preparar las primeras colecciones de textos concernientes a la oración y a la vida contemplativa que habrían sido publicados posteriormente en Optina.

Después de la muerte del starec Afanasij, ocurrida en 1825, el hieromonje Macario se sintió nuevamente solo, privado de los consejos de un maestro experimentado. Sin embargo, debió asumir la responsabilidad de la dirección espiritual, ya que en 1827 fue nombrado confesor de los monjes de la Santa Trinidad en Sevsk. Las lecturas patrísticas y, sobre todo, la práctica de la confesión hicieron surgir en su espíritu, siempre atento y vivaz, muchísimas preguntas que permanecían sin respuestas. El Padre Macario oraba a Dios para que le enviase un hombre lleno de sabiduría, que poseyese el don del “discernimiento espiritual”. Este hombre no tardó en venir: fue el starec León que transcurrió seis meses en Ploscanskaja Pustyn’ antes de establecerse definitivamente en Optina en 1829. El padre León consideraba a Macario como su par, y, cediendo a sus súplicas, condescendió en tratarlo como a un discípulo.

Después que el padre León partió, entre los dos starcy se estableció una regular correspondencia. En calidad de decano, el padre Macario debió acompañar a su obispo a San Petersburgo, donde permaneció por un año, añorando, en medio del tumulto de la capital, la paz de su monasterio. Buscó, entonces, liberarse de las preocupaciones administrativas para dedicarse por completo a su verdadera vocación. En 1834, el padre Macario logra finalmente obtener el permiso para retirarse a Optina junto al abad Moisés y al starec León.

Por siete años los dos starcy, León y Macario, si bien tan distintos, guiaron juntos la vida espiritual de los hermanos y de las miles de personas que iban a Optina con sus dificultades y sus penas. En 1836, el starec Macario fue nombrado confesor del monasterio y, tres años más tarde, se convirtió en superior del skit. Siempre sometido por humildad al starec León, no osaba emprender nada sin preguntarle su parecer. Cuando un día no lo hizo, el padre León queriendo poner a prueba la paciencia de su compañero, le dio duros reproches en la presencia de varios testigos. Mientras el starec lo reprendía, Macario, con la cabeza baja, repetía: “Me he equivocado, perdóname, padre, por amor de Dios” y cuando León hubo terminado, se postró ante él [1]. Después de la muerte del starec León, el padre Macario, que había perdido al mismo tiempo al maestro y al amigo, se quedó nuevamente solo, pero ya era capaz de asumir sin dudar la tarea del starcestvo.

Como superior del skit, el starec Macario se ocupó con cuidado de ornamentar sobre todo la iglesia y devolver la dignidad y solemnidad a los oficios litúrgicos y a cuidar la belleza del canto. Dotado de un gusto refinado, logró transformar al skit en un jardín lleno de magníficas flores. Creó también una biblioteca, rica de obras de espiritualidad, donde los monjes podían estudiar los escritos de los padres de la Iglesia. El starec Macario sabía indicar a cada uno de los hermanos la lectura que podía corresponder a su grado personal de crecimiento en el camino espiritual. Organizó diversos talleres en el skit, insistiendo sobre la necesidad del trabajo manual para evitar el ocio. A cada hora del día y de la noche la puerta de su celda estaba abierta a los discípulos que iban a buscarlo para manifestarle sus pensamientos.

Pequeño, delicado, con rasgos irregulares, más bien feos, el starec Macario, tenía sin embargo un rostro luminoso que irradiaba bondad, como si una dulce luz lo iluminase desde el interior. Muy delicado de salud, respiraba con dificultad, como si la respiración le faltase a cada momento. Por este motivo, más que por un defecto de pronunciación, no celebraba públicamente en la iglesia.

A pesar de la enfermedad, el padre Macario era de naturaleza vivaz, no toleraba ningún tipo de apatía o pereza. Tomaba velozmente sus decisiones y exigía una ejecución rápida de las “obediencias” que imponía. En sus prácticas ascéticas, estaba obligado a seguir el “camino medio”, justamente a causa de su débil salud. Es por este motivo que comía de todo pero en pequeña cantidad. Se levantaba a las dos de la mañana y oraba por varias horas seguidas. Hacia las seis, después de haber tomado el té, se ponía en la mesa a traducir o a releer los textos de los cuales estaba preparando su edición o bien escribía cartas, sin descanso. Después de su muerte, la recolección de su correspondencia llenará cinco volúmenes. Estos trabajos eran continuamente interrumpidos por los visitantes que reclamaban un encuentro con el starec. A las once el padre Macario se dirigía al refectorio donde consumía el alimento junto a los hermanos. Luego se reservaba una hora libre durante la cual, caminando solo por el jardín, iba parando para admirar a lo lejos cada flor. Luego el starec retomaba su trabajo. A partir de las dos de la tarde, estando en la hospedería del monasterio, recibía a todos, hombres y mujeres, ya que muchos de ellos eran los visitantes que lo esperaban. Al caer la tarde, el padre Macario volvía a su celda extenuado, sin más fuerzas para decir una palabra. Para descansar escuchaba las oraciones antes de empezar a recibir a los hermanos del skit que cada día iban a verlo. Después de la cena y de las oraciones de la tarde, el starec se ponía a trabajar y, hasta tarde, se podía ver la luz por su ventana.

Como todos los que se unían a la tradición espiritual del “padre de los starcy”, el gran Paisij, Macario practicaba la oración del corazón. Su oración era continua. También cuando dormía sus labios no cesaban de repetir el dulce nombre de Jesús. Por sufrir de insomnio, pasaba muchas veces las horas nocturnas meditando sobre la majestad de Dios y sobre los caminos de la providencia. Raptado su espíritu, entonaba entonces uno de sus cánticos preferidos.

La oración –decía en una de sus cartas- está más allá de todo nuestro obrar, porque ella está en el amor de Dios.
Y para adquirir el don de la verdadera oración, de la oración contemplativa, es necesario superar grandes dificultades, asumir la tarea incesante y penosa de transformar la propia naturaleza.
Más allá de cuáles sean vuestras grandes obras espirituales, no sacaréis mucho provecho si vuestro corazón no ha probado algún dolor.

Escribía a su hija espiritual

Muchas veces te he recordado que no se puede permanecer en el monte Tabor. Es indispensable también el Gólgota. Es peligroso el camino en el cual no se encuentran más que delicias espirituales, sin jamás probar alguna aflicción. Tu vida te parece vana e infructuosa. Este sentimiento es correcto, pero es causado por el orgullo. En efecto, ¿Qué habrías querido encontrar en ti? ¿Los dones de gracia? ¿Las consolaciones espirituales? ¿Las lágrimas? ¿La alegría? ¿El éxtasis del espíritu? Apenas has entrado al monasterio y ya buscas subir al cielo. ¡Qué lejos estás todavía de la inteligencia espiritual! Trabaja, sin buscar adquirir dones… ¿Nos corresponde a nosotros, pues, buscar dones antes de tiempo?... Es una desgracia para nosotros querer siempre encontrar en nosotros mismos la santidad en vez de la humildad… Los santos padres, que han alcanzado la cima de la perfección, estaban convencidos de no haber aún logrado nada y se consideraban los últimos de todos, más bajo que toda creatura.

Para adquirir los dones de la gracia, no se necesita buscarlos. Esto significaría malinterpretar el carácter propio del amor divino, es decir, su gratuidad.

La gracia de Dios se da a todos, pero en medida diferente: nos colma de dones según el grado de nuestra humildad. No busquemos las cosas más altas, sino dejaos guiar por la humildad.

La humildad es también la llave de la oración interior y de todos los dones que la acompañan. El starec Macario no se cansa de repetirlo en sus cartas.

La oración exige ante todo la humildad que se adquiere a través de la tarea de seguir los mandamientos del Señor, hasta que nuestra pobreza se vuelve manifiesta. Los demonios atacan con fuerza a los que practican la oración. La única arma que les opone resistencia es la humildad y es la única que logra vencerlos. Ora con toda simplicidad  y el Señor, el que da el don de la oración, te concederá un día la oración interior.

La fuente de la cual brota el poder sobrenatural que este anciano enfermo tenía sobre los espíritus era justamente de su gran humildad: su palabra, siempre dulce, hacía llorar a los orgullosos, devolvía la esperanza a los desanimados, reconducía a la fe a los no creyentes. Ni siquiera los demonios podían resistir frente a este poder. A propósito se cuenta el siguiente hecho: un hombre de clase culta estaba sujeto a crisis de demencia que estallaban cada vez que se encontraba en presencia de objetos sagrados. Todas las atenciones médicas que había padecido, en Rusia y en el exterior, habían sido impotentes contra una enfermedad de orden espiritual. Finalmente, aquel hombre fue conducido a Optina. Fue dejado en la hospedería del monasterio, mientras le avisaban al starec.  El enfermo, que no había oído jamás hablar del padre Macario, delirando, se puso a gritar en alta voz: “¡Viene Macario, viene Macario!” En el momento en el cual el starec entraba en la habitación, este saltó hacia él y le dio una violenta bofetada. Inmediatamente Macario le puso la otra mejilla. Ante este gesto, el demonio no pudo resistir: el enfermo cayó imprevistamente a la tierra, a los pies del starec y permaneció por mucho tiempo inconsciente. Después se levantó curado [2].

Ante las personas que venían a verlo por curiosidad, el starec Macario permanecía en silencio. Evitaba los argumentos místicos, por una especie de pudor y también para no pasar los límites de la comprensión espiritual de sus interlocutores. Decía:

No es necesario buscar profundizar mucho en la capacidad de comprensión. Dejad a un lado lo que no comprendéis: la mente no está aún purificada, no puede abrazar todo. Contentaos con lo que sois capaces de comprender y esforzaos en ponerlo en práctica. Entonces, lo que estaba oculto, se revelará a vuestra mente.

La irradiación espiritual de Optina  se difundió también con el starec Macario. Si el starec León estaba en contacto sobre todo con los monjes y los campesinos, la influencia de Macario alcanzó a la elite intelectual de Rusia. La publicación  de la vida del starec Paisij en 1846, a la cual le siguió la edición sistemática de las traducciones de los textos patrísticos relativos a la vida espiritual, puso en estrecha relación al monasterio de Optina con el mundo literario y erudito de Moscú. Alentados por el metropolita Filaret, el starec Macario y sus discípulos, publicaron los escritos ascéticos y místicos de Barsanufio y Juan, de Marcos el Asceta, de Isaías de Escete, de Doroteo de Gaza, de Isaac el Sirio, de Máximo el Confesor, de Talasio, de Teodoro el Estudita, de Simeón el Nuevo Teólogo, una vida de Gregorio el Sinaíta, etc. El padre Macario anotaba los textos de los padres para explicar los pasajes más difíciles. Eran las únicas ocasiones en el cual el starec hablaba abiertamente ante sus discípulos de los misterios de la contemplación.

La idea de publicar los manuscritos de Paisij fue dada al starec Macario por su amigo e hijo espiritual, un filósofo del grupo de los eslavófilos, Ivan Kireevskij. El vínculo íntimo que unía a Kireevskij con Optina es muy significativo. Era la época de la crisis del romanticismo, del cual sobrevivirá la religiosidad turbia, en la búsqueda de una salida hacia la fe, hacia la tradición y hacia la iglesia. Convertido por su mujer, con asombro Kireevskij encontró en los escritos de los padres de la Iglesia lo que había soñado desde su juventud, lo que había buscado a través de Schelling hasta Baader. Él encontró en los padres “nuevos principios” indispensables para el desarrollo posterior del pensamiento, en vano buscados por los filósofos románticos del occidente. Se trataba de “aquel principio de vida, de pensamiento y de cultura, hasta ahora inobservado, que está en la base del mundo eslavo ortodoxo”. El método de los padres debe ser redescubierto para suscitar una nueva filosofía fundada en la tradición cristiana, custodiada de manera intacta y viva en la iglesia ortodoxa.

El camino de Iván Kireevskij fue el de un asceta del pensamiento, un camino de renuncia y de vuelta a sí mismo hacia la integridad de la fe reencontrada. Sobre este camino, encontró a Optina y al starec Macario. Kireevskij sometió al juicio del starec todos sus escritos filosóficos y teológicos. Bajo la dirección de Macario, supo realizar en su obra filosófica aquella armonía entre la obediencia exterior y una gran libertad interior que caracteriza el pensamiento ortodoxo. “Nuestra iglesia – escribía Kireevskij- no ha hecho jamás un sistema de pensamiento humano, una ciencia teológica fundada en la verdad. Es por este motivo que no se ha opuesto jamás al desarrollo libre del pensamiento en otros sistemas. Es por esto que jamás persiguió a estos sistemas como enemigos capaces de destruir sus fundamentos.”

El starec Macario, muy unido a los Kireevskij, iba muchas veces a pasar algunos días a la propiedad de ellos que se encontraba a 40 kilómetros de Optina. Muerto en 1856, Ivan Kireevskij fue sepultado en la iglesia del monasterio, junto a la tumba de los starcy.

No se sabe casi nada de la visita de Nicolás Gogol’ a Optina. La carta por él dirigida al monasterio en el verano de 1950 testimonia el estado de ánimo del gran escritor, presa de un trágico desgarro entre su talento demoníaco y la misión de profeta a la cual se sentía llamado: “Pedid a vuestro venerable abad, pedid a todos los hermanos, pedid a los que oran mejor entre vosotros, a aquellos que aman orar, pedid que recen por mí. Mi camino es difícil, mi obra es tal que sin una ayuda manifiesta por parte de Dios, una ayuda dada a cada hora, en cada minuto, mi pluma permanecería inerte. Vanas son mis fuerzas, mas bien no existen en absoluto sin la iluminación divina. Se lo digo de verdad. Rezad por mí, en el nombre de Cristo… Él solo puede, en su misericordia, hacer todo por mí. Él puede hacerme blanco como la nieve, a mí que soy negro como el carbón. Él puede elevarme hasta aquella pureza suprema a la cual debe llegar un escritor que osa hablar de la belleza y de la santidad. Por amor a Cristo, orad. En cada momento, es necesario que mi pensamiento esté más allá de las pequeñeces de este mundo, es necesario que me encuentre siempre en Optina, en la subida al camino sublime de mi peregrinaje.”

Gogol no llegó, como Kireeevskij, a realizar el acuerdo armonioso entre su fe y su talento. El camino de la renuncia se convirtió para él una negación a crear, una condena de toda su obra de escritor, un suicidio moral. Esta alma atormentada, este poseído iluminado, no supo conservar “sobre el camino sublime de su peregrinación” el espíritu sobrio y sereno de Optina y de su  gran starec.

Con Macario, el starcestvo de Optina entra en una nueva fase de su desarrollo: se abre a los problemas del pensamiento, de la cultura, de la vida social y política de Rusia, problemas que serán juzgados por los starcy desde un plano espiritual y profético. El starec Macario seguía con angustia la cercanía de la guerra de Crimea, de la cual Serafín de Sarov había hablado en una de sus profecías sobre los destinos de Rusia. Con la noticia de la caída de Sebastopoli, el starec cae de rodillas ante el ícono de la Virgen y ora largamente en silencio, inundado de lágrimas.

Dos años antes de la muerte, el starec Macario recibe el “megaloschema” o gran hábito monástico. La enfermedad, que le conduciría a la muerte, se manifestó el 26 de agosto, fiesta de Nuestra Señora de Vladimir, el ícono de la Virgen que él veneraba de modo particular. Hasta el día de la muerte, el starec no cesó de recibir a los innumerables hijos espirituales, dando a cada uno una pequeña cruz, un ícono o un libro, como signo de bendición. Quiso ser trasladado de su celda, demasiado estrecha, al locutorio, para pasar las últimas horas en medio de los hermanos, bajo los ojos de numerosos laicos que podían verlo desde la ventana.

Alrededor de sus discípulos, el starec Macario se murió dulcemente una hora después de haber recibido la comunión, el 7 de septiembre de 1860. Era la vigilia de la Natividad de la santa Virgen. El cuerpo del difunto, como había sucedido con el del starec León, permaneció intacto sin ningún olor de descomposición. La corte que lo acompañó del skit a la iglesia del monasterio no tenía nada de fúnebre, hacía pensar más bien en la fiesta de Pascua.



Vladimir Lossky
Gli “Starcy” de Optino
Pág. 96-106
En “Padri nello Spirito” escrito por
Nicolas Arseniev – Vladimir Lossky
Ed. Qiqajon. Comunidad Bose. 1997



[1] Cf. Leonid (Kavelin), Skazanie o zizni i podvigach… starca Optinoj pustyni Ieroschimanacha Makarija, p. 61.
[2] Ibid., pp. 92-93.


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