Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

lunes, 15 de octubre de 2012

El movimiento hesicasta de “La Zarza ardiente” y el poeta Vasile Voiculescu

Iuvenalie Ion Ionaşcu


En los países rumanos (sobre el territorio de la actual Rumania), la segunda mitad del siglo XIX es conocida por su actitud anti-monástica. El paisianismo es rechazado como “ruso”, la cultura filocálica como anacrónica. Las reformas del príncipe Alexandru Ioan Cuza despojaron los monasterios de todos sus bienes, hasta de los vasos litúrgicos. La cultura se vuelve cada vez más “laica”, de acuerdo con la filosofía iluminista. Por este motivo, muchos monjes buscaron reparo sobre el Monte Athos.

Esta tendencia se ve también en los primeros decenios del siglo XX. Pero gracias a algunos starets, entre los cuales estaban Ioanichie Moroi, Vichentie Malau o bien Nicodim Mandita, la experiencia de la vida monástica y de la práctica de la “oración de Jesús” fueron transmitidas y serán el inicio de un gran movimiento espiritual, importante también por su dimensión cultural.

Después de la primera guerra mundial se hace sentir siempre más la influencia de la cultura occidental, con sus tendencias materialistas y ateas, o bien de molde panteísta y antroposófico. Es el caso del filósofo Lucian Blaga, poeta genial, pensador, autor de un sólido sistema filosófico, influenciado en gran medida por Hegel y Bergson. Su poesía sensible a una dimensión mística es de todos modos esencialmente panteísta. Será seguido de cerca por otros filósofos como Camil Petrescu, Constantin Noica, D. D. Rosca.

En este contexto, una gran parte de la intelectualidad rumana se compromete a sacar a la luz las bases metafísicas de la ortodoxia, la relación entre Iglesia y cultura, el rol de la identidad nacional. Se actualizan los valores hesicastas y de la oración del corazón, y se subraya la dimensión sintética de la cultura rumana, cual puente entre la espiritualidad  oriental y la latinidad occidental.

Nace así el movimiento cultural espiritual, y que algunos llaman filocálico [1], otros “gândirista”. Un rol importante lo han tenido las revistas “Gândirea” en Bucarest y la “Revista Teológica” en Sibiu. Los intelectuales rumanos, por las páginas de estas dos revistas, invitaban a una confrontación de ideas respecto al verdadero rostro de la ortodoxia: la unidad indisoluble entre el dogma y la experiencia espiritual  entre la inaccesibilidad de Dios y su participación por parte del hombre a través de las energías increadas, según la doctrina palamita.

Ha sido fundamental el rol del director de la revista “Gândirea”, Nichifor Crainic, poeta, filósofo, profesor de teología, académico y más tarde testigo cristiano de las cárceles comunistas. Crainic presentó el primer curso de ascética y mística ortodoxa en la Facultad de teología de Bucarest. Él supo catalizar los talentos de la intelectualidad rumana en torno a la revista por él dirigida. El mérito fundamental de esta revista fue el de reunir la mayor parte de la intelectualidad rumana y de fomentar los valores culturales de la espiritualidad ortodoxa. 

Con “Gândirea” colaboraron Daniel Sandu Tudor, Vasile Voiculescu, Tudor Arghezi, Eugen Ionescu, Zaharia Stancu, Mircea Eliade, Ion Minulescu, Constantin Noica, Anton Dumitriu, Camil Petrescu, Lucian Blaga, Dumitru Stanislao, Al. Mironescu, por recordar solo algunos.

En los años 45-48, el monasterio de Antim, en Bucarest, se vuelve el centro de un famoso movimiento cultural espiritual, llamado Rugul Aprine, es decir, La Zarza ardiente, en el cual participaron muchos de los amigos de “Gândirea”. Estimulados principalmente por la figura misteriosa y mística del hesicasta peregrino Ioan Culâghin, que se convertirá en el animador de la “Zarza Ardiente”, aparecen algunas producciones de profunda inspiración hesicasta.

Ioan Culâghin

En 1958, los miembros del grupo hesicasta desarrollado en Antim serán arrestados y muchos de ellos encontrarán la muerte en el gulag comunista rumano.


1. El grupo de la “Zarza ardiente”.

Alrededor del año 1945, la comunidad del monasterio de Antim contaba con unos cuarenta monjes, entre los cuales había algunos estudiantes, otros que trabajaban en las fábricas de Bucarest y en los talleres de pintura del Patriarcado.

El starets Vasile Vasilachi había organizado el programa diario de las funciones litúrgicas, como para que todos pudieran participar en las actividades culturales: conferencias, lecturas en la biblioteca, encuentros culturales y espirituales. 

P. Vasile Vasilachi

La vida monástica en Antim estaba centrada en la “oración del corazón” practicada por todos. En los encuentros litúrgicos, de oración y culturales participaban asiduamente muchos intelectuales de la capital: profesores, artistas, estudiantes de varias universidades. Nació así un verdadero movimiento cultural espiritual, de orientación hesicasta, llamado “La Zarza ardiente, que arde pero no se consume” (Ex 3, 2-5), tomada como símbolo de la oración incesante, es decir, de la Oración de Jesús. Esta interpretación pertenecía al hieromonje Daniel Teodorescu, iniciador de la “Zarza Ardiente”, muerto en la cárcel de Aiud [2].


Hieromonje Daniel Teodorescu (Sandu Tudor)

Entre los conferenciantes se distinguían: el hieromonje Daniel Teodorescu (Sandu Tudor), el archimandrita Benedict Ghius, el archimandrita Vasile Vasilachi, el padre Dumitru Stanislao, el prof. Alexandru Eian, el prof. Alexandru Mironescu, el escritor Paul Sterian, el escritor Marin Sadoveanu, el poeta Vasile Voicolescu. A estos agregamos al prof. Anton Dumitriu, el músico Paul Constantinescu, el arquitecto Constantin Joja, el padre Petroniu Tanase, el Padre Arsenio Papacioc, el archimandrita Paulin Lecca, el padre Adrian Fageteanu, el padre Roman Braga y el poeta Daniel Turcea.

Las conferencias trataban sobre todo de problemas de teología, como la relación del hombre con Dios,  de los grandes temas del hesicasmo: la oración de Jesús, los escritos filocálicos, las grandes figuras de los maestros y santos hesicastas, la oración incesante practicada por los laicos. Otras conferencias concernían, en clave espiritual, sobre la liturgia, las vísperas y las laudes, como también sobre los sacramentos de la Iglesia, con su simbolismo teológico, iconológico, musical y mistagógico [3].

Este cenáculo representó verdaderamente un fenómeno único para la cultura rumana de este siglo. Estimuló la creación de obras de cultura religiosa o bien espiritual y mística, además de hacer surgir figuras espirituales que fueron los grandes padres del monaquismo rumano después de la guerra, de los cuales algunos serán sucesivamente martirizados por el régimen comunista.

Entre las obras más insignes, están los poemas de Vasile Voiculescu, el Himno Acatisto a la Zarza ardiente de Daniel Sandu Tudor y el Canon, obra musical homófona y coral sobre el texto de la oración del corazón del músico Paul Constantinescu.

Debemos agregar aquí la contribución esencial del padre Dumitru Stanislao, profesor de teología en Sibiu y después en Bucarest. Es él quien crea el contexto espiritual académico eminentemente hesicasta, comenzando la traducción de la Filocalia en rumano, ampliando el canon tanto griego (de Nicodemo el Hagiorita) como el eslavo-ruso (de Paisij Velicicosky). La Filocalia rumana contaba de doce volúmenes, de los cuales los primeros cuatro fueron publicados entre el 1947 y el 1948, y los otros entre el 1976 y el 1992. Fue uno de los primeros teólogos de la ortodoxia que inició el movimiento “neo-filocálico”, trayendo a la actualidad el pensamiento de Gregorio de Pálamas, en el libro La vida y la enseñanza de San Gregorio Pálamas (1938). En 1943, el P. Stanislao publica Jesucristo o bien la restauración del hombre, un libro fundamental para la literatura teológica del tiempo por su contribución a la sotereología. En el tercer volumen de su Teología moral ortodoxa él publica “una magistral síntesis de espiritualidad ortodoxa, que presenta el proceso de la unión del hombre fiel con Dios en Cristo. Las etapas principales de este proceso, es decir de la purificación, la iluminación y la divinización, constituyen el título y el objeto de cada una de las partes del libro [4].


P. Dumitru Stanislao

Otros discípulos de Antim han representado para el pueblo fiel, en los años de opresión, verdadera luces, con sus consejos, con su oración y con el ejemplo de vida, siendo todo esto la gran contribución que un padre espiritual puede ofrecer.


2. Vasile Voiculescu

Vasile Voiculescu

Entre aquellos que han volcado las experiencias culturales del cenáculo de la Zarza Ardiente en el arte y en la propia vida se distingue el poeta médico Vasile Voiculescu (1884-1963). Su presencia se hace notar en los años 1949-1950, cuando participa de las funciones litúrgicas en el monasterio de Antim. Participa después en las conferencias sobre la oración del corazón, lee algunos libros y se dispone a ponerla en práctica. Sus experiencias de oración se reflejan así en sus poesías. “Entre los intelectuales que se podían encontrar en el Monasterio de Antim, pienso que Vasile Voiculescu había alcanzado más que los otros el nivel de la verdadera oración de la mente en el corazón, es decir, de la oración pura, contemplativa”, me confesaba el Padre Paulin Lecca, que había conocido al poeta de cerca.

En sus primeras poesías, la influencia religiosa es más bien formal. El primer volumen de los Poemas con ángeles (1927) está dedicado a los temas bíblicos. Después que descubrió la oración del corazón, escribió poesías con inspiración hesicasta. Pero, con el tiempo, su poesía se convirtió ella misma en inspiración. Su poesía se volvió oración, y la oración un estado permanente de conocimiento y de comunión con Dios. Una aventura espiritual que se consuma en la profundidad de su ser transfigurado por la fe y por la oración.


2.1. La oración.

Para Voiculescu la oración es “la libertad del espíritu que comunica lo universal también en los mínimos detalles”, es “un espacio angélico” [5] en el cual el hombre se vuelve sí mismo. Por esto su poesía revela su estado de oración, sus búsquedas existenciales, sus encuentros con Dios. Su formación de médico y su vocación poética son sintetizadas y transfiguradas en la oración, en esta “verdadera inspiración religiosa, la única con poder para unir el arte y la fe”. Las palabras, revestidas de la gracia, expresan al alma misma, ya que “la verdadera oración”, “la oración suprema” se expresa “transformantemente… con los labios del alma” [6].

La oración es Dios mismo, es la existencia misma. Para el hombre la oración es la revelación de Dios, que le está hablando cara a cara. “Dios mismo es, en principio, la infinidad, la suprema oración completa; el acto de la creación es una incesante oración cósmica, que se realiza continuamente: porque el Logos spermatikos, el Hijo mediante el cual todas las cosas han sido creadas, es su adoración, obediencia y glorificación dirigida al Padre, en el cual está contenido; y el Espíritu que es el cumplimiento se encuentra en ellos, pero todos y los Tres son una sóla cosa” [7]. “Los ángeles y los poderes celestiales oran sin cesar” [8].

Y el hombre, que “se imagina haber descubierto la oración y ser el único en el mundo que ora”, se da cuenta que, en efecto, “su definición tendría que ser no el de homo politicus, ni el de homo faber, sino el de homo adorans. La oración es un acto universal y eterno.” [9]


2.2 La oración como conocimiento y obra.

La oración es el encuentro supremo del hombre con Dios y de Dios con el hombre. Es el misterio de la teandría. El hombre encuentra su estado original de felicidad paradisíaca, de salvación, procurando así una alegría inexpresable a los ángeles y a todo lo creado.

No amor, no misericordia, no perdón, quiero,
sino sólo mi divino estado:
Dádmelo, hazme volver a lo que yo era,
¡Hazme perfecto y Tú hazte perfecto en mí! (“De profundis”)

Sin embargo, el movimiento de la oración de Voiculescu no es solo vertical, hacia Dios; este es también un movimiento horizontal, de amor y compasión por los otros, que al final se reconduce siempre a Dios, a la original fuente del amor. Su oración comprende a todos sus semejantes y los lleva a Dios, los envuelve en el amor divino. Por esto las dos coordenadas de la oración no son Dios y el hombre, sino siempre Dios.

“La oración, dice Voiculescu, se mueve sobre dos ejes que tienen el punto de partida en el corazón. Un eje es la mente, la razón, que en su ápice se vuelve conocimiento de Dios. El otro: el sentir, la caridad que culmina en el amor divino. Quien ha tocado a Dios encuentra todo el mundo dentro de sí… La oración se vuelve otra existencia. Se crea en nosotros un ser nuevo, superior, en la cual sustancia y esencia se identifican, las contradicciones se funden. El nacimiento y la muerte caen; permanece, inmutable, la Permanencia: la eterna verdad, el infinito amor, la incesante belleza. Ver y sentir así el mundo quiere decir ver a Dios cara a cara” [10]. Más allá de las distintas fatigas, preocupaciones o búsquedas, la única que conduce al conocimiento de Dios es la oración.

Nos rompemos la cabeza por descubrirte,
reunidos en los concilios, como en las fiestas;
Como si fueses, oh Señor, una pregunta,
¡en lugar de arrodillarnos a orar! (“Ne batem capul”)

Mediante la oración, el poeta se convence de la posibilidad de la perfección del hombre, y siempre ella es la guía frente a las hostilidades de la vida, en la continua búsqueda de la luz divina. Por esto hay algunas poesías que reflejan la profundidad de su ser. Algunas de ellas son autorevelaciones de los sufrimientos interiores de un alma que busca acercarse a su Señor:

Incluso aunque el castigo eterno me amenace.
No tiene importancia, por más encadenado que esté.
Más allá y sobre toda la eternidad, estás Tú,
y toda la eternidad, arrastrándome, a mí indigno, me conducirán a Ti. (Apocatastaza)

El Señor, que está en todas partes y siempre, es el tesoro que el alma debe adquirir. Y este tesoro se esconde a veces en los recovecos del alma. El corazón lo siente, lo identifica: se da cuenta que el “ladrón” es justamente el Esposo. Desde aquí resulta el encuentro amoroso entre Dios y el alma:

Oh, te he tomado Señor, no me esquives más,
te tomo como rehén…
Bien, Él sonríe, tenme por un momento;
Oh, he gritado, estoy perdido…
Por un momento, mi corazón se había convertido en cielo. (“Prizonierul”)

Entre el alma y su Señor se da una verdadera batalla. Cada uno quiere al otro por entero. Por esto, debe hacer todo para tener el amor de su amante, incluso robarlo.

Miserable ladrón.
Preferiría entrar por una ventana
de tu majestuosa basílica azul
para robar el divino altar […]
Señor, sólo tu amor querría robar. (“Tâlhar”)

Todo el plan de batalla es hecho entre la mente y el alma, en un sutil diálogo interior. La conquista concierne en el reino de la luz que el alma debe alcanzar, abandonando las tinieblas:

Hablaba con el alma en silencio.
Oh, ve a los horizontes serenos,
No permanezcas más como un ave nocturna
en las tinieblas de mis profundidades
habitadas sólo por ruinas. (“Bufnita”)

Es un diálogo interior en el cual el alma se deja comprometer en una guerra espiritual. Debe conquistar la luz, a su Señor. Esta batalla es un estado de continua oración: es la oración activa, es el fatigoso camino del conocimiento, en el cual el Esposo se deja conquistar y, a su vez, conquista al alma que ora, envolviéndola en su amor.


2.3. El estado de oración

Invocado en oración, Dios desciende de la altura de su gloria, se transforma en nosotros, haciendo de nuestro corazón su casa. Si una vez, venido del cielo, para la encarnación, fue acompañado por cantos y por la gloria de sus ángeles y la gruta se convirtió en cielo, también ahora por la invocación continua de la oración, el misterio de su venida se actualiza en el corazón del creyente y trae consigo todos los dones de la presencia del Señor.

La visita del Señor es el don más grande que la oración puede dar. En efecto, es ésta la verdadera oración que hace del corazón del hombre el paraíso de Dios. En este punto la oración se exime de sus aspectos formales: se vuelve una oración contemplativa, visionaria, sin palabras. Es la oración en el silencio, en la cual el alma siente la presencia de Dios. Es un estado de oración. Pero un estado activo que no tiene nada ver con la pasividad. La inhabitación de Dios en el hombre y, al mismo tiempo, la transfiguración del hombre que se vuelve transparente hacia Dios, son los procesos continuos de la gracia.

Este estado de oración es expresado por el poeta en su “Colind II”. La poesía comienza con un diálogo entre el cuerpo y el alma, en el cual se expresan los sentimientos interiores:

Oh, alma, levántate y comprende
Porque nace el resplandeciente niño
del palacio de la Trinidad
en la gruta del corazón. (“Colind II”)

Como si comentase el ícono de la Natividad, el poeta describe la venida de Cristo en el corazón que ora. Están presentes el Espíritu Santo, la Madre de Dios y los ángeles: todos participan en la revelación. El alma envuelta por la “gracia que viene”, se une a Dios místicamente, vive su gran jubileo, la pacificación consigo misma y con Dios: el gran milagro del supremo encuentro.

Yo no duermo, confiesa dulcemente el cuerpo;
me detengo en el inexpresable milagro,
estoy en silenciosa oración,
moverme no es justo;
pero con la gracia que viene
todo el paraíso se encuentra en mí. (“Colind II”)

El espacio del encuentro con Dios es el corazón que ora. Pasan cosas imposibles, que desafían las leyes comunes. Se encuentran Dios y el hombre como paradojalmente se encuentran dos paralelas. Desde aquí surge la verdadera tensión, el drama del alma que busca a Dios:

Cual axioma de la geometría divina,
me impedía hasta ahora a que
en un punto por un momento te tocase
¿en mi interioridad sin límites?
¿La torpeza de la mente? ¿Del corazón? (“Curbura”)

Y si el encuentro no sucede, el alma sufre el inexpresable sufrimiento del abandono. La poesía se vuelve deseo y tribulación. Hasta que la misericordia divina no se derrama de nuevo. Entonces el alma se alegra, el corazón exulta, porque se consuman sus bodas con el amadísimo Esposo: es la fase de la unión mística con Dios en la oración contemplativa.


2.4. La oración como unión perfecta.

En la oración contemplativa, en la cual los labios callan y las palabras son indignas, el silencio se vuelve revelación, las tinieblas se convierten en luz deslumbrante y la comunión es perfecta. No existen más obstáculos, ni distracciones, ni tampoco el infierno. Todo se vuelve Presencia.

Cuanto más caigo en la oscuridad,
tanto más te veo mejor.
Todo el infierno es, hacia Ti,
un terrible ojo abierto. (“Spovedanie”)

El alma ha encontrado su vida y vive un amor apasionado, único y eterno:

Tengo nostalgia de ti, oh Señor, como de una joven… (“Intâia dragoste”)

Semejante amor es total, exclusivo, casi loco. Es todo. Porque todo, incluso el dolor, la culpa o el infierno se consuman en el amor. En efecto, Dios-amor se da de manera distinta a quien le ama: a veces como bondad o castigo, otras veces como gloria, virtud o perdón.

¡Yo te quiero, oh Señor, eres Todo para mí!
No sé dividir, no puedo elegir,
Aquí, el corazón, allá la mente, te quiere.
Yo te deseo humanamente, entero,
Para todos mis pecados […]
Tú ere mi tribulación, la pasión, la tempestad, la perdición,
no sólo la luz,
sino tú el peligro, tú la oscuridad, tú el dolor, tú la culpa,
[…] (“intâia dragoste”)

En cuanto Dios llena todo, el alma que lo ama lo encuentra por todos lados. También en la caída. […]

La presencia de Dios y el amor del alma de aquel que ha hecho de su corazón el paraíso hacen transfigurar al hombre entero. Y también, si la oración es el encuentro del hombre con Dios, ésta no se separa de la Iglesia y de sus sacramentos. El ícono de la Natividad es asimilado existencialmente: Cristo se encarna eucarísticamente en el hombre que ora. Y por la presencia del Señor, el hombre con su

… celda oscura
hecha de carne y hueso
se transforma, entrando
… Cristo,
… Él mismo, cuerpo y sangre,
transformado, para su creación,
en una preciosa mijaja,
la dulce Comunión.
El hombre, cuerpo y alma, es transfigurado.

La Eucaristía hace de él un “cielo resplandeciente”. El Señor, junto al Espíritu Santo y a los arcángeles viene a habitar en él. No se trata más del “mundo vaciado de lo sagrado, sometido a la materia, destruido por la incerteza” [11], sino transfigurado eucarísticamente. Su existencia se vuelve una incesante liturgia, que es la oración perfecta. En ella, el hombre, penetrado por la gracia, hace de su vida una continua y esencial invocación:

Entra, oh Señor, también a nosotros. (“Colind I”)

La liturgia, como oración perfecta, envuelve al hombre en un amor que lo realiza, lo hace partícipe de la teandría. En este punto, la alegría de Dios se vuelve alegría del hombre, la vida divina se vuelve nuestra vida y nuestros enemigos no existen más. Existe sólo la oración eterna, que se manifiesta como estado normal del hombre frente a la Presencia suprema.

2.5. La eternidad de la oración.

En comunión perfecta con Dios, el hombre mismo se vuelve una oración incesante, su vida un himno sin fin. El alma, en su integridad, está ante el tremendo juicio. En este momento, el poeta orar:

Su único pensamiento en la Presentación […]
Quiero poder darte el alma entera. (“Alarma”)

Y, al mismo tiempo, el poeta orante sabe que no existe más juicio, ni la muerte. Todos serán transfigurados, porque el Señor invocado estará presente como en la Eucaristía.

En la gran fiesta, dentro de poco, de mi muerte [..]
Abogado mío, en el cielo, para la vida eterna,
con tu santo Cuerpo y Sangre, estés también tú presente. (“Ultima rugaciune”)

Por esto, no tengo más temor ni a la muerte, ni al eterno reposo. La vida eterna

no es un estar (parado)
sino un obrar sin cesar. (“Nemurire”)

Es un trabajo eterno y amoroso. “Nos eleva de la estrechez a la plenitud original” [12] que es eterna. Nos hace partícipes de la bondad del reino de Dios, que es el reino de los corazones que oran.

V. Voiculescu ha sufrido los horrores de las cárceles comunistas. Fue encarcelado en 1958 a la edad de 74 años. Cuando salió, tenía la salud hecha pedazos. Pero su alma estaba entera, purificada y transfigurada por la oración, su amiga y fiel compañera. Y salió para disfrutar del don místico de la oración: la Eucaristía.

Todos lo recordaban en la luz de la santidad. Y todos sabían que él oraba con el corazón. Su oración se había vuelto arte. Y el resultado de su contemplación era la poesía [13]. ¿Cómo fue su vida? ¿Cuáles fueron sus alegrías espirituales? Nadie lo sabe, a nadie dijo nada. Quien lo ha conocido, ha entendido que la oración pura, en la mente y en el corazón se puede practicar también en medio del mundo. Y que el reino de Dios no está lejos: está en medio de nosotros, en nuestros corazones.


Iuvenalie Ion Ionaşcu
9 de mayo de 2010

Publicado en: http://mondodomani.org/


[1] Serafim Joantă, Isihasmul, tradiţie şi cultură românescă (L'esicasmo, tradizione e cultura romena), Ed. Anastasia, Bucureşti 1994, 182. 
[2] Cf. Archim. Sofian Boghiu, Rugul aprins şi temniţa (Il Roveto Ardente e la prigione), in Vestitorul Ortodoxiei, n. 157, 1996, 2. 
[3] Cf. ibidem. 
[4] Serafim Joantă, Isihasmul..., op.cit., 184. 
[5]  Andrè Scrima, Timpul rugului aprins (Il tempo del Roveto Ardente), Humanitas, Bucureşti 1996, 148. 
[6] V. Voiculescu, Confesiunea unui scriitor şi medic (La confessione di uno scrittore e medico), in Gânduri albe 1986, 451, appud.Maria Fanache, Printre poemele religioase postume ale lui V.Voiculescu (Tra i poemi religiosi postumi di V.Voiculescu), in Gândirea, nr.1-2/1996, 71. 
[7] V.Voiculescu, Aşchii dintr-o smerită meditaţie (Bricciole di un'umile meditazione sulla preghiera), in Roxana Sorescu, V.Voiculescu - inedit, in România Literară, nr.34/1997, 10. 
[8] Ibidem. 
[9] Ibidem. 
[10] Ibidem. 
[11] Maria Fanache, Printre..., op.cit., 69. 
[12] V. Voiculescu, Aşchii...., op.cit., 10. 
[13] Bartolomeu Valeriu Anania, Rotonda plopilor aprinşi (Il cenacolo dei pioppi accesi), Cartea Românească, Bucureşti 1983, 259.  


1 comentario:

  1. EXCELENTE!! Me viene en un momento de gran inquietud!!

    BENDICIONES!!

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