Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

domingo, 22 de julio de 2012

José el hesicasta y la renovación contemporánea de la Santa montaña.


Macario de Simonos Petras



La fecha presunta de la muerte de Atanasio el Athonita, que dio la ocasión para este convenio consagrado a la espiritualidad de la Santa montaña, nos reconduce a otro milenario, el de la fundación de la Gran Lavra, celebrado con una magnificencia toda bizantina en 1963, por iniciativa del patriarca Atenágoras.  Estos festejos se desarrollaron en primer lugar en Constantinopla, luego en Tesalónica, después en Atenas, donde se llevó el ícono de la Madre de Dios “Axion estin”, que permanecía en el santuario del Protâton en Karyes, saliendo por primera vez del Athos. El ícono fue recibido en la capital con todos los honores, como si fuese un jefe de estado, y ofrecido a la veneración de todo el pueblo griego [1]. Estas celebraciones llegaron a su culmen el 23 y el 24 de junio de 1963 en Karyes y en la Gran Lavra, con la presencia de cinco patriarcas, de los jefes y representantes de toda la iglesia ortodoxa local, del rey de Grecia, y de una multitud de personalidades civiles y eclesiásticas. En aquella ocasión fueron pronunciados numerosos discursos para subrayar la importancia de la Santa montaña y del monaquismo. No obstante las alabanzas y las promesas de apoyo por parte de la Iglesia y por parte del Estado, los observadores más lúcidos constataban que lo que se celebraba era más bien los funerales del Monte Athos. En efecto, si en 1947 se encontraban todavía tres mil monjes, al momento del milenario la población athonita había disminuido a menos de mil quinientos monjes, y no dejó de disminuir en los años posteriores – dejaban alrededor de 50 monjes por año- hasta llegar al número de 1146 en 1971. Después de que terminó la segunda guerra mundial, no se registró prácticamente ninguna nueva vocación y el movimiento decreciente parecía ineludible a tal punto que algunos visitantes de origen no griego concluían: “El mal es incurable. No hay más esperanza” [2]. En los años setenta, en Simonos Pretas, que no había recibido más monjes desde los años cuarenta, no se encontró ningún monje capaz de transportar al cementerio el cuerpo del último higúmeno. Ante esta situación, en la época de la dictadura militar, entre 1969 y 1974, se elaboraron proyectos para un aprovechamiento turístico de la Santa montaña.

¿Cómo explicar esta situación? ¿Qué había sucedido?
En 1912 la población monástica contaba con siete mil cuatrocientos treinta y dos monjes. Más de la mitad eran rusos, hecho que debió provocar grandes tensiones étnicas entre estos últimos y los griegos que se sentían invadidos [3]. En 1913, a causa de la herejía onomólatra, es decir de aquellos que consideraban al Nombre de Jesús invocado en la oración como la esencia divina, más de ochocientos monjes rusos fueron deportados al Cáucaso. La primera guerra mundial provocó el reclutamiento y la repatriación de un gran número de otros monjes rusos y, después de la revolución de 1917, las relaciones entre Rusia y el Athos fueron interrumpidas. Pararon también las vocaciones monásticas y el sostén financiero procurado por millares de peregrinos que cada año iban a la Santa montaña. Desde entonces la comunidad rusa disminuyó rápidamente, tanto que, en la época que nos interesa, en San Panteléimon no  permanecía más que una cincuentena de monjes ya ancianos.

También la comunidad griega había sufrido las vicisitudes propias de un pueblo que, desde 1912 [4], se encontraba en un estado de guerra ininterrumpido. Las tensiones políticas y, sobre todo, la terrible guerra civil que siguió a la segunda guerra mundial (1944-1949) habían dividido profundamente a la población. […] La miseria reinaba por todos lados y en gran parte de los jóvenes, que en otros tiempos habrían podido ser candidatos para la vida monástica, estaban obligados a expatriarse a Alemania y a Australia para poder mantener a sus familias. Por otra parte, la catequesis y la predicación estaban casi completamente monopolizadas por una fraternidad de teólogos laicos, que sin duda se habían dedicado con gran empeño a elevar el nivel moral y espiritual del pueblo tan duramente probado, pero que, influenciados por el occidente y, en particular por el pietismo protestante, consideraban que el monaquismo no correspondía más a la situación de la iglesia y buscaban orientar a los jóvenes ortodoxos hacia nuevas formas de consagración religiosa [5]

Es necesario precisar que, en el seno de la iglesia Griega, estuvieron presentes por algún tiempo corrientes anti-monásticas y que, en 1832, una de las primeras medidas de la regencia bavaresa había sido la expropiación de seiscientos monasterios juzgados inútiles. Se trataba de monasterios que, durante la turcocracia, habían custodiado la tradición ortodoxa.

También el Monte Athos había sufrido las consecuencias de los trágicos eventos de esta primera mitad de siglo. Poco después de la expulsión de más de un millón y medio de griegos a Asia menor en 1922, el gobierno había propuesto a los monasterios ceder sus dependencias agrícolas, sobre todo en la península calcídica, para instalarles refugiados, prometiendo en cambio un resarcimiento anual dado por el Estado. Esta suma simbólica no llegaba sin embargo a compensar la pérdida de las ganancias provenientes de aquellas tierras y la mayor parte de los monasterios, que habían ya perdido sus tierras en Rumania en el siglo anterior (1856), se encontraban en una situación de indigencia creciente.

Además, nueve monasterios vivían bajo el régimen de la idioritmia. Los monasterios idiorítmicos no estaban regidos por un higúmeno sino por un consejo precedido por un pro-higúmeno que se limitaba a ejercitar una autoridad de carácter administrativo. Los monjes gozaban de una gran autonomía. Estaban obligados sólo a participar de los oficios y a desarrollar algunos servicios por los cuales recibían un salario con el cual vivían. Este sistema había aparecido al final del imperio bizantino y, durante los primeros siglos de la turcocracia, se había impuesto en casi todos los monasterios, a causa de las presiones fiscales y de las turbulencia de la administración otomana [6], a pesar de las invitaciones de los patriarcas a que volvieran al cenobitismo [7]. Al inicio del siglo XIX, once monasterios habían retornado a la vida cenobítica, pero los otros, entre los cuales estaban los más antiguos y los más prestigiosos, se obstinaban en conservar este modo de vivir que, por lo demás, no había sido siempre tan negativo como parecía. En ciertos monasterios idiorítmicos, en efecto, los monjes vivían en pequeñas comunidades entorno a un anciano y, si lo querían, podían llevar una auténtica vida ascética. Además, este sistema había permitido el desarrollo de los skits, organizados sobre el modelo de las antiguas lavras, en las cuales la vida espiritual se había preservado integra durante la turcocracia [7]. Se trataba sin embargo de un mal menor que, si bien haciendo concesiones, había custodiado manera íntegra los ideales ascéticos y había asegurado la transmisión de la tradición eclesiástica en aquel período de opresión del pueblo griego. Tal sistema, sin embargo, impulsaba al individualismo y al relajamiento, tanto que, en los años sesenta, aquellos monasterios no eran capaces de atraer vocaciones y eran numerosos los que deseaban la supresión de la idioritmia, considerando que era la condición indispensable para una renovación del monaquismo athonita.

El fuego bajo las cenizas

El declive parecía irrevocable, pero sólo los observadores externos y superficiales, que se limitaban  a observar el estado de los grandes monasterios, sacaban la conclusión de que el monaquismo estaba ya en decadencia. Quien podía penetrar más íntimamente en la vida de la Santa montaña descubría que, si las hierbas malas eran las más visibles, el jardín de la Madre de Dios hospedaba sin embargo no pocas flores de especial cualidad. Incluso en los monasterios idiorítmicos se podían encontrar, en aquel tiempo, hombres sabios, de especial profundidad espiritual, como los padres Atanasio (+ 1973) y Máximo (+1987) de Iviron, o el Padre Abacuc en la Lavra (+1975), que era capaz de recitar de memoria todos el Antiguo y el Nuevo Testamento. En el desierto del sur vivían algunos ascetas que eran al mismo tiempo grandes hombres espirituales y de cultura refinada, como Abimelec (+1965) de Mikri Haghia Anna, amigo y compañero de ascesis de san Nectario, Gherásimo el Himnógrafo (+1991); Gherásimo Menaghias (+1957), pariente del anciano José el Hesicasta. Sobre las escarpadas y empinadas rocas de Karoulia se podía encontrar al  padre Nikon (+1963), aristócrata ruso, que conocía diversas lenguas extranjeras y que fue el inspirador de la traducción al inglés de la Filocalia. En Katounakia, además del padre Efraín, del cual hablaremos más adelante, y del padre Christodoulos (+1982), discípulo del gran Kallinikos el Hesicasta, se encontraba Petros el pequeño (+1958) que, viviendo como un ángel en la carne, se alimentaba de un poco de pan seco y pasaba siete horas al día en oración. Decía: “¡Oh Cristo, penetra mi corazón con el aguijón de tu misericordia!” [8]. En Kapsala, región que se encuentra entre Stavronikita y Pantokrator, vivía el padre Tichon el Ruso (+ 1968), que mantenía en su mano un gran pañuelo para secarse las lágrima. En los días de gran fiesta sumergía una espina de pescado en agua hirviendo para “regalarse” una sopa de pescado. Cada día celebraba la divina liturgia y pedía al cantor que permaneciera afuera de la iglesia porque, en el momento del Gran éxodo, quedaba en éxtasis al ver el coro de los ángeles y de los santos, y no volvía en sí mismo hasta después de treinta o cuarenta y cinco minutos. Un poco más lejos, en una dependencia de Philotheou, se encontraba Agustín el Ruso (1965), que era de tal manera iluminado por la luz divina que no necesitaba lámparas para ver de noche. En el Viejo Rossikon, cerca de la torre donde Sava el Serbio se había hecho monje [9], vivía en el más grande despojo, el eremita Gheorgij Voktovitch (+ 1972), que después de haber servido como oficial en el ejército serbio y de haber obtenido un diploma de ingeniería en Mónaco, estudió en el Instituto San Sergio, de París. Hizo sus primeras experiencias  de la gracia durante las noches transcurridas en las grutas artificiales del parque de Buttes-Chaumont y, abandonando los estudios, se hizo monje en Chilandari. Siempre silencioso y reservado, visitaba regularmente al padre José el Hesicasta y vivió un tiempo en su comunidad. Fue él quien cerró los ojos al gran anciano.

Además de estos eremitas y hesicastas, algunos de los cuales eran herederos de Hadji-Gheorghis (+ 1886), famoso por su ascesis sin compromisos, en los años posteriores a la guerra no faltaron higúmenos iluminados, que supieron custodiar la vida espiritual de sus monasterios en medio de circunstancias dramáticas. Basta recordar al padre Gavriil (+ 1983), higúmeno de Dionysiou, que por más de cincuenta años fue el representante de la Santa Montaña en todas las relaciones con la autoridad civil y eclesiástica. También los higúmenos Atanasio de Grigoriou (+ 1953) y Philaretos de Konstamonitou (+1963) han dejado el recuerdo de una vida santa.  Y numerosos fueron los monjes que, saliendo regularmente del Athos para confesar, consolaban a una gran multitud de fieles.

Se podría contar también a aquellos hombres que, con su celo y su experiencia de las cosas de Dios, han mantenido viva la llama a pesar de la disminución de las vocaciones, y la mayor parte de ellos permanecían escondidos y eran conocidos sólo por algunos discípulos y amigos del Monte Athos. Los otros monjes de los monasterios y de los skits eran también grandes ascetas y tenían en común una fe irremovible y un sentido innato de la tradición. No estaría jamás en sus mentes, ni siquiera en aquellos que no vivían en conformidad con una regla monástica, poner en discusión el typikón. Cada uno, con sus posibilidades y también con sus debilidades, contribuyó así a conservar el más grande de los tesoros del Athos: la tradición de la Iglesia, aquel arte de vivir y transfigurar los mínimos detalles de la vida cotidiana en una liturgia permanente. Ellos formaron de este modo los anillos de la “cadena de oro” que nos une a los padres y a los apóstoles. Y cuando, por obra de la divina providencia, han llegado algunos jóvenes, han encontrado una tradición monástica milenaria, polvorienta sí, pero intacta.


Padre José el Hesicasta (1898-1959) y sus discípulos



Este fuego habría podido permanecer bajo las cenizas si algunas personalidades espirituales no hubiesen suscitado numerosos discípulos y un movimiento de reforma que nadie habría osado prever […] La personalidad más significativa es sin duda el padre José.

Llegó al Athos a la edad de veintitrés años (1921), como el ciervo sediento que corre hacia corrientes de agua viva (cf. Sal 41, [42]. I), fue con Kallinikos de Katounakia (+ 1930), que representaba una autoridad en la materia de oración interior (noerà proseuché), pero es rechazado porque el gran hesicasta en aquella época vivía en reclusión. Desconsolado, no abandonó su proyecto, sino que pasó de una gruta a otra llegando a Vigla, la región más austera del Monte Athos, frente al mar abierto, y aquí vivió algún tiempo en la gruta de Atanasio el Athonita. Un día, mientras lloraba por el esfuerzo de querer orar sin distraerse, se volvió hacia el Athos y sintió que un rayo de luz, proveniente de la capilla que se encontraba sobre la cumbre, penetraba en su corazón, llenándolo de la presencia de Dios. Desde aquel momento, la Oración de Jesús brotó de modo espontáneo de su corazón y todo el resto de su vida lo consagró a cultivar este don de Dios. Luego de unos seis meses, transcurridos en diversos lugares del desierto, la vigilia de la Transfiguración, sobre la cumbre del Athos encontró al padre Arsenio (+ 1983) que, después de haber permanecido un tiempo en Tierra Santa, deseaba vivir como hesicasta. Decidió llevar junto a él su lucha ascética y fueron juntos a ver al venerable Daniil de Katounakia (+ 1929), que les recomendó no emprender  la vida eremítica antes de haber recibido la bendición de un anciano, asistiéndolo hasta la muerte. Se pusieron entonces bajo la obediencia del padre Efraín el tonelero de la kaliva [13] de la Anunciación en Katounakia, hombre simple y silencioso, que no obstaculizó el deseo de ellos de orar.

Dotado de un carácter que rechazaba todo apego y de un sentido agudo de sacrificio de sí, el joven novicio, que recibió rápidamente “el gran hábito” con el nombre de José, se empeñó con ardor en la lucha. Cada tarde se retiraba a una gruta para dedicarse por seis horas a la oración interior, y por los desórdenes causados por la fábrica y reparación de toneles que los molestaba en su deseo de silencio, los dos monjes lograron convencer al anciano a que se estableciera con ellos en el skit de San Basilio (1923). Allí construyeron una pequeña casa y, después de que el anciano murió, pudieron dedicarse con toda libertad a la ascesis. Pasaron el verano en diversos lugares de la montaña, sobre todo en el refugio dedicado a la Madre de Dios, en los alrededores de la cumbre, alimentándose por la tarde de un bocado de pan seco y observando un riguroso silencio. Después de ocho años de duras luchas contra las tentaciones, se establecieron en sus kalivas. Es entonces que José encontró al hombre que buscaba desde hace tiempo: el padre Daniil, que vivía en el éramo de San Pedro el Athonita, cerca de Kerasia. Este hesicasta, digno de los más grandes ascetas de su tiempo, oraba desde el ocaso del sol hasta la medianoche  -es decir, hasta las seis según el horario athonita [14]- luego celebraba muy lentamente, por tres o cuatro horas, la Divina liturgia con el rostro bañado en lágrimas. Les enseñó cómo luchar contra las tentaciones y les transmitió su regla de vida.

José estaba tan atento a evitar toda distracción que, por un tiempo, adoptó una reclusión total con el fin de mantener una comunión permanente con Dios (1930). A pesar de su deseo de vivir retirado, acoge a sus primeros discípulos, su hermano según la carne, Atanasio, y otros dos monjes. En esta época, con ocasión de una visita a Volos, exhortó a la vida monástica a un grupo de mujeres, de las cuáles él se convirtió en su padre espiritual [15]. Por el hecho de que su modo de vivir atraía a los visitantes y la cercanía de otros monjes turbaba su hesychia, en 1938 decidió establecerse en una gruta sobre el costado de la montaña, bajo el skit de Mikri Haghia Anna. Con mucho esfuerzo, José y Atanasio se establecieron en celdas de emergencia, construyeron una nueva capilla dedicada al Precursor y retomaron con gran celo su régimen de vida.

Se dedicaban a su trabajo manual –tallar cruces- y recibían huéspedes sólo por la mañana. Hacia la mitad del día – a las seis del horario athonita-  cada uno se retiraba a su celda para recitar las vísperas con su rosario [16] y hacer una lectura. Después de un alimento siempre muy frugal, se concedían tres o cuatro horas de sueño. Se levantaban al ocaso del sol y velaban seis horas alternando a la oración interior  -la mayor de las veces de pie para evitar la somnolencia-  las postraciones (metanías) [17]. A media noche, cuatro veces a la semana, asistían a la Divina liturgia; los otros días se dedicaban a la lectura. Al terminar esta vigilia cotidiana – hacia los ocho y treinta según la hora bizantina- volvían a dormir, para levantarse a las diez y treinta u once. Entonces retomaban en silencio su programa cotidiano, custodiando continuamente la Oración de Jesús en su corazón y en sus labios. No admitían ningún cambio en la regla, ni siquiera en casos excepcionales. El padre José no se concedía ningún alivio, a pesar de su precario estado de salud que le impedía permanecer de pie o caminar. Se presentaron muchos candidatos pero no podían conformarse a las exigencias ascéticas del anciano. Sólo a partir del año 1947, acoge a algunos nuevos discípulos: Efraín  y luego Charalampos (1950), sobrino del padre Arsenio. Ya que estos últimos eran de constitución muy frágil, otorgó algunas concesiones  relativas a la comida y al sueño, y permanecía inamovible en lo que concernía a la obediencia, al silencio y a la oración continua. Al término de los difíciles años que siguieron a la guerra, durante los cuales sus discípulos eran obligados a ir a trabajar a los monasterios, pudieron retomar el trabajo artesanal, que favorecía la quietud. En estas condiciones de vida tan precarias, todo era utilizado con sobriedad y todo lo superfluo era inmediatamente distribuido en limosna. Uno de los principios inderogables del anciano era la perseverancia en el observar la regla y la atención a los más pequeños detalles de la vida cotidiana. Antes de comenzar su vigilia, cada monje debía examinar con cuidado los pensamientos y las acciones de la jornada y dar cuentas al anciano.

Ya que la salud del padre José y de sus discípulos se debilitaba y ellos no podían soportar más semejante austeridad en un lugar tan estrecho, aceptando la propuesta del padre Theophylaktos de las kalivas de los Santos Anarghiris de Nea Skit, que se había sumado a la comunidad, decidieron establecerse en esta kaliva, situada sobre el mar, que gozaba de un clima mejor (1953). Y ya que el lugar no estaba adecuado a sus necesidades, obtuvieron del monasterio de Haghiou Pavlou cuatro kalivas en pésimo estado en las cercanías de la torre. El anciano y el padre Efraín se establecieron en la kaliva de la Anunciación, el padre Charalampos en la de la Natividad de San Juan Bautista, el padre Arsenio en otra pequeña casa dedicada el Precursor, mientras que los padres Theophylaktos y José el Joven permanecieron en la de los Santos Anarghiris. Los más jóvenes recuperaron rápidamente la salud y pudieron dedicarse con mayor celo a su vida de oración. El anciano sin embargo se consumía. Fiel a sus discípulos, no se concedía sin embargo, ningún alivio y sólo por la insistencia de sus discípulos aceptó tomar los remedios. Se durmió en el Señor el 15 de agosto de 1959, al término de un largo martirio que fue el coronamiento de su vida ascética. Dejó a sus discípulos el ejemplo de una vida enteramente dedicada a la búsqueda de Dios en la hesychia y en la oración, y les pidió a ellos que constituyeran distintas comunidades.

El Padre Efraín se convirtió pronto en el confesor del monasterio de Haghiou Pavlou y el padre Charalampos el de Dionysiou, mientas un número creciente de jóvenes, deseosos de vida espiritual, iban al Nea Skit. En 1965 cada uno de ellos tenía numerosos discípulos. Dado que, se presentaban más novicios y las casas eran muy pequeñas, buscaron establecerse en  kellias rusas abandonadas. En 1967, el padre Efraín y sus discípulos ocuparon el Kellión de San Artemio en el skit de Provata y, algunos meses más tarde, el padre Charalampos fue a habitar a San Nicolás de Bourazeri, cerca de Karyes, con el padre Arsenio y un grupo de jóvenes monjes. El Padre José el joven permaneció en las kalivas de la Anunciación.

Estas comunidades llevaban una vida independiente y crecían rápidamente, cada una con su propio estilo, y según la personalidad de su padre espiritual. Todas, sin embargo, custodiaban con fidelidad los principios del gran anciano. En 1973, la comunidad de Provata, que contaba por entonces con una veintena de miembros, se instaló en el monasterio de Philoteou y lo convirtió al cenobitismo. Desde entonces, hubo un rápido desarrollo. En 1976, la comunidad contaba con alrededor de 80 monjes. Este crecimiento hizo que en 1980 decidieran enviar veinte hermanos para repoblar el monasterio de Xiropotamou, que también volvió a la vida cenobítica. En el mismo año otro grupo de monjes fu enviado por Philoteou a Konstamonitou y, en 1981, un tercer grupo repobló Karakallou. El Padre Efraín que, a sus tareas de higúmeno, agregaba la dirección espiritual de ocho monasterios femeninos y de numerosos laicos en Grecia, fue enviado más tarde a los Estados Unidos y a Canadá. A partir de 1989, fundó diecisiete monasterios que siguen fielmente la línea espiritual del padre José. El Padre Efraín el joven, después de la partida del padre Efraín el Anciano, asumió la tarea del higúmeno de Philoteou, desde el 2000 se ha instalado en el gran skit ruso de San Andrea en Karyes con un grupo de quince monjes y novicios.

En 1979, el padre Charalampos (+ 2001), que se había establecido en Burazeri y era confesor de numerosos monjes y laicos, fue enviado a continuar la tarea del padre Gavriil y a establecerse en el monasterio de Dionysiou con una veintena de discípulos. Este traslado fue aún más difícil del que hicieron los monjes de Philoteou, porque Dionysiou observaba el typikón más severo de toda la Santa montaña y sus monjes tenían puesta como condición para aceptar a la joven comunidad que no hicieran ninguna modificación a su régimen de vida. Debieron por esto ceder en algunas de las cosas del programa ascético. Sin embargo, lograron mantener –si bien de forma reducida- la vigilia personal cotidiana dedicada a la Oración de Jesús, antes del oficio comunitario de la mañana. En su enseñanza sobre la oración, el padre Charalampos insistía sobre la necesidad de repetir muy rápidamente la Oración de Jesús con el fin de no dejar espacio a los pensamientos y a las distracciones.

El Padre José el Joven, originario de Cipro, que había permanecido en Nea Skit, había acogido algunos discípulos en las kalivas de la Anunciación. En 1978, ellos partieron a Cipro, pero tres años más tarde volvieron al Athos. Como su comunidad crecía, después de un tiempo en el kellión de la Anunciación, que dependía de Simonos Petras, volvieron a Nea Skit (1983) y de allí, por una invitación del patriarcado ecuménico, se establecieron en el gran monasterio de Vatopeli, en el cual realizaron la reforma cenobítica y al cual le dieron un notable impulso. Esta comunidad, bajo la dirección del padre Efraín, hoy día ha alcanzado el número de ciento cincuenta monjes.

Según un cálculo de ningún modo excesivo, se pueden por tanto considerar alrededor de ochocientos los monjes y las monjas herederos de la espiritualidad del padre José, este hesicasta que había transcurrido su vida buscando la soledad y el silencio.


El Padre Efraín de Katounakia  (1912-1998)


La evocación de los discípulos del padre José sería incompleta si se omitiese recordar al abba Efraín, una de las figuras más notables de la Santa montaña en la época actual. Convertido en monje junto al padre Nikiphoros (+1973) de la kaliva de San Efrén en Katounakia, un hombre simple pero rudo y exigente, que no había sido capaz de transmitirle una enseñanza espiritual. Su primer encuentro con el padre José fue para él una revelación y desde cuando, el joven hieromonje (1936), comenzó a celebrar la Liturgia para los ascetas de San Basilio, una intensa relación espiritual lo ligó al padre José.  Por orden de este último, permaneció junto al padre Nikiphoros, y a través del cotidiano martirio de la obediencia, adquirió una pureza interior tal que la irradiaba por su cuerpo y que hizo a su alma a tal punto delicada que por años lloró por haber desobedecido una sola vez al padre José. Menos sistemático que el gran anciano y que algunos de sus discípulos en lo que concierne a la oración interior, era firmemente fiel a su regla de la vigilia cotidiana, que  él iniciaba con oraciones improvisadas. Estaba acostumbrado a dedicarse a la compunción dos o tres horas al día y sabía discernir el matiz entre las lágrimas de arrepentimiento y las lágrimas de alegría despertadas por la gracia. Durante la Liturgia, que no celebraba jamás sin derramar lágrimas, le sucedía a menudo ver a Cristo viviente sobre la patena y ser raptado al centro de la corte celestial. Un encuentro con el abba Efraín, por su mirada de águila y por su simplicidad de un niño, constituía una experiencia inolvidable de la presencia de Dios en un hombre de carne y hueso. Estaba tan habituado al éxtasis y a los raptos del intelecto hacia las moradas celestiales que hablaba de estas cosas de manera muy natural y se asombraba cuando su interlocutor permanecía perplejo. Cuando se lo interrogaba sobre el modo de llegar a tales estados espirituales, su respuesta era invariable: “La oración se la obtiene a través de la obediencia” [18]. Después de la muerte de su anciano, permaneció solo por varios años y comenzó a acoger discípulos sólo a partir de 1979. Aunque evitaba hacerse conocer y a pesar que había rechazado ejercer el ministerio de la confesión, su fama se había extendido sobre toda la Santa montaña y más allá de ella, y una multitud de monjes y de laicos venían a solicitar sus consejos y su bendición.

Padre Paisios (1924-1994)




Paralelamente al desarrollo de la comunidad de los discípulos del padre José, la figura más significativa de la Santa montaña en los años 1968-1994 ha sido indudablemente la del padre Paisios. Nacido en 1924 en Pharassa, en Capadocia, en las vísperas de la expulsión de los griegos, y bautizado por al padre de su pueblo, san Arsenio de Capadocia, creció en Konitsa, en Épiro, y desde que terminó la infancia manifestó disposiciones ascéticas lo cual generó que todos lo llamaran “el monje”. Después de haber servido en las transmisiones durante la guerra civil, entró en el monasterio de Esphigmenou en el 1953 y allí recibió la tonsura el año sucesivo con el nombre de Averkios. Siempre dispuesto a servir, estaba atento a cada ofensa contra la caridad, a cada juicio hacia el otro, y se había habituado a atribuir buenos motivos a las acciones más reprobables de los hombres. Era apreciado por los monjes por sus cualidades, pero prefería evitar las conversaciones y observaba una estricta ascesis. Su vida de oración era muy intensa. Se concedía una sola hora de sueño. Después de algunos meses se unió al padre Kyrillos del skit de Koutloumousiou para dedicarse a una vida más solitaria. Y, ya que sus superiores querían convencerlo de volver a Esphigmenou, entró en el monasterio idiorítmico de Philoteou, donde recibió el pequeño hábito con el nombre de Paisios (1957). No pudiendo llegar a Petros el Pequeño en Katounakia, se retiró al monasterio abandonado de Stomión, en la región de Konitsa (1958). Lo restauró con la ayuda de sus fieles y contribuyó a luchar contra el proselitismo protestante en esta región. En 1962, siempre en búsqueda de la hesychia, partió hacia el monte Sinaí, donde transcurrió dos años en el éramo de Santa Episteme, intensificando al extremo su lucha ascética. Obligado a dejar el Sinaí a causa de problemas pulmonares  y a volver a la Santa montaña, se estableció en el skit, medio abandonado, del Precursor, que dependía de Ivirón (1964). Allí el padre Vasilios Gondikakis le llevó algunos jóvenes que deseaban vivir bajo su guía. Poco después de haber recibido el gran hábito por parte de Tichon de Kapsala, sufrió una grave intervención a los pulmones (1966). Un grupo de jóvenes mujeres, que deseaban consagrarse a Dios, ofrecieron su sangre que se necesitaba para la intervención. En agradecimiento a ellas, abba Paisios asume la dirección espiritual de ellas y contribuye a la fundación del monasterio de Souroti. Cuando vuelve al Athos, se retiró a un éramo sobre las alturas de Katounakia (1967) y retoma sus luchas. Pero, una vez más, su deseo de soledad se ve constratado por las exigencias de la caridad fraterna y, por pedido del padre Vasilios, fue a sostenerlo en sus esfuerzos para restaurar el monasterio de Stavronikita (1968). Se estableció en el éramo del padre Tichon, que había asistido en sus últimos días de vida, en un primer momento recibe sólo a los monjes de Stavronikita y a algunos jóvenes atraídos por la vida monástica. Pero su fama se difunde rápidamente y la modesta kaliva se convirtió rápidamente en un foco de atracción para una multitud de fieles, deseosos de una palabra de salvación. Este flujo de visitantes creció posteriormente a partir de 1979, cuando el anciano se estableció en las kalivas de la Natividad de la Madre de Dios, situada junto a Karyes. Recibía más de un centenar de peregrinos al día, de distintos lugares. Algunos de ellos iban al Athos expresamente para encontrarlo. Dotado del don de clarividencia, discernía con agudeza los casos más difíciles y compartía sus enseñanzas a través de anécdotas y de sugestivas comparaciones [19]. A los monjes, como a los laicos, recomendaba cultivar una “santa inquietud”, que les conduciría a luchar con coraje (philótimo) para obtener la salvación. Si bien, tenía una profunda experiencia de oración, desaconsejaba  la práctica de técnicas psicosomáticas y subrayaba que el intelecto (nous) de cualquiera sufre con motivo de los propios pecados o con motivo  de la compasión por el prójimo, adherida naturalmente al corazón y su oración se vuelve de ese modo continua. Esta forma de dirección espiritual de laicos, hasta ahora desconocida sobre el Monte Athos, asume espontáneamente una gran amplitud, al punto que la irradiación del padre Paisios en el seno del pueblo griego puede ser comparada a la de Serafín de Sarov o a la de los starcy de Optina en Rusia. Si bien, siempre rechazó tomar consigo discípulos, un cierto número de monjes vivían bajo su dirección espiritual, en las cercanías de su éramo, y eran aún más numerosas las vocaciones que surgieron gracias a los encuentros con él.


El renacimiento de los monasterios

A partir de1968 –año altamente simbólico por la evolución de la sociedad occidental, pero en un sentido diametralmente opuesto- el fuego que se mantenía bajo las cenizas fue reavivado de forma inesperada. El Padre Vasilios Gondikakis que, después de haber terminado sus estudios de teología en occidente, se había retirado con un pequeño grupo de cuatro o cinco monjes en el skit de Ivirón, por la invitación de la santa comunidad le vuelve a dar vida al monasterio idiorítmico de Stavronikita, que había sido cerrado por falta de monjes. Restableció allí inmediatamente la vida cenobítica y retoma también la restauración material del monasterio. Por primera vez un monasterio era repoblado por una comunidad de jóvenes monjes y esto daba esperanza en la renovación de otros monasterios.

En 1990, el monasterio de Ivirón decidió volver a la vida cenobítica después de siglos de idioritmia, pero a condición de tener al padre Vasilios como higúmeno. Éste, que estaba vinculado desde hace mucho tiempo a ese monasterio, pide la dimisión de sus tareas y se establece en Ivirón con una quincena de monjes. Orador original y profundo, a menudo es invitado a dar conferencias y ha contribuido notablemente a modificar la imagen de la Santa montaña, sobre todo a los jóvenes y a los intelectuales [20].

Los primeros signos de renovación dado por los discípulos del padre José y por los monjes de Stavronikita atrajeron al Athos a otras comunidades monásticas nacidas fuera de la Santa Montaña.

Ordenado sacerdote al término de sus estudios de teología (1960) por el metropolita Dionysios de Trikala, que había sido monje en la Gran Lavra, el padre Emiliano Vafeidis, animado por el deseo de dar un nuevo impulso a la vida monástica, había transcurrido algunos meses de intensa lucha ascética en el monasterio de San Besarión, llamado del Dousikón, en Tesaglia, antes de ser nombrado higúmeno del monasterio de la Transfiguración sobre el Meteore, donde vivían solo algunos viejos monjes. La presencia radiante del joven archimandrita, las confesiones de adolescentes de la región y una serie de homilías llenas de pasión, despertaron en torno a él un vasto movimiento entusiasta por la vida espiritual y por el monaquismo. Paralelamente a su actividad pastoral en la región del Meteore, el padre Emiliano contribuyó a volver a dar un espacio al monaquismo en el interior de la vida de la iglesia, sea a través de sus homilías, sea a través de su participación en las comisiones instituidas a tal fin por el Santo sínodo de la iglesia de Grecia.

Pero, algunos años más tarde, tuvo que confrontarse con el aprovechamiento turístico del Meteore y con otras dificultades, y así en octubre de 1973 el padre Emiliano y su comunidad, compuesta entonces por una quincena de monjes y de numerosos novicios, decidió ir a la Santa montaña. Por una serie de circunstancias providenciales eligieron el monasterio de Simonos Pretas, que, alzado entre el cielo y la tierra, les recordaba al Meteore y constituía un símbolo sugestivo del género de vida monástica que el padre Emiliano proponía a sus monjes. Fuertes gracias a la experiencia de una decena de años sobre el Meteoro, adoptaron rápidamente los usos y las tradiciones transmitidas por los ancianos del monasterio, reducidos a una decena. No obstante, la diferencia de edad y la diversidad de formación, estos últimos confiaron la responsabilidad del monasterio a los recién llegados, casi todos por debajo de los veinticinco años de edad. Y rápidamente el monasterio se convirtió en una luminosa imagen de la Jerusalén celeste, risonante por la oración de los monjes. Hoy la comunidad cuenta con unos sesenta monjes. Después de la dimisión del padre Emiliano, sucedida por razones de salud (2000), esta es guiada por el archimandrita Eliseo.

Paralelamente a las instalaciones de la comunidad masculina en Simonos Petras, el padre Emiliano había buscado, no lejos de la Santa montaña, un lugar adaptado para recibir a una comunidad femenina, que había iniciado su formación en un pequeño monasterios de los santos Teodoros sobre el Meteore. Una vieja estancia agrícola, situada en Ormylia en la península Calcídica, fue gentilmente concedida al monasterio de Vatopedi y esta construcción se transformó rápidamente en un gran monasterio que cuenta hoy con ciento veinte monjes.

Si bien ha seguido un camino distinto, el padre Emiliano había encontrado los mismos principios fundamentales de la vida monástica ya redescubiertos por el padre José. Más que aplicar uniformemente los métodos de oración, prefería cultivar las capacidades propias de cada uno de sus discípulos, y consideraba -no obstante- indispensable una vigilia cotidiana prolongada, durante la cual el monje se esfuerza por entrar en una íntima comunión con el Dios viviente, sea a través de la oración interior, sea a través de la lectura meditada de los textos santos. También para él esta vigilia cotidiana debía ser una preparación a la Divina liturgia, que él concebía como una manifestación del Reino. Por esta razón daba gran importancia a la celebración del oficio y al canto coral [21]. Su apertura de espíritu le permitía recibir en el monasterio y guiar a todo tipo de personas, de carácter y de origen étnico diferente. Fue así que, respondiendo al pedido del padre Plácide Deseille, acogió a una pequeña comunidad francesa en Simonos Petras (1977) y fundó, por primera vez en la historia, tres dependencias athonitas en Francia, que testimonian la espiritualidad del Athos en el mundo occidental.

Algunos meses después de la instalación de la comunidad del padre Emiliano, el padre Ghiorghios Kapsanis, que era profesor de teología pastoral de la facultad teológica de Atenas y que por 1970 había reunido en Ática a una pequeña comunidad de jóvenes que deseaban llevar una vida monástica, se decidió a imitarlo. Gracias a la intervención del padre Emiliano, en 1974, se estableció en el monasterio vecino de Gregorio con una docena de monjes y de novicios. Su amor paterno y la solicitud pastoral de la cual daba prueba atrajeron rápidamente a numerosos discípulos. Hoy la comunidad cuenta con alrededor de ochenta y cinco monjes. Entre otras actividades, ella asumió la responsabilidad de una misión en el Congo. Con motivo de la gran autoridad que él goza en el Monta Athos y en el resto de Grecia en relación a las cuestiones dogmáticas y eclesiológicas, el padre Ghiorghios ha ocupado en el corazón de los athonitas el lugar que había ocupado el padre Gavriil de Dionysiou en la generación anterior [22].

Acto seguido, el movimiento de atracción hacia la comunidad externa se aceleró. En 1975, el padre Christodoulos, que vivía en Eubea, se instaló con ocho monjes en Koutloumousiou. Paralelamente (1975-1976) el padre Alexis que, después de la partida del padre Emiliano, había ocupado el monasterio de la Transfiguración en el Meteore con algunos discípulos afrontando las mismas dificultades, fue a repoblar el monasterio de Xenophontos, con diecisiete entre monjes y novicios. En 1979-1980 fue la vuelta de Dochiariou, que volvió a la vida cenobítica gracias a la comunidad del padre Gregorio, discípulo del padre Anphilochiios de Patmos (+1970), que había formado una pequeña comunidad de una decena de monjes en el monasterio de Proussos, cerca de Mesolonghi. Después de la repoblación de los monasterios de Xiropotamou, Konstamonitou, Karakallou y Dionysiou realizada por los discípulos del padre José el Hesicasta, los monasterios de Lavra (1989), Chilandari, Iviron y Vatopedi (1990) volvieron al régimen de vida cenobítica y conocieron un nuevo impulso. Finalmente, el último monasterio idiorítmico, Pantokrator, concluye este período de la historia del monaquismo athonita, acogiendo, en 1992, por el pedido del patriarcado ecuménico, una comunidad fundada por Xenophontos.

Renovación y continuidad

Entre el 1972 y el 1976, alrededor de ciento cuarenta y tres monjes de unos treinta años han entrado en los monasterios del Athos. Desde 1977 al 1986, con la llegada de comunidades provenientes del exterior, se llega a doscientos ochenta y cuatro monjes, y este movimiento conoció su culmen entre 1987 y el 1996 con seiscientos noventa ingresos. Desde entonces, el número crece más lentamente pero es más regular y consiste en gran parte en vocaciones individuales. Se puede afirmar que son más de mil los monjes que han repoblado la Santa montaña en estos últimos años.  Si la población global del Athos no ha conocido modificaciones extraordinarias y se mantiene hoy en torno a los mil setecientos monjes, su composición en cambio se ha modificado radicalmente, porque los monjes de la vieja generación han casi todos fallecidos [23]. Mientras en 1970 no se ven más que barbas blancas y viejos encanecidos, posteriormente los monasterios y los skits se han llenados imprevistamente de barbas negras y, de nuevo, en estos últimos años, la distribución de la edad se ha hecho más regular y se ven reaparecer las barbas blancas. También el origen social y el nivel de educación de los monjes han cambiado radicalmente. En un tiempo el monje athonita era en su mayoría de origen rural, provisto de una educación rudimentaria. Hoy, en cambio, los jóvenes que renuncian libremente al mundo, para seguir un camino espiritual y no movidos por las circunstancias, son de origen urbano y casi todos han terminados los estudios secundarios o superiores.  (27 por ciento de los monjes).

Tenemos que interrogarnos sobre las causas de esta renovación que ninguno habría podido prever cuando, en ocasión del milenario, se quería convocar a una “cruzada” con el fin de atraer jóvenes al Athos y se pensaba en poder lograr a través de medidas administrativas. No ha habido necesidad de nada de esto. En la gran mayoría, estos hombres no han venido al Athos para escaparse de la sociedad [24], sino para buscar a un padre, a un hombre que fuese contemporáneamente modelo de vida, maestro e intercesor ante Dios. Es verdad, sobre la Santa montaña no han jamás faltado hombres teóforos, incluso en los tiempos de decadencia, pero a menudo no han tenido la posibilidad de transmitir su experiencia. E imprevistamente, por obra de la providencia,  estos buscadores de Dios han podido encontrar toda una serie de personalidades espirituales que, a través de su experiencia de Dios y de su calidad pastoral, han podido restaurar en toda su profundidad la tradición de la Oración de Jesús y de la paternidad espiritual.

Algunos factores externos han contribuido a este desarrollo. Hay que recordar ante todo al cambio de las condiciones socio-económicas en Grecia a partir de los años setenta. El país se levantó de la miseria, el movimiento de emigración se interrumpe y un mayor número de jóvenes griegos tuvieron oportunidad de profundizar su propia vida espiritual.

Mucho más significativos fueron los cambios sucedidos en este período en el campo eclesiástico. No es en absoluto casualidad que el año de la muerte del padre José el Hesicasta (1959) coincida con el inicio de la edición de las obras de Gregorio de Pálamas, con la reedición de la Filocalia (1957) y con un vigoroso impulso dado a los estudios patrísticos, particularmente por parte del profesor Panaghiotis Chresou de Tesalónica. Por lo demás, algunos teólogos (Ch. Yannaras, P. Nellas y otros), después de haber estudiado en el occidente, han vuelto a Grecia influenciados por la renovación patrística de la Iglesia católica y de los escritos de los teólogos rusos de la emigración (V. Lossky, J. Meyendorff, A. Schmemann, G. Florovsky y otros). Este interés por los padres de la Iglesia, y sobre todo por la espiritualidad hesicasta, encontró inmediatamente un eco en el pueblo griego, que había conservado el sentido de la auténtica tradición. Muy pronto empezaron a circular numerosas ediciones, que despertaron un interés creciente por el monaquismo. Es necesario recordar aquí la influencia ejercida por los textos clásicos como Los relatos de un peregrino ruso [25] y las obras contemporáneas del padre Theoklitos de Dionysiou, editadas en los años sesenta, que presentaban de forma atrayente la espiritualidad hesicasta, y por otro lado, la biografía de Silvano del Athos, ampliamente comentada por su discípulo, el padre Sofronio [26]. Estos libros han sido el origen de un buen número de vocaciones.

En el mismo período, siguiendo la evolución de la sociedad griega y este retorno a los padres de la Iglesia, la fraternidad – Zoé, Sotér- perdieron su influencia y atrajeron cada vez menos vocaciones  a una forma de vida ya para entonces advertida como extraña a la tradición ortodoxa. Y, al haber cambiado la imagen del Monte Athos, gracias a la llegada de jóvenes monjes, y los prejuicios  contra el monaquismo iban progresivamente desapareciendo, los padres confesores no se mostraban más contrarios a la vida monástica y facilitaron la venida de sus hijos espirituales sobre el Monte Athos, tanto que hoy no se puede más hablar de oposición entre los monjes y la fraternidad.

En realidad, más que por algún factor sociológico, ha sido el prestigio creciente de la Santa montaña en el pueblo, la consecuencia y el motor de esta renovación. Mientras en los años sesenta se podían contar con los dedos de las manos los visitantes que se presentaban cada año en un monasterio, hoy el número de ellos alcanza a los cincuenta mil al año, situación que conlleva también serios problemas. Se puede quizás temer que este movimiento de multitudes hacia el Athos presente un carácter turístico, pero es necesario constatar que estos visitantes en su mayoría son –o se vuelven en el curso de su visita- verdadero peregrinos. Sucede a menudo que una visita movida por curiosidad sea la ocasión de un cambio radical de vida o del nacimiento de una vocación monástica.


Conclusión

En cuanto esta renovación de la población monástica y este flujo de vocaciones puedan parecer impresionantes, quizás es más bien sobre el plano espiritual que el Monte Athos ha marcado la historia de la edad contemporánea. Más allá de la conversión de todos los monasterios al régimen cenobítico después de siglos de idioritmia que parecía incurable, esta renovación ha permitido, también en el seno de los monasterios cenobíticos, un retorno a la práctica de la comunión frecuente [27] y, sobre todo, una integración de la Oración de Jesús y de la tradición hesicasta, que se expresa en la vigilia cotidiana personal [28]. Mientras en un tiempo los monjes que deseaban consagrarse a la oración interior, debían retirarse a un skit o a los éramos porque el peso de los oficios litúrgicos y de los servicios comunitarios no les dejaba a ellos el tiempo libre suficiente, hoy se asiste al fenómeno inverso. Los monasterios, en efecto, han abandonado su actividad agrícola que no representan más una necesidad, y se contentan con realizar las tareas indispensables para el funcionamiento de la comunidad, lo que permite a los monjes vivir una vida espiritual personal en el interior de un cenobio. Los kelliotas, en cambio –a excepción de aquellos que se contentan con una vida frugal y que son la mayor parte- están obligados a trabajar más para proveer sus propias necesidades, y están expuestos a mayores preocupaciones materiales. Por este motivo hoy se tiende a entrar preferentemente en  los monasterios cenobíticos (56,4 por ciento de los monjes), por cuanto todas las formas de vida monástica están representadas, al punto que es difícil encontrar en este momento un éramo libre.

Estas características originales de la renovación contemporánea imponen una confrontación con el movimiento hesicasta del siglo XIV y con los collivades y de la Filocalia en el siglo XVIII [29].  Se trata de una nueva etapa en la historia de la Santa montaña que, en el curso de los siglos, como un faro, ha sido el origen de casi todos los movimientos de renovación espiritual de la Iglesia ortodoxa. Por esto los monjes athonitas no se preocupan del futuro y, confiados en la protección de su Soberana, perseveran en la acción de gracias y en la oración, en un coro danzante, que es una anticipación del Reino de los Cielos.


Macario de Simonos Petras
AAVV. Atanasio e il monachesimo del Monte Athos
Edizioni Qiqajon. Comunità di Bose. 2005
Pág. 245-274.

Sobre el tema se puede ver también lo publicado en http://www.orthodoxphotos.com/Athonite_Hermits/


[1] Cf. I. Doens, “La célébration du Millénaire de l’Athos sur la Sainte Montagne”, en Irénikon 36 (1963), pp. 390-402.
[2] Cf. J.J. Norwich, R. Sitwell, Mount Athos, London 2002, p. 4, juntos a otros testimonios contemporáneos también pesimistas. Para una descripción de la situación en 1963, cf. Ibid., pp. 166-171.
[3] Cf. I. Smolitsch, “Le Mont Athos et la Russie”, en Le Millénaire I, pp. 300-318; A. –E. N. Tachiaos, “Controverses entre Grecs et Russes á l’ Athos, en Le Millénaire II, pp. 159-179.
[4] Cf. H. Alivisatos, “L’ état actuel du Mont Athos”, in Le Millénaire II, pp. 293-294.
[5] Cf. Ibid., p. 292.
[6] Cf. Typikón di Jeremías II (1573), en Die Haupturjunden, p. 215.
[7] La mayor parte de los santos athonitas de estos cuatro siglos han vivido en skit.
[8] Cf. Paisios Haghioritis, “I folli atleti in Cristo”, in Voci dal Monte Athos, Milano – Schio 1994 (Colección de vida y teología ortodoxa 2), pp. 285-293; Id., Consigli spirituali, a cargo de L. Martini, Bose 1995 (Testi di spiritualità ortodossa II); “Petit Paterikon athonite contemporain”, en Le Messager orthodoxe 95 (1984), p. 42.
[9] Cf. Macaire de Simonos Pétra, Le Synaxaire II (14 janvier), Thessaloniki 1988, p. 401.
[10] Cf. Paisios Haghioritis, “I folli atleti in Cristo”, pp. 304-307.
[11] Simeone il Nuovo Teologo, Chapitres théologiques, gnostiques et pratiques III, 4, a cargo de J. Darrouzès (SC 51 bis), Paris 1980, p. 81.
[12] El anciano ofrece elementos autobiográficos en sus cartas, sobre todo en la Carta 37. Iero Iosiph, Le Lettere, a cargo del monje Lorenzo, Valleripa-Linaro 1988, p. 208. El congreso organizado por el monasterio de Vatopedi en Atenas (22-24 de octubre de 2004), cuyas actas aparecerán durante el año 2005, ofrecerá una contribución significativa al conocimiento de la vida, de las enseñanzas y de la irradiación del padre José.
[13] La kaliva es una cabaña, provista generalmente de un oratorio, que no posee tierras. Los monjes conducían allí una vida centrada sobre el trabajo manual y sobre la oración. Un conjunto de kalivas, situadas una junto a las otras, forma un skit. Un Kelión es una construcción más grande, comprende varios edificios y una parcela de tierra, que les es concedido por el monasterio a un grupo de al menos tres monjes que viven una vida comunitaria estructurada. Una kathisma, en cambio, es un éramo ubicado en la proximidad de un gran monasterio. Allí vive un monje que quiere seguir un régimen de vida más riguroso.
[14] En el Athos se sigue el horario bizantino, que es calculado a partir del ocaso del sol.              
[15] Un gran número de sus cartas está dirigido a estas monjas.
[16] Los eremitas y los kelliotas athonitas generalmente sustituyeron los oficios litúrgicos con una cierta cantidad de Oración de Jesús, recitada pasando entre sus dedos un rosario de lana, de modo tal de ocupar todo el tiempo que normalmente duraba el oficio cantado.
[17] El Padre Arsenio hacía más de tres mil grandes metanías.
[18] Cf.Ephraim di Kaounakia, “Obbedienza-vita”, in Voci dal Monte Athos, pp. 155-167.
[19] Una colección temática de las enseñanzas del padre Paisios ha sido editada en varios volúmenes por el monasterio de Souroti. En italiano, cf. Voci dal Monte Athos, pp. 253-276.
[20] Cf. Basile Gondikakis, “L’ expérience monastique”, en Contacts 89 (1975), pp. 100-116. Basilio di Iviron, Canto di ingresso. Il mistero dell’ unità nell’ experienza litúrgica della Chiesa ortodossa, a cargo de A. Ranzolin, Milano-Schio 1992. Seis de sus homilías han sido traducidas al italiano en Voci dal Monte Athos, pp. 7-66, 105-153, 217-251. Cf. También: Id., “Ecologia e monachesimo”, en AAVV., Ecologia e fede ortodossa, a cargo de la Comunidad de Bose, Bose 1995 (Textos de espiritualidad ortodoxa 9); Id., La parábola del figlio prodigo, a cargo de A. Ranzolin, Milano-Schio 1993.
[21] Una selección de las enseñanzas del padre Emiliano a su comunidad y a los fieles ha sido editada por el monasterio de Ormylia. Hasta el momento han sido publicados cinco volúmenes en griego y cuatro traducidos al francés. En italiano, cf. Emiliano de Simonos Petras, “Son convertidos, en la noche, en luz”, en Voci dal Monte Athos, pp. 77-104; Id., “Il mosto inebriante della grazia”, ibid., pp. 169-186.
[22] Cf. Giorgio di Grigoriou, “Questa é la porta del cielo”, ibid., pp. 45-65; Id., “Abba, Padre!”, ibid., pp. 187-216. Cf. También: Id., Sulla preghiera del Signore, a cargo de L. Martini, Bose 1995 (Textos de espiritualidad ortodoxa 13); Id., L’ eros del pentimento, a cargo de A. Rigo, Bose 1983 (Textos de espiritualidad ortodoxa 3).
[23] Mesa de distribución de los monjes entre los diversos monasterios, dependencias incluidas, en: G. Speake, Mount Athos, p. 174.
[24] La secularización de la sociedad no constituye una motivación válida para una auténtica vocación monástica, pero es innegable que esta haya jugado un rol notable en el creciente interés de los griego por el monte Athos, donde ellos encuentran su identidad profunda. Para un análisis de los factores que han favorecido la renovación contemporánea, véase Kallistos de Diokleia, “Monks and Wolves”, en Sobornost 5/2 (1983), p. 65; A. Golitzin, The Living Witness of the Holy Mountain, South Canaan 1996, pp. 14-20; G. Speake, Mount Athos, pp. 173-209.
[25] La primera edición griega ha sido publicada por la casa editora de la Iglesia griega (Apostolikì Diakonía), en el 1954.
[26] La primera edición, traducida en griego por el mismo padre Sofronio, ha aparecido en Tesalónica en 1974. Las otras ediciones han sido publicadas por el Patriarchal stavropegic monastery of Saint John the Baptist en Maldon, en Essex, fundado por el padre Sofronio. Es necesario subrayar la importancia doctrinal de las otras obras del padre Sofronio para la comprensión de la espiritualidad monástica. Tr. It.: Archimandrita Sofronio, Silvano del Monte Athos (1866-1938). Vitta, dottrina, scritti, a cargo de la Comunidad de Bose, Torino 1978.
[27] Se trata de dos aspectos subrayados por Kallistos de Diokleia, “Monks and Wolves”, p. 63 y por G. Speake, Mount Athos, p. 208.
[28] Este intento ha sido hecho por Paisij Velickovskij y por sus sucesores, y duró poco en razón de las circunstancias históricas y del formalismo del monaquismo ruso: la regla de la oración personal, en efecto, ha sido incluida en el oficio litúrgico, al menos en algunos monasterios.
[29] Entre los otros estudios, véase E. Morini, “Il movimiento dei “Kollyvadhes”. Relectura de los contextos más significativos en orden al renacimiento espiritual griego-ortodoxo de los siglos XVIII-XIX. En AA.VV., Amor del bello. Studi sulla Filocalia. Atti del Simposio Internazionale sulla Filocalia. Pontificio Collegio Greco, Roma, noviembre 1980, Bose, 1991, pp. 135-177.

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