Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

martes, 5 de junio de 2012

La práctica de la oración de Jesús


Un Monje de la Iglesia de Oriente


1-  La invocación de Jesús puede ser hecha de muchos modos. Cada uno debe encontrar la forma más conforme a su oración personal. Pero, cualquier forma que sea usada, el corazón y el  eje de la invocación deberá ser el Sagrado Nombre mismo, la palabra “Jesús”, en la cual reside toda la fuerza de la invocación.

2- El Nombre Jesús puede ser usado sólo o inserto en una frase más o menos desarrollada. En el Oriente, la frase más común es: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador”. También uno puede decir simplemente: “Jesucristo” o “Señor Jesús”. Incluso, la invocación puede ser reducida solo a la palabra “Jesús”.

3- Esta última forma, es decir el Nombre de Jesús sólo, es el modelo más antiguo de la invocación del Nombre. Es el más breve y el más simple y, creemos, el más fácil. Por esto, sin descartar las otras formas, sugerimos el uso de la sola palabra de “Jesús”.

4- Así, cuando hablamos de la invocación del Nombre, entendemos la frecuente y devota repetición del Nombre mismo, “Jesús”, sin otros agregados. El Sagrado Nombre es la oración.

5- El nombre de Jesús puede ser pronunciado o pensado silenciosamente. En ambos casos hay una verdadera invocación del nombre: vocal en el primer caso y puramente mental en el segundo. Esta oración favorece un paso fácil de la oración vocal a la mental. La repetición mental del Nombre, si es lenta y reflexiva, ayuda a llegar a la oración mental y predispone el ánimo a la contemplación.
  

El uso de la invocación del Nombre.

6- La invocación del Nombre puede ser practicada en cualquier lugar y en cualquier momento. Podemos pronunciar el Nombre de Jesús en la calle, donde trabajamos, en nuestra habitación, en la iglesia, etc.. Podemos repetir el Nombre mientras caminamos. Más allá de este uso libre del Nombre, no determinado o limitado por ninguna regla, es conveniente establecer un tiempo y un lugar para una invocación regular del Nombre.
Quien ha avanzado en esta forma de oración puede prescindir de estos momentos, que permanecen siendo una condición necesaria para los principiantes.

7-  Si queremos consagrar, cada día, un poco de tiempo a la invocación del Nombre (más allá de la invocación libre que debería ser hecha lo más frecuentemente posible) debemos seguir la norma de practicarla, si las circunstancias lo permiten, en un lugar solitario y sereno. “Cuando tú ores, entra en lo secreto de tu habitación, cierra la puerta, y ora a tu Padre que está en lo secreto” (Mt 6,6).
La posición del cuerpo no tiene mucha importancia: se puede caminar, estar sentado, acostado o de rodillas. La mejor posición es la que produce una mayor quietud física y concentración interior. Ayudan las posiciones que expresen humildad y adoración.

8-  Antes de iniciar la invocación del nombre de Jesús ponte en paz contigo mismo, concéntrate y pide la inspiración y la guía del Espíritu Santo. “Ningún hombre puede decir: Jesús es el Señor, si no mediante el Espíritu Santo” (1Cor 12,3). El Nombre de Jesús no puede jamás penetrar en el corazón que no está colmado del purificante soplo de la llama del Espíritu. El Espíritu mismo habitará y encenderá en nosotros el Nombre del Hijo.

9- Llegado a este punto, simplemente comienza. Para caminar se debe dar el primer paso. Para nadar hay que tirarse al agua. Lo mismo sucede con la invocación del Nombre. Comienza a repetirlo con adoración y amor, aferrándote a él, pronunciándolo con frecuencia. No pienses que estás invocando el Nombre, piensa solo en Jesús. Di su nombre lento, dulce y serenamente.

10- Un error común entre los principiantes es el deseo de asociar a la invocación del Sagrado Nombre una profunda e intensa emoción, intentando pronunciarlo con gran fuerza. Pero el Nombre de Jesús no ha sido hecho para ser gritado o formulado con violencia,   ni siquiera interiormente. Cuando a Elías le fue mandado estar ante el Señor, se desencadenó un grande y fuerte viento, pero el Señor no estaba en el viento; y después del viento vino un terremoto, pero el Señor no estaba en el terremoto; y después del terremoto un fuego, pero el Señor no estaba en el fuego. Después del fuego se escuchó una suave voz. Y fue ahí cuando Elías la oyó escondió su rostro bajo su capa y salió fuera y permaneció en adoración.
Un esfuerzo intenso y la búsqueda de un estado de tensión no ayuda. El repetir el Sagrado Nombre, recogiendo serenamente, poco a poco, tus pensamientos, tus sensaciones, tu voluntad en torno a este Nombre: recomponen sobre él tú ser entero. Deja que el Nombre penetre tu alma, como una mancha de aceite se difunde e impregna un trozo de tela.
No permitas que ninguna parte de ti se distraiga, haz tu ser receptivo y enciérralo en el Nombre.

11-  Incluso durante la invocación del Nombre, su repetición oral no debe ser continua. El Nombre pronunciado debe ser interrumpido y detenido por unos segundos o minutos de pausa silenciosa y de concentración. La repetición del Nombre puede ser comparado al aleteo de las alas con las cuales un pájaro se eleva en el aire.
Así, el alma, llega al pensamiento de Jesús y colmado del recuerdo de él, puede interrumpir la repetición del Nombre y reposar en nuestro  Señor.
La repetición será reemprendida, cuando otros pensamientos amenacen expulsar el pensamiento de Jesús; entonces, la invocación comenzará de nuevo con el fin de obtener un vigor más fresco.

12- Prolongaréis la invocación durante el tiempo que desees o puedas. Cuando la oración es interrumpida naturalmente por el cansancio, no insistas, sino que retoma de nuevo cuando y donde te sientas dispuesto. A su tiempo sentirás el nombre de Jesús subir a los labios espontáneamente y permanecer, casi constantemente, presente en la mente de modo silencioso y calmado. Incluso tu sueño será envuelto por el Nombre y por el recuerdo de Jesús. “Yo duermo pero mi corazón vela” (Cant 5,2)

13- Cuando estamos dedicados a la invocación del Nombre, es natural que se espere y se insista para recibir algo “positivo” o “tangible” como resultado y por esto sentir que hemos establecido un contacto real con la persona de nuestro Señor: “Si yo pudiera tocar tu manto, sería curado” (Mateo 9, 21). Esta felicísima experiencia es la culminación deseada de la invocación del Nombre. “Yo no te dejaré ir si no me bendices” (Gn 32,27). Pero debemos evitar una espera demasiada inquieta de tales experiencias: la emoción religiosa puede fácilmente  convertirse en un enmascaramiento y ser causa de una peligrosa concupiscencia y pasión. No pensemos en efecto que el haber transcurrido cierto tiempo en la invocación del Nombre sin “probar” nada, sea un tiempo perdido y el esfuerzo sea infecundo. Por el contrario, esta aparente oración estéril, puede ser más agradable a Dios que los momentos de éxtasis, porque están desprovistas de toda búsqueda egoísta de gozo espiritual. Esta es la oración de la pura y desnuda voluntad. Debemos continuar consagrando cada día un regular y preestablecido tiempo a la invocación del Nombre, aunque nos parezca que esta oración nos deje fríos y áridos. Este esmerado ejercicio de la voluntad, esta serena vigilia en el Nombre no puede dejar de aportarnos bendición y fuerzas.

14- Además, la invocación del Nombre raramente nos deja en un estado de aridez. Aquellos que tienen alguna experiencia de esto están de acuerdo que a menudo es acompañada por un estado de alegría, calor y luz. Uno tiene la impresión de moverse y caminar en la luz. En esta oración no hay ni pesadez, ni cansancio, ni esfuerzo. “Tu Nombre es como un perfume derramado… Arrástrame y correré detrás de ti” (Cant 1,3-4).


Traducido del texto italiano publicado por esicasmo.it

Publicación en castellano:
La invocación del nombre de Jesús.
Un Monje de la Iglesia de Oriente
Ed. Claretiana. Buenos Aires. 2009
Págs. 15-21


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