Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

martes, 26 de junio de 2012

La visión de Dios en Simeón el Nuevo Teólogo


Gheorghios D. Martzelos

(Primera Parte)




Disponerse a presentar en los estrechos límites de una conferencia la enseñanza de Simeón el Nuevo Teólogo sobre la visión de Dios es una tarea difícil, ya que es necesario realizar una exposición sistemática y sinóptica de una enseñanza que está dispersada e invade todas sus obras sin excepción.  Cuanto Simeón afirma sobre la visión de Dios no constituye una enseñanza definida y formulada sistemáticamente, sino que refleja y expresa su experiencia personal que fija y sella de modo determinante todos los elementos de su enseñanza. Ninguno de los elementos particulares de su enseñanza se desarrolla ni es comprensible independientemente de su experiencia de la visión de Dios.

En este punto sería necesario subrayar desde el principio que la visión de Dios no constituye para Simeón simplemente un elemento escatológico situado más allá de los límites de la historia, sino que es experimentado ya en la historia presente como pregustación y arras de la experiencia de la visión de Dios al final de los tiempos [1]. Según tal concepción, la misma visión de Dios para Simeón, como también  para la tradición patrística anterior, expresada por Dionisio el Areopagita, Máximo el Confesor y Juan Damasceno [2], no es el resultado de una búsqueda intelectualista o de fantasías sentimentales, sino es don y gracia del Espíritu Santo, y consiste, como subraya de manera especial Simeón, en una experiencia mística de la luz divina por parte de aquellos que tienen los sentidos espirituales purificados e iluminados.

Habiendo disfrutado repetidamente de esa experiencia, Simeón afronta todos los problemas teológicos, espirituales y eclesiásticos de su tiempo no a través de una reflexión dialéctica, sino desde la óptica de tal experiencia, desde su luz. Solamente éste es el corazón y el núcleo de su pensamiento teológico. La experiencia de la visión de Dios o de la luz divina se convierte para él en el eje alrededor del cual, en el ámbito de la tradición ortodoxa, se construye toda su teología. Este hecho tiene un significado particular porque no solo evidencia el carácter experiencial de la teología de Simeón sino que demuestra al mismo tiempo también el vínculo litúrgico con la experiencia espiritual y la vida de la Iglesia, es decir, con la espiritualidad ortodoxa.

Tres son fundamentalmente los puntos nodales alrededor del cual Simeón desarrolla su enseñanza sobre la visión de Dios: la posibilidad de la visión de Dios; los presupuestos de la visión de Dios; la experiencia y los frutos de la visión de Dios.

Pasemos a un examen analítico, y contemporáneamente sinóptico, de estos puntos.

La posibilidad de la visión de Dios.

Simeón enfrenta el problema de la posibilidad de la visión de Dios movido por una serie de contestaciones suscitadas durante su época en algunos ambientes eclesiásticos en relación a la naturaleza y al carácter de la vida espiritual ortodoxa. Según las informaciones que nos provee Nicetas Stethatos, parece que la enseñanza espiritual de Simeón y la experiencia personal de la visión de Dios a ella ligada hubiese provocado reacciones sea por parte de algunos monjes del monasterio de San Mamas, del cual Simeón fue higúmeno, sea por parte de ambientes eclesiásticos de Constantinopla, en cuyo centro se encontraba el ex metropolita de Nicomedia, Estefan [3].

El llamado de Simeón a una vida espiritual más elevada, teniendo como meta la iluminación divina y la visión de Dios, constituía para aquellos ambientes una vocación personal, siendo para la mayoría no realista e inviable. Reinaba la opinión que para las épocas más recientes no era posible que hubiese una vida espiritual y una santidad parecida a la de los apóstoles o a la de los padres de la Iglesia [4]. Por esto, se limitaban esencialmente a una teología conceptual y desligada de la vida espiritual, que ciertamente tenía todos los signos característicos de la tradición ortodoxa, sin compartir la búsqueda mística y el soplo espiritual [5]. Así, la dimensión mística de la vida espiritual dejaba el lugar a una teología ortodoxa árida y escolástica, con el riesgo que la espiritualidad ortodoxa se convirtiese en un fenómeno puramente intelectual y conceptual y perdiese su carácter carismático y su profundidad existencial.

Tal situación y tal mentalidad a los ojos de Simeón aparecían particularmente provocadoras y peligrosas para la esencia de la vida espiritual ortodoxa. Por esto se ve obligado a subrayar repetidamente y con particular énfasis la continuidad diacrónica y la unidad de la experiencia carismática y de los modelos de la vida espiritual entre la época de los apóstoles y de los padres, y la propia. Los cristianos, y en particular los monjes y los clérigos, deben por tanto seguir fielmente el modelo de los apóstoles y de los padres de la Iglesia, pasando a través de todos los estados de la vida espiritual hasta recibir la iluminación del Espíritu Santo y llegar a ser conducidos por su medio a la experiencia mística de la visión de la santa Trinidad [6]. Cuantos consideran irrealizable lograr esta meta, Simeón los considera herejes, infieles, adversarios y anticristos [7]. Cree, como revela justamente Basile Krivochéine, que la más peligrosa herejía es la de pensar que la Iglesia no goza en todas las épocas de la misma plenitud de carismas de los cuales gozaba en los tiempos antiguos. [8]

Reprende a sus adversarios, que sostenían la imposibilidad de llegar a la visión de Dios en la vida presente, Simeón opina que la posición de ellos peca de falta de dimensión espiritual:

“¿Por qué, dime, es imposible? ¿Por cuál otro motivo los santos brillaron sobre la tierra y se convirtieron en astros en el mundo (cf. Fil 2, 15)? Si fuese imposible, ninguno de ellos habría jamás logrado hacer esto. Eran también ellos hombres como nosotros y no tenían nada más de lo que nosotros tenemos excepto una voluntad tendida hacia el bien, el celo, la paciencia, la humildad y el amor por Dios. Adquiere pues también tú todo esto y tu alma, que ahora es un terreno pedregoso, se volverá para ti en una fuente de lágrimas. Pero si no quieres soportar la aflicción y la tribulación, no digas que esto es imposible.” [9]

Es imposible, como afirma, que tengamos una visión completa de Dios, a causa de nuestra naturaleza creada, pero no que tengamos ya en esta vida presente una aunque sea débil, pero real, imagen de su presencia [10]. Por lo demás, Dios mismos quiere ser visto por los hombres, como testimonio de esto es su encarnación [11]. Por esto, en uno de sus himnos, Simeón se dirige a cuantos tienen una opinión contraria, invitándoles a dejar de sostener la imposibilidad de la visión de Dios:

No digas que es imposible recibir el Espíritu divino…
¡No digas que Dios no es visto por los hombres,
no digas que los hombres
no pueden ver la luz divina
o que esto es imposible en el tiempo actual!
Nunca esto será imposible, amigo, y es verdaderamente posible cuando se lo quiere, pero sólo para aquellos que han purificado sus vidas de las pasiones y han hecho puros los ojos del espíritu [12].

La visión de Dios, como hemos notado ya arriba, no es para él algo que los creyentes experimentarán sólo en el siglo futuro. Ella comienza, si bien débilmente, ya en la vida presente, recibiendo sin embargo su plenitud después de la resurrección de los muertos, cuando Cristo venga por segunda vez. Los creyentes en la vida presente, no permanecen pues privados y en ayunas de los bienes futuros, esperando simplemente gozar de las promesas de Cristo después de la resurrección de los muertos [13]. Como subraya Simeón, a ellos

ya desde aquí se les comunican y participan indudablemente de los bienes futuros [14].

Se vuelven –hecho que ellos mismos experimentan conscientemente (“con percepción del alma y conocimiento”)- incorruptibles, inmortales, hijos de Dios, hijos de la luz e hijos del día, herederos del reino de los cielos, ya que lo llevan dentro de sí durante su vida terrena [15]. Sin la experiencia de aquellos ricos dones de Dios y en particular de la visión de Dios que es la luz del mundo, el cristiano está esencialmente muerto y la vida cristiana no tiene absolutamente ningún significado [16]. Por esto Simeón, dirigiéndose a sus monjes, les exhorta a luchar para encontrar y ver a Cristo ya en la vida presente y a no esperar simplemente verlo en la vida futura [17]. Y esto porque, como subraya, si uno no ve a Cristo “ya desde aquí”, no podrá entrar en el reino de Dios y verlo en la vida futura [18]. Esto, sin embargo, no significa  que se debe llegar a la desesperación y desistir de la lucha espiritual porque se crea imposible llegar a tal cumbre de conocimiento y de visión de Dios. Basta luchar para purificar el propio corazón con la conversión y la humildad, y llegar a la unión mística con Dios [19]. Para demostrar sus enseñanzas y convicciones, Simeón cita la santa Escritura y la anterior tradición patrística, en particular la ascética [20].

En este punto deberemos subrayar que la enseñanza de Simeón sobre la posibilidad de la visión de Dios no tiene ninguna relación con el mesalianismo, que admitía, como es conocido, la posibilidad de comprender la esencia divina a través de los sentidos corporales. La tesis de un influjo mesaliano en el pensamiento de Simeón, no obstante de algunas opiniones contrarias sobre todo entre los teólogos más antiguos [21], no encuentra más sostenedores en la investigación contemporánea [22]. Y esto porque más allá de las argumentaciones histórico-literarias que no favorecen tales hipótesis, Simeón, como veremos más adelante, no solo subraya, sobre la base de la precedente tradición ortodoxa, la absoluta trascendencia de la esencia divina, sino que acepta también cual órgano de la visión de Dios no los ojos naturales y sensibles, sino los espirituales, los ojos del corazón que son transformados, es decir, purificados e iluminados, mediante la gracia del Espíritu Santo [23]. Como afirma significativamente, en tal estado carismático la visión no difiere de la escucha, porque los santos experimentan la presencia de Dios “escuchando en la visión y viendo en la escucha” [24].

Los presupuestos de la visión de Dios

Como hemos mencionado arriba,  si bien la visión de Dios es posible ya en la vida presente, ella no se realiza sin embargo sin los presupuestos espirituales de la purificación y de la iluminación. Presupuestos por lo demás comunes y difundidos en toda la tradición ortodoxa, que los considera indispensables para alcanzar el conocimiento y la contemplación de Dios. En este punto, Simeón presenta una acentuación especial, valorizando en mayor grado a los padres, ascetas y místicos anteriores.

Ante todo él recomienda la pureza de corazón como un presupuesto fundamental, desde el momento en que, de acuerdo con la palabra de Cristo, sin la pureza nadie puede ver a Dios [25]. Es necesario por esto que la mente y el corazón del hombre sean purificados de las pasiones con una sincera conversión y una confesión acompañada por cálidas lágrimas y por una profunda humildad. La conversión es el segundo bautismo después de aquel recibido cuando uno es niño. Es el bautismo del Espíritu, gracias al cual se produce el nacimiento de lo alto, de Dios [26]. Como es imposible, subraya Simeón, que uno vea a su padre antes de haber nacido, del mismo modo, nadie puede ver a Dios si antes no ha nacido de Dios [27]. El nacimiento de Dios, que deriva de la conversión, constituye al hombre, hijo, heredero de Dios, participa de los ricos dones del Espíritu Santo y lo hace capaz de ver la luz divina, en la cual Dios hace entrar a aquellos que creen en él [28]. A medida de la conversión por él mostrada, el hombre encuentra confianza en Dios y familiaridad con él y puede hablar con él cara a cara, como el amigo con su amigo y puede verlo en la pureza de sus ojos espirituales [29]

Determinante para alcanzar tal estado espiritual es el rol de las lágrimas. La verdadera conversión está siempre acompañada por lágrimas. Sin ellas no es posible que se realice la purificación de las pasiones y, por extensión, la visión de Dios [30]. Como es imposible, afirma Simeón, limpiar un hábito sucio sin agua, es aún más imposible que el alma sea lavada y sea limpiada de la suciedad y de las manchas de las pasiones sin lágrimas [31]. Si la conversión constituye para Simeón el segundo bautismo, el bautismo del Espíritu, las lágrimas constituyen para él un elemento fundamental del bautismo, semejante a las aguas en el bautismo de los niños. Por lo demás, la relación existente entre los dos bautismo es una relación entre figura y verdad [32]. Toda la vida espiritual está en cierto sentido constitucionalmente ligada a las lágrimas de conversión. Las lágrimas es lo que crea en el alma el estado de compunción y hacen que ella expulse la propia dureza y adquiera la humildad, lo cual es indispensable para poder estar unido al Espíritu Santo y alcanzar la cumbre del conocimiento místico y de la visión de Dios [33]. Las lágrimas y la compunción que las acompañan son frutos inmediatos y básicos de la conversión que obran la purificación del corazón y crean así los presupuestos espirituales indispensables para poder ver la luz divina e inefable [34]. Por esto subraya con énfasis Simeón:

Todo esto [es decir, cuanto es realizado por los frutos espirituales] obra el divino fuego de la compunción junto con las lágrimas o, para decir mejor, mediante las lágrimas. Sin lágrimas, en cambio –como he dicho-, nada de esto, ni en nosotros ni en los otros se verifica ni nunca verificará. [35]

El segundo presupuesto fundamental para alcanzar la visión de Dios, junto a la purificación del alma de las pasiones, es según Simeón la iluminación por parte del Espíritu Santo. Si el alma no es iluminada por el Espíritu Santo, es imposible que conozca y vea a Dios.[36] Cristo se hace conocer como luz y es visto solo a través de la luz del Espíritu Santo. El Espíritu Santo ilumina como luz la mente y nos revela al Hijo, y el Hijo nos revela al Padre y así contemplamos y vemos la santa Trinidad.

Como subraya significativamente Simeón en uno de sus himnos, repitiendo esencialmente la enseñanza de los padres capadocios relativo a este tema [37],  

Él aparece a aquellos que lo ven, luz en la luz
y aquellos que lo contemplan,
están también en la luz que lo ven.
Es en la luz del Espíritu
que lo ven aquellos que lo contemplan
y aquellos que lo ven en esta luz, contemplan al Hijo;
Y el que ha sido juzgado digno de ver al Hijo,
ve al Padre (cf. Juan 14,9)
y quien contempla al Padre, lo ve con el Hijo [38].

El versículo del salmo “en tu luz vemos la luz” (Sal 35 [36], 10) constituye el argumento de la base bíblica para el desarrollo de la gnoseología teológica de Simeón, como también de todos los padres de la Iglesia.

Más allá de Cristo y del Espíritu Santo, es decir, más allá de las personas de la santa Trinidad, también los mandamientos de Dios son caracterizados por Simeón como luz [39]. Para él también el observar los mandamientos ilumina al alma y guía inevitablemente a la visión de Dios. Aquí sin embargo debemos precisar que Simeón no concibe la práctica de los mandamientos divinos como una adaptación exterior a los mandamientos de Cristo sino como el fruto de una relación existencial con el Espíritu Santo [40]. Según esta concepción, quien observa los mandamientos de Dios, recibirá, pronto o tarde, en mayor o menor medida, “la recompensa de la visión de Dios”, podrá participar de la naturaleza divina y “será hecho” Dios e hijo de Dios [41]. Por lo demás, la recompensa de la visión de Dios la había ya anunciado Cristo mismo como retribución por haber observado sus mandamientos y por haber mostrado amarlo a él (cf. Juan 14, 21). Este constituye uno de los argumentos fundamentales de Simeón ante quienes ponen en duda la experiencia de la visión de Dios en la vida presente:

A fin de que tú sepas que aquellos que aman a Cristo y observan sus mandamientos también lo ven, escucha al Señor mismo que dice: ‘Quien observa mis mandamientos, este me ama; y quien me ama será amado por mi Padre y yo le amaré y me manifestaré a él’ (Juan 14, 21). Sea pues conocido a todos los cristianos que Cristo… a aquellos que muestran amor por él observan los mandamientos, se manifiesta según esto que he confesado, como ha dicho él mismo. [42]

Puesto que no solo Cristo sino cualquier cosa que le pertenezca es luz, para Simeón es luz también el cuerpo eucarístico y su sangre. Subrayando este punto, con particular fuerza, él afirma:

Cristo Jesús, salvador y rey de todas las cosas, luz: el pan de tu purísima carne es luz; el cáliz de tu preciosa sangre es luz [43].

Como dice también en otra ocasión:

Este pan sensible no parece otra cosa más que un bocado para aquellos que no ven más allá de los sentidos, pero en el orden espiritual es una luz imposible de contener e inaccesible; e igualmente el vino es también luz [44].

Y como la purificación del alma para Simeón está estrechamente ligada con la conversión y la confesión, así también la iluminación no es comprendida sin la participación del creyente en el misterio de la divina Eucaristía. A través del misterio de la divina Eucaristía, los creyentes están unidos místicamente al cuerpo de Cristo, convirtiéndose en una sola entidad, familiares con él y partícipes de su gloria y de su divinidad [45]. Así, participando todos juntos “en un único Espíritu” en la indivisible e inseparable divinidad, forman un solo cuerpo que tiene por cabeza a Cristo, contribuyendo de este modo a la unidad mistérica de la Iglesia [46]. Con nuestra participación en el misterio de la divinidad Eucarística, se nos comunica el Espíritu Santo y nos volvemos “participes de su divinidad y de su esencia” [47], como afirma significativamente Simeón queriendo subrayar la realidad de la comunión inseparable, con la exactitud de la definición teológica.

Simeón celebra de modo especial el poder purificador e iluminador de la divina Eucaristía que se revela cuando los creyentes se acercan a ella de modo digno “con conciencia y conocimiento” [48], es decir con un ánimo sensible, con un corazón y un conocimiento conscientes de comer y beber el cuerpo y la sangre del mismo Cristo [49]. En un himno dirigido a Cristo, él dice:

Eres tú quien me haces participar
en tu incorruptible pureza, oh Verbo,
y lavas la suciedad de mis males
y expulsas la oscuridad de mis pecados
y purificas la vergüenza de mi corazón
y reduces el espesor de mi mal
y me restituyes la luz, a mí que estaba hundido en las tinieblas [50].

La purificación y la comunión que ofrece Cristo en el sacramento de la divina Eucaristía conducen al creyente a la participación y a la visión de la luz divina y a la divinización. Visión de Dios y divinización están inseparablemente unidos en el pensamiento de Simeón. Solos los divinizados pueden ver a Dios [51]

Pero tanto la purificación como la iluminación del corazón y de la mente no son concebidas por Simeón como condiciones espirituales momentáneas y estáticas para alcanzar la visión de Dios y la divinización, sino que es necesario que ellas sean custodiadas y se refuercen constantemente a través de la oración incesante y, en general, a través de la ascesis continua [52]. Sería un error creer que Simeón, quien enfatiza la dimensión de la vida espiritual describiendo las condiciones espirituales superiores de la visión de Dios, de la divinización, de la comunión y de la unión con Dios, subestime la dimensión ascética. Al contrario, sobre cuanto afirma, él tiende a ligar funcionalmente, en una inseparable unidad,  la vida mística y la vida ascética [53], fundamentando esta  posición en los escritores ascético y místicos anteriores a él como Macario el Egipcio, Evagrio, Diádoco de Fótice, Dionisio Aeropagita, Máximo el Confesor y Juan Clímaco. [54]

Podremos decir, esquematizando un poco, que su enseñanza, si bien no se dirige exclusivamente a los monjes [55], recomienda no obstante una conexión orgánica del espíritu contemplativo del anacoretismo ortodoxo con el espíritu práctico de la tradición ascética cenobítica [56]. Sin embargo, si bien caracteriza, Simeón,  la visión de Dios como “recompensa” del amor por Cristo y de la obediencia a sus mandamientos, no la ve como adquisición o recompensa por la vida ascética del creyente. La vida ascética y las buenas acciones en general no tienen en sí mismo ningún valor. Parecen lámparas sin luz o carbones apagados. Ellas adquieren valor sólo en relación a la luz divina, es decir, cuando son cumplidas de modo que el creyente pueda conseguir la pureza espiritual y sea hecho capaz de acoger la luz divina. La ascesis, en otras palabras, dilata simplemente la capacidad de ver los rayos divinos [57]. La experiencia de la visión de Dios o de la luz divina no se da sin embargo por sí misma sin el don y la visita del Espíritu Santo [58]. Muy iluminadoras para este punto son las palabras de Simeón en la Catequesis 16.

Simeón fue, según parece, con su padre espiritual, Simeón Estudita, a Constantinopla donde, estando ya muy cansado y hambriento, se niega sin embargo a comer, porque creía que, observando un austero ayuno y fatigando al cuerpo, podría él mismo participar de los rayos divinos. Cuando Simeón Estudita, que tenía el don del discernimiento, percibió la razón del comportamiento del joven Simeón, lo convenció a comer con él y más de cuanto necesitaba, y le dijo con la sabiduría que provenía de su experiencia espiritual:

Sabed, hijo, que ni el ayuno, ni la vigilia, ni la fatiga del cuerpo, ni ninguna otra obra buena alegra a Dios y hace que él se manifiesta, sino sólo el corazón y el alma humilde, quieta y buena [59]

Y, renunciando a su propio pensamiento y siendo obediente a su padre espiritual, el joven Simeón cuando, antes de ir a dormir, se puso a orar en la quietud, recibió de improviso el don de Dios, la experiencia de la luz divina que tanto deseaba recibir por medio del ayuno, de la vigilia y de todo tipo de ascesis [60].

Ya, con cuanto hemos dicho hasta aquí, nos estamos acercando al corazón y al núcleo fundamental de la teología y de la espiritualidad de Simeón que, como hemos dicho al inicio, no es otro que la experiencia de la visión de la luz divina, la experiencia de la visión de Dios, de la cual nos ocuparemos a continuación.


Gheorghios D. Martzelos
AAVV. Simeone il Nuovo Teologo
y el monachesimo a Costantinopoli
2003. Ed. Qiqajon. Comunidad di Bose
Págs. 165-180


[1] Cf. Simeone il Nuovo Teologo, Trattati etici 5, 339-346.
[2] Para la visión de Dios según Dionisio el Aeropagita, Máximo el Confesor y Juan Damasceno, cf. V. Lossky, Vision de Dieu, neuchatel 1962, pp. 101 ss., pp. 107 ss., pp. 114 ss.
[3] Cf. Niceta Stethatos, Vita di Simeone 38-39; 74-78. Cf. También B. Krivochéine, Dans la lumiére du Christ. Saint Syméon le Nouveau Théologien, 949-1022: Vie- Spiritualité – Doctrine, Chevetogne 1980, pp. 26; 42.
[4] Cf. Simeone il Nuovo Teologo, Trattati etici 9, 356-375. Cf. También B. Krivochéine, Dans la lumière du Christ, pp. 26-42.
[5] Cf. B. Krivochéine, Dans la lumiére du Christ, pp. 43 ss.
[6] Cf. Simeone il Nuovo Teologo, Catechesi 29, 137-145.
[7] Cf. Ibid. 29, 137-140.145-165. Cf. Trattati etici 10, 738-754.
[8] Cf. Id., Catechesi 29, 137 ss.
[9] Cf. Ibid 29, 181-190.
[10] Cf. Id, Inni 20, 13-14; 42, 77-84; 46, 109-119.
[11] Cf. Ibid. 53, 154-157. 220-223, Cf. También D. L. Stathopoulos, “Die Gottessschau in den Hymmen Symeons, des Neuen Theologen (949-1022)”, en Teología 37 (1966), pp. 86. ss.
[12] Simeone il Nuovo Teologo, Inni 27, 125-134.
[13] Cf. Id., Catechesi 2, 416-426; Preghiere di ringraziamento I, 66-90; Trattati etici 5, 110-135; 10, 697-716. Cf. También B. Krivochéine, Dans la lumière du Christ, pp. 107 ss.
[14] Id., Trattati etici 10, 709-710.
[15] Cf. Ibid. 10, 709-713.
[16] Cf. Ibid. 5, 462-499; 7, 425-435.
[17] Cf. Id., Catechesi 2, 418-426.
[18] Cf. Id., Trattati etici 10, 30-55.
[19] Cf. Ibid. 3, 375-402.
[20] Cf. Id. Catechesi 6, 18-98. Cf. También Trattati etici I, 3, 99-102. Cf. También B. Krivochéine, Dans la lumière du Christ, pp. 177 ss. Y W. Völker, Praxis und Theoria bei Symeon dem Neuen Theologen. Ein Beitrag zur byzantinischen Mystik, Wiesbaden 1974, pp. 355 ss
[21] Cf. K. Holl, Enthusiasmus und Bussgewalt beim griechischen Mönchtum. Eine Studie zu Symeon dem Neuen Theologen, Leipzig 1898, p. 48; H. M. Hermenegild, “Das Menschenbild bei Symeon dem Jüngeren, dem Theologen (949-1022)”, en Das Ostliche Christentum n.s. 9 (1949), p. 57; K. Deppe, Der wahre Christ. Eine Untersuchung zum Frömmigkeits-verständnis Symeons des Neuen Theologen und zugleich ein Beitrag zum Verständnis des Messalianismus und Hesychasmus (diss.), Göttingen 1971, pp. 387 ss.
[22] Se ven a propósito de este tema las opiniones  de M. Lot-Borodine, “La doctrine de la déification dans l’ Église Grecque jusqu’ au XI siècle”, en Revue de l’ Histoire des Religions 107 (1933), p. 41, n. I; Syméon le Nouveau Théologien, Traités théologiques et éthiques I, a cargo de J. Darrouzès, SC 122, pp. 26 ss.; B. Krivochéine, Dans la lumière du Christ, p. 31, n. 19; V. Lossky, Vision de Dieu, p. 119; W. Völker, Praxis und Theoria ,pp. 356 ss.
[23] Cf. Simeone il Nuovo Teologo, Catechesi 13, 117-124; Inni 15, 52-55; 33, 61-64.
[24] Simeone il Nuovo Teologo, Trattati etici 3, 262.
[25] Cf. Simeone il Nuovo Teologo, Trattati etici 5, 114-118.120-121: “Si [Cristo] ha dicho que se ve a Dios mediante la pureza de corazón, sin duda una vez conseguida la pureza sigue la visión. Y si tú has purificado tu corazón, sabréis que esto que he dicho es verdad… Si en efecto sobre esta tierra hay purificación, sobre esta tierra hay también visión”. Cf. También Ch. G. Sotiropoulos.
[26] Cf. Simeone il Nuovo Teologo, Capitoli 1, 35; Trattati etici 10, 439-447; Inni 55, 28-51.
[27] Cf. Id., Trattati etici 9, 387-398.
[28] Cf. Id., Capitoli 1, 35; Lettere 4, 138-142 (en las ediciones crítica ya preparada por J. Paramelle).
[29] Cf. Id., Trattati etici 13, 231-236.
[30] Cf. Id, Capitoli 3,23. Ver también D. L. Stathopoulos “Die Gottesschau”, en Teología 36 (1965), pp. 625 ss.
[31] Cf. Simeone il Nuovo Teologo, Catechesi 4, 411-414.
[32] Cf. Id., Capitoli 1, 36: “En el primer bautismo el agua simboliza las lágrimas y el olio de la unción prefigura la unción interior del Espíritu. Pero el segundo no es más figura de la verdad, es la verdad misma”.
[33] Cf. Id., Catechesi 4, 403-417; Trattati etici I, 297-303; Capitoli 3,23.
[34] Cf. Id, Catechesi 4, 670-682. Ver también Himnos 55, 89-90; 58, 237-244.
[35] Simeone il Nuovo Teologo, Catechesi 4, 439-442.
[36] Cf. Id., Trattati etici 5, 251-257; 10, 486-488; Himnos 21, 102-207.494-498; 42, 120-125.
[37] Cf. Basilio di Cesarea, Lo Spirito santo 23.
[38] Simeone il Nuevo Teologo, Inni 11,48-53. Ver también Inni 34,78-85; Trattati etici 3, 115-122; 13, 238-240.
[39] Cf. Id, Inni 47,3; Trattati etici 9, 142-144.
[40] Cf. Simeone il Nuovo Teologo, Inni 33, 122-140; 47,25-27.
[41] Id, Trattati teologici 2, 308-315.
[42] Id., Trattati etici 5, 412-421.
[43] Id., Trattati teologici 3, 150-151.
[44] Id., Trattati etici 14, 257-260.
[45] Cf. ibid. I, 3, 82-86;6, 76-78;14, 233-241.
[46] Cf. ibid I, 6,79-82;2,7,184-187.
[47] Simeone il Nuovo Teologo, Trattati etici I, 3, 82-84
[48] Id., Trattati etici 14, 225-226.
[49]Cf. ibid. 14, 242-244.
[50] Id., Inni 20, 21-27.
[51] Cf. Simeone il Nuovo Teologo, Inni 52, 50-58.
[52] Cf. Id., Trattati etici 4, 364-411.
[53] Se puede ver también en B. Krivochéine, Dans la lumière du Christ, pp. 67 ss.
[54] Con respect al influjo de los autores ascéticos y místicos anteriores sobre Simeón, cf. G. Wunderle, “Wesenzüge der byzantinischen Mystik auf gezeigt an Symeon dem Jüngeren, dem Theologen (949-1022)”, en Das geistige Antlitz der Ostkirche, Würzburg 1949, p. 40 y Syméon le Nouveau Théologien, Chapitres théologiques et éthiques I, p. 26, n. 2; V. Lossky, La vision de Dieu, pp. 119 ss.; W. Völker, Scala Paradisi. Eine Studie zu Johannes Climacus und zugleich eine Vostudie zu Symeon dem Neuen Theologen, Wiesbaden 1968, pp. 9 y 290; Idem, Praxis und Theoria, pp. 67 ss, 73 ss., 291 ss., 356 ss.; B. Krivochéine, Dans la lumière du Christ, pp. 30-32.
[55] Cf. B. Krivochéine, Dans la lumière du Christ, p. 35.
[56] Cf. ibid., p. 32.
[57] Cf. Simeone il Nuovo Teologo, Inni 33, 130-140.
[58] Cf. ibid. 34, 78-85; 42, 120-125. Se ve también en Preghiere di ringraziamento I, 26, 78.

2 comentarios:

  1. Si claro que si, mi agradecimiento repetido. Esos textos son muy útiles y hasta ahora estaban vedados para quienes no conocemos otro idioma que el español. Un saludo invocando a Cristo.

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