Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

martes, 14 de agosto de 2012

Cartas para persuadir a la práctica de la oración interior - Cartas VI - VIII


Arsenio Troepolskij


 Carta VI

Para animarte a la oración y convencerte en todos los modos:

1. En pensamiento angustioso de ser indigno de invocar el nombre de Jesucristo es una tentación del enemigo para desanimarte, éste es algo peor que cualquier pecado.

2. Para la oración más que para cualquier otra cosa es necesario el deseo y el sereno  abandono a la voluntad de Dios, el cual no mira tanto las obras, cuanto la intención.

3. Cualquier impulso a orar es una acción del Espíritu santo y en el nombre de Jesucristo sobreabunda la santidad que actúa por sí sola.

4. El recuerdo de casos excepcionales infunde confianza, como, por ejemplo, el del hierodiácono mencionado en el Paterikon [1], que cada día iba a la ciudad y cuando regresaba oraba; o del monje que en la tentación invocaba el nombre de Jesucristo: es el milagro de la alegría inesperada y de la victoria sobre la caída. Estos son hechos que testimonian el amor de Dios, la fuerza de la oración y la audacia de la invocación del nombre de Dios, y que al mismo tiempo destruyen la timidez y la reticencia inducidas por los enemigos, y demuestran que ninguna oración, ni siquiera la distraída, queda sin fruto.

5. El deseo de obtener cosas buenas por la oración es totalmente natural para quien ora: “danos hoy nuestro pan cotidiano”, “líbranos del mal”, etcétera.. Los discípulos de Cristo oraban en la esperanza, en el deseo de la gracia y todo esto lo demuestra.

6. Reflexiona atentamente lo siguiente: ¿quién debe sobre todo pedir clemencia sino el criminal?

7. Por lo tanto, recuerda las cosas extraordinarias que te han sucedido después de invocar el nombre de Jesucristo en tu vida (30) [2].

8. Finalmente, disponiéndote a invocar el nombre de Dios, medita: 1) cuán necesario es buscar  la quietud; 2) cuán grande, santo y terrible es el nombre de Dios; 3) cómo su amor no tiene límites; 4) cómo no tienen límites su omnisciencia y omnipresencia; 5) cuál es la fuerza de la gracia de su Nombre; 6) y ¡cuántos por él han inmediatamente vueltos a nacer!

En Odesa, 15 de octubre de 1851. Por la mañana.


Carta VII

¿Todavía no te has convencido del poder, de la consolación y de la utilidad de la incesante oración interior?

¿Te has olvidado tan fácilmente? ¿Tan rápidamente se han borrado de tu memoria los episodios sorprendentes, en cuyo tiempo tú eras conscientemente imbatido y que te habían firmemente persuadido de que “el Señor está cerca  de todos los que lo invocan” (Salmo 144, 18)? Te habían hecho comprender la autosusbtancial santidad divina y el poder del nombre de Jesucristo, y experimentar junto a él la gracia que se consigue por su invocación. Recuerda y reflexiona: aquella vez que tú, cuando vivías en pustyn’, te sentaste en el refectorio y sin intención alguna comenzaste a realizar la oración de Jesús, ¡cómo rápida e improvisadamente advertiste descender sobre ti el espíritu de oración, compunción, delicia y amor!

Como, mientas caminabas orando en un bosque solitario, tú fuiste extasiado contemplando  la abundancia de la naturaleza y recibiste la luz en la inteligencia.

Como, yendo a una reunión, temblando por la posibilidad de encontrarte con tus enemigos, que deseaban descargar sobre ti toda su ira,  tú, armándote con la invocación del nombre de Jesucristo, cuando los encontraste eran como corderos.

Cómo, después de haber perdido la esperanza de encontrar y recibir (p.a.) [3], tú recurriste a la oración de Jesús y después de haber recitado sólo cien invocaciones, inesperadamente recibiste aquello que esperabas, encontrando la paz.

Cómo tú esperaste en la melancolía y en la indecisión a B.P. y P. D. [4] y sólo después de un rosario [5] de la oración de Jesús has sido generosamente escuchado. Cómo muchas veces, buscando consolación, tú te has puesto a invocar el nombre de Jesucristo en Odesa y como siempre recibiste alegría, como siempre encontraste una situación favorable.

Cómo en tu peregrinar sin demora y en extrema pobreza, preparándote con la oración de Jesús (700) [6], inesperadamente, más allá de toda esperanza, tú recibiste hospitalidad y limosna.

Cómo durante una enfermedad incurable, en pustyn’, la oración interior se te ha revelado como una inesperada ayuda.

Cómo tú has recibido milagrosamente socorro en la calle por un desconocido, después de haber orado invocando ayuda.

Cómo, oprimido por un conflicto interior, rezadas cien oraciones de Jesús, has recibido la conciencia de quién te hacía guerra y has obtenido la paz.

Con qué rapidez y felicidad tú encontraste el camino del corazón durante la oración de Jesús, al inicio de cada práctica [del método de oración].

Cómo la fuerza de la oración se te ha revelado sensiblemente en la espera. Sólo tres invocaciones y te vino la paz.

Cómo milagrosamente, por ayuda de la oración, se te ha conservado un cuaderno en el mar… Cómo has comprobado la fuerza de la oración cuando has sido liberado de la angustia.

Nota también esto:

Cómo las faltas han sido consecuencia del abandono de la oración de Jesús y de no haber seguido el íntimo impulso a la oración, por pereza, por olvido, por optar no dejar reavivarte por la oración misma. […]

Así (en el monasterio de San Jorge [7]) el rechazo de los pensamientos de la oración pronto te causó aflicción y turbación.

Ahora considera: una oración indigna y distraída ha manifestado tantos beneficios, son tantas las ocasiones en las cuales has sido custodiado y pacificado. Mientras por el contrario –con toda evidencia- también su abandono ha traído consigo penas y merecidos castigos.

Y así, pensando en todo aquello que te he enumerado: no te debería remorder la conciencia  y no deberías tener vergüenza de dejarte vencer a menudo por la pereza, ¿y [no sería mejor] a cada impulso del alma invocar el nombre de Dios o descender al corazón según el fácil método que conoces?

¿Por mucho tiempo? Sólo cinco minutos, para rezar una corona de las preciosísimas  azucenas [8] del nombre de Jesucristo. La duodécima parte de una hora, para subir la escalera de la oración de Jesús. ¡Eres perezoso de realizar esto, y eres incapaz de ofrecerlo a Dios de buena gana y a tú mismo bien, siendo un tiempo tan breve e insignificante!

¡Recobra la razón! Vuelve a ti mismo y, reúne fuerzas, ¡No dejes escapar las insinuaciones a la oración! Ora aunque sea con pocas invocaciones, reza por lo menos un rosario o media corona con la invocación del nombre de Jesucristo.

¿Quién sabe? ¿Quizás en aquel momento en el cual no haz seguido el recuerdo de la oración sugerido por la gracia, habrías podido recibir un bien salvífico y una consolación celestial para toda tu vida?

Recuerda que en el divino nombre de Jesucristo está escondido un gran misterio: él es fuerza, lugar de santidad y santificación. Y por esto te da paz y no te turba si la invocación es impura. Esto nos hace humildes. Pero la omnisciencia de Dios ve todo y conoce toda intención y por amor aprecia también los más pequeños trabajos.

Di al Señor: ¡Señor! Tú ves toda mi intención, mi debilidad y mi deseo. Acoge mi indignidad y enséñame a orar de modo digno…

Es verdad que ninguna de tus oraciones quedarán nunca sin beneficio: sólo tú esfuérzate…

No escucharás el pensamiento que viene de tu enemigo y te dice: “Antes haz esto o aquello, luego podrás también orar”. Prefiere la oración a cualquier obra. Ella está más allá de todo, es más importante que todo.

¿Se deberá orar mucho tiempo? Hecha solo una breve oración, podrás luego ocuparte de las otras obras de piedad.

Nota finalmente que cada impulso, cada recuerdo de la oración es acción de la gracia y por esto, secundándola, tú eres obediente y testimonias tu sometimiento a Dios…


2 de agosto 1859. En el monasterio de San Jorge.


Carta VIII

A cada impulso interior a la oración o a cada recuerdo de la necesidad de orar incesantemente, de orar a menudo, el pensamiento indolente nos dice: “¡orarás después! Más ahora haz esto otro”. O bien: “¡Recoge primero los pensamientos, dispón la mente, y entonces podrás ponerte a orar: porque  ahora qué clase de oración sería: distraída, fría, breve, y por esto también indigna! [9]

Tal pensamiento deshonesto se debe rápidamente destruir con estas reflexiones. Se debe estar firmemente persuadido de que:

1. Apenas se advierte el pensamiento de la oración, es necesario reconocerlo como la acción de la gracia en nosotros: en efecto, no somos nunca capaces de pensar algo bueno para nosotros mismos, sino que nuestra capacidad viene de Dios (2 Cor 3, 5), y nadie puede proclamar el nombre del Señor Jesús sino en el Espíritu Santo (Cf. 1 Cor 12, 3). Ya que el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables (Rom 8, 26). Y por esto no podemos dejar pasar ninguno de estos impulsos a orar sin al menos hacer, aunque sea, una breve oración.

2. Ninguna invocación del nombre de Dios queda sin fruto incluso sin consolación, porque en el mismo Nombre está contenida un poder de gracia que actúa por sí mismo, más allá de los labios que lo pronuncien.

3. Custodiar la serenidad en la invocación y no turbarse, si esta no es pura, pero poner todo delante de Dios. Ya esto es mucho y el Señor no rechaza tal invocación.

4. ¡Esperar la imprevista visita del Espíritu, recordando casos inesperados! ¿Quién lo sabe? Quizás en aquel instante del impulso de la oración, que has dejado pasar sin la invocación del nombre de Jesucristo, habría sido la fuente de agua que brota para la vida eterna (Juan 4, 14).


En el pustyn’ de San Sabba, 2 de febrero de 1849


Arsenij Troepol’skij
L’ esperienza della vita interiore.
Edizioni Qiqajon. Comunità di Bose. 2011
Págs. 48- 53.


[1]  En ruso Otecnik, colección de Vidas y Dichos de los padres del desierto. El más difundido en esa época era la compilación realizada por Ignacio Brjancanino en 1866-1867.

[2] El número entre paréntesis indica aquí la cantidad de los mencionados “cosas milagrosas”, ligadas a la oración de Jesús.

[3] Abreviaciones indescifrables.

[4] Abreviaciones indescifrables.

[5] Literalmente: “escalera” (lestvica, o lestovka, “escalón” o la variante listovka), término que indica un rosario de cuero con un grupo de tiras de cuero.

[6] El número entre paréntesis indica aquí el número rezado de la oración de Jesús.

[7] El monasterio de San Jorge de Balaclava se encuentra en Crimea, no lejos de Sebastopoli. Fundado en 891 por los griegos, que según la leyenda San Jorge habría salvado milagrosamente de una tormenta de mar.

[8] Krin en el texto, del griego Krínon.

[9] Aquí retoma el elenco numerado interrumpido al final de la carta VI.


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