Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

sábado, 9 de junio de 2012

El Nombre de Jesús como Eucaristía


Un Monje de la Iglesia de Oriente



1- Hay un uso “eucarístico” del Nombre de Jesús en el cual todos los aspectos que hemos vistos hasta ahora quedan reunidos y unificados.

2- Nuestra alma también es un Cenáculo donde una invisible Santa Cena puede ser celebrada en cada momento. El Señor secretamente dice, como entonces, “intensamente he deseado comer esta Pascual con vosotros” (Lucas 22,1)… ¿dónde será el lugar de la reunión? ¿dónde comeré la Pascua con mis discípulos? (Lucas 22,11)… Prepárenla allí” (Lucas 22,12). Estas palabras se pueden adaptar no solamente a la Santa Cena visible, sino también se pueden aplicar a la Eucaristía interior, que, si bien es espiritual, es de igual modo real. En la Eucaristía visible, Jesús es ofrecido bajo los aspectos del pan y del vino, en la Eucaristía espiritual Él puede ser expresado y nombrado por el Sagrado Nombre solamente. La invocación del Nombre puede ser convertido en una Eucaristía.

3- El significado original de la palabra “Eucaristía” es acción de gracias. Nuestra Sagrada Cena interior será ante todo un agradecimiento por el gran don hecho a nosotros por el Padre en la persona de su Hijo: “En él… permítenos ofrecer continuamente el sacrificio de alabanza a Dios …“ (Hebreos 13,13). La Escritura inmediatamente explica la naturaleza de esta oración: “… que es el fruto de nuestros labios en el acto de pronunciar el agradecimiento a su Nombre”. Así la idea del Nombre está unidad con la del agradecimiento.
Podemos, no solo, mientras pronunciamos el Nombre de Jesús, agradecer al Padre de habernos dado a su Hijo o dirigir la oración al Nombre del Hijo mismo, sino que también podemos hacer del Nombre del Hijo la sustancia y el sustento del sacrificio de la alabanza hecha al Padre, la expresión de nuestra gratitud, de nuestra ofrenda de agradecimiento.

4- Toda Eucaristía es una ofrenda: “Esto que ellos pueden ofrecer al Señor es una ofrenda con un corazón puro” (Malaquías 3,3). No podemos ofrecer al Padre un don mejor que la Persona de su Hijo. Así esto que nosotros presentamos a Dios forma una única cosa con la ofrenda que Jesús hace eternamente de sí mismo. ¿Cómo podremos, en efecto, nosotros ofrecer a Cristo? Con el fin de dar una forma concreta a nuestra ofrenda, encontramos ayuda en la invocación del Nombre de Jesús, el cual se transforma así en pan y en vino.

5-  El Señor, en su Cena, ofreció a los discípulos pan reducido en fragmento y vino derramado en el cáliz: Él ofrece la vida en don por nosotros, su Cuerpo y su Sangre dispuestos para la inmolación. Cuando nosotros ofrecemos a Jesús al Padre, lo ofrecemos siempre como víctima inmolada y triunfante a la vez: “Digno es el Cordero inmolado de recibir… honor y gloria y bendición” (Apoc 5,12). Pronunciando el Nombre de Jesús estamos seguros de ser purificados por la sangre del Cordero. Esto es el uso expiatorio del Sagrado Nombre. Esto no significa un sacrificio distinto al de la cruz. El Sagrado Nombre, sacrificialmente usado, aplica a nosotros, aquí y ahora, los frutos de la Redención cumplida de una vez para siempre. Bajo tal aspecto nos ayuda, en el ejercicio del sacerdocio universal, a hacer espiritualmente actual y presente el eterno sacrificio de Cristo. El uso sacrificial del Nombre de Jesús nos recuerda también nuestra unión con Jesús, sacerdote y víctima: en Él, en su Nombre, ofrecemos nuestra alma y nuestro cuerpo: “En las ofrendas quemadas y en los sacrificios por los pecados, tú no encuentras satisfacción: entonces dije, Señor aquí vengo” (Hebreos 10, 6-7).

6- No hay una santa Misa sin la comunión. Nuestra Eucaristía interior, es también lo que la tradición llama “comunión espiritual”, la cual es un alimento a través de la fe, del Cuerpo y de la Sangre de Cristo sin usar los elementos visibles del pan y del vino. El pan de Dios es Aquel que viene del cielo y da la vida al mundo. “Yo soy el Pan de vida” (Juan 6,33.48). Jesús sigue siendo siempre el Pan de vida que podemos recibir en alimento, incluso cuando no participamos de los elementos sacramentales.

Nosotros podemos tener una participación espiritual e invisible del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, interior y real, acercándonos al Señor, que es distinto a toda otra forma de Comunión con Él y que es un don especial, una gracia peculiar de afinidad entre nuestro Señor, como quien nos alimento y como alimento, y nosotros mismos partícipes (si bien en forma espiritual) de este alimento. Ahora bien, esta comunión del divino Pan de vida, o del Cuerpo y de la Sangre del Salvador, se vuelve más fácil cuando se invoca el Sagrado Nombre, cuando pronunciamos el Nombre del Señor con la intención de alimentar nuestra alma.

Tal comunión puede ser renovada cuanto uno quiera. No queremos disminuir la veneración hacia la Misa como es celebrada en la Iglesia. Pero confiamos que cualquiera que siga el camino del Nombre puede experimentar que el Nombre de Jesús es alimento espiritual y comunica a las almas hambrientas el Pan de vida: “Señor danos siempre de este pan” (Juan 6,34). En este pan, en este Nombre, nos encontramos nosotros mismos unidos con todos aquellos que comparten el mismo alimento Mesiánico: “Nosotros, siendo muchos, somos un único pan y cuerpo: ya que nosotros somos todos partícipes de esta único pan”. (1 Cor 10, 17).

7- A través de la Eucaristía nosotros “celebramos la muerte del Señor hasta que él venga” (Corintios 11, 26). La Eucaristía es una anticipación del reino eterno.
El uso “eucarístico” del Nombre de Jesús nos conduce a su uso “escatológico” que es la invocación del Nombre en conexión con el “final y con la venida de nuestro Señor”. Esta invocación del Sagrado Nombre debería constituir la ardiente aspiración a la unión definitiva con Jesús en el Reino de los cielos. Esta aspiración está en relación con el fin del mundo y la triunfante venida de Cristo, pero tiene una relación más próxima al ocasional y, si nosotros lo pedimos, siempre más frecuente descenso de Cristo en nuestra existencia terrena, a su prodigiosa y eficaz participación en nuestra vida de cada día. Y aún más está en relación a la venida de Cristo en la hora de nuestra muerte, una aspiración a la muerte concebida como la larga espera de la venida del Amigo “que sin verlo todavía, lo amamos” (Pedro 1,8), una llamada al encuentro supremo y aquí y ahora un impulso del corazón superando la barrera. Este modo de decir “Jesús” está contenido en la nostálgica palabra de Pablo: “¡cuándo Cristo, que es nuestra vida, aparecerá…!” (Colosenses 3,4) y el grito de Juan: “Ven Señor Jesús” (Apoc 22,20) está ya implícito.



Traducido del texto italiano publicado por esicasmo.it

Publicación en castellano:
La invocación del nombre de Jesús.
Un Monje de la Iglesia de Oriente
Ed. Claretiana. Buenos Aires. 2009
Págs. 57-63




No hay comentarios:

Publicar un comentario