Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

domingo, 18 de noviembre de 2012

Cartas para persuadir a la práctica de la oración interior – Carta XIX


Arsenio Troepolskij




Carta XIX

Cuando pecamos, cuando caemos por la debilidad de nuestra naturaleza, más que a ninguna otra cosa, el espíritu de las tinieblas busca insinuar en nosotros el desaliento, conducirnos a la desesperación, que es peor que cualquier pecado. Éste nos sugiere pensamientos perversos: que la oración del pecador es aborrecida por Dios; que el arrepentimiento es inaccesible a quien se ha ensuciado profundamente con el pecado y que no hay esperanza de cambio; que el arrepentimiento, privado de una decisión inquebrantable, no impregnado de la humildad más profunda y de las lágrimas, no es más que un engaño de la imaginación; que incluso la oración de arrepentimiento es impotente y está fuera del alcance del pecador.

Es muy fácil para quien es inexperto en la lucha espiritual tomar todo esto como verdadero. Y es por esto, para ofrecer un escudo contra semejantes dardos del enemigo, que citamos un consolador párrafo del primer discurso de San Juan Crisóstomo a Teodoro, quien había caído en pecado:

“¡Pecador! No desesperes de la posibilidad de cambiar para mejor tu situación. Ya que si el diablo tuvo tanto poder como para hacerte precipitar desde la altura de la virtud hasta el extremo del mal, cuánto más el Dios omnipotente podrá de nuevo elevarte a la primitiva libertad y hacerte no sólo tal cual eras, sino mucho más feliz que antes. Sólo no te desanimes, no pierdas la vigorosa esperanza, no actúes como los impíos. Ya que sólo lo que hace hundirte en la desesperación no es la multitud de los pecados, sino la impiedad del alma. […]

Supongamos que alguien se haya manchado de toda clase de pecados y haya cometido todo lo que pueda cerrarle el ingreso al Reino. Y que éste, además, no sea de aquellos que no tenían fe, sino que antes era contado entre los creyentes agradables a Dios, y luego se haya convertido en un fornicador, adultero, depravado, rapaz, alcohólico, mentiroso, blasfemador y cosas semejantes. Un hombre así desesperará de sí mismo, por haber conducido hasta su avanzada ancianidad una vida tan indeciblemente viciosa. En efecto, si la ira de Dios fuese una pasión, justamente uno debería desesperarse, no teniendo posibilidad de apagar la llama por él mismo encendida con tantas acciones perversas. Pero ya que la divinidad es impasible y, sea que castigue, sea que golpee, no obra por ira, sino al contrario, por su gran cuidado y amor que alimenta por los hombres, se debe tener una gran confianza y confiar en la fuerza del arrepentimiento. En efecto, Él no castiga por venganza personal a los que han pecado en su contra, ya que ningún daño le afecta en su sustancia. No, Él hace esto teniendo presente nuestro provecho, a fin que nosotros no crezcamos en nuestra perversión. Como quien se aleja de la luz no le ocasiona ningún daño, al contrario, se hace un mal más grande a sí mismo ya que se hunde en las tinieblas, así también el hombre acostumbrándose a descuidar aquella fuerza omnipotente, no la daña para nada, sino por el contrario, se causa un daño irreparable a sí mismo. Justamente por esto Dios amenaza con castigarnos, no para vengarse sino para atraernos a él.

“¡Tal es el amor de Dios por el hombre!” Él no rechaza jamás un sincero arrepentimiento, al contrario, si incluso alguien hubiese llegado al punto límite del mal, y luego decidiese volver nuevamente al camino de la virtud, Dios lo acogería, lo dejaría volver a sí y haría todo como para que él volviera a su estado primitivo. Pero ved cómo se manifiesta aún más su amor por el hombre: si alguno muestra un arrepentimiento aunque sea aún imperfecto, también esta breve e incompleta conversión no es rechazada por Dios, sino por el contrario, por ella Él da una gran recompensa. Y esto se lo ve por la santa Escritura, que dice del pueblo judío: “Por sus pecados me he por poco enojado con él, y lo he golpeado, y he apartado mi rostro de él; y abatido ha vagado por sus senderos; y lo he curado, y consolado” (Isaías 57, 17-18) [1]

Y así, arrepintámonos aquí, te lo ruego, y aprendamos a conocer a nuestro Señor como se lo debe conocer. En efecto, sólo se deberá perder la esperanza del arrepentimiento, cuando no estemos ya más vivos, porque sólo entonces esta medicina será impotente e inútil. Pero mientras estemos aquí, ésta se muestra grandemente eficaz, incluso hasta cuando fuese asumida en la ancianidad. Por esto, también el diablo hace todo lo posible para arraigar en nosotros el pensamiento de la desesperación, porque sabe que si nosotros nos arrepentimos aunque sea un poco, incluso este poco no quedará para nosotros sin fruto. Y como quien da un vaso de agua fresca no quedará sin recompensa [2], del mismo modo quien se arrepiente de sus propias acciones malvadas, incluso aunque no llegara a una digna contrición de sus pecados, recibiría sin embargo aún así la recompensa por el propio arrepentimiento. En efecto, absolutamente ningún bien, por cuan insignificante pueda parecer, será olvidado en el justo juicio. Si los pecados serán indagados con tal severidad, que nosotros deberemos dar cuenta  también de las palabras y de los deseos [3], ¡cuánto más [4] las buenas acciones, sean pequeñas o grandes, nos serán contadas en aquel día! Y así también tú, sin estar en condición de volver a la austeridad de un tiempo, si al menos un poco te apartaras del verdadero y propio torbellino de esta vida, no dejarás de obtener beneficio. Sólo pon inicio a la obra.

Quien se arrepiente puede irradiar una gran luz, a menudo aún más luminosa de aquellos que desde el inicio jamás han caído, como queda claro en la Escritura: así incluso los publicanos y las prostitutas heredarán el reino de los cielos [5]. Así muchos son preferidos a los primeros [6]. Te contaré ahora un caso extraordinario, que da testimonio del inmenso poder del arrepentimiento y de la fuerza de ánimo. Un archidiácono, después de muchas fatigas viviendo por mucho tiempo en la anacoresis agradable a Dios, llevando una vida angélica con un solo compañero y habiendo llegado ya a la ancianidad, no sé de qué modo, pero por una alucinación de Satanás y la ligereza de un momento, fue presa de la lujuria carnal. Y empezó a exigir carne y vino al compañero, amenazando que si no se lo daba iría él mismo al mercado. Aquel, temiendo que por contradecirlo le causaría un mal mayor, se lo concedió. Y este,  cuando se dio cuenta que su astucia no había hecho efecto, con abierta impudencia dijo que debía, de manera absoluta, ir a la ciudad. El otro, no pudiendo retenerlo, lo dejó ir, pero lo seguía desde lejos, quería ver cuál era el motivo de su salida. Y así, vio que él iba a un prostíbulo  y supo que él buscaba caer en la fornicación. Habiendo esperado a que satisficiese su impuro deseo, cuando salió, lo recibió con los brazos abiertos y lo beso amorosamente, sin dirigirle el más mínimo reproche por el pecado que había cometido, pero le rogó solamente que, habiendo ya aplacado el impulso carnal, volviese de nuevo a su ermita. Este, sintiendo vergüenza por la gran ternura de su hermano, sintió compunción por su propio pecado y lo siguió, volviendo al desierto. Una vez llegado allí, le rogó que lo encerrara en una celda aparte y, que cerrara la puerta, llevándole el alimento cada día, y decir a cuantos preguntaran por él que él estaba muerto. Vivió así en reclusión, lavando el alma de la inmundicia del pecado con la oración y el ayuno. Pasado un tiempo, una sequía sobrevino en una región vecina y todos sus habitantes cayeron en la angustia. Un hombre recibió en sueños el mandato de ir a pedir la intercesión del recluso para hacer cesar la sequía. Tomando a otros consigo, este se dirigió hasta donde vivían los dos anacoretas, y encontró sólo al compañero del recluso, y cuando le preguntó dónde estaba él, este le contestó que había fallecido. Pensado que le había engañado, de nuevo se puso a orar y nuevamente tuvo la visión obteniendo la misma respuesta. Entonces, dirigiéndose nuevamente al compañero, que efectivamente les había engañado, le pidieron que les mostrara al recluso, afirmando que no estaba muerto sino vivo. Él, a partir de estas palabras, viendo que su engaño había sido descubierto, los condujo hasta aquel santo recluso y, abriendo la puerta, entraron todos a donde él estaba, se postraron a sus pies y manifestándole su necesidad, le suplicaron que los liberara del hambre. Éste primero se excusó, manifestándose incapaz de tal audacia a causa de sus propios pecados. Pero cuando le contaron en detalle todo lo que había sucedido, aceptó orar. Y tan pronto como él, retomando su antigua dignidad monástica, se puso a orar, terminó la sequía. [7]

Qué sabiduría de Dios e indecible misericordia se revelan en este evento: la tentación hizo humilde al asceta; el arrepentimiento lo ha elevado al más alto grado de la vida contemplativa; la revelación de todo esto ha mostrado a los hombres la fuerza de la oración, afianzándolo en la fe y alentando al mismo asceta arrepentido, haciéndole conocer más en profundidad el amor divino. ¡Tales son las consecuencias del arrepentimiento!

Sí, y en verdad, ¿si Jesucristo ha mandado al hombre: “si tu hermano ha pecado contra ti y te dice: ‘me arrepiento’, perdónale” [8], no hará Él lo mismo, Él que es Dios-hombre y abismo de misericordia y amor? ¿Si Él mismo nos dice la parábola del hijo pródigo en la cual el padre amoroso sale al encuentro del hijo depravado y, casi anticipándose, se le tira al cuello y lo abraza con afecto [9], no seguirá también el mismo ejemplo con cada pecador al primer pensamiento, al primer paso hacia el arrepentimiento? El santo profeta David, que había conocido por experiencia la fuerza del arrepentimiento, exclama: “He dicho: ‘confesaré mi culpa al Señor’, y tú has perdonado la maldad de mi corazón” [10]. Que quiere decir: yo solo decidí, dentro de mí: quiero confesar mis pecados a Dios, y el Señor ya me había perdonado.

¡Esta es la fuerza del arrepentimiento! Y ¿qué sería de nosotros, si el Señor nuestro Padre, grande en perdón, no nos hubiese dado este potentísimo y ágil instrumento para nuestra salvación y santificación?


(13 de enero de 1859. En el monasterio de San Pafnutij [11)


Arsenij Troepol’skij
L’ esperienza della vita interiore.
Edizioni Qiqajon. Comunità di Bose. 2011
Págs. 82- 88.



[1] Cf. Juan Crisóstomo, Tratado a Teodoro 1; 4; 6, en Tvorenija svjatogo otca nasego Ioanna I/I, Sankt-Peterburg 1898, pp. 2-8; Id., A Teodoro, a cargo de J. Dumortier, SC 117, Cerf, Paris 1966, pp. 84, 94-96, 106; Id., A Teodoro, a cargo de D. Ciarlo, Cittá Nuova Roma 2004, pp. 56-57, 61-62, 66-67.

[2] Cf. Mt 10, 42; Mc 9, 41

[3] Cf. Mt 12, 36-37; 5, 22. 28

[4] Mt 6, 30; 1 Juan 3,20

[5] Cf. Mt 21, 31-32

[6] Cf. Mt 19, 30; 20, 16; Mc 10, 31; Lc 13, 30

[7] Cf. Juan Crisóstomo, Tratado a Teodoro 19, en Tvorenija svjatogo otca nalego Ioanna I/I, pp. 30-31; Id., A Théodoro, pp. 198-202; Id., A Teodoro, pp. 104-106.

[8] Cf. Lc 17,4

[9] Cf. Lc 15, 11-32

[10] Cf. Sal 31, 5

[11] Pafnutij Borovskij (+ 1478) fundó en la ciudad de Borovsk (en la región de Kaluga) un monasterio que conserva sus reliquias

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