Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

jueves, 3 de mayo de 2012

Enseñanzas del Padre Eutimio sobre la oración de Jesús.

Escrito por Sergio Bolsakov




Padre Eutimio 
(Monasterio Dionisio - Monte Athos)

Transcurrí algunos días, hacia fines de 1954, en el monasterio griego de Dionisio, sobre el Monte Athos. Allí conocí al Padre Eutimio, nativo de Sinop, pero que vivió varios años en Rusia, en la zona del Cáucaso, hasta que la abandonó durante la guerra civil. Tenía por entonces un poco más de sesenta años y era muy conocido por su sabiduría. Era también un poco “loco por Cristo”.

Tuve con él varios coloquios inolvidables. Él era entonces bibliotecario del monasterio.
Una tarde estábamos sentados sobre el balcón de su celda, que sobresale sobre el mar. El día estaba espléndido: una cálida jornada de otoño. El sol se ponía lentamente por el occidente. El cielo y el mar estaban todos dorados.

- Padre Eutimio, le dije, yo he hablado, en Konevec, con el Padre Dorofeo sobre la oración pura y con el Padre Michele, en el Nuevo Valaam, sobre el límite de la oración. Y Usted, ¿de qué me va hablar?

- Si bien, las oraciones comunitarias, en la Iglesia, y también aquellas que hacemos en nuestras celdas, leídas o cantadas con los libros, son utilísimas, ellas son por su naturaleza pasajeras. No siempre disponemos de libros. No podemos pasar todo nuestro tiempo en la Iglesia o en la celda: debemos vivir y cumplir nuestras obligaciones. Yo no conozco otra oración más que la Oración de Jesús que pueda ser incesante. Para esta, no hay ninguna necesidad de estar en la Iglesia, o en la celda, o de usar libros: se la puede rezar donde sea, en la casa, por la calle, viajando, en prisión, en el hospital… Sólo se necesita aprenderla.

- Pero, ¿cómo?

- Comienza a repetir solo la Oración, en voz alta, según tu capacidad, en tu habitación,  por el camino, cuando no haya nadie alrededor de ti. La oración debe ser repetida lentamente, con atención, con un tono humilde, como cuando los mendigos piden limosna: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador”.

Luego repite la misma oración mentalmente, en tu espíritu, pero lento y atentamente.

Después, puedes asociar esta Oración al ritmo de la respiración y con los latidos del corazón. Solo te aconsejo, que no hagas esto por ti sólo: debes buscar a alguien que ya practique la Oración hesicasta, para que te indique lo que debes hacer para no ser víctima de pensamientos vanos y de ilusiones.

Son necesarios varios años para aprender bien la oración hesicasta, pero, con la gracia de Dios, uno puede también volverse en poco tiempo maestro en esta oración.

Con el tiempo, ella se volverá continua. Algunos la comparan con el murmullo de un arrollo: ella continúa en todo momento, mientras tú caminas, o trabajas, o reposas. “Yo duermo, pero mi corazón vela” (Ct 5,2). Más tarde, no tendrás necesidad ni de palabras, ni de pensamientos: toda tu vida será oración, como decía el Padre Dorofeo del starec Juan de Moldavia.

- ¿Hay todavía hombres cómo el starec Juan?

- Sin duda que hay. También aquí, sobre el Monte Athos, en Karoulja, hay eremitas que tienen una gran experiencia de la oración.

- Dime, Padre Eutimio, ¿es posible reconocer a quien ha llegado a un alto grado de la Oración de Jesús?

- ¿Por qué no? Es ciertamente posible.

- Pero, ¿cómo?

- Si quieres verdaderamente aprender la Oración, elige a un starec humilde y sereno, que no juzgue a nadie, siendo quizás un poco “loco por Cristo”, que no se irrita y no pretenda imponerse a todos. Hay desafortunadamente algunos starci que, sin haber podido dominarse ante todo a sí mismos, quieren dirigir a otros. Estos conocen el lado exterior, técnico, se puede decir, de la Oración, pero no su espíritu. Piensa tú mismo: ¿cómo podría juzgar a otros quien invoca continuamente “ten piedad de mí, pecador”?

- Dime; Padre, ¿Cuál es la manera más elevada de vivir?

- La de los “locos por Cristo”, sin duda. La sabiduría de este mundo es locura ante el Señor, y viceversa. Pero este género de vida es muy penoso y nadie debe abrazarlo sin el consejo de un starec.

- Y ¿a parte de éste?

- La vida del pelegrino, semejante a la del autor de los Relatos de un Peregrino. Para el mundo es también esta una locura. Luego la vida del eremita, del recluso y del cenobita. Pero necesita siempre recordar que el interior vale más que el exterior. Hay algunos falsos “locos por Cristo”, algunos peregrinos ociosos, algunos eremitas llenos de ilusiones y algunos cenobitas decadentes. Nos podemos salvar en todo lugar, también en el mundo. Pero en un monasterio o en un eremitorio es más fácil porque hay menos tentaciones. Es verdad que también en un monasterio, si no oras como se debe, caes en miles de vanidades y puerilidades: no sólo pierdes tu tesoro espiritual, sino que te vuelves peor de lo que eras en el mundo. Se puede incluso uno volverse apóstata: sucede también esto.

- ¿Sonará pronto el llamado a Vísperas, Padre Eutimio?

- Sí, pronto, responde. He aquí los primeros golpes del simandro: tienes que ir a la Iglesia.

- Dejamos el balcón, y por corredores y escaleras descendemos al catholicon, inmersos en la luz del atardecer. La recitación del oficio había ya empezado, con la lentitud y el recogimiento habitual del Monte Athos. El coro cantaba:

¡Oh luz gozosa de la santa gloria del Padre celestial, Jesucristo!

Al llegar el ocaso del día,
viendo la luz de la tarde,
cantamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

¡Oh luz gozosa de la santa gloria del Padre celestial, Jesucristo!

Es justo y santo que te celebremos,
siempre y en todo lugar, oh Hijo de Dios
que das vida al mundo.

¡Oh luz gozosa de la santa gloria del Padre celestial, Jesucristo!


Aquella noche salí al balcón de mi celda y contemplé el cielo: un brillo de estrellas sin número. El Padre Eutimio se me acercó lentamente: “Tú miras el cielo. Admiras la inmensidad y la belleza de lo creado. No te preocupes más de los medios. Un día entenderás tantas cosas, cuando hayas llegado a la cima de la oración. Son cosas que con nuestra simple razón discursiva no se pueden comprender: aquí es necesario una iluminación. En el mundo, con todos sus afanes, los hombres no saben comprender toda la belleza y la grandeza del cielo. Pero -Dios me perdone la comparación- como los cerdos buscan las bellotas, ellos miran solo la tierra y las cosas que perecen. El verdadero gozo y la belleza suprema se abren ante aquel que vive en Dios. Sí, el poder de la oración es verdaderamente la plenitud de la gracia. En comparación a esto, todo el resto es polvo y vanidad  de vanidades.


Sergio Bolsakov


Publicado en Esicasmo.it

miércoles, 2 de mayo de 2012

El amor y el sacramento del amor



La imagen de Dios

No hay más que un sufrimiento: el ser sólo. Un Dios de una sola Persona no sería Amor. Dios es Trinidad, uno y trino a la vez. También el ser humano, la mónada cerrada, no sería su imagen. El relato bíblico llama a la mujer "una ayuda", más exactamente un “frente a frente". Para ayudar a otro hombre nada sería más útil que una mujer. Y la Biblia no dice que no es bueno "trabajar sólo", sino "ser sólo", así la mujer "será con él." "El uno hacia el otro" forman un co-ser, es pues desde el origen, desde el  principio, que el ser humano es un ser conyugal: “El día que fueron creados, Dios les dio el nombre de hombre” (Gn 5, 2). "Hablando de dos, Dios habla como uno", anota San Juan Crisóstomo [1].

Es en su reciprocidad, en su diada de naturaleza eclesial que Dios se dirige y dice "tú" o "ustedes", jamás separándolos. Entonces un elemento extraño al hombre, demoníaco, introduce en sus relaciones una distancia y desde ese momento, a través de la historia, el uno no dejará de decir al otro: "¡Ajjecka! ¿Dónde estás?" Esta perversión ontológica es señalada por la palabra que Dios dirige por primera vez a cada uno por separado: "a la mujer dice," y "al hombre dice" (Gn 3, 16-17). Este acontecimiento demuestra que la diferenciación del masculino y del femenino es ante todo espiritual.

En efecto, la creación de Adán fue desde un primer momento la creación de todo hombre, en hebreo, la palabra Adán-homme es un término colectivo. El Génesis dice literalmente: creemos al hombre (ha adam, en  singular) y dominarán (en plural); y Dios creó al hombre (en singular) - y los creó hombre masculino y hombre femenino (y el plural se remite al singular, el hombre) (Gn 1, 27). El "hombre" está por encima de la distinción masculina-femenina, porque ésta no es inicialmente la separación de dos individualidades en lo sucesivo aisladas una de la otra. Al contrario, podemos afirmar que estos dos aspectos del hombre en este punto son inseparables en el pensamiento de Dios, que un ser humano, tomado aisladamente y considerado en sí, no es perfectamente hombre. Hay para decirlo así sólo una mitad de hombre, en un ser aislado de su complementario.

Dios hizo caer al hombre en un sueño profundo. El texto griego habla de éxtasis. Se trata de un estupor muy particular, de la "suspensión de los sentidos", anuncio de un acontecimiento [2]. El nacimiento de Eva proyecta en la existencia lo que ha sido un movimiento en el interior del ser. Adán siempre fue Adán-Eva. El advenimiento de Eva es el gran mito de la consubstancialidad conyugal del hombre y de la mujer: “ésta se llamará Isha mujer, porque del Ish hombre fue tomada” (Gn 2, 23). San Jerónimo lo traduce en latín por Virago y Vir. El uno del otro, serán una sola carne, un único ser: “Mi amigo es mío y yo soy suya” (Ct 2, 16).

Este orden arquetípico de la creación se inserta en el orden de la gracia de las bodas de Caná. El fondo de las antiguas cortes nupciales representaba a Cristo que tenía dos coronas por encima de los esposos, el principio divino de reintegración del orden inicial. San Juan Crisóstomo lo precisa: "Las propiedades del amor son tales que el amado y el amante no forman más dos seres, sino un único ser…. ellos no están reunidos solamente, sino son uno" [3]; lo que quiere decir hombre-mujer, un "Adán" en el sentido  bíblico [4], porque "el amor cambia la sustancia misma de las cosas" [5]. San Cirilo de Alejandría añade en un comentario sobre el Génesis: "Dios creó al co-ser."

Esta concepción patrística es fundamental para Oriente e inspira todos sus textos canónicos. El matrimonio es definido: la unidad de dos personas en un único ser, una sola sustancia; o también: la unión en un cuerpo y un alma, pero en dos personas. La definición es importante, el yo conyugal no suprime en absoluto a las personas, sino según la imagen de la Trinidad: la unión en una sola naturaleza de las Tres Personas forma un solo Sujeto, Dios Uno y Trino a la vez; también la unión conyugal de dos personas forma una diada-mónada, dos y uno a la vez unidos en el Tercer término divino. "Dios creó a Adán y a Eva para el amor más grande entre ellos, reflejando el misterio de la unidad divina." [6] Es pues el hombre conyugal quien es la imagen de Dios trino y el dogma trinitario es el Arquetipo divino, el icono de la comunidad conyugal.

Escuchamos en la oración sacerdotal del Señor: “Yo les di la gloria… con el fin de que sean uno como nosotros somos uno” (Jn 17, 22). Entonces el rito de coronamiento del sacramento del matrimonio anuncia: los esposos "son coronados de gloria". La gloria significa la manifestación del Espíritu Santo. Este don del Espíritu en Pentecostés, su carisma de la unidad es accesible sólo en la Iglesia: “es gracias a todos sus lazos a lo que el cuerpo bien coordinado y que forma un solo conjunto saca su crecimiento según la fuerza que conviene cada una de sus partes, y se edifica él mismo en la caridad” (Ef 4, 16). La comunidad viviente de la Iglesia resulta de "lazos", formas particulares de amor. Al lado de la comunidad monástica y parroquial se ubica otro tipo de formas-lazos: el amor-comunidad conyugal. El matrimonio forma una diada eclesial, instituye una "iglesia doméstica", según san Pablo y san Juan Crisóstomo.

"Cuando el hombre y la mujer se unen en el matrimonio, ellos no aparecen más como algo terrestre, sino como la imagen de Dios mismo." Estas palabras de san Juan Crisóstomo hacen ver en el matrimonio un icono viviente de Dios, una "teofanía". Clemente de Alejandría va más lejos en su concepción: "¿quiénes son los dos o tres, reunidos en nombre del Cristo, en medio de los cuales se encuentra el Señor? ¿No son el hombre y la mujer unidos por Dios?" [7]. Él pone no obstante una condición: "sobrepasa a los hombres, el que se ejercitó en vivir… en el matrimonio…., permaneciendo inseparable del amor de Dios."[8] "El estado del matrimonio es santo" [9] porque anticipa el Reino y ya constituye un "microbasileïa" (pequeño reino), su imagen profética. Todo destino atraviesa el punto crucial de su eros, cargado de venenos mortales y de revelaciones celestes, para entrever el  Eros transfigurado  del Reino “donde no se toma ni mujer, ni marido, sino que somos  como ángeles en el cielo” (Mc 12, 25). Estas palabras significan: no seremos seres o parejas aisladas, sino el acuerdo conyugal del Masculino y del Femenino, las dos dimensiones del único pléroma en Cristo. El alfa reúne al omega: según santa Asteria, la primera palabra de Adán, “la carne de mi carne” (Gn 2, 23), era una declaración del masculino hacia el femenino justamente en su totalidad [10].

El fin propio del matrimonio

La distinción occidental moderna entre el fin objetivo (procreación) y el fin subjetivo (la comunidad conyugal) no es suficiente, no da cuenta de la jerarquía fundamental. Los textos de la Iglesia ortodoxa [11], cuando no llevan la impresión de los manuales occidentales [12], son unánimes en colocar el fin de la vida conyugal en los esposos mismos. La teología dogmática del metropolita Macario da esta definición, muy clara y explícita, que no dice nada sobre la procreación: "el matrimonio es un rito sagrado: los esposos se prometen fidelidad recíproca delante de la Iglesia, la gracia divina es conferida sobre ellos por la bendición del ministro de la Iglesia. Ella santifica su unión y ofrece la dignidad de representar la unión espiritual del Cristo y de la Iglesia. "

La caída había ofuscado la luz inicial. Hablando del adulterio, en lugar de una "carne",  término complejo, san Pablo dice “un cuerpo”  (1 Cor 6, 16), lo que hace más incisiva la soledad espiritual, la comunión frustrada. Orígenes [13] llama la atención del primer capítulo del Génesis, donde se trata del varón y de la hembra. Su unión natural coloca al hombre en la especie, le somete al mando hecho al reino animal: "multiplíquense, sean fecundos". El hombre sobrevive en su progenitura y se apresura a encontrar allí, en febril fecundidad, la garantía de su supervivencia. Sólo el Evangelio da a entender que esto no es en la especie, sino en Cristo, que el hombre es eterno, que despoja al viejo hombre y "se renueva a la imagen del que lo creó". El matrimonio coloca al hombre en esta renovación. El relato de la institución del matrimonio se encuentra en el segundo capítulo del Génesis y habla de la “sola carne” sin ninguna mención de la procreación. La creación de la mujer es una réplica a la palabra "no es bueno que el hombre esté solo". La comunión conyugal es constitutiva de la persona, porque es el "hombre-mujer" quien es la imagen de Dios. Todos los pasajes del Nuevo Testamento que tratan del matrimonio siguen el mismo orden y no hablan en absoluto de la fecundidad (Mt 19; Mc 10; Ef 5). En el advenimiento del hombre termina la creación gradual del mundo. El hombre lo humaniza, le da su significado humano y espiritual. Es en el hombre que la diferenciación sexual encuentra su sentido y su valor propio, independientemente de la especie.

La economía de la Ley ordenaba la procreación para perpetuar la raza y aumentar el pueblo elegido, con el fin de alcanzar el nacimiento del Mesías. Más, en la economía de la gracia, el nacimiento de los elegidos viene de la predicación de la fe. El costado de donde la mujer fue sacada no tiene más este rol  utilitario que le da la concepción sociológica. Los árabes de hoy dicen: "El es mi costado", lo que quiere decir "compañero inseparable".

San Juan Crisóstomo declara ya en el  siglo IV: "hay dos razones para las cuales el matrimonio ha sido instituido..., incitar al hombre a contentarse con una sola mujer y para tener niños, pero es la primera la principal. En cuanto a la procreación, el matrimonio no la supone necesariamente, la prueba está  en los numerosos matrimonios que no pueden tener niños. Es por eso que la primera razón del matrimonio, es ordenar la vida sexual, ahora sobre todo que el género humano ha llenado toda la tierra " (14).

A la imagen del amor de Dios Creador, el amor humano se ingenia en "inventar" un objeto sobre el que pueda verterse. La existencia del mundo no añade nada a la plenitud de Dios en sí; es a ella sin embargo que se le confiere la calidad de Dios; Él lo hace no por sí misma sino por su criatura. Lo mismo la unión conyugal es una plenitud en ella misma [15]. No obstante puede también adquirir una nueva calificación de su propia superabundancia: la paternidad y la maternidad. El niño nacido de la comunidad conyugal prolonga y reafirma la unidad perfecta ya formada. El amor se vierte sobre su reflejo en el mundo y engendra al niño. Y “cuando el niño nace, la mujer no se acuerda más de su angustia, por la alegría que ella tiene de que un hombre nació en el mundo” (Jn 16, 21), un nuevo rostro es llamado a hacerse icono de Dios.

La maternidad es una forma particular de la kénosis femenina. La madre se da a su niño, muere  parcialmente por él, sigue el amor de Dios que desciende, repite en un cierto sentido la palabra de san Juan Bautista: “es necesario que él crezca y que yo disminuya” (Jn 3, 30). El sacrificio de la madre comporta la espada de la que habla Simeón. En este sacrificio, cada madre se inclina sobre Jesús crucificado.

El culto de la Virgen-madre expresa la vocación de toda mujer, su carisma de protección y de socorro. Hay en el mundo un número cada vez más grande de seres que viven como los que son abandonados por Dios. Su existencia es un llamamiento a todo hogar cristiano para que manifieste su sacerdocio conyugal, su verdadera naturaleza de iglesia doméstica que recibe sólo para dar y se revela así una fuerza de compasión y de socorro con el fin de restituirle al Padre a sus niños pródigos [16].

La Iglesia doméstica

Clemente de Alejandría [17] llama al matrimonio la "Casa de Dios" y le aplica la palabra sobre la presencia del Señor: “Yo estoy en medio de ellos” (Mt, 18, 20). Según san Ignacio de Antioquía: "allí dónde está Cristo, allí está su Iglesia", lo que muestra claramente la naturaleza eclesial de la comunidad conyugal. No es tampoco por casualidad que san Pablo coloca su enseñanza magistral sobre el matrimonio en el contexto de su epístola sobre la Iglesia, en la carta a los Efesios. Él habla de la "iglesia doméstica" (Rm 16, 5), y posteriormente san Juan Crisóstomo habla de la "pequeña iglesia". Hay aquí más que una simple analogía. El simbolismo de las Escrituras revela una correspondencia muy íntima entre los diversos plano, que los muestra como expresiones diferentes de la única realidad.

Según el cuarto Evangelio (Jn 2, 1-11), el primer milagro del Cristo se efectúa durante las bodas de Caná. Por su misma materia -el agua y el vino- sirven de preludio al Calvario y anuncian ya el nacimiento de la Iglesia sobre la Cruz: del lado perforado, “salió sangre y  agua” (Jn 19, 34). El simbolismo acerca y emparenta el lugar del milagro, las bodas, con la esencia eucarística de la Iglesia.

La presencia de Cristo confiere a los novios un don sacramental. Es de él que san Pablo habla diciendo: “cada uno recibió de Dios su carisma particular” (1 Cor 7, 7). Bajo su acción el agua de las pasiones naturales se transforma en "este fruto de la vid", el vino noble que significa la transmutación en "amor nuevo", el amor carismático brota hasta el Reino.

Es por eso que la Madre de Dios, como un ángel de la guarda, se inclina sobre el  mundo en desamparo: “no tienen más vino”, dice ella. La Virgen quiere decir que la castidad antigua, como integridad del ser, está agotada. No queda más que el callejón sin salida de la masculinidad y de la feminidad. Las vasijas destinadas a las purificaciones de los judíos son apenas suficientes; pero las "cosas antiguas han pasado"; la purificación de las abluciones se convierte en el Bautismo, "baño de eternidad", con el fin de abrir el acceso al Festín eucarístico del solo y único Esposo.

La intercesión de la Virgen adelanta el advenimiento: “hagan todo lo que él les diga… Todo hombre sirve primero el buen vino, luego el de menor calidad”, el buen vino de los esponsales es sólo una promesa fugitiva y se agota rápidamente, la copa nupcial se agota: tal es la orden natural. En Caná, este orden se revierte: “Tú guardaste el buen vino hasta ahora”, este "ahora" es el de Cristo, es sin ocaso. Cuanto más los esposos se unen en Cristo, más la común copa de ellos, medida de sus vidas, se llena del vino de Caná, se hace milagro.

En Caná Jesús "manifestó su gloria" en el recinto de un ecclesia domestica. Estas bodas, de hecho, son las bodas de los esposos con Jesús. Es él quien dirige las bodas de Caná y, según los Padres, preside todas las bodas cristianas. Es él quien es el solo y único Prometido, y el amigo oye su voz y se regocija. Este nivel de los esponsales místicos del alma y de Cristo, del que el matrimonio es la figura directa, es el de toda alma y el de la Iglesia-esposa..

Toda gracia en su medida plena está al término de un sacrificio. Los esposos la reciben desde el momento en el que se comprometen, en su dignidad sacerdotal, al presentarse delante del Padre celeste y al ofrecerle en Cristo el sacrificio, el "culto razonable", la ofrenda de toda su vida conyugal. La gracia del ministerio sacerdotal del esposo y la gracia de la maternidad sacerdotal de la esposa forman y modelan al ser conyugal a la imagen de la Iglesia.

Queriéndose el uno al otro, los esposos aman a Dios. Cada instante de sus vidas brota en doxología real, su ministerio en canto litúrgico incesante. San Juan Crisóstomo llega a esta conclusión magnífica: "el matrimonio es un icono misterioso de la Iglesia [18].

Los sacramentos

El gran liturgista del siglo XIV, Nicolás Cabasilas, define así a los sacramentos: "he aquí la vía que nuestro Señor nos trazó, la puerta que abrió... Es volviendo a pasar por esta vía y esta puerta como él vuelve hacia los hombres" [19]. En efecto, después de la Ascensión, Cristo vuelve en la economía sacramental del Espíritu Santo. Ésta continúa su visibilidad histórica y toma el lugar de los milagros del tiempo de la Encarnación.

La definición clásica enuncia: "el sacramento es una acción santa en la cual, bajo el signo visible, la  gracia invisible de Dios es comunicada al creyente" [20]. Estos no son solamente los signos que confirman las promesas divinas ni medios para vivificar la fe y la confianza, estos no dan solamente sino que contienen la gracia y son vehículos, a la vez los instrumentos de la salvación y la misma salvación, tal  como lo es la Iglesia.

La unión de lo visible y de lo invisible es inherente a la naturaleza de la Iglesia. Pentecostés perpetuado, la Iglesia vierte la superabundancia de la gracias a través de todas las forma de su vida. Pero la institución de los sacramentos establece un orden que pone límites en todo "pentecostismo" sectario desordenado y al mismo tiempo oferta a todos y a cada uno un fundamento inquebrantable, objetivo y universal de la vida de gracia. El Espíritu sopla donde quiere, pero en los sacramentos, en presencia de las condiciones institucionales requeridas por la Iglesia y en virtud de la promesa del Señor, los dones del Espíritu Santo, los acontecimientos, son conferidos con seguridad y la Iglesia lo atestigua. Así todo sacramento contiene ante todo la voluntad de Dios para que este acto tenga lugar, luego viene el acto mismo, el sacramento, y en  tercer lugar el testimonio por la Iglesia de su recepción confirma el don conferido y recibido. En la práctica antigua, el axios (manifestación del acuerdo) o el amén del pueblo acompañaban y sellaba todo acto sacramental. En definitiva, todos los sacramentos conducían hacia la eucaristía que, por su propia plenitud, acababa el testimonio de la Iglesia. Un consenso igual de la catolicidad es un hecho interior de la Iglesia. Un sacramento es siempre un acontecimiento en la Iglesia, por la Iglesia y para la Iglesia, él excluye todo lo que aísla de la resonancia eclesiástica.

Así para el sacramento del matrimonio, el esposo y la mujer, ante todo, acceden a la sinaxis [21] eucarística en su nueva existencia conyugal. La integración a la eucaristía testimonia el descenso del Espíritu y del don recibido y es por eso que todo sacramento ha sido siempre una parte orgánica de la liturgia eucarística.

El mundo está confundido en las tinieblas, pero estas últimas son concebibles sólo porque son perforadas por los pasos de la Luz que “alumbra a todo hombre que viene al mundo” (Jn 1, 9). “Las puertas del Infierno no prevaldrán contra la Iglesia” (Mt 16, 18), porque hasta el fin del mundo los sacramentos, estas flechas de fuego, anuncian la fuerza salvadora de la gracia y trazan un itinerario fulgurante hacia el Reino.

Hace mucho tiempo que para la mayoría el sacramento no es más este misterio al cual está convidado, cada vez que se lleva a cabo, el mundo celeste todo entero. Para la mayoría no es más que una "práctica", un "deber religioso", una forma como otras, que quisiera volverse tan hueca que no importa el símbolo de su sociabilidad. Entonces esta "forma" está toda llenada por la presencia de Dios, y el realismo brillante y temible de las palabras bíblicas nos lo recuerda: “Descálzate, porque este lugar es santo” (Ex 3, 5). El Espíritu hace de la Iglesia el lugar y su razón de ser en el mundo. Retira sus paredes hasta los confines del universo, y es en la Iglesia que las flores se abren y que la hierba crece, que el hombre nace, ama, muere y resucita.

La materia de los sacramentos no es solamente un "signo visible", sino que el substrato natural que se cambia es lugar de la presencia de las energías divinas. En el sacramento del matrimonio, la materia es el amor del hombre y de la mujer. Según Justino, "el matrimonio se cumple por el amor puro" (Novelle 74, cabo. 1), y para san Juan Crisóstomo, “es el amor que une a los amantes y  los une a Dios” [22]. Bajo la "gracia edénica" del sacramento, el amor es transmutado en comunión carismática.

La institución paradisiaca.

La institución del matrimonio en el paraíso es una antigua tradición muy firme. Hablando del matrimonio, el Señor se refiere al Antiguo Testamento: “¿no habéis leído?” (Mt 19, 4; Mc 10, 2-12). Lo mismo san Pablo (Ef 5, 31). Clemente de Alejandría lo dijo claramente: "el Hijo sólo confirmó lo que el Padre instituyó" [23]. En la creación del hombre, Clemente veía el sacramento del bautismo [24] y en la comunión de amor de la primera pareja, la institución divina del sacramento del matrimonio. Incluso habla de “la gracia paradisiaca del matrimonio” [25]. Por esta gracia, el matrimonio cristiano recibe algo del estado conyugal antes de la caída.

Clemente dijo aún más: "Dios creó al hombre: hombre y mujer; el hombre significa a Cristo, la mujer significa a la Iglesia" [26]. El amor de Cristo y de la Iglesia se erige en arquetipo del matrimonio y es anterior así a la pareja, porque Adán es creado a la imagen de Cristo y Eva a la imagen de la Iglesia. Comprendemos ahora por qué la primera pareja y todas las parejas se refieren a esta imagen única. San Pablo formuló lo esencial: “es un gran misterio; quiero decir que se aplica a Cristo y a la Iglesia” (Ef 5, 32). Misterio, mysterion, aquí tiene el sentido de un contenido, de una riqueza inagotable de la que se gozará eternamente. En el texto del Génesis, Pablo lee una prefiguración profética, su sentido escondido ahora es manifestado. Así el matrimonio se remonta más allá de la caída; arquetipo de las relaciones nupciales, explica el nombre de Israel y luego de la Iglesia: esposa de Yahvé. Ni la caída ni el tiempo tocaron a su realidad sagrada. El ritual ortodoxo precisa: "ni el pecado original, ni el diluvio deterioraron algo de la santidad de la unión conyugal". San Efrén, el sirio, añade: "de Adán hasta el Señor, el auténtico amor conyugal era el sacramento perfecto" [27]. La sabiduría rabínica consideraba el amor conyugal como el Canál único de la gracia, hasta en los paganos [28]. San Agustín enseña lo mismo: "Cristo en Caná confirma lo que instituyó en el paraíso" [29]. San Juan Crisóstomo: "Cristo aportó el don, y por el don honró la causa" [30]. El patriarca Jeremías II, en su carta dirigida a los teólogos protestantes, indica Génesis 2, 24, y declara que el sacramento del matrimonio no ha sido confirmado en el Nuevo Testamento (lo mismo Eclo 2, 12, y la encíclica de los Patriarcas orientales). En efecto, Cristo no instituyó nada en Caná, pero su presencia revaloriza y lleva al matrimonio hasta su plenitud ontológica.

La alegría

La anamnesis (memoria) del paraíso es más que un simple recuerdo, su gracia redimida explica una alegría muy particular, inherente a las bodas: "Regocijémonos, hagamos estallar nuestra alegría", felices las personas invitadas al festín de las bodas del Cordero" (Ap 19, 9). El Deuteronomio (24, 5) declara que todo hombre recientemente casado es liberado de toda carga, hasta del servicio militar, con el fin de que "regocije a su mujer y de hacerla feliz". "La mujer aporta una plenitud y un consuelo incesante para el marido", dice san Juan Crisóstomo [31]. El rito vuelve constantemente y deja entender esta nota clara: "para que ellos se regocijen", "que vengan a  ellos la alegría", "Isaías, exulta", "y tú, esposa, vive en la alegría… y encuentra tu alegría en tu esposo".

¡Hasta podemos presentir intuitivamente que sin el amor conyugal de la primera pareja, el mismo paraíso perdería algo de su plenitud, y no sería más paraíso! El memorial del sacramento "se recuerda", y del paraíso, y del Reino, y permite vivir algo del estado edénico sobre la tierra, y es la "gracia paradisiaca" de la que habla Clemente, la que invita al amor a trascender lo terrestre hacia las bellezas celestes.

En Caná, en la morada de la primera pareja cristiana, el Verbo y el Espíritu dirigen la fiesta, y es por esto que se bebe el vino nuevo, el vino milagroso que trae una alegría que no es más de esta tierra. Es "la embriaguez sobria" de la que habla san Gregorio de Nisa, y de la que "fueron acusados" los apóstoles el día del Pentecostés. El Pentecostés conyugal hace "nuevas todas las cosa". La alianza de Dios con su pueblo es conyugal. Jerusalén es engalanada de nombres como: novia de Yahvé y esposa del Cordero. El rito del matrimonio menciona expresamente a Isaías porque canta la alegría divina: “¡no te nombrarán más abandonada porque Yahvé pondrá su placer en ti…  y como la novia es la alegría de su novio, tú serás la alegría de tu Dios!” (Is 61 4-5). La alegría del sacramento se eleva al nivel de la Alegría divina.


Paul Evdokimov
Extractos del libro Sacrement de l’amour :
Le mystère conjugal à la lumière de la tradition orthodoxe,.
Desclée de Brouwer, 1980



Publicado en http://www.pagesorthodoxes.net

Referencias:
[1]  P. G. 62, 135.
[2]  Cf. Genèse, 5, 1-12. Le profond sommeil tomba sur Abraham.
[3]  P. G. 61, 280 ; 62, 387.
[4]  P. G. 61, 289.
[5]  P. G. 61, 273.
[6]  Théophile d’Antioche, Ad Autolycum, II, 28.
[7]  Strom., 3, 10, 68.
[8]  Strom., 7, 12, 70.
[9]  Strom., 3, 12, 84.
[10]  P. G. 40, 228.
[11]  Le Nomocanon en XIV titres ; le Prochiros Nomos (titre 4, ch. I) ; les Basiliques, 28, 4 ; les commentaires de Balsamon ; le syntagme de Blastarès ; l’Hexabiblos d’Harmenopoulos ; le Pidalion ; la confession orthodoxe de Pierre Moghila, question 115 ; Ecloga de 740. La plupart des textes se réfèrent à la définition du mariage par Modestinus, jurisconsulte romain : Nuptiae sunt conjunctio maris et feminae et consortium omnis vitae, divini et humani juris communicatio, " l’union et la communauté de vie ", sans aucune mention de la procréation. Digeste, XXIII, 2, 1. Cité par S. Troïtsky, Philosophie chrétienne du mariage (en russe), p. 19.
[12]  Le chapitre 50 de la " Kormtchaja Kniga " (des patriarches Joseph et Nicon) est une traduction au XVIIe siècle du catéchisme romain de 1561 ; certains passages du catéchisme du métropolite Philarète suivent Bellarmin.
[13]  P. G. 13, 1229.
[14]  Discours sur le mariage. Voir traduction de l’abbé F. Martin ; Garnier, p. 139.
[15]  Saint Basile note que les enfants s’ajoutent à la plénitude conjugale ; ils sont une conséquence possible mais non indispensable. P. G. 30, 745.
[16] Au sujet des enfants abandonnés, voir Mme Tasset-Nissole, Le massacre des Innocents.
[17]  P. G. 8, 1169.
[18]  P. G. 62, 387.
[19]  Nicolas Cabasilas, La vie en Christ, trad. Broussaleux, p. 28.
[20]  La confession orthodoxe, Ière partie.
[21]  Rassemblement des fidèles célébrant l’eucharistie.
[22]  P. G. 62, 141.
[23]  Strom., P. G. 8, 1184.
[24]  Ibid., 1206.
[25]  Ibid., 1096.
[26]  2 Corinthiens.
[27]  Sur Éphésiens 5, 32.
[28]  Zohar I.
[29]  In Ev. Joh., 9, 2.
[30]  P. G. 56, 246.
[31]  P. G. 63, 121, 123.