Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

martes, 12 de junio de 2012

La oración de Jesús y la vida Trinitaria


Un monje de la Iglesia de Oriente



 El Nombre de Jesús y el Espíritu Santo

1-  El nombre de Jesús tuvo un puesto eminente en la predicación y en la obra de los apóstoles: predicaban en el nombre de Jesús, curaban a los enfermos en su nombre; y con frecuencia decían a Dios: “Concede a tus siervos que puedan ser hechos signos y prodigios en el Nombre de tu santo Hijo Jesús” (Hechos 4, 29-30). Y así, “el Nombre del Señor Jesús era magnificado” (Hechos 19,7).

Pero fue sólo después de Pentecostés que los apóstoles anunciaron el Nombre “con poder”. Jesús había dicho: “Recibiréis poder, cuando el Espíritu Santo descienda sobre ustedes” (Hch 1,8). En este uso “pentecostal” del Nombre de Jesús se hace evidente el vínculo que une al Espíritu y al Nombre. Tal uso “pentecostal” no es limitado a los apóstoles sino concedido a todos “aquellos que creen”. A todos son dichas las palabras de Jesús: “En mi Nombre expulsarán los demonios, hablarán nuevas lengua, impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán” (Marcos 16, 17-18).

Es solo nuestra fe insuficiente y el poco amor que tenemos lo que nos obstaculizan para invocar el Nombre en el poder del Espíritu. Si emprendemos sinceramente el camino del Nombre, nos encontraremos capaces (sin vanidad, sin considerarnos demasiado a nosotros mismos) de manifestar la gloria de nuestro Señor y de ayudar a los otros a través de los “signos”.

Aquel, en el cual el corazón es un navío del Sagrado Nombre, no duda en ir de acá para allá para repetir a los que tienen necesidad de alivio espiritual y corporal las palabras de Pedro: “No tengo ni plata ni oro: pero lo que tengo yo te lo doy: en el Nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y camina” (Hechos 3,6). ¡Oh, que el Espíritu de Pentecostés pueda venir e imprimir en nosotros con letras de fuego en Nombre de Jesús!  

2-  El uso pentecostal del Nombre, es uno de los aspectos de nuestra aproximación al Espíritu Santo a través del Nombre de Jesús. El Nombre nos llevará hacia nuevas y más íntimas experiencias del Espíritu. Pronunciando el Nombre podemos vislumbrar algo de la relación entre el Espíritu y Jesús. Hay una relación de amor entre Jesús y el Espíritu. En el repetir el Nombre de Jesús nos encontramos en el cruce, por así decirlo, donde estos dos “movimientos” se encuentran.

3- Cuando Jesús fue bautizado, “el Espíritu Santo descendió sobre Él con el aspecto corpóreo de una paloma” (Lucas 3, 22). El descenso de la paloma es la mejor expresión de la actitud del Espíritu hacia el Señor. Ahora intentamos, mientras decimos el Nombre de Jesús, de introducirnos, si se puede decir así, en el movimiento del Espíritu hacia Jesús, mientras el Espíritu enviado por el Padre desciende en Jesús. Intentamos unirnos nosotros mismos, en cuanto nos es posible, a este vuelo de la paloma (“Oh, si tuviese alas de paloma… “ Sal 55,6), y a los dulces sentimientos expresados por su voz… “La voz de la tórtola ha sido oída en nuestra tierra” (Cant 2, 12).

 Antes de “interceder por nosotros con gemidos inefables” (Rom 8, 26), el Espíritu estaba y eternamente permanece en amorosa espera de Jesús. El Apocalipsis muestra al Espíritu junto a la Esposa (que es la Iglesia), mientras suspiran por la venida del Señor. Cuando invocamos el Nombre de Jesús, nosotros podemos considerarlo como el suspiro y la aspiración del mismo Espíritu Santo, como la expresión del deseo y de anhelo del Espíritu. Podremos así ser admitidos (si allí lo permite nuestra humana y débil capacidad) dentro del misterio de la relación de amor entre el Espíritu y el Hijo.

4- Complementariamente, el Nombre de Jesús puede ayudarnos a entrar en el vínculo de amor entre el Señor y el Espíritu. Jesús fue concebido por María “por el Espíritu Santo” (Mateo 1,20). Él fue, durante su vida terrena (y aún ahora) el perfecto receptor del Don. Dejó que el Espíritu tomase completo dominio de Él, siendo “engendrado por el Espíritu Santo” (Mateo 4,14). Él dijo “el Espíritu del Señor está sobre mí” (Lucas 4,18). En todo esto Jesús mostró una humilde docilidad al Espíritu Santo.

Al pronunciar el Nombre de Jesús, nosotros podemos (cuanto es posible a un hombre) junto a Él volvernos obedientes al Espíritu. Y podemos también unirnos a Él, introduciéndonos en el punto de irradiación del Espíritu que es Cristo: “Él tomará aquello que me pertenece y se los dará…” (Juan 16,15). “Yo lo enviaré a ustedes” (Juan 16,7).
Podemos considerar al Nombre de Jesús como el fuego por el cual el Espíritu se irradia en el género humano, podemos ver a Jesús como la boca por la cual el Espíritu es exhalado. Así, al pronunciar el Nombre de Jesús, podemos asociarnos con estos dos movimientos: el Espíritu que llena a Jesús y Jesús que nos envía al Espíritu.
Crecer en la invocación del Sagrado Nombre significa crecer en el conocimiento del “Espíritu del Hijo” (Gálatas 4,6).

El Nombre de Jesús y el Padre

 5- Nuestra lectura del Evangelio será superficial mientras que veamos solo un mensaje dirigido a los hombres o un género de vida ofrecido a los hombres. El corazón del Evangelio es la misteriosa relación de Jesús con el Padre. El secreto del Evangelio es Jesús que se entrega a Él. Este es el misterio fundamental de la vida del Señor. La invocación del Nombre de Jesús nos puede proveer una real, aunque débil y pasajera, participación en este misterio.

 6- “En el principio estaba el Verbo” (Juan 1,1). La persona de Jesús es la Palabra viviente pronunciada eternamente por el Padre. Como el Nombre de Jesús, por una especial dispensación divina, ha sido elegido para significar la viviente Palabra proferida por el Padre, podemos decir que este Nombre participa en una cierta medida en esta eterna emisión de la Palabra. En un modo antropomórfico (fácil de corregir) podemos decir que el Nombre de Jesús es la única palabra humana que el Padre ha pronunciado eternamente. El Padre genera eternamente a su Verbo y se da siempre a sí mismo a través de la generación del Verbo. Si nos esforzamos en acercarnos al Padre a través de la invocación del Nombre de Jesús, debemos ante todo, pronunciando el Nombre, contemplar a Jesús como objeto de amor y de donación del Padre. Debemos sentir (en nuestro modo limitado) la efusión de este amor y este don en el Hijo.
Ya hemos visto a la paloma descender sobre él, escuchemos ahora la voz del Padre: “Tú eres mi hijo querido, en Ti m complazco” (Lucas 3,22).

7- Y ahora, introduzcámonos con humildad en la conciencia filial de Jesús. Después de haber encontrado en la palabra “Jesús” la voz del Padre que dice “mi Hijo”, Jesús no tiene otro objetivo que el de revelar al Padre y el de ser su Verbo. No solo las obras de Jesús, en la vida terrena fueron actos de perfecta obediencia al Padre: “Mi alimento es hacer la voluntad de aquel que me ha enviado” (Jn 4,34). No solo la muerte sacrificial de Jesús  cumple el incansable pedido del Amor (del cual el Padre es la fuente): “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida…” (Juan 15,13), sino que toda la esencia de Jesús es expresión perfecta del Padre. Jesús es “la luminosidad de su gloria, la imagen manifiesta de su persona” (Hebreos 1,3). Y esta eterna orientación del Hijo hacia el Padre, su eterno dirigirse a Él, es lo que nosotros deberemos experimentar en el Nombre de Jesús. Hay más en el Sagrado Nombre que el “ir hacia el Padre”. Al decir “Jesús” podemos en alguna medida unirnos al Padre y al Hijo y comprender su unidad haciéndola nuestra. En el mismo momento que pronunciamos el Sagrado Nombre, Jesús mismo nos dice a nosotros como dijo a Felipe: “¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí?.. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí” (Juan 14, 10.11).

Traducido del texto en italiano publicado por esicasmo.it

Publicación en castellano:
La invocación del nombre de Jesús.
Un Monje de la Iglesia de Oriente
Ed. Claretiana. Buenos Aires. 2009
Págs. 65-73

2 comentarios:

  1. Excelente blog ! Recién lo descubrimos hoy. Muy buena recopilación de textos. Un saludo hermanos, invocando a Jesucristo.

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    1. Muchas gracias por tu comentario. Unidos en el deseo de difundir y vivir la hermosa, fecunda y deificadora espiritualidad filocálica.Un abrazo. Federico

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