Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

martes, 29 de mayo de 2012

La Iglesia doméstica


Paul Evdokimov


En una homilía sobre los Hechos de los Apóstoles, san Juan Crisóstomo habla del hogar cristiano: "durante la noche… levántate, ponte de rodillas y ora... Es necesario que tu casa sea continuamente un oratorio, una iglesia". La palabra "continuamente" tiene valor directivo, él invita a los vigilantes de espíritu: la pequeña iglesia doméstica debe tener día y noche delante el rostro de Dios.

La tradición oriental relaciona así en su naturaleza profunda la comunidad de la Iglesia y la comunidad conyugal. Las ve bajo la forma todavía indiferenciada del "comienzo": en el Paraíso terrestre, el misterio de la Iglesia y la comunión de la primera pareja humana son una sola y misma realidad. La primera célula conyugal coincide con la pre-iglesia y manifiesta la esencia comunitaria de las relaciones entre Dios y el hombre. El texto bíblico lo dice: Dios… venía al jardín a la hora de la brisa para conversar con el hombre y la mujer (Gn 3,8). Este acontecimiento prefigura todo lo que san Pablo revelará hablando del gran Misterio (Éf 5), el misterio nupcial divino-humano, el fundamento común de la Iglesia y del matrimonio.

Mientras que la historia del Antiguo Testamento se abre sobre el amor conyugal, la historia del Nuevo Testamento se presenta con el relato de las bodas de Cana (Jn 2,1). Una coincidencia semejante no es  fortuita. Por otra parte, cada vez que la Biblia habla de la naturaleza de las relaciones entre Dios y la humanidad, lo hace en términos matrimoniales. La alianza es de naturaleza netamente nupcial: el pueblo de Dios, luego la Iglesia, son engalanados con los nombres de Novia del Señor (Oseas 2, 19-20), de Esposa del Cordero (Ap 21,9), y el Reino de Dios celebra sus Esponsales eternos (Ap 19,7). Así la teología del matrimonio se origina en la eclesiología: las dos están emparentadas, a punto que una se expresa por medio de los símbolos de la otra.

Un mismo misterio

Cuando los novios confiesan su amor ante el Eterno y pronuncian el conyugal, el oficio nupcial en la Ortodoxia es mucho más que una simple bendición, que un cambio de consentimientos recíprocos natural en el orden de la creación. Se trata aquí del orden de la nueva creación evangélica, del orden de su plena terminación que trasciende la historia y se refleja en la eterna. Por el poder sacramental del sacerdote, la Iglesia une ambos destinos y eleva a esta unión al valor de sacramento. Le concede al ser conyugal así constituido una gracia particular, con vistas a un officium, con vistas a un ministerio eclesiástico. Es la creación de una célula de Iglesia puesta al servicio de toda la Iglesia bajo la forma del sacerdocio conyugal.

En su teología del matrimonio, san Pablo usa un método análogo al que empleó en Atenas (Hechos 17,22ss). Contemplando el monumento dedicado al "dios desconocido", él descifra su anonimato: el deus absconditus, el dios escondido y misterioso, es ahora el Deus revelatus, cuyo nombre es Jesucristo. También, en la carta a los Efesios (5,31), san Pablo cita el texto del Génesis: los dos eran una sola carne, un único ser. Toma este misterio, todavía muy enigmático en su origen, y lo revela a plena luz diciendo: este misterio es grande, quiero decir que se aplica a Cristo y a la Iglesia (5,32). El misterio conyugal, antaño oculto, ahora se alumbra y se precisa: se erige imagen sustancial de su fuente, en icono de las relaciones  misteriosas entre el Cristo y la Iglesia y es por eso que los dos eran un único ser.

San Juan Crisóstomo llama al matrimonio el "sacramento del amor" y justifica su naturaleza sacramental declarando que "el amor cambia la sustancia misma de las cosas". El amor natural, vuelto carismático en el momento del sacramento, hecho el milagro, obra la metamorfosis. Sustrae a la pareja de lo habitual, del orden de los elementos de este mundo, del plano animal, y la introduce en lo inhabitual, en el orden de la gracia, en el mysterion ofrecido por el sacramento. "Dos almas tan unidas no tienen que temer nada. Con la concordia, la paz y el amor mutuo, el hombre y la mujer están en posesión de todos los bienes. Ellos pueden vivir en paz detrás de la muralla inexpugnable que los protege y que es el amor según Dios. Gracias al amor, son más firmes que el diamante y más duros que el hierro, navegan en la plenitud,  remando hacia la gloria eterna y atraen siempre más la gracia de Dios". Es por eso que, continúa el mismo Padre, "cuando marido y mujer se unen en el matrimonio, no aparecen más como algo terrestre, sino como la imagen de Dios mismo". Solamente, precisa él, si el ser conyugal es un icono vivo de Dios, es porque el ante todo es "un icono misterioso de la Iglesia", una célula orgánica de la Iglesia. Pues, toda parcela orgánica refleja siempre el todo; la plenitud del Cuerpo permanece y palpita allí.

Conocemos el adagio de los Padres: "allí dónde está Cristo, allí está la Iglesia". Esta afirmación fundamental surge de la palabra del Señor: Allí dónde dos o tres están  reunidos en mi nombre, yo estoy en medio de ellos (Mt. 18, 20). Una "reunión" igual, en efecto, es la de naturaleza eclesial, ya que ella está integrada a Cristo y puesta en su presencia. Clemente de Alejandría, pionero de la teología patrística de la pareja, coloca al matrimonio en relación directa con la palabra citada y dice: "¿quiénes dos están reunido en nombre del Cristo, y en medio ellos se encuentra el Señor? ¿No son el hombre y la mujer unidos por Dios?" Este descubrimiento suscita el asombro profundo de Clemente y le hace proclamar: "el que se ejercitó en vivir en el matrimonio… ése sobrepasa a los hombres". El matrimonio trasciende lo humano, porque, exactamente igual al misterio de la Iglesia, constituye según Clemente un microbasileia, un "pequeño reino", la imagen profética del Reino de Dios, la anticipación prefigurada del siglo futuro.

Así, la eclesiología conyugal de la "pequeña iglesia" hace referencia a la gran Eclesiología. El sacramento del matrimonio, "imagen misteriosa de la Iglesia", muestra cómo los mismos principios que estructuran al ser de la Iglesia, estructuran también al ser conyugal. Estos principios fundamentales son en total tres: el dogma trinitario, el dogma cristológico, y también el Pentecostés conyugal, es decir, según la expresión de Clemente de Alejandría, la efusión del Espíritu Santo y de sus carismas en la Cámara alta de la "pequeña casa del Señor".

Un Dios de una sola Persona no sería Amor; tampoco el hombre, si es un ser aislado o totalmente solitario, no sería "a su imagen". Es por eso que, desde el origen, Dios declara: no es bueno para el hombre estar sólo (Gn 1,18). Y Dios lo creó pareja, ser comunitario, es decir eclesial.

Es desde este punto de vista que san Gregorio Nacianceno describe el misterio de la Trinidad. Por cierto, esta "descripción" no contempla de ninguna manera una evolución, una "teogonía" en Dios, sino que propone la visión como  un acto único e indivisible: "el Ser uno se pone en movimiento y pone al Otro; su dualidad expresa la multiplicidad, todavía no la unidad. Es por eso que la dualidad es franqueada, y el movimiento se fija en la Trinidad, que es plenitud". Cada una de las tres Personas contiene las otras dos y es esta eterna circulación del Amor intra-divino, su Pléroma, trino y uno a la vez. El dogma salvaguarda la antinomia transcendental del misterio; Dios es idénticamente "uno y trino". La Tríada divina está más allá del número. La igualdad perfecta de los Tres sube al Padre que es la Fuente, no en el tiempo, sino en el ser: es en él que se realiza el Uno divino.

Pero sin un tercer término, Dios y el hombre quedarían tan eternamente cortados, separados uno del otro. La persona del Verbo encarnado es este tercer término donde convergen y se unen la naturaleza divina y la naturaleza humana. Es por eso que la Encarnación del Verbo es central e indispensable para la comunión entre Dios y el hombre. "El Cordero inmolado " precede la creación del mundo (Ap 13,8).

La iconografía ofrece una ilustración sorprendente de esta verdad. El fondo de las cortes nupciales de otro tiempo representaba a Cristo que tenía dos coronas por encima de los esposos, revelaba así su centro divino de integración y hacía de la comunidad conyugal una imagen de la Trinidad. San Teófilo de Antioquia se hace eco de estos símbolos declarando: "Dios creó a Adán y a Eva para el amor más grande entre ellos, reflejando el misterio de la unidad divina". El primero de los dogmas cristianos estructura así el ser conyugal, de hecho una pequeña tríada, un icono del misterio trinitario.

 El fundamento cristológico

El dogma cristológico formulado por el Concilio de Calcedonia precisa el alcance de la Encarnación con relación a la salvación del hombre: las dos naturalezas, divina y humana, están unidas en la Persona del Verbo sin confusión ni separación. Entran en una cierta compenetración y, como el hierro sumergido en el fuego, la naturaleza humana es deificada. Desde entonces, es hacia esta unidad semejante entre lo humano y lo divino que se dirige toda la economía de la salvación: la gracia divina se une a la naturaleza humana y la Iglesia es ante todo el lugar donde se produce esta comunión.

Para el  nivel de la apropiación por cada individuo de este fruto universal de salvación, la imagen más frecuente es de carácter nupcial: son las "bodas místicas" del Cordero y de la Iglesia, del Cordero y de toda alma humana. Otra imagen viene de la noción de "cuerpo",  noción paulina y de origen netamente eucarístico. Los miembros se integran en un solo organismo, el Cuerpo del Cristo donde fluye la vida divina, haciendo de todos "un solo Cristo", según la palabra de san Simeón. La unidad de los hermanos de la que hablan los Hechos (4,32) se cumple ante todo en la eucaristía, porque ella presenta una auténtica y plena manifestación de Cristo. Orígenes lo explica diciendo: "Cristo vive sólo en medio de los que están unidos". Así la concepción eucarística de la Iglesia es expresamente  formulada: por la participación en el "sólo Santo", el Señor Jesús, su Cuerpo es estructurado en Communio sanctorum.

Los textos del Derecho canónico ortodoxo definen precisamente la comunión conyugal como una forma particular de la "Comunión de los Santos". Así la fórmula clásica de Balsamon: "Las dos  personas unidas en un único ser", no es más que una imagen concreta de la Iglesia, "pluralidad de personas unidas en un solo cuerpo". No es por casualidad que san Pablo coloca su enseñanza sobre el matrimonio en el contexto de su epístola sobre la Iglesia. En Efesios 4, 16, él escribe: el Cuerpo recibe su cohesión y se construye por medio de los lazos, las junturas variadas, según el papel de cada parte. El milagro de la Iglesia, su unidad arraigada en Cristo, resulta de las diversas formas de estos lazos. Entonces, al lado de las comunidades parroquiales y monásticas se ubica otro tipo de sociedad: la comunidad conyugal,  pequeña iglesia doméstica, la célula orgánica de la grande.

En su comentario sobre el relato de las bodas de Cana, san Juan Crisóstomo aclara el estrecho parentesco entre los símbolos que hablan a la vez de la Iglesia y del matrimonio. La materia del milagro consumado -el agua y el vino - se refiere al bautismo y a la eucaristía y señala el nacimiento de la Iglesia sobre la Cruz: del costado perforado, surgen sangre y agua (Jn 19,34) y esa es la esencia eucarística de la Iglesia. También, encontramos la misma imagen en el sacramento de matrimonio, puesta de relieve por el rito caldeo: "el esposo es semejante al árbol de la vida en la Iglesia. La esposa es semejante a una copa de oro desbordante de leche y rociada de gotas de sangre. Que la Trinidad Santa resida para siempre en su morada nupcial". Así, un lazo sagrado une el milagro de Cana, la Cruz y el Cáliz eucarístico, y los hace  converger en la copa común que beben los esposos en el curso de la ceremonia sacramental. Cuanto más los esposos se unen en Cristo, más su copa común, medida de su vida y de su mismo ser, se llena del vino de Cana, se hace milagro eucarístico, significa su transmutación en la " nueva criatura ", reminiscencia del paraíso y prefigura del Reino.

Por fin, en Caná, Jesús manifestó su gloria (Jn 2,11) en el marco de un ecclésia domestica. Según la tradición litúrgica e iconográfica, es Cristo quien preside las Bodas de Cana; mucho más, él es  el único Novio en el momento de toda boda. El icono de las bodas de Cana representa místicamente los esponsales de la Iglesia y de toda alma con el Esposo divino. Por el sacramento, toda pareja se casa con Cristo. Es por eso que, amándose el uno al otro, los esposos aman a Cristo. "Haz, Señor, que  cuando nos amemos el  uno al otro, nosotros te amemos a ti siempre más". Desde entonces, todo instante de la vida conyugal se vuelve doxologia, alabanza, canto litúrgico, ofrenda total del ser conyugal a Dios (cf. 2 Co 11,2; 1 Co 10, 31; Col 3,17).

 El fundamento pentecostal.

Es el don del Espíritu en el día del Pentecostés quien terminó de constituir la Iglesia. La efusión perpetuada por el Espíritu Santo hace de todo fiel un ser  carismático, penetrado por entero,  alma y  cuerpo, por los dones del Espíritu. El sacramento del matrimonio funda la iglesia doméstica y tiene su propio Pentecostés. En el corazón del sacramento se ubica la epíclesis, es decir la oración pidiendo al Padre el envío del Espíritu Santo: "Señor Dios nuestro, corónalos (a los esposos) de gloria y de honor". Estas palabras marcan el momento del descenso del Espíritu y es el Pentecostés conyugal. Pidiendo el coronamiento de los esposos, la epíclesis se refiere a la oración sacerdotal del Señor: Yo les di la gloria que tú me diste, para que sean uno (Jn 17,22). Los novios así son coronados de gloria con el fin de hacerse uno, en la communio sanctorum de la Iglesia.

Entre todos los lazos terrestres, sólo el matrimonio presenta una plenitud en sí mismo. San Juan Crisóstomo ha escrito: "quien no está atado por los lazos del matrimonio no posee en él mismo la totalidad de su ser sino solamente su mitad: el hombre y la mujer no son dos sino un sólo ser". El matrimonio restituye al hombre su naturaleza original y el "nosotros" conyugal anticipa y prefigura el "nosotros" no de tal o cual pareja sino del Masculino y del Femenino en su totalidad, el Adán reconstituido y consumado del Reino.

Pero toda verdadera alegría, toda elevación se sitúa siempre al término de un sufrimiento y la liturgia del coronamiento habla de eso sin debilidad. Sólo la corona de espinas del Señor le da sentido a todas las otras. Según san Juan Crisóstomo, las coronas de los novios evocan las coronas de los mártires e invitan a la ascesis conyugal. Del amor mutuo de los esposos brota la oración de las vírgenes mártires: "es a ti a quien yo amo, divino Esposo, es a ti a quien busco luchando, por ti muero, con el fin de vivir también en ti". El camafeo de los antiguos anillos nupciales representaba a dos esposos de perfil unidos por la cruz. El amor perfecto es el amor crucificado. "En todo matrimonio, no es el camino lo que es difícil, es lo difícil que es el camino" (Kierkegaard). Es por eso que el matrimonio es un sacramento que pide la gracia y en cuál la liturgia ora sin cesar para "el amor perfecto". "Da tu sangre y recibe el Espíritu", este aforismo monástico se aplica con el mismo título al estado conyugal.

La celebración litúrgica de Pentecostés lleva un mensaje secreto de una inmensa significación y que está en relación con los carismas conyugales. Aquel día, el único en el año, la Iglesia ora por todos los muertos desde la creación del mundo y autoriza la misma oración para los suicidas. En la superabundancia de su gracia, la fiesta nos coloca delante del misterio del infierno. No se trata aquí del elemento doctrinal: eternidad del infierno o el último destino de los condenados. Se trata de la actitud orante de los vivientes, la sola actitud posible delante de este insondable misterio. La liturgia, sin ningún prejuicio, redobla su oración para todos los vivientes y por todos los muertos.

Entonces, ¿qué es el infierno? Es el lugar de donde Dios está excluido. Desde este punto de vista, el mundo moderno en su conjunto se presenta  bajo este aspecto infernal. Hay allí una interrogación inmensa dirigida a todo creyente: ¿qué hacer delante de este mundo demoníaco? Parece que la actitud del cristiano puede encontrar una indicación decisiva en una tradición muy antigua evocada por san Juan Crisóstomo: durante la celebración del bautismo, todo bautizado muere con Cristo, pero también, con él desciende a los infiernos e, igual en todo como Cristo resucitado, lleva sobre él el destino de los pecadores. ¡Llamados  con fuerza a seguir a Cristo y a descender, nosotros también, en el infierno del mundo moderno, no "como turistas", como decía Péguy respecto a Dante, sino como  testigos de la luz del Cristo!

Un texto litúrgico del Viernes Santo describe el descenso a los infiernos y muestra a Cristo "saliendo del infierno como de un palacio nupcial". Podemos pues discernir un llamado muy preciso dirigido a los esposos cristianos: deben crear una "relación nupcial" con el mundo, hasta y sobre todo bajo su aspecto infernal, entrar en ello como en un "palacio nupcial", dar testimonio de la presencia universal de Cristo y ya que, según la expresión de Isaac el Sirio, el pecado esencial del mundo es ser insensible al Resucitado, esforzarse por sensibilizar al mundo y al hombre moderno del Resucitado. Más que nunca todo hogar  cristiano es ante todo un trazo de unión, una parada entre el Templo de Dios y la civilización sin Dios.

 El sacerdocio conyugal

¿Pero cómo los esposos ejercerán sobre el mundo esta influencia decisiva? Por su sacerdocio conyugal. Y este sacerdocio se articula sobre los carismas particulares del hombre y de la mujer.

El hombre es un ser extático: él sale de sí mismo y se prolonga en el mundo por los actos. La mujer es un ser instática no está en acto sino en ser. Ella es vuelta hacia su propia profundidad, se interioriza, semejante a la Virgen que guardaba las palabras divinas en su corazón. Ella está presente en el mundo por el don total de ella misma. Un fresco de las catacumbas de San Calixto muestra al hombre, con la mano extendida sobre la ofrenda, celebrando la eucaristía; detrás de él está la mujer, con los brazos en oración, la orante. Si lo propio del hombre es actuar, lo de la mujer es el ser. Dejado a él mismo,  el hombre se extravía en las abstracciones y las objetivaciones; degradado, se vuelve degradante y fabrica un mundo  deshumanizado. Proteger al mundo, a los hombres y a la vida como madre y nueva Eva, purificarlos por su virginidad, tal es la vocación de toda mujer. Debe convertir al hombre en su función esencialmente sacerdotal: penetrar sacramentalmente los elementos de este mundo y santificarlos, purificarlos por la oración. Todo cristiano es invitado por Dios a  vivir de fe: ver lo que no se ve, contemplar la Sabiduría de Dios en la absurdidad aparente de la historia, y hacerse luz, revelación, profecía, seguir a los "violentos" que toman por asalto el cielo y se apoderan del Reino (Mt 11,12).

El Evangelio según san Juan (13,20) predica una palabra del Señor, la más fuerte posiblemente que se dirija a la Iglesia: Quien recibe a quien yo  envío a mí me recibe, y quien me recibe, recibe al que me envió. Esta palabra se dirige también a la "pequeña iglesia" que es  todo hogar cristiano. Ella quiere decir que el destino del mundo está suspendido en la actitud inventiva de la Iglesia, en su arte de acoger y de hacerse acoger, al arte de la caridad de sus santos. Y este arte significa la cosa más simple y más elevada a la vez: reconocer la presencia del Señor en todo ser humano.


Version raccourcie du texte paru dans
L’anneau d’or, Éd. du Feu Nouveau, no 107 (1962) ;
repris dans Paul Evdokimov, La Nouveauté de l’Esprit,
Études de spiritualité
, Bellefontaine (SO 20), 1977.

Publicado en http://www.pagesorthodoxes.net

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