Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

martes, 22 de mayo de 2012

San Serafín de Sarov


Divo Barsotti


Su vida

Procario Mosknin nació en 1759 en Kursk, hijo de una familia de comerciantes. Desde su niñez hizo conocer en su extraordinaria piedad que Dios lo había visitado y escogido. A los quince años, tras haber recibido la bendición de su madre, se marchó peregrinando hasta el monasterio de Petcherski, en Kief. El anciano Doriteo lo acogió y bendijo su propósito de retirarse al desierto de Sarov. En aquel eremitorio recibió las sagradas órdenes, cambiando su nombre por el de Serafín, en 1786, y permaneció allí hasta su muerte, a pesar de que su nombre figura inscrito en el monasterio de Goroyov. Durante los primeros años de su vida religiosa, una larga y misteriosa enfermedad lo mantuvo entre la vida y la muerte durante dieciocho meses, hasta que se le apareció, en medio de una gran luz, la Santísima Virgen acompañada de los apóstoles san Pedro y san Juan. La Virgen puso su mano derecha sobre la cabeza de Serafín, y dirigiéndose al apóstol san Juan, le dijo: "Este es de los nuestros".

Una vez curado, pasó cerca de cuarenta años de vida eremítica, viviendo la mayor parte en medio de lo más espeso del bosque, célebre por sus heroicas penitencias y su ininterrumpida oración. Sintió una veneración particular hacia el apóstol san Juan y hacia el papa san Clemente, y tuvo sobre todo una tiernísima devoción a la Virgen. El icono de la Virgen de la ternura fue, entre todos los demás, su preferido: "la alegría de todas las alegrías", era el nombre que le daba el santo ermitaño. Durante mil días con sus noches permaneció de rodillas sobre una piedra; durante largos años continuó llevando un saco de piedras y de arena, como san Benito José Labre; se vio maltratado y apaleado por los ladrones, que lo pusieron a las puertas de la muerte, sin que él les opusiese ninguna resistencia. Y entretanto, Dios lo colmaba de celestiales favores: tenía visiones, éxtasis, vivía en el mundo de Dios. Sometía su cuerpo a privaciones y a pruebas crueles, pero Dios alimentaba su alma con inefables dulzuras, le concedía poderes taumatúrgicos y la visión profética del porvenir. Lo mismo que Francisco de Asís, también Serafín de Sarov, gracias a su nueva inocencia, podía conversar con las fieras y vivir amigablemente con ellas; con él comía un oso del bosque, tomando el pan de sus propias manos.

Tenía más de sesenta años de edad cuando, tras una nueva visión de la Virgen que le ordenó manifestarse al mundo, empezó a impartir sus enseñanzas a todos cuantos acudían a su lado. Tuvo lugar entonces una imponente peregrinación de toda la inmensa Rusia hacia el apartado y reducido rincón que él se había escogido; esta peregrinación duró hasta su muerte. En Divevo fundó nuevos asceterios para hombres y para mujeres, todos ellos penitentes suyos. Sentía una extraordinaria dulzura y piedad para con todas las miserias y sufrimientos humanos. Su heroica austeridad había ido madurando su corazón y lo había abierto a todos, enterneciéndolo y transformándolo por completo en humilde amor. A ninguno tuvo que apartar de su lado, ninguno se alejó de él sin haberse visto consolado y socorrido. No conocía más que la bondad; pero su bondad era tan grande que deshacía y reducía a polvo toda la dureza y egoísmo de los hombres, tan inmensa que naufragaban en ella todas las miserias y pecados. Nadie se acercaba a él, que no se sintiese partícipe de su elevación espiritual, de su misma bondad, de una nueva natividad interior. Sobre sus propios hombros cargaba la responsabilidad de los penitentes, facilitando su caminar hacia Dios; después de la confesión los abrazaba, lloraba con ellos: "Cristo resucita todos los días del año", les decía. Profetizó que después de su muerte y de su glorificación, se abatiría sobre Rusia una gran calamidad: las almas vivirían en medio de una ansiedad y espanto, como nunca jamás se había conocido y que los ángeles no se darían abasto para presentar ante Dios todas las almas de los asesinados y de los muertos; pero que luego, después de cierto tiempo, la santa Rusia resucitaría de nuevo. Antes de morir tuvo una última visión de la Virgen, Madre de Dios. Era el amanecer; junto a él se encontraba la hermana Eudoxia; se escuchó como un gran vendaval. El dijo: "No tengáis miedo; tendremos la gracia del Señor". La puerta se abrió de repente y su pequeña celda se llenó de una gran luz. Serafín se puso de rodillas, invocándola: "¡Oh, bendita y purísima Virgen!" Y la Virgen se le apareció en medio de un jardín de flores, acompañada de san Juan bautista y san Juan evangelista, y bendijo al humilde monje que estaba a sus pies, anunciándole: "Este hijo predilecto mío estará pronto con nosotros".

Después de esta visión, el anciano empezó a debilitarse cada vez más, como sí lo fuera consumiendo el deseo de llegar al cielo. El día 1 de enero de 1833 comulgó por última vez; como si quisiera despedirse de su iglesia, se acercó a besar todos los iconos y les dio el abrazo de despedida a todos sus monjes. Por la tarde, el monje que vivía en la celda vecina, escuchó lleno de reverencia y estupefacción cómo cantaba el anciano staretz: la celda del staretz Serafín estaba llena de cantos, los cantos de la resurrección pascual. A la mañana siguiente, por miedo de que hubiese un incendio, llamaron a su puerta, bajo la cual se veía salir humo y, al no recibir respuesta, tuvieron que forzarla. Apenas se podía ver, a causa de la humareda: en el interior de la celda, rodeado del fuego de los libros y de la ropa que había usado el monje, vieron al anciano de rodillas, inmóvil, con la cabeza inclinada y las manos sobre el pecho, como si estuviera haciendo oración : ¡había muerto!


Cada vez fue creciendo más, después de su muerte, la veneración que todo el pueblo ruso sentía hacia él, hasta el punto de que se fueron superando todos los obstáculos y dificultades para su canonización, que tuvo lugar en julio de 1903, en presencia del mismo emperador. Fue aquella la última gran jornada de la santa Rusia, antes de la larga noche de la revolución. Hoy el monasterio santificado por su presencia ha dejado de existir y han sido dispersadas sus cenizas.

Su doctrina

Serafín de Sarov es ciertamente el santo más popular y venerado de los rusos. Sus escritos, que había recogido Filaret de Moscú para examinarlos con vistas a su canonización, se han perdido por completo. Sus enseñanzas nos han sido transmitidas por medio de los testimonios y los recuerdos que de él nos ha legado su discípulo más fiel y devoto, Motovilov: se trata de unas cuantas páginas que son la prueba más palpable de su elevada santidad, que honra a toda la iglesia oriental.

La meta de la vida cristiana es la gracia, la posesión del Espíritu Santo: esta posesión, por otra parte, constituye el reino de Dios. Por esta posesión del Espíritu divino, entiende el gran staretz la vida mística, la íntima fruición de Dios. […]

"Cuando Nuestro Señor Jesucristo, habiendo realizado su obra de la redención, después de su resurrección, sopló sobre sus apóstoles, renovó con este acto en ellos aquel soplo vital que Adán había perdido y les concedió aquella gracia adamítica del santísimo Espíritu divino. Después, en el día de pentecostés, él les envió al Espíritu Santo, que en medio de un soplo de viento impetuoso y bajo la forma de lenguas de fuego, se posó sobre ellos, entró en ellos como una llama, los llenó de la fuerza de la gracia divina, que despide una frescura de rocío y los baña de gozo. Esta gracia inflamante se les concede a todos los fieles cristianos..."

"La gracia del Espíritu Santo, que emana del Padre, que reposa en el Hijo, y que por medio de él se difunde por todo el mundo", no es un don inherente sólo al alma; también el cuerpo participa con el alma de la incorruptibilidad y de la inmortalidad de Dios. No creemos que sea necesario subrayar en estas palabras del staretz el eco de la espiritualidad cristiana primitiva. […]

De esta manera, hoy todavía, los efectos que produce esta inefable comunicación con Dios no solamente embriagan al alma, ensanchándola e inundándola de luz, sino que incluso redundan en beneficio del cuerpo, por toda la vida; son la paz suprasensible, la dulzura inefable como de óleo, que recorre y suaviza los miembros todos, la alegría que nos hace gustar de antemano los gozos celestiales, un calor dulce, un olor penetrante que enajena. El hombre vuelve a adquirir con el uso de los sentidos espirituales el poder de "percibir" a Dios; puede ahora "ver y entender a Dios, comprender sus palabras, conversar con los ángeles". Estar en el Espíritu Santo es participar en la transfiguración de Cristo, haciéndonos como él resplandecientes y más claros que la luz del sol, poseyendo con él la alegría divina. "Cuando el Espíritu Santo baja sobre el hombre y lo ilumina con la plenitud de su inspiración, entonces el alma humana se llena de un gozo inefable, porque el Espíritu Santo alegra todo cuanto toca". En la gracia presente nosotros "podemos saborear un principio de la alegría futura". "El reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo", repite sin cesar, e insiste en la sustancial identidad de esta vida con la vida celestial, cuando aplica a estas almas místicas las palabras de Jesús: "Algunos de los que aquí están presentes no gustarán la muerte antes de haber visto al Hijo del hombre venir en su reino y majestad".

Sin embargo, enseña también que "solamente el bien realizado en nombre de Cristo nos asegura de la posesión del Espíritu divino, mientras que todo lo que se hace sin obrar en su nombre, no nos proporcionará ningún beneficio en la vida futura, ni nos asegurará en esta vida la gracia divina". Y en otro lugar: "El Espíritu divino nos recuerda las palabras de Jesucristo Nuestro Señor y Salvador y obra siempre de acuerdo con él llenando solemnemente de alegría nuestros corazones y enderezando nuestros pasos por el camino de la paz". Jesucristo es, pues, para Serafín la causa meritoria de esta vida divina de posesión del Espíritu Santo, y este mismo Espíritu divino nos vuelve a conducir a Jesús, continúa la vida de Jesús en nosotros recordándonos sus palabras y realizándolas en cada uno de nosotros.

En la vida paradisíaca del alma redimida es el Verbo el que ocupa el sitio del árbol de la vida, colocado en el centro mismo del edén. No se trata solamente de la doctrina de Cristo, como en Orígenes, sino de la real comunión con el Verbo en el sacramento eucarístico. Es importante subrayar este acercamiento, que no es ni mucho menos fortuito, de la vida sacramental a la vida mística: la vida interior está empapada de vida litúrgica y la acción sacramental de la eucaristía en la vida mística nos manifiesta la dependencia que ésta tiene de Cristo, que opera a través de los sacramentos. "Gracias al fruto del árbol de la vida, Adán y Eva y sus descendientes hubieran sido capaces de mantener intacta la fuerza vivificadora de la gracia divina, la plenitud eternamente joven de las fuerzas corporales, la constante juventud de su estado inmortal y bienaventurado". Ahora es la "comunión con el purísimo y vivificante misterio del cuerpo y de la sangre del Cordero inmaculado..., la que nos proporciona aquel fruto del árbol de la vida, del que el enemigo del hombre había querido privar a toda la humanidad". […]

La vida cristiana es un don del Espíritu divino y la oración es el medio para conseguir la gracia, el don del Espíritu. La caridad para con el prójimo no tiene para Serafín tanta importancia como la oración, como medio por excelencia para que el hombre consiga la experiencia de Dios. De este modo, se mantiene dentro del camino trazado por los maestros orientales de vida espiritual. La elevación del alma corresponde al grado de su oración. "Naturalmente, nos dice, cualquier virtud que se ejercite en el nombre de Jesucristo nos procura la gracia del Espíritu Santo, pero sobre todo la oración..."


Para Serafín, por consiguiente, de nada sirve el ejercicio de las virtudes si éstas no nos aseguran la posesión de la vida mística; a la consecución de esta gracia tiene que ordenarse toda la vida ascética: obrar el bien por el bien no basta para darnos la salvación, pero las obras buenas y las virtudes son el medio necesario para la adquisición de la "gracia del Espíritu Santo". Esta gracia es la razón y el fruto principal de las virtudes, hasta el punto de que es inútil y perjudicial multiplicar las obras, los actos virtuosos, la misma oración, cuando hemos conseguido la gracia: lo que debemos de hacer entonces es hacer el silencio en nuestra alma y en nuestro alrededor, con nuestras palabras y nuestras obras, para gozar de Dios. "Nuestra misión cristiana no consiste en multiplicar las buenas obras..., sino en sacar de ellas el mayor provecho, esto es, mayores y más numerosos dones del Espíritu Santo".

Así, pues, la meta de la vida cristiana es el gozo, la vuelta al paraíso perdido, a la intimidad dulce y profunda con Dios. Dios habla con el hombre y el hombre vive con Dios, lo ve, lo escucha; el mundo adquiere a los ojos del alma una transparencia divina; nada le resulta extraño u hostil; todo le parece cercano y conocido, todo lo considera como amigable y fraternal; el hombre habla con los ángeles y dialoga con las fieras de los bosques. Si la gracia es "una luz que ilumina" al hombre y lo renueva, es también una luz que irradia de él hacia todo lo demás y transfigura todas las cosas. Nos parece incomprensible, dice el santo, y extraño el testimonio de esta vida que nos ofrecen las santas Escrituras a propósito de Adán y de los apóstoles; sin embargo, nada es más natural y más sencillo. "A los santos les parecía tan claro lo que nosotros consideramos oscuro e inconcebible, que juzgaban como algo natural, incluso en sus discursos más ordinarios, el concepto de las apariciones de Dios".

A quien le preguntaba cómo era él capaz de reconocer que poseía esta gracia y que se encontraba en el Espíritu Santo, Serafín le respondía: "Todo le resulta sencillo a aquel que ha conseguido la inteligencia. Nuestro mal reside precisamente en el hecho de que no buscamos esta inteligencia divina, que no hace ruido porque no es de este mundo. Esta inteligencia, hecha de amor a Dios y de amor al prójimo, prepara a todos los hombres para la salvación". La prueba de la posesión de la gracia está precisamente en la misma experiencia de Dios que él está dispuesto a conceder a todas las almas, ya que desea la salvación de todas: lo mismo que un caudaloso río de amor, la gracia divina desborda del seno de la divinidad y se derrama por el mundo desde la creación del hombre, y luego a través de toda la historia del pueblo hebreo, para preparar la venida de Cristo, en la que ya no quedará excluido ni siquiera el pueblo pagano. Incluso en nuestra época, nos asegura el staretz, a pesar de que "nos hemos alejado de la sencillez de la primitiva fe cristiana", basta con que, "empujados por la sabiduría divina, aceptemos la inquietud y la vigilia para asegurar la salvación de nuestras almas con el arrepentimiento de nuestros pecados y el ejercicio de las virtudes, para conseguir que el Espíritu Santo realice y apresure en nosotros el reino de los cielos". El cielo concede "abundantemente" la gracia del Espíritu y no hace distinción alguna entre el monje y el laico: "Dios escucha de igual manera al monje y al simple cristiano, con tal que amen a Dios con toda la profundidad de sus almas y nutran en sus corazones una fe que sea, por lo menos, tan grande como un pequeño grano de mostaza". […]

"Un ansia divina, que el mundo no conoce, anida en el corazón de los ermitaños" y de todos aquellos que han conocido a Dios, espoleándoles y aguijoneándoles hacia una ascensión que no conoce reposo, hasta conseguir que ellos mismos queden transformados en luz, que sean luz de luz, de manera que puedan realizarse las palabras del profeta: "En tu luz veremos nosotros la luz".

La relación que hace Motovilov de la transfiguración de Serafín encierra una gran importancia para la mística oriental: "en medio de su sencillez encierra toda la doctrina de los padres orientales sobre la gnosis, sobre la conciencia de la gracia, que alcanza su grado más elevado en la visión de la luz divina. Esta luz llena a la persona humana que ha conseguido llegar a la unión con Dios. No se trata ya de un éxtasis, de un estado pasajero de enajenación, que arranque al ser humano de su experiencia habitual, sino de una vida consciente en la luz, de una comunión inaccesible continua con Dios... Comenzando ya desde este mundo, la transfiguración de la naturaleza creada es una promesa del nuevo cielo y de la nueva tierra, el ingreso de la criatura en la vida eterna, antes de su propia muerte y resurrección. Pocas son las personas, incluso entre los más grandes santos, que llegan a este estado durante su vida terrena" (Losski). Esta luz es la gloria de Dios, que, desbordándose del seno de la Trinidad, penetra y llena todas las cosas, es la luz increada de la que habla Gregorio Palamas, que apareció por primera vez en la transfiguración de Cristo: la luz del Tabor que no ha tenido comienzo y que jamás tendrá fin, una luz sin forma, infinita, impalpable, incomprensible: todo el hombre "ve" a Dios.

Ruega de esta manera Serafín para obtenerle a Motovilov la gracia de poder contemplarlo en el estado de inefable endiosamiento, que ya había alcanzado el gran ermitaño de Sarov:

"Señor, hazlo digno de ver claramente con sus propios ojos corporales este descendimiento de tu Espíritu, con que tú favoreces a tus servidores, cuando te dignas aparecerte a ellos con la luz maravillosa de tu gloria".

En esta visión, incluso corporal, de la luz divina que emana de Dios y que es Dios mismo —Dios es luz, escribe san Juan—, es donde reside la experiencia más alta de la mística oriental: todo el ser humano, transfigurado, entra en el reino de Dios y vive como inmergido en la luz de la divinidad. "Sabemos —sigue diciendo san Juan— que, cuando aparezca, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como es". El estado de estas almas perfectas, aun en medio de la diversidad de sus experiencias —parece como si Dios mismo se adaptase en este punto a las diversas tradiciones teológicas—, resulta en el fondo igual al estado de unión transformante, del que nos hablan los santos de occidente. Por lo demás, las mismas expresiones de nuestros santos recuerdan de algún modo las experiencias de los místicos orientales, por la insistencia singularísima en los términos que indican visión: luz, fuego, llama viva, lámparas de fuego, incendio de amor...

El reposo de Dios se extiende entonces sobre el alma y el hombre se ve inundado por el gozo divino: no existe turbación ni aridez alguna que priven al hombre de la visión y del sentimiento de Dios; y el alma, como perdida en medio de la luz, posee sin embargo en Dios una conciencia perfecta y entera de sí misma: el alma "está en la plenitud del Espíritu Santo", dice con su pura sencillez Serafín de Sarov. El hombre, alma y cuerpo, está divinizado, sus sentidos están espiritualizados, su cuerpo está como glorificado: ve la luz divina, no se siente sometido al frío, no se siente sometido a la corrupción...

Esta mística tiene un carácter más primitivo, menos elaborado que la mística católica; es verdad. Se trata de una psicología mística rudimental en comparación con la mística psicológica española; de una mística ingenua, ignorante de los problemas filosóficos, en comparación con la mística especulativa alemana; pero posee un profundo hechizo: es la misma mística teológica y escriturística de los primeros padres de la Iglesia, tiene la sencillez y la serenidad de las cosas grandes, la pureza y sublimidad de las altas cumbres.

Serafín de Sarov no es un poeta. Su lenguaje no es solamente humilde, sino que resulta incluso pobre y desgarbado. El largo silencio en que se había sepultado, parece como si hubiera quitado al monje el uso de la palabra: la palabra parece brotar de las profundidades del abismo y permanecer como estupefacta ante la luz. Parece ser una palabra sin acento, enrarecida como el aire de las cumbres nevadas: el alma se ha quedado ausente, lejana. Todo sonido, todo acento parecen disolverse y deshacerse en medio de aquella inmensa paz en donde vive el espíritu del gran ermitaño.

Su mismo lenguaje inspira paz: una luz que hace descansar, una dulzura que calma las ansiedades y las turbaciones interiores. En estas palabras se escucha verdaderamente una voz que viene de un mundo distinto de nuestro mundo: habla con un lenguaje humilde, llano, esmaltado de imágenes y de semejanzas pobres y cotidianas, pero se apoya en la palabra de Dios y parece participar, en su sencillez, de la autoridad de la misma. Las fuentes directas de esta mística, prescindiendo de la experiencia viva de Dios, no son filosóficas: son, además de la liturgia, la sagrada Escritura y los padres orientales, los libros apócrifos y las leyendas hagiográficas de la Cetyi-Miney a que antes aludimos.

Por humilde que sea este lenguaje, sus enseñanzas no son sin embargo menos precisas y definitivas, y su influencia no deja de ser menos grande y saludable.

Serafín de Sarov ve en la vida mística el coronamiento natural y necesario de la vida cristiana. Por eso mismo amplía infinitamente el número de los amigos de Dios, de los señalados por la gracia: no solamente invita a entrar en este número a todos los cristianos, sino que incluso los empuja con dulce y fuerte violencia, ya que para él este es el único camino de la salvación. Dios es verdaderamente de una esplendidez infinita en sus dones, es un amor sin medida "que da y concede sus dones incluso a quienes no invocan su nombre". La oración humilde del pobre es irresistible en su corazón divino: basta con que se eleve, incluso sin señales exteriores, para que "al instante" sea escuchada. Lo que Serafín de Sarov exige al alma es exclusivamente la sencillez de su fe: su mística es en verdad una mística sobrenatural, absolutamente extraña al misticismo de Plotino o de los filósofos indios, ya que no puede de ninguna manera reducirse a un proceso de la inteligencia como en Plotino, ni al resultado psicofísico de ciertas prácticas como en la mística hindú. Aquí es donde está precisamente su grandeza más verdadera. "Con el pretexto de la cultura hemos llegado a tal tiniebla de ignorancia", que nos resulta hoy incomprensible el lenguaje de la sagrada Escritura y el de los santos; pero para los que tienen fe, incluso hoy todo es posible, ya que Dios obra en el hombre en la medida de su fe: la inmensa generosidad de Dios aguarda solamente a que el hombre le abra su corazón, para derramarse sobre él y colmar todos sus abismos.

Cuando Motovilov enfermo acudió a Sarov para implorar el milagro de su curación, Serafín le preguntó:
—¿Crees que Dios, que antiguamente curó instantáneamente con sólo su palabra o su contacto a los enfermos, puede hoy sanar a los que imploran su ayuda con la misma rapidez y facilidad? ¿Crees que la intercesión de la Madre de Dios es omnipotente?
—Lo creo, lo creo firmemente... —le respondió el enfermo.
—Pues si tienes esta fe, estás ya curado —dijo entonces el staretz, fijando sus ojos llenos de pura alegría sobre aquel que había recobrado su salud.

Tan natural y profunda es la unión de Serafín con Dios, que para él no parece que exista diferencia alguna entre el paraíso y la tierra: la vida terrena se convierte, gracias a la fe sencilla y a la humildad pura de su alma, en principio de vida celestial. Lo mismo que las aguas de un río se extienden mansas y tranquilas hasta perderse en la inmensidad del océano, así el alma de Serafín goza ya de una alegría celestial y ha entrado en la paz divina. El sermón de las bienaventuranzas ha dejado de ser una palabra extraña a la tierra, una poesía de otros mundos: el evangelio vive en él. El edén no es ya un recuerdo lejano, una antigua y secreta nostalgia de la humanidad: él lo ha encontrado y nos ha enseñado cuál es el camino para llegar. Ya no está a sus puertas el ángel para prohibirnos la entrada, y el camino es fácil y llano. El alma puede llegar en un vuelo, casi sin darse cuenta.

Pocas veces la serenidad luminosa de los cielos se ha reflejado en un espejo de aguas más limpias y más puras.

Efectivamente, la doctrina mística de Serafín de Sarov está llena de un sereno optimismo sobrenatural; pura como la luz, tiene la frescura y el gozo del milagro; es una novedad, un soplo de elevación que supera el anhelo del deseo y de la esperanza. Dostoyevski se ha inspirado en él. No solamente en su intento de borrar la distinción entre monje y laico, para que esta experiencia de Dios, esta visión de belleza espiritual pudiese irradiar sobre todo el mundo, sino también, más en particular, al presentarnos con los rasgos de Serafín la noble figura del staretz Zossima, en Los hermanos Karamazof. Algunos han pensado que era el staretz Ambrosio en quien se inspiraba, pero sin razón. Por algo los monjes de Optina, según nos dice Leontief, se reían de la creación artística de Zossima. Dostoyevski ha pensado en él, sin duda alguna, pero así como se inspiró en Tikón de Sadonsk, una de las almas más puras que ha conocido Rusia, cuando quiso hablar de la sencillez maravillosa y del amor activo, también se inspiró en Serafín de Sarov, cuando pensó en hablarnos de la alegría transfigurante.

Una prueba de que Dostoyevski tenía presente a Serafín de Sarov cuando hablaba de Zossima, está en la alusión, hecha por el staretz, de un gran santo que ofrece de comer a un oso feroz: se trata de una página de la vida de Serafín que nos recuerda también a las Florecillas y al lobo de Gubbio. Si es verdad que el escritor no quiso atribuir este milagro directamente a su staretz, es porque quiso intencionadamente excluir el milagro externo de su vida y de su muerte. Zossima peregrinaba entonces a través de Rusia, nos cuenta Dostoyevski. Una vez tuvo que pasar la noche a las orillas de un río junto con un joven pescador. "Yo le conté cómo un oso se acercó una vez a un ermitaño que rezaba sus oraciones en mitad del bosque, dentro de una pequeña celda; el santo se enterneció y sin temor alguno salió a su encuentro y le ofreció en una mano un trozo de pan, como si quisiera decirle: ¡Vete, y que Cristo te acompañe!; el feroz animal le obedeció y se retiró sin hacerle ningún mal. El joven pescador se sintió impresionado ante la docilidad del animal, asombrado de que Cristo estuviese también con él. "¡Qué hermoso es! —dijo—. ¡Qué bello y maravilloso es todo lo que Dios ha hecho...!"

El escándalo provocado por la corrupción del cuerpo del staretz después de su muerte nos recuerda también las dificultades opuestas a la canonización de Serafín, del que solamente se encontraron los huesos, cuando fue exhumado. Se decía que la legislación canónica ortodoxa exigía, para la glorificación de un siervo de Dios, la perfecta conservación del cuerpo incorrupto, condición que no se había cumplido en el caso de Serafín. Las palabras del monje José en Los hermanos Karamazof de que "no es ciertamente un dogma de la iglesia ortodoxa la necesidad de la incorrupción del cuerpo de los justos, sino solamente una opinión; que incluso en los países más ortodoxos, por ejemplo en el Monte Athos, ninguno sentía turbación por el olor cadavérico, ya que la incorrupción no se consideraba como la señal principal de la glorificación de los elegidos...", son exactamente las mismas razones que presentó el metropolita Antonio de San Petersburgo para obtener la canonización de Serafín. […]

La verdad es que ningún otro santo de la iglesia rusa podía ofrecer a Dostoyevski este sentido de la transfiguración espiritual con tanta plenitud desbordante de gozo, como Serafín de Sarov. Si bien es cierto que Dostoyevski no pudo conocer el coloquio con Motovilov, que no se encontró hasta 1903, pudo sin embargo conocer a Serafín por medio de otras fuentes e incluso, quizás, por medio de los recuerdos personales de los que lo habían conocido. Era precisamente esta irradiación luminosa del espíritu, esta sobreabundancia triunfante de alegría pascual el carácter típico de la santidad del ermitaño de Sarov, que asombraba a todos cuantos se acercaban a él. […]

Otros textos

La "transfiguración" de Serafín

"Miradme sencillamente. No temáis; Dios está con nosotros".
Tras estas palabras, levanté mis ojos y me asaltó un reverente terror. Imaginaos el rostro del hombre, con quien estáis conversando, situado en medio del sol, dentro del más vivo esplendor del mediodía. Veis el movimiento de sus labios, la expresión mudable de sus ojos, escucháis su voz, sentís que él os toca en la espalda con su mano, pero no lográis ver estas manos, ni su figura, ni a vosotros mismos; solamente una luz cegadora que se propaga hasta muy lejos, muchos metros alrededor de vosotros, iluminando con su vivo resplandor el manto de nieve que cubre la llanura, los copos de nieve que bajan de lo alto, y en medio a vosotros mismos y al ilustre anciano.
¡Es imposible imaginar mi situación en aquel momento...!
Yo mismo he visto con mis propios ojos el esplendor inefable que emanaba de su persona, y podría confirmarlo bajo juramento".
(Testimonio de Motovilov de su diálogo con Serafín.)

Riqueza inagotable

"Distribuid los dones de gracia del Espíritu Santo a todos los que tienen necesidad de ellos, lo mismo que una candela de cera que da luz por sí misma, quemándose en medio de una llama terrena, y encendiendo además a las otras candelas para iluminar otros lugares, sin perder por ello nada de su propio resplandor. Y si esto resulta verdad por lo que se refiere a una llama terrena, ¿qué deberíamos decir de la llama de gracia del Espíritu Santo? Ya que, por ejemplo, la riqueza terrena disminuye poco a poco a medida que se distribuye entre los demás, mientras que la riqueza celestial se multiplica tanto más cuanto más la distribuye uno. Es lo que Dios mismo le dijo a la samaritana: "El que beba de esta agua, seguirá teniendo sed; pero el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed eternamente, sino que el agua que yo le daré hará brotar en su seno una fuente de agua viva, que manará eternamente".
(Coloquio de Serafín con Motovilov.)

[…]

Divo Barsotti
Cristianismo Ruso
Ed. Sígueme. Salamanca. 1966
Pág. 97-125



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