Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

martes, 8 de mayo de 2012

Los “starcy” de Optina


(1º Parte)


Los inicios de Optina

El monasterio y el “skit”

El florecimiento del starcestvo ruso comienza después de la mitad del siglo XVIII, alcanza su apogeo en el siglo siguiente y continúa, sin interrupción, hasta la revolución de 1917. Esta tradición espiritual hace su aparición con la renovación de la vida monástica en Rusia en la época en la que el archimandrita Paisij Velickovskij hace renacer el verdadero cenobitismo en los monasterios de Moldavia,  del cual parten sus discípulos, difundiéndose en su patria, sobre todo en las regiones de Kaluga, de Kursk y de Orel. Esta termina – o por lo menos cesa de ser visible a una mirada exterior- en el momento en el cual el monaquismo cenobítico desaparece en Rusia, bajo la revolución.

Numerosos fueron los starcy en el curso de estos ciento cincuenta años sobre toda la extensión del territorio ruso, en los monasterios y en los skit (éramos), pero hubo un solo Optina, lugar de predilección, en el cual la gracia especial del starcestvo se convierte en una tradición local, y en la cual una suerte de escuela carismática formó cuatro generaciones de starcy, hacia los cuales multitudes de personas acudían de todos los ángulos del imperio.

El monasterio de Optina Pustyn [1] se encuentra en la región de Kaluga, a dos kilómetros de Kozel’ sk, sobre la rivera derecha del Zizdra, río profundo y pescoso que bordea el margen de bosques impenetrables. Un transbordador dispuesto por los monjes daba acceso al monasterio. Los abades de Optina no quisieron construir nunca un puente, preocupados por conservar el límite natural que separaba a su monasterio de la vida secular.

Los orígenes de Optina permanecen desconocidos. Se considera que se puede afirmar, sin embargo, que este monasterio existía ya en la mitad del siglo XVI. Bajo el reino “iluminado” de Catalina II –fue la época de la gran desolación de los monasterios de Rusia- Optina no contaba más que con tres monjes. Hacia fines del siglo XVIII, el metropolita Platón de Moscú, de pasada por Optina, impresionado por la belleza del sitio, toma las medidas necesarias para establecer la vida cenobítica en aquel pequeño monasterio silvestre. Pero la época de la gran fama de Optina comienza treinta años más tarde, después de 1821, cuando Filaret de Kiev, que era por entonces obispo de Kaluga, creó un pequeño éramo o skit en estrecha dependencia del monasterio, dedicado a la Degollación de san Juan Bautista. Aquellas pocas celdas aisladas, a trescientos metros de la muralla del monasterio, en la espesura del bosque, debían hospedar a los monjes deseosos de consagrarse enteramente a la vida de oración y de contemplación. Para fundar este nuevo éramo, el obispo Filaret envió a Optina cuatro monjes que por diez años llevaban vida solitaria en el bosque de Roslavl’ bajo la dirección de los discípulos de Paisij, el gran renovador del monaquismo ruso.

A través de múltiples vínculos, los inicios del starcestvo en Optina se conectan a la obra de Paisij Velickovskij que hizo renacer la antigua tradición de Bizancio, es decir la unión indisoluble de la espiritualidad y del saber, de la santidad y de la especulación teológica. Optina lleva a cumplimiento en Rusia lo que Paisij no pudo terminar en Moldavia. En efecto, es el monasterio de Optina el que reemprende, después del 1840, la publicación de las obras ascéticas de los Padres, traducidas por el archimandrita Paisij y por sus discípulos. Continúan los trabajos de Paisij, los monjes realizaron nuevas traducciones, animados por el celo patrístico del gran Filaret de Moscú. Las ediciones de Optina no estaban destinadas a convertirse en la delicia de algunos eruditos, sino que estos textos antiguos, redactados por los grandes contemplativos de Egipto, de Siria y de Grecia, debían ser nuevamente vividos, debían servir de guía en el camino de la ascesis espiritual. La santidad de los tiempos pasados vuelve a la vida, renace en la santidad moderna, bajo la forma del starcestvo, al mismo tiempo tan tradicional y tan sorprendentemente por su novedad.

Optina llegó a contar hasta con unos trescientos monjes antes de la revolución. Ninguno tenía nada como propiedad privada. Los monjes recibían del monasterio todo lo necesario para su vida, alimento, hábito y calzado. Cada uno, también los novicios, tenía una celda propia donde podía dedicarse a la oración, a la lectura, al estudio o bien al trabajo manual. La jornada estaba regulada en base al oficio de oración que ocupaba de siete a ochos horas al día. Ninguna regla formal obligaba a los religiosos a asistir a todos los oficios, cada uno era libre de comportarse según la propia conciencia de monje. El mismo espíritu de libertad permitía a los monjes y a los novicios de disponer según su juicio de las horas que no eran ocupadas por los trabajos de las “obediencias”, impuestas por el abad. No se recurría nunca a mano de obra externa al monasterio: todos los trabajos en los campos, en los bosques y de otro tipo, así como las “obediencias” de la cocina y de los diversos talleres, eran realizados por los monjes y por los novicios. Ninguna obligación, ningún control fastidioso se hacía sentir en la vida de la comunidad de Optina: la disciplina, fundada sobre la confianza, era ejercitada espontáneamente. La presencia de los starcy que habitaban  el skit silencioso en medio del bosque, se hacía sentir en todo. Esta creaba en la vida del monasterio aquella atmósfera específica de recogimiento y serenidad que percibían todos los peregrinos desde su llegada a Optina.

Un pequeño sendero en el bosque conducía al skit. El aspecto exterior de este éramo ha sido recreado con mucha fidelidad  por Dostoevskij en Los hermanos Karamazov. Un pequeño campanario en un estuco rosa sobrepasaba la puerta de ingreso. A los dos lados, fuera de las murallas, se encontraban las “tiendas”, especies de salas en las cuales los starcy recibían a las mujeres, que no tenían el derecho de entrar en el skit.  Un silencio absoluto reinaba en el recinto del éramo, donde un bello jardín lleno de flores multicolores rodeaba a la Iglesia y a algunas celdas. Tal era el escenario en el cual el starcestvo ruso ha producido sus mejores frutos espirituales durante casi un siglo.

Moisés, abad de Optina Pustyn.

No se puede hablar de los starcy de Optina sin decir una palabra sobre el archimandrita Moisés, el “renovador” del monasterio, el fundador del skit, el abad ejemplar bajo el cual el gobierno del starcestvo puso las raíces en Optina. Sin haber sido, propiamente hablando, un starec, el abad Moisés precede a los inicios de la gran dinastía de los starcy que constituyeron la gloria de su monasterio. En este sentido, se puede considerar como el fundador de la tradición espiritual de Optina.

El archimandrita Moisés, en el mundo Timoteo Putilov, nació en 1782 en Borisoglebsk, en el departamento de Jaroslavl’. Su padre, pequeño funcionario del fisco, tenía una piedad austera. Su madre, una mujer simple e iletrada tenía diversos religiosos entre los familiares. La vocación monástica de los pequeños Putilov se hizo sentir desde su juventud. Invitados a Moscú para entrar en el comercio, los dos hermanos Timoteo y Jonás, de diecinueve y catorce años, sufrieron la influencia de una célebre reclusa, la madre Dositea. Por medio de ella, se relacionaron con dos starcy del monasterio de Novospasskij, los cuales eran discípulos por correspondencia del starec Paisij, el renovador del starscestvo. En 1804, los dos hermanos Putilov le dijeron a su padre que habían tomado la resolución de dejar su tarea para servir a otro Patrón. Sin dar otras explicaciones, se fueron ambos a Sarov, donde fueron recibidos como novicios. Jonás permaneció por siempre allí. Él tomó el hábito bajo el nombre de Isaías y, más tarde, se convirtió en abad de Sarov. En cuanto respecta a Timoteo, se lo encuentra en 1811 en el bosque de Roslavl’, en compañía de algunos starcy, discípulos de Paisij, llegados de la Moldavia para traer a su patria el tesoro de la oración espiritual. Con el hermano menor Alejandro, que había venido hacia él un poco más tarde buscando la soledad, Timoteo emite los votos monásticos. Moisés y Antonio (estos eran los nombres de ambos hermanos en religión) permanecieron en el bosque de Roslavl’ hasta 1821, cuando la voluntad de un obispo los dirigirá hacia Optina.

Los diez años pasados en el bosque de Roslavl’ bajo la dirección de los starcy del círculo de Paisij habían formado la personalidad del padre Moisés, el cual había adquirido la concentración, el silencio y el don de la oración incesante. Él debió sobretodo reprimir los impulsos coléricos de su naturaleza ardiente e irascible. Algunos apuntes que él nos ha dejado, una especie de diario, testimonian estos años de trabajo interior. He aquí un pasaje que nos revela las disposiciones de ánimo del futuro abad de Optina:

15 de diciembre de 1819. Durante el almuerzo entendí imprevistamente, cuál es la actitud que tengo que tener en las relaciones con mis hermanos con los cuales vivo la vida comunitaria. Todos los pecados que ellos confiesan o que yo conozco, es necesario que los tome sobre mí y que intente arrepentirme como si fuesen mis propias culpas. Esto para evitar absolutamente el juzgarlos con severidad y ceder a la cólera. Los errores, los pecados y los defectos de mis hermanos estarán sobre mí. [2]

Acompañado por el hermano Antonio y por dos eremitas de Roslavl’, Moisés fue a Optina, donde le esperaba la tarea de fundar un nuevo skit. Ayudado por algunos obreros, los monjes derribaron los pinos, sacaron las cepas, allanaron el terreno, construyeron la Iglesia y las celdas. En 1822 el obispo de Kaluga visitó Optina para bendecir el éramo creado por su especial orden. Moisés pidió al prelado autorización para tomar el gran hábito monástico (el “megaloschema”), pero la respuesta del obispo fue negativa: “La hora no ha llegado todavía”. Al contrario, Filaret propuso a Moisés la ordenación presbiteral. Por seis semanas Moisés se resistió. Al final, el obispo tuvo que recurrir a un argumento extremo: “Si no cedes – dijo-, yo testimoniaré en contra de ti delante del Señor, en el juicio final”. El 22 de diciembre de 1822, Moisés fue ordenado sacerdote y nombrado capellán de Optina. Él continuó con la organización del skit, emprendiendo nuevas construcciones que llevaron grandes gastos. En 1825 debió ir a Moscú para finalmente obtener las subvenciones necesarias para continuar su obra. Fue en aquel momento cuando fue elegido abad.

Moisés tenía cuarenta y tres años cuando se convirtió en abad de Optina, y permaneció con esta carga por treinta y siete años. Durante este período el número de monjes creció prodigiosamente. Los bienes del monasterio se duplicaron respecto al principio. Las grandes manadas de vacas, los frutales, los talleres, un molino, contribuyeron a aumentar las rentas económicas de Optina. Fueron construidas dos iglesias, un refectorio, siete cuerpos conformados por celdas, casa de huéspedes, establos, escuderías y otros servicios y finalmente los muros exteriores blanqueados con cal. El abad creó una biblioteca con abundantes obras de espiritualidad y exaltó la solemnidad de los oficios litúrgicos.

El padre Moisés emprendía siempre grandes obras sin tener los medios necesarios y contando únicamente con la ayuda de Dios. Al inicio de cada nueva obra, las personas “prácticas” le preguntaban: “Padre ¿tiene el dinero?” El abad, sonriendo, mostraba quince o veinte rublos. “¡Pero qué locura! Sus construcciones cuestan miles de rublos”. El Padre Moisés respondía: “Y Dios, ¿lo has olvidado? Si yo no tengo dinero, él siempre tiene”. A menudo pasaba que hubiera poca plata al momento en el cual los obreros reclamaban su paga. Entonces el padre Moisés les pedía a ellos esperar un poco, y las sumas necesarias llegaban por correo, un día o dos después. Si el dinero no llegaba, entonces pedía prestado sin vacilar y pagaba las deudas cuanto antes. Se puede decir que la actividad económica del padre Moisés se basaba totalmente en el evangelio: no preocuparse en absoluto por el mañana, nunca acumular dinero, hacerlo siempre circular y no dejarlo inactivo. Dar a Dios los tesoros terrenos a través de las manos de los pobres.

A veces emprendía grandes trabajos únicamente para proveer a las necesidades de la población. En un período de carestía, durante el cual en el monasterio faltaba pan, Moisés contrata a los campesinos de los alrededores para una serie de nuevas construcciones. Los medios no eran pocos, mientras el abad compraba el pan a precios elevadísimos y daba para vivir a la gente. Alguien de su entorno osó reprenderlo por los gastos exagerados. El archimandrita, habitualmente reservado y taciturno, respondió indignado con lágrimas en los ojos: “¿Cristo nos ha predicado en vano el amor al prójimo? Estas no son palabras para tener solo en los labios. ¿Podemos nosotros dejar morir al pueblo que implora nuestra ayuda en nombre de Cristo? Trabajamos, nosotros, desde el momento que Dios nos ha mantenido su mano generosa. Si él nos provee los bienes, no lo hace para que los dejemos a parte, sino para que podamos dar al pueblo el fruto de sus fatigas. Es el prójimo nuestro sustento.”

Siempre pronto en ayudar a los que estaban necesitados, el padre Moisés pagaba a menudo un precio más alto de aquel que le habían pedido. Un comerciante les vendió un día un barril de arenque, “de primerísima calidad, pero un poco podrido”. El hermano ecónomo constató que el pescado era inutilizable y que necesitaba devolverlo al vendedor. Pero el archimandrita objetó: “Y él, ¿cómo pensás que lo utilizará? […]” Y dejó para sí el arenque. El mismo ecónomo quería despedir al encargado de las estufas que lo había engañado varias veces. El hombre, un pobre campesino, imploraba su perdón, prometiendo corregirse. “No se corregirá nunca, padre –decía el ecónomo-, ¡es un sinvergüenza de primera línea!” El abad montó en cólera: “¿Cómo un hombre quiere corregirse y tú lo tratas de sinvergüenza? ¡Sinvergüenza eres tú!”

En la hospedería del monasterio donde alojaban a los peregrinos y a los visitantes, cada uno pagaba lo que quería, depositando el dinero en una canasta para las limosnas. Un comerciante rico hizo notar al padre Moisés que arriesgaba, de ese modo, el hospedar a una multitud de personas que no habrían pagado nunca por su estadía en el monasterio. “Noventainueve no pagarán nada, pero Dios mandará la número cien que pagará por todos los otros”, respondió el abad.

En su actividad externa, el archimandrita Moisés ha sabido encontrar y poner en práctica los principios de la economía cristiana. Nadie como él sabía “hacer llegar el dinero”, y sin embargo, al mismo tiempo, deseaba más allá de toda otra cosa la pobreza cristiana. “Prefiero morir de hambre antes que poseer alguna cosa”, decía. Sumas grandes de dinero pasaban por sus manos pero sin nunca permanecer un momento sin emplearlas. Después de su muerte, cuando fue abierta la caja donde tenía el dinero, no se encontró más que dos trozos de dos billetes en una hendidura entre las tablas. “Sin dudas el padre no las había conocido –se dijo- de otra forma las habría gastado”.

“Rico en pobreza”, como él decía a menudo, el padre Moisés no exigía nunca una dote para recibir a nuevos monjes o novicios. Él gustaba de recibir en su comunidad a personas enfermas, ciegas, personas “inútiles” de las cuales el monasterio no podía sacar ningún provecho material. Sin jamás hacer sentir su poder, el archimandrita dirigía la vida del monasterio con mano firme. Colérico por naturaleza, había sabido adquirir una gran dulzura en sus relaciones con los hermanos. Si sentía que estaba por encolerizarse, se encerraba en su casa y no se hacía ver hasta que no hubiese encontrado, en la oración, la serenidad de espíritu. Si bien observando cada cosa, el Padre Moisés evitaba actuar bajo el impulso del momento, cuando se trataba de corregir a algunos de sus monjes. Dejaba pasar el tiempo y, más tarde, recordaba simplemente al hermano el error por él cometido. Antes de corregir a un monje, el abad de Optina oraba mucho tiempo por él y se aseguraba que el hermano se encontrara con las disposiciones de ánimo necesarias para entenderlo bien. Tenía una confianza ilimitada en la buena voluntad de los hombres y repetía a menudo las palabras de Juan Crisóstomo: “Solo los pecadores que se encuentran en el infierno con los demonios pueden hacer dudar de la posibilidad de su arrepentimiento”. Evitaba las medidas severas en las relaciones con sus hermanos, diciendo que es necesario siempre esperar que el Señor toque el corazón del hombre.

Si bien poseía todas las cualidades de un gran director espiritual, el padre Moisés se limitaba en el ejercicio de su carga como abad al mantenimiento de la disciplina exterior, de la obediencia y de la buena conducta de los hermanos. En todo lo que respecta a las cuestiones puramente espirituales se hacía a un lado con humildad y cedía al lugar a los starcy. De todo lo que el abad Moisés hizo por Optina en el curso de su vida laboriosa, este retraerse en silencio frente a la autoridad carismática de los grandes padres espirituales fue la obra más notable. Es gracias a él que los primeros dos starcy de Optina, León y Macario, fueron a establecerse en el skit por él creado para recibir a los religiosos consagrados enteramente a la vida de oración. Si el starcestvo se convirtió en el alma misma de Optina, fue por mérito de Moisés que, con toda humildad, subordinó su voluntad a la dirección de los starcy. Toda la vida espiritual del monasterio estaba sometida al juicio de ellos iluminado por la gracia.

Pero los monjes no eran los únicos en beneficiarse de estos dones divinos: tal como hacía con las riquezas materiales, el padre Moisés buscó extender a lo lejos la irradiación espiritual de los starcy, más allá de los muros del monasterio. Esto le atrajo varias dificultades por parte de la autoridad eclesiástica que no querían aceptar que las puertas de un claustro se abriesen mucho a las necesidades y a las preocupaciones del mundo externo. Como todo fenómeno nuevo e insólito, el starcestvo vivió un período de persecución. Fue necesario defenderlo con firmeza, tanto ante los prelados como ante la opinión pública. Gracias al metropolita Filaret de Kiev, Optina al final despuntó. Sin embargo, al defender la obra que él estimaba más allá de todo, el abad de Optina debió sufrir por años toda suerte de pruebas: incomprensiones, reproches por parte de los superiores, intrigas, descontento de algunos de sus hermanos que fueron incluso a denunciarlo a los poderes eclesiásticos como un innovador peligroso. El padre Moisés soportó todo con una humildad cada vez más grande. Al final de la vida, no cesaba de repetir: “Ahora sé que soy verdaderamente el último de todos”.

A los ochenta años, si bien sufriendo un doloroso absceso en la espalda, el archimandrita Moisés no disminuía su actividad. Continuaba dirigiendo el monasterio, teniendo participación en todos los detalles, incluso cuando la hidropesía le obligó a estar en cama definitivamente. Es sobre su lecho de muerte que él recibe finalmente el “megaloschema”, el gran hábito monástico, al cual aspiraba desde la más joven edad y a la cual había debido renunciar por obediencia, para seguir un camino distinto de la contemplación. En el período en el cual estaba en cama, se comunicaba cada día y no cesaba de instruir a sus hermanos., hablando con ellos del starcestvo, fuente de gracias prodigiosas. Cerca de cuatro mil personas pasaron por su lecho para recibir su bendición. Dos días antes de la muerte hizo sacar fuera de la celda a todos los objetos, salvo un ícono de san Tikon de Voronez, que fue puesto frente a él.

Murió el 16 de junio de 1862, a las diez de la mañana, en el momento en el cual era leída en su presencia las palabras del evangelio que dicen: “Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, con los ángeles, y dará a cada uno según sus acciones” (Mt 16,27).



Vladimir Lossky
Gli “Starcy” de Optino
Pág. 77-87
En “Padri nello Spirito” escrito por
Nicolas Arseniev – Vladimir Lossky
Ed. Qiqajon. Comunidad Bose. 1997



[1] Pustyn’ significa, literalmente “desierto”, “soledad”. Se designaban así habitualmente a los monasterios situados fuera de la ciudad, la mayor parte en el bosque.

[2] Juvenalij (Polovcev), Zizneopisanie nastojatelja Kozel’skoj Vvedenskoj Optinoj pustyni Archimandrita Moiseja (Biografía del archimandrita Moisés, superior del éramo de la Presentación de la Virgen de Optina en Kozel’sk), Moscú 1882, p. 33 (repr. Platina 1976).

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