Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

martes, 10 de julio de 2012

Vida de San Silouan del Monte Athos


Narrada por su discípulo, el archimandrita Sofronio.

San Silouan del Monte Athos


El Espíritu Santo, que santifica y vivifica a la Iglesia en todo tiempo, suscita en cada época algunos santos que serán, algunas generaciones más tarde, los modelos y los intercesores propuestos a los fieles para ayudarlos a seguir a Cristo por el camino de los mandamientos. Sucede pues que a los que se dejan modelar por el Espíritu están siempre adelantados a su época y esto explica el hecho -bastante frecuente- de que la santidad de ellos no sea conocida por parte de los contemporáneos.

Toda la vida del staret Silouan se desarrolló bajo la marca de la atención del soplo del Espíritu Santo y del cumplimiento de los mandamientos. He aquí por qué este simple campesino ruso, convertido en monje de la Santa Montaña del Athos, nos es entregado hoy por la Iglesia como “apostólico y profético maestro”. Si su testimonio ha salvado ya a millares de personas de la desesperación, nadie duda que su intercesión conducirá a otros miles a hacer la experiencia de la misericordia. Es la benevolencia divina, en efecto, la que quiere que sea honrado este su siervo, cuya vida y cuyos escritos dan gloria a Dios y son un ejemplo para los hombres de hoy.


Un simple campesino ruso.

Simeón, el hijo de Ivan Antinov, campesino de la provincia de Tambov, nació en 1866 en la ciudad de Chovsk. La familia es numerosa: además del padre y de la madre esta comprendía cinco hijos y dos hijas. Es una familia simple y profundamente religiosa. El padre es analfabeto, pero una fe profunda ilumina su vida entera. Así hablará de él Silouan:

De mi padre he aprendido a no afligirme por la pérdida de bienes materiales y a confiar siempre en el Señor. Cuando en casa sobrevenía una contrariedad, su corazón no se turbaba. Después de un incendio que le había destruido todo, no se desesperó, sino que repetía con confianza: “El Señor hará que todo vuelva a su lugar”. Una vez pasábamos junto a nuestro campo y yo le dije: “¡Mira, nos roban la cosecha!”. Pero él me respondió: “Hijo mío, el Señor no nos ha hecho faltar nunca el pan. Si aquel hombre roba es porque él lo necesita”. Otra vez le dije: “Tú das siempre limosna, y otros, más ricos que nosotros, dan mucho menos”. Pero él me respondió: “Hijo mío, el Señor nos dará lo necesario”.

Como muchos campesinos de su país le gustaba ofrecer hospitalidad a algunos comerciantes, viajeros, y sobre todo peregrinos que recorrían el inmenso territorio ruso. Así, un día de fiesta, invita a su casa a un vendedor ambulante de libros con la esperanza de aprender algo nuevo. El pequeño Simeón no tenía aún cuatro años, sin embargo siguió la conversación de ellos con atención. El huésped, al cual le habían ofrecido un té y algo de comer, intentó probar que Cristo no era Dios e incluso que Dios no existía. El niño quedó impresionado, especialmente, por estas palabras: “¿Dónde está pues este Dios?”, y pensó: “Cuando sea grande iré a buscar a Dios por toda la tierra”. Después, una vez que el huésped se fue, dijo a su padre: “¡Tú me enseñaste a orar y aquel hombre dice que Dios no existe!” El padre le replicó: “Pensaba que era un hombre inteligente pero veo ahora que es un necio. No hagas caso a lo que dijo”. Pero ya las palabras del comerciante habían sembrado la duda en el corazón del niño.

Pasaron los años y Simeón se vuelve un joven alto y vigoroso. Tiene diecinueve años cuando, de una manera simplísima, encuentra la respuesta a la duda que había permanecido tanto tiempo anidada en su corazón. Estaba trabajando junto con un hermano como carpintero en algunas construcciones de la propiedad del príncipe Troubetzkoy, no lejos del país. La cocinera de la obra vuelve de una peregrinación hecha a la tumba de un célebre asceta y cuenta la vida santa de aquel recluso y los milagros que ha habido en el lugar de su tumba. Sus palabras son confirmadas por algunos ancianos que estaban presentes allí y todos estaban de acuerdo en afirmar que Juan era un santo. Entonces Simeón piensa: “Si es santo significa que Dios está con nosotros y entonces yo no tengo necesidad de recorrer toda la tierra para encontrarlo”. Y por este pensamiento su joven corazón se inflamó de amor a Dios.

Simeón recuperó la fe. Piensa incesantemente en Dios y ora mucho derramando lágrimas. Advierte en sí un cambio interior y se siente atraído por la vida monástica. Pero su padre le niega el permiso de ir al monasterio de las Grutas en Kiev: “Has primero el servicio militar, luego serás libre para ir”. Aquel extraordinario estado espiritual dura tres meses, después de lo cual Simeón vuelve a vivir como todos los otros jóvenes del país: sale con muchachas, toca el acordeón, bebe vodka… Incluso, todo el pueblo admira a este bello joven de carácter amable que siembra alegría alrededor de sí. ¡Está todavía muy lejos de ser un santo!

Simeón se enamora de una muchacha y, antes de que llegara hablar de matrimonio, una tarde sucede entre ellos lo que a menudo sucede. Al día siguiente, en el trabajo, el padre le pregunta con dulzura: “¿Dónde estuviste, hijo mío, ayer a la tarde? Mi corazón estaba afligido”. Aquellas palaras penetraron en el alma de Simeón.

En otra oportunidad, mientras el padre trabajaba en los campos junto con los hijos más grandes, le toca a Simeón preparar la comida. Pero, olvidando que era un viernes, prepara un plato de carne de cerdo. Todos comen sin decir nada. Seis meses después – siendo ya invierno- un día de fiesta el padre, sonriendo con dulzura, le dice: “Hijo mío, ¿te acordás como nos diste de comer carne de cerdo un día que estábamos en el campo? Sin embargo, era un día viernes. Sabes, lo comí como si fuese carroña.” “¿Por qué no me dijiste nada en ese momento?” “No quería herirte, hijo mío”.

Más tarde, siendo ya monje, él reconocerá: “No he llegado a la estatura de mi padre. Era un hombre completamente analfabeto. Aun cuando recitaba el Padrenuestro – lo había aprendido a fuerza de tanto escucharlo en la Iglesia- pronunciaba algunas de sus palabras mal. Pero era un hombre lleno de dulzura y de sabiduría”. Y también: “He aquí un staret como querría tenerlo yo. No se encolerizaba nunca, no tenía nunca altos y bajos, era siempre dulce. Pensad: aguantó seis meses, esperando el momento apto para corregirme sin herirme”.

Ya en esta época él estaba dotado de aquella robustez y de aquella extraordinaria fuerza física que le permitían realizar ciertas ascesis fuera de lo común tanto en su calidad como en su cantidad.

Esta fuerza física, sin embargo, será la causa de su pecado más grave, por el cual hizo una gran penitencia. Es la tarde de la fiesta parroquial del país. Todos los paisanos han salido de sus casas, en un clima de alegría. Simeón paseaba por la calle con un compañero y tocaba el acordeón. Vienen hacia él dos hermanos, los zapateros de la aldea, de los cuales el mayor, un tipo grande, fuerte y pendenciero, está un poco borracho. Llegando hasta donde estaba él, intentó apoderarse de su acordeón, pero Simeón se lo pasa a su amigo e invita al zapatero a “continuar su camino”. Y estos, queriendo sin duda quedar como los más fuertes ante toda la aldea (en efecto las muchachas ya comenzaban a reírse) avanzan hacia Simeón con un tono amenazador.  Simeón era propenso a ceder, pero en ese momento tuvo vergüenza que las muchachas se burlaran de él y golpeó en el pecho con violencia a su rival. El zapatero arrojado lejos, cayó pesadamente sobre la espalda en medio de la calle. Sangre y baba salían por su boca. Todos asustados, sobre todo Simeón que pensaba: “¡Lo maté!” Y quedó allí inmóvil. El hermano del herido recogió una piedra grande y se la lanzó con fuerza, Simeón se da vuelta rápidamente y la piedra le golpea la espalda. Entonces se vuelve y le dice: “¿Qué buscás? ¿Querés también vos tu parte?” y se dirigió hacia él, pero huyó. La gente acude y cuida del herido que permanecía tirado sobre la calle. Después de media hora logra levantarse y, con trabajo, es llevado a su casa. Allí quedó por dos meses, pero afortunadamente quedó con vida. En cuanto a Simeón, debió estar por mucho tiempo en guardia, porque los hermanos y los amigos del zapatero lo esperaban en los caminos, por la tarde, armados de palos y cuchillos. Pero, él dirá, “Dios no me ha abandonado”.

Como a menudo sucede, la primera llamada de Dios a la vida monástica se debilitó en el alma de Simeón. El Señor entonces lo llama de nuevo mediante una visión. Después de un cierto período transcurrido en la impureza, mientras permanecía adormilado con un sueño ligero ve una serpiente introduciéndosele por la boca y entrando en su cuerpo. Se despertó por la gran repugnancia que sintió y rápidamente oyó una voz extraordinariamente bella y dulce: “has tragado una serpiente en un sueño y esto te repugna; del mismo modo, tampoco a mí me gusta ver lo que tú haces”. Fuertemente sacudido, Simeón tiene la profunda convicción de que aquella voz es la de la santa Virgen. Hasta el final de su vida él dará gracias a la Madre de Dios por haberse dignado visitarlo y levantarlo de su caída. “Ahora he visto cuánto el Señor y la Madre de Dios tienen piedad por los hombres”.

Esta segunda llamada, acaecida poco antes del inicio del servicio militar, tuvo una importancia decisiva en la elección del camino que él iba a emprender. Su vida, que había tomado un mal rumbo, tiene en este momento un cambio radical. Simeón prueba una profunda vergüenza por su pasado e inicia un camino de arrepentimiento lleno de ardor. Un sentido agudo del pecado se revela en él. Cambian también sus relaciones y sus conversaciones con los otros. Un día de fiesta pregunta a un hombre que estaba bailando y tocando el acordeón: “¿Pero cómo puedes, Esteban, tocar y bailar, cuando has matado a un hombre?” (Esto había sucedido durante una pelea entre borrachos). Aquel hombre llevó a Simeón aparte y le dijo: “Cuando estaba en prisión oré mucho a Dios para que me perdonase. Y un día, el lecho sobre el cual estaba de rodillas, con la cabeza hundida en la almohada, comenzó a temblar y mi corazón sintió una gran alegría. Entendí entonces que Dios me había perdonado. Es por esto que ahora toco con el alma es paz”. Y Simeón, que no mucho tiempo antes estuvo a punto de matar a un hombre, entendió que se puede pedir a Dios el perdón de los pecados. Y entendió también la paz del alma de aquel que había sido perdonado.

En otra oportunidad, gracias a su persuasión, logró convencer a un joven, que no pensaba para nada en casarse con una muchacha que había dejado embarazada. Y, ¿por qué entonces él no se casó con la muchacha que había amado (pero que no quedó en cinta)? Su respuesta fue que él suplicó intensamente a Dios para que le permitiera realizar con el alma en paz su deseo de vida monástica. Y he aquí que mientras que Simeón estuvo haciendo el servicio militar, un comerciante de semillas se enamoró de la bella joven y se casó con ella. Simeón agradeció a Dios con fervor por haber escuchado su oración y no olvidará jamás su propio error.

Simeón es asignado al batallón de la guardia imperial. Es un soldado concienzudo, de carácter dulce, irreprensible en la conducta, muy estimado por todos. En este tiempo su fe aumenta: él cultiva el arrepentimiento y custodia incesantemente el recuerdo de Dios en toda circunstancia. Un día –en la vigilia de una fiesta- él se encuentra en la ciudad junto con tres compañeros, en un gran restaurante popular lleno de luces y música. Los otros comen, beben, conversan alegremente, pero Simeón está callado. Uno de ellos le pregunta: “¿En qué pensás?” “Pienso que en este momento nosotros estamos cómodamente sentados aquí, en este restaurante, y comemos, bebemos vodka, escuchamos música y nos divertimos, mientras que a esta hora en el Monte Athos se celebran las vigilias y los monjes oran toda la noche. Y bien, ¿quién de nosotros, en el juicio final, dará una mejor respuesta, ellos o nosotros?” Entonces el otro dice: “¡Qué tipo este Simeón! Estamos aquí escuchando música y divirtiéndonos, y él está con la mente en el Monte Athos y pensando en el juicio final…” Las palabras de aquel soldado pueden dar una idea de lo que ha sido el período del servicio militar para Simeón. Verdaderamente él piensa mucho en la Santa Montaña.

En esta época muestra ya una gran sabiduría y él sabe dar consejos a los propios compañeros. Ha comprendido en efecto, que la condición indispensable para la paz entre los hombres es el reconocimiento, por parte de cada uno, de sus propias faltas.

Cuando está por terminar el servicio militar, va junto con el secretario de su compañía a ver al Padre Juan de Kronstadt para pedirle que rezara por él y su bendición. Ya había tenido oportunidad de ver al santo arcipreste durante la divina liturgia: quedó fuertemente impresionado por el poder de su oración y su modo de celebrar. Escribirá sobre él: “Su aspecto era el de un hombre corriente, pero la gracia divina confería a su rostro un esplendor semejante al de un ángel y uno no podía dejar de mirarlo”. Cuando el padre Juan sale de la iglesia, la multitud se amontona alrededor de él y cada uno quiere recibir su bendición. “Incluso en semejante gentío su alma permanecía incesantemente en Dios. Incluso en medio de semejante multitud, su atención no conocía la dispersión… porque él amaba a los hombres y no cesaba de orar por ellos.”

Pero aquel día ellos no encontraron al padre Juan. Y mientras el secretario le escribe una larga carta con un estilo elegante, Simeón le deja solo estas pocas palabras: “Padre, quiero ser monje. Ore para que el mundo no me retenga.”

A partir de aquel día desde el cual el padre Juan oró por él, “las llamas del infierno no cesaban de crepitar” alrededor de Simeón, donde sea que él estuviera, y de modo particular en la iglesia.

Terminado el servicio militar, él realiza su deseo y en otoño de 1892 llega al Monte Athos.


Al Monte Athos en las huellas de Cristo

La Santa Montaña (Aghion Oros) es la más oriental de las tres extremidades que forman la península calcídica, al norte de Grecia. Tiene de largo 45 kilómetros y de ancho entre 8 y 12 km, la península culmina con el monte Athos a 2033 metros. Desde hace más de mil años este es el “jardín de la Madre de Dios”, el santuario del monaquismo, la fortaleza de la ortodoxia.

Ha sido desbastada, saqueada, conquistada repetidas veces. La vida monástica ha conocido altos y bajos, pero, siempre, la tradición se ha mantenido. Simeón entra en un momento de gran esplendor. Los monjes provenían de todas las naciones ortodoxas y son muchos millares repartidos en los veinte grandes monasterios y en las centenares de sus dependencias, skits, kalivas, celdas, grutas… Hay un florecer de todas las formas de la vida monástica. San Panteléimon, el monasterio de los rusos (o Rossikon) que recibe a Simeón, es una comunidad cenobítica que cuenta en aquel momento con dos mil monjes sobre una población de cerca de nueve mil personas: muchos obreros e innumerables peregrinos que vienen incesantemente de Rusia después de haberse embarcado a Odesa.

En seguida, después de su llegada, el joven postulante hace algunos días de retiro, con el fin de recordar todos los pecados cometidos, anotarlos y confesarlos. Le quema en el alma un ardiente arrepentimiento: hace una confesión sincera, sin ninguna intención de autojustificación. El padre confesor le dice: “Has confesado tus pecados delante de Dios. Sabed que se te han perdonados todos… Inicia, desde este momento, una nueva vida… Ve en paz y mantén la alegría, porque el Señor te ha conducido a este lugar de salvación.”

Su alma simple y confiada se abandona a la alegría, pero la tensión interior termina por disminuirse. Le asaltan entonces tentaciones de la carne y con ellas pensamientos que le sugieren volver al mundo y casarse. Habiendo así perdido pronto el impulso inicial, siente un gran temor, experimenta en sí todo el poder del pecado que lo aleja de Dios, incluso en aquel lugar santificado donde pensaba haber alcanzado el puerto de salvación. ¡También allí nos podemos perder! Él manifiesta entonces un gran arrepentimiento y, a pesar de lo inexperto que era en ese momento, emprende una dura lucha ascética.

Es asignado al molino. Todo el día trabajaba con energía transportando sacos de harina y en la noche permanecía en oración, esforzándose en dormir lo menos posible.

La vida sobre la Santa Montaña es muy distinta a la del mundo. Muy poco ha cambiado en miles de años de historia y Simeón se sumerge poco a poco en aquella tradición plurisecular. Es el ritmo mismo de la vida que forma a los postulantes: oración solitaria en la celda; largos oficios en la iglesia;  ayunos y vigilias; confesiones frecuentes y comuniones; lectura, trabajo, obediencia. Las instrucciones del higúmeno y de los padres se limitan a breves consejos sobre lo que conviene hacer en una situación concreta.

Simeón descubre con asombro la oración de Jesús. La invocación repetida, con el auxilio de un rosario, del Nombre santo: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador” no sólo constituye la esencia de la oración en la celda sino que puede ser recitada siempre y en cualquier lugar e, incluso, sustituir al oficio. Si, por motivos de trabajo,  no es posible ir a la iglesia, sobre todo a la hora de las vísperas, entonces, por todo lo que dure el oficio, un hermano la dice en voz alta para cuantos trabajan en el mismo lugar y esta toma el lugar del oficio divino.

Desde el fondo de su alma sumergida en la tristeza, en el fuego cruzado de las tentaciones y de las ilusiones, Simeón eleva esta oración con ardor, lanzándola con fuerzas hacia Aquel que puede salvarlo. Han transcurrido apenas tres semanas cuando, una tarde, mientras está en oración ante un ícono de la Madre de Dios, la oración irrumpe imprevistamente en su corazón y se convierte en una fuente que mana, día y noche. Ciertamente, en su inexperiencia no comprende entonces la singularidad del don recibido de la Madre de Dios, don que tantos ascetas obtienen solamente después de años y años de lucha. Es este don de la oración del corazón que permite llegar a la oración pura, a la oración espiritual.

Muy pronto, Simeón es tomado por los pensamientos de la vanidad, de la duda sobre la propia salvación y la angustia se insinúa en su corazón. Entonces comienzan a aparecérsele los demonios, que por momentos lo exaltan y por otros lo precipitan al abismo. Y él les habla con ingenuidad, como se habla a los hombres. Y de uno de ellos escucha como le responde: “Nosotros no decimos nunca la verdad”.

Pasan los meses. Él continúa en la lucha, pero las fuerzas psicológicas comienzan a faltarle y el coraje le abandona. Cada vez más a menudo su alma es invadida por el horror y por la desesperación. ¿Cómo resistir a todos aquellos  asaltos con las simples fuerzas humanas? Y el hermano Simeón se derrumba.


Aparición de Cristo viviente.

Simeón está en la celda, al final de la tarde, antes de vísperas. Piensa: “Dios es inexorable y no se lo puede conmover”. Y prueba una sensación de absoluto abandono: su alma se hunde en las tinieblas de una angustia infernal. Pasa cerca de una hora en ese estado. Y he aquí que, en respuesta a la desesperación del joven novicio, el Señor se le aparece [1].

Aquel mismo día, durante las vísperas en la capilla del profeta Elías, a la derecha de las puertas reales, allí donde se encuentra el ícono del Salvador, Simeón ve a Cristo viviente, y todo su ser, incluso el cuerpo, se encuentra lleno del fuego de la gracia del Espíritu Santo. Una gran luz entonces lo ilumina. Él es como arrancado de este mundo y su espíritu es raptado al cielo, donde oye palabas inefables. En aquel momento se da en él como un nuevo nacimiento de lo alto (cf. Juan 1, 13; 3, 3). La mirada dulce de Cristo lo envuelve de una alegría radiante, del Cristo que es bondad infinita y todo lo perdona y atrae a sí el ser entero de Simeón. Él se siente extenuado: no podría sostener mucho tiempo esa mirada sin morir. Y el Señor desaparece. La visión cesa, pero el espíritu es transportado por la dulzura del amor divino a una contemplación de la divinidad que trasciende toda imaginación de este mundo.

Y luego de haber conocido la alegría de la resurrección y una felicidad toda pascual, Simeón siente desaparecer la acción perceptible de la gracia. La paz y la alegría ceden el paso a la perplejidad y al temor de haber perdido el don recibido. Él ignora aún que a veces la gracia se retira para que el alma languidezca de deseo por su Señor. Asaltado por una incerteza angustiante, pide consejo a un staret, el padre Anatolio. Y el anciano asceta, que ha llegado a conocer la misericordia de Dios solo después de cuarenta y cinco años de vida monástica, no consigue esconder su propio asombro: “Si eres ahora así ¿qué llegarás a ser en la ancianidad?”. ¡Nunca un asceta debería dirigir una alabanza a un hermano! Por sus palabras, el hermano Simeón, quedó obligado a luchar contra la vanidad. Y es una lucha fatigosa, compleja y sutil.

Cuando sobreviene la vanidad, la gracia se retira, el corazón se enfría, la oración decae, el espíritu se dispersa y el alma sufre el asalto de los pensamientos pasionales. El alma de Simeón está en la angustia y lucha por aferrar al Inefable. Cuando la luz reaparece es por poco tiempo. Tienen así inicio quince años de alternancia entre gracia y abandono. Mientras tanto él hace la profesión y recibe el hábito monástico y el nombre de Silouan. Toda palabra es inadecuada para describir la lucha que el nuevo monje debe sostener por noches enteras durante todos estos años. Escribirá: “Si el Señor no me hubiese hecho conocer desde el inicio el amor con el que él ama a los hombres, no habría soportado ni siquiera una sola de aquellas noches. ¡Y he tenido muchas!.”


“¡Mantén tu espíritu en los infiernos y no desesperes!”

Hacia el año 1906, en el transcurso de una de aquellas noches terribles, no es capaz, a pesar de sus fuerzas, de llegar a la oración pura. Se levanta para hacer algunas postraciones y en ese momento el inmenso perfil de un demonio se pone delante del ícono y espera que Silouan se incline ante él. Silouan se sienta de nuevo, agacha la cabeza, con el corazón adolorido, y hace esta oración: “Señor, ves que los demonios me impiden orar con un espíritu puro. Inspírame lo que debo hacer para que los demonios me dejen en paz”. Y en el alma el Señor le respondió: “Las almas orgullosas sufren siempre a causa de los demonios”. “Señor, enséñame qué debo hacer para que mi alma se vuelva humilde”. Y nuevamente en su corazón, recibe esta respuesta: “¡Mantén tu espíritu en los infiernos y no desesperes!” E inmediatamente comienza a poner en práctica aquella palabra. Encuentra la paz y el Espíritu le testimonia su salvación. [2]

Hemos llegado aquí al corazón de la enseñanza que Dios, a través de san Silouan, comunica a los hombres de nuestro tiempo caracterizado por un generalizado sentimiento de desesperación y de oprimente angustia. Esta palabra de Cristo recibida por un monje del Athos al inicio de este siglo ha salvado de la desesperación ya a millares de personas y no hay duda de que todavía salvará a otros millares más. Desde aquel momento ha sido un mensaje de amor que se nos ha entregado a todos nosotros.

El amor de Dios, el amor por los hombres, el amor por toda la creación, impulsa a Silouan a ir anotando de a poco lo que vive y experimenta, testimoniando así la acción del Espíritu dentro de sí. Este monje casi analfabeta, que fue a la escuela solo dos inviernos, escribe con palabras simplísimas algunos breves textos de una belleza impresionante. Los temas por él tratados no son muy variados, pero son esenciales: Dios y todas las realidades celestiales no pueden ser conocidas si no a través del Espíritu Santo; el Señor tiene un inmenso amor por el hombre y podemos conocerlo en el Espíritu Santo; el Espíritu Santo es espíritu de humildad, de paz y de unificación interior; el Espíritu Santo es el espíritu de compasión y de amor por los enemigos. Los muchos años de lucha espiritual junto a las repetidas efusiones del Espíritu Santo lo llevan a volverse un auténtico “teólogo”: su ser hombre de oración que dialoga con Dios lo hace capaz de hablar de Dios, así lo poco que dice y escribe penetra en los corazones y regenera el alma.

Desde ahora en adelante, Silouan concentra todas las fuerzas del alma en adquirir la humildad de Cristo y se derrama en incesantes oraciones por la salvación de los hombres. Afirma: “Mi alma conoce la misericordia del Señor por el hombre pecador… Todos nosotros, pecadores, seremos salvados y ni una sola alma quedará perdida, si se convierte”.

Pero, ¿cómo puede un monje, aislado del mundo sobre aquella Santa montaña, tener en su propia oración la preocupación por la salvación de todos los hombres? Algunos monjes de su monasterio sostenían en ese momento –como tantos religiosos de hoy- que era necesaria la lectura de los diarios, porque con ella alimentan su oración por los hombres. Silouan les responde a ellos que él no leía jamás los diarios, “porque ellos ofuscan al espíritu y se convierten en un obstáculo para la oración pura”. A quienes buscan “intenciones de oración” él les responde que los diarios no informan sobre los hombres, sino sobre sus acciones, y que una sola cosa es necesaria a todos los hombres. Y ora ardiente y largamente cada día, con lágrimas: “Te suplico, Señor misericordioso, has que todos los pueblos de la tierra te conozcan a través de tu santo Espíritu.”


Orar por los hombres significa derramar la propia sangre

Sin embargo, la vida de Silvano es una vida de un monje en apariencia absolutamente ordinaria. Una vida escondida.

Hagamos un paso hacia atrás para ver cómo su vida aparecía a los ojos de cuantos vivían  a su lado. Después de que le asignaron como tarea el molino, fue enviado a Kalamareia, una dependencia del monasterio, fuera del Athos. Se trata de una finca agrícola. El trabajo al aire libre le da hambre y Silouan comienza a comer bastante. Y dos horas después es capaz de comer de nuevo la misma cantidad. Esta situación le preocupa: entiende que es una tentación. “Nosotros los monjes –afirma- debemos secar nuestros cuerpos… Un cuerpo saciado es un obstáculo para la oración pura y el Espíritu divino no viene cuando el vientre está lleno. Es necesario, sin embargo, saber ayunar con discreción, para no debilitarse antes de tiempo y ser capaz de realizar el encargo recibido.”

Afortunadamente, pronto es vuelto a llamar al monasterio, donde el higúmeno le confía la tarea de ecónomo encargado de la construcción. Si se exceptúa el tiempo de un año y medio que pasó en el desierto, de lo cual hablaremos un poco más adelante, realizará esta tarea hasta su muerte.

Al retirarse a su celda, comienza a orar: “Señor, tú me confías el cuidado de nuestro gran monasterio: ayúdame a realizar bien esta tarea.” Y en su alma recibe esta respuesta: “Acuérdate de la gracia del Espíritu Santo y esfuérzate en adquirirla.” A partir de este momento vigila custodiar la gracia y pone atención en que la oración no sufra ninguna interrupción. Tiene a su cuidado hasta doscientos obreros. Cada mañana recorre la obra y da las instrucciones generales a los maestros de obra. Luego se retira a su celda y llora por el “pueblo de Dios”. Le duele el corazón por todos aquellos obreros obligados por la miseria a dejar a sus padres, a sus familias, a sus países, para ganar un poco de dinero. Por esto, nunca se enoja con ellos, no los agobia, como lo hacen otros ecónomos, que “cuidan los intereses del monasterio”. Para él el verdadero interés del monasterio está en la observancia de los mandamientos de Cristo. Y con su actitud y con su oración termina por conquistar el amor de aquella pobre gente, a la cual les da libertad y responsabilidad.

Repite: “El Señor ama a todos los hombre y tiene piedad de ellos”. Lleno del Espíritu de Cristo tiene para con todos un amor de compasión. Él vive el sufrimiento de los hombres del mundo entero y su oración no tiene fin. Está dispuesto a derramar la propia sangre por la paz y la salvación de los hombres. Y realmente la derrama en la oración. Su vida es un verdadero martirio. Testimonia el amor de Dios por la humanidad, tiene el corazón herido y con toda verdad puede escribir: “Orar por los hombres significa derramar la propia sangre”.

Es tentado en ese tiempo con el deseo de vivir en el desierto. Le pide con insistencia al higúmeno, y él le permite, retirarse al Viejo Rossikon, entre los eminentes ascetas que viven allí, en la más grande austeridad, para dedicarse enteramente a la oración. Pero después de un año y medio debe retomar su tarea de ecónomo. Reconoce que en el haberse retirado al desierto ha obrado según su propia voluntad. Y Dios –dice él- le ha castigado: viviendo en una cabaña aislada, en las más grandes austeridades, ha sufrido el frío y hasta el final de su vida sufrirá de continuas migrañas.


Los perfectos dicen únicamente lo que el Espíritu les dice.

Es durante aquella temporada que se encuentra un célebre asceta del Cáucaso, el Padre Estratónico. Por ser un hombre espiritual y experimentado, lleno de discernimiento, el Padre Estratónico fue de grandísima ayuda para los monjes de su país. Y todos los ascetas de la Santa Montaña lo recibieron con afecto. Su palabra inspirada deja una impresión profunda. Como también su discernimiento, su enorme experiencia y el don de la verdadera oración. Pero después de dos meses comienza a apenarse, piensa que ha emprendido en vano una peregrinación tan larga y cansadora ya que sus encuentros con los monjes del Athos no le habían enseñado nada nuevo. Un día de fiesta el padre Dositeo lo invita, junto con otros monjes, a la propia celda, cerca del Viejo Rossikon. También Silouan se encuentra allí. Es el más joven de todos y se mantiene callado en una esquina de la celda, atento a las palabras del asceta del Caucaso. En ese encuentro, padre Estratónico le expresa el deseo de ir a visitarlo a su celda al día siguiente. Toda la noche el padre Silouan ora intensamente para que el Señor bendiga el encuentro y la conversación de ambos.

Silouan notó que el día anterior el padre Estratónico había hablado según “la propia inteligencia” y que a su discurso sobre el encuentro entre la voluntad humana y la voluntad divina le faltó claridad. Le hace, entonces, tres preguntas al padre Estratónico: “¿Cómo hablan los perfectos? ¿Qué significa abandonarse a la voluntad de Dios? ¿En qué consiste la obediencia?” Estratónico se da cuenta inmediatamente de la importancia y de la profundidad de aquellas preguntas. Después de un momento de reflexión y silencio le responde: “No lo sé… Dímelo tú”. Y Silouan le dice: “No dicen nada por sí mismos… Dicen únicamente lo que el Espíritu les dice a ellos”. Y en aquel mismo instante, gracias a la oración de Silouan, el padre Estratónico experimenta el estado del cual hablaba Silouan. Toma conciencia de las propias lagunas en el pasado y se da cuenta de estar aún muy lejos de la perfección. Después el entiende fácilmente el sentido de las otras dos preguntas. Hablan también de la oración y las palabras de Silouan le revelan un estado que él aún no había conocido. Más tarde, después de haber hecho por la gracia la experiencia, lo confirmará. Desde aquel momento, cuando lo interrogan, el padre Estratónico se abstiene a veces de responder a las preguntas de los otros padres y les dice: “Tienen al Silouan: es a él a quien deben preguntar”. Y el asombro de ellos era grande. Ellos querían mucho a Silouan, pero no se habían hecho de él jamás una opinión tan elevada como para pensar en pedirle un consejo. ¡Imagínense! Es un campesino, un ignorante…


Una humildad particular.

En realidad Silouan cultiva especialmente la humildad y busca más allá de toda otra cosa la humildad de Cristo. En respuesta a la palabra del Señor –que no deja de poner en práctica-: “Mantén tu espíritu en los infiernos y no desesperes”, él puede decir: “Es por el Señor que mi alma ha aprendido la humildad… Ninguna palabra sería capaz de describir cuán bueno es el Señor”.

No contradice jamás a nadie. Nunca juzga. Si se le oponen, si ve que no le entienden lo que quiso decir, sufre en silencio. ¿Es criticado algún padre delante de él? Él lo defiende y trae la paz. Posee la verdadera libertad de quien permanece constantemente en Dios. Ciertamente, algunos padres se inquietan por la libertad con que él habla de Dios como de su Padre misericordioso. También sucede que algunos tienen en su corazón sentimientos de envidia por la santidad de Silouan. La rectitud de los perfectos da fastidio a los negligentes y, en efecto, su sobriedad en todas las cosas puede generar una mala conciencia en aquellos que no practican su abstinencia.

El criterio que Silouan usa para discernir la bondad de una acción es de una franca simplicidad: “¡Toda acción que no puede ser precedida por una oración es mejor no hacerla!”

En verdad, Silouan no dice nada que no haya primero experimentado él mismo. Ha leído las obras de los padres, ciertamente, pero, lo que es mayor aun, las vive: busca la humildad; avanza en la obediencia; renuncia a la propia voluntad para cumplir la voluntad de Dios; se sumerge en la belleza y en la solidez del oficio divino; custodio el corazón y los pensamientos; practica incesantemente la oración de Jesús; es dócil a la acción del Espíritu Santo. Son numerosos por lo demás –en el tiempo de Silouan como en nuestros días- los monjes que renuevan los ejemplos de los padres. Un día un teólogo católico quedó asombrado por el hecho de que los monjes de San Panteléimon leyeran a Juan Clímaco, abba Doroteo, Teodoro Estudita, Efrén el Sirio, Simón el Nuevo Teólogo, Gregorio Sinaíta, Máximo el Confesor y todos los otros padres de la Filocalia, porque, dice, “¡entre nosotros son sólo los profesores quienes los leen!”. Y el padre Silouan agrega: “no sólo nuestros monjes leen esos libros, sino que podrían ellos mismos escribir libros semejantes… Si por un motivo o por otro esos libros se perdieran, entonces los monjes los escribirían de nuevo”. Tal es la profundidad de la experiencia ellos por el Espíritu Santo que los ilumina.


Un hombre de gran amor.

Hacia 1905, él es llamado desde Rusia como soldado de la guardia imperial. Es el tiempo en que Rusia y Japón estaban en guerra. Pero, por ser monje, no es enviado al frente de batalla. Por un tiempo vive en su pueblo, en una cabaña que la familia le ha permitido construir en los campos. Hace también algunos viajes para visitar a distintos monasterios. Vive este período de forzado “exilio” como preciosa ocasión para manifestar su solidaridad con todos los hombres y para alimentar su intercesión por todas las creaturas.

El amor por el prójimo en Siluoan se dilata hacia la humanidad entera. Él cumple en esto el precepto evangélico: “Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos” (Mt 5, 44). Según él, quien no ama a los enemigos no ha conocido aún a Dios en el Espíritu Santo. Por esto, en toda circunstancia, él manifiesta compasión por los hombres: ora por lo vivos, por los difuntos y también por aquellos que aún no han nacido. Es de una caridad llena de delicadeza. Intercede, y Dios escucha su oración. Algunas veces suceden también milagros. Es la propia experiencia la que él cuenta, pero lo hace con humildad, como si se tratase de otro asceta.

En una noche de densa oscuridad, una tempestad sacude los barcos de pesca en el puerto. Los hombres están tomados por el pánico y no saben qué hacer. Silouan siente una gran pena por ellos y ruega: “Señor, aplaca la tempestad, calma las olas. Ten piedad de tu pueblo que sufre y sálvalo”. La tempestad paró, el mar se calmó y los hombres dan gracias a Dios. Y Silouan testimonia: “En un tiempo pensaba que el Señor realizaba milagros solamente en respuesta a las oraciones de los santos, pero ahora he entendido que el Señor obra milagros también por el pecador, en cuanto su alma se humilla. Muchos, por inexperiencia, dicen que tal santo ha hecho un milagro, pero yo he comprendido que es el Espíritu Santo que habita en el hombre el que obra los milagros.”

Pasan los años. Después de la primera guerra mundial las autoridades griegas cierran el acceso al Monte Athos a los rusos de la Unión Soviética y por este motivo el monasterio de San Panteléimon ve disminuir el flujo de vocaciones monásticas. Mueren entre treinta y cuarenta monjes por año, es así que en los inicios de los años treinta no son más de seiscientos. Pero la vida común continúa y con ella los oficios y la oración. En aquel período se desarrollan –discretamente- aún más los numerosos carismas del monje de gran hábito Silouan a favor de cuantos se dirigen a él, incluso por cartas: profecía, discernimiento, clarividencia, curación. Y es sobre todo su inmensa caridad la que envuelve a todos aquellos que van hacia él. Ciertamente, incluso entre sus hermanos monjes hay algunos que continúan ignorándolo. Pero entre sus visitantes y entre aquellos con quien se escribe se cuentan teólogos, archimandritas, monjes de otros monasterios (sobre todo serbios de Chilandari y del skit de San Sabas), y también obispos. Muchos darán testimonio después de su serena muerte sucedida en la enfermería del monasterio, durante la mañana, del 24 de septiembre de 1938.

Algunos días antes, cuando era evidente que estaba sufriendo pero se negaba a ir todavía a la enfermería, su discípulo le pregunta si está cercano a la muerte y él le responde: “No he todavía alcanzado la humildad”. Luego es llevado a una habitación de la enfermería a solas. Cada día recibe la comunión, ya que tal es la costumbre del monasterio para los enfermos graves. En todo este tiempo el permanece en silencio. La tarde del 23 de septiembre, su confesor, el Padre Sergio, le lee el “Canon de la Madre de Dios”, oración de intercesión por la partida del alma, llamada también “oración de los agonizantes”; cuando termina, Silouan agradece en voz baja. Hacia la medianoche pregunta al padre enfermero: “¿Se está celebrando las maitines?” “Sí. ¿Tenéis necesidad de algo?” “No, gracias; no tengo necesidad de nada”. Este simple diálogo y el hecho de que él oye los maitines –apenas perceptible desde el lugar donde él se encuentra- muestran su serenidad y la plena posesión de sus facultades. El enfermero vuelve al final de los maitines y queda muy asombrado al encontrarlo ya muerto. Silouan será sepultado ese mismo día, a las cuatro de la tarde.

El obispo Nicolás Velimirovic –que ha dado inicio al gran movimiento de renovación espiritual en el interior de la iglesia ortodoxa serbia en este nuestro siglo- en su revista misionera escribe una necrología que se titula: “Un hombre de gran amor”. Así escribía: “De este monje maravilloso se puede decir una sola cosa: era un alma llena de dulzura. Y no soy yo solo el que ha experimentado aquella dulzura: cada peregrino del Monte Athos que estuvo con él probó la misma sensación. Silouan era un hombre fuerte, alto de estatura; tenía una gran barba negra y, a primera vista, su aspecto exterior no lo hacía particularmente atrayente a quienes lo conocían. Pero bastaba una solo conversación para amar a ese hombre… Hablaba del inmenso amor de Dios por los hombres y inducía a los pecadores a juzgarse a sí mismo con severidad… Aquel asceta admirable era un monje simple, pero lleno de amor a Dios y al prójimo. De todas las partes de la Santa Montaña acudían a él monjes en gran número para recibir sus consejos… Todos han sido dolorosamente golpeados por su partida. Por mucho tiempo se recordarán el amor del Padre Silouan y sus sabios consejos. También para mí, el padre Silouan, ha sido de grandísima ayuda espiritual. Sentía claramente cuánto su oración me fortificaba. Cada vez que iba a la Santa Montaña, me apresuraba a visitarlo… El libro de su vida está todo adornado con las perlas de su sabiduría y con el oro de su amor. Es un libro inmenso e incorruptible.”

Silouan estaba totalmente tomado por la visión de la divinidad de Cristo y por la “dulzura” del Espíritu Santo, y dejaba transparentar a esta visión en su propia vida. El Espíritu Santo lo hizo verdaderamente semejante a Cristo, al cual le había concedido verlo. De esta semejanza él hablaba muy a menudo, citando al gran apóstol del amor: “Seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es” (1 Juan 3,2).

Archimandrita Sofronio


Silvano dell’ Athos
Non disperare!
Scritti inediti e vita
1994. Ed. Qiqajon.
Comunidad de Bose
Págs. 13-42.

Publicado por esicasmo.it


[1] Se puede leer lo que el mismo Silouan escribió sobre este suceso en “He visto al Señor viviente”.

[2] Se puede leer lo que el mismo Silouan escribió sobre este suceso en “¡No desesperar!"

No hay comentarios:

Publicar un comentario