Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

lunes, 7 de mayo de 2012

Enseñanzas prácticas sobre la oración de Jesús y cómo comportarse con el propio starets.




De un tratado del siglo XV

 El abad hace venir a un starets famoso, dice la bendición y le confía a un hermano que hace poco ha sido consagrado pidiéndole que lo guía: “Hermano, le dice, hazte cargo de él como si tú lo recibieses directamente del Evangelio de Cristo para presentarlo un día como víctima pura al Padre celestial”.

Luego dice al discípulo: “Hijo mío, respeta al starets como a tu padre y a tu maestro, sométete a él y sírvelo como si fuese el mismo Cristo. Ponte en sus manos y rompe tu voluntad con la espada de la Palabra de Dios… No se espera de nosotros, hermanos, mostrar insubordinación, sino cumplir las órdenes dadas como si viniesen de Dios mismo, que ha dicho un día a los apóstoles: “Quien los escucha, a mí me escucha y quien los desprecia a mí me desprecia”.

Ved, pues, cuán nefasta es la insubordinación: ¿Cristo no se ha sometido hasta la muerte y muerte en cruz? La obediencia es la segunda escalera hacia el cielo. Ella vale más que el ayuno y que el esfuerzo espiritual del solitario. El ángel de Dios viene a informarse de nuestra obediencia, cuenta cada paso obediente que hacemos para ofrecerlo diariamente al Señor, como gotas de su sudor en la agonía, como la sangre de un mártir, como un perfume suave. Servir al hermano es lo mismo que servir a Dios.

El starets recibe al discípulo de las manos del abad, va a su celda y lo primero que le enseña es la “oración de Jesús”, según las prescripciones de los santos Padres, haciendo correr el rosario y diciendo:

“Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí a causa de mis pecados”.

Se necesita pronunciar la oración de Jesús en voz baja, atentos con cuidado de toda tentación. Luego de cien oraciones se avanza un grano del rosario, después de otras cien otro grano. De este modo, es necesario proceder después de la habitual oración de la mañana y de la tarde. Es necesario ejercitarse en esta oración día y noche.

En el restante tiempo del día es importante murmurar sin parar dos o tres veces, en voz baja, la oración de Jesús reteniendo la respiración, y esto sin parar.

Continúa así orando por todos los lados que vayas, en la iglesia, en tu celda, en el trabajo, durante todo el día, hasta cuando tus ojos se cierren por el sueño. Más tarde, cuando hayas progresado en este ejercicio, siéntate sobre el banquillo de tu celda y realiza el ejercicio según el consejo de los santos Padres, sea orando en voz alta sea hablando a Dios en la mente y en el corazón. Repite sin descanso la oración, murmurando, y también reteniendo la respiración. Y contempla a Dios en tu corazón… Pero si las armas de los demonios vienen a atormentarte con visiones o con fantasías o con el deseo de dormir, mucho más salga el impulso desde tu interior al exterior, sabed bien que todo esto es obra del demonio.

El starets enseña también a su discípulo como debe comportarse en su celda, en qué lugar debe sentarse y cómo dormir.

No es conveniente sentarse en el lugar del starets ni en el lugar de otro hermano. Cuando se comienza a trabajar, cuando se mueve un objeto de un lugar a otro o se cambia y en otras ocasiones también, es necesario decir: “Padre, en el nombre del Señor, dame tu bendición”. Cuando se quiere hablar con el starets en su celda, es necesario hablar solo en voz baja. Cuando se entra o se sale, es necesario hacerlo siempre en silencio.

Es necesario también servir al starets, llevarle la leña a la celda o proveerle una estufa, encender el fuego, atizar la leña, limpiar la celda, llevar agua y verterla en la palangana, abrir y cerrar sin ruido la puerta y finalmente, cuando se ha terminado, pedir la bendición.

Por parte del starets: debe asegurar la educación de su discípulo: después de haber cambiado el hábito y el nombre, el joven tiene el deber de transformar también su vida. Necesitará ayudarlo a renunciar a los hábitos del mundo, a su agitación, para vivir como monje. Necesitará enseñarle a abandonarse a Dios y a tener los pensamientos ocupados en el Único, en Dios. A someter la voluntad al starets, a servirlo en la obediencia como si sirviese a Cristo mismo. El Señor no ha dicho acaso: ¿“He venido no para ser servido sino para servir”? Y sus discípulos, ¿no deben imitarlo?

Cuando la campana de la Iglesia te da la señal de que es hora de trabajar o de orar, ponte la mantia, deja todo con alegría en el corazón y temor de Dios y, haciendo esto, murmura: “¡Señor ten piedad!” Dilo dos veces, luego recita: “Señor Jesucristo, por la intercesión de tu santa Madre Inmaculada, por la fuerza de tu santa cruz redentora, mira la oración de mi ángel custodio y de nuestros santos Padres, colmados de gracia, de Sergio de Radonez el taumaturgo, de Paolo de Obnora el taumaturgo y de todos los santos, ten piedad de mí, pobre pecador y sálvame. Amén.”

Después, si es un día de la semana, arrodíllate tres veces y haz finalmente tres inclinaciones. Ve luego al starets, di la oración de Jesús e implora: “Señor mío, bendice mis pasos hacia el servicio de Dios”. Si el starets no ha escuchado bien o quiere ponerte a prueba, pide su bendición una segunda vez.  Después de haberla obtenido, ve a la Iglesia, sin volver los ojos ni a la derecha ni a la izquierda, mira hacia delante sin apurar ni detener el paso y ten las manos sobre el corazón.

Entra en la iglesia lleno de humildad y temor de Dios, acuérdate que eres un pecador indigno de presentarte ante Dios. Cuando entres en el “paraíso aquí en la tierra” no dejes que tu espíritu se ocupe de las cosas de la tierra. No pienses en otras cosas, sino sólo en el reino de los cielos y en tus pecados. Con lágrimas de arrepentimiento, implora al Señor. Cuando hayas llegado a tu lugar comienza a orar: “¡Señor, ten piedad de mí!” Inclínate y di: “¡Señor, purifícame, porque soy un pecador!” Inclínate nuevamente y recita la oración a la Madre de Dios, inclínate cinco veces diciendo: “Gloria al Padre”. Di después: “¡Señor, ten piedad de mí!” y has dos inclinaciones. Inclínate después hacia el abad o bien, si aún él no está, ante su banco. Haz lo mismo hacia tus hermanos, a la derecha y a la izquierda. Para ponerte finalmente de rodillas haz como sigue: toca el suelo, con las manos y después con la frente, sin decir una palabra, como lo hacen los otros hermanos. No hables con nadie y no te apoyes en la pared.

Cuando, termine el oficio, y vas al refectorio, recita el salmo: “Te exaltaré mi Dios, mi Rey, alabaré tu nombre día tras día, eternamente”. Si no te acuerdas las palabras del salmo, di la oración de Jesús. También en la mesa permanece en silencio para escuchar la lectura, no converses con tus hermanos, no discutas con ellos. No comiences a comer antes que el abad haya pronunciado la bendición. Mientras comes, recuerda que los alimentos son dones de Dios. Come y bebe con moderación, nunca con exceso. No te lamentes de lo que te sirvan. Toma un solo alimento al día, excepto el sábado y el domingo y los otros días en los cuales está permitido hacerlo. No lleves nunca el alimento a tu celda.

Durante el invierno evita dormir después de la comida, ya que las jornadas son más cortas. En verano, dado que las horas de luz duran más, después de comer puedes acostarte una hora o dos. No permanezcas nunca ocioso en la celda. Después de haber pedido la bendición del starets, lee la Escritura, o bien dedícate al trabajo silencioso, con la mente en Dios. Si estás enfermo, no te apresures en acostarte, sino que recita la oración a la Madre de Dios (con tres inclinaciones) y la oración de Jesús. Libera tu mente de todos los pensamientos terrenos y dirígela hacia Dios. Acostado piensa en el juicio final y en la muerte. […]. Esfuérzate en repetir sin descanso la oración de Jesús hasta que te duermas.

En las horas de sueño, si estás despierto haz la señal de la cruz y murmura la oración de Jesús. Si estás atormentado por el insomnio, eleva continuamente tu pensamiento y tu corazón a Dios y recita la oración de Jesús. [Si eres tentado] levántate, inclínate ante el ícono. Allí, como un culpable, vuélvete hacia Dios con lágrimas, arrepentimiento y compunción, recitando la oración indicada para las tentaciones. Ve luego a tu padre espiritual, al starets,  ponlo al corriente de tus desviaciones y de tu combate, luego implora su perdón. […]

Puede también suceder que te visiten fantasías nocturnas, como sucede a todos los monjes, sobre todo a los que no obedecen las directivas del starets o que no han confesado las tentaciones impuras.

Cuando quieras visitar a un hermano en su celda, párate sobre su ventana y recita la oración de Jesús. Si no escuchas responder “Amén”, repite la oración con voz más alta. Si aún no te responde, repite por tercera vez, más fuerte, la misma oración y golpea dulcemente el vidrio, con la punta de los dedos. Si, a pesar de esto, no te responde ningún “Amén”, vete para no molestar a tu hermano. Cuando el hermano, en su celda, responda “Amén” al primero o al segundo llamado de su visitante,  abra la ventana,  asome un poco la cabeza para preguntar humildemente: “¿para qué vienes, hermano?” Entrando con él, en la oración de entrada, haz una inclinación y, si el hermano es más anciano que ti, póstrate profundamente y pídele que te bendiga, antes de exponerle el objeto de tu visita.

Al momento de dejar la celda, haz una nueva inclinación, presenta tus escusas y pide la bendición de aquel que te ha recibido. “Cuando ores a Dios, nuestro Señor Jesucristo y a su Madre Inmaculada, dígnate interceder por mis pecados”. Y el dueño de la celda responderá: “Que Dios, quien ama a los hombres, nos ilumine y nos instruya según su voluntad, a ti y a mí, según su beneplácito. Amén.”


Anónimo del siglo XV

Publicado en esicasmo.it

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