Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

jueves, 26 de abril de 2012

¿Cómo transfigurar la vida con la Oración de Jesús?


Un monje de la Iglesia de Oriente

1- Nosotros hemos considerado, hasta ahora, la invocación del Nombre de Jesús de una forma general. Ahora consideraremos diversos aspectos de la invocación. El primer aspecto es el de la adoración y el culto.

2- Muy a menudo nuestras oraciones se limitan a la súplica, a la intercesión y al arrepentimiento: el Nombre de Jesús puede ser usado también con esta finalidad. Pero la oración desinteresada, la alabanza ofrecida a Dios con motivo de su gloria, el obsequio a Dios lleno de respeto y amor, el grito de Tomás: “Señor mío y Dios mío” (Juan 20,28) deben tener prioridad sobre todo.

3-  La invocación del Nombre de Jesús debe hacer presente en nuestra mente a Jesús, sino fuera así, la invocación del Nombre sería mera idolatría verbal: “La letra mata pero el espíritu da vida” (I Corintios 3,6). La presencia de Jesús es el contenido real y la sustancia del Sagrado Nombre. El Nombre significa la persona de Jesús y contiene su palabra.

4-  Esto nos conduce a la pura adoración: pronunciando el Nombre, debemos sentir la presencia de Nuestro Señor: “Ellos cayeron de rodillas y lo adoraron” (Mateo 2,11). La pronunciación meditada del Nombre de Jesús equivale al reconocimiento de la santidad perfecta del Señor y de nuestra nada. Con esta convicción lo adoramos y le damos reverencia: “Dios lo ha exaltado grandemente y le ha dado el nombre más allá de todo otro nombre, para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble” (Filipenses 2,9.10)

5-  El Nombre de Jesús nos trae algo más que su presencia. Jesús está presente en su Nombre en calidad de Salvador. La palabra “Jesús” significa salvador y salvación. “No hay salvación en ningún otro: ya que no hay ningún otro nombre bajo el cielo dado a los hombres que pueda salvarnos” (Hechos 4,12). Jesús inició su misión terrena sanando y perdonando, es decir, salvando a los hombres. Así el verdadero inicio del camino del Nombre es el conocimiento de nuestro Señor, como nuestro Salvador personal. La invocación del Nombre nos trae la liberación en todas las necesidades.

6-  El Nombre de Jesús no sólo nos ayuda a obtener el cumplimiento de cuanto pedimos: “Cualquier cosa que pidas al Padre en mi nombre, te lo concederá. Hasta ahora no has pedido nada en mi nombre, pedid y recibiréis” (Juan 16, 23-24). El Nombre de Jesús ya compensa nuestras necesidades. Cuando buscamos el socorro del Señor debemos pronunciar su Nombre con fe y esperanza, seguros de recibir por esto lo que hemos pedido. Jesús es el cumplimiento definitivo de todos los pedidos humanos. Y es a Él a quien ahora estamos orando. No consideremos nuestra oración pensando que obtendrá su cumplimiento en el futuro, sino en la actuación de Jesús desde ahora. Él no solo da lo que pedimos sino Él mismo es el don, siendo en Sí mismo dador y don: si tengo hambre, él es mi alimento; si tengo frío, él es calor; si estoy enfermo, es mi salud; si soy perseguido, es mi salvación; si soy impuro, me da la pureza. Él “viene a nosotros como pureza, y santificación y redención” (Corintios 1, 30). […] Debemos encontrar en su Nombre todo lo que Él es. El Nombre de Jesús, en cuanto nos une a Él mismo es ya un misterio de salvación.

7-  Si somos tentados, el Nombre de Jesús nos trae la victoria y la paz. El corazón lleno del Nombre del Señor no será arrastrado por ninguna imagen o pensamiento pecaminoso. Pero nosotros somos débiles, y a menudo nuestras defensas se desmoronan, y entonces la tentación se levanta dentro de nosotros como una impetuosa ola. En tal caso, no te detengas en la tentación, no discutas con tu propio deseo, no pienses en la tormenta, no te mires a ti mismo. Fijad la mirada sobre el Señor, agarraos de Él, invocad su Santo Nombre. Cuando Pedro, caminando sobre las aguas para llegar hasta Jesús, vio la tempestad, “tuvo miedo" (Mt 14,30) y comenzó a hundirse. Si en vez de mirar las olas y de escuchar al viento, con corazón confiado caminamos sobre las aguas hacia Jesús, Él nos tenderá la mano y nos dará apoyo. El Nombre nos dará entonces un gran servicio, siendo una fórmula precisa, concreta y eficaz, capaz de oponerse a las fuertes sugestiones de la tentación. Cuando estés tentado, invocad el Sagrado Nombre con insistencia y, a la vez, con paz y serenidad, sin pronunciarlo en alta voz, con angustia y turbación. Haz que descienda en tu alma lentamente, hasta que todos tus pensamientos y tus sentidos converjan y se unan a Él. Dejad pues que ejerza su fuerza de atracción: es el nombre del Príncipe de la Paz. Invócalo con paz y nos dará la paz, o, mejor, como Aquel del cual es el símbolo, será nuestra paz.

8 -  El Nombre de Jesús trae el perdón y la paz. Cuando hemos pecado gravemente, y tanto más cuando hemos pecado levemente, podemos, en un momento, estrecharnos al Santo Nombre con dolor y amor e invocarlo con todo el corazón y el Nombre así repetido, por cuyo medio hemos alcanzado a la persona de Cristo, será ya un signo de perdón. Después del pecado no nos quedemos ociosos, detenidos y vacilando. Volvamos, sin titubear, a retomar la invocación del Nombre, a pesar de nuestra indignidad. Un nuevo día está apareciendo y Jesús está sobre la orilla. “Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor… se tiró al mar” (Juan 21, 7). Hagamos como Simón: repite “Jesús”, como si retomases desde el principio la vida.

Nosotros pecadores reencontramos al Señor invocando su Nombre. Él viene a nosotros rápidamente y en el estado en el cual estemos. Él retoma el camino con nosotros desde donde lo hemos abandonado. Cuando se les vuelve a aparecer a los discípulos, después de la Resurrección, fue a ellos, que estaban tristes, perdidos y culpables y, sin culparlos de su traición, simplemente se puso de nuevo en la vida de ellos de cada día: les dijo: “¿tenéis alimento? Y le ofrecieron un pescado asado y un panal de miel” (Lucas 24, 41-42). Así, cuando decimos “Jesús” después de haber cometido un pecado o después de un tiempo de arrepentimiento, Él no exige largas justificaciones del pasado, sino que desea que nuevamente nos unamos a su Persona y a su Nombre en la vida de todos los días, con nuestro pescado asado y nuestro panal de miel, dejándolo penetrar en el centro de nuestra existencia.

9- Así el Sagrado Nombre nos trae la reconciliación después de los pecados cometidos. Él puede darnos una experiencia más vasta y fundamental del perdón divino. Pudiendo nosotros pronunciar el Nombre de Jesús e introducirnos a la total realidad de la cruz y al entero misterio de la expiación. Unidos al Nombre de Jesús, propiciación por los pecados de todos los hombres, encontramos el signo de la Redención extendido a todos los tiempos y al universo entero, encontramos “al Cordero muerto desde la fundación del mundo” (Apoc 13,8) y “al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” (Juan 1, 29).

10- Cuanto hemos dicho no contradice o desvaloriza los medios de la penitencia y remisión de los pecados ofrecidos por la Iglesia, sino que nos referimos solo a lo que respecta a la vida escondida del alma y estamos ante la absolución interior que el arrepentimiento apoyado en el amor por sí mismo obtiene, el perdón que el publicano recibe después de su oración en el templo y del cual el Evangelio dice: “este hombre volvió a su casa perdonado” (Lucas 18, 14)
  
11- Hemos considerado el poder salvífico del santo Nombre. Ahora debemos ir más lejos. En la medida que el Nombre de Jesús crece maduramos en el conocimiento de los misterios divinos. El Santo Nombre no es solo un misterio de salvación, el cumplimiento de nuestras respuestas, la destrucción de nuestras tentaciones, el perdón de nuestros pecados, es también un medio para recordar el misterio de la Encarnación y es una unión eficaz con el Señor. El estar unidos a Cristo es más beatificante que el estar ante Él, o el ser salvado por Él.

12- Puedes pronunciar el Nombre de Jesús porque “Cristo puede habitar en tu corazón” (Efesios 3,17), pues, cuando has formado sobre los labios su Nombre pruebas la realidad de Jesús que desciende en el alma: “Estoy a la puerta y llamo: si uno oye mi voz, y abre, entraré en él y cenaré con él y él conmigo” (Apoc 3,20)

Puedes poner sobre el trono a su Persona y a su Nombre dentro de ti: “Ellos te han construido un santuario en el interior para tu Nombre” (II Crónicas 20, 8). Tal es la oración sacerdotal del Señor: “yo en ellos” (Juan 17,26).

Podemos llevar dentro el Nombre y experimentar que somos los miembros del Cuerpo de Cristo y los sarmientos de la vid verdadera. “Permaneced en mí” (Juan 15,4).

Ciertamente ninguno puede abolir la diferencia entre el Creador y la creatura, pero existe, hecha posible por la Encarnación, una real unión del hombre y de nosotros mismos con el Señor, unión que el uso del Nombre expresa y hace más firme.

13- Entre la Encarnación y la Palabra y el morar del Sagrado Nombre en nosotros existe una cierta analogía: la Palabra se hace carne, Jesús se hace hombre.

La silenciosa realidad del Nombre de Jesús, llegando a nuestras almas, desborda en nuestros cuerpos: “revestíos del Señor Jesucristo” (Romanos 13,14). El contenido vivo del Nombre penetra físicamente en nosotros mismo: “Tu nombre es un perfume que se derrama a nuestro alrededor” (Cant 1,3).

Si lo repito con fe y amor, el Nombre se convierte en una fuerza, capaz de destruir y subyugar la ley del pecado que está en mis miembros (Rom 7,23). Podemos poner también en nosotros mismos el Nombre de Jesús grabado como “un sello sobre tu corazón, como un sello sobre el brazo” (Cant 8,6). Pero este sello, no es un pedazo de cera o de plomo, es el signo exterior del Nombre y de la Palabra viviente.

14- El uso del santo Nombre no sólo nos trae el conocimiento de nuestra unión con Jesús en su Encarnación, sino es también el medio de una visión más extensa de la conexión íntima existente entre el Señor y todas las creaturas de Dios. El Nombre de Jesús nos ayuda a transfigurar el mundo en Cristo (sin ninguna confusión panteísta). Así descubrimos otro aspecto de la invocación del Nombre: un camino hacia la transfiguración. 

15- Bajo este aspecto la invocación del Nombre está en relación con la naturaleza, el universo considerado como obra del Creador: “… El Señor que hizo el cielo y la tierra” (Salmo 14,3); se vuelve el símbolo visible de la invisible belleza divina: “los cielos cantan la gloria del Señor” (Salmo 19,1). “Considerad los lirios de los campos…” (Mateo 6,28).

Esto, sin embargo, no basta: la Creación no es estática, tiende, sufriendo y gimiendo, hacia Cristo, como su cumplimiento y terminación. “La creación entera se lamenta y sufre“(Rom 8,22), hasta que sea liberada de la esclavitud de la corrupción por la gloriosa libertad de los hijos de Dios (Rom 8,21).

Lo que llamamos mundo inanimado es empujado por un movimiento hacia Cristo. Todas las cosas convergen hacia la Encarnación: los elementos, los frutos de la tierra, la roca y la leña, el agua y el aceite, el grano y el vino adquieren un nuevo valor convirtiéndose en signos de la gracia. Todo lo creado, misteriosamente, manifiesta el nombre de Jesús: “yo les digo que, si estos callan, las piedras gritarán” (Lc 19,40).

Es la palabra de este Nombre que los cristianos deberían escuchar en la naturaleza, pronunciando el Nombre de Jesús, sobre las creaturas: piedra o plantas, frutos o flores, mares o paisajes, o cualquier otro, el creyente expresa el misterio de estos seres y los conduce a su cumplimiento, dando así la respuesta a su silenciosa espera. Porque el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los
hijos de Dios”
(Rom 8,19). Pronunciaremos el Nombre de Jesús en unión con toda la creación: “Al nombre de Jesús toda rodilla se dobla, en el cielo, en la tierra y en los abismos…” (Filipense 2,10).

16- También el mundo animal puede alcanzar la transfiguración por nuestra mediación. Cuando Jesús permanece cuarenta días en el desierto, “estaba con las bestias salvajes” (Marcos 1,13). No sabemos lo que sucedió entonces, pero podemos estar seguros que ninguna creatura viviente permanece indiferente a la influencia de Jesús. Él mismo dijo de los gorriones que “ni uno de estos es olvidado por Dios”  (Lc 12,6) y nosotros somos como Adán cuando debió dar un nombre a todos los animales. Del suelo el Señor Dios formó las bestias del campo y los pájaros del aire: "los condujo ante Adán para que les pusiese un nombre” (Gén 2,19).  Los científicos los nombran de acuerdo a sus criterios, nosotros invocamos el Nombre de Jesús sobre los animales, los reconducimos a su primitiva dignidad. Muy fácilmente nosotros olvidamos la dignidad de los seres vivientes, creados y amados por Dios en Jesús y por Jesús.

17- Pero sobre todo en las relaciones entre los hombres podemos ejercer esta obra de transfiguración. Cristo resucitado aparece muchas veces bajo un aspecto que no era el que los discípulos conocían: “Él apareció con otro aspecto…” (Marcos 16, 12.16), el aspecto de un caminante sobre el camino de Emaús, o de un jardinero cercano al sepulcro, o de un desconocido parado sobre la ribera del lago, siempre con la apariencia de un hombre común, como los que encontramos en la vida cotidiana. Jesús reveló de este modo un importante aspecto de su presencia entre nosotros: su presencia en el hombre. Condujo así al cumplimiento lo que había enseñado: “tuve hambre y me disteis de comer, estuve sediento y me disteis de beber… estuve desnudo y me vestisteis, estuve enfermo y me visitasteis, estuve prisionero y vinisteis a mi encuentro… cuantas veces lo has hecho a uno de mis más pequeños hermanos, lo habéis hecho conmigo” (Mateo 23, 36-40). Jesús se aparece a nosotros ahora bajo los rasgos de un hombre o de una mujer. Verdaderamente esta forma humana es la única bajo la cual cada uno puede, cuando lo desee, en todo tiempo y en todo lugar, contemplar el rostro del Señor.

Los hombres de hoy son realistas: no viven en abstracciones o en visiones fantásticas y, cuando los santos y los místicos llegan a decir: “hemos visto  al Señor”, responden con Tomás: “Hasta que no pueda meter mi dedo en la herida y poner mi mano sobre su costado, no creeré” (Juan 20,23). Jesús acepta este desafío. Él se deja ver, permite ser tocado y ser interpelado en las personas humanas de todos sus hermanos y hermanas. A nosotros, como a Tomás, Él nos dice: “Extiende pues tu mano e introdúcela dentro de mi costado, y no seáis hombres sin fe sino creyentes” (Juan 20,22). Jesús nos muestra a los pobres, a los enfermos, a los pecadores y, de forma general, a todos los hombres y nos dice: “Mirad mis manos y mis pies… Tocadme y mirad: porque un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo” (Lucas 24, 39). Los hombres y las mujeres son la carne y los huesos, las manos y los pies, el costado traspasado de Cristo, su cuerpo místico. En esto nosotros podemos experimentar la realidad de la Resurrección y la real presencia (si bien sin confusión de esencia) del Señor Jesús. Si nosotros no lo vemos es a causa de nuestra incredulidad y de nuestro sordo corazón: “sus ojos estaban velados tanto que no podían reconocerle” (Lucas 24,16).

Por esto el Nombre de Jesús es un concreto y eficaz medio para transfigurar a los hombres en su escondida, íntima y extrema realidad. Deberemos ser capaces de acercarnos a todos los hombres y mujeres que nos encontremos en el camino, trabajo, oficio, fábrica, autobús y, especialmente, a aquellos que parecen aburridos y repelentes, con el Nombre de Jesús en el corazón y sobre los labios. Llámalos con su Nombre, en su Nombre, con espíritu de adoración, entrega y amor. Adora a Cristo en ellos, sirve a Cristo en ellos: en muchos de estos hombres y mujeres, en el perverso, en el criminal, Jesús está prisionero. Libéralo reconociéndolo silenciosamente y adorándolo en ellos. Si vas por el mundo con esta nueva visión, pronunciando “Jesús” sobre todo hombre, viendo a Jesús en cada hombre, cada uno será transfigurado en sí mismo y delante de tus ojos.

Y más estarás pronto a darte a ti mismo a los hombres, mientras más se vuelva la nueva visión clara y vivida. La visión no puede ser separada de la ofrenda. Justamente dijo Jacob a Esaú, cuando estaban reconciliados: “Te ruego, si ahora estoy de nuevo en tu gracia, recibe mi don de mis manos, ya que después de haber visto tu rostro y tu pensamiento, he visto el rostro de Dios” (Génesis 33,10).

18- Invocando el Nombre de Jesús, encontramos interiormente a todos aquellos que están unidos al Señor y de los cuales Él ha dicho: “Donde dos o tres estén unidos en mi Nombre, en medio de ellos Yo estoy” (Mateo 18, 20).

19- Deberemos encontrar a todos los hombres en el corazón y en el amor de Jesús, colocándolos y reuniéndoles en el espacio sagrado de su Nombre. No son necesarios largos  elencos de invocaciones, basta aplicar el Nombre de Jesús a la persona que se encuentra en una necesidad. Todos los hombres y todos los justos pedidos convergen en el Nombre del Señor. Unirse a Jesús es volverse una sola cosa con Él en el amor solícito y piadoso hacia las creaturas y la intercesión del Señor por ellas es la mejor súplica en su favor.

20- Donde está Jesús, allí está la Iglesia, cualquiera que está con Jesús está en la Iglesia. Si la invocación del Sagrado Nombre es un medio de unión con Nuestro Señor, es también un medio de unión con la Iglesia la cual en Él existe y por ningún pecado humano puede ser contaminada. Esto no significa que se deban tener los ojos cerrados a los problemas de la Iglesia sobre la tierra, a las imperfecciones y a las divisiones de los cristianos. Aquí tratamos de la eterna, espiritual e “inmaculada” parte de la Iglesia que está reunida en el Nombre de Jesús y que trasciende todas las realidades terrestres. Ningún cisma puede romperla. Jesús dijo a la Samaritana: “creedme, vendrá la hora que tú no adorarás al Padre ni sobre esta montaña ni en Jerusalén. La hora viene y ya llega en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en Espíritu y en verdad” (Juan 4, 21-23). Hay una aparente contradicción en estas palabras de nuestro Señor: ¿cómo puede ser “la hora futura” y a la vez “el ya ha llegado”?. Esta paradoja encuentra su explicación en el hecho que la Samaritana estaba ante Cristo. Por una parte la histórica oposición entre Jerusalén y Garizin todavía subsistía, y Jesús lejos de tratar esto como una frívola circunstancia, apoyó los más altos derechos de Jerusalén: “Vosotros adoráis lo que no conocéis. Nosotros adoramos lo que conocemos: ya que la salvación viene de los hebreos” (Juan 4,22). En este sentido, la hora no había llegado todavía pero estaba viniendo. Por otra parte, la hora había llegado ya porque la mujer tenía ante sí a Aquel que es más grande que Jerusalén y que Garizin, Aquel que revelará todas las cosas “y ante aquel en quien solo podemos plenamente adorar en espíritu y en verdad” (Juan 4,24). La misma situación se determina cuando, invocando el Nombre de Jesús, nosotros nos unimos estrechamente a su Persona. Ciertamente no creemos que todas las contrastantes interpretaciones del Evangelio dadas por los hombres sean igualmente verdaderas, ni que los grupos separados de los cristianos tenemos la misma medida de luz. Pero pronunciando el Nombre de Jesús con la debida perfección, entregándonos totalmente a su Persona y a sus exigencias, implícitamente participamos de la plenitud de la Iglesia, y así experimentamos su esencial unidad, más profunda que todas nuestras humanas divisiones.

21- La invocación del Nombre de Jesús permite encontrar, en Él, a todos nuestros muertos. Marta se equivoca cuando hablando de Lázaro, dice al Señor “sé que él resucitará de nuevo en la resurrección al final de los días” (Juan 11, 25). La vida y la resurrección de los muertos no es únicamente un evento futuro (si bien la resurrección de los cuerpos individuales si lo sea). La persona de Cristo resucitado es ya la resurrección y la vida de todos los hombres. En vez de intentar establecer en nuestra oración, o en nuestra memoria, o en nuestra imaginación un contacto directamente espiritual con nuestros difuntos, podemos alcanzarlos en Cristo, donde está ahora su verdadera vida. Por esto podemos también decir que la invocación del Nombre de Jesús, es la mejor oración por los muertos: dándonos la presencia del Señor, nos trae también la presencia de ellos.  Y nuestra unión con el Sagrado Nombre y con sus mismos nombres es un servicio de amor en su favor.

22- Los difuntos, cuya vida está ahora escondida en Cristo, forman la Iglesia celestial, pertenecen a la perfecta y eterna Iglesia, de la cual la Iglesia militante sobre la tierra es una pequeña parte. Nosotros encontramos en el Nombre de Jesús la sociedad entera de los Santos: “Mi Nombre estará sobre sus frentes” (Apoc 22,4). En ellos encontramos a los ángeles: esta Gabriel, que, fue el primero sobre la tierra que anunció el sagrado Nombre, diciendo a María: “Tú les darás el Nombre de Jesús” (Lucas 1,31). En ellos encontramos a la mujer “bendita entre las mujeres”, a la que Gabriel dirige estas palabras, y que tan a menudo llamaba a su hijo por su nombre. Pueda el Sagrado Nombre hacer que se llegue a escuchar el Nombre de Jesús como la Virgen María lo oyó por primera vez y que sea repetido tal como María y Gabriel lo pronunciaron. ¡Pueda nuestra misma invocación del Nombre penetrar este abismo de adoración, obediencia y paz!

Un Monje de la Iglesia de Oriente


Traducido del texto italiano publicado por esicasmo.it

Publicación en castellano:
La invocación del nombre de Jesús.
Un Monje de la Iglesia de Oriente
Ed. Claretiana. Buenos Aires. 2009
Págs. 31-55

lunes, 23 de abril de 2012

Amma Sara, la imitadora de Abba Antonio


Lucien Regnault


Después de Abba Antonio, el primero de todos los eremitas –si no cronológicamente, por lo menos por el innegable prestigio y la paternidad universalmente reconocida por todos los monjes cristianos, eremitas y cenobitas-, una amma merece ser reconocida, admirada e imitada. Es la única que emerge con más relieve en las colecciones de los apotegmas. Teodora y Sinclética nos han dejado algunos bellos dichos, pero no nos cuentan nada de su persona. Amma Sara, en cambio, muestra una personalidad original en la decena de apotegmas que tenemos de ella. La vemos vivir, es una figura muy vivaz.

Probablemente Sara no es la primera, la más antigua entre las monjas cristianas, entre las mujeres eremitas que han vivido en Egipto, pero se puede ver a menudo en los apotegmas como encabeza la fila de todas las mujeres que, sobre las huellas de Cristo y de su madre, han vencido al demonio y aplastado la cabeza de la serpiente.

Amma Sara presa de la lujuria

Los primeros dos apotegmas de Sara en la Serie alfabética  la muestran en la tentación y en la oración, y el tercero la ubica no en pleno desierto - cosa inconcebible para una mujer del siglo IV -, sino sobre la rivera del Nilo:

Se cuenta de ella que habitó durante  60 años junto al río y no se asomó nunca para mirarlo. [1]

Sara es verdaderamente una imitadora de Antonio por su fuerza de ánimo, su perseverancia y su capacidad de resistencia. Esto es lo que muestran sobre todo los primeros dos apotegmas de la serie: “se cuenta de amma Sara…”; pero el contenido no puede más que venir de una confidencia de la amma, que cuenta con gran simplicidad y humildad los asaltos que ha sufrido por parte del demonio de la lujuria:

Cuentan que por trece años amma Sara fue violentamente atacada por el espíritu de fornicación y no oró nunca para que el combate cesara; decía más bien: “¡Oh Dios, dame fuerzas!”

Ignoramos en qué consistieron exactamente estas tentaciones y si fueron continuas. Lo que sí es seguro que los ataques fueron violentos y que la lucha duró mucho tiempo. Trece años, no es ni siquiera un cuarto de los sesentas años que Sara vivió junto al Nilo, pero es de todos modos un largo tiempo cuando se sufren los asaltos de las tentaciones. Sara habría podido buscar obtener un poco de tregua, pero prefirió no pedir a Dios que le alejara de la lucha. No, simplemente decía: “¡Oh Dios, dame fuerzas!”.

Muchas veces en los apotegmas sucede que un monje en la tentación pide a un anciano que ore para que le obtenga la cesación de la prueba. Entonces, o el anciano accede al pedido del discípulo y obtiene que sea liberado, pero sucede que el discípulo se deja llevar por el orgullo y la negligencia y llega al final a esperarse el retorno de la tentación [3]; o bien el anciano responde rápidamente que no es deseable ser liberado, porque el discípulo en la tentación puede progresar. Pero en la mayor parte de los casos se trata de una tentación que no dura mucho tiempo. Aquí, en el caso de Sara, hay asaltos violentos que se prolongan en el tiempo. Ciertamente el Señor conocía la fuerza de ánimo de su sierva, si ha podido permitir que el demonio se ensañe contra ella. Y es evidentemente a Cristo, al que ella se dirige, como veremos dentro de poco.

No todos los monjes y las monjas pasan a través de este género de pruebas. Sin embargo, si el Señor ahorra tales tentaciones, por lo menos en la forma de los asaltos violentos que Sara ha conocido, es necesario ser conscientes que esto no viene de los propios méritos, sino de la gracia del Señor que sabe mejor que nosotros qué somos capaces de llevar y soportar.

El cristiano que no tiene la fuerza de ánimo de Sara, si es violentamente tentado, pude pedir un aligeramiento de la tentación y repetirse a sí mismo de que ésta no es nunca mayor a sus fuerzas y que Dios le da siempre la fuerza necesaria. Al final también a él le concederá la victoria, como a Sara.

Una extraordinaria familiaridad con Cristo

El segundo apotegma, que describe la victoria final de Sara sobre el demonio, revela también el poder de su oración y de su humildad.

Un día este mismo espíritu de fornicación le asaltó con especial violencia, insinuándole la vanidad del mundo. Ella, que por temor a Dios y por su ascesis no cedía, subió rápido a una pequeña terraza a orar. Se le apareció entonces el espíritu de fornicación en forma corpórea y le dijo: “tú me has vencido, Sara”. Pero ella dijo: “Yo no te he vencido, sino Cristo, mi Señor.”[4]

Parece que el demonio, exasperado por la resistencia de la valerosa monja, intentó un último asalto más violento que los otros “insinuándole la vanidad del mundo”, con la evidente intención  de lograr que Sara renunciase a su voto de virginidad y hacerla desistir con los halagos mundanos. Pero ella no cede, sin disminuir ni un poco el temor de Dios y la ascesis. El temor de Dios es evidentemente aquel casto temor que la detiene para no disgustar a aquel que ella ama. Y queriendo orar con más ardor e intensidad, Sara sube a su pequeña terraza. En Egipto las celdas monásticas, como la mayor parte de las habitaciones, tienen un techo plano al cual se puede subir. En muchas ocasiones en los apotegmas hay monjes que salen a la terraza, especialmente a orar. Es lo que hace también Sara y entonces el demonio, ante la inutilidad de sus fuerzas, termina por rendirse, o mejor, según una táctica usual, confiesa su propia derrota, esperando de ese modo hacer caer a su presa en la trampa del orgullo: “Tú me has vencido, Sara”. Pero ella rápidamente y con su habitual vivacidad exclama: “Yo no te he vencido, sino Cristo, mi Señor”.

¿Es posible que Sara hubiera conocido la Vida de Antonio?  También Antonio había sido violentamente atacado por el demonio de la fornicación. Resistía pensando que Cristo estaba presente en su corazón y es a él a quien al final le atribuye la victoria: “No yo, sino la gracia de Dios que está conmigo” [5]. Su biógrafo Atanasio cita a Pablo y concluye: “Esta fue la primera lucha de Antonio contra el diablo o mejor la primera victoria que obtuvo en Antonio el Salvador” [6]. Sara dice lo mismo: “Yo no te he vencido, sino Cristo, mi Señor”.

Existen también otros apotegmas de amma Sara. Cito a continuación el relato asombroso que encontramos en la colección traducida en latín de Pascasio di Dumio en el siglo VI. Seguramente es auténtico porque corresponde al temperamento y a la santidad de la amma. Se encuentra en el capítulo 80, titulado: “Si los santos hombres saben cuándo viene a ellos la gracia de Dios”.

Amma Sara caminando por un sendero, atravesó con un salto un arroyo. Un hombre del mundo, viéndola se puso a reír. Ella, no consciente de la gracia de Dios que había venido sobre ella, dijo a aquel hombre: ¡Calla si no quieres reventar! (en latín: “Tace, rumparis” al conjuntivo). Y volteándose lo vio con el vientre destrozado. Llena de angustia, oró: “¡Jesús mío, resucítalo y de ahora en adelante no pronunciaré más palabras de este género!” [7]

Ya sólo este relato de pocas líneas bastaría para colocar a Sara en una posición en la estirpe espiritual de los amantes de Jesucristo, que saben relacionarse con él en el modo más simple y familiar del mundo. Y nosotros la vemos también muy humana, para nada afectada y acompasada. Es vivaz y desenvuelta, en el acto de agarrarse el vestido para saltar una acequia. Es comprensible que aquel hombre –como buen egipcio siempre propenso a la risa y a tomar el pelo- se halla matado de risa. Ciertamente no se esperaba la respuesta de la monja con sus terribles consecuencias. Él muere literalmente: el Señor no aprueba que se burlen impunemente de su sierva y el castigo es inmediato. Al instante la pobre Sara toma conciencia del homicidio que ha cometido sin querer y pide a Jesús que repare su ligereza. Le promete no hacerlo más.

Vienen a la mente ciertos milagros realizados por Benito, con el mismo poder y con la misma inconsciencia [8]. El santo o la santa están tan identificados con Cristo que la mínima palabra por ellos pronunciada obtiene de inmediato un efecto. Sin embargo, con una diferencia: Benito pronuncia solo palabras de cierta importancia; Sara en cambio no mide todo lo que dice… ¡es su modo de no tomarse tan en serio!

En el apotegma en cuestión, la santa dice a Cristo: “Jesús mío”, invocación con el posesivo absolutamente único en los apotegmas (mientras la invocación: “Jesús” es bastante rara, si bien se lo encuentra de todos modos diversas veces, sobre todo en los apotegmas conservados en copto y en etiópico). “Jesús mío”, como también “mi Cristo, Señor”, son perlas únicas, y el hecho que sean únicas no debe inducir a poner en duda su autenticidad. ¡Al contrario!

En la literatura cristiana de los primeros siglos es raro que un autor exprese de modo tan personal, íntimo y familiar su vínculo con Cristo Jesús. Orígenes se distingue entre todos por la costumbre que tiene de hablar así en sus homilías [9]. Pero Orígenes era egipcio, y en general los coptos tienen una ferviente y tierna devoción hacia Cristo Jesús. Entonces, no se necesita asombrarse demasiado que un amma egipcia del siglo IV deje transparentar en su lenguaje algunos de sus sentimientos íntimos en las relaciones con Cristo.

Volviendo al segundo apotegma de la Serie alfabética, en la versión árabe éste termina así: “Y a partir de aquel momento la lucha se retiro de ella”, en otros términos no debió más luchar contra el demonio de la lujuria. Bastante a menudo en los documentos monásticos de la época – la Vida de Antonio, la Historia lausiaca, las obras de Casiano- se encuentran monjes liberados definitivamente de las tentaciones carnales, después de haber sufrido por largo tiempo sus ataques [10]. Le sucede también a Benito, después que se arrojó completamente desnudo entre las espinas [11]. Pero los padres del desierto recuerdan también a sus discípulos que no se deben creer nunca preservados para siempre de los ataques de este demonio.

Los dos apotegmas que nos relatan la lucha de amma Sara y su victoria, corresponden exactamente al título del quinto capítulo de la Serie sistemática donde los encontramos: “Diversos relatos para restituir el coraje en las luchas que suscita en nosotros la lujuria”. Por la sobriedad y la fuerza de evocación estos dos apotegmas valen toda una conferencia de Casiano sobre este argumento. Son un bello ejemplo, una imagen que impresiona, un ícono fácil de tener en mente para los períodos de lucha que se deben atravesar y también para los momentos de calma, para conservar el coraje en la lucha y para no enorgullecerse de las victorias.

A través de los pocos apotegmas que conservamos de amma Sara, podemos entrever toda una vida de ocultamiento de esta monja consagrada a Cristo en los umbrales del desierto: vida de oración y de ascesis, de lucha espiritual, pero sobre todo de intimidad y familiaridad extraordinaria con Jesús: “¡Jesús mío, resucítalo y de ahora en adelante no pronunciaré más palabras de este tipo!”. ¡Ojalá la hagiografía cristiana hubiese siempre conservado la sobriedad, la simplicidad y el vigor de los apotegmas!



Lucien Regnault
El desierto habla
Ed. Qiqajon. Comunitá di Bose
Págs. 31-37

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Notas:

[1] Sara 3, en Vita e detti II, p. 190.
[2] Sara 1, ibid.
[3] Cf. Juan el Enano 13, ibid, p. 247; José de Panefo 3, ibid I, pp. 271-272; Serie anónima n 584, en Detti inediti dei padri del deserto, a cargo de L. Cremaschi, Qiqajon, Bose 1986, p. 229.
[4] Sara 2, en Vita e detti II, p. 190.
[5] Atanasio de Alejandría, Vita di Antonio 5,7, p.90
[6] Ibid 7,1 p. 92
[7] Pascasio de Dumio, Vite dei padri 80,2, en J. Geraldes Freire, A Versao latina por Pascasio de Dume dos Apophtegmata Patrum I, Instituto de Estudos Classicos, Coimbra 1971, p. 305.
[8] Cf. Gregorio Magno, Dialoghi II, 6-7.23.32-33, a cargo de las hermanas benedictinas de la isla de San Jorge y A. Stendardi, Cittá Nuova, Roma 2000, pp. 153-157, 184-187,198-203.
[9] Cf. F. Bertrand, Mystique de Jésus chez Origène, Aubier, Paris 1951
[10] Cf. Atanasio de Alejandría, Vita di Antonio 6, pp. 90-92; Paladio, Storia lausiaca 29, 5, a cargo de G. J. M. Bartelink, Fondazione Lorenzo Valla-Mondadori, Milano 1974, p. 147; Juan Casiano, Le istituzioni cenobitiche VI, 23, pp. 203-204.
[11] Cf. Gregorio Magno, Dialoghi II, 2 pp. 142-145.