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jueves, 24 de mayo de 2012

Teófano el Recluso


Divo Barsotti


Su vida

Jorge  Vasilevitch Gorovof nació el 10 de enero de 1815 en Cernavsk, provincia de Orel, de una madre piadosísima que lo educó en la piedad desde sus primeros años. Pasó de la escuela eclesiástica al seminario y del seminario a la célebre academia eclesiástica de Kiev. Durante estos años sintió más viva en su corazón la llamada de Dios a la soledad y a la clausura. Se hizo monje y cambió su nombre por el de Teófano en 1841. Fue ordenado sacerdote y recibió en seguida encargos y misiones de grave y delicada responsabilidad, que lo preparaban para la dignidad episcopal, que habría de recibir más tarde. Fue, en primer lugar, inspector de la escuela eclesiástica y en 1857 rector de la escuela eclesiástica de San Petersburgo. El fundamento de la educación era para él el amor; los medios, la Iglesia y los sacramentos. Teófano fue un gran educador y supo conquistar el amor de sus discípulos; por otra parte, sentía profundamente la belleza de su misión. "La educación es la más santa, entre todas las demás obras santas", decía con frecuencia. Peregrinó a Jerusalén, en donde permaneció durante algún tiempo encargado de la atención espiritual a los rusos, que acudían en gran número para venerar los santos lugares. Fue elevado al episcopado en 1859, siendo obispo de Vladimir durante tres años y de Tambov durante cuatro. Fue un verdadero pastor de almas en medio de un pueblo casi pagano, sumamente ignorante de Dios. Para dar ejemplo a su clero, se dedicó con toda su alma al apostolado y, especialmente, a la predicación. Sencillo en su vida privada, hacía alternar el estudio con la oración; para descansar, trabajaba en el banco de carpintero o en el torno, gozando también mucho cuando contemplaba el cielo estrellado con el telescopio. En su vida de obispo, procuró ir haciendo cada vez más familiares e íntimas sus relaciones con los fieles y no quería que ningún obstáculo impidiese que el pueblo pudiese acercarse a él; le gustaba también mezclarse con frecuencia entre los fieles, amándolos con una entrega total y un afecto de padre.

Siempre amable y delicado, creía fácilmente en los hombres, aunque con mucha frecuencia éstos le hacían sufrir profundamente, no respondiendo a su confianza o, lo que es peor, valiéndose de ella contra él. Su caridad brilló de manera especial en Tambov en 1860, cuando una terrible sequía hizo particularmente difícil la vida de sus hijos más pobres. El los asistía, los ayudaba como podía, los confortaba personalmente. Y cuando un terrible incendio devastó los barrios populares, reduciendo a cenizas la mayor parte de las casas de su ciudad, Teófano abrió el episcopio, dando cobijo en su casa, que de este modo se convertía verdaderamente en la casa de los hijos, a todos los que carecían de techo donde cobijarse. Ciertamente, no pudo permanecer escondido este contraste entre un obispo, tan nuevo y extraño, y sus otros hermanos en el episcopado, que eran más bien dignatarios y funcionarios del estado que verdaderos hombres de Iglesia y pastores de almas. Lo malo es que esta diferencia de conducta no le proporcionó más que disgustos.

Por otro lado, su amor a los fieles y el amor que las almas sinceramente pobres y los pobres sentían para con él, no lograron sofocar sus aspiraciones de soledad, que ya desde su juventud le habían arrastrado tan imperiosamente hacia el claustro. En 1866 renunció al episcopado y se refugió en la soledad de Vischen, contento de poder dedicarse por completo a la plegaria, de servir a la Iglesia con su estudio y sus escritos y de seguir ayudando a las almas con su correspondencia epistolar. Vivió recluido en este desierto monástico hasta su muerte, acaecida en 1894, renovando el ejemplo de otro gran obispo del s. XVIII, Tijón de Voroney, recluido más tarde en Sadonsk. Durante los últimos veintidós años cesó por completo toda su relación con el mundo, sin ver ni hablar con nadie, aun a pesar de continuar su correspondencia. Sin embargo, no fue nunca un puro místico perdido completamente en Dios: la oración no lo absorbió nunca hasta el punto de hacerlo extraño a este mundo, insensible a las desventuras de los hombres y a sus necesidades. Participaba incluso íntimamente, afectuosamente, en sus alegrías y en sus dolores, sintiendo también la necesidad de estar al corriente de los progresos científicos humanos y de todos sus progresos. Su celda revelaba el vivo interés que sentía por todas las ramas del saber: sus estantes estaban llenos literalmente de libros sobre los más diversos temas, en varias lenguas, y por los rincones se encontraban las cosas más dispares y ajenas totalmente a la vida de un monje: un banco de carpintero, un torno, un telescopio, un trípode para pintar, una máquina fotográfica... […]

Celebraba todos los días la sagrada liturgia y rezaba incesantemente; tras la oración, el trabajo en que ocupaba mayor espacio de tiempo, era la correspondencia. Llegaba todos los días un gran número de cartas al monasterio, unas treinta o cuarenta; a todos les contestaba inmediatamente, sin dejar de responder incluso a las cartas más insignificantes. Respondía con cuidado, sin prisas, con un interés vivo y sincero. Con su correspondencia, Teófano el ermitaño nos ha dejado el documento más amplio y más bello de la dirección espiritual de los staretz; en un lenguaje llano, pero sabroso, ha ido desmenuzando la doctrina espiritual de oriente, haciéndola accesible a todas las almas con la practicidad de sus consejos, siempre adaptados a las necesidades de todos. No dejó de trabajar ni de escribir, mientras se lo permitió su salud, que nunca fue muy buena, pero que poco a poco se iba minando y consumiendo más todavía por las penitencias y austeridades ascéticas. Durante sus últimos años estuvo muy enfermo y se quedó casi completamente ciego. Nunca se quejó. Murió el 16 de enero de 1894 plácidamente, con la plegaria en los labios. Permaneció expuesto durante seis días sin dar ninguna señal de corrupción.

Sus obras más importantes, además de sus cartas, son varios libros de exégesis sobre las cartas de san Pablo y sobre los salmos, los esquemas de su predicación, El camino para la salvación, y ¿Qué es la vida espiritual?

Su doctrina

Teófano ocupa en la iglesia rusa ortodoxa un lugar análogo al de san Francisco de Sales en la iglesia católica. Es el doctor y el maestro por excelencia de la vida espiritual. Como el del obispo de Ginebra, el mensaje de Teófano el recluso es más bien ascético que místico. […]

Es el teólogo más célebre, juntamente con Filaret de Moscú, de todo el s. XIX y su palabra tiene una autoridad universalmente reconocida. Lo mismo que san Francisco de Sales con la Filotea y con el Teótimo, él nos ha dado en su Camino de la salvación un directorio ascético y místico de gran valor, que acompaña al pecador desde el momento en que empezó a despertarse su conciencia, hasta que llega a las cumbres de la perfección cristiana. Lo mismo que san Francisco de Sales, él le da una gran importancia a los sacramentos, en este caminar del alma: su mística es una mística sacramental. La confesión y la comunión eucarística son los medios fundamentales para conseguir la perfección; la comunión incluso es el tipo de esta perfección sobrenatural, que consiste en el reino de Dios dentro de nosotros.

Como san Francisco de Sales, Teófano concede una gran importancia a las jaculatorias, aunque no las conoce con este nombre: estas breves oraciones tienen la finalidad de no dejar que se apague en el corazón el fuego de la caridad, de dejar que este fuego vaya penetrando lentamente en el alma durante toda la jornada y la vaya transformando en una continua oración. Sobre todo, lo mismo que san Francisco de Sales, Teófano el ermitaño quiere la santificación de la vida seglar, extendiéndola a los comerciantes, a los padres de familia, a los empleados del estado, e invitándoles a todos ellos a la perfección cristiana.

"Abandonar el mundo —escribe— significa abandonar todo lo que es carne, vanidad, y pecado. Pero no significa, ni mucho menos, huir de la familia o de la sociedad, sino huir de las costumbres, de los hábitos, de las exigencias contrarias al Espíritu de Cristo".

Teófano es, sin embargo, mucho menos humanista que san Francisco de Sales; tiene un acento más pesimista, insiste más frecuentemente en la muerte, en el temor, en el despego de las cosas. Si no es más austero y más duro, la verdad es que resulta menos embriagante. Su lenguaje, cuando se dirige directamente a las almas, tiene una humilde sencillez que conmueve y persuade; no exalta los sentimientos, sino que los aplaca. El alma, bajo su dirección, crece únicamente en humildad, en humilde abandono.

Teófano el recluso no se forja ilusiones sobre los hombres: su experiencia pastoral le ha enseñado que una vida cristiana profunda es casi siempre fruto de una íntima conversión a Dios, de un retorno. "El bautismo es el principio de la vida cristiana, pero ya que son poquísimos aquellos que saben conservar la gracia divina recibida en el bautismo, la penitencia se ha convertido en la fuente casi universal de una verdadera vida cristiana". Según la doctrina ascética antigua, a la que también permanece fiel Dante en la Divina Comedia, el staretz nos recuerda que "la palabra divina representa ordinariamente al pecador como a una persona que está sumergida en un profundo sueño. La señal característica de esta inmersión en el sueño —añade— no es siempre la depravación, sino más bien —como nos lo dan a entender los evangelios— las preocupaciones excesivas de la vida terrena, que no dejan lugar al pensamiento de nuestra propia salvación". El hombre está como ausente de las cosas divinas, lo mismo que si no existiesen; y su alma vive únicamente para la vida presente, preocupada únicamente de las cosas de aquí abajo. No puede despertarse de este sueño espiritual más que con la gracia de Dios. "El despertarse del pecador de esta ceguera o sueño espiritual se debe únicamente a la gracia divina que toca su corazón, haciéndole ver su deplorable estado y haciéndole sentir el peligro en que se encuentra".

"En la parábola del hijo pródigo se nos indican los sucesivos momentos de este despertar:
1) el pecador vuelve sobre sí mismo; 2) decide dejar su vida pecaminosa; 3) finalmente, el pecador se arrepiente.
1) Entonces, entrando dentro de sí mismo, dijo...; 2) me levantaré e iré a casa de mi padre; 3) le diré: Padre, he pecado... Y el padre entonces lo cubrió con un nuevo vestido, concediéndole la gracia, que es la vestidura espiritual del alma, y preparándole la cena de la eucaristía".

Los tres estadios de la vida espiritual son para él la invocación a Dios, la purificación y la santificación del alma. El que emprende su camino hacia Dios, necesita ante todo un gran coraje.

"La vida cristiana, desde sus primeros pasos, se va encontrando con obstáculos de naturaleza diversa, y que van siendo cada vez más numerosos a medida que avanza. Todos los que emprenden este camino tienen que armarse de un firme tesón, decididos a avanzar sin que la lucha y los obstáculos que les esperan, puedan asustarles". Pero lo que es necesario ante todo es no descorazonarse jamás; esto sería lo más peligroso. "El combate espiritual nunca debe interrumpirse; hay que volver a emprender de nuevo la lucha constantemente, sin reposo alguno. ¿Has caído? ¡No hay que desesperarse! Vuelve a levantarte con el firme propósito de no volver a caer y emprende de nuevo animosamente la lucha".

Todo depende de la libre decisión del hombre: Dios mismo aguarda esta decisión, ya que la gracia divina no violenta de ningún modo, en lo más mínimo, la voluntad del hombre, sino que adquiere su eficacia en el libre consentimiento de la voluntad. Las expresiones de Teófano no resultan ciertamente muy precisas a veces para la teología occidental, tan ejercitada en las disputas sobre la gracia y el libre albedrío, pero no debemos ser muy severos con él. En general, la teología oriental de la gracia tiene un valor más directamente pedagógico y ascético que científico; por eso, los orientales insisten mucho en la libertad humana y dan mucho peso a la libre decisión del hombre en la obra de su justificación. Sería, sin embargo, injusto acusarlos de pelagianismo. "Desde el momento en que la gracia divina toca su corazón, el pecador se encuentra en un estado entre el pecado y la virtud. A él le toca ahora la elección definitiva, ya que, como dice san Macario de Egipto, la gracia divina no obliga lo más mínimo a su voluntad para hacerlo inmutable en el bien, sino que da lugar a la libertad, para que vea si la voluntad del hombre es, o no, conforme con la gracia divina. De esta decisión brota la unión de la gracia con la voluntad humana. Por sí mismo, el hombre no puede realizar ningún bien. Todo consiste por tanto —concluye Teófano— en la firme decisión del pecador". Es cierto, de todas maneras, que si el hombre no puede ni siquiera querer el bien sin ayuda de la gracia, como nos dice san Pablo y nos enseña la doctrina católica, esto en definitiva se debe al hecho de que la libertad del hombre es algo incomprensible si se la considera como un poder de independencia de Dios. Ya no puede querer el bien sin ayuda de Dios, ya que sin Dios ni siquiera puedo querer; es él el que crea y hace mi libertad. El hombre puede querer el mal solamente, ya que queriendo el mal, niega su libertad y se convierte en esclavo. El hombre que quiere el mal, lo que hace propiamente es "no" querer.

La vuelta del hombre a Dios es, desde luego, laboriosa. Antes de que la gracia divina venza al pecado, triunfe de todas las resistencias y se inicie para el pecador la nueva vida, ¡cuántos esfuerzos hay que realizar! Tampoco estas palabras de Teófano, tomadas en su significado más inmediato, podrían aprobarse: incluso en sus primeros movimientos hacia Dios, es la gracia la que solicita al hombre y lo empuja íntimamente. No es ciertamente el hombre el primero en moverse: Dios será siempre el que nos ame primero. El ha sido el primero en amarnos, nos dice el apóstol san Juan. La gracia precede a la voluntad del hombre; el hombre debe a la gracia divina toda su vida espiritual. Pero lo que quieren las palabras de Teófano de Tambov es exhortar al pecador, aconsejarlo y ayudarlo en sus primeros movimientos hacia Dios, cuando tras haber escuchado su voz misteriosa y secreta en el fondo de su corazón, se dispone a responder. "Es preciso saber —nos escribe— que la gracia divina no viene siempre inmediatamente en nuestra ayuda: testigo de ello es el bienaventurado Agustín que tanto combatió y que solamente cuando llegó la gracia divina, consiguió vencer al pecado. También tú tienes que llamar a todas las puertas de la misericordia divina, y entonces se te abrirán. Pero pon en ello todo tu fervor: frecuenta la iglesia, lee la palabra divina, ayuda todo cuanto puedas a los desgraciados, reza, llama, y la gracia divina, al ver tu fervor, bajará a tu corazón y dará de este modo comienzo a tu nueva vida. Como sentimiento fundamental has de tener siempre presente tu nulidad. Cuando este sentimiento se haya hecho en ti algo así como tu segunda naturaleza, entonces habrá llegado el momento de tu ascensión".

Son muchos los textos luminosos de Teófano que nos enseñan la necesidad de la gracia para cualquier obra saludable. Incluso afirma explícitamente la impotencia absoluta del hombre en la obra de su salvación. Solamente en Cristo está toda la potencia del hombre, su salvación, su santidad. "Estos dos puntos —dice certeramente Arseniev a propósito de la doctrina de Teófano—, exigencia de una actividad espiritual extrema, de una lucha constante y decidida, y convicción fundamental de que la salvación no está más que en él, en nuestro Señor Jesucristo, sin el cual no somos capaces de nada, no se excluyen de ningún modo. Estas disposiciones crecen y se van agrandando juntamente hasta la síntesis viviente de la vida en Cristo".

Esta es también la doctrina católica pura y verdadera. Resulta hermoso saber que precisamente el doctor más autorizado de la espiritualidad rusa esté tan cerca de nosotros, que habla nuestro mismo lenguaje. Esto nos anima a considerar con una atención más respetuosa y más favorable algunos otros textos que podrían desconcertarnos y turbarnos a primera vista. "Nuestra salvación está enteramente en las manos del Señor —dice el recluso de Vischen— y él salva a todos los que acuden a sus brazos. Sólo escapan a la salvación aquellos que quieren salvarse solos, con su propio esfuerzo". "La ayuda de Dios está siempre dispuesta y a mano, pero se le concede solamente a los que la buscan y se esfuerzan en obtenerla; sólo cuando éstos han agotado todos los medios y lo invocan con todo su corazón, es cuando pueden obtenerla. Mientras quede la más mínima confianza en nuestros propios recursos, el Señor no interviene, como si dijese: ¿Tú esperas llegar por ti mismo? Bien; aguarda un poco...; puedes aguardar todo lo que quieras, que no llegarás jamás". Y con un lenguaje lleno de sabor y de vida, que tanto recuerda al de san Francisco de Sales, Teófano escribe: "Todo el que tienda a la vida espiritual, no puede nunca decir: yo haré esto, yo alcanzaré lo otro. Ya puedes esforzarte y fatigarte, lo mismo que el pez que golpea con la cola sin descanso contra el hielo que lo aprisiona. Sólo recibirás lo que le plazca al Señor, lo que él quiera darte, y cuando a él le parezca". La ascensión del alma depende, pues, de su abandono total en las manos de Dios, traducido en una aspiración hacia él que se va haciendo cada vez más imperiosa, más exigente y más viva. El alma debe llamar, porque sabe que todo depende para ella de la gracia divina. Llamar, buscar a Dios, aspirar a él.

"Al principio, esta aspiración es solamente algo buscado, pero poco a poco se va haciendo real, viva, espontánea, dulce, irresistible. Una aspiración semejante nos asegura de que estamos verdaderamente en camino hacia Dios, de modo que acabaremos teniendo la paz y el gozo del Espíritu Santo".

Lo mismo que los mayores místicos del catolicismo, Teófano ve también la cumbre de la vida mística en el abandono perfecto del alma en Dios: en la cima más elevada de esta unión está la flor del abandono, o mejor dicho, el abandono es la condición para la unión y la medida de su intimidad, ya que la unión se lleva a cabo haciendo vivir en nosotros puramente la voluntad misma de Dios. "Condición esencial para no retroceder en el camino es el abandono completo de nosotros mismos en las manos de Dios, esto es, la renuncia a nuestra propia voluntad para que obre por medio de nosotros la "voluntad divina". El staretz recuerda a este propósito las palabras del gran Serafín de Sarov: "Cuando Motovilov quiso darle las gracias a Serafín por su curación, éste le contestó: Castigar o curar, hacer bajar del cielo o subir a él, no es obra de Serafín, sino únicamente de Dios. Dale gracias a él. Yo, pobre Serafín, he puesto mi voluntad en sus manos; no hago más que lo que él quiere". En el hombre es el mismo Dios el que vive y obra. Sin embargo, esta pasividad no excluye la libertad del hombre; ésta es incluso la suprema actividad del Espíritu, como bien comprendía Teófano. "La libertad no queda anulada —escribe—, sino que permanece, ya que la renuncia a la propia voluntad es un acto que siempre se renueva y se repite continuamente". El vértice de la vida espiritual es esta vida de Dios en el hombre, esta muerte del hombre en Dios. La santidad más excelsa es la humildad sin fondo: un perderse a sí mismo en Dios, un eclipsarse en la luz divina. En la insistencia de Teófano en la humildad tenemos el testimonio más elocuente de que él había conocido verdaderamente aquella humildad incontenible que acompaña siempre y es la señal más característica de las elevadas experiencias espirituales. "En esto consiste la vida del Espíritu, verdadera y divina. Esta es la unión viva, la vida en Dios... El rasgo característico es el siguiente: cuanto más alto sube uno, más fuerte siente su propia nulidad. Nada resulta más dañino que el pensamiento de que ya he llegado y puedo echarme a dormir". "Si uno permanece en este pensamiento orgulloso, caerá sin dula alguna, lo mismo que uno que se encuentra a cierta altura y, al volverse a mirar hacia abajo, siente vértigo y se hunde en el precipicio. La ascensión, por tanto, debe ir siempre acompañada de la más grande humildad. Tenemos que alcanzar un ideal muy elevado: Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial... Todas las reglas, los consejos, las plegarias, no son más que una ayuda para facilitar la penosa, pero bendita subida hacia la cima, en donde el alma encuentra su unión con Dios. Lo que allí siente el alma no puede explicarse, porque se trata de algo escondido, como Moisés, por encima de las nubes. Pero Jesús lo definió cuando dijo: En vosotros está el reino de Dios".

La representación de la vida espiritual como una subida es común a todo el cristianismo: baste pensar en La escala del paraíso de san Juan Clímaco y en La subida al Monte Carmelo de san Juan de la Cruz. Pero la doctrina espiritual de oriente vio, ya desde los tiempos de san Gregorio de Nisa y del pseudo-Dionisio, más particularmente en la subida de Moisés al monte Sinaí, el tipo de la subida espiritual del hombre que se encuentra con Dios. Teófano ha permanecido fiel a esta idea.

Consejos prácticos

En sus consejos prácticos el staretz se nos revela como un hombre de una discreción y una prudencia exquisita, que justifica plenamente el alto concepto que de él han tenido los rusos, como maestro de vida espiritual. El quiere que el alma que ha cometido un pecado se apresure a purificarse y a resucitar mediante el sacramento de la penitencia: el alma no puede descansar en el mal. "Cualquier pecado que pesa sobre la conciencia, tenemos que apresurarnos a borrarlo con la confesión. Lo mejor sería no llevar esta carga en el alma ni un solo día, ya que el pecado aleja la gracia divina, detiene los impulsos, hace difícil la oración, enfría el alma". Quiere que el cristiano se acostumbre a hacer todas las noches el examen de conciencia y que confiese con humildad a Dios todo lo que ha hecho durante el día poco conforme con su voluntad, para estar de este modo dispuesto siempre a presentarse al juicio divino. Aconseja además que, viviendo en medio de una continua pero dulce vigilancia sobre sí misma, el alma confiese en seguida a Dios cualquier mal pensamiento o acción, con humilde sentimiento de compunción interior, invocando su perdón. La espiritualidad de Teófano, aun sin ser austera, conserva sin embargo un acento de seriedad meditada y conoce las exigencias de la mortificación y de la cruz. "La muerte acaba con todo: no dejes de pensar en ella", nos aconseja con solemnidad y gravedad. Es menester que el alma tenga siempre delante de sí a los novísimos: la muerte, el juicio, el infierno, el paraíso. Quiere sobriedad en la comida y en la bebida; quiere también que el alma cultive el silencio. "Debes tratar a tu cuerpo lo mismo que una madrastra al hijo que no es suyo". Exige el despego interior de todas las cosas: "Haz la experiencia de no dar ningún valor a todo lo que te rodea. Así, si te quitan alguna cosa, no debes entristecerte por ello". Siente especial predilección y recomienda a los demás la humildad y la paciencia, que representan para él la "vestidura divina" que siempre debe llevar el alma consigo. En esta espiritualidad parece que solamente queda de positivo la aspiración a Dios: una aspiración que lentamente invade toda la vida, la va llenando, para transformar luego la vida misma en una continua oración. La oración parece ser para Teófano el deber fundamental del cristiano; no consiste solamente en musitar palabras, sino más bien en un sentimiento de atención a Dios; este sentimiento de la presencia divina es el que debemos procurar conservar en nosotros de todos modos. "Lo más importante es que tú camines en la presencia de Dios, o bajo su mirada, con el sentimiento de que Dios tiene sus ojos sobre ti y penetra en tu alma, en tu corazón. Este sentimiento es la palanca más poderosa para promover la vida interior".

Toda la sencillez y toda la humildad de la enseñanza de Teófano el recluso se manifiestan en estas palabras llanas, pero impregnadas de dulzura. "El fruto más grande de la oración no es el fervor o la dulzura interior, sino el temor de Dios y la contrición. Este sentimiento debemos conservarlo siempre firme en el corazón, vivir en él y respirar de él".

En la Dobrotoliubie [Filocalia] está el secreto de la perpetua oración: "Siéntate silencioso y solitario, inclina la cabeza y no vuelvas a los lados tu mirada; respira más dulcemente, vuelve dentro de ti mismo y recoge tus pensamientos en tu corazón. Y a cada respiración, moviendo dulcemente los labios o solamente en tu espíritu, repite: Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí. Esfuérzate por apartar todo otro pensamiento, conserva una calma paciente y repite este ejercicio". Este método pertenece realmente a la más genuina tradición espiritual rusa: importado del Monte Athos, fue divulgado y popularizado por el más ilustre monje del s. XV, Nilo de Sora. Desde entonces, la invocación a Jesús fue la plegaria por excelencia. Teófano el recluso, cuando habla de la oración continua, quiere hablar de esta invocación que es "la más poderosa de todas por el nombre de Jesús que se pronuncia con fe".

Sin embargo, más todavía que la fidelidad a las palabras le importa a Teófano la calma, la absorción del alma en la paz y en el silencio. "Lo más importante es que nos pongamos delante de Dios y que lo invoquemos desde la profundidad del corazón. Eso es lo que tienen que hacer todos los que buscan el fuego de la gracia; en cuanto a las palabras o la postura del cuerpo durante la oración, son cosas secundarias; lo que Dios mira es el corazón". El alma tiene que rezar sin apresurarse, dejarse absorber por el sentimiento íntimo de la presencia divina y procurar no perder, ni siquiera durante las ocupaciones de la jornada, el contacto con Dios. "En esto se puede resumir toda la doctrina sobre la oración: tener el sentimiento continuo de Dios y dirigirse a él con oraciones breves; esto es caminar en la presencia de Dios". "Ten siempre un pequeño manual con la bendición de tu padre espiritual, breve, que puedas leerlo todos los días, sin prisas. Entra en el espíritu de estas oraciones de modo que cuando estás rezando, las palabras te sean ya familiares y de esta manera el sentimiento será más íntimo... Cuando te distraigas, vuelve dulcemente... No te adelantes ni una sola palabra, mientras no hayas entrado en el espíritu de la oración... Si una palabra te conmueve, no pases adelante, detente en ella..."

La oración está en saborear largamente, en un pacífico abandono en la gracia de Dios, el sentimiento de la presencia divina: más que un acto, es algo así como un estado. Teófano, de hecho, lo llama "estado bendito": es la humilde rendición del hombre a una luz que lo penetra todo pacíficamente, con gran dulzura.

Estas breves invocaciones que tanto recomienda el staretz, no tienen otra finalidad más que la de encender de nuevo el fervor dormido, alimentar continuamente la lamparilla del amor. "Te habrá ocurrido, sin duda, algunas veces rezar con el sentimiento de una espontánea dulzura; acuérdate de lo que entonces sucedió en tu alma y procura reproducirlo de nuevo". "Haz lo posible para que vayan disminuyendo los intervalos en tu oración, de manera que puedas tener siempre un continuo sentimiento de oración en tu corazón". Cuando el alma llegue a poseer "el sentimiento continuo de Dios y se dirija continuamente a su Dios con breves plegarias", se habrá obtenido entonces el fin deseado y el alma caminará en la luz". "Lo mismo que de un cáliz demasiado lleno desborda el agua, así de un corazón lleno de santo sentimiento, por medio de la oración, se derramará la alabanza". Entonces las tentaciones dejarán de atormentar ya al alma: "cuando los ladrones se acercan a robar y sienten algún ruido, les entra miedo de entrar en la casa: lo mismo les pasa a los demonios cuando oyen el murmullo de una continua oración en el corazón". Entonces, finalmente, el alma llegará a poseer la paz. Y entonces la oración se verá acompañada por todas las obras virtuosas: la humildad, la mansedumbre, la caridad...

Toda su vida es ahora limpia y pura: "el sentimiento de una continua oración es como el murmullo de un plácido arroyuelo..." Sí, porque la vida de un alma piadosa que viva en la luz de Dios es la vida de un ángel sobre la tierra. Y Teófano nos dice: "Desde por la mañana eres un serafín en oración, un querubín en tus actos, en tus relaciones con el prójimo eres casi un ángel".

Teófano de Tambov no es un gran místico, pero sigue siendo un gran maestro de vida espiritual. No conoce las más elevadas experiencias: su alma vive, en el presentimiento de la ley, el alba de la vida mística. Es el guía que conduce al alma hasta el divino silencio y le enseña la divina sencillez de la vida interior. Si escuchamos sus palabras, dispondrá nuestras almas para recibir el don de Dios; pero cuando Dios nos habla, cuando el infinito amor entre en nosotros como torrente que lo arrebata todo, como llama que lo quema todo, entonces conviene abandonar el guía y dejarlo atrás. La humildad de sus palabras, la discreta prudencia de sus enseñanzas habrá perdido entonces todo valor y todo peso. Su prudencia y su humildad no conoce el horror ni el terror de la tempestad, sus relámpagos que deslumbran y ciegan, la furia, la violencia, la locura del amor divino.

"Es preciso que tengamos la impresión de que somos como un hombre en medio del mar, que está a punto de ahogarse y que se ha agarrado a una tabla capaz de sostener su peso y de mantenerlo por encima del abismo. Ese hombre siente constantemente que está a punto de ser sumergido, pero continúa flotando agarrado a su salvación. Esta es la imagen exacta del alma que, en el Señor, camina por las vías de la salvación. Siente que ella sola se hundiría, pero se da cuenta al mismo tiempo de que tiene ya su salvación en la gracia del Señor".

 "Cuando nos retiramos dentro de nosotros mismos, debemos ponernos en la presencia del Señor y quedarnos allí, sin separar de él nuestra mirada espiritual. Esta es la vida eremítica espiritual: permanecer solo ante la faz de Dios".


Divo Barsotti
Cristianismo Ruso
Ed. Sígueme. Salamanca. 1966
Págs. 131- 153

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