Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

viernes, 15 de junio de 2012

El Nombre y la plenitud total


Un Monje de la Iglesia de Oriente.



Hemos considerado los aspectos más importantes de la invocación del Nombre de Jesús, ordenándolos como en una especie de escala ascendente y creemos que esta escala corresponde al normal progreso de la vida del alma.

Sin embargo, Dios que “da al Espíritu sin medida” (Juan 3,34) sobrepasa nuestros límites. Estos distintos aspectos de la invocación no tienen un orden inmutable: un principiante puede ser rápidamente elevado a la más alta comprensión del contenido del Nombre, mientras otro, que ha sido cuidadoso por años en la invocación del Nombre, puede no llegar a superar los primeros estadios. No es esto lo que importa. Lo único que importa es que lo que el Señor quiera se realice en nosotros.

Por esto el esquema que hemos seguido es en gran parte artificial y no tiene más que un valor relativo.
Esto resulta evidente para quien ha tenido alguna experiencia de todos los aspectos del Nombre aquí descriptos. En este punto, el cual cuando se es alcanzado no implica necesariamente una perfección mayor, pero sí una agudeza intelectual o espiritual, y una percepción ágil y discernimiento en la consideración de las cosas de Dios, se hace difícil y también artificioso y tedioso y algunas veces incluso imposible, concentrarse sobre uno o sobre otro aspecto del Nombre de Jesús, por más noble que pueda ser. La invocación y la contemplación del Sagrado Nombre se vuelve entonces global y nosotros nos volvemos simultáneamente consciente de todo el valor del Nombre. Entonces repetimos “Jesús” y encontramos quietud en la plenitud y en la totalidad del Nombre del Señor. Incapaces de separar y de aislar sus diversos aspectos, nos sentimos implicados como en un todo unificado. El Sagrado Nombre lleva entonces al Cristo entero y nos introduce en su plenitud total.

Esta plenitud total es más que la Presencia de proximidad y que la Presencia de inhabitación del cual hemos hablado. Esta es el don actual de todas las realidades de las cuales el Nombre es un medio de acercamiento: Salvación, Encarnación, Transfiguración, Iglesia Eucaristía, Espíritu y Padre. Es entonces que aprendemos “cuál es la anchura y la longitud, la profundidad y la altura…” (Ef 3,18), y comprendemos qué significa “reunir todas las cosas en Cristo Jesús” (Ef 1,10). Esta plenitud total es todo. El Nombre no es nada sin esta plenitud. Aquel que es capaz de vivir constantemente en la Presencia del Señor, no tienen necesidad del Nombre. El Nombre no es más que un incentivo hacia la plenitud. Puede llegar un momento, incluso aquí en la tierra, en que deberemos abandonar el Nombre mismo para volvernos libres de todo, excepto del impronunciable e inefable contacto viviente con la Persona de Jesús.

Cuando consideramos separadamente los aspectos y las implicaciones del Nombre de Jesús, nuestra invocación del Nombre es semejante a un prisma que subdivide  un haz de luz blanca en varios colores del espectro. Cuando en cambio invocamos el “Nombre total” (la plenitud total), utilizamos el Nombre como si fuese un lente que recibe y concentra este haz de luz blanca. Con una lente un rayo de sol puede también hacer prender fuego a una sustancia combustible. El Sagrado Nombre es este lente. Jesús es la luz ardiente que el Nombre, actuando como un lente, puede unir y dirigir hasta encender un fuego dentro de nosotros: “He venido para encender un fuego sobre la tierra...” (Lucas 12, 49).

La Sagrada Escritura a menudo promete una bendición especial a los que invocan el Nombre del Señor. Podemos decir del Nombre de Jesús lo que ha sido dicho del Nombre de Dios. Repetiremos aquí: “Vuelve a mí tu mirada y sé misericordioso conmigo, como tú fuiste con los que aman tu Nombre” (Sal 119, 132). Y que de cada uno de nosotros Dios pueda decir lo que dijo de Pablo: “Él es un vaso elegido por mí, para llevar mi Nombre” (Hechos 9, 14). Amén



Traducido del texto italiano publicado por esicasmo.it

Publicación en castellano:
La invocación del nombre de Jesús.
Un Monje de la Iglesia de Oriente
Ed. Claretiana. Buenos Aires. 2009
Págs. 75-78

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