Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

sábado, 12 de mayo de 2012

El “starec” León


(2º Parte)


El primer starec de Optina se llamaba Lev Danilovic Nagolkin (este era su nombre en el mundo). Originario de Karacev, en la provincia de Orel, nació en 1768, en una humilde familia perteneciente a la pequeña burguesía. Siendo joven recorre toda Rusia como representante de comercio. Aquellos viajes otorgaron al futuro starec una notable experiencia de los hombres y de las diferentes condiciones de vida en el mundo. No se sabe nada respecto a su vida interior en aquellos años. A la edad de veintinueve años, Lev Nagolkin entró como novicio en el monasterio de Optina, donde habría después dado inicio, treinta años más tarde, a la tradición del starcestvo. Inicialmente no permaneció mucho allí, en efecto, dos años más tarde, se trasladaba al monasterio de Belye Berega, donde recibe, con el hábito monástico, el nombre de León. Poco tiempo después, el monje León es ordenado sacerdote.

Se ubica en esta época su primer encuentro con el starec Feodor, encuentro que cambia totalmente el destino del joven hieromonje. Feodor era discípulo de Paisij Velickovskij y había transcurrido muchos años en Moldavia, cerca del gran renovador del starcestvo, padre de todos los starcy rusos. Volviendo a Rusia, como muchos de los discípulos de Paisij, Feodor comenzó a atraer a todos aquellos que deseaban aprender esta gran tradición de la vida espiritual. En 1804, el padre León fue elegido abad de los monjes de Belye Berega y, al año siguiente, el starec Feodor fue a vivir a su monasterio. Desde ese momento, los dos monjes no se habrían jamás separado.

En 1808, después de haber renunciado a la carga de abad, el padre León siguió a Feodor en su elección de vida solitaria completamente dedicada a la oración. El starec Feodor se hizo construir una celda a dos kilómetros de distancia del monasterio, en el bosque, donde fueron a habitar con él dos hieromonjes, León y Cleofás. Pero la gran fama del starec atraía hacia el éramo multitudes siempre más numerosas, a tal punto que él debió dejar su propia celda para irse al norte de Rusia. Los tres eremitas se reunieron nuevamente en un pequeño skit del monasterio de Valaam, en Finlandia.

Pronto los monjes fueron a ellos a buscar un consejo espiritual y así la celda de los tres starcy se convirtió en un verdadero centro de la vida espiritual de Valaam. Uno de los monjes de la comunidad, un santo hombre de vida austera, un día expresa a los nuevos llegados todo su asombro a la vista de la serenidad de espíritu y de la concentración que estos lograban conservar a pesar de los continuos encuentros con los hermanos que, en cada momento, venían a interferir su soledad… El padre León le respondió que, por amor a un hermano, habría estado dispuesto a hablarle por dos días seguidos, si hubiese sido necesario, sin sufrir la mínima interferencia en su vida de oración interior. El abad de Valaam, temiendo que el creciente influjo de los starcy en su monasterio pudiese oscurecer su autoridad, hizo llegar una queja contra estos “innovadores” al metropolita de San Petersburgo. Afortunadamente, el archimandrita Filaret (después metropolita de Moscú) y el obispo Inocencio de Penza tomaron la defensa del starcestvo. De allí siguió una investigación que salió favorable a los tres eremitas. Sin embargo, los starcy, para respetar la paz de la comunidad, se sintieron en el deber de dejar Valaam en 1817. Fijaron su residencia en el monasterio de Alexandro Svirskij, donde el mismo emperador Alejandro I fue a visitar al starec Feodor, poco antes de la muerte del santo hombre (1822).

Después de haber perdido a su maestro y amigo, León decide retirarse con algunos discípulos a un skit solitario. Entre las muchas propuestas que le hicieron, la elección resultó difícil. León elige el nuevo skit que había sido recién preparado en Optina por el padre Moisés. Pero los hermanos del monasterio de Svirsk no querían separarse del starec, por lo cual León pudo realizar su proyecto solo en 1829. Acompañado por seis discípulos, fue entonces a Optina, justamente allí donde había iniciado su vida monástica.

La formación espiritual del padre León y el camino que lo condujo a la perfección permanecen desconocidos. Se sabe solamente que su obediencia al starec Feodor fue sin límites y que hizo los mayores progresos durante el último año de vida de su director espiritual y amigo y, sobre todo, después de la muerte de éste último. Se puede suponer que León hiciera referencia a su propia experiencia cuando dirige a su discípulo estas palabras:

Un gran sufrimiento, la muerte de aquel que se ama más de entre los que están cerca, impulsa a la persona, así probada por Dios, a orar con todo su propio espíritu. Cada uno posee una fuente de oración, pero, para poder llegar a ella, es necesario un incesante trabajo de profundización, como nos han enseñado los padres, a menos que el “taladro” de Dios nos haga brotar la oración de improviso. [1]

Es algo confirmado que el starec León practicase sin descanso la oración interior.

Alto de estatura, siempre derecho, el starec León, si bien obeso por enfermedad, tenía un andar ligero y el paso seguro de un joven. Dotado de gran fuerza física, levantaba con facilidad pesos de hasta 12 pud (200 kg). Su cabeza recordaba a la de un león, con su melena color gris-amarillenta, con sus ojos grises de mirada penetrante, mientras que de toda su persona emanaba una actitud de fuerza intrépida y de calma majestuosa. Su presencia lograba comunicar a todos los que  lo veían una sensación de tranquilidad, de paz y de alegría interior: los sufrimientos, los pensamientos, que eran causa de turbación, poco a poco desaparecían y los corazones se abrían a Dios. Jamás se vio al starec triste, irritado o impaciente. Su gran rectitud de ánimo no soportaba el énfasis y las palabras untuosas de la piedad convencional. Sabía expresarse en un lenguaje popular muy colorido, siempre acompañado con una cuota de humor. Parece que intentase esconder la propia superioridad con algún chiste para no poner incómodo a los que se le acercaban. Con aquella lengua expresiva que le era propia, trataba de “quimera” cada manifestación demasiado sentimentalista de afecto: “He estado cerca del padre Feodor sin ningún fanatismo –decía- no obstante, interiormente, estaba dispuesto a postrarme a sus pies” [2].

Con la llegada del padre León, el starcestvo puso las raíces en Optina.  El don del starcestvo consiste ante todo en la facultad de “desvelar los pensamientos”. Por efecto de la gracia propia de los starcy, la profundidad de los hombres se abre ante sus ojos, revelando así todos los ángulos más remotos del alma, todos los secretos del espíritu, todo lo que habitualmente permanece escondido a la conciencia de los hombres. La mayor de las veces, en efecto, el hombre no logra conocerse suficientemente. “Nuestras virtudes visibles, más irreales, nos impiden luchar contra nuestros pecados invisibles y, sin embargo, reales”, decía el gran Filaret de Moscú. A menudo uno se hace una falsa idea de sí mismo, uno se fabrica un “yo” artificial, convencional, que sirve de llave maestra en las relaciones con los otros, y aquella máscara termina a menudo por sustituir, nada menos que por nosotros mismos, nuestra verdadera personalidad, tal como ella aparece frente a Dios.

En estas condiciones, la conciencia ciega, ligada por pecados inconfesados, no logra liberarse,  restablecerse mediante el sacramento de la penitencia: los cristianos no saben confesarse y los confesores, por su parte, no están capacitados para ayudarlos. Dirigiéndose a los sacerdotes que confundían la “revelación de los pensamientos” por la confesión, el padre León los reprendía por sus encuentros con sus fieles diciéndoles: “Sé muy bien que ésta es una tarea de ustedes. Pero, díganme, ¿cómo confiesan a su gente? Les hacen a ellos dos o tres preguntas, y ya está. Ustedes deberían conocer sus situaciones, buscar ver lo que turba su alma, dar a ellos un buen consejo, aliviar sus penas. Esto, ¿lo hacen? Seguramente ustedes no tienen tiempo de ocuparse de todo esto. Pues bien, si no nos tuviesen a nosotros [monjes], ¿dónde irían estas personas con sus dificultades?” [4]

No basta absolver los pecados, es necesario restablecer la conciencia, devolver la libertad. Muy a menudo la confesión se convierte en algo mecánico: el sacerdote se dirige a un pecador inexistente, alguien genérico, y no conoce más que pecados abstractos, impersonales. Un starec se dirige siempre a una persona humana, única en su destino, singular en su vocación y en sus dificultades. En virtud de un don especial, el starec ve cada ser tal como lo ve Dios y busca ayudarlo descubriéndole su sentido interior, sin hacer violencia a su voluntad, a fin de que la persona humana, liberada de los obstáculos escondidos, pueda expandirse en la gracia. Para realizar esta obra carismática no es suficiente el conocimiento profundo de la naturaleza humana que deriva de una larga experiencia: es necesario, cada vez, una visión de la persona. Ya que una persona puede ser conocida sólo a través de una revelación. El starec León no preparaba jamás una palabra para decir a los que iban a él, sino que como un relámpago, veía los secretos de su conciencia y pronunciaba las palabras necesarias, según la inspiración de Dios.

El orden de la vida monástica cambió en Optina a partir del momento en el cual el padre León fue a habitar al skit. La celda del starec se convirtió en un centro espiritual del monasterio. El archimandrita Moisés y todos los hermanos iban a él para manifestarle sus pensamientos, para pedirle algunos consejos. Rápidamente una multitud de laicos, proveniente de todas partes, comenzaron a afluir hacia esta nueva fuente de gracia. En 1834, el hieromonje Macario, fue a Optina, se convirtió en un devoto colaborador del padre León. Juntos, los dos starcy recibían a los visitantes, escuchaban sus confidencias y respondían a las cartas de sus hijos espirituales. La influencia del starcestvo se difundía y crecía siempre más. Varios monasterios se pusieron bajo la dirección espiritual de los starcy de Optina.

Pero los adversarios eran numerosos: algunos monjes tachaban de herejía la práctica del “desvelamiento de los pensamientos”, otros protestaban contra los coloquios familiares que un eremita revestido del “megaloschema” [del gran hábito] mantenía con los laicos e incluso con las mujeres. Fue enviado un informe a la autoridad diocesana. Por orden del obispo de Kaluga, el starec León debió abandonar el skit y transferirse al monasterio, con los otros monjes. Le fue también rechazado el derecho de llevar el gran hábito monástico. El padre León sufría con humildad todas estas persecuciones, sometiéndose a las órdenes de la autoridad diocesana sin murmurar. Pero la prohibición de recibir a los laicos no logró jamás separar al padre León de la multitud que corrían hacia él con sus penas.

El abad Moisés se encontró con una situación muy difícil, entre las amenazas del obispo y la propia conciencia cristiana. Un día, pasando por la celda del padre León, ve una multitud de visitantes en torno al starec, que estaban en la puerta. El abad se sintió en el deber de recordar a León la expresa voluntad del obispo. El starec, mostrándole a un paralítico que se encontraba cerca de su celda, le respondió: “Miradlo, está vivo, pero se encuentra en el infierno y yo le puedo auxiliar. El Señor le ha enviado aquí para que se arrepienta, para que yo le revele sus pecados”. El abad, tomado por el susto y la piedad, insistía: “el obispo amenaza con arrestarle”. Pero el padre León replicó: “Y esto, ¿qué me puede hacer? Pueden mandarme a Siberia, pueden quemarme vivo, pero yo no cederé, permaneceré siendo siempre el mismo León. Yo no invito a nadie a venir a mí, pero no puedo echar afuera a los que vienen aquí” [5].

La persecución contra el padre Leonid terminó en 1837, cuando el metropolita Filaret de Kiev, este gran difusor del starcestvo, fue a visitar a Optina, acompañado del obispo de Kaluga. El prelado preguntó al starec por qué no llevaba más el gran hábito monástico. El padre León permaneció en silencio, pero el metropolita le ordenó que se volviera a poner su “megaloschema”. Sin embargo, dos años después, las dificultades volvieron a comenzar. El padre León fue transferido a otra celda, lejos de la puerta del monasterio, para aislarlo de todo contacto con el pueblo. Pero la multitud de personas lo esperaban cada día a la hora en la cual iba a la iglesia: se le amontonaban alrededor, se postraban a sus pies, buscaban tocar sus vestidos. Se esperaban nuevas medidas contra el starec: se hablaba, incluso, de desterrarlo a un monasterio más lejano, al Solovki, sobre el mar Blanco. Solo la enérgica intervención de Filaret de Moscú puso fin al celo inoportuno del obispo diocesano. Tuvo fin, así, las persecuciones contra el starec de Optina.  

La vida del padre León estaba rigurosamente ordenada y ritmada. No dormía jamás más de tres horas. A las dos de la mañana se levantaba para hacer sus oraciones: este era el único tiempo libre del cual disponía. El resto del día recibía a los visitantes, sin jamás interrumpir su trabajo manual: sentado sobre la cama, entrelazaba correas. Comía dos veces al día y en la mesa conversaba con los monjes. Dos veces al mes comulgaba en la iglesia del monasterio. Después del alimento vespertino, los discípulos del starec se reunían en su celda para recitar juntos las oraciones de la tarde y para escuchar la lectura de la epístola y del evangelio.

Un pelegrino, que visitó Optina, dejó un relato muy vivo del encuentro con el starec León y su modo de recibir a los visitantes. El starec, vestido de blanco, estaba sentado entre los discípulos y los visitantes, arrodillados alrededor de él para escucharle. Dirigiéndose a un comerciante, el padre León le pregunta cuál es el objetivo de su visita. Él le responde: “Vengo para buscar sus concejos, padre”. “¿Has hecho lo que te había mandado la otra vez?” “Perdóname, padre, no lo he podido hacer”. Entonces el starec ordena a sus discípulos que saquen afuera a aquel comerciante sin ninguna consideración. En el desarrollo de la escena, el comerciante deja caer una moneda de oro. “Recógela –dice el starec- y dásela al peregrino que está pasando delante del monasterio. Él la necesita”. Interrogado sobre el motivo de su severidad en relación con ese hombre, el starec responde: “Desde hace mucho tiempo este hombre viene a verme. La última vez le he ordenado que dejara de fumar. Me lo prometió. Ahora, no quiere más renunciar a su vicio. Que haga lo que le he dicho, antes de venir nuevamente a pedirme un consejo”.

El starec León curaba a los enfermos y liberaba a los endemoniados ungiéndolos con el oleo bendito de la lámpara colocada ante el ícono de la Virgen de Vladimir. Cuando los que asistían a este escena, asombrados ante el poder de su oración, preguntaban al starec cómo osaba curar a los endemoniados, él respondía con simpleza: “Ésta no es obra mía: Dios otorga la curación a cada uno según su propia fe, por intercesión de la santa Virgen”. A menudo el starec enviaba a los enfermos a la tumba de san Mitrofane de Voronez. Muchas veces ellos recuperaban la salud durante el camino y volvían a Optina para dar gracias a Dios y exaltar el poder que le había dado a su siervo.

En 1841, el padre León comenzó a hablar con insistencia de la aproximación de su fin. En septiembre de aquel mismo año cayó gravemente enfermo y, a partir del 28 de ese mes, no pudo recibir alimento alguno, sólo un poco de agua. Comulgaba cada día y pedía a los hermanos que oraran para que el Señor abreviase sus sufrimientos. El 11 de octubre hizo el signo de la cruz diciendo: “¡Sea alabado Dios! Hoy tendré la gracia del Señor”. A pesar de los sufrimientos, su rostro estaba siempre más luminoso, expresión de una alegría indecible. Las campanas sonaron para el rezo de vísperas: era la vigilia de la fiesta de los Padre del VII concilio. Un novicio dijo al starec: “Padre, ciertamente escucharás el fin de este oficio en el cielo, con los santos Padres”. Comenzó el canto de vísperas: el padre León dio una última mirada al ícono de nuestra Señora de Vladimir, que tenía siempre con él, cerró los ojos y entregó su espíritu [6].


Vladimir Lossky
Gli “Starcy” de Optino
Pág. 87-95
En “Padri nello Spirito” escrito por
Nicolas Arseniev – Vladimir Lossky
Ed. Qiqajon. Comunidad Bose. 1997



[1] Cf. K. Zedergol’m, Zizneopisanie Optinskago starca ieromonacha Leonida (Biografía del Hieromonje León, starec de Optina), Moskva, 1876, p.214 (repr. Platina 1976)

[2] Ibid, p. 89

[3] Ibid p. 66-67

[4] Ibid, p. 66-67

[5] Ibid, p. 62

[6] Ibid, pp. 174-175

martes, 8 de mayo de 2012

Los “starcy” de Optina


(1º Parte)


Los inicios de Optina

El monasterio y el “skit”

El florecimiento del starcestvo ruso comienza después de la mitad del siglo XVIII, alcanza su apogeo en el siglo siguiente y continúa, sin interrupción, hasta la revolución de 1917. Esta tradición espiritual hace su aparición con la renovación de la vida monástica en Rusia en la época en la que el archimandrita Paisij Velickovskij hace renacer el verdadero cenobitismo en los monasterios de Moldavia,  del cual parten sus discípulos, difundiéndose en su patria, sobre todo en las regiones de Kaluga, de Kursk y de Orel. Esta termina – o por lo menos cesa de ser visible a una mirada exterior- en el momento en el cual el monaquismo cenobítico desaparece en Rusia, bajo la revolución.

Numerosos fueron los starcy en el curso de estos ciento cincuenta años sobre toda la extensión del territorio ruso, en los monasterios y en los skit (éramos), pero hubo un solo Optina, lugar de predilección, en el cual la gracia especial del starcestvo se convierte en una tradición local, y en la cual una suerte de escuela carismática formó cuatro generaciones de starcy, hacia los cuales multitudes de personas acudían de todos los ángulos del imperio.

El monasterio de Optina Pustyn [1] se encuentra en la región de Kaluga, a dos kilómetros de Kozel’ sk, sobre la rivera derecha del Zizdra, río profundo y pescoso que bordea el margen de bosques impenetrables. Un transbordador dispuesto por los monjes daba acceso al monasterio. Los abades de Optina no quisieron construir nunca un puente, preocupados por conservar el límite natural que separaba a su monasterio de la vida secular.

Los orígenes de Optina permanecen desconocidos. Se considera que se puede afirmar, sin embargo, que este monasterio existía ya en la mitad del siglo XVI. Bajo el reino “iluminado” de Catalina II –fue la época de la gran desolación de los monasterios de Rusia- Optina no contaba más que con tres monjes. Hacia fines del siglo XVIII, el metropolita Platón de Moscú, de pasada por Optina, impresionado por la belleza del sitio, toma las medidas necesarias para establecer la vida cenobítica en aquel pequeño monasterio silvestre. Pero la época de la gran fama de Optina comienza treinta años más tarde, después de 1821, cuando Filaret de Kiev, que era por entonces obispo de Kaluga, creó un pequeño éramo o skit en estrecha dependencia del monasterio, dedicado a la Degollación de san Juan Bautista. Aquellas pocas celdas aisladas, a trescientos metros de la muralla del monasterio, en la espesura del bosque, debían hospedar a los monjes deseosos de consagrarse enteramente a la vida de oración y de contemplación. Para fundar este nuevo éramo, el obispo Filaret envió a Optina cuatro monjes que por diez años llevaban vida solitaria en el bosque de Roslavl’ bajo la dirección de los discípulos de Paisij, el gran renovador del monaquismo ruso.

A través de múltiples vínculos, los inicios del starcestvo en Optina se conectan a la obra de Paisij Velickovskij que hizo renacer la antigua tradición de Bizancio, es decir la unión indisoluble de la espiritualidad y del saber, de la santidad y de la especulación teológica. Optina lleva a cumplimiento en Rusia lo que Paisij no pudo terminar en Moldavia. En efecto, es el monasterio de Optina el que reemprende, después del 1840, la publicación de las obras ascéticas de los Padres, traducidas por el archimandrita Paisij y por sus discípulos. Continúan los trabajos de Paisij, los monjes realizaron nuevas traducciones, animados por el celo patrístico del gran Filaret de Moscú. Las ediciones de Optina no estaban destinadas a convertirse en la delicia de algunos eruditos, sino que estos textos antiguos, redactados por los grandes contemplativos de Egipto, de Siria y de Grecia, debían ser nuevamente vividos, debían servir de guía en el camino de la ascesis espiritual. La santidad de los tiempos pasados vuelve a la vida, renace en la santidad moderna, bajo la forma del starcestvo, al mismo tiempo tan tradicional y tan sorprendentemente por su novedad.

Optina llegó a contar hasta con unos trescientos monjes antes de la revolución. Ninguno tenía nada como propiedad privada. Los monjes recibían del monasterio todo lo necesario para su vida, alimento, hábito y calzado. Cada uno, también los novicios, tenía una celda propia donde podía dedicarse a la oración, a la lectura, al estudio o bien al trabajo manual. La jornada estaba regulada en base al oficio de oración que ocupaba de siete a ochos horas al día. Ninguna regla formal obligaba a los religiosos a asistir a todos los oficios, cada uno era libre de comportarse según la propia conciencia de monje. El mismo espíritu de libertad permitía a los monjes y a los novicios de disponer según su juicio de las horas que no eran ocupadas por los trabajos de las “obediencias”, impuestas por el abad. No se recurría nunca a mano de obra externa al monasterio: todos los trabajos en los campos, en los bosques y de otro tipo, así como las “obediencias” de la cocina y de los diversos talleres, eran realizados por los monjes y por los novicios. Ninguna obligación, ningún control fastidioso se hacía sentir en la vida de la comunidad de Optina: la disciplina, fundada sobre la confianza, era ejercitada espontáneamente. La presencia de los starcy que habitaban  el skit silencioso en medio del bosque, se hacía sentir en todo. Esta creaba en la vida del monasterio aquella atmósfera específica de recogimiento y serenidad que percibían todos los peregrinos desde su llegada a Optina.

Un pequeño sendero en el bosque conducía al skit. El aspecto exterior de este éramo ha sido recreado con mucha fidelidad  por Dostoevskij en Los hermanos Karamazov. Un pequeño campanario en un estuco rosa sobrepasaba la puerta de ingreso. A los dos lados, fuera de las murallas, se encontraban las “tiendas”, especies de salas en las cuales los starcy recibían a las mujeres, que no tenían el derecho de entrar en el skit.  Un silencio absoluto reinaba en el recinto del éramo, donde un bello jardín lleno de flores multicolores rodeaba a la Iglesia y a algunas celdas. Tal era el escenario en el cual el starcestvo ruso ha producido sus mejores frutos espirituales durante casi un siglo.

Moisés, abad de Optina Pustyn.

No se puede hablar de los starcy de Optina sin decir una palabra sobre el archimandrita Moisés, el “renovador” del monasterio, el fundador del skit, el abad ejemplar bajo el cual el gobierno del starcestvo puso las raíces en Optina. Sin haber sido, propiamente hablando, un starec, el abad Moisés precede a los inicios de la gran dinastía de los starcy que constituyeron la gloria de su monasterio. En este sentido, se puede considerar como el fundador de la tradición espiritual de Optina.

El archimandrita Moisés, en el mundo Timoteo Putilov, nació en 1782 en Borisoglebsk, en el departamento de Jaroslavl’. Su padre, pequeño funcionario del fisco, tenía una piedad austera. Su madre, una mujer simple e iletrada tenía diversos religiosos entre los familiares. La vocación monástica de los pequeños Putilov se hizo sentir desde su juventud. Invitados a Moscú para entrar en el comercio, los dos hermanos Timoteo y Jonás, de diecinueve y catorce años, sufrieron la influencia de una célebre reclusa, la madre Dositea. Por medio de ella, se relacionaron con dos starcy del monasterio de Novospasskij, los cuales eran discípulos por correspondencia del starec Paisij, el renovador del starscestvo. En 1804, los dos hermanos Putilov le dijeron a su padre que habían tomado la resolución de dejar su tarea para servir a otro Patrón. Sin dar otras explicaciones, se fueron ambos a Sarov, donde fueron recibidos como novicios. Jonás permaneció por siempre allí. Él tomó el hábito bajo el nombre de Isaías y, más tarde, se convirtió en abad de Sarov. En cuanto respecta a Timoteo, se lo encuentra en 1811 en el bosque de Roslavl’, en compañía de algunos starcy, discípulos de Paisij, llegados de la Moldavia para traer a su patria el tesoro de la oración espiritual. Con el hermano menor Alejandro, que había venido hacia él un poco más tarde buscando la soledad, Timoteo emite los votos monásticos. Moisés y Antonio (estos eran los nombres de ambos hermanos en religión) permanecieron en el bosque de Roslavl’ hasta 1821, cuando la voluntad de un obispo los dirigirá hacia Optina.

Los diez años pasados en el bosque de Roslavl’ bajo la dirección de los starcy del círculo de Paisij habían formado la personalidad del padre Moisés, el cual había adquirido la concentración, el silencio y el don de la oración incesante. Él debió sobretodo reprimir los impulsos coléricos de su naturaleza ardiente e irascible. Algunos apuntes que él nos ha dejado, una especie de diario, testimonian estos años de trabajo interior. He aquí un pasaje que nos revela las disposiciones de ánimo del futuro abad de Optina:

15 de diciembre de 1819. Durante el almuerzo entendí imprevistamente, cuál es la actitud que tengo que tener en las relaciones con mis hermanos con los cuales vivo la vida comunitaria. Todos los pecados que ellos confiesan o que yo conozco, es necesario que los tome sobre mí y que intente arrepentirme como si fuesen mis propias culpas. Esto para evitar absolutamente el juzgarlos con severidad y ceder a la cólera. Los errores, los pecados y los defectos de mis hermanos estarán sobre mí. [2]

Acompañado por el hermano Antonio y por dos eremitas de Roslavl’, Moisés fue a Optina, donde le esperaba la tarea de fundar un nuevo skit. Ayudado por algunos obreros, los monjes derribaron los pinos, sacaron las cepas, allanaron el terreno, construyeron la Iglesia y las celdas. En 1822 el obispo de Kaluga visitó Optina para bendecir el éramo creado por su especial orden. Moisés pidió al prelado autorización para tomar el gran hábito monástico (el “megaloschema”), pero la respuesta del obispo fue negativa: “La hora no ha llegado todavía”. Al contrario, Filaret propuso a Moisés la ordenación presbiteral. Por seis semanas Moisés se resistió. Al final, el obispo tuvo que recurrir a un argumento extremo: “Si no cedes – dijo-, yo testimoniaré en contra de ti delante del Señor, en el juicio final”. El 22 de diciembre de 1822, Moisés fue ordenado sacerdote y nombrado capellán de Optina. Él continuó con la organización del skit, emprendiendo nuevas construcciones que llevaron grandes gastos. En 1825 debió ir a Moscú para finalmente obtener las subvenciones necesarias para continuar su obra. Fue en aquel momento cuando fue elegido abad.

Moisés tenía cuarenta y tres años cuando se convirtió en abad de Optina, y permaneció con esta carga por treinta y siete años. Durante este período el número de monjes creció prodigiosamente. Los bienes del monasterio se duplicaron respecto al principio. Las grandes manadas de vacas, los frutales, los talleres, un molino, contribuyeron a aumentar las rentas económicas de Optina. Fueron construidas dos iglesias, un refectorio, siete cuerpos conformados por celdas, casa de huéspedes, establos, escuderías y otros servicios y finalmente los muros exteriores blanqueados con cal. El abad creó una biblioteca con abundantes obras de espiritualidad y exaltó la solemnidad de los oficios litúrgicos.

El padre Moisés emprendía siempre grandes obras sin tener los medios necesarios y contando únicamente con la ayuda de Dios. Al inicio de cada nueva obra, las personas “prácticas” le preguntaban: “Padre ¿tiene el dinero?” El abad, sonriendo, mostraba quince o veinte rublos. “¡Pero qué locura! Sus construcciones cuestan miles de rublos”. El Padre Moisés respondía: “Y Dios, ¿lo has olvidado? Si yo no tengo dinero, él siempre tiene”. A menudo pasaba que hubiera poca plata al momento en el cual los obreros reclamaban su paga. Entonces el padre Moisés les pedía a ellos esperar un poco, y las sumas necesarias llegaban por correo, un día o dos después. Si el dinero no llegaba, entonces pedía prestado sin vacilar y pagaba las deudas cuanto antes. Se puede decir que la actividad económica del padre Moisés se basaba totalmente en el evangelio: no preocuparse en absoluto por el mañana, nunca acumular dinero, hacerlo siempre circular y no dejarlo inactivo. Dar a Dios los tesoros terrenos a través de las manos de los pobres.

A veces emprendía grandes trabajos únicamente para proveer a las necesidades de la población. En un período de carestía, durante el cual en el monasterio faltaba pan, Moisés contrata a los campesinos de los alrededores para una serie de nuevas construcciones. Los medios no eran pocos, mientras el abad compraba el pan a precios elevadísimos y daba para vivir a la gente. Alguien de su entorno osó reprenderlo por los gastos exagerados. El archimandrita, habitualmente reservado y taciturno, respondió indignado con lágrimas en los ojos: “¿Cristo nos ha predicado en vano el amor al prójimo? Estas no son palabras para tener solo en los labios. ¿Podemos nosotros dejar morir al pueblo que implora nuestra ayuda en nombre de Cristo? Trabajamos, nosotros, desde el momento que Dios nos ha mantenido su mano generosa. Si él nos provee los bienes, no lo hace para que los dejemos a parte, sino para que podamos dar al pueblo el fruto de sus fatigas. Es el prójimo nuestro sustento.”

Siempre pronto en ayudar a los que estaban necesitados, el padre Moisés pagaba a menudo un precio más alto de aquel que le habían pedido. Un comerciante les vendió un día un barril de arenque, “de primerísima calidad, pero un poco podrido”. El hermano ecónomo constató que el pescado era inutilizable y que necesitaba devolverlo al vendedor. Pero el archimandrita objetó: “Y él, ¿cómo pensás que lo utilizará? […]” Y dejó para sí el arenque. El mismo ecónomo quería despedir al encargado de las estufas que lo había engañado varias veces. El hombre, un pobre campesino, imploraba su perdón, prometiendo corregirse. “No se corregirá nunca, padre –decía el ecónomo-, ¡es un sinvergüenza de primera línea!” El abad montó en cólera: “¿Cómo un hombre quiere corregirse y tú lo tratas de sinvergüenza? ¡Sinvergüenza eres tú!”

En la hospedería del monasterio donde alojaban a los peregrinos y a los visitantes, cada uno pagaba lo que quería, depositando el dinero en una canasta para las limosnas. Un comerciante rico hizo notar al padre Moisés que arriesgaba, de ese modo, el hospedar a una multitud de personas que no habrían pagado nunca por su estadía en el monasterio. “Noventainueve no pagarán nada, pero Dios mandará la número cien que pagará por todos los otros”, respondió el abad.

En su actividad externa, el archimandrita Moisés ha sabido encontrar y poner en práctica los principios de la economía cristiana. Nadie como él sabía “hacer llegar el dinero”, y sin embargo, al mismo tiempo, deseaba más allá de toda otra cosa la pobreza cristiana. “Prefiero morir de hambre antes que poseer alguna cosa”, decía. Sumas grandes de dinero pasaban por sus manos pero sin nunca permanecer un momento sin emplearlas. Después de su muerte, cuando fue abierta la caja donde tenía el dinero, no se encontró más que dos trozos de dos billetes en una hendidura entre las tablas. “Sin dudas el padre no las había conocido –se dijo- de otra forma las habría gastado”.

“Rico en pobreza”, como él decía a menudo, el padre Moisés no exigía nunca una dote para recibir a nuevos monjes o novicios. Él gustaba de recibir en su comunidad a personas enfermas, ciegas, personas “inútiles” de las cuales el monasterio no podía sacar ningún provecho material. Sin jamás hacer sentir su poder, el archimandrita dirigía la vida del monasterio con mano firme. Colérico por naturaleza, había sabido adquirir una gran dulzura en sus relaciones con los hermanos. Si sentía que estaba por encolerizarse, se encerraba en su casa y no se hacía ver hasta que no hubiese encontrado, en la oración, la serenidad de espíritu. Si bien observando cada cosa, el Padre Moisés evitaba actuar bajo el impulso del momento, cuando se trataba de corregir a algunos de sus monjes. Dejaba pasar el tiempo y, más tarde, recordaba simplemente al hermano el error por él cometido. Antes de corregir a un monje, el abad de Optina oraba mucho tiempo por él y se aseguraba que el hermano se encontrara con las disposiciones de ánimo necesarias para entenderlo bien. Tenía una confianza ilimitada en la buena voluntad de los hombres y repetía a menudo las palabras de Juan Crisóstomo: “Solo los pecadores que se encuentran en el infierno con los demonios pueden hacer dudar de la posibilidad de su arrepentimiento”. Evitaba las medidas severas en las relaciones con sus hermanos, diciendo que es necesario siempre esperar que el Señor toque el corazón del hombre.

Si bien poseía todas las cualidades de un gran director espiritual, el padre Moisés se limitaba en el ejercicio de su carga como abad al mantenimiento de la disciplina exterior, de la obediencia y de la buena conducta de los hermanos. En todo lo que respecta a las cuestiones puramente espirituales se hacía a un lado con humildad y cedía al lugar a los starcy. De todo lo que el abad Moisés hizo por Optina en el curso de su vida laboriosa, este retraerse en silencio frente a la autoridad carismática de los grandes padres espirituales fue la obra más notable. Es gracias a él que los primeros dos starcy de Optina, León y Macario, fueron a establecerse en el skit por él creado para recibir a los religiosos consagrados enteramente a la vida de oración. Si el starcestvo se convirtió en el alma misma de Optina, fue por mérito de Moisés que, con toda humildad, subordinó su voluntad a la dirección de los starcy. Toda la vida espiritual del monasterio estaba sometida al juicio de ellos iluminado por la gracia.

Pero los monjes no eran los únicos en beneficiarse de estos dones divinos: tal como hacía con las riquezas materiales, el padre Moisés buscó extender a lo lejos la irradiación espiritual de los starcy, más allá de los muros del monasterio. Esto le atrajo varias dificultades por parte de la autoridad eclesiástica que no querían aceptar que las puertas de un claustro se abriesen mucho a las necesidades y a las preocupaciones del mundo externo. Como todo fenómeno nuevo e insólito, el starcestvo vivió un período de persecución. Fue necesario defenderlo con firmeza, tanto ante los prelados como ante la opinión pública. Gracias al metropolita Filaret de Kiev, Optina al final despuntó. Sin embargo, al defender la obra que él estimaba más allá de todo, el abad de Optina debió sufrir por años toda suerte de pruebas: incomprensiones, reproches por parte de los superiores, intrigas, descontento de algunos de sus hermanos que fueron incluso a denunciarlo a los poderes eclesiásticos como un innovador peligroso. El padre Moisés soportó todo con una humildad cada vez más grande. Al final de la vida, no cesaba de repetir: “Ahora sé que soy verdaderamente el último de todos”.

A los ochenta años, si bien sufriendo un doloroso absceso en la espalda, el archimandrita Moisés no disminuía su actividad. Continuaba dirigiendo el monasterio, teniendo participación en todos los detalles, incluso cuando la hidropesía le obligó a estar en cama definitivamente. Es sobre su lecho de muerte que él recibe finalmente el “megaloschema”, el gran hábito monástico, al cual aspiraba desde la más joven edad y a la cual había debido renunciar por obediencia, para seguir un camino distinto de la contemplación. En el período en el cual estaba en cama, se comunicaba cada día y no cesaba de instruir a sus hermanos., hablando con ellos del starcestvo, fuente de gracias prodigiosas. Cerca de cuatro mil personas pasaron por su lecho para recibir su bendición. Dos días antes de la muerte hizo sacar fuera de la celda a todos los objetos, salvo un ícono de san Tikon de Voronez, que fue puesto frente a él.

Murió el 16 de junio de 1862, a las diez de la mañana, en el momento en el cual era leída en su presencia las palabras del evangelio que dicen: “Porque el Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre, con los ángeles, y dará a cada uno según sus acciones” (Mt 16,27).



Vladimir Lossky
Gli “Starcy” de Optino
Pág. 77-87
En “Padri nello Spirito” escrito por
Nicolas Arseniev – Vladimir Lossky
Ed. Qiqajon. Comunidad Bose. 1997



[1] Pustyn’ significa, literalmente “desierto”, “soledad”. Se designaban así habitualmente a los monasterios situados fuera de la ciudad, la mayor parte en el bosque.

[2] Juvenalij (Polovcev), Zizneopisanie nastojatelja Kozel’skoj Vvedenskoj Optinoj pustyni Archimandrita Moiseja (Biografía del archimandrita Moisés, superior del éramo de la Presentación de la Virgen de Optina en Kozel’sk), Moscú 1882, p. 33 (repr. Platina 1976).

lunes, 7 de mayo de 2012

Enseñanzas prácticas sobre la oración de Jesús y cómo comportarse con el propio starets.




De un tratado del siglo XV

 El abad hace venir a un starets famoso, dice la bendición y le confía a un hermano que hace poco ha sido consagrado pidiéndole que lo guía: “Hermano, le dice, hazte cargo de él como si tú lo recibieses directamente del Evangelio de Cristo para presentarlo un día como víctima pura al Padre celestial”.

Luego dice al discípulo: “Hijo mío, respeta al starets como a tu padre y a tu maestro, sométete a él y sírvelo como si fuese el mismo Cristo. Ponte en sus manos y rompe tu voluntad con la espada de la Palabra de Dios… No se espera de nosotros, hermanos, mostrar insubordinación, sino cumplir las órdenes dadas como si viniesen de Dios mismo, que ha dicho un día a los apóstoles: “Quien los escucha, a mí me escucha y quien los desprecia a mí me desprecia”.

Ved, pues, cuán nefasta es la insubordinación: ¿Cristo no se ha sometido hasta la muerte y muerte en cruz? La obediencia es la segunda escalera hacia el cielo. Ella vale más que el ayuno y que el esfuerzo espiritual del solitario. El ángel de Dios viene a informarse de nuestra obediencia, cuenta cada paso obediente que hacemos para ofrecerlo diariamente al Señor, como gotas de su sudor en la agonía, como la sangre de un mártir, como un perfume suave. Servir al hermano es lo mismo que servir a Dios.

El starets recibe al discípulo de las manos del abad, va a su celda y lo primero que le enseña es la “oración de Jesús”, según las prescripciones de los santos Padres, haciendo correr el rosario y diciendo:

“Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí a causa de mis pecados”.

Se necesita pronunciar la oración de Jesús en voz baja, atentos con cuidado de toda tentación. Luego de cien oraciones se avanza un grano del rosario, después de otras cien otro grano. De este modo, es necesario proceder después de la habitual oración de la mañana y de la tarde. Es necesario ejercitarse en esta oración día y noche.

En el restante tiempo del día es importante murmurar sin parar dos o tres veces, en voz baja, la oración de Jesús reteniendo la respiración, y esto sin parar.

Continúa así orando por todos los lados que vayas, en la iglesia, en tu celda, en el trabajo, durante todo el día, hasta cuando tus ojos se cierren por el sueño. Más tarde, cuando hayas progresado en este ejercicio, siéntate sobre el banquillo de tu celda y realiza el ejercicio según el consejo de los santos Padres, sea orando en voz alta sea hablando a Dios en la mente y en el corazón. Repite sin descanso la oración, murmurando, y también reteniendo la respiración. Y contempla a Dios en tu corazón… Pero si las armas de los demonios vienen a atormentarte con visiones o con fantasías o con el deseo de dormir, mucho más salga el impulso desde tu interior al exterior, sabed bien que todo esto es obra del demonio.

El starets enseña también a su discípulo como debe comportarse en su celda, en qué lugar debe sentarse y cómo dormir.

No es conveniente sentarse en el lugar del starets ni en el lugar de otro hermano. Cuando se comienza a trabajar, cuando se mueve un objeto de un lugar a otro o se cambia y en otras ocasiones también, es necesario decir: “Padre, en el nombre del Señor, dame tu bendición”. Cuando se quiere hablar con el starets en su celda, es necesario hablar solo en voz baja. Cuando se entra o se sale, es necesario hacerlo siempre en silencio.

Es necesario también servir al starets, llevarle la leña a la celda o proveerle una estufa, encender el fuego, atizar la leña, limpiar la celda, llevar agua y verterla en la palangana, abrir y cerrar sin ruido la puerta y finalmente, cuando se ha terminado, pedir la bendición.

Por parte del starets: debe asegurar la educación de su discípulo: después de haber cambiado el hábito y el nombre, el joven tiene el deber de transformar también su vida. Necesitará ayudarlo a renunciar a los hábitos del mundo, a su agitación, para vivir como monje. Necesitará enseñarle a abandonarse a Dios y a tener los pensamientos ocupados en el Único, en Dios. A someter la voluntad al starets, a servirlo en la obediencia como si sirviese a Cristo mismo. El Señor no ha dicho acaso: ¿“He venido no para ser servido sino para servir”? Y sus discípulos, ¿no deben imitarlo?

Cuando la campana de la Iglesia te da la señal de que es hora de trabajar o de orar, ponte la mantia, deja todo con alegría en el corazón y temor de Dios y, haciendo esto, murmura: “¡Señor ten piedad!” Dilo dos veces, luego recita: “Señor Jesucristo, por la intercesión de tu santa Madre Inmaculada, por la fuerza de tu santa cruz redentora, mira la oración de mi ángel custodio y de nuestros santos Padres, colmados de gracia, de Sergio de Radonez el taumaturgo, de Paolo de Obnora el taumaturgo y de todos los santos, ten piedad de mí, pobre pecador y sálvame. Amén.”

Después, si es un día de la semana, arrodíllate tres veces y haz finalmente tres inclinaciones. Ve luego al starets, di la oración de Jesús e implora: “Señor mío, bendice mis pasos hacia el servicio de Dios”. Si el starets no ha escuchado bien o quiere ponerte a prueba, pide su bendición una segunda vez.  Después de haberla obtenido, ve a la Iglesia, sin volver los ojos ni a la derecha ni a la izquierda, mira hacia delante sin apurar ni detener el paso y ten las manos sobre el corazón.

Entra en la iglesia lleno de humildad y temor de Dios, acuérdate que eres un pecador indigno de presentarte ante Dios. Cuando entres en el “paraíso aquí en la tierra” no dejes que tu espíritu se ocupe de las cosas de la tierra. No pienses en otras cosas, sino sólo en el reino de los cielos y en tus pecados. Con lágrimas de arrepentimiento, implora al Señor. Cuando hayas llegado a tu lugar comienza a orar: “¡Señor, ten piedad de mí!” Inclínate y di: “¡Señor, purifícame, porque soy un pecador!” Inclínate nuevamente y recita la oración a la Madre de Dios, inclínate cinco veces diciendo: “Gloria al Padre”. Di después: “¡Señor, ten piedad de mí!” y has dos inclinaciones. Inclínate después hacia el abad o bien, si aún él no está, ante su banco. Haz lo mismo hacia tus hermanos, a la derecha y a la izquierda. Para ponerte finalmente de rodillas haz como sigue: toca el suelo, con las manos y después con la frente, sin decir una palabra, como lo hacen los otros hermanos. No hables con nadie y no te apoyes en la pared.

Cuando, termine el oficio, y vas al refectorio, recita el salmo: “Te exaltaré mi Dios, mi Rey, alabaré tu nombre día tras día, eternamente”. Si no te acuerdas las palabras del salmo, di la oración de Jesús. También en la mesa permanece en silencio para escuchar la lectura, no converses con tus hermanos, no discutas con ellos. No comiences a comer antes que el abad haya pronunciado la bendición. Mientras comes, recuerda que los alimentos son dones de Dios. Come y bebe con moderación, nunca con exceso. No te lamentes de lo que te sirvan. Toma un solo alimento al día, excepto el sábado y el domingo y los otros días en los cuales está permitido hacerlo. No lleves nunca el alimento a tu celda.

Durante el invierno evita dormir después de la comida, ya que las jornadas son más cortas. En verano, dado que las horas de luz duran más, después de comer puedes acostarte una hora o dos. No permanezcas nunca ocioso en la celda. Después de haber pedido la bendición del starets, lee la Escritura, o bien dedícate al trabajo silencioso, con la mente en Dios. Si estás enfermo, no te apresures en acostarte, sino que recita la oración a la Madre de Dios (con tres inclinaciones) y la oración de Jesús. Libera tu mente de todos los pensamientos terrenos y dirígela hacia Dios. Acostado piensa en el juicio final y en la muerte. […]. Esfuérzate en repetir sin descanso la oración de Jesús hasta que te duermas.

En las horas de sueño, si estás despierto haz la señal de la cruz y murmura la oración de Jesús. Si estás atormentado por el insomnio, eleva continuamente tu pensamiento y tu corazón a Dios y recita la oración de Jesús. [Si eres tentado] levántate, inclínate ante el ícono. Allí, como un culpable, vuélvete hacia Dios con lágrimas, arrepentimiento y compunción, recitando la oración indicada para las tentaciones. Ve luego a tu padre espiritual, al starets,  ponlo al corriente de tus desviaciones y de tu combate, luego implora su perdón. […]

Puede también suceder que te visiten fantasías nocturnas, como sucede a todos los monjes, sobre todo a los que no obedecen las directivas del starets o que no han confesado las tentaciones impuras.

Cuando quieras visitar a un hermano en su celda, párate sobre su ventana y recita la oración de Jesús. Si no escuchas responder “Amén”, repite la oración con voz más alta. Si aún no te responde, repite por tercera vez, más fuerte, la misma oración y golpea dulcemente el vidrio, con la punta de los dedos. Si, a pesar de esto, no te responde ningún “Amén”, vete para no molestar a tu hermano. Cuando el hermano, en su celda, responda “Amén” al primero o al segundo llamado de su visitante,  abra la ventana,  asome un poco la cabeza para preguntar humildemente: “¿para qué vienes, hermano?” Entrando con él, en la oración de entrada, haz una inclinación y, si el hermano es más anciano que ti, póstrate profundamente y pídele que te bendiga, antes de exponerle el objeto de tu visita.

Al momento de dejar la celda, haz una nueva inclinación, presenta tus escusas y pide la bendición de aquel que te ha recibido. “Cuando ores a Dios, nuestro Señor Jesucristo y a su Madre Inmaculada, dígnate interceder por mis pecados”. Y el dueño de la celda responderá: “Que Dios, quien ama a los hombres, nos ilumine y nos instruya según su voluntad, a ti y a mí, según su beneplácito. Amén.”


Anónimo del siglo XV

Publicado en esicasmo.it