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lunes, 5 de noviembre de 2012

Tres experiencias inefables en la vida de Lev Gillet (Un monje de la Iglesia de Oriente)


Primera Parte



La vida del padre Lev Gillet está jalonada por tres eventos “inefables”, tres experiencias intensas, misteriosas, determinantes, tres “visitas de los alto” que lo marcaron profundamente. Elizabeth Behr-Sigel los describe en la biografía del padre Lev, y él mismo padre Lev habla de dos de estos acontecimientos en una entrevista concedida a un investigador en “ciencias religiosas” en febrero o marzo de 1972 y publicada en 1977 [1]


1. Bajo el sol de Galilea (30 de mayo de 1935)


El primer acontecimiento, sin duda el más importante, tiene lugar sobre las orillas del lago de Tiberíades en mayo de 1935. El Padre Lev había emprendido una larga misión que le llevó a Constantinopla, a Damasco, después a Jerusalén, con el único fin de buscar una solución que permitiera a Mons. Luis Winnaert exsacerdote católico ordenado obispo en la “Iglesia católica liberal”, y a los grupos de fieles que le estaban unidos, entrar en la Iglesia ortodoxa [2]. Los patriarcas de Constantinopla y de Antioquia habían rechazado recibir al grupo, el padre Lev había llegado a Jerusalén con el fin de pedir en favor de Mons. Winnarert ante el patriarca de Jerusalén. El Padre Lev decide visitar primero los alrededores del lago de Tiberíades, lugares ricos de recuerdos de los pasos del Señor Jesús. Elizabeth Behr-Sigel escribe:


Presa de una crisis interior profunda, de dudas y desesperación, yendo a Jerusalén, la cruel, la ciudad “que mata a los profetas”, se dirigió a Galilea. En la soledad y el silencio, él espera encontrar consuelo. Sin duda, se acuerda –como lo repetirá a menudo más tarde- que en Galilea, tierra de los primeros encuentros de los discípulos con Jesús, es también el lugar donde el Resucitado los llamó a un nuevo encuentro con él, después del drama de la Pasión. Es aquí en Galilea, en las orillas del lago de Tiberíades, en la blancura resplandeciente del sol en el cenit, que ocurrieron los acontecimientos inefables: la desorientación total, y al mismo tiempo la orientación de manera decisiva, esta “catástrofe bendita” lo marcará para el resto de su vida.

¿Qué le pasó? Solo varios meses más tarde, de regreso a París, después de una larga ausencia, el Padre Lev intentará decir algo en una carta a su amigo. Se excusa de su silencio debido a sus viajes en el Próximo Oriente y luego en Gran Bretaña, él escribe: Hay un punto central: Palestina. En la Judea rojiza y cruel, y en Jerusalén –ciudad de Pentecostés, ciudad del Espíritu Santo más que de Cristo –yo me sentí extranjero […] ¡Pero en Galilea! Allí, yo no recordar sin ser quebrado de emoción. Esto es lo que yo esperaba. Yo no intentaría describirle aquella “experiencia” (¡a mi no me gusta esta palabra!) espiritual que tuve en Tiberíades, a las orillas del lago. Ella es el punto culminante de mi vida.

¡Oh este lago! Las lágrimas me vienen a los ojos en cuanto yo intento interiormente recordarla. No hay más otro lugar sobre la tierra que, en tanto como lugar, que tenga para mí un interés alguno. Yo sé que debo volver allí. Yo debo ser fiel a esta cita que me ha sido imperiosamente dada. ¿Cuándo volveré? No lo sé. Puede ser que debería yo fijarme allí para siempre. Lo cierto es que después, yo me siento en París como un extranjero, como un peregrino entristecido. Yo espero alguna cosa que deba venir, una palabra que pueda ser pronto pronunciada. Realizo mecánicamente lo que debo hacer, pero todo en mí es “aridez, sin agua”, quemado por este foco ardiente: el 30 de mayo de 1935 - Tiberíades- donde yo he dejado mi ser… Yo tenía necesidad de un absoluto al cual toqué, sin desgraciadamente abrazar” [3]

Treinta y cinco años más tarde, se siente próximo el término de su vida, Lev Gillet volverá sobre este acontecimiento central. Interrogado por un investigador en “ciencias religiosas” sobre los momentos de su vida donde él tuvo la “sensación” y la “convicción“ de estar en contacto con una realidad transcendente, él evoca el acontecimiento del lago de Tiberíades:

“Llegué a tener en mi vida personal íntima un sentimiento de presencia, de una presencia sobrenatural que me era dada. Este sentimiento persistió de una manera extremadamente intensa durante horas enteras. La presencia estaba conmigo, me llenó, me hacía llorar sin ninguna razón. Yo estaba totalmente subyugado por ella. Esto me pasó sobre las orillas del mar de Galilea… Yo no vi a ninguna persona. La presencia no tenía forma alguna, ninguna figura, ninguna configuración. (Se trataba simplemente de la presencia de una realidad que yo podía alcanzar y que me podía alcanzar) [14] En mi espíritu, ella estaba asociada a la persona de Jesús. Puede ser porque me sucedió sobre las orillas del lago de Galilea: (puede ser porque estaba influenciado por los alrededores, por el paisaje), por causa de los recuerdos asociados a este lago en los Evangelios. Pero fue tan poderoso que de repente yo vi la vanidad de las intenciones por las cuales iba a Jerusalén. Esto que yo vi, que yo sentí, superó todo lo que yo podía llegar a hacer en Jerusalén. ¡Supe que debía inmediatamente volver a Europa y nada más!” [5]

Separado por un largo intervalo de tiempo, contados en contextos totalmente diferentes, estos dos testimonies son en lo esencial idénticos. En su carta de otoño de 1935, Lev Gillet le cuenta a una amiga, cristiana como él, acerca de una emoción cuyas olas continuamente lo sumergen. Aquí se trata menos del “acontecimiento” mismo, sino de su prolongación en el presente: conciencia de una ruptura total, nostalgia de otro “lugar”, de la cual Galilea – el lugar de una comunión a la vez sensible y totalmente inefable con una realidad trascendente- es el símbolo. Jesucristo no es nombrado. Pero todo el contexto indica que es la sensación emocionante de su presencia que, en una suerte de dolorosa alegría, arranca lágrimas. Este sentimiento de “presencia” es analizado en la entrevista otorgada por Lev Gillet a un erudito de Oxford. El entrevistado se esfuerza visiblemente al hablar de su “experiencia” – término que sin embargo detesta-  de  hacerlo con una precisión y una preocupación de objetividad científica.

En los dos relatos, el acento está puesto sobre la total emoción que resultó de esta irrupción de una realidad trascendente: una emoción que se expresa con lágrimas incoercibles e incomprensibles. Los dos testimonios evocan también las características imperiosas del llamado recibido. Una orden irrecusable aunque inefable emana de la “presencia”. Como Saulo sobre el camino a Damasco, Lev Gillet se sintió “subyugado” por una fuerza luminosa que invade todo su ser, que lo llena y que, al mismo tiempo, lo sobrepasa infinitamente. El se siente de repente extraño a los propósitos que le habían traído a Constantinopla y, después, a Jerusalén…

Cuando el acontecimiento de Tiberíades tuvo lugar, tenía cuarenta y tres años de vida, exactamente la mitad de su vida terrestre. Para él, como para Mesa la de Compartiendo el almuerzo de Claudel, “la hora había llegado de la propuesta central que no puede ya evitarse”. Pero el sentido de esta propuesta queda todavía obscuro. Como en un túnel, él avanza en las tinieblas hacia la luz vislumbrada en el lago de Tiberíades y hacia esta voz de una suavidad tan desgarradora que no cesa de llamarlo

Con palabras de un poema de Newman, que el amaba y conocía desde el corazón, él ora y confía esta oración a su amiga [6]:

Lead, kindly light, amidst the encircling gloom, 

Lead thou me on ; the night is dark and I am far from home
Lead thou me on , Keep thou my feet ; I do not ask to see
the distant scene ; one step enough for me [7].





Notas

[1] Edward Robinson, This Time-Bound Ladder: Ten Dialogues on Religious Experience, Religious Experience Research Unit, Manchester College, Oxford, 1977, pp. 29-47. Sobre las circunstancias de esta entrevista, ver Un Moine de l’Église d’Orient, p. 574, n. 10.

[2] Sobre Mgr Winnaert y la misión del Padre Lev en Medio Oriente, ver Un Moine de l’Église d’Orient, en particulier pages 251 à 267.

[3] Carta del  9 noviembre 1935 a Élisabeth Behr-Sigel.

[4] Texto no incluido en Un Moine de l’Église d’Orient.

[5] Edward Robinson, This Time-Bound Ladder, pp. 32-33.

[6] Carta no fechada a Élisabeth Behr-Sigel.


[7] Extraída de : Un Moine de l’Église d’Orient, pp. 267-270. [Se puede traducir el poema del Cardenal Newman: « Dirígeme, gentil luz, a través de las tinieblas que me rodean. Dirígeme. La noche es obscura y yo estoy lejos del hogar. Dirígeme; Protege mis pasos. Yo no pido ver a lo lejos, un paso me basta » NDLR]

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