Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

miércoles, 20 de junio de 2012

¿Qué es la oración?


Matta el Meskin





Señor, enséñanos a orar. Lc 11, 1

Cuando dijiste: Buscad mi rostro,
mi corazón te dijo:
Yo busco, Señor, tu rostro. Sal 27, 8.



La oración, si es espiritual y sincera, es al mismo tiempo llamado y respuesta, llamado divino y respuesta humana.

Este aspecto de la oración se funda sobre una importante verdad: la oración no alcanza la propia fuerza en cuanto relación efectiva con Dios sino cuando el hombre llega a la más alta conciencia de sí. Él está entonces persuadido que su alma ha sido creada a imagen de Dios, que de Él le viene su existencia y que lo que más vale de su ser es precisamente esta conciencia que tiene de su propia realidad. Llega así a captar, percibir y sentir el ser mismo de Dios.

No es posible que el hombre se conozca a sí mismo de modo verdadero, auténtico y real sin terminar en el conocimiento de Dios. Porque Dios es el creador del alma y el alma es creada a su imagen. El hombre cuando llega a tomar conciencia de su propia alma es cuando se coloca, por este mismo hecho, en presencia de la imagen divina. Además, la conciencia de sí, que es una facultad concedida al alma, es a imagen de la conciencia que Dios tiene de sí mismo. Así el camino hacia una verdadera toma de conciencia de sí es lo único que sin esfuerzo conduce a la percepción de Dios. Esta realidad es posteriormente reavivada por el re-nacimiento del hombre en el bautismo por obra del Espíritu Santo, que restituye a la conciencia, desfigurada por el pecado, la propia imagen divina original.

Gracias a la oración, el alma, de pie ante su Creador, consciente de su propia renovación por medio del Espíritu Santo, recibe de Cristo la imagen de su primera filiación, que había perdido a causa del pecado. Se presenta a Dios Padre con confianza como estaba invitada desde siempre, siempre atraída hacia su Creador, a semejanza del Hijo que no encuentra paz sino en el seno del Padre que lo llama y al cual responde.

La oración es un misterio radicado en la profundidad de nuestra conciencia espiritual. Por cuanto concierne a su naturaleza profunda, esta es un llamado divino interior constantemente dirigido a los hombres para que estos puedan unirse a Dios, fin del proyecto divino para el cual habían sido creados. Pero, en cuanto concierne a su realización manifiesta, implica la respuesta libre de una voluntad recta que, de tanto en tanto, se despierta y responde a este llamado: ponerse en la presencia de Dios para entretenerse con Él. Bajo estos dos aspectos, el misterioso llamado constante y el de la respuesta discontinua, la oración se realiza como un acto divino-humano, un intercambio llamado-respuesta, un diálogo de amor, como la define Gregorio de Nisa, diálogo ardiente por parte de Dios, lento y vacilante  por parte nuestra. En realidad, el uno y el otro llaman, el uno y el otro responden, pero es siempre Dios quien llama primero: “Le tiendo la mano cada día” (Is 65,2).

El fin temporal de este diálogo es que el hombre pueda permanecer bajo la protección de la providencia divina para salvaguardar la propia vida sobre la tierra y asegurarse el crecimiento. El objetivo último es que el hombre recobre para siempre la unión de amor con Dios.

Esta gracia es la que se realiza por la intervención de Dios en cada oración. Es Él, Creador y Padre, quien nos llama. Por esto es oportuno comenzar la oración con una ardiente acción de gracias. ¡Cómo se muestra humilde Dios cuando, no obstante nuestros pecados, se digna pedirnos que nos entretengamos con Él!

Por esto, para darle a Dios el honor que Él espera, debemos absolutamente glorificarlo, reconocernos pecadores y volver a Él, porque es según la pureza de nuestros corazones que Dios encuentra en nosotros su reposo.

Dios acepta tomar parte por la condición temporal del hombre con todo lo que ésta comporta en términos de debilidad, asumiendo con esta el deficiente orden temporal y la esclavitud de la naturaleza: “que ha sido sometida a la caducidad” (Rm 8, 20).

La condescendencia de Dios es inaudita: nos invita a presentarnos a él, acepta dialogar con nosotros y compartir todas nuestras penas: “… en todas sus angustias… Él ha sido angustiado” (Is 63, 9). Cuando lo encontramos en la oración, cuando hacemos la experiencia en la vida de todos los días, se revela para nosotros el secreto de su grandeza y de su humildad. La percepción de su grandeza nos abre a la realidad de nuestras almas pecadoras hasta conducirnos al arrepentimiento. La percepción de su humildad consume en nosotros todos los pensamientos orgullosos. Probamos entonces la viva y urgente necesidad de estar en su presencia en humildad y de ofrecerle el humilde sacrificio de nuestro amor. Así se revela la naturaleza de la oración, comunicación eficaz con Dios de resultados indefectibles.

La oración  comienza como una invitación secreta de Dios a estar en su presencia, invitación a recibir de nuestra parte una respuesta libre, acompañada por un ardiente deseo de diálogo. Prosigue, según el proyecto de Dios, como una obra de conversión y de purificación. Hasta llegar a su desarrollo último: ofrecerse humildemente en sacrificio de amor en vista a la comunión con Dios.

Si bien la oración es una facultad espiritual radicada en el fondo de la conciencia que el alma tiene de sí misma, son muchos los que no hacen uso y la dejan en un estado latente por toda su vida. Mueren sin haber podido tomar conciencia de la verdadera naturaleza de su alma y de su realización con Dios. El apóstol Judas compara a estas almas a “estrellas errantes a las que está reservada para siempre la densidad de las tinieblas” (Judas 13).

Esto es grave porque la oración no es una facultad que se refiere únicamente a la vida en este mundo. Está radicada a nuestra naturaleza, a fin de que por su medio nos elevemos hacia Dios para unirnos a Él y pasar de esta vida temporal y efímera a la vida eterna.

Fuimos, por así decirlo, creados para la oración…

La oración es el único vínculo que nos une a Dios. Representa en nuestros corazones la vida eterna que esperamos.

La oración nos permite descubrir nuestra imagen divina en la cual está impresa la santa Trinidad.

Cuando la oración decae, decae también la dignidad de esta imagen y su semejanza con Dios.

Dios nos atrae a sí por medio de la oración, caminamos hacia Él en un profundo e inexpresable misterio.

O mejor, en realidad somos nosotros los que, por medio de la oración atraemos a Dios: Él viene a nosotros y hace de nosotros su morada (Cf. Juan 14, 23).

En Dios el amor no es un sentimiento, sino don de sí. En la oración Dios se da a nosotros.

Dios se ha ofrecido a nosotros al habernos creado a su imagen. Por medio de la oración nos ha posibilitado unirnos a Él, haciéndose enteramente para nosotros y haciéndonos enteramente para sí (cf. Ct 6,3).

A través de la oración nuestra vida se abre a Dios: “… en todas sus angustias Él ha sido angustiado y el ángel de su rostro les ha salvado” (Is 63, 9).

A través de la oración la vida de Dios se abre a nosotros: “El Espíritu mismo intercede con insistencia por nosotros (en la oración), con gemidos inexpresables” (Rom 8, 26).

***

Veamos ahora lo que los santos han dicho a cerca de la oración. Todos la han definido de un modo propio, no a modo de teoría o conocimiento intelectual, sino como cada uno de ellos la ha visto y gustado, como experiencia personal de vida.

Uno considera que la oración eleva el espíritu para recogerlo en Dios, otros que reconcilia con Dios, un tercero la vive en medio de lágrimas y en el arrepentimiento, otros la consideran un arma contra el adversario o como una fuente de gracias y de bendiciones, o una conversación de los corazones o una íntima relación con Dios, o también  como una realidad superior que no puede ser encerrada en palabras y definiciones… Todas estas expresiones llevan el signo de una experiencia personal, de un momento de la vida de un santo.

Detente por tanto sobre todas ellas para contemplar cómo la oración ha colmado la vida de estos atletas, como para hacer de su vida una oración y de su oración su vida. Confronta su vida con la tuya, su experiencia de la oración con la tuya y si, en cierto momento, tu corazón se inflama, aparta el libro, póstrate y ora. Une la oración a la lectura.


Palabra de los Padres

“Nuestra oración no debe consistir en actitudes de nuestro cuerpo: gritar, permanecer en silencio, o bien doblar las rodillas. Debemos más bien esperar con un corazón sobrio y vigilante que Dios venga y visite el alma… Toda el alma, sin dejarse desviar ni distraer por los pensamientos debe dedicarse a la súplica y al amor por el Señor, debe comprometerse con todas las fuerzas, recogerse, reunir todos sus pensamientos y consagrarse a la espera de Cristo. Él entonces la iluminará, le enseñará la verdadera súplica, le hará el don de una oración pura, espiritual, digna de Dios y de una “adoración  en espíritu y en verdad” (Juan 4, 24)…
Dios nos enseña a orar en verdad. Así el Señor encontrará reposo en la buena voluntad del alma, hará de ella su trono de gloria, se asentará y descansará.”
Macario el Grande. Homilía 33, 1-2


“La oración es un ascenso de la mente a Dios.”
Juan Damasceno. Exp. Fidei 3, 24


“La oración, según su verdadera denotación, es un diálogo del hombre con Dios, unión mística; según los efectos que produce, es sostén del mundo y reconciliación con Dios.”
Juan Clímaco. Scala pa. 28,1


“No me canso de orar al Señor por ustedes, a fin de que reconozcan la gracia que les ha sido reservada. Dios, en efecto, en su misericordia, hace a todos vigilantes a través de los medios de su gracia. Por tanto, no se cansen, hijos míos, y no dejen de invocar al Señor día y noche, a fin de mover la bondad de Dios Padre a que les conceda un auxilio de lo alto y a que les enseñe lo que deben hacer… Al que observa todo cuanto he dicho, nuestro Señor tendrá piedad de él en la medida de sus penas y lo acercará al fuego invisible e inmaterial, para quemar todos los males que permanecen en él y purificar su intelecto. En ese momento, el Espíritu de nuestro Señor Jesucristo habitará en él y se quedará con él para que pueda adorar al Padre como conviene.”
Antonio el Grande. Carta 5, 1-3


“Debemos saber, amadísimos, que cada diálogo en lo secreto del corazón, cada preocupación por custodiar debidamente el pensamiento de Dios, cada atención por las cosas del Espíritu, es definida con el nombre de oración. Cualquier cosa que tú hagas, que te dediques a la lectura, que glorifiques a Dios con las palabras de los cánticos, que desees dolorosamente al Señor, que te postres con todo tu cuerpo, que cantes los versículos de los salmos de alabanza, todo esto debe conducir a la oración pura de la cual nace el amor de Dios. Porque el amor surge de la oración.”
Isaac el Sirio. Serm. Asc. 63


“En una oración prolongada puede suceder que sólo pocos minutos sean realmente agradables a Dios y constituyen una oración auténtica, un verdadero servicio a Dios. En la oración lo esencial es tener el corazón próximo a Dios, como testimonia la dulzura de la presencia de Dios en el alma.”
Juan de Kronstadt. Mi vida en Cristo.




Matta el Meskin
L’ esperienza di Dio nella preghiera
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose
Págs. 19-25

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