Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

viernes, 20 de abril de 2012

Carta sobre la Lectio Divina


Enzo Bianchi

 Querido amigo:

Al menos cada domingo, o incluso cada día, en el curso de la liturgia que celebras con tus hermanos en la iglesia local o en tu comunidad, escuchas la lectura de la Palabra de Dios y recibes también el don de la homilía, esa explicación actualizada de los textos leídos. Así se te pone ante la Palabra viva y eficaz de Dios, que resuena en ti, ante la presencia del mismo Señor, ante el Cristo que sembró su Palabra en ti. La mesa está servida. El alimento de la palabra y el alimento eucarístico se te dan para que en tu camino, en tu éxodo de este mundo hacia el Padre, puedas alimentarte y no perecer, gustando este viático que te viene ofrecido, a ti, miembro enfermo y fatigado del pueblo de Dios, por Aquel que te alimenta, te consuela, te fortalece.

Pero esta experiencia central de la vida cristiana sin duda que la querrás repetir en la vida diaria, en la soledad de tu habitación o en el coloquio comunitario con los hermanos que se te han dado como guardianes y como compañeros. Cierto, no podrás comprender y asimilar la Escritura apoyándote en ti mismo y en tus pobres fuerzas: para llegar a una lectura fructuosa en la que la Palabra de Dios opere en ti lo que no podrías por ti mismo se requieren ciertas condiciones, ciertos preliminares que te permitan una lectura creyente cristiana, una recepción de los dones del Espíritu Santo y una visión contemplativa de Dios Padre.

Así, pues, lectura en el Espíritu, Biblia orada: eso es la lectio divina.

La lectio divina, experiencia de Israel y de la Iglesia

Ya en la antigua economía de Israel se oraba con la Palabra y se escuchaba la palabra en la oración. Se puede ver la descripción de esta práctica de la comunidad leyendo el capítulo 8 del Libro de Nehemías. Tal método, que prevé la lectura, la explicación y la oración, se convirtió en la forma clásica de la oración judía, cuyo heredero ha sido el cristianismo (cf 2 Tim 3,14-16). El Nuevo Testamento no describe este método, pero sí da testimonio de él en diversos lugares.

Generaciones de cristianos continuaron orando así, sin ceder a una piedad no bíblica que no reconociera el señorío absoluto de la Palabra en la vida de oración de la Iglesia. Todos los Padres de la Iglesia de Oriente y de Occidente practicaron este método de la lectio divina, invitaron a los fieles a que hicieran otro tanto en sus casas y les entregaron esos espléndidos comentarios de la Escritura que eran fruto suyo esencial. ¿Qué decir, luego, de los monjes? Éstos la convirtieron en el centro de su vida en sus desiertos y sus monasterios, llamándola «la ascesis del monje», su alimento diario. Estaban seguros de que «no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que viene de la boca de Dios» (cf Deut 6,3 y Mt 4,4). En cierto momento, sintieron incluso la necesidad de fijar por escrito el método, al objeto de ayudar a los principiantes a esta adquisición de la Palabra en el Espíritu que no sólo santifica, sino también diviniza.

Orígenes, Jerónimo, Casiano, Bernardo y tantos más... fijaron los términos de la lectio divina, estimulando a los creyentes a recorrerla como la «vía áurea» del diálogo y del inefable coloquio con Dios.

Hasta el siglo XIII, este método alimentó la fe de generaciones enteras, y Francisco de Asís lo practicó todavía con constancia. Pero luego, en la baja Edad Media, se asistió a una deformación de la lectio divina con la introducción de las «cuestiones» y de las «disputas». Son los siglos de eclipse de esta oración los que abrieron el camino a la «devotio moderna» y a la «meditación ignaciana», oraciones más introspectivas y psicológicas. Sólo en los monasterios y entre los Servitas de María se conservará en su integridad, para reaparecer propuesta por el Concilio Vaticano II en la Constitución Dei Verbum, nº 25:

«Es necesario que todos conserven un contacto continuo con la Sagrada Escritura a través de la "lectio divina"..., a través de una meditación atenta y que recuerden que la lectura debe ir acompañada de la oración. Es ciertamente el Espíritu Santo el que ha querido que esta forma de escucha y de oración sobre la Biblia no se pierda a través de los siglos.»

Un lugar para la lectio divina

Así, pues, cuando quieres sumergirte en la lectura orante, busca primero un lugar solitario y silencioso, donde puedas orar a tu Padre en lo escondido, para poder contemplarlo. La propia habitación es un lugar privilegiado para gustar la presencia de Dios, no lo olvides (cf Mt 6,5-6). Ése es el lugar de la lucha de tu corazón, el desierto en que Jesús oró y fue tentado (cf Mc 1,12; Mt 4,1-11; Mc 1,35; etc.), el lugar al que Dios te atrae a sí para hablar a tu corazón y colmarte abundantemente, transformando los abismos angustiados de tu corazón en valles y puertas de esperanza (cf Os 2,16-17). Así, en un lugar solitario, tu juventud espiritual se renovará, podrás cantar al Señor, tu esposo, sentir que le perteneces sólo a él, en paz con todos los hombres y todas las criaturas, animadas o inanimadas (cf Os 2,18-25). Que tu habitación, o todo lugar solitario, sea, pues, para ti el santuario en que Dios te humilla para ponerte a prueba a través de su Palabra, pero así también te educa, te consuela y te alimenta. Sentirás sin duda la presencia del Adversario, que te invita a huir, que te volverá pesada la soledad, que se servirá de tus costumbres y de tus preocupaciones para distraerte, que tratará de seducirte con miríadas de pensamientos mundanos. No te dejes abatir, no desesperes y resiste en esta lucha cuerpo a cuerpo con el demonio, porque el Señor no está lejos de ti. No es que simplemente te vea combatir: él mismo combate en ti este combate. Ayúdate, si quieres, con un icono, con una vela encendida, con una cruz, con una esterilla sobre la que te arrodillas para orar. No tengas reparo -sin ceder a la moda o a la estética- en utilizar estos instrumentos, que te ayudarán a recordar que no estás sólo para estudiar la Biblia, o leer algunas palabras, sino que te encuentras ante Dios, pronto a escucharlo, en coloquio con él.

Si te viene la tentación de huir, resiste, incluso si tienes que quedarte sin voz, en silencio, pero resiste. Tienes que acostumbrarte a tiempos de soledad, de silencio, de desprendimiento de las cosas y de tus hermanos, si quieres encontrar a Dios en la oración personal.

Un tiempo de silencio para que Dios hable

Trata de que el lugar de la lectio divina y la hora del día te permitan también el silencio exterior, preliminar necesario del silencio interior. «El Maestro está ahí y te llama» (cf Jn 11,38), y para oir su voz tienes que silenciar las otras voces, para oir la Palabra tienes que bajar el tono de tus palabras. Hay tiempos más apropiados que otros para el silencio: el corazón de la noche, por la mañana temprano, al atardecer... Tú verás, según tu horario de trabajo, pero permanece fiel a ese tiempo y determínalo en tu jornada de una vez por todas. No es serio acudir al Señor en la oración sólo cuando tienes un agujero en tus compromisos, como si el Señor fuera un tapa agujeros. Y no digas nunca: «No tengo tiempo», porque es como si te declararas idólatra: el tiempo de tu jornada está a tu servicio, no eres tú el que tiene que ser esclavo del tiempo.

Envuélvete, pues, de silencio, y el tiempo de la lectio divina pondrá ritmo a tu vida. Sabes que hay que orar siempre, sin cansarte nunca (cf Lc 18, 1-8; 1 Tes 5,17), pero sabes también que se necesitan tiempos precisos, dados explícita y visiblemente a la oración, para sostener esta «memoria de Dios» en toda la jornada. Sé un «enamorado» del Señor, o tiende a volverte tal. Entonces no desdeñarás consagrarle un poco de ese tiempo que consagras habitualmente, cada día y sin fatiga, a tus hermanos de comunidad o a tus amigos.

Y no olvides que este tiempo para la lectio debe ser suficientemente largo, no sólo un breve momento. Tienes que recuperar la calma, estar en paz, y no bastarán unos minutos. Los Padres dicen que para la lectio divina se precisa al menos una hora.

¿Cuántas palabras oyes durante el día, cuántas lecturas haces? ¡Qué de palabras sofocan a la Palabra! En esto también has de ser vigilante; si las palabras mundanas son tan abundantes, ¿qué «primacía» puede tener concretamente la Palabra de Dios sobre ellas? Hacer la lectio divina puntualmente, cada día, no te dispensa de examinar la relación entre la Palabra y las palabras. Éstas, por su cantidad y su calidad, pueden sofocar la voz divina y no permitir que aquella crezca y dé en ti su fruto (cf Mc 4,13-20). ¿Qué sentido tiene leer de todo, alimentarse con argumentos mundanos, hacer lecturas que dejan profundas huellas de impureza en el corazón, y pretender luego vivir de la Palabra «que sale de la boca de Dios»? Si en tu vida no pones vigilancia sobre la relación Palabra/palabras, estás condenado a seguir siendo un dilettante, un «oyente paralizado» frente a lo que debería ser un verdadero camino de iniciación.

Un corazón amplio y bueno

Si Dios te ha llamado a la soledad, al silencio, a un momento de diálogo con él, es para «hablar a tu corazón». El corazón bíblico es el centro, la sede de las facultades intelectuales del hombre, es el centro más íntimo de tu personalidad. Y, por tanto, el corazón es el órgano principal de la lectio divina porque es el centro en el que cada hombre vive y expresa su personalidad propia. Pero sabes que este corazón puede ser incircunciso (cf Deut 30,6; Rom 2,29), puede ser de piedra (Ez 11,19), estar dividido (Sal 118,113; Jer 32, 29), ciego (Lam 3,65). Todas estas expresiones indican que el corazón del creyente puede estar lejos de Dios, no tocado por la fe. Pero también, a veces, el corazón del creyente puede estar embotado por las disipaciones, la bebida y los agobios de la vida (Lc 21,34), puede estar endurecido, enfermo de esclerosis, hasta el punto de no reconocer ni comprender las palabras y la acción del Señor (Mc 6,52; 8,17), puede ser inestable, inconstante, olvidadizo, propenso a tergiversar el sentido de la Palabra (cf 2 Pe 3,16; Lc 8,13). Tú que te dispones a escuchar a Dios, toma tu corazón en la mano, elévalo a Dios, para que lo transforme en un corazón de carne, para que lo unifique, lo sane y lo purifique. Sólo un corazón de niño puede recibir los dones de Dios (cf Mc 10,45).

Sólo un corazón hecho nuevo por el Señor está abierto y disponible para la escucha. El Señor ha prometido dar un corazón nuevo a quien lo invoque (Ez 18,31), inclinarlo hacia su palabra si se presenta a él convencido de su propia esclerosis (Sal 118,36). Cada día nos grita: «¡Ojalá escuchéis mi voz! ¡No endurezcáis el corazón!» (Sal 94,8; Heb 3,7). El corazón duro encuentra dura la palabra de Dios, y esto les puede pasar también a los creyentes: «Esta palabra es dura. ¿Quién puede soportarla?» (Jn 6,60). Pide entonces al Señor para toda tu persona, cuyo símbolo es el corazón, «un corazón amplio, un corazón que escucha» (leb shame'a), como Salomón se lo pidió al Señor (1 Re 3,5).

Cuando haces la lectio divina, recuerda la parábola del sembrador, que presenta al Señor sembrando su palabra. Tú eres, en realidad, uno de esos terrenos: o pedregoso, o camino abierto a todo lo que pasa, o lleno de espinas, o bueno. La palabra debe caer en ti como en una tierra buena, y tú, «después de haberla escuchado con un corazón bueno y unificado, la guardarás produciendo fruto con tu perseverancia» (cf Lc 8,15).

Es en un corazón purificado, unificado, sanado, donde el Padre, el Hijo y el Espíritu vienen a hacer su morada en ti para celebrar la lectio divina (Jn 14,23; 15,4).

El corazón está hecho para la Palabra y la Palabra para el corazón: ayuda a esas bodas cantadas por el Salmo 118 en que su Palabra llega a ser tuya, en que tu corazón canta porque ha llegado a ser suyo.

Entonces tu corazón será el de un discípulo dócil a las cosas de Dios, capaz de experimentar la Palabra «sin glosa», verdaderamente a los pies de Cristo y pronto a escucharlo como María de Betania (Lc 10,39), capaz de meditar y de conservar sus palabras en tu corazón como la madre del Señor (Lc 2,19.51). «Levantemos el corazón», canta la liturgia antes de la celebración eucarística. «Levantemos el corazón» es el primer grito de la lectio divina.

Invoca al Espíritu Santo

Coge la Biblia, ponla ante ti con reverencia, porque es el cuerpo de Cristo, haz la epíclesis, es decir, la invocación del Espíritu Santo. Es el Espíritu Santo quien presidió la generación de la Palabra, es él quien la hizo -palabra hablada o palabra escrita- a través de los profetas, los sabios, Jesús, los evangelistas, es él quien la dio a la Iglesia y la ha hecho llegar intacta hasta ti.

Inspirada por el Espíritu Santo, sólo este mismo Espíritu puede hacerla comprensible (cf Dei Verbum, nº 12). Obra de suerte que el Espíritu Santo pueda descender sobre ti (Veni Creator Spiritus) y que con su fuerza, su dýnamis, retire el velo de tus ojos para que veas al Señor (Sal 118,18; 2 Cor 3,12-16). Es el Espíritu el que da la vida, mientras que la «letra sola» mata. Ese Espíritu que descendió sobre la Virgen María, cubriéndola con su sombra gracias a su poder para engendrar en ella al Verbo, la Palabra hecha carne (Lc 1,34), ese Espíritu que descendió sobre los apóstoles para introducirlos en la verdad entera (Jn 16,13), tiene que hacer lo mismo en ti: tiene que engendrar en ti la Palabra, tiene que hacerte entrar en la verdad. Lectura espiritual significa «lectura en el Espíritu Santo y con el Espíritu Santo» de las cosas inspiradas por el Espíritu Santo.
Aguárdalo, porque «aunque tarde, de seguro que vendrá» (Hab 2,3). Ten por cierta la palabra de Jesús: «Si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, con cuánta más razón dará el Padre celestial el Espíritu Santo a quienes se lo pidan» (Lc 11,13).

Oirás en tu interior su palabra eficaz: «Effeta. Ábrete» (Mc 7,34) y no te sentirás ya solo sino acompañado ante el texto bíblico, como el etíope que leía a Isaías pero no comprendía hasta que Felipe le dio alcance. Éste, gracias al Espíritu Santo recibido en Pentecostés, le abrió el texto y le cambió el corazón (cf Act 8,26-38), lo mismo que el Señor había abierto la inteligencia de las Escrituras a los discípulos de Emaús (Lc 24,45).

Sin epíclesis, la lectio divina se queda en un ejercicio humano, un esfuerzo intelectual, todo lo más un aprendizaje de sabiduría, pero no Sabiduría divina. Y esto es «no discernir el Cuerpo de Cristo» y, por tanto, leer la propia condena (cf 1 Cor 11,29).
Ora según tu capacidad, según el Señor te lo conceda, o bien ora así:

«Dios nuestro, Padre de la luz, tú has enviado tu palabra al mundo, sabiduría salida de tu boca, que reinó sobre todos los pueblos de la tierra (Sir 24,6-8). «Tú has querido que haga su morada en Israel y que a través de Moisés, los profetas y los salmos (cf Lc 24,44), manifieste tu voluntad y hable a tu pueblo del Mesías esperado, Jesús. Finalmente, has querido que tu Hijo mismo, Palabra eterna que vivía en tu seno (Jn1,1-14) se haga carne y plante su tienda entre nosotros, naciendo de María y siendo concebido por obra del Espíritu Santo (Lc 1,35).

«Envía ahora sobre mí tu Espíritu para que me dé un corazón dócil (1 Re 3,5), que me permita hallarte en estas Santas Escrituras y que engendre en mí a tu Verbo. Que tu Espíritu Santo retire el velo de mis ojos (2 Cor 3,12-16), que me conduzca a la verdad entera (Jn 16,13), que me dé inteligencia y perseverancia. Te lo pido por Jesucristo, nuestro Señor. Sea él bendito por los siglos de los siglos. Amén.»

Procura valerte sobre todo del Salmo 118 para esta oración preliminar. Es el salmo de la escucha de la Palabra. Es el salmo de la lectio divina, el coloquio del Amado con el Amante, del creyente con su Señor.

Lee...

Abre la Biblia y lee el texto. No escojas al azar, porque la Palabra de Dios no se desperdicia. Obedece al leccionario litúrgico y acepta este texto que la Iglesia te ofrece hoy, o bien lee un libro de la Biblia desde el comienzo hasta el final. Obediencia al leccionario u obediencia al libro son esenciales para una obediencia diaria, para una continuidad en la lectio, para no caer en el subjetivismo de la elección de un texto que agrada o del que uno cree tener necesidad. Trata de ser fiel a este principio. Puedes elegir un libro indicado por la tradición de la Iglesia para los diferentes tiempos litúrgicos, o una de las lecturas del leccionario ferial. No multipliques los textos: un pasaje, una perícopa, unos versículos son más que suficientes. Y si haces tu lectio siguiendo los textos del domingo, recuerda que la lectura primera (Antiguo Testamento) y la tercera (Evangelio) son paralelas y que se te invita a orar con esos dos textos. El leccionario de las fiestas es un gran regalo, escogido con mucha sabiduría espiritual. El leccionario semanal es más discontinuo; si te causa dificultades, es mejor hacer una lectura continua de un libro escogido.

No leas el texto una sola vez, sino varias, e incluso en voz alta. Si te sabes un pasaje casi de memoria y te ves tentado a leerlo con rapidez, no tengas reparo en recurrir a medios que te impidan esa lectura rápida y superficial: escribe el texto y vuelve a copiarlo.

No leas sólo con los ojos, antes presta mucha atención a procurar imprimir el texto en tu corazón.

Lee también los pasajes paralelos, o busca las referencias puestas al margen, que son de gran ayuda. Amplía el pasaje, complétalo, aborda otros pasajes que están en relación con el del día, porque la Palabra se interpreta por sí misma. «La Escritura se interpreta por sí misma» es el gran criterio rabínico y patrístico de la lectio.

Que tu lectura sea escucha (audire) y que la escucha pase a ser obediencia (oboedire). No tengas prisas. Se necesita una «lectura relajada», porque la lectura se hace por medio de la escucha. ¡La Palabra ha de ser escuchada! Al comienzo era la Palabra, no el libro como en el Islam. Es Dios el que habla y la lectio no es más que un medio para llegar a la escucha. «Escucha, Israel» es siempre la llamada de Dios que tiene que provenir del texto hasta ti.

Medita...

¿Qué quiere decir «meditar»? No es fácil de explicar. Significa, por de pronto, «profundizar en el mensaje que has leído y que Dios quiere comunicarte». Esto requiere esfuerzo, fatiga, porque la lectura tiene que llegar a ser reflexión atenta y profunda. Cierto, en los tiempos en que se aprendía de memoria la Escritura el cristiano se veía ayudado en esta reflexión porque podía repetir en su corazón, con extrema facilidad, la palabra escuchada o leída. Y sin embargo, todavía hoy, tienes que consagrarte a esta reflexión, según tu cultura, tus capacidades y según los medios intelectuales que posees...

Los medios exegéticos, patrísticos, espirituales, son sin duda útiles para la meditación y el aumento de la comprensión; con todo, lo importante en la lectio divina es el esfuerzo personal, lo que no quiere decir «privado». Incluso hay que decir que a menudo da más frutos cuando esta escucha se vive en una experiencia comunitaria, de fraternidad o de grupo, que son los verdaderos lugares de la escucha de la Palabra.

Este esfuerzo personal ha de tender a buscar la «punta espiritual» del texto: no la frase más llamativa, sino el mensaje central, el que más se refiere al acontecimiento de la muerte-resurrección del Señor. Recoge, pues, el sentido espiritual, da continuidad y unidad entre exégesis, aportaciones patrísticas y lectura de la Biblia por medio de la Biblia y busca lo que te dice el Señor.

No pienses hallar lo que ya sabes: eso es presunción; no lo que más necesitas: eso es consumismo; ni lo que te gustaría encontrar para tu situación: eso sería el reino de la subjetividad, el reino del «yo me siento». El texto no siempre es comprensible por entero y de buenas a primeras. Ten a veces la humildad de reconocer que has comprendido poco, nada incluso. Lo comprenderás más tarde. También esto es obediencia, y si todavía necesitas leche, no puedes aspirar a un alimento sólido (cf 1 Cor 3,2; Heb 5,12).

Llegado a este punto, si ha habido cierta comprensión, rumia las palabras en tu corazón (la «rumia» de Casiano) y luego aplícatelas a ti, a tu situación, sin perderte en el psicologismo, en la introspección y sin acabar haciendo el examen de conciencia. Es Dios quien te habla, contémplalo, por ti mismo. No te dejes paralizar por un escrupuloso análisis de tus límites y de tus deficiencias ante las exigencias divinas que la Palabra te hace descubrir.

Ciertamente, la Palabra es también maravilla, escruta tu corazón, te convence de pecado, pero recuerda que Dios es más grande que tu propio corazón (cf 1 Jn 3,20) y que esta herida en tu corazón, que te viene de Dios, la hace siempre con verdad y misericordia.

Maravíllate más bien del que habla a tu corazón, del alimento que te ofrece, más o menos abundante, pero siempre saludable. Asómbrate de que la Palabra quede así depositada en tu corazón, sin que tengas que acudir en su busca al cielo o más allá de los mares (cf Deut 30,11-14). Déjate atraer por la Palabra, que te transforma en imagen del Hijo de Dios sin que sepas cómo. La Palabra que has recibido es para ti vida, alegría, paz, salvación. Dios te habla, tienes que escucharlo, asombrado, como los Hebreos del Éxodo que la veían obrar maravillas, como María, que cantaba: «El Señor ha hecho obras grandes por mí, su nombre es santo» (Lc 1,49). Dios se te revela. Acoge su nombre inefable, su rostro de Amante. Permanece en el espacio de la fe. Dios te enseña: modela tu vida en conformidad con la de su Hijo. Dios se te da, se entrega en su Palabra: acógelo como un niño que entra en comunión con él. Dios te besa con un santo beso: son las bodas del Amado y el Amante. Celebra, pues, en tu corazón su amor más fuerte que la muerte, más fuerte que el sheol, más fuerte que tus pecados. Dios te engendra como «logos», verbo-palabra, como hijo: acepta ser engendrado para llegar a ser el Hijo mismo de Dios. La meditación, la rumia tienen que conducirte a esto: ser la Morada del Padre, del Hijo y del Espíritu.

Tu corazón es un lugar litúrgico: toda tu persona es templo, es realidad humano-divina, teándrica.

Ora...

Habla ahora a Dios, respóndele, responde a sus invitaciones, a sus llamadas, a sus inspiraciones, a sus demandas, a sus mensajes, dirigidos a través de la Palabra comprendida en el Espíritu Santo. ¿No ves que se te ha acogido en el seno de la Trinidad, en el inefable coloquio entre el Padre, el Hijo y el Espíritu? No te detengas ya en reflexionar demasiado, entra en diálogo y habla como un amigo habla a su amigo (Deut 34,10). No intentes ya conformar tus pensamientos con los suyos, antes búscalo a él. La meditación tenía por fin la oración. Éste es el momento. Sin embargo, no seas charlatán, háblale con confianza y sin temor, lejos de toda mirada sobre ti mismo, arrobado por su rostro que ha emergido del texto en Cristo el Señor. Da libre curso a tus capacidades creativas de sensibilidad, de emoción, de evocación, y ponlas al servicio del Señor. No te puedo dar muchas indicaciones porque cada cual sabe reconocer el encuentro con su Dios, pero no puede enseñárselo a los otros ni describirlo en sí. ¿Qué se puede decir del fuego, cuando se está sumergido dentro? ¿Qué se puede decir de la oración-contemplación al término de la lectio divina, sino que es la zarza ardiente en que el fuego abrasa?

Como arte inefable que es de la experiencia de la presencia divina, la lectio divina quiere conducirte allí donde, como el Amado, contemplas, repites las palabras del Amante, con alegría, con estupor, olvidado de todo. No pienses que este camino es siempre fácil, lineal, y que siempre se puede recorrer hasta la meta. Temor y amor apasionado, acción de gracias y sequedad espiritual, entusiasmo y atonía corporal, palabra que habla y palabra muda, tu silencio y el silencio de Dios están presentes y se interfieren en tu lectio divina día tras día. Lo importante es ser fiel a este encuentro: poco a poco la Palabra hace su camino en nuestro corazón, superando los obstáculos, los que siempre se presentan en un camino de fe y de oración. Sólo el que es asiduo a la Palabra sabe que Dios es siempre fiel y que no deja de hacerse el encontradizo y de hablar al corazón, sabe que hay tiempos en los que la Palabra de Dios se hace rara (1 Sam 3,1), y a los que sin embargo siguen tiempos de epifanía de la Palabra, sabe que estos tiempos de dificultades, de desánimo, de aridez espiritual son una gracia que nos recuerda qué lejos está todavía nuestro pleno conocimiento de Dios.

Abba Juan el Exiguo preguntaba un día a Abba Juan el Antiguo: «¿Cuál es la fatiga más grande y la obra más difícil del monje?». El anciano respondió con los ojos arrasados en lágrimas de alegría y de dolor: «Es la lectio divina».

Da gracias a Dios por la Palabra que te ha dado, por los que te la han anunciado y que te la explican, intercede por todos los hermanos que el texto ha podido traerte a la memoria con sus virtudes y con sus caídas, procura unir el pan de la Palabra y el de la Eucaristía.

Conserva lo que has visto, oído, saboreado en la lectio, consérvalo en tu corazón y en tu memoria, y vete a acompañar a los hombres, ponte en medio de ellos, y dales humildemente la paz y la bendición que has recibido. Tendrás también fuerza para actuar con ellos a fin de realizar en la historia la Palabra de Dios, mediante tu acción ministerial.

Dios te necesita como instrumento en el mundo para hacer «unos cielos nuevos y una tierra nueva». Te aguarda otro día, un día en el que, viendo a Dios cara a cara a través de la muerte, te mostrará lo que has sido, una «carta viviente» grabada por Cristo, una «lectio divina» para tus hermanos, el Hijo mismo de Dios.

Tu hermano
Enzo


Enzo BIANCHI
Prier la Parole.
Abadía de Bellefontaine, 1978, págs. 77-90.
Traducción de P. Pablo Largo, cmf.
Publicado en www.salesianos-madrid.com

jueves, 19 de abril de 2012

La oración de Jesús

Enzo Bianchi


La tradición ortodoxa rusa es la tradición cristiana que quizás más que todas las otras ha advertido la importancia de la oración interior e ininterrumpida, ha buscado vías e instrumentos para adquirir la oración incesante, la oración del corazón

Sí, en la tradición espiritual cristiana se ha siempre preguntado, con una búsqueda a menudo trabajosa, como poner en práctica la exhortación primero de Jesús y después de los Apóstoles sobre la oración incesante. Y los padres pneumatóforos han de hecho, desde los tiempos antiguos, privilegiado una fórmula que nosotros encontramos testimoniada en los Evangelios, un grito elevado a Jesús de parte de enfermos y pecadores. Es este grito que se ha convertido en la oración de Jesús: ¡todo aquí! Pocas palabras pero esenciales, una síntesis de las dos invocaciones, la del ciego de Jericó a Jesús que pasaba (“Jesús, hijo de David, ten piedad de mí”, Lc 18,38), y la del publicano en el templo (“Oh Dios, ten piedad de mí, pecador”, Lc 28,23).

Pero, ¿cómo se puede pasar de la repetición de la fórmula de oración, de la técnica, a su dimensión interior? Los grandes padres de la ortodoxia rusa se han interrogado por mucho tiempo, en el surco de una tradición milenaria, sobre los complejos mecanismos que de la dispersión de nuestra mente conducen a la unificación interior, hasta presentar todo el ser del orante a Dios, en un camino de purificación y de comunión.

Ciertamente, la oración litúrgica tiene, y debe tener, el primado, porque la liturgia es el culmen de toda la acción de la Iglesia, fuente de toda su fuerza. Pero la oración litúrgica encuentra su prolongación en el tiempo de la vida cotidiana, en lo íntimo del corazón del cristiano, e intenta volverse incesante: cuando comemos, cuando trabajamos, cuando descansamos… La oración de Jesús representa el intento de un diálogo continuo con Dios.

Es un camino abierto a todos, ya que Dios “da la oración a aquel que ora”, asegura Pedro Damasceno. Y el starec Makario de Optina comenta: “El Señor, viendo nuestro deseo y nuestro esfuerzo por orar, nos da su ayuda, según las palabras de los santos: a quién ora con simplicidad, Dios le otorga el don de la oración del corazón”.

Los autores espirituales rusos, siguiendo de cerca a los padres orientales, están atentos en distinguir entre “oración oral” (u oración hecha con los labios), “oración mental” y “oración del corazón” que, explica Teofano el Recluso, “ocurre cuando quien ora, después de haber recogido la mente en el corazón, se vuelve hacia Dios con la propia oración y con palabras silenciosas”. El “recogimiento de la mente en el corazón” es el momento crucial en el cual sucede la unificación bajo la acción del Espíritu Santo, unificación  de todo el ser humano en sí mismo y apertura a la comunión con Dios. Esto es el fuego secreto, la chispa que se enciende por la gracia, después de orar por mucho tiempo.


La oración de Jesús, como instrumento para alcanzar la auténtica oración, está centrada sobre dos elementos:


       1)    El nombre
       2)  Su repetición

El nombre de Dios, aquel nombre (ha-shem, como dice el Antiguo Testamento) inefable, revelado a Israel para que el pueblo elegido pudiese invocar, llamar, conocer a Dios como Señor que actúa en la historia, se ha convertido para los cristianos en el “bello nombre” –según la expresión del apóstol Santiago (Sant 2, 7) –invocado sobre ellos, el nombre que está más allá de todos los otros nombres- según el apóstol Pablo (cf. Fil 2,9)-, el único nombre en el cual está la salvación- según la predicación primitiva del apóstol Pedro (cf. Hechos 4,1s)-: el nombre de Jesús de Nazaret es el nombre dado por Dios mismo en el anuncio a María: “¡Jehoshua, JHWH salva!”

El segundo elemento de la oración de Jesús es la repetición hasta volverse una ininterrumpida invocación, como la respiración de todo viviente. “Que todo respiro de alabanzas al Señor” canta el último salmo del salterio (Sal 150,6), y el starec Antonio de Optina comenta: “La invocación orante del dulcísimo nombre de Jesús debe ser la respiración de nuestra alma, debe ser más frecuente que el latido de nuestro corazón”.

Los padres del monaquismo interpretan las exhortaciones a “orar en todo momento” (Lc 21, 36), a “orar siempre, sin parar” (Lc 18,1), a “orar incesantemente” (cf. 1Ts 5,17; Ef 6,18), como la adquisición de una actitud del corazón siempre dispuesta a escuchar al Señor y pronta a hablarle. Para esto el origen de la oración del corazón debemos encontrarlo en la exhortación del gran padre Basilio, el cual recomendaba la memoria de Dios: “Debemos permanecer siempre suspendidos en el recuerdo de Dios como los niños al de su madre” (Basilio, Regla común 2,2). Adquirir la memoria de Dios, el recuerdo constante de Dios, requiere mucha determinación: Dimitrio de Rostov escribía: “Muchos no saben nada del trabajo interior necesario a quien quiera poseer el recuerdo de Dios”. La oración de Jesús es un camino que está abierto para este recuerdo de Dios. Podemos encontrar analogía entre la oración de Jesús y la práctica de la oración de otras tradiciones espirituales. En occidente, cómo olvidar la práctica medieval de la dulce memoria de Jesús que ha marcado la vida de los santos testigos, desde Bernardo de Claraval hasta Francisco de Asís; ritmada en las letanías del nombre de Jesús; y convertida en el corazón de la misma oración del rosario: “Bendito el fruto de tu vientre, Jesús…”

Sin embargo, la técnica de oración, que tiene como finalidad la adquisición de una condición contemplativa, en la tradición cristiana debe siempre reconocer el primado de la acción del Espíritu Santo, “que ora en nosotros” (Rm 8,15; Gal 4,6). Los padres son muy duros en denunciar la ilusión de aquellos que exploran el camino de la oración interior sin el preciso contexto comunitario y litúrgico, sin una guía, sin un anciano al cual someterse en la libertad y por amor del Señor. En vez de estar en relación con Dios, la oración se puede convertir en una forma sutil de autocomplacimiento, una forma de narcisismo espiritual.  

El conocimiento de sí al cual conduce la oración de Jesús no revela en nosotros al superhombre, sino que revela nuestra condición de pecadores necesitados de la misericordia del Señor. Para el cristiano, la verdadera oración es un conocimiento de Cristo y de Cristo crucificado (cf. 1Cor 2,2). La tradición rusa, paradójicamente, ha individualizado en la humildad la llave que permite acceder al punto más elevado de la oración interior. Hay aquí una cierta cercanía con el camino que la regla de Benito entrevé como un descenso a través de los grados de la humildad, porque el último grado de humildad es justamente aquel que repite la oración de Jesús –publicanus ille- el cual repite: “¡Dios mío, ten piedad de mí, pecador!”

El starec Ambrosio no se cansa de repetir a sus hijos espirituales de no desanimarse en el camino de la oración, de no mosquearse por el fracaso, de no desesperar de los límites: “Toda perturbación, cualquiera que sea, es índice de un secreto orgullo”. He aquí por qué el Espíritu Santo que, según la definición de los padres, es la humildad de Dios, nos guía también sobre el verdadero camino de la oración, como enseñaba san Silvano del Monte Athos…

Y es así que el cristiano que se detiene sobre las palabras de la oración de Jesús, buscando concentrarse sobre su verdad profunda, “encerrando la mente”, descubrirá un instrumento poderoso para crecer en la fe, un instrumento en el combate espiritual y por consecuencia en la esperanza y en la caridad.

Señor… Nadie puede decir “Señor Jesús si no a través del Espíritu Santo” (1Cor 52,3). Invocar “Señor” significa reconocerle esta señoría sobre nosotros, significa reconocer su reino y que nosotros somos creaturas plasmadas por Dios a imagen de su Hijo: es esta imagen la que debe reinar sobre nosotros, sobre nuestros pensamientos, sobre nuestras acciones, sobre nuestros sentimientos, sobre nuestro inconsciente, llegando hasta nuestras profundidades no evangelizadas y a veces también infernales.

Jesús… El Señor que nosotros invocamos en la oración es Jesús de Nazaret, hombre nacido de mujer, hombre como nosotros en todo, provisto de nuestra carne, pero también Kyrios y Señor por ser el Hijo de Dios. ¡Jesús! Permítanme los occidentales recordar cuántas veces es posible escuchar el Jesús de dulce memoria, memoria dulcísima que ilumina los silencios de nuestro día monástico, los momentos de espera que parecen vacíos y que por el contrario, nos revelan a nosotros a nosotros mismos, si sabemos permanecer en escucha, uniendo el tiempo de la vida al latido de la oración mediante esta memoria… Nosotros, que somos todos ciegos de nacimiento, debemos gritar, como el ciego de Jericó, su nombre para ver, atraídos por su luz. ¿Cuántas veces nuestra oración en las horas nocturnas, en las horas silenciosas de desierto, es reducida solo a pronunciar este nombre? “Jesús, Jesús…” A veces no podemos decir nada más.

Cristo… ¡Sí, este Jesús es una presencia, la presencia del Mesías, de aquel que ha sido enviado por Dios en medio nuestro! ¡Es el fruto bendito de la tierra, la bendición prometida a Abraham, es el Mesías que todavía esperamos y lo esperamos en la gloria al final de los tiempos!

Hijo de Dios… Aquí, entonces, el nombre de Jesús, el Cristo, nos lleva a la adoración. El Hijo amado, Dios que se ha inclinado sobre nosotros, se ha mostrado en su carne, se ha explicado en un siervo que ha lavado nuestros pies, es Jesús: el exeghésato, quien nos ha relatado a Dios (cf. Juan 1,18).

¡Ten piedad de mí, pecador! Nilo Sorskij en su regla (Ustav) recomienda agregar siempre la palabra “pecador” a la fórmula de la oración hesicasta. Él había entendido por experiencia que la invocación de Jesús es una invocación de misericordia, y también una invocación de perdón que encuentra en nosotros una resistencia profunda: nosotros no queremos ser objeto de piedad, ¡y menos de la divina! Pero si por piedad entendemos misericordia, el amor siempre anticipado de Dios, entonces nosotros podemos no desconfiar y somos capaces de pedirla, de invocarla porque todos los hombres son mendigos del amor.

Hay en nosotros un deseo de amor que no se apaga nunca, y será apagado solo contemplando al Amante que es el Amado del Padre en un Soplo de amor que siempre se renueva.

Jesús, fue por toda su vida el amado del Padre, Jesús clavado al leño de la cruz ha sabido ver toda su vida como respuesta del amor del Padre. En el amor del Padre, convertido en su amor, todo el mundo ha sido inmerso en este amor misericordioso, por lo tanto, el Amor responde al amor, el Amor basta al amor- como San Bernardo ha revelado muchas veces el amor de Dios y como el padre André Louf relee a Bernardo y a este amor de Dios.

¡Señor, ten piedad de mí! Te necesito, soy un pecador, no tengo en mí la fuente del amor ni conozco el hambre de amor… Señor, ten piedad de nosotros, que nos perdemos en nosotros mismos, porque no sabemos mirar a los otros hombres con los ojos de tu amor, porque no somos capaces de perdonar a nuestros enemigos.

Es significativo que uno de los frutos más altos de la espiritualidad ortodoxa rusa es la experiencia de oración y de amor de Silvano del Monte Athos (1866-1938), que en los años de martirio de la Iglesia rusa escribía: “El enemigo persigue a nuestra santa Iglesia. ¿Cómo podré pues amarlo? A esto yo respondo: ¡tú pobre alma no ha conocido a Dios! Él ha dado a la tierra el Espíritu Santo, y el Espíritu Santo ha enseñado ante todo a amar a los enemigos y a orar por ellos… Por esto el Espíritu Santo es caridad”.

Que estas palabras de Silvano nos acompañen en este coloquio, mientras nosotros estamos llenos de gratitud al Señor que nos concede una vez más contemplar estas cosas preciosas para la vida cristiana.


 Enzo Bianchi
Priore di Bose
Publicado en esicasmo.it

martes, 17 de abril de 2012

Antonio, presa del desaliento en el desierto

Lucien Regnault


Conocemos la vida de Antonio sobre todo por la biografía que le ha dedicado su amigo Atanasio, pero también por los apotegmas, que no se deben pasar por alto, tanto que algunos de ellos han podido figurar entre la documentación utilizada por el biógrafo. En estos apotegmas, en todos los casos, se pueden encontrar detalles interesantes, que merecen ser recordados y contribuyen a enriquecer nuestro conocimiento del padre de los monjes. En particular, el primer apotegma de la colección dedicada a Antonio en la gran Serie alfabética griega narra un evento importante, crucial de su vida, que merece atraer nuestra atención. Es el episodio en el cual vemos a Antonio que se aburre en el desierto y es presa del terrible demonio de la acedia.

Un día, mientras permanecía en el desierto, el santo abba Antonio fue presa de la acedia y de una gran tiniebla en los pensamientos. Y decía a Dios: “Señor, quiero ser salvado, pero los pensamientos me lo impiden. ¿Qué debo hacer en mi aflicción para ser salvado?” Asomándose un poco, Antonio vio otro como él que estaba sentado y trabajaba, luego se levantaba del trabajo y oraba, luego de nuevo se sentaba y entrelazaba cuerdas, luego de nuevo se levantaba para orar. Era un ángel del Señor enviado a corregir a Antonio y a afianzarlo. Y oyó un ángel que decía: “Haz esto y serás salvado”. Oída esta palabra, el fue presa de una gran alegría y coraje, y haciendo así fue salvado. [1]

“El santo abba Antonio”: al inicio de la gran colección de los apotegmas, Antonio aparece con este doble título, que parece no se encuentra en ninguna otra parte. A menudo se encuentra o hághios, “santo”, o abba, pero no los dos títulos juntos. Antonio, si se exceptúan los mártires, es el primer santo que ha sido reconocido como tal y del cual ha sido escrita la vida. Sin duda, es también el primer monje egipcio que ha merecido el título de abba y que ha ejercitado de hecho una paternidad universal sobre todos los monjes cristianos. Él es verdaderamente, desde todo punto de vista, el primero y el más grande de todos los abba no sólo de su tiempo, de sus contemporáneos, sino también de cuantos han venido después de él y que él ha engendrado a la vida monástica. Antonio es como Abraham, el patriarca no sólo de todos los eremitas, sino también de todos los monjes, incluso los cenobitas que a partir del siglo IV se han proclamados sus hijos.

Antonio decía que el monje debe siempre aprender del comportamiento de Elías, como en un espejo, la vida que debe llevar [2]. Pero esto es igualmente verdadero para la conducta del mismo Antonio. Se recuerda aquel hermano que lo iba a visitar cada año y no le preguntaba nunca nada, diciendo: “¡A mí me basta verte!” [3]. Mirando, contemplando el ícono de Antonio, se contempla la imagen de un verdadero cristiano. Y es así que se puede aprender en detalle a vencer la acedia. Pero veamos cómo se escapa Antonio de esta presa.

La lucha con la acedia

Los primeros dos apotegmas de la Serie alfabética han sido colocados al inicio de la colección porque justamente en ellos es evidente que Antonio está solo en el desierto. No tiene aún algunos discípulos que lo interroguen, como en el caso de los apotegmas sucesivos. Al inicio del primer apotegma se dice que permanece –literalmente “está sentado” (kathezómenos)- en el desierto, expresión que se refiere no tanto a una postura corpórea sino sobre todo al hecho de que él reside en el desierto: el desierto se convirtió en su morada habitual, su ambiente vital, su medio, como el agua para el pez. Por inspiración divina y para seguir mejor a Cristo, el asceta que en un primer tiempo vivía en las cercanías de su ciudad se fue a vivir en pleno desierto, poco importa la localidad, si es en Pispir o sobre el monte Qolzum. Parece que Antonio no era aún muy aguerrido. Además, Poimén, Teodoro y Casiano dicen que el demonio de la acedia da batalla sobre todo a los novicios.

Cuando Atanasio, en su célebre biografía, presenta todas las tentaciones soportadas por Antonio, que primero se retira a un sepulcro y después a un fortín [4], no aparece la acedia. Si bien, en el capítulo 36, en su gran discurso a los monjes, Antonio la nombra entre los efectos de las apariciones demoníacas [5].  Se considera que este discurso ha sido pronunciado en Pispir, antes de su partida para el monte Qolzum. A la acedia se la señala solo de pasada. En el apotegma, la evocación es breve pero sugestiva. Ni Antonio ni Atanasio definen la acedia, sino que en dos palabras Antonio describe el propio estado de ánimo: “una gran tiniebla de pensamientos” lo sumergen y él experimenta una total impotencia para liberarse.

Evagrio [6] y Casiano [7] se encargan de enriquecer la descripción de forma frecuentemente pintoresca. Para ellos la característica de la acedia y lo que la distingue de la tristeza en la lista de los siete vicios capitales es de no tener una causa precisa: por esto la turbación, la agitación y la confusión de pensamientos. Es un disgusto general por la vida, una vaga melancolía. La acedia no debería existir para el monje, para el cristiano que tiene consigo a Dios. El eremita en el desierto normalmente goza de la alegría de estar con Dios, pero cuando le falta esta alegría, cuando el demonio ataca sugiriéndole que su vida no tiene sentido, que se está perdiendo, entonces viene el desconcierto.  Y en el desierto no hay posibilidad de distracción. Más tarde, cuando el desierto esté poblado, el eremita asaltado por el demonio de la acedia estará tentado de salir de la celda y de ir al encuentro de un hermano o un anciano. Pero Antonio está totalmente aislado, y no quiere para nada dejar el desierto donde el Señor lo ha conducido. No sabe qué hacer: “¿Qué puedo hacer en mi aflicción?”.

Todo monje está llamado, antes o después, a sufrir los asaltos de los demonios de la acedia. Para esto nos consuela y nos da ánimo el saber que el gran Antonio, el padre de todos los monjes, pasó también por esta prueba. Antes de Evagrio y de Casiano, ya Orígenes había hablado de la acedia, y según él también Jesús ha conocido esta tentación como los otros [8]. Lo afirma basándose en la palabra de Lucas al final del relato de las tentaciones en el desierto: “Después de haber agotado todo tipo de tentaciones, el diablo se alejó” (Lc 4, 13). Pero se piensa también aquello que los evangelios dicen de la agonía de Jesús en Getsemaní: que él “comenzó a sentir tristeza y angustia” (Mt 26,37), “temor y angustia” (Mc 14, 33), que él fue presa del desaliento (cf. Lc 22, 44), de una tristeza hasta morir.

El recurso a Dios

No sabiendo qué hacer en la prueba, Antonio recurre con gran naturalidad a la oración, como probablemente hacía de manera habitual. Su oración puede haber tenido también una cierta permanencia, como la prueba misma. Lo sugiere el verbo en el imperfecto: “Y decía a Dios…” [9].

Se puede también observar que la oración de Antonio está formulada en torno a los mismos términos utilizados a menudo por el discípulo que se dirige al anciano: “Abba, yo quiero ser salvado, pero los pensamientos no me dan tregua. ¿Qué debo hacer? ¿Cómo puedo ser salvado?” Antonio, que está solo en el desierto, no tiene un anciano a quien recurrir. Por esto se dirige directamente a Dios y le hace la misma pregunta que muchísimos monjes podrán posteriormente hacer a su abba. Pregunta que expresa la turbación, el desaliento, pero también una firme voluntad y una fe sólida. Se puede además agregar que, también para el monje que puede recurrir a un anciano, está siempre implícito el recurso a Dios, la oración acompaña siempre la pregunta. El recurso al abba no puede jamás sustituir al recurso a Dios. El verdadero abba es el Señor. “Señor, quiero ser salvado”: es la misma palabra que Dositeo repetirá incesantemente a su llegada al monasterio de Séridos, dos siglos después [10]. No sabía decir otra cosa. Se trata evidentemente de la disposición fundamental.

En los orígenes de la vocación de Antonio en la iglesia de la ciudad estuvo la palabra de Jesús al joven rico: “Si quieres ser perfecto y ser salvado es en el fondo la misma cosa, con la diferencia que ser perfecto expresa la totalidad del don y de lo que podemos hacer para responder al llamado del Señor: “Ve, vende todo lo que posees”. El joven del evangelio creía haber hecho todo. “Una sola cosa te falta” (Mc 10, 21), le dice Jesús. Y nosotros vemos en la vida de Antonio como el joven monje descubre poco a poco todo aquello que le falta y continúa incesantemente queriendo progresar con todas las fuerzas hacia la perfección de la salvación. “Ser salvado” subraya en cambio el aspecto pasivo: es Dios que salva, pero el hombre tiene de todas maneras también algo por hacer.

Antonio realiza verdaderamente las dos condiciones necesarias para que la oración tenga efecto. Por una parte, su voluntad coincide con la de Dios, porque quiere ser salvado, y por otra parte se da cuenta muy bien de que no tendrá éxito con sus solas fuerzas. Es la doble condición pedida por Jesús en el evangelio. Antonio está dispuesto a hacer cualquier cosa para salir de esa situación, pero no sabe qué hacer. Entonces pide al Señor que se lo indique. La acedia no se debe confundir con la pereza, que no tiene su lugar en la lista de pecados capitales. A menudo la acedia impulsa a actuar, pero desordenadamente, por ejemplo saliendo de la celda. Aquí se ve a Antonio que se levanta como para salir. Sólo en la versión armenia él sale efectivamente de la celda. En otras versiones Antonio se levanta y hace algunos pasos “como si fuese a salir”. No abandona el campo de batalla, toma solamente la distancia necesaria para poder vislumbrar la visión misteriosa de la cual el Señor le hace el don.

La visión misteriosa

En la Vida de Antonio hay muchas visiones, visiones buenas que vienen de Dios y visiones falsas suscitadas por los demonios. Antonio da los criterios para distinguir unas de las otras. En este caso, se trata claramente de una visión que viene de Dios, esto es dicho expresamente. Como para Cristo en el desierto o en Getsemaní, la tentación termina con la intervención de un ángel que viene a reconfortar y a tranquilizar a aquel que es tentado. Pero aquí, en el caso del primer apotegma de Antonio, nosotros nos podemos preguntar cuál es exactamente el sentido de la visión.

El sentido del pasaje no es inmediatamente evidente. De la Vida de Antonio sabemos que, desde el inicio de su vida ascética, el santo oraba y también trabajaba continuamente. Parece que era la costumbre de todos los monjes de Egipto, desde los orígenes, entre los cenobitas pacomianos y entre los eremitas. El ángel ha sido probablemente enviado a Antonio para enseñarle a interrumpir cada tanto su trabajo y a levantarse a orar. Esto no quiere decir que Antonio debiese pues dejar de orar mientras trabajaba, sino que el hecho de interrumpir el trabajo y de levantarse rompía la monotonía de aquella vida: una práctica destinada a volverse común entre los monjes de Egipto y de otros lugares. Pero ignoramos cómo ha aparecido y se ha difundido en Egipto en el siglo IV.

En los apotegmas, con la excepción de algunos casos excepcionales de monjes que solo oraban y no trabajaban – precursores de los que más adelantes serán llamados mesalianos en Asia Menor o en la Mesopotamia-, normalmente todos los monjes oran y trabajan sin parar, haciendo las dos cosas simultáneamente. Pero, necesita reconocerlo, no somos ángeles, y la lección que el ángel le da a Antonio corresponde verdaderamente a los límites de la condición humana. El propósito de orar y trabajar continuamente pone en riesgo el que poco a poco se descuide la oración, porque es mucho más difícil, si no imposible, orar verdaderamente sin interrupción y con la rutina la oración se vuelve a menudo un gesto que se realiza mecánicamente. El hecho de interrumpir el trabajo y levantarse para orar de modo más explícito y exclusivo obliga a tomar mayor conciencia de la presencia de Dios y a suplicar con más insistencia. Por otra parte, justamente el reconocimiento de la validez de este principio es el origen de lo que llamamos “oración de las horas”. Pero esto que se hace al ritmo de las horas durante el día, se puede también hacer con más frecuencia entre una hora y la otra, cada cinco, diez o quince minutos. Ahora, desde el momento en que los antiguos monjes no tenían reloj, ellos regulaban este ritmo sobre la base del trabajo que hacían: por ejemplo, cada tres filas de nudos de red que entrelazaban se levantaban a orar. Sabemos esto por la lectura de las cartas de Barsanufio y de Juan, que hablaban de esta costumbre de los monjes de Escete, adoptada en el monasterio de Séridos, cerca de Gaza (siglo VI) [12].

Por tanto, habría aquí que leer esta enseñanza dada a Antonio por un ángel, de igual modo como en la tradición pacomiana, donde la llamada “regla del ángel” normaba el número y la repetición de las oraciones. El ángel da a Antonio un buen consejo para romper la monotonía, pero sobre todo él es el mensajero enviado por el Señor para tranquilizarlo y confirmarlo en su vocación. En el desaliento en el cual se encontraba, Antonio podía pensar que había sido abandonado por Dios. En el nombre del Señor, el ángel le asegura que va por buen camino, sobre la vía de la salvación. Lejos de olvidarse de él, el Señor no ha dejado de observar a su atleta en el estadio. Se piensa en el episodio análogo relatado en la Vida de Antonio, donde interviene una visión para volver a darle fuerza y coraje a él que está luchando:

El Señor en ningún momento se olvidó de la lucha de Antonio y vino en su ayuda. Cuando elevó la mirada éste vio que el techo estaba abierto y que un rayo de luz descendía hasta él. Los demonios desaparecieron de improviso, inmediatamente cesó el dolor del cuerpo y la casa estaba nuevamente intacta.
Antonio sintió que el Señor lo ayudaba y tuvo un suspiro de alivio. Liberado de los dolores, preguntaba a la visión que se le había aparecido: “¿dónde estabas? ¿por qué no apareciste desde el inicio para poner fin a mis sufrimientos?” Y él escuchó una voz: “¡Antonio, estaba allí! Pero esperaba para verte combatir. Ya que has resistido y no te has dejado vencer, seré siempre tu ayuda y haré que tu nombre sea recordado por dondequiera.” Al oír estas palabras se levantó y se puso a orar y fue tan confortado que sintió en su cuerpo mucha más fuerza que antes. En aquel tiempo tenía alrededor de treinta y cinco años. [13]

También aquí, como en el apotegma, no se dice que Antonio vio a Cristo.  Pero él reconoce la voz del Señor en la voz o en la aparición del ángel. La palabra del ángel en el apotegma: “haz así y serás salvado”, retoma en otra parte una palabra de Jesús en el evangelio dirigida al doctor de la ley que le preguntó qué debía hacer para obtener la vida eterna: “haz esto y vivirás” (Lc 10,29), porque en hebreo salvación y vida coinciden, como en la expresión “tener salvada la vida”. En el texto siríaco del apotegma dice: “haz esto y vivirás. Antonio hizo aquello que le había dicho el ángel y tuvo vida.” En el texto armenio dice: “hizo así hasta el fin”, y en copto: “hizo así todos los días de su vida”.

Fue salvado, curado. Lo que no significa que Antonio no sería tentado por la acedia otras veces. Según una palabra de Antonio, contada por Poimen, el monje debe “esperar la tentación hasta el último respiro” [14]. Pero Antonio ya conocía el remedio. Había tenido la impresión de haber sido abandonado por Dios en su soledad: desde aquí la acedia, el desaliento, el estado de postración. Pero descubre no haber nunca estado solo, que hay un ángel con él que ora y trabaja, y sobre todo que el Señor se ocupa siempre de él. Es comprensible que esto le dio mucha alegría y ánimo.

También aquí, el apotegma se conecta a la Vida de Antonio. Entre todos los elementos con los cuales Atanasio esboza la figura de Antonio, la alegría es quizás el más marcado. Antonio era alegre y su alegría se irradiaba: “la alegría del corazón hacía feliz su rostro” [15]. Como a David, cuyos “ojos daban alegría al verlo… así se podía reconocer también a Antonio. No se turbaba nunca, su alma estaba en paz, no estaba nunca triste porque su mente estaba llena de alegría” [16]. Todos sentían alegría al verlo, y no solo gracias a los beneficios corporales y espirituales que les procuraba a los que iban a buscarlos, sino sólo por su simple presencia. Así, con sus visitas a los monasterios, reanimaba la alegría entre los monjes y él mismo se alegraba del regocijo de ellos [17]. Atanasio observa que Antonio “no tenía modos rudos de un hombre crecido y envejecido por la montaña, sino que era afable y sociable… todos los que venían a buscarlo se alegraban por su causa” [18] ; “¿quién fue a él con dolor y no volvió con alegría?” [19].
Y es también descripta su alegría al aproximarse a la muerte: “hablaba [con los hermanos] con alegría” [20] ; “lleno de alegría por su presencia yacía acostado con el rostro radiante” [21]. Y su alegría permanece en los discípulos después de su muerte:

Cada uno que ha recibido la piel de oveja del bienaventurado Antonio y su manto consumado (es decir, el obispo Atanasio y el obispo Serafión) custodian estos vestidos como grandes tesoros. Cuando lo miran, es como si viesen a Antonio, y cuando se lo ponen, es como si llevasen con alegría sus admoniciones. [22]

¿Cómo llegar a poseer la alegría de Antonio y custodiarla para siempre? Se necesita recordar la lección que él recibió del ángel del Señor cuando fue tentado. Son muchos los monjes y los cristianos que han leído y releído este apotegma de Antonio por dieciséis siglos hasta ahora. De éste se aprende sobre todo la fuertísima convicción acerca de la constante solicitud del Señor por cada uno de nosotros. Especialmente en la crisis de acedia, cuando se es tentado por la duda y por el desaliento, en los momentos de oscuridad, o de espesa tinieblas, se debe recordar que Jesús está siempre presente, testigo de nuestras luchas y siempre dispuesto a intervenir para asegurarnos la victoria.

Muy bella es también la formula de oración, de confianza y de abandono –“Señor, quiero ser salvado…”-, que expresa al mismo tiempo la voluntad de ser salvado, de ser curados, la impotencia radical en la cual nosotros nos encontramos y el pedido de una luz para salir.

En fin, el apotegma ofrece una imagen muy elocuente del hábito para tomar y mantener de orar muy a menudo durante el trabajo, cualquiera este sea. Ora et labora: estas palabras de la orden benedictina tienen en realidad raíces muchos más antiguas y son susceptible a diversas interpretaciones. Toca a cada uno traducirla en la práctica y custodiarla fielmente en todas las circunstancias, cualquiera sean las tareas a desarrollar. No hay duda que, imitando a Antonio, se puede llegar a compartir su alegría y su coraje, en la certeza de estar sobre el camino de la salvación.


Lucien Regnault
El desierto habla
Ed. Qiqajon. Comunitá di Bose
Págs. 19-29


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Notas: 

[1] Antonio 1, en Detti editi e inediti, pp. 173-174.
[2] Cf. Atanasio di Alessandria, Vita di Antonio 7, 13, p.94
[3] Antonio 27, en Detti editi e inediti, pp. 251.
[4] Cf. Atanasio di Alessandria, Vita di Antonio 8, 12, p.95, 99-100
[5] ibid. 36,2, p.124.
[6] Cf. G. Bunge, Akedia. Il male oscuro, Qiqajon, Bose 1999.
[7] Juan Casiano, Le istituzioni cenobitiche X, a cargo de L. D’Ayala Valva, Qiqajon, Bose 2007, pp. 263-289
[8] Cf. Orígenes, Omilie sul Vangelo di Luca fr.gr. 56, en Id., Homélies sur S. Luc, a cargo de H. Crouzel, F. Fournier y P. Périchon, SC 87, Cerf, Paris 1962, p. 503.
[9] Antonio 1, en Detti editi e inediti, pp. 173.
[10] Cf. Doroteo de Gaza, Vita di Dositeo 4, en Id., Scritti e insegnmenti spirituali, a cargo de L. Cremaschi, Edizioni Paoline, Roma 1980, pp. 52-53.
[11] Atanasio di Alessandria, Vita di Antonio 2,3, p.83
[12] Cf. Barsanufio y Juan de Gaza, Espistolario 143, a cargo de M. F. T. Lovato y L. Mortari, Città Nuova, Roma 1991, pp.206-207.
[13] Atanasio di Alessandria, Vita di Antonio 10, 1-4, pp. 97-98.
[14] Antonio 4, en Detti editi e inediti, pp. 51.
[15] Atanasio di Alessandria, Vita di Antonio 67,6, pp. 153
[16] ibid. 67,8, p.154.
[17] ibid. 54, pp.140-141.
[18] ibid. 73,4, p.158.
[19] ibid. 87,3, p.171
[20] ibid. 89,4, p.173.
[21] ibid. 92,1, p.176.
[22] ibid. 92,3, p.176.