Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

jueves, 8 de noviembre de 2012

Tres experiencias inefables en la vida de Lev Gillet (Un monje de la Iglesia de Oriente)

Segunda Parte

Paul Evdokimov y P. Lev Gillet


2. “Un Pentecostés interior” (junio 1959)

El segundo acontecimiento tuvo lugar 24 años después de la visitación sobre las orillas del lago Tiberíades en mayo de 1935. El Padre Lev, después de haber retomado su “ministerio parisino” de múltiples facetas, se instala en Inglaterra desde 1939. El período de la guerra y de la post-guerra ha sido para él a la vez difícil y fecundo. Entre las actividades importantes del padre Lev en este período figuran los “diálogos con Trifón” –sus contactos y sus escritos sobre el mundo judío y las relaciones judeo-cristianas-, sus predicaciones en Inglaterra, su participación en la renovación de la Iglesia antioquena, sus escritos sobre la espiritualidad ortodoxa y sobre la oración de Jesús, la renovación de sus contactos con los monjes del monasterio de Chevetogne y los reencuentros con el mundo ortodoxo parisino a mitad de los años cincuenta. El Padre Lev no mencionó este segundo acontecimiento en su entrevista con el investigador de Oxford en 1971. Elisabeth Behr-Sigel escribe:

Nosotros hemos evocado lo que se puede llamar –sin forzar mucho las palabras- un segundo ministerio parisino de Lev Gillet: sus reencuentros, tan emocionantes, a partir de 1956, con el “París ortodoxo”; las esperanzas y los proyectos que de allí nacieron; las decepciones, en fin, la humilde fecundidad en los decenios siguientes de su ministerio. […] Para situar este nuevo ministerio parisino en relación al conjunto en su continuidad dinámica, hay que volver a aquel acontecimiento liberador que inaugura en su vida una nueva etapa espiritual, fecunda, activa, carismática, bajo el soplo del Espíritu

En junio de 1959, durante el retiro de los Fellowship [de Saint-Alban et Saint-Serge] en Pleshey, Lev Gillet conoció lo que él mismo nombra “un Pentecostés interior”, o también, sirviéndose del vocabulario de los pentecostales con los cuales simpatizaba, un “bautismo del Espíritu Santo”: “como manifestación con poder del Espíritu en nosotros y por nosotros”. A este don no solo puede sino que debe aspirar todo cristiano como lo proclama también el gran espiritual bizantino san Simón el Nuevo Teólogo, del que Lev Gillet se siente particularmente cercano y que, en esa época, el traduce algunos textos. [1]

La visión de la vida cristiana como vida en Cristo por el Espíritu Santo no es nueva en Lev Gillet. Esta aparece ya claramente en su libro Orthodox Spirituality escrito en 1944 [2]. Pero el acontecimiento –Erlebnis [3]- de Pleshey la ha actualizado, inaugurando en su vida interior, después de la concentración sobre el diálogo íntimo e inefable con el Salvador [4], una nueva etapa espiritual, más extrovertida, carismática y profética. Él la explica en un texto publicado en 1963 en la revista Contacts bajo el título “La Paloma y el Cordero” [5]. No hay discontinuidad entre la orientación cristocéntrica de su vida interior en el curso de los años precedentes – tal cual esta se expresa en Jesús, simples miradas sobre el Salvador- y la relación más íntima y más personal con el Espíritu del cual da testimonio la meditación sobre “La Paloma y el Cordero”. Se trata de una toma de conciencia, de una profundización, de la dinámica trinitaria. “La Paloma viene a nosotros para conducirnos con ella hacia el Cordero”, escribe el monje de la Iglesia de Oriente. “El Espíritu se manifiesta a los hombres como impulso hacia el Hijo. Ahora bien, el Hijo es el impulso hacia el Padre.” [6]

Lev Gillet insiste sobre el hecho de que su “meditación no pretende de ninguna manera ser un estudio de teología o de exégesis”. En realidad, La Paloma y el Cordero es una meditación a la vez teológica y mística y Lev Gillet, como él escribe en la carta que acompaña el envío de su artículo a Contacts, cree “tener algunas cosas que decir sobre el Espíritu Santo: se trata de mostrar que nosotros lo captamos solamente en nuestro impulso (él es este impulso) hacia Jesús (y a través de Jesús hacia el Padre) y que todo intento de fijar a nuestro provecho el curso de este impulso –de inmovilizarlo para contemplarlo- le hace más inaccesible aún y más evanescente – pero si nosotros coincidimos con este impulso, si nosotros nos volvemos uno con el descenso de la Paloma sobre Jesús, nosotros percibimos este descenso como don y comenzamos a experimentar al Espíritu Santo como el don de una persona hecha por una persona a otra persona, un Otro porque es la suprema manifestación del Amor personal”. [7]


3. Despertar el mundo (marzo 1971)

El tercer acontecimiento, en marzo de 1971, encuentra al padre Lev en el umbral de una edad avanzada. El tiene 77 años: “El espíritu permanece vivo, el corazón ardiente, pero el cuerpo débil”, escribe Elisabeth Behr-Sigel (p. 571). El Padre Lev siente la muerte aproximarse: su hermano mayor Pedro fallecido en 1965, sus amigos, más jóvenes que él, Eugraph Kovalevsky (Mons. Jean de Saint-Denis) y Paul Evdokimov, fallecen en enero y septiembre de 1970 respectivamente. Después de la muerte de Eugraph Kovalevsky, el padre Lev viaja a Atenas, a Beirut y a París. Retorna a Inglaterra para algunas predicaciones y publicaciones. Vuelve nuevamente a París para los funerales de Paul Evdokimov, después el vuelve a Inglaterra. En enero de 1971 se encuentra en Suiza para predicar un retiro. Luego se prepara para hacer otro viaje al Líbano. Elizabeth Behr-Sigel escribe:

En enero de 1971, él vuelve a Suiza. Él llega “extenuado con un fuerte enfriamiento”. Una próxima estancia en el Líbano le permitirá –él espera- retomar fuerzas. Permanece así durante varias semanas. De repente en marzo de 1971, a continuación, al parecer, de las vacunas recibidas en vista de su partida por el Oriente, su estado se agrava. Delira, aparentemente inconsciente, a causa de una fuerte fiebre y de un “hipo chillón”. Es ingresado al hospital Saint-Charles de Londres. Los médicos diagnostican una crisis de uremia con complicaciones vasculares y cerebrales. Su vida parece en peligro. Durante varios días, permanece sumergido en una especie de coma. Cuando él emerge, declara que, “inconsciente en apariencia”, él no estaba “en las profundidades” [8]. Estremecido psíquica y espiritualmente, “fulminado y triturado”, él se ha sentido al mismo tiempo “lleno de gracias”. “La voz del Señor no ha cesado de hacerse oír”. A través de esta enfermedad –él afirma- Dios le “ha marcado”.

Sobre el sentido, para él, de esta marca [signo], Lev Gillet lo explicará algunos meses más tarde, en una entrevista acordada a un investigador de Religious Experience Research Unit de Manchester College de Oxford. [9]

Esto que, observa desde fuera, que se presentaba como un discurso delirante, era en realidad –afirma él- una “dialéctica”. En los orígenes se encuentra un acontecimiento en apariencia insignificante pero que, para él, reviste un sentido profundo. En la tarde que precede a la crisis, Lev Gillet, acompaña a una amiga, una médica india, a visitar a una familia persa cuyo hijo, indiferente a todo, parece inmerso en un estado autista profundo. De repente, a la llegada de la ellos, el niño se “despierta”, y pide inmediatamente café para los huéspedes.

Es alrededor de este “despertar autista” del niño “espático”, que le ha profundamente conmovido, que va a suceder el “delirio” del Padre Lev Así comenta el Padre Lev el hecho del relato: “Yo me vi acostado en la tierra, en una planicie muy blanca, [en una noche oscura]. Ninguna luz, ninguna casa, ni a la derecha, ni a la izquierda. Nada. Solamente saliendo de la tierra, por aquí y por allá, pequeños seres espáticos, semejantes a lombrices de tierra. Algunos pronunciaban la palabra “café” (en persa Kawe). Cada uno de ellos llevaba una pequeña luz como las de las lombrices brillantes. De repente, yo tuve la impresión de tener una visión del universo en su totalidad. En nuestro universo, todos nosotros somos, en un sentido, niños espáticos. Cada uno se mueve según su propio espasmo el cual puede ser la ambición, el dinero, el sexo o cualquier otra cosa. Cada uno es prisionero de su espasmo, [como este niño espático]. Pero en la medida en que uno u otro toma conciencia de las realidades fuera de su propio yo, entonces uno comienza a pedir café para los otros.” (ibíd., p. 31-32)

Este sueño, asegura Lev Gillet, tiene un sentido profundo: salvar al mundo, salvar a seres espáticos como nosotros, despertarles. Despertarnos de nuestros delirios autistas para convertirnos finalmente en hombres, “en seres humanos para los otros”.

El llamado –él lo sabía- le concierne personalmente. Lo que a él se le pide es una kénosis total: vaciarse de todo amor propio, de todo sentimiento de superioridad intelectual o espiritual: “Comprendí, explica él, que si yo deseaba ver a los niños espáticos emerger de la tierra lo único que debía hacer era ponerme, a mi mismo en el suelo, perdiendo todo sentimiento de mi importancia como individuo. Darme cuenta que todo lo que yo hago, todo lo que yo digo, todo lo que yo escribo, no tiene ninguna importancia. Lo importante para mí es extenderme por tierra. Entonces yo [seré capaz de ver emerger estas personas espáticas. Y lo único que yo tengo que hacer es ayudar a tales personas]” (ibíd., p. 33). El mensaje es claro, riguroso e indiscutible, como lo fue el que recibió anteriormente en el lago Tiberíades. No le queda más que obedecer. […]

El mensaje recibido a través de la enfermedad en la primavera de 1971 marcará profundamente el clima espiritual de los últimos años de la vida del Padre Lev Él confirma en ellos lo que él llama su “vocación de pérdida” [10].

  


Notas:

[1] Estas traducciones de la cuales él mismo me habló, que él habría querido que sean publicadas por Chevetogne, parecen haberse perdidos.

[2] Versión francesa: Introduction à la spiritualité orthodoxe, Desclée de Brouwer, 1983.

[3] Sensible a una tonalidad de sentidos difíciles de expresar en francés - Erlebnis viene de leben, “vivir” – Lev Gillet emplea en sus cartas los términos en alemán correspondientes al francés “acontecimiento”

[4] Ver Jésus. Simples regards sur le Sauveur.

[5] En los orígenes de estos textos hay una meditación dada  en ingles por Lev Gillet en 1962 en Broadstairs, en el marco de las conferencias anules de Fellowship de Saint-Alban et Saint-Serge. Una versión francesa considerablemente alargada, que fue destinado primero a Irenikón, aparece finalmente en la revista Contacts (1963, n° 41) donde el autor afirma “sentirse más libre” (carta del 2 octubre de 1962 a Élisabeth Behr-Sigel.). Estos textos serán más tarde incorporados al pequeño volumen publicado en Chevetogne que lleva éste título. Nuestras citas se refieren a esta última publicación.

[6] La Colombe et l’Agneau, Chevetogne, 1979, p. 25, 51, 52.

[7] Carta del 20 octubre 1962 a Élisabeth Behr-Sigel. Extraído de: Un Moine de l’Église d’Orient, pp. 511-513.

[8] Carta del 14 abril de 1971. Las citas que siguen son sacadas de esta carta. Algunas informaciones sobre la enfermedad del P. Gillet han sido provistas por el secretario de Fellowship, el reverendo Basilio Minchin.

[9] Ver Edward Robinson, This Time-Bound Ladder, Oxford, 1977, p. 29-47. La entrevista con Lev Gillet debió ubicarse entre febrero y marzo de 1972. Éste último hace alusión de ella en una carta con fecha del 10 de marzo del mismo año.

[10] Extraído de: Un Moine de l’Église d’Orient, pp. 573-576.


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