Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

viernes, 6 de abril de 2012

La pasión de Cristo en nuestra vida



La semana de la Pasión o semana de la Víctima pascual

El término pascha significa paso e indica el rito del cordero pascual, gracias a su sangre el ángel destructor pasó más allá de las casa de los hebreos sin hacer ningún mal. La semana de la Pascua-paso no es una semana de sufrimiento inútil, sino por el contrario de sufrimiento-paso, del sufrimiento pascual, cuya fuerza, cuya luz y cuyo esplendor nos vienen de la sangre del Cordero inmolado sobre la cruz. He aquí por qué debemos sufrir juntos esta semana de la Pasión. Sin embargo, el pasar más allá gracias al poder de la sangre de Jesús significa que, por medio del sufrimiento, nosotros pasamos de una vida a otra, de una fe a otra.

Cada vez que celebramos los eventos de la semana de la Pasión, debemos vivirlos como ocasión irrepetible que nos es ofrecida para alcanzar una vida más llena de energías. Durante esta semana santa escuchamos varias veces como el Señor reveló a sus discípulos el secreto designio de amor que voluntariamente había decidido llevar a cumplimiento en su persona, como expresión de un amor mudo y escondido.

“He aquí, estamos por subir a Jerusalén… y el Hijo del hombre será entregado a los paganos que lo matarán” (Lc 18, 31-32). Los discípulos se entristecieron al escuchar estas palabras y algunos de ellos rechazaron este proyecto: ellos no podían percibir su enorme grandeza. Pero ustedes, hermanos, ustedes que han contemplado la grandeza de la salvación y del amor, consecuencia de tal designio bendito – el designio de ascender a Jerusalén donde el Hijo del hombre debía ser arrestado, insultado y después asesinado- ¿cómo podrían oponerse a este proyecto? ¿Quién ha podido escuchar alguna vez este misterio divino – el misterio de la entrega total al Padre- sin desear cumplirlo, siguiendo las huellas del Señor sobre el camino hacia el Gólgota?

Ya que, si externamente hay solo sufrimiento y aflicción, en la resurrección  hay alegría, fuerza, ascensión al cielo. Entonces, ¿quién rechazaría pasar con el Salvador a través de la semana del sufrimiento pascual? ¿quién quiere entonces echarse atrás, juzgando muy alto el precio por tan gran salvación? Es un mapa cuya salida está garantizada de modo absoluto: haciéndolo nuestro, todos juntos, con amor y fe, cada uno según la propia capacidad.

Avancemos pues juntos, por el largo camino del Calvario, viviendo la semana de la Pasión en vista a este paso. Cada uno en el propio corazón prometa recorrer el camino: para cada uno existe un trayecto particular, un sufrimiento y un amor reservados para él. Pero todos, pasamos más allá, sin que ninguno se aparte lejos del camino, como si fuera una única fila, porque nuestras jambas han sido manchadas con la sangre de un único Cordero. Es una acción santa en Espíritu y poder. La Pascua, que hemos deseado ardientemente: un pasar más allá de la mirada del ángel destructor, un paso por las tinieblas y por la locura del pecado, por el estar seducidos junto a las ollas de los deseos, un paso de la esclavitud y de la humillación del faraón a la luz, a la salvación, a la liberación donadas por medio de la sangre de Cristo.

¡Cómo está llena de gloria la semana de la Víctima pascual en la cual nosotros nos es dado cumplir tal pasaje! De ahora en adelante transformémosla en sufrimiento a causa del amor, acogida espontáneamente. En esta semana empapemos de lágrimas nuestro pan, bañemos con el llanto nuestra almohada, sin conceder sueño a nuestros párpados, a fin de que pasemos más allá del valle de las tinieblas y de la muerte, para que Cristo pueda resplandecer sobre nosotros en su resurrección. Él ha vuelto su rostro hacia Jerusalén, absolutamente decidido a llevar a cumplimiento este designio. Ha puesto el rostro a los insultos y el dorso a los flagelos. No ha tenido nunca alguna vacilación en ir hacia adelante, hasta la inmolación.

¡Así nos ha abierto la puerta y nos ha ofrecido su proyecto: ¡a nosotros no nos queda más que seguirlo!

Un nuevo modo de ver el sufrimiento

Cristo había mostrado su suprema autoridad sobre la muerte haciendo surgir de los muertos a Lázaro, y María había rociado su cuerpo con un ungüento valioso, gesto que el Señor consideró como una verdadera y propia unción en vista a su muerte. Después de estos hechos, Cristo avanzó hacia la cruz para cumplir el evangelio y realizar la obra para la cual había venido, afrontando el sufrimiento y la muerte voluntaria.

Pero demos ahora una mirada al primero y al último de los siete milagros realizados por el Señor – en el evangelio según Juan- ya que estos están estrechamente ligados entre sí.

El primero de los signos realizados por Jesús sucede en la casa de personas que lo amaban y entre gente dispuesta a creer en él: fue en las bodas de Caná de Galilea, donde el Señor cambió el agua en vino bueno, en respuesta al pedido hecho por la virgen María, su madre.

En el segundo también nos encontramos en la casa de personas amadas: Lázaro, María y Marta, personas que estaban entre las más firmes de cuantos creían en él. Jesús, por la súplica de María, la hermana de Lázaro, le devuelve la vida a su amigo. Es aquí que manifestó su gloria, como agrega el evangelio. En el primer milagro la única objeción a la súplica de la Virgen fue que su hora no había llegado aún. Pero ahora, después de más de tres años, la hora había llegado, y no hay más lugar para alguna objeción ante el milagro por cumplir. También en esta ocasión el evangelio agrega para nosotros que Jesús reveló su gloria. Sucede siempre así: solo en aquellos que creen en él y en ningún otro, Cristo encuentra las ocasiones más adecuadas para cumplir sus signos y manifestar su gloria.

Justo después de haber cambiado el agua en vino, Jesús comenzó inmediatamente a enseñar  como obrar el cambio del hombre mismo con un nuevo nacimiento de lo alto, del cielo, del agua y del Espíritu, introduciéndolo en una vida nueva, eterna: solo con dificultad Nicodemo podía aceptar esta verdad. De igual modo, resucitando a Lázaro de los muertos, Jesús da un signo claro de su capacidad de resucitar a los muertos o, en otros términos, de obrar una transformación total. Aquí la dificultad alcanza su culmen, incluso para aquellos que lo rechazaban: su falta de fe era tal que desde aquel momento conspiraron para asesinar tanto a Lázaro como a Jesús.

Los padecimientos de la muerte comienzan así mucho antes que la cruz ¡Lo cual es paradójico! ¡La pasión del Señor comienza en cuanto él revela abiertamente su verdadera identidad! Entra en Jerusalén como el Rey de Israel, el señor del templo o, según las profecías, como aquel que “pronto entrará en su templo” (Ml 3, 1). Pero más adelante la profecía agrega: “Pero, ¿quién podrá sostenerse el día de su venida?” (Ml 3,2).

Al decir la verdad, los jefes de los sacerdotes y todos los doctores de la ley, junto a los custodios de las cosas sagradas y de las enseñanzas, no podían soportar tal espectáculo. No porque Jesús había entrado en Jerusalén y en el templo con gran gloria sino por el motivo exactamente opuesto: porque había entrado manso y humilde, cabalgando en un asno, y esto decepcionaba todas sus esperanzas.

La pasión de Cristo comenzó con un rechazo absoluto, una humillación y un odio extremo. Viene manso y humilde, y esto era incompatible con los sueños de Israel, pero de este modo Cristo pasó por el camino estrecho. En él se cumplía la profecía: “abominado por las naciones, siervo de los poderoso” (Is 49, 7)

Así comienza aún hoy el camino de la cruz para aquellos que se adhieren a la verdad. Y aquí aparece la paradoja siempre desagradable a la autoridad: escuchar la verdad de la boca de un débil es algo que no pueden tolerar.

Con gran sabiduría la Iglesia copta inicia la semana santa con el domingo de Ramos, evocando el día en el cual el honor y la acogida mostrada a Jesús alcanzan su culmen, el día en el cual la Iglesia proclama: “Osana en lo alto del cielo, Rey de Israel. Bendito el que viene en el nombre del Señor”. Sin embargo, en el mismo templo la Iglesia comienza a cantar los salmos con tonos de lamento y a proclamar el evangelio con una melodía extremadamente conmovedora que lastima el corazón, mientras los signos de la Oblación están aún allí sobre el altar [1].

¡Verdaderamente sorprendente! Pero esta es la conciencia que la Iglesia tiene de Cristo, o mejor, del evangelio. ¡Es una paradoja más allá de la razón, en el cual el desaliento y la aflicción más extremos se mezclan con la alegría y la esperanza más grandes! La Iglesia en efecto es consciente que el rechazo de Cristo por parte de los sumos sacerdotes, le infligirá males, lo insultarán, lo aniquilarán sobre la cruz, y justamente estas cosas dan origen a una alegría inefable y elevada, en vista de la salvación eterna.

La aceptación del sufrimiento

Quizás la realidad más profunda que puede ser sondeada por el cristiano en la reflexión sobre la pasión y sobre la crucifixión es que la cruz, para Cristo, fue un acto voluntario y bien aceptado: “¿No debo pues beber el cáliz que mi Padre me ha dado?” (Juan 18,11). Pero hay más, ya que el sufrimiento y la crucifixión no fueron solo voluntarias y bien aceptadas, sino que se habían vuelto un objetivo y un fin, para realizar aquello por lo cual Cristo había venido: “Para esto ha llegado esta hora” (Juan 12, 27).

Esto nos induce, como cristianos, a interpretar el sufrimiento en estos términos: el cristiano que cree verdaderamente en la cruz no debe abusar de la propia libertad para evitar el sufrimiento. Quien en efecto ha sondeado la profundidad y los misterios de la cruz concibe al sufrimiento como una parte integrante de su fe: herencia agradable que él espera, deber que está feliz de cumplir, objetivo por el cual se pone a trabajar sin temor.

La tradición cuenta que un gran temor tomó a Pedro cuando Nerón, frente a su proclamación de fe, pronunció contra él la sentencia de muerte por crucifixión. Pedro huyó del guardia y escapó. Pero el Señor se le apareció en una visión y le pregunta: “¿dónde has ido, Pedro? ¿Quieres que yo vaya a ser crucificado por ti una vez más?” Pedro entonces tuvo gran vergüenza y afligido por un amargo dolor: ¿cómo podía cumplir un acto tan vergonzoso y traicionar la cruz de su Maestro? Inmediatamente volvió a la ciudad y se entregó espontáneamente  a los verdugos.

Con esto la tradición aporta a nuestra fe un elemento de gran importancia: quien se escapa del propio cáliz y de la propia parte que le toca de sufrimiento no hace más que privarse a sí mismo de la parte que le espera en el sufrimiento de Cristo. Es como si tuviese necesidad de que Cristo viniese de nuevo a ser crucificado por él.

La mano amorosa que ofrece el cáliz del sufrimiento

Los ojos de Cristo no dejaron nunca de reconocer la mano que le ofrecía el cáliz del sufrimiento. Cristo en efecto no prestó nunca atención a las manos malvadas que sujetaban el martillo y los clavos. Ni atendió a los severos y rencorosos rostros de los sumos sacerdotes que gritaban: “¡Crucifícalo, crucifícalo!” (Juan 19,6) Aún menos consideró a Pilato como a un poderoso que podía pronunciar la sentencia de muerte para crucificarlo. Del mismo modo sus oídos no prestaron ninguna atención a los insultos y a las palabras de burlas que salían de la boca de los malvados y vengativos fariseos, custodios de la ley y del sábado. Sus ojos estaban fijos únicamente en la mano del Padre, la única realidad que sujetaba al martillo y a los clavos. Sus oídos prestaban atención sólo a la voz del Padre, mientras pronunciaba la sentencia de flagelación y de crucifixión. Cristo había dicho a Pilato con extrema claridad: “Tú no tendrías ningún poder sobre mí si no te hubiese sido dado de los alto” (Juan 19, 11).

Pilato pensaba que por su poder podía liberar a Jesús y no crucificarlo. Pero justamente aquí Cristo lo reprende ásperamente ya que aquello no era más que una pura ilusión. Fue Jesús, y no Pilato, quien decidió el desarrollo de todo el proceso, de la acusación, de la defensa y del veredicto. ¡En realidad Pilato daba ejecución a lo que el cielo le dictaba! No contaba en nada el deshonesto veredicto del sanedrín o la corrupta ley romana: de hecho la sentencia de sufrimiento y de muerte sobre la cruz en primer lugar y en última instancia había sido vertida y mezclada por amor en un único cáliz, por obra del Padre que ama al Hijo antes de la fundación del mundo. ¡Y el origen de este cáliz era justamente el amor de Dios por el mundo! Por esto, no era tan amargo como podía parecer ni estaba mesclado, no obstante las apariencias, del odio del maligno o las intrigas de los hipócritas. Antes que nada, era una parte elegida la heredad ofrecida por la mano del mismo Padre y contenía en sí la esencia del amor, de la resurrección y de la vida.

Para apreciar en toda la grandeza de este ejemplo de aceptación del sufrimiento debemos volver a ejemplos más modestos con sus pequeñas cruces. Un modelo de este tipo podría ser José, el joven bendecido por Dios que no alimentó ningún rencor hacia los hermanos que lo habían tirado en un pozo y después lo habían vendido por dinero para que fuese llevado lejos, solitario en exilio, a Egipto. Él elevó el corazón y los ojos a Dios, estimando que su suerte provenía directamente de la mano de Dios. José no ve la pérfida mano violenta del hermano que lo suspendía con lazos sobre el abismo del pozo. No sentía ninguna aversión en las relaciones con sus hermanos, mientras estos cobraban el precio de su sangre por el cual lo habían vendido a unos ismaelitas. En todo esto en efecto no ve otra cosa más que la mano invisible, la mano de Dios mismo que tejía todos estos eventos en una única trama. Al final, una vez manifestada la infame acción de sus hermanos, escuchamos a José que los consuela: “Por tanto no han sido vosotros los que me mandaron aquí, sino Dios… Si ustedes pensaron hacerme mal, Dios ha pensado servirse de eso para un bien.” (Gen 45, 8; 50, 20).

Cristo eleva experiencias menores y ejemplos individuales como estos y los hace universales, a ley divina, a la gran cruz de la redención, a la alianza entre Dios y el hombre. Cristo ha sellado el pacto con su sangre y ha dado su Espíritu santo como anticipo. Esta alianza consiste en la presencia de la mano más misericordiosa que existe, la mano de Dios, detrás de cada individuo golpeado perteneciente a nuestra tienda terrena. ¡Justamente allí su mano está extendida para desarrollar el rol del puro amor! La mano traspasada de Cristo, sobre la cual había sido escrito en anticipo nuestro nombre, se convierte en garantía de nuestra salvación: por nuestros sufrimientos y por nuestras penas cotidianas (que parecen debidas al caso), por las persecuciones que sufrimos por parte de quien nos oprime y por las ingratitudes de aquellos que cuidamos cada día, Dios ha hecho emerger una dulcísima cruz que trae para nosotros la semilla de la vida eterna, una cruz que tiene el dulce sabor de Cristo, a semejanza de la cruz gloriosa.

“Perdónalos”

Cristo aceptó el cáliz presentado por la mano del Padre con toda la infamia, el oprobio, el deshonor y el sufrimiento hasta la muerte del cual estaba colmado. Lo aceptó como si fuese amor, amor absoluto, exento de toda duda o lamento, de toda reprobación o gemido. De esta aceptación no hay prueba más elocuente que la palabra de Cristo: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34). Jesús las pronunció en la última hora, cuando el dolor se había vuelto extremo y el oprobio había alcanzado el culmen, inmediatamente antes de morir.

Si los ojos de Cristo no hubiesen permanecido fijos sobre la mano del Padre que sostenía el cáliz del sufrimiento y de la muerte, Cristo no habría podido hacer menos que ver las penas que lo rodeaban, la locura hostil, el desprecio y la satisfacción malévola, la opresión extrema, toda la locura con la cual el diablo incitó a los jefes, a los ancianos del pueblo y al discípulo traidor.

He aquí entonces que el mandamiento que Cristo nos ha dado de pedir en nuestra oración cotidiana el perdón por aquellos que han pecado contra nosotros, no se apoya en el vacío, ni es semejante a las órdenes de la ley, incapaces en realidad de redimir o garantizar la redención. El mandamiento de Cristo en cambio, fundado sobre la obediencia del amor de Dios, se presenta sobre el fondo impresionante de la cruz, de aquella cruz que él nos ha mandado a cargar en el seguimiento y en la imitación de él.

Por esto, quien ha decidido llevar la cruz de Cristo debe ante todo evitar caer en el engaño de aquellas rudas manos que  crucificaron sus esperanzas y sus sentimientos. Ni debe dejarse desorientar por la maldad de los que les están tendiendo una emboscada o por las intrigas del maligno. Debe solo tener los ojos fijos sobre la mano amorosa y compasiva que le ha puesto sobre la espalda el yugo de la cruz – junto a todos los instrumentos que acompañaron a la crucifixión de Cristo-, considerándolo como una parte de la heredad a él asignada, establecida en los más mínimos detalles y en acuerdo con el decreto fijado por el amor de Dios, que mide cada cosa con el metro de la gloria de Cristo. Esto significa que, por más pesada que pueda ser nuestra cruz y por mucho que el enemigo pueda encargarse (con la complicidad de los obreros de la iniquidad) de hacer pesada de cualquier modo que sea la carga puesta sobre nuestras débiles espaldas, sin embargo la mano divina reparte su medida según la porción que nos espera en el correspondiente peso de gloria en la cruz de Cristo. Esto sucede de modo tal que, si –aunque por un solo instante- fuese quitado el velo que nos cubre los ojos y que el enemigo teje contra nosotros en esta tipo de momentos y junto a esto fuese quitada la debilidad del alma, el tedio y el agotamiento de nuestras fuerzas, inmediatamente comprenderíamos que el ligero peso de esta cruz, unido a nuestra ligera y momentánea aflicción, ha creado en realidad, como atestigua el Espíritu, un eterno peso de gloria puesto ante nosotros en los cielos y visible a nuestro espíritu justamente en lo profundo de nuestro corazón. Es esta verdad la que nos hace realmente más fácil perdonar de todo corazón a los otros. Más aún, nos permite ir más allá, hasta llegar a la oración y al amor por todos aquellos que han pecado contra nosotros y nos han causado algún mal, cualquiera sea este mal o esta ofensa, aunque fuese también mortal.

¡La vida eterna, con todos sus esplenderos y su gloria, está escondida en el misterio de la suave y pequeña cruz que el Señor ha puesto sobre nuestras espaldas!

La hostilidad es inevitable

En cuanto aparece el extraordinario poder de Cristo, en cuanto se manifestaron sus milagros y se difundieron por todos lados sus acciones y sus obras que atraían tanto la atención por su esplendor, enseguida los sumos sacerdotes, los escribas, los fariseos y cuanto se servían de la religión para tener de qué vivir, comenzaron levantar sospechas contra Cristo, después lo atacaron y sucesivamente buscaron atraparlo por sus palabras y acciones. Al final no les quedó más que conspirar en secreto, tramando con toda prisa cómo eliminar a este extraño, si no querían arriesgarse a perder el prestigio y a que aumentara la indiferencia en sus relaciones [con el pueblo], como declaró el mismo sumo pontífice. Debe estar absolutamente claro a nuestros ojos que la causa directa de la oposición  contra Cristo, de la resistencia a él que culmina en la crucifixión, puede ser resumida en esta frase: el resplandeciente éxito de Cristo, su éxito en el elevar el ánimo de los hombres en general y el de los pecadores en particular, poniéndose de su parte, su éxito en los humillados, rechazados, aplastados, en los infectados por una enfermedad sin esperanza y en aquellos poseídos por poderes diabólicos.

El éxito de Cristo, su amor, su compasión y su mansedumbre fueron la causa de todos los sufrimientos padecidos y de la crucifixión: esto considerándolo desde el punto de vista del mundo. Pero considerándolo desde Dios Padre es exactamente lo contrario. En la cruz el designio del Padre y el consentimiento plenamente obediente y gozoso del Hijo se han revelado como salvación del mundo: así, quien cree en Cristo y en su pasión no morirá. La cruz es la nueva arca que transporta toda especie de vivientes. Aún hoy atraviesa el diluvio del mundo y los inminentes horrores de la muerte, hasta llevar a salvo a sus pasajeros al puerto celeste, al mundo de la paz eterna.

La misma hostilidad mostrada por las potencias de las tinieblas y por sus príncipes en las confrontaciones con Cristo Salvador permanece aún hoy, junto al desprecio hacia él de aquellos que lo crucificaron, sacerdotes  o ancianos, movidos por motivos de intereses personales y por su ciego fanatismo. Esta maldad, esta locura y este ciego fanatismo encuentran todavía un blanco en quien ha abrazado el testimonio y el seguimiento de Cristo en la propia vida.

El sufrimiento es nuestro camino hacia la gloria

Felices los afligidos,
porque serán consolados.
Felices los que son crucificado,
porque serán transfigurados.
Felices aquellos que son completamente aplastados,
porque reinarán.
Felices los que tienen hambre y sed de justicia,
porque serán saciados.

Todos los sufrimientos de ellos serán olvidados y sus lágrimas secadas: en su lugar una luz indicará los horrores soportados y el misterio de la gloria que de ellos ha derivado. La grandeza de la fuerza de ánimo humana será revelada junto al poder de las acciones misericordiosas de Dios, ya que el sufrimiento parecerá pequeño e insignificante en relación a la gloria que de él se deriva. Cada uno de nosotros verá que el sufrimiento era un engaño sagrado preparado por Dios para tomarnos y conducirnos a la gloria: soportar el sufrimiento, en efecto, nos acerca a Dios más que los actos de culto.

Un santo cuenta que tuvo una visión de un grupo de mártires resplandecientes de gloria más que la de los ángeles que aparecían juntos a ellos. Guirnaldas de flores rojas adornaban el cuello de cuantos habían sido decapitados, puestas justo en el lugar en el cual la espada había golpeado, estas resplandecían y centelleaban con un esplendor más grande que toda otra luz de esa visión.

Para Cristo el misterio de la cruz es el misterio de su gloria. El oprimente sufrimiento que el Señor soportó, el tormento interior frente a la injusticia y a la aberración de su proceso, el abandono de sus discípulos, la traición de Judas y la conciencia de que los sumos sacerdotes se habían puesto de acuerdo con uno de sus discípulos para valorar su vida sólo en treinta monedas de plata, todo esto fue el camino a través del cual Cristo pudo abandonar el mundo de la vanidad pasajera para entrar en la gloria del Padre. Y el hombre, en todo tiempo y en todo lugar, debe recorrer el mismo camino. La cruz y su sufrimiento enorme no pueden ser comparables a la gloria que de ella deriva. La cruz no fue una casualidad en la vida del Señor, él había nacido para la cruz: “para esto ha llegado esta hora” (Juan 12, 27). El hombre ha nacido para el sufrimiento y el sufrimiento ha nacido para el hombre. Pero al mismo tiempo, la cruz no fue un peso irrevocable impuesto al Señor: sus mismas palabras nos lo hacen entender y nosotros estamos seguros de esto por su santidad y divinidad. Fue él mismo quien hizo de la cruz un evento irrevocable para su vida –“¿no debo pues beber el cáliz que el Padre me ha dado?” (Juan 18,11)- para compartir con nosotros lo inevitable del sufrimiento. Dios se ha manifestado a sí mismo en la persona de Cristo, su Hijo, como un obligado a sufrir, así hace del sufrimiento sufrido por obligación algo igual al sufrimiento voluntariamente elegido, para que ningún hombre del mundo fuese privado de la misericordia de Dios y para que la cruz pueda ser dilatada hasta incluir a todos aquellos que sufren injustamente.

La realidad del dolor es una gran piedra de escándalo para la mente humana que no puede aceptarlo como un medio para sacar algo bueno.

Pero si comprendemos que la cruz es la más grande manifestación de la acción de Dios en la realidad visible, porque en ella Dios fue transfigurado para el hombre (más que sobre el monte Tabor) y que la cruz es el sufrimiento en su más grande, más oprimente y más injusta forma, entonces debemos también percibir que la cruz es, por así decirlo, el burro de carga sobre el cual montó el Dios Omnipotente para descender desde el lugar de su morada, donde había permanecido oculto desde la eternidad y así venir a nosotros para tomarnos de la mano. ¡Desde un punto de vista físico, el sufrimiento representa un obstáculo negativo y coercitivo, pero en su esencia espiritual es una acción incomparable!

El hombre permanece en una situación espiritual estancada, incapaz de avanzar en su retorno a Dios con Cristo hasta que no carga su propia cruz. El sufrimiento lleva al hombre al interior del misterio de la cruz, por lo cual él no permanece más como muerto sino que es conducido a Cristo, guiado y  arrastrado de sufrimiento en sufrimiento hasta alcanzar al Padre, apoyándose en la cruz, siguiendo las huellas de Cristo.

Es imposible para el hombre acercarse a Dios con un esfuerzo mental, porque la mente, por más lejos que llegue en la meditación, puede como máximo recibir de Dios su luz y su amor. Esto la hace feliz, pero es una felicidad que rápidamente se desvanece. El verdadero movimiento hacia Dios está en Cristo, ya que él es el Hijo de Dios que viene a nosotros sobre la cruz y sobre la cruz nosotros lo seguimos para volver al Padre.

Cristo dijo: “sin mí no pueden hacer nada” (Juan 15, 5). Dijo esto no porque tenga tiránicamente la intención de pisotear nuestra voluntad, ni porque nosotros seamos incapaces de alcanzar el conocimiento. Él en efecto nos ha enseñado todo lo que  tenemos necesidad de conocer. Dice esto porque él solo, como Hijo, tiene en sí mismo el poder de dirigirse hacia Dios Padre. Cristo lleva consigo el poder de dos movimientos: el movimiento de Dios Padre hacia nosotros y nuestro movimiento hacia el Padre. El primero es un movimiento natural y esencial, que está fundamentado en el misterio del amor de Dios por su creación. El segundo es adquirido a través de la cruz, es decir a través del sufrimiento sacrificial que había sido preparado para sostener la humanidad privada de vida y elevarla. Solo Cristo tiene el poder de ir al Padre porque él es el Hijo unigénito de Dios, consustancial al Padre. Él está siempre en el seno del Padre y vuelto hacia el Padre.

Cristo nos ha colmado del misterio de estos dos poderes: el poder del amor y el poder de la cruz, es decir del sufrimiento. Cuando acogemos estos dos poderes, Cristo trabaja en nosotros místicamente para que podamos progresar por él y con él hasta alcanzar al Padre: en ese punto, gracias a estos dos poderes y en Cristo, se realiza el gran misterio de la unión con Dios.

En Cristo, antes de la encarnación y de la cruz, el poder de ir al Padre era natural, pero para llevar a la humanidad y conducirla hasta el Padre –la humanidad que estaba muerta- él debió, más allá de asumir la carne y volverse hombre, someterse al sufrimiento sacrificial, para llevarnos hasta la presencia del Padre. Así Cristo, a través de la cruz, ha adquirido para nosotros un poder en vista a nuestro bien, el poder de llevar al Padre a la humanidad pecadora. “Convenía en efecto que aquel por quien y para quien existen todas las cosas, a fin de llevar a la gloria a un gran número de hijos, perfeccionara, por medio del sufrimiento, al jefe que los conduciría a la salvación.” (Hebreos 2, 10)

Matta el Meskin
Comunione nell’ amore
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose

Pags. 191-205


[1] La Iglesia latina testimonia la misma comprensión del misterio pascual poniendo en la liturgia del domingo de Ramos la proclamación solemne e integral del evangelio de la pasión.

martes, 3 de abril de 2012

Getsemaní y el sufrimiento



Getsemaní es el lugar en el cual sucede el gran encuentro, en el cual la humanidad se encuentra con Dios.

No fue por casualidad que Jesús aquella noche encontró un jardín en el cual pudo probar la angustia y la turbación y en el cual su alma pudo ser afligida por aquel extraordinario dolor hasta la muerte. ¿No es quizás en el jardín del paraíso que Adán fue desnudado por el pecado para luego desaparecer de la presencia de Dios, y así la humanidad en Adán entró en un estado de separación de Dios y en la muerte?

Si es verdad que la humanidad había experimentado un encuentro pleno con Dios en el nacimiento de Jesús, esto se fundaba únicamente sobre la aceptación por parte de Jesús de un encuentro pleno con nosotros. También en Getsemaní nos hemos encontrado con él: y no hay encuentro más significativo que aquel que tiene lugar en el compartir el sufrimiento, además de aquel en el cual compartimos la misma muerte, alcanzando así la inmortalidad.

El sufrimiento, sea físico o espiritual, que nos oprime en esta vida, fue sondeado en profundidad por Jesús: “Mí alma está triste hasta la muerte” (Mt 26, 38). No hay dolor que pueda llevar al alma hasta el punto de morir sino el dolor de la infamia y del pecado.

En Getsemaní Jesús toma la decisión irrevocable de aceptar la infamia de la humanidad, acepta ir al encuentro de la prueba inminente como blasfemo y malhechor, acusado de los dos pecados que son la base de todo pecado.

¿Cómo Jesús puede aceptar la infamia del hombre?

La aceptación por parte de Cristo de la infamia del hombre es considerada un misterio. Para poderla discernir debemos liberarnos de todo sentimiento y de toda emoción, resultado que sólo pocos llegan a obtener. Así como el Señor ha asumido nuestra naturaleza y se ha unido sin disminución ni cambio de su divinidad, del mismo modo ha aceptado que en Getsemaní su cuerpo asumiese nuestra culpa sin estar el manchado. No cargó con nuestro pecado sólo en el pensamiento o en la imaginación, casi metafóricamente, sino que es una gran verdad cuando la Biblia afirma: “Él llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el leño de la cruz” (1 Pe 2, 24).

En este punto, ¿quién puede percibir el misterio de Cristo y el corazón de la redención? Toda aquello que podemos decir es que, como se ha realizado la encarnación y lo ha determinado con su voluntad, así gracias a la misma voluntad, ha cargado sobre su cuerpo nuestro pecado. Si su hambre, su sed y su falta de sueño, es la prueba para nosotros de su encarnación en una verdadera naturaleza humana, así también la angustia, la aflicción y la pena de su alma son la prueba de su libre y misteriosa aceptación de cuanto el género humano le habría descargado encima sobre la cruz.

Como en un tiempo el cordero sacrificial cargaba con el pecado de una persona y con este moría en lugar del pecador, sin que por esto el cordero fuese considerado culpable de pecado, así el Hijo de Dios, el “Cordero de Dios” (Juan 1, 29) que lleva y quita el pecado del mundo entero, se vuelve pecado por nosotros, permaneciendo sin embargo absolutamente sin pecado. “Aquel que no había conocido el pecado, Dios lo identificó con el pecado en nuestro favor, para que nosotros nos volviéramos por medio de él justicia de Dios” (2 Cor 5, 21). Él permanece exactamente como era, “santo, inocente, sin mancha, separado de los pecadores y elevado sobre los cielos”. (Heb 7, 26).

Del mismo modo que Cristo, por nosotros, es vuelto pecado permaneciendo sin embargo absolutamente sin pecado, así también nosotros, en él, nos hemos quedado absolutamente sin pecado, aún siendo seres humanos pecadores. “Él tomó la que era nuestra suerte y nos pide que nosotros tomemos la suya: por esto alabémoslo, glorifiquémoslo y exaltémoslo” (liturgia copta: Theotokia del viernes).

Antes de Getsemaní el sufrimiento era un castigo.

El dolor y la tristeza que siguen a las catástrofes y a las injusticias, y la fatiga, la enfermedad, la humillación y el desaliento que les acompañan, constituyen una pregunta que no encuentra respuesta si no en las palabras “pecado” y “castigo”.

No podía haber una esperanza en el sufrimiento, porque no había remedio para el pecado. Y el dolor era amargo y atormentador, porque no había rescate para el castigo.

Además, la injusta distribución del sufrimiento provocaba angustia, ansiedad y desconcierto. Un niño inocente puede ser víctima del mal, del sufrimiento y de la tortura como el más malvado de los hombres. Pueden suceder que hombres buenos y humildes sufran más que otros que son depravados y obstinados: no hay medio para descubrir una ley o un principio que regule la distribución del sufrimiento. Esto es así porque el pecado reina sobre el hombre en lugar de Dios y el pecado no conoce ley. La ley del pecado es la injusticia, su regla es la iniquidad y su principio es la tiranía.

Si hemos elegido el pecado por nuestro deseo, ¿podemos acaso reprender a Dios por nosotros haber caído bajo la ley oprimente del pecado? A fin de que no podamos reprender al Creador por los sufrimientos que nos golpean como consecuencia del pecado cometido por nuestra voluntad caprichosa, Dios ha mandado a su Hijo en un cuerpo humano para sufrir los sufrimientos del hombre, si bien él no hubiese merecido sufrir. En Getsemaní, y también después, el Hijo de Dios sufrió y su alma estaba triste hasta la muerte, y su sudor caía como gotas de sangre, como si estuviese sangrando por una herida oculta.

Consideremos esto: si un hombre culpable de pecado sufre y es oprimido por el dolor, esto sucede por la ley del pecado. Y si un hombre bueno sufre más que uno malo, es porque la ley del pecado los tiene a ambos bajo el propio poder: en las reglas del pecado no existe una distribución equitativa. Y si un niño inocente sufre como un adulto, es porque es hijo del pecado, nacido por la injusticia y por la opresión.

Pero, ¿por qué Cristo debe soportar este sufrimiento aplastante? ¿Por qué su alma debe ser afligida hasta la muerte? El ha nacido del Espíritu santo y de una Virgen inmaculada, ha vivido sin pecado y ha proclamado: “Yo soy la verdad” (Juan 14,6). No nos queda más que deducir que Cristo ha aceptado deliberadamente la propia injusticia del sufrimiento y ha consentido en recibir la inicua sentencia “con fuertes gritos y lágrimas” (Hb 5, 7)

Puede pasar que nosotros seamos hombres que hemos sufrido injustamente y que hemos sido castigados más severamente de cuanto merecen nuestros pecados, pero ahora ¿qué podremos decir de Cristo? En su sufrimiento soportó toda injusticia y con aflicción mortal de su alma descontó la pena de todos los pecados. Como ha dicho el profeta Isaías:

“Pero él soportaba nuestros sufrimientos y cargaba con nuestras dolencias, y nosotros lo considerábamos golpeado, herido por Dios y humillado. Él fue traspasado por nuestras rebeldías y triturado por nuestras iniquidades. El castigo que nos da la paz recayó sobre él y por sus heridas fuimos sanados. Todos andábamos errantes como ovejas, siguiendo cada uno su propio camino, y el Señor hizo recaer sobre él las iniquidades de todos nosotros. Al ser maltratado, se humillaba  y ni siquiera abría su boca: como un cordero llevado al matadero, como una oveja muda ante el que la esquila, él no abrió su boca. Fue detenido y juzgado injustamente, y ¿quién se preocupó de su suerte? Porque fue arrancado de la tierra de los vivientes y golpeado por las rebeldías de mi pueblo. Se le dio sepulcro con los malhechores y una tumba con los impíos, aunque no había cometido violencia ni había engaño en su boca. El Señor quiso aplastarlo con el sufrimiento. Si ofrece su vida en sacrificio de reparación, verá su descendencia, prolongará sus días, y la voluntad del Señor se cumplirá por medio de él. A causa de tantas fatigas, él verá la luz y, al saberlo, quedará saciado. Mi Servidor justo justificará a muchos y cargará sobre sí las faltas de ellos. Por eso le daré una parte entre los grandes, y él repartirá el botín junto con los poderosos. Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los culpables, siendo así que llevaba el pecado de muchos e intercedía a favor de los culpables.”
Isaías 53, 4-12

Después del dolor viene el don.

De este modo, Dios eliminó la opresión del sufrimiento, su injusticia y su ley tiránica: no con una proclama o con una ley, ni siquiera con una visión o un ángel, sino haciéndose semejante al hombre, soportando la misma opresión, sometiéndose a la ley de la injusticia, sufriendo la humillación sin abrir la boca. Cristo, aceptando sufrir de este modo, da al dolor un enorme valor: después de haber acontecido un merecido castigo por el pecado, había terminado aquella sensación que torturaba el corazón y la conciencia del hombre convencido de estar bajo el manto del castigo por descontar y de la culpa por rescatar. Sensaciones como estas minaban su condición psicológica y lo cargaban de preocupaciones, de ansias y de enfermedades mortales. Pero ahora, si uno está en Cristo, puede vivir el sufrimiento al nivel del sufrimiento de Cristo, no como una consecuencia del pecado, sino como participación en el sufrimiento del amor, del sacrificio de sí y de la redención. El dolor, cualquiera sea la forma que asuma, en Cristo se vuelve un don: “¡Dad gracias al Señor por su amor…. en favor de los hombres! (Sal 107,8)

Es una participación del amor de Cristo

Cuando Cristo se somete al espantoso sufrimiento – sin merecer sufrir la más mínima pena- transformó el significado de la injusticia del sufrimiento. Antes, un hombre que sufría injustamente podía alzar los ojos al cielo para acusar a Dios o para invocar misericordia, pero no habría recibido ni contestación, ni respuesta, ni consolación: el pecado había truncado la relación entre el hombre y su Creador y había cruelmente encerrado en una única prisión al hombre sufriente y a su perseguidor, conduciéndolos a ambos hacia la destrucción y la muerte ¡Éste en efecto es el camino del pecado y su punto de llegada! Pero ahora en Cristo, el hombre que sufre está libre para siempre del pecado. Él no ve ninguna injusticia en su sufrimiento, por más grande que sea su dolor y su total inocencia. Él sabe y percibe que su sufrimiento no tiene nada que ver con el pago o con la expiación de un crimen, del momento que ni el dolor más atroz y ni todas las penas de la humanidad reunidas pueden expiar un solo pecado leve. El pecado es una ruptura con Dios y un alejarse de su presencia. Si el sufrimiento fuese un castigo y nada más, y nosotros, por su medio, descontásemos la culpa, entonces ¿quién habría conseguido la reconciliación?

Pero Cristo ha abolido el pecado, nos ha reconciliado y nos ha llevado a la vida. Él en efecto destrozó la terrible cadena que unía el sufrimiento al pecado: ya el sufrimiento no es más la participación en el pecado de Adán, sino la participación en el amor de Cristo.

Si nosotros estamos en Cristo, por más que suframos y por más grande que sea nuestro dolor, nuestro sufrimiento no se relaciona en nada con el hecho que merecemos o no tal dolor. El sufrimiento no es más una pena por algo, ni un medio para expiar alguna cosa y ni siquiera un castigo por alguna culpa. Había sido el pecado quien decretara que el sufrimiento debiese ser una forma de pena, de expiación o de castigo. Cristo ha eliminado el pecado después de haber descontado la pena, después de haber expiado y después de haber sufrido el castigo.

Por eso ahora es como si el hombre sufriese por nada, sin ninguna razón, ni ningún pretexto: ¡es justamente este el tipo de sufrimiento soportado por Cristo! Esta es la liturgia del sufrimiento del amor, del sacrificio de sí, de la redención. Esta es la participación de la divinidad: “Si verdaderamente participamos en sus sufrimientos para participar también en su gloria” (Rm 8, 17).

Es, finalmente,  participación en la gloria y en la alegría de la resurrección

Estamos ahora en condición de entender el significado de estas palabras: “porque a vosotros les ha sido concedida la gracia no solo de creer en Cristo, sino también de sufrir por él” (Fil 1, 29) ¿Somos capaces de percibir cómo el dolor, después de haber sido un castigo, en Cristo es convertido en un don? ¿Y que el don del sufrimiento, no causado por el pecado, es inevitablemente una participación en la gloria?

Si prestamos atención a la palabra del apóstol Santiago: “Considérense llenos de alegría, mis hermanos, cuando sufran toda clase de pruebas” (Sant 1, 2), descubrimos que cualquier sufrimiento de cualquier tipo está ineludiblemente ligado a Cristo, y que debemos acogerlo con alegría y gratitud, sabiendo que “como abundan los sufrimientos de Cristo en nosotros, así, por medio de Cristo, abunda también nuestra consolación”. (2 Cor 1, 5).

Así nosotros no sufrimos más por el pecado sino por Cristo. Todo dolor no vivido en Cristo es pecado y el salario del pecado es la muerte.

El sufrimiento de quien vive con Cristo no es considerado como el resultado del pecado. Es el sufrimiento de la justicia. Es alegría y paz: “Por esto estoy alegre por los sufrimientos que soporto” (Col 1, 24). Es participación en el supremo sacrificio del amor que Cristo ofrece a través de su sufrimiento y hace perfecto con su muerte: “Para que yo pueda conocerlo a él… y pueda participar de sus sufrimientos, hasta hacerme semejante a él en la muerte” (Fil 3, 10).

Si estamos en Cristo, cuanto más aumentan nuestros sufrimientos, tanto más aumenta nuestra participación en este sacrificio, tanto más es consolidado el vínculo que nos une a la resurrección y a la alegría que nos trae. El significado del sufrimiento injusto ha sido así completamente cambiado: antes era opresión violenta bajo la ley del pecado que ejercía su dominio sobre el mundo, ahora se ha convertido en la medida de un gran don y la marca que distingue a quién ha sido juzgado digno de la gloria y de la alegría de la resurrección. “Ya que la ley del Espíritu que da vida en Cristo Jesús me ha liberado del pecado y de la muerte” (Rm 8, 2). También el apóstol Pedro testimonia esto que ha experimentado: “Es una gracia para quien conoce a Dios sufrir aflicciones, sufriendo injustamente” (1 Pe 2, 19).

Sean dadas las gracias a Dios Padre y al Señor Jesús: “¡Dando gracias al Señor por su amor… a favor de los hombres!” (Sal 107,8)

¡Sean consolados, todos ustedes que sufren, porque su dolor no es más la consecuencia del pecado, sino la participación en el amor y en el sufrimiento del Getsemaní! Alégrense, todos ustedes que son afligidos, porque nuestra angustia no llega a la muerte: ¡en el dolor de Cristo es custodiada para la resurrección!
  

Matta el Meskin
Comunione nell’ amore
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose
Pág. 183-190