Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

domingo, 8 de julio de 2012

He visto al Señor viviente


San Silouan del Monte Athos.


Durante mi infancia me preguntaba de qué modo el Señor ascendió a los cielos sobre las nubes y cómo la Madre de Dios y los santos apóstoles habrían visto su ascensión. Sin embargo, cuando en la juventud perdí la gracia de Dios, mi alma se endureció dejándose encantar por el pecado, y sólo raramente pensaba en la ascensión del Señor. Luego reconocí mi pecado y estuve muy afligido: había ofendido al Señor, perdiendo la confianza en él y en la Madre de Dios. Experimenté un gran disgusto por mi pecado y decidí entrar en un monasterio, para implorar y suplicar a Dios el perdón de mis muchos pecados.

Apenas terminé el servicio militar, entré al monasterio, pero al poco tiempo me asaltaron los pensamientos carnales que me empujaban a volver al mundo y a casarme. Pero yo no dejaba de repetir con decisión: “Moriré aquí por mis pecados”. Comencé a orar intensamente al Señor para que por su misericordia perdonase mis muchos pecados.

Una vez fui presa del espíritu de desesperación: parecía que Dios me había rechazado para siempre y que para mí no había ya salvación. Percibí en mí con claridad que me encontraba al borde de la perdición eterna y que Dios era inexorablemente despiadado conmigo. Permanecí en este estado por más de una hora. La angustia y la tortura provocada por este espíritu fue tan grande que el sólo recordarlo es terrible. El alma no puede soportarlo por mucho tiempo. En momentos como este el alma se puede perder para toda la eternidad. El Señor misericordioso permitió al espíritu de la maldad infernal que le hiciera la guerra a mi alma.

Después de estar así un tiempo, fui a la iglesia para las vísperas y fijando la mirada sobre el ícono del Salvador, exclamé: “¡Señor Jesucristo, ten piedad de mí, pecador!” Al pronunciar aquellas palabras, vi, en el lugar del ícono, al Señor viviente, y la gracia del Espíritu Santo llenó totalmente mi alma y mi cuerpo. Así conocí, en el Espíritu Santo que Jesucristo es Dios y esta gracia divina hizo surgir en mí el deseo de sufrir por Cristo.

Desde aquel preciso instante mi alma anhela al Señor y ninguna otra cosa me alegra sobre esta tierra: mi única alegría es Dios. Él es mi felicidad, mi fuerza, mi esperanza y mi bien.


Silvano dell’ Athos
Non disperare!
Scritti inediti e vita
1994. Ed. Qiqajon.
Comunidad de Bose
Págs. 75-76.


1 comentario:

  1. San Siloán ha marcado mi espiritualidad. Hace años leí que era necesario un Padre Espiritual si realmente quieres avanzar por la senda del Espíritu. También leí que si uno no encontraba un Padre, que pidiera a Dios y Él, en su infinita misericordia se lo mandaría. Creo que Dios me mando a San Siloán y al A. Sophrony, y la verdad es que su enseñanza me ha cambiado la vida.

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