Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

viernes, 16 de marzo de 2012

Violencia y gracia: La lucha espiritual

Kallistos Ware


Una teología experiencial

“Yo no quiero que tú estés bajo la ley sino bajo la gracia” (Carta 23), así escribía el Gran anciano, Barsanufio a su compañero de ascesis, el otro anciano, Juan de Beersheva. Esta breve frase resume la actitud de los dos Ancianos de Gaza en relación de la lucha espiritual. Como guías espirituales, ellos no quieren imponer un código exhaustivo de regla, sino que buscan defender y proclamar la gracia y la libertad que nos son dadas por la fe. “Tú sabes que no hemos nunca impuesto vínculo a nada” (Carta 51), dice Barsanufio y Juan en otra ocasión.

De esto resulta claro al menos qué no debe esperar el lector encontrarse en las 848 cartas de la correspondencia de los dos Ancianos de Gaza llegadas hasta nosotros. La colección no es de hecho sistemática - y en esto está, al menos en parte, su valor - si bien se incluyen algunos leitmotiv que le confieren un espíritu coherente y característico. Ante todo aquí no encontramos un sumario metódico de mandatos exteriores para imponer mecánicamente al aspirante asceta.

Igualmente, hay una casi completa ausencia de misticismo especulativo de tipo origenista-evagriano. Si bien Juan admite que algunos textos de Evagrio pueden ser leídos con provecho, en general tanto él como Barsanufio, muestran una fuerte reserva en relación a las obras de Orígenes, Evagrio y Dídimo el Ciego. Ante un monje que declaraba que la lectura de las obras dogmáticas conduce su mente a la contemplación (theoria), Barsanufio no lo anima en absoluto: “No querría que tú te deleites en estas cosas, con el motivo de que elevan la mente en alto, sino con las palabras de los ancianos, ya que estas humillan la mente en lo bajo.” (Carta 547),

En su enseñanza, los dos ancianos de Gaza evitan los términos tales como theoría, theologhia y gnosis.

Si la correspondencia no es un código legal, ni un tratado sobre el misticismo especulativo, no es tampoco una compilación de historias de milagros. Es verdad que Barsanufio y Juan intuyen los pensamientos secretos de aquellos que se dirigen con ellos (cf. Carta 70) y que curan a otros a través de su oración (cf. Carta 91; 570)  o enviándoles agua bendita (cf. Carta 643-644), pero en general no realizan milagros y en sus cartas hay una sorprendente falta de énfasis en relación a los milagros. No debemos confiarnos de visiones o de sueños, repiten incesantemente (cf. Carta 414-415; 418), ni poner la confianza en los signos y milagros: estos, dice Barsanufio, “no son para los fieles, sino para los infieles (cf. 1 Cor 14, 22)” (Carta 40; 34). Si bien, se habla mucho de los ataques de los demonios en el interior del hombre a través de las pasiones y de los pensamientos, de hecho en las respuestas de los dos Ancianos no hay nada que haga referencia a manifestaciones espectaculares del demonio, como lo encontramos, por ejemplo, en la Vida de Antonio escrita por Atanasio y en los escritos de Evagrio.

Si en las cartas de Barsanufio y Juan no encontramos reglas sistemáticas, especulaciones místicas o historias de milagros, ¿Qué encontramos? Lo que nos ofrecen es ante todo un cuadro extraordinariamente vivo y humano del modo en el cual el ministerio de la paternidad espiritual era practicado en la Iglesia antigua. Ningún otro texto antiguo presenta un informe tan directo y cercano de las preguntas que la gente hacía y de las respuestas que recibían. Los dos Ancianos no dan principios generales, fundados sobre anteriores fuentes escritas, sino que presentan respuestas específicas y personales a determinadas preguntas, nacidas de lo que ellos mismos han probado, visto y padecido. Los dos adjetivos que mejor describen su teología son experiencial y personalizada. La teología de ellos es experiencial, en el sentido de que ella es el fruto de su inmediata y viva experiencia; y es personalizada en el sentido de que lo que les importa a ellos no son las reglas, sino las personas, no son las ideas abstractas sino los singulares seres humanos en toda su variedad y unicidad.

Este acercamiento personalizado es evidente especialmente en su insistencia sobre la ascesis interior más que sobre la exterior. “En cuanto al ayuno del cuerpo, no te aflijas, porque esto no es nada sin el ayuno espiritual” (Carta 78), dice Barsanufio a un monje turbado por la propia falta de fuerza física. Teniendo en mente la gran variedad de las posibilidades físicas de las diversas personas, no proponen una medida de ayuno igual para todos. Concuerda con esto lo que dice el gran profeta inglés del siglo dieciocho, William Blake: “Una única ley para el león y para el buey es una opresión”. Por esta razón, como dice Juan, “nuestros padres, que eran perfectos, no tenían una regla fija (Kanònos hòros)” (Carta 86).

Cuando los dos Ancianos dan consejos considerando al ayuno, dan una indicación que puede ser interpretada libremente, según las necesidades de cada uno: “No tomar nada por glotonería sino según el hábito recibido, y después de haber comido permanecer con hambre y no saciado” (Carta 511).

El mismo principio concierne al sueño: es necesario “permanecer un poco por de bajo tanto del alimento como del sueño” (Carta 158). Esta indicación personalizada, es decir no saciarse nunca del sueño, del alimento y de la bebida – incluso del agua- se remonta a los orígenes del monaquismo egipcio. La encontramos en las fuentes pacomianas, en los Dichos de los padres del desierto, en la Historia de los monjes, en Evagrio y su discípulo Juan Casiano. Fiel discípulo de los dos Anciano de Gaza, Doroteo, adopta el mismo principio en la formación de la vida monástica del joven Dositeo.
  
Ascetismo antinómico.

Fiel a este punto de vista experiencial y personalizado, Barsanufio y Juan más que expresarse de modo metódico y coherente, prefieren recurrir al contraste y a la paradoja. En esto se asemejan a Juan Clímaco. Típico de su enfoque enigmático y provocativo es el consejo que el Gran anciano da al monje Andrea: “Olvídate de ti mismo y conócete a ti mismo” (Carta 113). En su interpretación de la lucha ascética, los Ancianos de Gaza han recurrido a tres contraposiciones.

- Severidad y moderación. “Es imposible ser salvados sin trabajo (Kòpos)” (Carta 239) – dice Barsanufio a un monje de la comunidad de Gaza-. No creas que es fácil, ya que es necesario sudar, trabajar y hacerse violencia (bía) (Carta 239). Pero cuando el superior de la comunidad, abba Sérido, había extenuado su cuerpo con una fuerte austeridad  ascética y en consecuencia se había gravemente extenuado, Barsanufio lo reprendió, exhortándolo para el futuro a tratar su cuerpo con discreción (diàkrisis), de modo que éste lo sostuviese en su ministerio espiritual y le sirviese con suficiente fuerza en sus deberes hacia los hermanos (cf. Carta 570).

-     Libre voluntad y gracia. Enfatizando la importancia de la libre elección, el Gran anciano afirma que el padre espiritual no debe recurrir a la fuerza, sino respetar la libertad interior de sus hijos: “No forzar la elección, sino sembrar con esperanza (cf. 1 Cor 9, 10). También nuestro Señor, en efecto, no ha forzado a nadie, sino ha llevado la buena nueva, a quien queria escucharla” (Carta 35).

Si bien, obedece a sus superiores, el monje no es totalmente pasivo, sino que debe hacer uso de la propia libre voluntad: “Si quieres progresar, trabaja” (Carta 256). Pero esta insistencia sobre el ejercicio activo de la libre voluntad está unidad a una clara afirmación del primado de la gracia divina: “Dios… sabe que el ser humano no puede realizar nada por sí mismo. Pero Dios es todo” (Carta 493).

-     Austeridad y alegría. Barsanufio exhorta a la “fatiga del corazón” (pónos Kardías) (Carta 265), pero al mismo tiempo, a un monje oprimido por el desaliento, le dice por tres veces con énfasis triunfante: “¡Alegrémonos en el Señor, alegrémonos en el Señor, alegrémonos en el Señor!” (Carta 10).

Examinaremos ahora estas tres contraposiciones que ofrecen una clave para comprender la enseñanza ascética de los dos Ancianos, y al final consideraremos un tema posterior que suaviza su maximalismo con un sentido de mutua solidaridad: el uso del precepto paulino: “Cargad el peso los unos de los otros” (Gal 6, 2).

No diremos, en cambio, nada sobre el fundamento sacramental de su ascetismo y sobre la enseñanza acerca sobre el recuerdo de la muerte, ya que estos temas son tratados en otras conferencias del presente convenio.

Severidad y moderación

-     Los dos Ancianos de Gaza toman en serio la exigencia radical de la ascesis interior. Dan peso a las palabras de Cristo: “El reino de los cielo sufre violencia y los violentos se adueñan de él” (Mt 11, 12). Haciendo referencia a los Dichos de los padres del desierto, Barsanufio dice: “Hermano, la violencia hacia sí mismo (cf. Mt 11,12) en todas las cosas y la humildad, hacen progresar” (Carta 243). En un pasaje se pregunta: “Si no nos hacemos un poco de violencia a nosotros mismos, ¿Cómo podemos ser salvados?” (Carta 191). Con su típica prudencia, Juan agrega que esta violencia hacia sí mismo no debe ser excesiva: “Necesita hacerse violencia con cuanto es posible y no más allá de lo posible” (Carta 519).

Esta violencia exige más particularmente la necesidad de una paciencia perseverante. Ningún texto de los evangelios es tan citado por Barsanufio y Juan como el de Mt 10, 22: “Quien persevera hasta el fin será salvado”. En un pasaje característico Barsanufio afirma: “No hay que pedir nada a Dios, tampoco por medio de sus siervos, sino auxilio y fortaleza para soportar, ya que quien persevera hasta el final será salvado (cf. Mt 10, 22)” (Carta 1). Juan dice: “Si ves que tienes un deseo seguro de permanecer y de soportar, por gracia de Dios, todos los males que sobrevengan hasta la misma muerte, entonces permanecerás” (Carta 703).

Esta acentuación de la necesidad de soportar pacientemente lo que suceda (hypomonè tón eperchoménon) hace referencia a la enseñanza de Marcos el Monje. Como modelos de esta paciente soportación, Barsanufio y Juan recuerdan a Job y también a Lázaro.

Esta violencia hacia uno mismo y esta paciente soportación están sintetizadas en un mandato central de la teología ascética de los dos Ancianos de Gaza. Barsanufio escribe:

“En cuanto a cómo debes comportarte con el hermano: aquel que quiera agradar a Dios (cf. 1 Ts 4, 1) reniega la voluntad propia a favor del prójimo, haciéndose violencia a sí mismo.” (Carta 122)

“Quien no tiene ninguna voluntad y se reprende en todo, encuentra misericordia de Dios.” (Carta 243)

“A menudo yo te he escrito las palabras de la Escritura del Señor, de ser paciente en todo y de prestar atención a que no se mescle en nada tu voluntad.” (Carta 16)

Esta negación de la voluntad propia no debe ser practicada solo ocasionalmente, sino en todo momento. Renunciando a nuestra voluntad obtenemos dos cualidades de extrema importancia: humildad y liberación de los afanes (amerimìa): “La humildad es renunciar en todo a la propia voluntad y no preocuparse de nada” (Carta 462).

En ningún lugar los Ancianos de Gaza  sugieren que este separarse de la voluntad propia sea una tarea ligera y fácil. Por el contrario, es un morir a sí mismo, un verdadero y propio martirio interior: “Dejar la propia voluntad es derramar la sangre” (Carta 254). El asceta es alguien que ya incluso en la vida presente ha sufrido la muerte y ya está sepultado en la tumba. Barsanufio escribe: “Esfuérzate en todo a morir a todo (cf. Col 2, 20; Gal 6, 14), y serás salvado. Y di a tu pensamiento: “Estoy muerto y reposo en el sepulcro” (Carta 55). Por esta razón Barsanufio habla de su celda como de “mi cementerio” (Carta 141). Como Juan explica, el Gran anciano usaba esta expresión:

“Porque ha encontrado reposo de todas las pasiones, está muerto en efecto completamente al pecado (cf. Rm 6, 2.10) y su celda, en la cual está sepultado como en una tumba por el nombre de Jesús, es un lugar de alivio.” (Carta 142)

Violencia hacia sí, paciente soportación y renuncia de la propia voluntad para Barsanufio y Juan se entienden en términos cristológicos, como una imitación de Jesús en su vida terrena. Si renunciamos a nuestra voluntad, seguimos el ejemplo de Cristo que no ha venido a hacer su voluntad sino la del Padre (cf. Carta 150.239). Más específicamente, seguimos a Cristo en el largo camino de la cruz. La espiritualidad de los dos Ancianos de Gaza está centrada en la Pasión: “Dejemos el bastón de caña y tomemos el bastón de la cruz” (Carta 182).

Recurriendo a una imagen frecuente en los escritos de abba Isaías, ellos enseñan que no es suficiente seguir a Cristo en el largo camino de la cruz, sino que somos llamados a subir con él a la cruz: “Tú debes subir con Cristo a la cruz y ser clavado con los clavos y traspasado por la lanza” (Carta 45) Y también: “¡Emigra del mundo, sube a la cruz!” (Carta 48). En relación a esto, Barsanufio y Juan exhortan a una meditación vivida y detallada de los sufrimientos del Salvador:

“Has  reposar la dulzura en tu corazón recordando la oveja y al cordero (cf. Is 53, 7) sin culpa, Cristo. Cuántas cosas soportó siendo inocente: insultos, flagelos, etc.” (Carta 20)

“Si quieres adquirir el reposo perfecto, aprende lo que él ha soportado y soporta… Esta es la perfecta humildad… soportar injurias e insultos y todo aquello que padeció nuestro maestro Jesús (cf. Mt 23, 8).” (Carta 150)

“Déjame recordar a nuestro soberano Jesús, que por mí ha gustado la amargura y el vinagre.” (Carta 191)

Pasajes de este tipo en Barsanufio y Juan recuerdan la larga sección sobre la Pasión en la Carta a Nicolás de Marco el Monje.

Así, hablando del lugar que la violencia hacia sí mismo y la cruz ocupan en la enseñanza de los dos Ancianos, viene la confrontación con su maximalismo. Pero esto no es todo. Lo que es notable en las 848 cartas es el modo en el cual la austeridad es contrarrestada con la dulzura y el rigor es atenuado por la flexibilidad pastoral. Sobre todo en las cartas de Barsanufio se puede encontrar una extraordinaria profundidad de paciencia y sutileza de discernimiento. Por ejemplo en su respuesta al solitario Andrea, él da prueba no solo de firmeza y de realismo, sino también de extrema sensibilidad en lo que respecta a la enfermedad de Andrea, de sus escrúpulos y de sus depresiones. Las palabras atribuidas a Cristo del evangelista: “no partirás la caña quebrada, no apagarás la mecha humeante” (Mt 12,20; cf. Is 42, 3) describen exactamente la comprensión que Barsanufio tiene de su rol de padre espiritual. Su capacidad de intuición es especialmente evidente en la larga serie de cartas a Doroteo.

En las raras ocasiones en las cuales Barsanufio y Juan ofrecen específicas indicaciones sobre prácticas ascéticas exteriores, su consejo es sorprendentemente moderado. Es verdad que Barsanufio, en el curso de la formación inicial impartida al futuro higúmeno de la comunidad, Sérido, a menudo lo castigaba y probaba de muchos y variados modos, imponiéndole formas de disciplinas severas y muy pesadas. Pero el uso de las fuerzas físicas es excepcional. Es mucho más característico el consejo que Barsanufio da más tarde a Sérido de “tratar a su cuerpo con discreción” (Carta 570). A un monje enfermo, Barsanufio le deja beber un poco de vino y le permite consultar al médico (cf. Carta 225). A un solitario, Juan sugiere dormir seis horas por la noche y dedicar las otras seis a la oración (cf. Carta 146). Esto es un evidente contraste con la enseñanza de Arsenio el Grande: “Es suficiente para un monje dormir una hora, si es un luchador” (Arsenio 15).

Los dos Ancianos de Gaza son ciertamente maximalistas, pero son maximlistas del corazón humano.
  
Libre voluntad y gracia

Barsanufio, no obstante toda su insistencia sobre la obediencia y sobre la renuncia a la propia voluntad, cree también en la importancia de la libertad humana. El objetivo del padre espiritual no es aquel de privar a su discípulo de la libre elección, sino de enseñarle a usar esta libre voluntad. Esto respecto de la libertad humana, sin embargo, no significa de hecho que los Ancianos de Gaza sean defensores de una acomodada tolerancia. Al contrario, el verdadero uso de nuestra libertad consiste precisamente en el de entregarse totalmente a la lucha ascética. Barsanufio escribe a Juan: “No te abatas en las tribulaciones (cf. Ef 3, 13), y en las fatigas del cuerpo que soportas y sufres por nosotros” (Carta 9). Y Juan, a su vez, dice a un monje que lo interrogaba: “Nadie puede adquirir nada bueno, si no con mucho trabajo” (Carta 340).

Sin embargo, este énfasis sobre “el trabajo, la fatiga y la violencia” no debe hacernos pensar que Barsanufio y Juan son dos criptopelagianos. ¡Lejos de ellos semejante tentación! También ellos sostienen que todo es gracia. Ellos podrían concordar con las Homilías del Pseudo-Macario:

 “La voluntad del hombre es como una disposición esencial. En ausencia de la voluntad, por respeto de la libre decisión del hombre, ni Dios hace algo que de por sí podría.” (Homilía 37)

Ellos razonan en términos de synergheìa, de “cooperación” o convergencia entre la gracia de Dios y la libertad humana. Nosotros no podemos hacer nada sin Dios, pero Dios no puede hacer nada sin nosotros. Ambas, gracia y libertad, son necesarios.

Nos es pedida la violencia, pero ésta es ineficaz sin la ayuda divina. Subrayando nuestra humana dependencia a la gracia de Dios, Barsanufio subraya:

“Dios presta atención al corazón del hombre y discierne las intenciones. Él que conoce la debilidad del hombre y sabe que no puede realizar nada por sí mismo. Dios es todo (cf. Sir 43, 27) y es él quien da fuerza a quien le es digno.” (Carta 493)

 En otro pasaje, Barsanufio dice:

“Te tengo ya dicho que si una vez te sucede de hacer algo bueno, debes saber que esto es un don de Dios (cf. Juan 4, 10) por su propia bondad ya que él tiene misericordia de todos (cf. Sab. 11, 23). Dice en efecto el Apóstol: ‘¿Qué tienes tú que no lo hayas recibido? Y si lo has recibido ¿por qué te jactas como si no lo hubieras recibido?’(1 Cor4,7)” (Carta 412)

Nuestros nombres han sido escritos en el libro de Dios, pero esto es un don gratuito: “Dios nuestro soberano tiene un libro en el cual están escritos aquellos que vienen a ponerse sinceramente a su servicio y están escritos gratuitamente desde el primer día.” (Carta 495)

Dos textos bíblicos a los cuales hacen referencia los Ancianos son Ef. 2, 5: “Por gracia habéis sido salvados” y 1 Cor 15, 10: “No yo, sino la gracia de Dios que está en mí”. La necesidad que nosotros tenemos de la gracia de Dios es puesta en evidencia por la enseñanza de Juan sobre la antirresis, la refutación de los pensamientos:

“No eres tú el que tiene que contradecir los pensamientos: es esto lo que ellos quieren y no desisten. Vuélvete en cambio hacia el Señor contra ellos arrójale ante Él (cf. Sal  54, 23) tu impotencia, ya que Él puede no sólo alejarlos, sino también aniquilarlos.” (Carta 166)

La comprensión que Juan tiene de la synergheìa entre la gracia y la libertad está ilustrada en la respuesta que él da a un laico que le pregunta: “Ya que Dios ha hecho al hombre libre y luego él dice: ‘sin mí no podéis hacer nada’ (Juan 15, 5); ¿cómo pueden estar juntos la libertad y el no poder hacer nada sin Dios?”. Juan responde:

“Dios ha hecho al hombre libre en el sentido de que él puede tender al bien. Pero, aunque él tiende al bien por su propia elección, no es capaz de realizarlo sin la ayuda de Dios. Está escrito en efecto: ‘Todo depende no del querer o del esfuerzo del hombre, sino de la misericordia de Dios’ (Rm 9, 16). Si el hombre inclina su corazón hacia el bien e invoca a Dios pidiendo su ayuda, Dios en consideración de su buena voluntad le da la fuerza necesaria para su obra. Y así las dos cosas pueden proceder juntas, es decir, la libertad del hombre y el poder de Dios.” (Carta 763)

Indudablemente Agustín habría encontrado esta respuesta un tanto simplista, pero ella refleja la aproximación típica del oriente. Aquí Barsanufio y Juan pertenecen a la tradición teológica ascética griega.

Austeridad y alegría.

“Afligidos, pero siempre alegres” (2 Cor 6, 10): esta es la más grande contraposición en la teología de los dos Ancianos. Como la necesidad de hacer violencia a sí mismo está asociada a la compasión llena de amor y como el esfuerzo humano procede a la par con el libre don de la gracia de Dios, así también la tristeza y el sufrimiento están equilibrados por la alegría. Barsanufio y Juan anticipan la perspectiva de Juan Clímaco con su enseñanza relativa a la “gozosa tristeza” (charmolype) y la “alegría fuente de tristeza” (charopoiòn penthos) en el séptimo capítulo de la Escala del paraíso. Barsanufio mismo, que insiste sobre la necesidad de “partir” la propia voluntad y exhorta a sus discípulos a subir a la cruz con Cristo, escribe a aquellos que buscan su guía: “Mi Dios bueno y misericordioso, los colma una y otra vez de la alegría del Espíritu Santo. (1 Ts 1, 6)… ¡Hijos dilectos, alegraos en el Señor!” (Carta 222)

No obstante toda su severidad y su rechazo del compromiso, lo que en el fondo Barsanufio y Juan ofrecen es un mensaje de  consuelo para los desconfiados y de esperanza para los desesperados. En su soteriología son fundamentalmente optimistas y es significativo que citan no menos de dieciséis veces a 1 Tm 2, 4: “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. Otros de sus textos preferidos que recurren al menos veintiún veces es el de 1 Ts 5, 18: “En todo dad gracias”. En la última carta de la colección completa comentan 1 Ts 5, 16-19: “Estad siempre alegres, orad incesantemente, en todo dad gracias”. Y concluyen: “En estas tres cosas está contenida nuestra salvación” (Carta 848). Esta es la palabra final, la herencia que ellos entregan a la Iglesia: un mensaje de alegría y de esperanza.

“No te abandonaré”

Hay, finalmente, un elemento más de gran importancia en la tradición de Gaza, que atenúa el aparente rigor de Barsanufio y de Juan y refuerza su mensaje de esperanza. Ellos repiten insistentemente que la lucha ascética no es solitaria, sino que se realiza en comunión con los hermanos. En la vida espiritual no avanzamos como individuos aislados, sino como personas en relación, como miembros de una comunión de amor y de oración. Los dos Ancianos no olvidan nunca que “somos miembros unos de otros” (Rom 12, 5). Es muy significativo que los textos de la Escritura a los que hacen alusión con mayor frecuencia – mayor que las que citan las palabras del Señor contenidas en el evangelio o las palabras de Pablo sobre la acción de gracias- es la exhortación del apóstol Santiago: “Confesad vuestros pecados los unos a los otros y orad los unos por los otros para ser curados” (Sant 5, 16). Este texto se cita al menos en veintitrés cartas y constituye un tema fundamental en toda la correspondencia. Cualquiera sea nuestra situación humana –así creían los dos ancianos- sea que seamos solitarios, cenobitas o laicos, somos interdependientes y estamos ligados los unos a los otros.

Aquel que sostiene y consolida esta comunión de oración y amor es ante todo el ghéron o anciano, el guía espiritual o el padre en Dios. Barsanufio y Juan atribuyen a esta figura una importancia extrema. Aunque no sea necesariamente un sacerdote – los dos Ancianos de Gaza no lo eran- él tiene el poder de absolver y de ligar. El anciano debe ser siempre consultado. El Espíritu Santo habla a través de su boca y cualquier cosa que diga, viene de Dios. Barsanufio no tiene temor de exclamar: “Yo estoy seguro, en mi Rey y Dios, que sin él nada te digo a ti para la salvación de tu alma.” (Carta 236)

Se trata de afirmaciones corajudas: ¿qué significa esto en la práctica? Ante todo vemos lo que el padre espiritual no debe hacer. Si bien, habla en nombre de Dios, él no es un legislador, un déspota, que impone leyes a sus discípulos y les priva de cualquier iniciativa y libertad de elección. Cuando a Barsanufio le fue pedido dar un Kanòn, una regla de vida, él lo rechazó. Hemos ya observado que él repite con insistencia que sus hijos espirituales no deben vivir bajo la ley, sino bajo la gracia, y hemos visto que rechaza el imponer reglas. El rol del anciano es simplemente el de anunciar la buena nueva. De este modo, la propuesta del padre espiritual no es de aniquilar la libre elección del discípulo, sino de acompañarlo en la adquisición de una verdadera libertad interior. La obediencia abre el camino a la libertad.

Hemos dicho lo que el padre espiritual no debe hacer, pero ¿qué debe hacer? A aquellos que les son confiados no ofrece un código de reglas orales o escritos, sino una relación personal. Se preocupa de las personas y no de las reglas. Esto significa que no debe guiar a todos de la misma manera, sino que sus consejos deben adaptarse a las necesidades de cada uno, a la situación que cada uno está viviendo. No debe actuar mecánicamente, como siguiendo la instrucción de un manual, sino abrir su corazón al Espíritu Santo. En razón de su paternidad vivida como relación personal y de su apertura al Espíritu, el ghèron no es un oráculo o un autócrata, sino el custodio de la libertad evangélica.

¿De qué modo el padre espiritual debe ejercitar su ministerio? En caso de necesidad ofrecerá consejos, pero sobre todo orará por sus hijos. Como afirma Barsanufio: “No hay un minuto, no hay una hora, en el cual no te tenga en la mente y en la oración.” (Carta 114)

El fundamento de este ministerio de intersección es una sensación viva de amor por sus discípulos. “Mi gran alegría es el progreso de todos ustedes”, dice Barsanufio (Carta 208). A Juan le dice: “Yo pienso en ti más de lo que lo haces tú mismo” (Carta 39). Creyendo en el amor de su guía, el discípulo puede decir: “He aquí, me entrego a mí mismo a Dios y a tus manos (cf. Sal 30, 6). Cuida de mí, padre de entrañas de misericordia, por el amor del Señor” (Carta 533).

Así resulta que el anciano consolida los vínculos de comunión en el interior de la comunidad espiritual de la cual preside no solo con sus consejos, sino mucho más con su oración y su amor compasivo, y da a cada uno de sus discípulos la firme convicción de que no está solo. El guía es mucho más que un instructor. Él cumple el mandato de Pablo: “Llevad las cargas de los unos sobre los otros” (Gal 6, 2). Es este un texto fundamental en la tradición de Gaza. A algunos Barsanufio ofrece llevar la mitad de su peso (Carta 73), a otros le ofrece llevarlo todo (Carta 239). Aquí se manifiesta otra vez el carácter personal de la relación. El padre espiritual no se comporta del mismo modo con todos, no se limita a repetirse, sino que tiene en cuenta las necesidades particulares de cada uno.

Desarrollando esta idea del que llevad las cargas, Barsanufio escriba a un hijo espiritual:

“Después de Dios, yo he extendido sobre ti mis alas (cf. Ez 16, 8) hasta hoy. Y llevo tus cargas (cf. Gal 6,2) y tus pecados… Mientras los veo, yo los cubro, como Dios ve y cubre nuestros pecados. Pero tú te has comportado como un hombre sentado bajo un árbol sombrío… Yo tomo sobre mí la sentencia de la condena que está sobre ti: no te abandonaré ni en el siglo presente ni en el futuro (cf. Mt 12, 32), por la gracia de Cristo… He aquí que yo te he tomado el peso, la carga, la deuda, he aquí que tú te has vuelto nuevo, he aquí que has recuperado la inocencia, he aquí que eres nuevamente puro.” (Carta 239)

En otro lugar Barsanufio agrega: “Doy con alegría mi vida por ti (cf. Juan 10,11;15,13)” (Carta 353). Y esto vale para el siglo presente y para el siglo futuro. La responsabilidad del padre espiritual no termina con la muerte, sino que continúa en el éschaton. Él estará cercano a sus discípulos en el juicio último y tomará su defensa. Siguiendo el ejemplo de Moisés (cf. Ex 32,32), Barsanufio ora: “Señor, o introduce conmigo a mis hijos en tu reino, o bórrame a mí también de tu libro” (Carta 187).

“Yo pienso en ti más de lo que lo haces tú mismo… No te abandonaré”: este es el rol del padre espiritual. Este sentido de compasión, de llevar las cargas, del compromiso incondicionado permanece desde una punta a la otra de las 848 cartas de Barsanufio y de Juan. Su oración ferviente y amante por cuantos están confiados a ellos transforma la aparente severidad de sus enseñanzas en un anuncio de esperanza. Esta transforma la soledad en solidaridad, la violencia ascética en viva alegría.

 “Nuestro Señor anunciaba la buena nueva a aquellos que querían escucharla”: también Barsanufio y Juan han predicado la buena nueva y si nosotros, a su vez, queremos escucharlos, colmarán nuestros corazones de fuego y de luz.


Kallistos Ware
El Desierto de Gaza.
Barsanufio, Juan y Doroteo
Ed. Qiqajon. Comunidad de Bose
Págs. 205-223
Publicado en esicasmo.it

El hesicasmo palestinense: Barsanufio e Giovanni

André Louf


Ocupémonos ahora de otra tradición: el hesicasmo palestinense. Nuestros testigos serán dos ancianos, de los cuales no se sabe nada más que fueron reclusos, al inicio del siglo VI, en el monasterio del Abbad Sérido, al sur de Gaza: Barsanufio el Gran Anciano, y Juan el Profeta.

De orientación netamente eremítica, la tradición hesicasta desarrolló una espiritualidad muy interiorizada que a primera vista deja poco espacio a la celebración litúrgica comunitaria. Y esto por evidentes razones: en el caso de los eremitas y de los reclusos la oración en común es prácticamente inexistente.

Para el monje que “ha sido seducido” a practicar la hesiquía, que ha abrazado la vida eremítica, una sola cosa es importante: empuñar con firmeza la espada del Espíritu, la diàkrisis, el discernimiento, instrumento espiritual que permite al eremita reconocer en su corazón los llamados del Espíritu. Esto es lo que tendrán por regla en la vida hesicasta, sustituyendo así los cánones y los reglamentos que organizan la vida en el cenobio:

“Un hesicasta… no posee regla. Al contrario, tú haz como un hombre que come y bebe en la medida que tiene ganas. Así cuando quieras leer y sientas compunción en tu corazón, lee todo lo que puedas. Lo mismo para la salmodia. Para la acción de gracias y las letanías, prolóngalas según tus fuerzas y no tengas temor: Dios no se arrepiente de sus dones.” (Barsanufio y Juan, Carta 88)

“Por tanto, no desees una regla, porque no quiero que tú estés bajo la ley, sino bajo la gracia. Se ha dicho en efecto: “No hay ley para los justos”. Y yo quiero que tú estés con los justos. Ten al discernimiento como el timón que gobierna la nave contra los vientos.” (Barsanufio y Juan, Carta 33)

Tal es pues la actividad del ermitaño, enteramente guiada por el Espíritu, según el testimonio del Apóstol: “Todos aquellos que son guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios” (Rom 8, 14). Si el Espíritu de Dios es la regla y el canon de todas las cosas, lo será también de la oración. Barsanufio responde a un monje que le pregunta la medida de la oración incesante y si con este propósito debía seguir una regla:

“La medida de la oración incesante pertenece a la aphatheia. Cuando conozcas la venida del Espíritu, él te enseñará todas las cosas. Si él te enseña cada cosa, te instruirá también a propósito de la oración. En efecto, el Apóstol dice: ‘Nosotros no sabemos orar como se debe, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables’.” (Barsanufio y Juan, Carta 182)

Si el ermitaño no conoce la celebración común de la liturgia, se aplica sin embargo con constancia a la salmodia, a la lectura meditada, a la oración en voz alta: su liturgia personal. Los grandes hesicastas fueron perfectamente conscientes: la oración en voz alta representaba para ellos el pedagogo que debía conducirlos a la oración silenciosa, hecha de una simple presencia de Dios. Orar incesantemente en el propio corazón, sin que nunca la lengua participe, “es propio de los perfectos, capaces de gobernar su espíritu y de custodiarlo en el temor de Dios.. pero aquel que no puede conservar incesantemente su espíritu en presencia de Dios, debe unir la meditación a la oración de los labios”. (Barsanufio y Juan, Carta 431)

Y Barsanufio ilustra esto con una parábola:

“Observad a aquellos que nadan en el mar: los nadadores expertos se lanzan al agua con coraje, sabiendo que el mar no puede tragar a los buenos nadadores. Por el contario, aquel que está recién aprendiendo, cuando siente la profundidad del agua, teme ahogarse, se sale enseguida del mar para permanecer en la playa. Luego, tomando un poco de coraje se sumerge de nuevo en el agua. Así hace los intentos para aprender a nadar bien, hasta alcanzar la perfección de los nadadores más expertos.” (Barsanufio y Juan, Carta 182)

No se podría ilustrar mejor la actividad, la ascesis de aquel que tiende a la perfección de la oración interior. Cualquier cosa que haga, sea que se ejercite en una simplicidad absoluta permaneciendo en el océano divino, sea que repose sobre la playa de las Escrituras en la meditación y en la salmodia, el ermitaño no tiene más que una sola ocupación, una sola preocupación, la de prestar atención a la liturgia del Espíritu en su corazón.

En la Carta 74, Juan el Profeta traza el programa del monje hesicasta:

Las horas y los himnos de la Iglesia son tradiciones: se prestan admirablemente a ser ejecutados junto al pueblo, y lo mismo en los cenobios a causa del gran número de personas. Pero los monjes de Escete no tienen horas ni recitan himnos. Ellos tienen, en momentos sucesivos, el trabajo manual y la meditación, ambos interrumpidos por una breve oración.

Cuando estás de pie para la oración, debes invocar al Señor para ser liberado del hombre viejo, o bien debes decir el Padre nuestro, o también ambas cosas, después sentarte de nuevo para el trabajo manual. Puedes prolongar tu oración cuando te levantas, o rezar sin interrupción según el precepto del Apóstol, pero para esto no es necesario que tú permanezcas de pie. Porque es larga toda la jornada para que tu espíritu esté en oración. Cuando te sientas para el trabajo manual, debes recitar de memoria (apostethìzein) o leer los salmos. Al final de cada salmo, ora permaneciendo sentado: “¡Dios, ten piedad de mí que soy un miserable!” Si sucumbes a los pensamientos agrega: “¡Dios, tú ves mi tribulación, ven en mi ayuda!”.

Cuando hayas terminado tres filas de red, levántate para la oración, haz la genuflexión del mismo modo y, de nuevo de pie, haz la oración que se te ha dicho. Para las vísperas, los monjes del Escete recitan doce salmos. Al final de cada uno dicen el Aleluya en vez de la doxología y hacen una oración. Y lo mismo por la noche: doce salmos, después se sientan para el trabajo manual. Si alguno lo desea, sigue recitándolos de memoria. Otros examinan los propios pensamientos, y otros también la vida de los padres. Aquel que lee cinco u ocho hojas lo hace también por aquellos que realizan el trabajo manual. Aquel que lee los salmos o que recita de memoria debe hacerlo con los labios (es decir, en voz alta), al menos que nos esté otro cerca de él y desee que nadie sepa lo que hace.” (Barsanufio y Juan, Carta 74)

No se podría describir más claramente las ocupaciones del hesicasta. Materialmente estas consisten en una sucesión equilibrada de trabajo manual y de pausas de intensa oración. En realidad, en lo más íntimo del corazón, la oración y la presencia del solitario ante Dios no cesan nunca.

En la carta que hemos recién citado, se propone dos veces el ejemplo de los monjes de Escete. En efeco, encontramos aquí una tradición que se remonta a los orígenes mismos del monaquismo, y se podría cita con este propósito más de un apotegma que ilustra este ritmo de vida típicamente monástico.

Si la oración continua no anima este ritmo, la celebración litúrgica comunitaria pierde su significado:

El bienaventurado Epifanio, obispo de Cipro, tenían en Palestina un monasterio. Su abad un día le mandó a decir: “Gracias a tus oraciones no hemos descuidado nuestra regla, sino que con celo recitamos tercia, sexta y nona, y el oficio del lucernario”. Pero él les reprendió con estas palabras: “Evidentemente descuidas las otras horas del día en las cuales no rezan. El verdadero monje debe tener incesantemente en el corazón la oración y la salmodia.” (Epifanio 3)

Epifanio afirma así de manera absoluta la necesidad de un más allá de lo litúrgico, sin lo cual la celebración comunitaria pierde todo su valor.
  
Para terminar, es preciso subrayar que esta concepción de la sinergia entre oración litúrgica y oración interior no es exclusivamente una prerrogativa de la tradición anacorética o semi-anacorética.

En los monasterios de Pacomio, del cual hoy se gusta de darle el título de fundador de la Koinonía, se encuentra la misma intuición fundamental. De su abba Palamón, Pacomio recibe, junto a la iniciación a la vida monástica, el canon de la oración:

En cuanto a la regla de la colecta, sesenta oraciones en el día y cincuenta a la noche, sin contar las jaculatorias que hacemos para no ser mentirosos, ya que nos ha sido ordenado orar incensatemente (Vida de Pacomio).


André Louf
La vida espiritual.
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose

Publicado por Esicasmo.it

En castellano: André Louf
La vida espiritual.
Biblioteca Cisterciense.
Ed. Monte Carmelo. 2004
Págs. 61-66


miércoles, 14 de marzo de 2012

La purificación del corazón



“Con todo cuidado vigila tu corazón, porque de él brotan las fuentes de la vida.” Prov 4, 23

“Porque es del interior del corazón de los hombres de donde provienen las malas intenciones” Mt 7, 21

“No cedas a los impulsos propios de la juventud y busca la justicia, la fe, el amor y la paz, junto con todos los que invocan al Señor con un corazón puro.” 2 Tim 2, 22


En sentido bíblico, el corazón es el centro del cual surgen todas las reacciones de la vida espiritual y corpórea: “Con todo cuidado vigila tu corazón, porque de él brotan las fuentes de la vida.” (Prov 4, 23), no solo las cosas buenas, sino también las malas: “Del corazón, en efecto, provienen los propósitos malvados, los homicidios, los adulterios, la prostitución, los hurtos, el falso testimonio, las blasfemias” (Mt 15, 19).

El corazón se vuelve así el interprete de la situación del hombre, sea él bueno o malo: El hombre bueno saca fuera el bien del buen tesoro de su corazón; el hombre malo, de su tesoro malo saca fuera el mal, porque la boca habla de la plenitud del corazón” (Lc 6, 45), lo que significa que el movimiento interior del corazón influye en el hombre entero, en sus pensamientos, en sus palabras y en sus acciones. Le es imposible hablar sin revelar su propio corazón, aunque lo quiera o no: “Porque la boca habla de la plenitud del corazón” (Lc 6, 45). Así la palabra del hombre expresa la realidad de su corazón y puede, por consecuencia, justificarlo o condenarlo: “Ya que según tus palabras serás justificado y según tus palabras serás condenado” (Mt 12, 37).

La relación entre el corazón y la boca es expresada por Pablo: “Con el corazón, en efecto, se cree para obtener la justicia y con la boca se hace la profesión de fe para obtener la salvación.” (Rm 10, 10). Por consiguiente, lo que el corazón cree, la boca debe confesarlo.

Pero el evangelio nos habla de la posibilidad de ver coexistir en el hombre dos corazones, uno que traduce exactamente su estado, el otro, por el contrario, del que salen pensamientos, palabras y acciones simuladas que no traducen el estado real del hombre. Él entonces habla y actúa como un hombre virtuoso para hacer creer que lo es, pero por el contrario es malvado: “Raza de víboras, ¿cómo podéis decir cosas buenas ustedes que son malos? Ya que la boca habla de la plenitud del corazón.” (Mt 12, 34)

Esta palabra del Señor nos enseña cómo le es imposible al hombre decir cosas buenas cuando es malo, a menos que él no posea en sí mismo, para simular la virtud, una fuerza suplementaria u otro corazón que viene del demonio. Podemos percibir esto del hecho que el Señor describe los falsificadores del bien como “raza de víboras”, porque la víbora es el símbolo del demonio. Y el objetivo de simular la virtud es el de enmascarar el mal y así mejor asegurar su persistencia. Tal es la táctica peculiar del demonio.

El demonio no se contenta con ensuciar el corazón con el mal y las pasiones, transformando el “tesoro del corazón” en refugio del maligno que difunde el mal, sino que agrega la posibilidad de asociarle un segundo corazón que habla virtuosamente con el fin de enmascarar el mal y asegurar mejor su difusión y acción.

En cuanto a las acciones de Dios sobre le corazón, ésta consiste en arrancar radicalmente el corazón malvado creando en el hombre “un corazón nuevo” (Ez 36, 26). Y con este corazón nuevo el hombre se vuelve necesariamente un hombre nuevo. “El espíritu del Señor te invadirá, entrarás en trance con ellos y serás cambiado en otro hombre… Apenas Saúl se dio vuelta para alejarse de Samuel, Dios le cambió el corazón” (1 Sam 10, 6.9). En la Biblia, la creación del corazón nuevo equivale a tres operaciones esenciales. La primera: el corazón del hombre pecador se arrepiente; la segunda: el hombre es enteramente lavado y purificado en el interior; la tercera: el hombre recibe el Espíritu santo.

Encontramos estas operaciones expresadas con gran claridad en el Salmo 51:

“Piedad de mí, oh Dios, por tu misericordia,
en tu gran bondad borra mi pecado.
Lávame de todas mis culpas, saca mi pecado….
Purifícame con el hisopo y estaré limpio.
Lávame y seré más blanco que la nieve…
Crea en mí, oh Dios, un corazón puro,
renueva en mí un espíritu firme.
No me rechaces de tu presencia
y no me prives de tu santo espíritu…
un corazón quebrantado y humillado,
oh Dios, tú no lo desprecias.”

En el Antiguo Testamento, la creación de un corazón nuevo era una operación excepcional e individual. En el Nuevo Testamento, esta es generalizada, no solo en relación a la creación de un corazón nuevo, sino también a la creación de un hombre enteramente nuevo.

En cuanto a las tres operaciones, las reencontramos todas en el misterio del bautismo, en el cual el corazón lavado es purificado en la fe: “…purificando los corazones con la fe” (Hechos 15, 9). Sobre el plano sensible esto es expresado con la inmersión en el agua en el Nombre de Cristo. Pero la purificación es completa solo cuando el corazón contrito por el arrepentimiento y la renuncia al pecado, obtiene la remisión: “Arrepiéntanse y que cada uno de ustedes se haga bautizar en el Nombre de Jesucristo, para la remisión de sus pecados; después de recibir el don del Espíritu Santo” (Hechos 2, 38). Es por el perfeccionamiento de la purificación por la fe y por el arrepentimiento que el hombre recibe el Espíritu Santo.

Así, la creación de un corazón nuevo con el agua y el Espíritu se vuelve posible para cada hombre mediante la fe y la conversión. Hay sin embargo una diferencia importante entre la purificación del corazón a través de la fe y de la conversión, y la creación, a través del Espíritu Santo, de un corazón puro y nuevo.

La purificación del corazón es para nosotros un recorrido obligatorio y necesario, mientras la creación de un corazón puro y nuevo es una acción sobrenatural que compete solo a Dios. Está sin embargo relacionado con nuestro camino, porque es en la medida en que nosotros purificamos nuestro corazón a través de la fe y de la conversión que nos volvemos aptos para acoger plenamente el corazón nuevo creado a imagen de Dios. Es en la medida en que detestamos el mal, aborrecemos los pensamientos  y las pasiones malvadas y nos horrorizamos ante las obras del pecado, que nos volvemos aptos para acoger  el poder de la santidad, para que habite en nosotros como una nueva naturaleza, derramando en nosotros el amor divino e inspirándonos las obras de la justicia. En la medida en que nos esforzamos por purificar nuestro corazón de las tinieblas del pecado que obscurecen la mirada espiritual, nos volvemos aptos para acoger la verdad, para llevarla enraizarla en la profundidad de nuestro ser. En otros términos, es en la medida en que nos liberamos del hombre viejo con sus males execrables, que puede surgir con fuerza el hombre nuevo y divino: “Porque ustedes se desojaron del hombre viejo y de sus obras, y se revistieron del hombre nuevo, que se renueva, por un conocimiento pleno, a imagen de su Creador” (Col 3, 9-10).

Entramos aquí en el ámbito de la teología ascética y mística por la cual las obras del hombre y su trabajo, sostenidas por la gracia, representan una base esencial en la acogida de los dones inefables de Dios que superan todas las obras y la naturaleza misma del hombre.

Los padres ascetas han puesto como condición indispensable de la salvación: “la purificación del corazón”, porque ésta condiciona el nacimiento del hombre nuevo y permite dar vida a una nueva vida espiritual en Cristo.

Para los padres, el corazón kardía, representa conforme a la noción bíblica, el centro del ser humano en su totalidad. Corresponde, con su descripción y sus efectos,  a lo que es el cerebro para los médicos. Tiene también, sin duda, un sentido más amplio: es el centro de las facultades, de las capacidades, de la inteligencia, del discernimiento, de la voluntad, de la sabiduría y del juicio, todo esto nace de él y en él se fija.

“Así es por el corazón que tiene la mente que lo gobierna, la conciencia que lo reprueba, los pensamientos que lo acusan y lo defienden”
Macario el Grande, Hom. Sp. 15, 33

En la misma homilía, Macario describe el corazón como “la oficina de la justicia y de la injusticia, allí están  la muerte, la vida, el comercio honesto y el fraudulento.” (Macario el Grande,  Hom. Sp. 15, 33)

Si bien el corazón puede volverse  el cruce de todos los males, de él dice también:

“Y de nuevo allí están Dios y también los ángeles, la vida y el reino, la luz y los apóstoles, la ciudad celeste, los tesoros de la gracia…”
Macario el Grande, Hom. Sp. 43,7

“El corazón dirige y gobierna al cuerpo entero y cuando la gracia se ha apoderado de los pastos del corazón reina sobre todos los miembros y sus pensamientos. En el corazón está la sede de los pensamientos y todo pensamiento del alma y su esperanza, por esto de él la gracia fluye por todos los miembros del cuerpo.”
Macario el Grande, Hom. Sp. 15,20

Parece así que la gracia, a los ojos de los padres, puede penetrar el pensamiento, la voluntad, la conciencia y todos los miembros, si ha dominado el corazón. En otras palabras, la naturaleza del hombre en el cual el corazón es investido por la gracia se vuelve, a causa de esto, una naturaleza espiritual nueva. De aquí el valor de la purificación del corazón como preludio de la inhabitación de la gracia.

Macario el Grande insiste en decir que el corazón malvado ensucia la voluntad y corrompe  las inclinaciones y los instintos naturales. En las miradas y en las manos de semejante hombre, sin que él se de cuenta, todo se vuelve impuro.

“En el corazón de cuantos son hijos de la tinieblas reina el pecado y éste fluye en todos sus miembros, en efecto, “del corazón salen los pensamientos malvados” (Mt 15, 19) y, difundiéndose de este modo, obscurece al hombre… Como el agua fluye a través de un canal, así el pecado a través del corazón y los pensamientos. Cuantos niegan esto son confundidos y escarnecidos por el pecado mismo, aunque éste no desee evidenciarse. El mal en efecto busca permanecer oculto y escondido en los pensamientos del hombre.”
Macario el Grande, Hom. Sp. 15,21

Así, el primer esfuerzo del hombre y su primera preocupación para superar las derivaciones de la voluntad y corregir las inclinaciones y los instintos que se fueron dejando someter al dominio del mal, es de modo prioritaria la purificación del corazón, es decir el cara a cara con el mal en el interior del corazón para dominarlo, combatirlo y aniquilarlo.

Macario describe al corazón en la homilía 15 como “el palacio de Cristo, donde viene a reposar”. Lo describe  también como “el capitán de una nave que dirige y gobierna toda la tripulación” (Macario el Grande, Hom. Sp. 15,33), como el que conduce el carro: “Si un carro, las riendas, los animales y la tripulación son confiados a un solo conductor, él cuando quiere, impulsa el carro a mayor velocidad y, cuando quiere, lo frena. Y así como el carro por tanto está en poder de quien lo guía, así también el corazón. (Macario el Grande, Hom. Sp. 15,34)

Es así como Macario expresa el aspecto primario de la acción del corazón y su extrema importancia en cuanto capitán de la nave de nuestra vida y conductor del carro que remolca nuestros cuerpos. Si, por tanto, el capitán es ignorante e insensato, ¿qué le sucederá a la nave? Y si el conductor es descerebrado y loco, ¿cómo terminará el viaje para el carro y los caballos?

Si la casa está sucia, ¿cómo podrá venir el Señor a descansar en ella y a habitarla?

“Cuánto más la casa del alma, donde reposa el Señor, tiene necesidad de ser adornada para que pueda entrar en ella y descansar aquel que es inmaculado e irreprensible. En este corazón encuentra reposo Dios y toda la Iglesia celestial.”
Macario el Grande, Hom. Sp. 15,45

Macario considera que, como la construcción de la ciudad comienza con la demolición de las ruinas, como el cultivo de la tierra comienza con el quemar de las zarzas, así el camino de la vida comienza con la purificación del corazón.

“Cuando una ciudad ha sido abandonada y alguien la quiere reconstruir, primero que nada derriba los edificios en ruina, peligrosos… Y quien quiere cultivar un jardín en un lugar desértico y maloliente comienza por limpiar el lugar, lo cerca con un recinto, escaba las fosas… Así también la voluntad humana después de la transgresión está inculta, desértica, llena de espinas… Es necesario pues mucho trabajo y mucho cansancio para buscar y poner el fundamento hasta que en el corazón del hombre no llegue el fuego y comience a limpiarlo de las espinas.”
Macario el Grande, Hom. Sp. 15,53

Pero, ¿por qué Dios ha elegido el corazón del hombre como lugar privilegiado de su reposo, excluyendo cualquier otro? “Dame tu corazón y préstame atención, hijo mío, y ten fija la mirada en mis consejos” (Pr 23, 26). Y el primer mandamiento: “Tú amarás al Señor, tu Dios, con todo el corazón” (Dt 6,5).

En realidad, el hombre no posee nada más fundamentalmente sensible, tierno, dulce, misericordioso y afectivo que el corazón. El corazón expresa el conjunto de los sentimientos del hombre más delicados y más verdaderos. No es sin embargo por este motivo que Dios pide el corazón del hombre.

El corazón tiene una cualidad que supera la dulzura, la ternura, la misericordia y el afecto, que hace de él el centro del cual surge la personalidad con todos sus componentes, sus características y sus particularidades. El corazón es, en cierto sentido, el santo de los santos del hombre. Es esta sola cualidad que lo hace digno de Dios. Así, si el hombre ama a Dios con todo el corazón, esto significa que lo ama con todo su ser. Y además significa que se da enteramente a él.

Y cuando Macario dice que el corazón engloba la mente, la conciencia y los pensamientos, pone el acento en las razones principales del interés de Dios por el corazón del hombre y por su amor.

Dios no está interesado en el amor afectivo, por mayor que fuera su intensidad o incluso su violencia, porque se trata de un amor que durante el camino, cuando los sentimientos son heridos u ofendidos, necesariamente se apaga. Dios se preocupa del amor del corazón, aquel en el cual el hombre se da y da todo lo que es, aquel amor cuyas heridas reavivan las llamas, que los dolores lo afinan y que la muerte perfecciona.

Por esto la purificación del corazón es de mucha importancia para los que desean amar a Dios. Dios no pide ni acepta el amor parcial o compartido. Es necesario que el corazón sea totalmente para Dios. “Con todo tu corazón”, quiere decir: con un corazón purificado de toda imperfección de los sentimientos humanos, de los vínculos carnales o de las inclinaciones y de las emociones de los sentidos, esto significa también completamente purificado de todos los ídolos y de los cultos secretos. El santo de los santos debe ser consagrado a Dios solo y para él adornado.


Palabra de los Padres

“Pero una vez hecho esto debemos custodiar con todo cuidado nuestro corazón (Pr 4, 23) para que no nos suceda de alejar el pensamiento de Dios o de infringir con fantasmas de cosas vanas el recuerdo de sus maravillas; debemos más bien perseverar en el pensamiento de Dios mediante el recuerdo incesante y puro, impreso en nuestras almas como sigilo indeleble. De este modo permanece vivo en nosotros el amor de Dios que nos incita a cumplir los mandamientos del Señor y, a su vez, es custodiado y permanece de manera duradera y firme por medio de ellos.”
Basilio el Grande, Reg. Fus. 5, 2


“En pocas palabras, ¿qué es la pureza?
-          Es un corazón que siente compasión por toda la naturaleza creada….
-          ¿Qué es un corazón compasivo?
-          Es un corazón que arde por toda la creación, por los hombres, por los pájaros, por los animales… por toda creatura. Cuando piensa en ellos, cuando las ve, sus ojos derraman lágrimas. Tan fuerte y tan violenta es su compasión y tan grande es su constancia, que su corazón se hace pequeño incapaz de soportar al oído o en la visión la más mínima tristeza en el seno de la creación. Por esto ora con lágrimas en todo momento por los animales privados de razón, por los enemigos de la verdad y por todos aquellos que le hacen el mal, para que sean custodiados y sean perdonados.”
Isaac el Sirio Serm. Asc. 74


“Si tú eres puro, el cielo está en ti; y dentro de ti verás a los ángeles y su luz, y con ellos y en ellos verás al Señor.”
Isaac el Sirio Serm. Asc. 43


“Dios es un fuego que inflama el corazón como una braza; por tanto, si sentimos el frío invadir nuestro corazón, el adversario no está lejos, porque el demonio es frío. Debemos entonces orar al Señor para que venga y ponga fuego en nuestro corazón, fuego del amor por él, fuego del amor por el prójimo. De frente al rostro de Dios, todo calor, el demonio huye y en el corazón se disipa su frialdad.”
Serafín de Sarov


“¿Cuál es el signo de que un hombre ha alcanzado la pureza de corazón? Es verdaderamente puro en su corazón cuando considera que todos los hombres son buenos y que ninguno de ellos aparece a sus ojos como impuro o contaminado. Como si cumpliera la palabra del apóstol que dice que cuando uno se eleva en toda virtud, considera a todos los seres superiores a sí, en el corazón y en la verdad (cf. Fil 2, 2-3); y el profeta dice: “Los ojos buenos no ven el mal” (cf. Ab 1, 13).”
Isaac el Sirio Serm. Asc. 35


“Los cristianos deben por tanto luchar en todas las cosas y no juzgar a nadie, ni a la prostituta, ni a los pecadores, ni a los disolutos, sino mirar a todos con simplicidad y ojos puros para que se vuelva como natural e instintivo no despreciar, no juzgar, no odiar a nadie, ni hacer diferencia entre unos y otros. Si ve a uno con un solo ojo, no lo juzgues en tu corazón, sino que trátalo como si fuese sano, y a quien tiene una mano deforme como si la tuviese sana. Considera al lisiado como si tuviera las piernas derechas y al paralítico como sano. Esta en efecto es la pureza de corazón, que al ver a los pecadores y a los enfermos tú les tengas compasión y misericordia.”
Macario el Grande Hom. Sp. 15, 8


“Si tú renaces en Cristo, entonces todo hombre que nace en Cristo es tu hermano. Y si es así, tú no debes preferirte en nada a tu hermano.”
Juan de Dalyatha, Homilía sobre los dones del Espíritu.


“Estad atento a no sentarte en tu rincón a juzgar a tu hermano; aunque fueses sin embargo instalado sobre la cumbre de la perfección, por esto, destruirías todo el edificio de tu virtud.”
Isaac el Sirio, fondo árabe I, 2, 131.


“De cada pasión malvada que ha atrapado el corazón y de la cual éste se ha encaprichado, solo con miles de astucias, muchos esfuerzos, muchas oraciones y lágrimas lograrás liberarte.”
Isaac el Sirio, fondo árabe I, 2, 124

“Si deseas ardientemente la paz del corazón y el reposo de la conciencia que son los frutos del árbol de la vida a fin de no morir, extirpa de tu corazón el árbol del conocimiento del bien y del mal del cual Dios ha prohibido al primer hombre comer.”
Isaac el Sirio, fondo árabe II,
Homilía sobre las disposiciones de la vida solitaria.


“Si te pones a confrontar los carácteres de tus hermanos y sus estilos de vida, perderás seguramente, y mucho, porque te pondrás a juzgar las personas y, sin darte cuenta, llegarás a reprobar la ordenación de la creación y a juzgarte a ti mismo, cayendo así en el orgullo”.
Isaac el Sirio, fondo árabe I,
Homilía sobre las disposiciones de la vida solitaria.


“A duras penas se encontrará un exiguo número de personas que haya llegado a desdeñar la sobreabundancia de la ciencia que había acumulado y a sustituirla con la simplicidad de los pecadores y la inocencia del corazón. Son aquellos las joyas de la corona del rey.”
Isaac el Sirio, fondo árabe II,
Homilía sobre las disposiciones de la vida solitaria.


“La felicidad de Dios es vernos puros como nos ha creado. Nosotros lo entristecemos cuando cambiamos el estado de nuestra creación. El alma está creada a imagen de Dios y somos nosotros quien la hemos deformado. Ella tenía la posibilidad de mirar a Dios con una íntima ternura. Somos nosotros los que la hemos pervertido para que sirva a las pasiones más que a su Creador.”
Isaac el Sirio, fondo árabe II,
Homilía sobre las disposiciones de la vida solitaria.


“No hay nada que acerque el corazón a Dios como la misericordia. Y nada que dé paz a la mente como la pobreza voluntaria.”
Isaac el Sirio, Serm. Asc. 4


“Ama a los pobres y también tú, entre ellos, encontrarás misericordia.”
Isaac el Sirio, Serm. Asc 5


“No tomes aversión al mal olor de los enfermos y de los pobres, porque también tú estás revestido de carne.”
Isaac el Sirio, Serm. Asc 5


“Ama a los pecadores, pero rechaza sus obras. No los desprecies por sus culpas, para no caer también tú en las mismas tentaciones.”
Isaac el Sirio, Serm. Asc 5


“Recordad que también tú participas [de la naturaleza terrestre], del hedor de Adán y que también tú estás revestido de su enfermedad.”
Isaac el Sirio, Serm. Asc 5


“Si tú eres verdaderamente misericordioso, e inicuamente y con injusticia te es quitado lo tuyo, no te enojes, ni por dentro, ni por fuera, y no muestres a otros lo que soportas, los daños de la injusticia que has sufrido sean tragados por pasiones de misericordia, como la fuerza del vino es templada en el abundante agua.”
Isaac el Sirio, Serm. Asc 6


“Muestra la grandeza de tu misericordia haciendo el bien con alegría a aquellos que han sido injustos contigo.”
Isaac el Sirio, Serm. Asc 6


“Si tú eres verdaderamente humilde no te turbarás si sufres una injusticia. No hables [para justificarte]. Por el contrario, toma efectivamente sobre ti las calumnias como verdad y no busques persuadir  a los hombres de tu inocencia sino, más bien, pide perdón.”
Isaac el Sirio, Serm. Asc 6


“Extiende tu manto sobre el pecador y cúbrelo. Y si no puedes tomar sobre ti sus errores y recibir el castigo en su lugar, sufre al menos el deshonor, para que no lo sufra él.”
Isaac el Sirio, Serm. Asc 50


“Dios escucha y atiende los pedidos de aquellos que lo aman y lo buscan con todo el corazón. En cuanto, por el contrario, a aquellos que no van a él con todo el corazón, sino con un corazón dividido y todo lo que hacen no es más que ostentación para obtener la gloria de los hombres, Dios no escucha nada de sus oraciones, sino que se enoja porque ellos actúan con hipocresía.”
Antonio el Grande, Carta 10, 1


“Sin la pureza del cuerpo y del corazón nadie puede ser perfecto ante Dios, como está escrito en el santo evangelio: “Felices los puros de corazón, porque ellos verán a Dios” (cf. Mt 5, 8). La perfección nace por tanto de la pureza de corazón…
Estad por tanto alerta y luchad para que vuestro paso de la vida a la muerte no suceda mientras mantienes rencor hacia alguien. En ese caso, serás contado junto a los asesinos, según la Escritura: ‘Quien odia a su hermano es un homicida’ (cf. 1 Juan 3, 15)…
Y quien de ustedes es tratado injustamente, lo acepte con alegría remitiéndolo al Señor, porque es él el que juzga y retribuye con equidad. Pero si uno ha cometido una injusticia hacia su compañero, que se apresure a hacerse humilde frente al Señor y le suplique a su compañero para que el Señor lo perdone. No permitan, mis amados, que ‘el sol se ponga sobre vuestra ira’ (cf. Ef 4, 26), como nos enseña la Escritura, sino que extirpen de sus corazones todo los malos pensamientos que les angustian.”
Antonio el Grande, Carta 20, 3.12.13
  

Matta el Meskin
L’ esperienza di Dio nella preghiera
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose
Págs. 169-182