Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

domingo, 9 de diciembre de 2012

Acatistos de la Zarza ardiente




La Zarza ardiente del Éxodo figura a menudo en los textos litúrgicos como imagen o prefiguración de la Madre de Dios. Entre 1943 y 1956, el círculo de la Zarza ardiente estaba compuesto de rumanos fervientes que se reunían para orar y discutían alrededor del tema del rol de la espiritualidad en la sociedad rumana, especialmente en los ámbitos intelectuales y literarios. El acatistos a la Zarza ardiente fue compuesto por el padre Daniel (el poeta Sandu Tudor), monje del monasterio de Todos los Santos (conocido como “monasterio de Antim”) de Bucarest.


Kondakion 1

¿Quién es ésta, pura y blanca como el alba? Es la Reina de la oración y su encarnación, princesa de toda la nobleza y soberana alma de la mañana, novia del Consolador que transfigura la vida. Hacia ti nosotros corremos, ardiendo y consumidos por el deseo. Concédenos acceder a la santa montaña del Tabor, y sé para nosotros también sombra y rocío, tú a quien la gracia cubre con su sombra, para que nuestra naturaleza obtenga a su momento ser renovada por un engendramiento carismático y que, todos juntos, con la creación entera, exclamemos profundamente inclinados: ¡Alégrate, Esposa y Madre de la oración continua!

Ikos 1

Virgen del Eón sin ocaso, santa Madre de la Luz, escúchanos a nosotros esclavos del pecado, hijos indignos del fango. Dulcísima, buenísima y santísima Virgen, llave del Señor Jesús, libéranos de los cerrojos de la maldición, ábrenos el camino hacia lo alto, para que recibida la revelación tan deseada, el secreto del Esposo amado, te podamos cantar nosotros también, como Moisés que, quitándose sus sandalias, el rostro volvió hacia la llama de la zarza, ardiente de gracia, y exclamó en el anochecer:

Alégrate, tallo luminoso de la zarza que no se consume;
Alégrate, rocío cristiano por el que Dios ha germinado en el mundo.
Alégrate, huella ardiente de un fuego que viene de más allá de los cielos.
Alégrate, lágrima que derrite el hielo interior.
Alégrate, bastón florecido del peregrino que camina hacia el lugar del corazón.
Alégrate, chorro de agua fresca que brota en el desierto interior.
Alégrate, sello ardiente impreso en las profundidades del alma.
Alégrate, octavo día del reino que está dentro de nosotros.
Alégrate, tradición de la alegría venidera.
Alégrate, maravillas recibidas en la admiración del espíritu.
¡Alégrate, Esposa, Madre de la oración continua!


Kondakion 2

¿Cómo alcanzar la paz de los pensamientos, Virgen Madre, Virgen Santísima? ¿Cómo esquivar el asalto de las pasiones, las tentaciones tan numerosas que nos rodean? Otórganos la ciencia misteriosa tan deseada, la sabia maestría en el arte espiritual, para que venzamos nuestra naturaleza cautiva y accedamos a la alegría de la paz del alma. Entonces, arrebatados por la oración en la invocación luminosa, nosotros también cantaremos una alabanza sincera y perfecta, un elogio verdadero y sálmico:

Ikos 2

Flor ardiente por la llama que no consume, oh Theotokos, imagen de paz vislumbrada en el fuego, aureola de un orbe inmenso de frescura, ven a nosotros, ayúdanos a encontrar, bajo tu dulce conducto, la larga respiración del pecho de la paloma de plata que sostenía su vuelo sereno y a la que el Rey-Profeta veía planear por encima de las cimas de Basán. Así todos juntos cantaremos unidos a los coros angélicos y entonaremos esta antífona:

Alégrate, paso de danza hesicasta, por cuyo vuelo es suscitada la bendición
Alégrate, alma que reposa en una respiración mesurada.
Alégrate, rueda que se eleva movida por la paloma del Espíritu.
Alégrate, paz establecida en el espacio interior.
Alégrate, ascensión más allá de los tiempos, apoyada sobre las alas del águila
Alégrate, eternidad detenida en el interior de un instante.
Alégrate velo inmenso desplegado para la navegación celestial.
Alégrate, aspiración del cielo que perfecciona el espíritu.
Alégrate, murmullo silencioso como un susurro de agua viva.
Alégrate, fruto exquisito dado por la Filocalia.
¡Alégrate, Esposa, Madre de la oración continua!


Kondakion 3

Más allá de los siglos, oh Virgen, yo escucho hablar de ti por la boca de Isaías, el profeta de las brasas ardientes, y en el cielo de la Escritura, de todas las alturas de la gracia, resuena esta palabra que fue proclamada para ti: Un niño nos ha nacido, un Hijo nos ha sido dado; el signo de la dominación está sobre su hombro, se le ha dado este nombre: Admirable, Ángel del gran Consuelo, Dios fuerte, Príncipe de la Paz, Padre de los siglos venideros. Tal es su Nombre, el Nombre de las cinco advocaciones, el santo Nombre del Señor, que Jesús traerá. Tierra, escucha y permaneced atenta, mientras todos nosotros gritamos: ¡Aleluya, Aleluya, Aleluya!

Ikos 3

Es una Madre virgen para siempre en la que se ha encarnado aquel que guardado intacta la naturaleza corporal de la zarza ardiente. El Nombre del Señor de la gloria se ha hecho palabra pronunciada. Dios el invisible, aquel que se había mostrado enigmáticamente en el corazón del fuego, el rostro de la belleza celestial, la imagen infinita, se ha ceñido a sí mismo, ha aceptado ser medido a nuestra medida, y el inefable se ha verdaderamente manifestado entre nosotros, como un humilde vencedor montado sobre una pequeña asna. Gustad, vosotros también, los poderes ocultos en el Nombre de luz, y vosotros pasaréis de la muerte a la vida, deificados en todo vuestro ser. Y todos entonces cantaremos con una voz clara y segura:

Alégrate, condescendencia por la cual Dios nos concede contenerlo a nosotros también.
Alégrate, fuerza por la cual también nosotros caminamos con Jesús sobre  las aguas.
Alégrate, misericordia en la cual Cristo nos es dado.
Alégrate, quietud interior donde se cumple la venida de aquel cuyo Nombre es Amén.
Alégrate, ocio íntimo en el cual el Logos por nosotros mismos es escuchado.
Alégrate, reconciliación por la cual nosotros accedemos a lo más secreto de nuestro ser.
Alégrate, dulzura que nos hace hermanos del Emanuel.
Alégrate, silencio en el cual la pulsación del Espíritu se une a nuestra sangre.
Alégrate, soledad en la cual el cielo del corazón repentinamente se despliega en nosotros.
Alégrate, transparencia que permite al ángel despuntar en los cuerpos.
Alégrate, pureza que atrae la venida del Rey de la gloria al mundo.
¡Alégrate, Esposa, Madre de la oración continua!


Kondakion 4

El Señor es amor eterno y su Nombre también es Amor. Venid, dejémonos impregnar de Dios, profundamente, con todo el impulso del amor. Tú, Virgen santa, tú lo has llevado. También a nosotros recuérdanos que lo llevamos, que vivimos y nos movemos en el Dios viviente. En todo lugar, haznos conscientes de estar con Él, y que por su virtud crece nuestra virtud, si a cada respiración nosotros invocamos el Nombre del Señor. Entonces clamaremos como un solo ser celebrando: ¡Aleluya!

Ikos 4

Enséñanos tú, oh Virgen, el misterio de la constancia en la oración, y la fuerza de la invocación humilde y discreta. El agua fluye por su naturaleza, y la piedra por su naturaleza es muy dura, pero el perpetuo fluir del agua puede perforar la dureza de la piedra. Dígnate, oh Virgen, a ayudarnos por tu misericordia a que triunfe  la gota de la gracia sobre nuestro gran endurecimiento, y nosotros te cantaremos esta doxología:

Alégrate, audacia tan delicada en la repetición del santo Nombre.
Alégrate, fuente de agua viva que fluye sin tregua.
Alégrate, cetro tallado en la piedra blanca del Señor.
Alégrate, dulce panal del cual la miel es Cristo, el Hijo del hombre.
Alégrate, don concedido a mi espíritu por mi Cristo.
Alégrate, comunión perfecta en el misterio de la Encarnación
Alégrate, efusión de gracia que nos viene del Hijo de Dios.
Alégrate, rosario viviente del Kyrie eleison.
Alégrate, impulso celestial que me arrastra a mí pecador.
Alégrate, abundancia del recuerdo de Dios.
Alégrate, repetición carismática de una invocación admirable.
¡Alégrate, Esposa, Madre de la oración continua!


Kondakion 5

Virgen santa, delante de ti siempre quedarán confundidos los pensadores y los sabios de este mundo, ya que tú eres el sello de la incorruptible Sabiduría, puerta cerrada a los que prevalecen en su inteligencia, paraíso viviente digno de las maravillas de Dios. Tú nos muestra que la vida no nos ha sido dada para que nosotros le demos un sentido a nuestra manera. Nosotros no estamos llamados solamente a la nobleza de existir, la vida verdadera está más allá de nuestros conceptos y de nuestras categorías; más allá del espacio y del flujo de los instantes. Ella es el espejo de este cielo de fuego dentro de nosotros del que la bóveda está tendida sobre los abismos de nuestro corazón y de nuestro actuar. Ella pertenece al Verbo, y Él quiere que ella se abra a su Encarnación, y que ella resuene en un eterno: ¡Aleluya!

Ikos 5

Santísima Virgen Madre, tú eres en verdad la sobriedad, la voluntad recogida en la claridad del espíritu, el ojo interior abierto ampliamente sobre el círculo del horizonte divino. Tú eres el corazón donde reina victoriosa la transparencia de la pureza,  la gran vigilia del alma siempre dispuesta a acoger el misterio de Dios. Pero tu sobriedad contiene también la delicada confianza de un niño, la santa simplicidad que mira sin turbación tu corazón apacible y ante la cual lo maravilloso nos sorprende, mientras que nosotros nos inclinamos cantando con todo lo que tiene soplo de vida:

Alégrate, lugar donde se unen en cruz el fervor del espíritu y su sobriedad.
Alégrate, eje del cielo y estrella de la mañana, anunciadora de los misterios en el fondo del alma.
Alégrate, freno que vence el pululamiento de los pensamientos y de su vano tumulto.
Alégrate, espejo donde se refleja Aquel que está más allá de la carne.
Alégrate, castillo muy interior de mi alma.
Alégrate, laúd del corazón que resuena bajo el arco del Espíritu.
Alégrate, canto que brota de las cinco cuerdas siempre vibrantes del santo Nombre.
Alégrate, música inefable del segundo nacimiento.
Alégrate, fiesta silenciosa de la gnosis perfecta que nos desposa al Nombre de la Sabiduría.
¡Alégrate, Esposa, Madre de la oración continua!


Kondakion 6

Virgen Santísima, Madre no desposada, tú eres el único corazón donde sin desfallecer el Nombre de gloria se canta en toda su plenitud viviente y verdadera. Es para nuestra gran maravilla, oh Purísima, ya que en ti única e incomparablemente, el corazón del hombre y el corazón de Dios han latido y laten sin fin al unísono, y la oración, como un movimiento de reloj, miden a la vez tu contemplación y el cielo, modelando tu corazón sobre los misterios de amor de Dios. Oh carro de luz sin crespúsculo, elévanos, a nosotros también, hacia la sabiduría bendita del corazón, para que hechos mejores y dignos te cantemos, presentándonos ante ti como una Iglesia viviente, una aclamación ortodoxa: ¡Aleluya!

Ikos 6

Madre de Dios, corazón de luz; Madre de Dios, corazón del mundo; Madre de Dios, corazón purísimo; Madre de Dios, corazón del Verbo, hacia ti venimos, llenos de vergüenza y con el alma desfallecida, el cuerpo inclinado y dobladas las rodillas, ya que por consecuencia de nuestra ignorancia, nuestro corazón se ha grandemente oscurecido, el Señor nos ha dejado vagar por los caminos de nuestro espíritu, pero ahora, hemos venido hacia ti, Madre de Jesús, acógenos, como almas sedientas de las alegrías de la mañana sin ocaso, y dígnate renovar en nosotros un corazón puro, para que nosotros te cantemos:

Alégrate, arca de la alianza de mi alma.
Alégrate, cofre sellado que contiene el Nombre de Dios.
Alégrate, navío viviente que navega sobre los misterios de la creación.
Alégrate, cesta a la que no contamina ninguna de las vanidades del mundo.
Alégrate, trono donde la Vida misma reposa.
Alégrate, resonancia viviente donde canta un rayo de la luz increada.
Alégrate, tesoro interior donde están contenidas todas las riquezas de la gracia.
Alégrate, tabernáculo místico ubicado sobre el santísimo altar.
Alégrate, templo celestial del cual el Espíritu es el liturgo.
Alégrate, cinta de fuego en nuestro pecho.
Alégrate, Iglesia toda ardiente del deseo de desposarse con Cristo.
¡Alégrate, Esposa, Madre de la oración continua!


Kondakion 7

Esposa santísima, gloriosa y resplandeciente, y proclamada bienaventurada, Reina de todos los cielos, tú tienes a los apóstoles por cortejo, a los ángeles como heraldos y mensajeros, a los evangelistas por cronistas e historiadores, una corte numerosa y noble, como tú, divinamente luminosa, dulce, acogedora y maravillosamente engalanada. Pero, cómo proclamarte cánticos sagrados, si tú eres también terrible, como un ejército formado en batalla, ya que tú eres brillante, serena e sin compromisos, como una espada afilada. Tú eres guardiana y protectora de todas las cosas santas, de todas las gracias y de todos los misterios contenidos en los dones de Dios, de los ritos, de los signos y de las palabras sagradas. Para las bodas del Esposo soberano, una pureza total es necesaria, toda inmodestia de los ojos o de la vestimenta es desterrada. Que ninguno de los que no han sido iniciados en los misterios no ose pues poner la mano allí: ¿quién dejaría a los puercos alimentarse de perlas o a los perros comer en vasos sagrados? Pero sólo el Espíritu puede introducirnos allí y hacer que los recibamos dignamente. Venid, pues, reconciliados y puros, y juntos cantaremos, para expresar nuestro gozo perfecto: ¡Aleluya!

Ikos 7

Madre de Dios, Madre buenísima del mundo, guardiana de la tradición del Verbo, tú posees en la Jerusalén celestial, en sus lugares más silenciosos, un santo y gran monasterio invisible, donde residen, como tus servidores presurosos, todos los que con un verdadero celo han renunciado a sí mismos: ascetas, monjes y ermitaños, anacoretas, hesicastas y padres espirituales y quien mantiene los tesoros de bendición: la sobriedad, la firmeza del alma, el consejo del padre espiritual, todas las cosas que purifican, enderezan y aclaran al alma, y que participan de tu pureza y de tus misericordias infinitas. Juntos, ellos forman la doctrina secreta, la herencia de los santos, puestas al alcance de nuestra mano en los escritos, en las palabras y en todos los textos de los santos Padres. Por todo esto nunca sabremos como dignamente alabarte, honrarte y glorificarte, si no cantándote así:

Alégrate, púrpura imperial de la alegría del Amén.
Alégrate, plenitud de la gracia que se escurre como una lágrima del espino.
Alégrate, raíz pascual de las nuevas alegrías.
Alégrate, paz universal establecida dentro de nosotros.
Alégrate, paraíso que irriga todas las aguas del cielo.
Alégrate, claro esplendor de la mirada de los niños.
Alégrate, rosa empañada del rocío de los misterios.
Alégrate, alma a quien las lágrimas de luz tejen un vestido.
Alégrate, zafiro celestial caído en nuestro corazón como una gota de rocío.
Alégrate, anunciadora de la quietud sabática.
Alégrate, poesía eterna que se canta en el silencio del alma maravillada frente al misterio.
¡Alégrate, Esposa, Madre de la oración continua!


Kondakion 8

Señor Jesucristo, mi dulce Señor, hacia ti inclino mi frente, y como el apóstol Tomás pongo la mano sobre el santo lugar. Recogido, teniendo los ojos cerrados del espíritu, sin palabras, como el ciego yo espero, inclinado sobre el abismo que en mí es repentina y enteramente iluminado, bajo el resplandor del sol interior. Pero como la noche oscura de mis pecados no me permite aún percibirte, yo tanteo con una mano indecisa, con el dedo de la esperanza, de la fe, del presentimiento, del deseo y de la duda, y si esto no basta tantearé también con la otra mano. Pero mi corazón, traspasado por un rayo ardiente, dolorosamente y sin embargo con dulzura, murmura tu invocación. Al ritmo de la respiración y sin esfuerzo, la pulsación de la oración sorda hacia la luz, exclama: ¡Aleluya!

Ikos 8

Madre del Señor, Señora del Misterio, Señora de la Esperanza, vestida del zafiro de las noches, Señora con las tres estrellas sobre tu manto, y santa ancla de nuestras aspiraciones, estoy aquí de nuevo ante ti, disipado por el tumulto del mundo y esclavos de mis pensamientos. Después de haber recibido el consejo de mi padre espiritual y su bendición, yo había entrado en el camino de mi salvación, provisto de la santa decisión de esforzarme en orar sin cesar. Pero mis pensamientos, ídolos de tierra, no me dejan el tiempo para establecerme en estado de oración, en el lugar de Dios, allí, en el fondo de mi corazón hacia el cual yo tiendo. Ayúdame tú, mi Protectora, a consolidarme en la invocación incesante, ayúdame, y yo te cantaré:

Alégrate, Madre del Señor, encarnación de la Sabiduría.
Alégrate, fuerza de la virginidad, verdadera alma del mundo.
Alégrate, cuerpo santificado, lugar que contiene a Dios.
Alégrate, santos de los santos, lugar misterioso en el centro de los corazones
Alégrate, tesoro espiritual encerrado en el espíritu de los humildes
Alégrate, don asegurado de todas las virtudes inefables.
Alégrate, incensario de oro de donde se elevan sin cesar oraciones puras.
Alégrate, unión en un mismo pensamiento de todas las Iglesias reconciliadas.
Alégrate, relámpago que ilumina las almas de los fieles.
Alégrate, tú que no cesas de ayudar incluso a los que están endurecidos en el pecado.
Alégrate, manto protector que recubres nuestras debilidades.
¡Alégrate, Esposa, Madre de la oración continua!


Kondakion 9

Oh Madre de Dios, siempre purísima, que nuestra oración te sea agradable y su efusión perpetua como nueve laúdes y nueve copas, y que al lado de la Trinidad santa, término de nuestra alegría que se eleva, llevadas sobre tus manos hacia Cristo Esposo como un perfume muy dulce, su ofrenda sea admitida, para que todos juntos y con todos los cielos, seamos hechos dignos de cantar un inmenso y eterno: ¡Aleluya!


André Scrima et Placide Deseille, dans

Romul Joanta (Mgr Séraphim), Roumanie, Tradition 
et culture hésychastes, éd. de Bellefontaine, 1987.
Reproduit dans Recueil d’Acathistes, Monastère 
Saint-Antoine-le-Grand, Royans, 2008.


Publicado por Lumiére du Thabor. Número 40, Junio 2011. Págs. 23-26.

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