Importancia del
tema en la espiritualidad del Oriente.
En los autores espirituales del Oriente cristiano,
¡cuántas veces encontramos la palabra corazón! Hablan de la custodia del
corazón, de la atención del corazón, de la pureza del corazón, de los
pensamientos, deseos y resoluciones del corazón, de la oración del corazón, de
las revelaciones del corazón, de la presencia divina en el corazón, etc.
Los autores rusos tomas gustosamente el corazón como
emblema para distinguirse del Occidente “racionalista”, que ha llegado a olvidar
que el fundamento de la vida cristiana es el corazón. En el opúsculo La paz en Cristo, P. Ivanov escribe:
“Buscar el alimento para el corazón es volverse hacia Dios, porque Dios mismo
es un corazón que abarca todo. Sólo con el corazón se puede conocer el
universo, lo que Kant llama la cosa en sí. Entonces quien tiene el corazón
percibe a Dios, a los hombres, a los animales, a la naturaleza. Sólo el corazón
es capaz de dar la paz al espíritu.”
Si la religión es una relación con Dios, escribe un autor
ruso, B. Vyseslavcev, el contacto real con la Divinidad no es posible más que
“en la profundidad del yo”, en lo profundo del corazón, porque Dios, según
Pascal, es sensible al corazón. Sólo en él es posible una auténtica experiencia
religiosa, sin la cual no hay ni religión ni verdadera ética.” “El hombre ‘sin
corazón’ es un hombre sin amor, sin religión, porque a fin de cuentas el
ateísmo es el estado sin corazón.” En consecuencia, la noción de corazón,
piensa el mismo autor, ocupa el lugar central en la mística, en la religión y
en la poesía de todos los pueblos.
La enseñanza de los manuales de dogmática no es
diferente. Citemos, entre otros, a T. Ornackij: “La fe es una disposición
inmediata del corazón”; N. Malinovskij: “La fe se comprende sólo como un sentimiento
religioso”; P. Sokolov: “La fe está motivada por el sentimiento”; J. Nikolin:
“La fe nace en la esfera del sentimiento” y “debe ser encendida y alimentada
por el sentimiento”.
Ambigüedad del
término
Esta insistencia en los sentimientos del corazón no está
carente de peligros, pensaban los teólogos de Occidente. La experiencia mística
más profunda o la más vulgar banalidad, como un modernismo poco ortodoxo,
pueden ser revestidos del mismo pomposo ornamento. ¿Son realmente conscientes
siempre de qué se trata todos los que se lanzan tan fácilmente con frases
enfáticas sobre el corazón y sobre los sentimientos? Es verdad que las
expresiones de algunos podrían conducir al irracionalismo y al sentimentalismo.
La fe se opondría completamente al conocimiento científico, y ya no habría nada
que hacer con el fundamento racional de la fe.
El pecado de Occidente, replican los rusos, es, al
contrario, el racionalismo, que olvida que el fundamento de la vida espiritual
es el corazón. Teófanes el Recluso ve el inicio de la decadencia en el
humanismo del siglo XV, primero en Italia, después en Inglaterra, en Francia,
en Alemania. Como si el diablo, atado por mil años (cf. Ap 20,2), fuese
liberado totalmente de golpe, comenzando a incitar a los doctos a estudiar las
lenguas antiguas para atraer a continuación su espíritu hacia el orgullo
pagano.
El Señor ha ordenado al fiel quedarse en su habitación y
orar allí (Mt 6,6). Esta habitación es el corazón. En consecuencia, es el
mandamiento del Señor el que nos obliga a orar en nuestro corazón.
Pero ¿es fácil decir qué oración se hace en el corazón?
Vyseslavcev, que ha exaltado tanto la
función del corazón en la vida religiosa, rechaza por principio entrar en
precisiones. El corazón, escribe, “es tan misterioso como Dios mismo y es
totalmente accesible sólo a Dios. El profeta Jeremías dice: ‘Nada hay más
engañoso que el corazón… ¿quién lo conocerá? Yo, el Señor, escruto el corazón,
sondeo las entrañas’ (17, 9-10).
El corazón en la
Biblia
En la Biblia, la palabra corazón (lev, o levav, kardía) no indica apenas más de diez veces el órgano
corporal, pero es empleada más de mil veces en sentido metafórico para
significar la sede de las distintas funciones psicológicas. Es el corazón el
que piensa, reflexiona, concibe proyectos, toma resoluciones y decisiones,
asume responsabilidades. Es él, y no el alma, el que juega el papel central en
la vida interior. Sede de la vida moral, el corazón lo es también de la vida
religiosa. Es el corazón el que experimenta el temor de Dios y es sobre todo en
él donde reside la fidelidad de YHWH (cf. 1 R 11,3-4).
En la Biblia, el corazón, por tanto, contiene en sí toda
la plenitud de la vida espiritual, que debe abrazar al hombre por entero, con
todas sus actividades.
Pero el corazón que sustraído a las miradas. Normalmente,
el comportamiento de un hombre debe manifestar lo que hay en su corazón. Se
conoce así el corazón, indirectamente, a través de lo que expresa el rostro
(Sir 13,25), a través de lo que dicen las palabras (Pr 16,23), por lo que
testimonian los actos (Lc 6,44-45). Sin embargo, en vez de manifestar, las
palabras y los comportamientos pueden también disimular (Pr 26,23-26; Sir
12,16): el hombre tiene la temible posibilidad de tener doblez.
El corazón en la
antropología cristiana
La antropología cristiana distingue desde el principio
dos niveles en la persona humana. Al mismo tiempo, comienza, sobre todo con los
alejandrinos, a apoyarse en la doctrina platónica del alma y del cuerpo para
definir su posición respecto a los problemas filosóficos.
La oposición bíblica entre el “hombre exterior” y el
“hombre interior” les parecía a los Padres que respondía a la distinción entre
el alma y el cuerpo. Por otro lado, Platón tenía una concepción dualista del
alma, al menos así fue interpretada en la época de los Padres: el noûs, la parte superior, racional, y la psyché, una función animal, inferior, lo
que Evagrio llama la “parte pasional del alma”.
Se sabe que para Platón el noûs es “lo que hay de mejor en el alma”, el “piloto del alma”, la
facultad que está en contacto con Dios. Esta tradición, corregida y
cristianizada, se mantiene en la definición clásica de la oración: una
“elevación del noûs hacia Dios”. Como
la pupila del ojo es, por así decir, el punto de contacto entre los dos mundos,
el exterior y el interior, de la misma manera, piensan los Padres, debe haber
en el hombre un punto misterioso por medio del cual Dios entra en la vida del
hombre con todas sus riquezas (Teófano el Recluso).
Fieles a la tradición especulativa de su cultura, los
Padres griegos ciertamente no han sustituido por casualidad el lev, levav bíblico por el noûs. Y la inteligencia, es según
Gregorio Nacianceno, “el corazón purificado del Salmo 50,2).
Se podrían citar gran número de autores del medioevo latino
para los cuales el corazón se identifica con la inteligencia. Pero el siglo XII
es bajo muchos aspectos el siglo de los affectus.
Esforzándose por definir la relación del alma con Dios en un lenguaje que es el
del amor, este siglo ha introducido la espiritualidad por nuevos caminos. Y
puesto que el corazón, que para los poetas era ya el lugar del amor, permanece
el lugar de la vida religiosa y de la experiencia espiritual, no hay que sorprenderse
de que los términos cor y affectus se hayan acercado cada vez con
más frecuencia el uno al otro. Y dado que se oponía el cordis affectus al intellectus, para Tomás de Aquino el
precepto de amar a Dios con todo el corazón (cf. Lc 5,27) no es más que un actus voluntatis quae hic significatur per
cour.
Bien pronto, sin embargo, habría de manifestarse, sobre
todo en la piedad popular, una reacción contra el “voluntarismo” en favor de
los “sentimientos”. Para la espiritualidad rusa, como ya se ha visto, la “parte
del corazón” o la “parte del sentimiento” no son más que una sola y misma cosa.
En el origen de estas divergencias se encuentra el
esfuerzo, en sí loable pero demasiado precoz, de traducir la experiencia espiritual
en términos psicológicos. Se ha tratado, ante todo, de situar el corazón
bíblico en la estructura metafísica del hombre y sólo después se ha planteado
qué función tal “corazón” pudiese tener en la vida espiritual. Ahora bien, es
necesario invertir el procedimiento. Son los problemas religiosos los que el
concepto de corazón plantea con prioridad.
La elevación del
espíritu a Dios.
El problema religioso por excelencia es la oración. Según
Teófano el Recluso, la oración es “un todo, ella resume todo”. Pero la
definición clásica de la oración como “elevación del espíritu (noûs) hacia Dios” no expresa, sin más
matizaciones, esta plenitud de vida. Cuando Jesús nos enseña a rezar el “Padre
Nuestro”, nos coloca ante un misterio inaccesible a los pensamientos humanos,
en la vida trinitaria del Padre, del Hijos y del Espíritu Santo. En
consecuencia, si la oración se hace “en el Espíritu”, más que una elevación de
nuestro espíritu (con minúscula), será elevación del Espíritu (con mayúscula);
será la “respiración del Espíritu” (Teófano).
Entonces, la oración será “espiritual” en el verdadero
sentido de la palabra. Pero ¿se trata todavía de nuestra oración? El Espíritu
Santo ¿permanece exterior a nuestra alma humana? Si es verdad que hay símbolos
que expresan la venida desde fuera de este “huésped divino”, se nos da el
Espíritu de tal modo que se convierte en lo que hay de más espiritual en
nosotros, en nuestro verdadero yo. Según la tricotomía explicada por Ireneo, “el
hombre perfecto está compuesto de tres elementos: la carne, el alma y el Espíritu”.
La oración en el Espíritu se identifica, por tanto, con nuestra oración
espiritual.
El Espíritu en
el corazón
¿En qué facultad humana reside el Espíritu? Lo que los
autores místicos notan ante todo es una marcada semejanza entre la vida
espiritual de la persona humana y su experiencia del universo visible. De la
misma manera como la pupila del ojo es, por así decir, el punto de contacto
entre los dos mundos, el exterior y el interior, así debe existir en el hombre
un punto misterioso por medio del cual Dios entra en la vida del hombre con
todas sus riquezas, un “órgano del Espíritu” (Teófano)
La palabra “órgano” esconde, sin embargo, un peligro. Con
razón se ha reaccionado contra la teoría ética del siglo XIX que hacía de la
relación con Dios una de las diversas relaciones sociales. No se puede colocar
en el mismo plano la obediencia a los superiores, la caridad hacia el prójimo y
la religión, porque ésta es el fundamento y el motor de las otras dos. Lo mismo
sucede con nuestra estructura interna. Para los cristianos, es hacia la piedad donde
deben converger las actividades visuales, intelectuales y las demás, porque
todas las facultades humanas, sin excepción, tienen y se dirigen hacia el
Señor.
Es de esto de lo que los Padres no se han dado cuenta
suficientemente en sus discusiones sobre cuál de las facultades del hombre sea
portadora de la “imagen de Dios”. Sin aportar soluciones definitivas, los
místicos posteriores sin embargo han iluminado mejor el problema. Ellos no
hablan ya de un “órgano”, de una “facultad” especial, sino del “fondo del alma”,
de su “centro”, de su “esencia”. “Dios está escondido en el fondo del alma,
allí donde el fondo de Dios y el fondo del alma no son más que un único y mismo
fondo”, dice Eckhart. La verdadera unión con Dios no se realiza más que en la
esencia del alma: “En cuanto verdadero, sub
ratione veri, Dios es conocido por la inteligencia; en cuanto bien, sub ratione boni, por la voluntad;
inteligencia y voluntad son las potencias del alma; en cuanto Ser, él penetra
la intimidad de la esencia del alma”. De aquí se sigue la conclusión: “No
trates de fundar tu santidad sobre el actuar, hay que fundarla sobre el ser;
porque las obras no nos santifican, somos nosotros los que debemos santificar
las obras.” (Fischer)
En cuanto a saber cómo interpretar las palabras “esencia”
y “ser”, se trata de otra cuestión, y de las más delicadas. Limitémonos a
constatar que Eckhart trata de situar el punto de contacto con la gracia en una
zona que es la “raíz” de la misma vida, el centro de todas las fuerzas humanas,
de la vida con su multiforme actividad. Pues bien, según el lenguaje común de
los pueblos y de la misma Escritura, este centro es el corazón, “sede del
Espíritu” (Teófano).
El corazón,
principio de la unidad de la persona
Si el corazón es el centro vital de toda la actividad
humana, él será el principio de la unidad de la persona humana e, identificado
con el hombre mismo, indicará su integridad. “El corazón mantiene la energía de
todas las fuerzas del alma y del cuerpo”, dice Teófano el Recluso. Para
ilustrar su afirmación, Teófano se sirve de un parangón tomado del teatro. Cuando
un actor interpreta su parte fuera de la escena, su actuación pierde mucho; así
sucede con el ejercicio de una facultad aislada: es artificial y su eficacia
queda disminuida. El parangón es, sin embargo, muy débil, porque la escena es
un elemento puramente externo a la interpretación, mientras el corazón
participa activamente en el papel de las otras facultades. “No sólo es la
escena en la que los personajes interpretan su papel, sino él mismo toma parte
en la interpretación. Con sus movimientos todas las demás fuerzas se reflejan
en él y, a la inversa, él se refleja en ellas”.
Detengámonos en otro aspecto de esta unidad. Si llamamos
a la primera unidad “estática”, la segunda sería “dinámica” o “histórica”. […]El
presente no es más que un instante incesante en una rapidez fugaz. Nuestra
existencia se halla continuamente “lacerada” en actos múltiples. Nosotros no
somos capaces de vivir un acto que dure siempre. Bossuet ve un error en el “poner
la perfección de esta vida en un acto que no conviene más que a la vida futura”.
Pero el ideal cristiano de Oriente fue siempre el “estado
de oración”, es decir, una disposición habitual que merezca de alguna manera el
nombre de oración por sí misma, fuera de los actos que produce más o menos
frecuentemente. Esta disposición es llamada “oración del corazón”, porque el
corazón da una estabilidad a la multiplicidad de los momentos sucesivos de la
vida.
El “estado” del
hombre.
Se afronta aquí uno de los graves problemas de la vida
espiritual: la certeza de la salvación. Cada uno de los actos diarios de que se
compone nuestra vida espiritual posee una cierta independencia. Es esto lo que salva
al pecador. A diferencia del ángel, el hombre caído no es inmutablemente prisionero
de su culpa; él puede cambiar de decisión, hacer penitencia y reconciliarse con
el Señor. Sin embargo, esta independencia es un riesgo terrible y los momentos
posteriores de la vida permanecen
siempre como un peligro para los justos. […]
La voluntad es libre y dueña de sus decisiones. Ella no
debe satisfacer ciegamente sus deseos. Del mismo modo que defienden la libertad
de Dios en la providencia, los Padres griegos insisten en la libre
responsabilidad del hombre: el libre arbitrio es condición y fundamento del
mérito.
Sin embargo, no habría que identificar el acto libre con
el acto aislado. Todo lo que sucede en nosotros o se produce fuera impresiona a
nuestro corazón, nos deja huella; y el corazón mantiene en la unidad una gran
variedad de sentimientos encerrados en sí. Se forma entonces una disposición
estable, que da una orientación a las futuras decisiones: “Notad, escribe
Teófano el Recluso, cómo se realiza rápidamente lo que nos gusta, mientras se
nos caen las manos y los pies se quedan clavados al suelo cuando se debe hacer
un trabajo que no agrada al corazón”.
Aunque siempre en movimiento, como un barómetro durante
la tempestad, el corazón está en el origen de una cierta estabilidad. Mantiene
nuestra vida en una dirección dada y forma en el hombre una estructura interna
bien determinada. Que las buenas disposiciones se enraícen en él, y entonces el
corazón será, en esta vida, la única garantía de nuestra futura salvación. “Por
eso la formación del corazón tiene una importancia tan grande desde el
principio de la vida espiritual” (Teófano).
La atención del corazón
La tradición de las Iglesias orientales insiste en la
atención que se debe prestar al corazón como la “obra más importante y
primordial en la vida espiritual” (Teófano). No es suficiente hacer buenas
acciones exteriores, es necesario además concebir buenos pensamientos y tener
buenos sentimientos; es necesario “adquirir el arte de gobernar los movimientos
de nuestro corazón, cosa que los santos Padres llaman atención, sobriedad,
actividad interna”.
Tal atención al corazón tiene, sin embargo, una dimensión
negativa: alejar todo pensamiento malo que viene del exterior del corazón. Se
trata de una vigilancia. Se la representa como un ángel delante de la puerta
del Paraíso del corazón (Juan Mosco). El parangón no funciona más que en parte.
Vigilar la puerta no es suficiente; se custodia para gozar de lo que se
encuentra dentro, para conducir la vida paradisíaca en un diálogo con Dios. La
atención a aquello hacia lo que nos llevan los sentimientos del corazón prepara
el camino a la contemplación. En su recopilación La oración, Teófano cita entre otras esta palabra de Hesiquio: es “en
el corazón” como los fieles ven a Dios. Isaac el Sirio habla de ello a menudo
en el mismo sentido. Para él, la purificación sigue esta progresión: purificar
las pasiones y conservar sin cesar la memoria de Dios. Entonces el corazón se
convierte en fuente de revelación. Se concentra en él toda la fuerza del
espíritu, el fiel es deslumbrado por un gran resplandor espiritual y contempla
al Señor en su corazón (Teófano).
El conocimiento
del corazón
Lo que precede no es todavía concluyente, porque queda
por aclarar una importante cuestión. Presentémosla bajo la forma de una
objeción: “No trates de fundar tu santidad sobre el actuar”, enseña Eckhart.
Ahora bien, en Occidente, todo manual de moral no hace sino distinguir los
actos buenos de los actos malos o también de los indiferentes. Se mide el grado
de rebelión contra Dios según que un acto constituya un pecado venial o mortal.
Los confesores aparecen como grandes maestros en estas distinciones. En el
Oriente cristiano, por el contrario, los “Padres espirituales”, los famosos “starcy”
de Rusia, se interesaban poco por las confesiones detalladas de los penitentes.
Ellos poseían la kardiognosía, una
clarividencia que leía el corazón de los hombres. Psicológicamente hablando, se
podría decir que ellos eran más “maternos” que “paternos”. Por otra parte, ¿no
leemos en nuestros días también en Occidente críticas que condenan la moral
basada en la perfección o imperfección de los actos? Y es precisamente esta
última perspectiva la que se juzga responsable de la crisis de la actual
dirección espiritual.
El juicio de Teófano es incomparablemente más equilibrado
que el de un gran número de nuestros críticos modernos. Él aprecia el gran
valor de los actos hechos con libre voluntad y en la observancia de los
mandamientos. Para él, la cuestión no debe ser “la moral de los actos o del
corazón”, sino “de los actos en el corazón”. “Aquellos que observan los
mandamientos de Dios saben que Dios está junto a ellos, porque los mandamientos
de Dios entran en sus costumbres con la observancia constante y producen en el
alma diversos rasgos de semejanza con Dios” (Teófano). En términos modernos,
podemos decir: la moral de los mandamientos debe convertirse cada vez más en
moral del corazón. ¡Exhortación fácil, pero difícil de describir! Los actos son
visibles, palpables y medibles, ¿pero el corazón? (Jr 17, 9-10). Para los
hombres, escribe Vyseslavcev, el corazón es “impenetrable a la mirada de los
demás, pero –cosa que sorprende todavía más- es igualmente impenetrable a la
propia mirada”.
La cardiognosía supone, por tanto, que se supere esta
incomunicabilidad. Si se insiste para saber cómo el hombre puede conocerse –y debe
hacerlo-, hay una respuesta: porque el alma está presente a sí misma (Pseudo
Macario). Ella tiene según el grado de su limpidez, una intuición directa de sí
misma. La noción de corazón incluye una forma de conocimiento intuitivo e
integral. Se trata de los “sentimientos” del corazón. “La función del corazón,
escribe Teófano, consiste en experimentar todo lo que afecta a nuestra persona.
En consecuencia, siempre y sin cesar, el corazón experimenta el estado del alma
y del cuerpo, así como las impresiones multiformes que producen las acciones
particulares, espirituales y corporales, los objetos que nosotros encontramos y
que nos encuentran, nuestra situación externa y, de una manera general, el
curso de la vida”.
Los sentimientos espirituales
Todos los sentimientos del corazón no pueden tener
evidentemente el mismo valor. Para orientarse en este campo lleno de matices innumerables,
Teófano el Recluso se atiene fielmente a la división tripartita del hombre: hay
sentimientos del cuerpo, del alma y del Espíritu. Es evidente que los
sentimientos del cuerpo pueden coincidir con los deseos naturales, pero es
verdad también que la corrupción de la naturaleza causada por el pecado puede
manifestarse aquí mucho más.
“Los sentimientos del alma son los sentimientos del
corazón que surgen en ella como consecuencia de los cambios que se producen en
el alma por su propia operación. Ellos se distinguen en sentimientos teóricos,
prácticos y estéticos, de lo que se sigue que provienen del entendimiento, de
la voluntad o que son una consecuencia de la reflexión del corazón sobre sí, de
su volverse a su propia riqueza” (Teófano). En este contexto, Teófano explica
las diversas “intuiciones” que nos conducen en nuestra actividad intelectual,
moral, pero sobre todo en la apreciación estética de los valores de la vida,
que nace en el corazón bajo la atracción de objetos caracterizados por la
belleza.
El hombre debe ante todo embellecerse con “sentimientos
espirituales”, cultivarlos y desarrollarlos, acrecentar su simpatía natural por
“Dios mismo y el orden divino de las cosas o el mundo espiritual” (Teófano). De
aquí nacen las “intuiciones”, percibidas solo por aquel que las ha
experimentado, de forma que el conocimiento de los misterios divinos llega a
ser como un bien propio. “Hay en el hombre que ha abandonado el pecado y que se
ha convertido a Dios, y esto por la gracia divina plenamente renovada, una
simpatía con el mundo espiritual” (Teófano). Ésta depende del grado del
parentesco entre Dios y el hombre. Prestar atención a las voces de esta “connaturalidad”
es percibir los misterios divinos tal cual son en nosotros y tal como entran en
nuestra vida. Entonces el corazón se convierte en una fuente de revelación: “Entonces
quizá el aire sensible estará menos presente en la respiración de nuestros
sentidos exteriores de lo que el Espíritu de Dios llegará a hacerse íntimo a
nuestro corazón, insuflando en él sin cesar su recuerdo y permaneciendo cada
vez más en nosotros…” (Martyrius Sahdona).
Así la oración, según las enseñanzas de Teófano que sigue
la larga tradición oriental, sobre todo la de los hesicastas, no será nunca
perfecta si no desciende “de la cabeza al corazón”. El Señor ha mandado
quedarse en la propia habitación para orar. Esta habitación es el corazón. “La
oración es, en el verdadero sentido de la palabra, un suspiro del corazón hacia
Dios; si falta este impulso, no hay oración” (Teófano). Ésta debe ser como la
respiración natural del corazón que espontáneamente aspira a la unión con Dios
y con una intuición natural siente la presencia del Espíritu Santo en todo lo
que el hombre hace, piensa y desea.
Una oración así es continua, es la conciencia de nuestro
estado de hijos de Dios, de nuestra divinización, en la medida en que es
posible sentir y gustar la presencia del Espíritu en esta vida.
Las
consolaciones espirituales
“La vestidura del espíritu es el sentimiento” (Teófano).
El progreso de la vida espiritual se mide, por tanto, en la constancia de las
buenas disposiciones del corazón, como un árbol echa raíces.
Las realidades celestes no pueden ser senderos para el
corazón, a causa de la impureza de este último. En consecuencia, la victoria última
sobre el pecado es conseguida sólo cuando se comienza a experimentar
sentimientos contrarios a las tentaciones, cuando se llega a ser insensible a
la llamada del mundo, cuando no se gusta más que lo divino.
Pero en esta vida el sentido de lo divino está sujeto a
múltiples variaciones. Resumiendo los pasos característicos de Diádoco de
Foticé, Teófano establece una regla normal de la pedagogía divina: 1) La gracia
divina está presente desde el principio como una sola sustancia con el alma. 2)
Al comienzo de la vida espiritual, ella se hace sentir a menudo como una
consolación, una recompensa por los trabajos.3) Más tarde con frecuencia la
gracia se esconde y Dios deja a los santos en los sufrimientos, en las
desolaciones, para probarlos y purificarlos. 4) Al final, cuando el período de
la purificación se ha cumplido, Dios concede de nuevo sus consolaciones y la
plenitud del Espíritu Santo.
Sin duda es difícil describir estos sentimientos; sin
embargo, la lengua posee toda una gama de términos análogos susceptibles de dar
cierta idea sobre lo que se “siente” interiormente: el calor, la paz, la
alegría, las lágrimas… Es de las lágrimas de lo que se habla con más frecuencia
en Oriente.
Las lágrimas
Ciertas emociones pueden provocar una mayor o menor
abundancia de lágrimas. En el lenguaje corriente, “tener el don de lágrimas”
significa llorar fácilmente. El dolor místico y más aún el dolor moral son sus
causas habituales. Se puede también llorar de rabia, de impotencia, de piedad,
de emoción estética. Que la oración intensamente vivida sea una fuente de
emociones específicas y de sentimientos diversos que se traducen en lágrimas no
tiene, pues, nada de sorprendente en sí mismo.
Juan Casiano aporta la primera clasificación que
conocemos sobre el fenómeno de las lágrimas. Ellas no vienen, dice, sólo por el
sentimiento espiritual, sino que son provocadas también por el recuerdo y el
deseo del cielo, por el temor del infierno. Están además las lágrimas que nos
hacen derramar el endurecimiento y los pecados de los demás, y las que derrama
el justo aplastado bajo el peso de las angustias y las aflicciones de este
mundo.
Para los antiguos orientales, lágrimas y compunción van
juntas de tal modo que la metonimia las ha reducido a sinónimos. “¿Existe un penthos sin lágrimas?”, pregunta Doroteo
de Gaza a Barsanufio. Éste se contenta con destacar que, una vez rota la
voluntad propia, los pensamientos se recogen, y una vez recogidos engendran en
el corazón la compunción, y la compunción las lágrimas. La compunción no mira
solamente, como la simple penitencia, a la adquisición del perdón divino: se
esfuerza por cancelar los restos, las huellas y las múltiples cicatrices del
pecado que perduran siempre. He aquí por qué estas lágrimas son perpetuas.
Los documentos orientales sobre las lágrimas son
numerosos. Ammonas resume en una sentencia la doctrina de los Padres sobre la
virtud curativa del penthos: “El penthos expulsa todas la culpas, sin
excepción”. Purificados de las pasiones, aquellos que lloran siempre gozan de
una verdadera paz. El luto equivaldrá a la consolación.
Si hay lágrimas que vienen sin que nosotros hagamos
esfuerzo alguno, hay otras que vienen por nuestra voluntad, declara Juan
Clímaco. Juan Casiano no tiene una buena opinión de las lágrimas forzadas.
Sobre este punto, él se separa de sus maestros orientales. Éstos enseñan que la
compunción es una gracia de Dios, dada a veces “sin esfuerzo, automáticamente”
(Basilio). […]
Las lágrimas místicas son concedidas a aquel que ha
recibido la contemplación de la luz inaccesible, escribe Nicetas Stethatos, su
maestro, Simeón el Nuevo Teólogo, en sus visones más altas no cesaba de
derramar torrentes de lágrimas. Sin embargo, la mayor parte de los antiguos
ponen aquí en guardia contra la tentación de la vanagloria. “No te ensalces
porque derramas lágrimas en tu oración”, dice Marcos el Eremita. Hay que
servirse del temor de Dios, advertía Juan Clímaco, para discernir la causa de
las lágrimas. El sirio Juan el Solitario, que tiene una teoría muy original
sobre la distinción de las lágrimas según las tres clases de hombres
(somáticos, psíquicos y pneumáticos), admite su desaparición: “Cuando la
inteligencia del hombre está en la
región del Espíritu… el ángel no llora más”. ¡Pero se ha juzgado siempre muy
peligroso tenerse por un ángel! Llorar los propios pecados es, por el
contrario, un mandato para todos, un carisma general (Gregorio Nacianceno).
Tomas Spidlík s.j.
La oración según la tradición
del Oriente Cristiano.
Monte Carmelo. 2004. Burgos.
Págs. 311-327
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