Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

viernes, 18 de mayo de 2012

El “starec” Macario


Vladimir Lossky
(3º Parte)


El starec Macario, amigo íntimo del padre León, su “segunda mitad”, se asemeja muy poco al primer starec de Optina. León era un hombre del pueblo, rudo, jovial, sin gran instrucción, con una sabiduría “práctica” en la vida espiritual. Macario, de origen noble, era dulce y reflexivo, con un sentido estético muy desarrollado, inclinado al estudio y a la contemplación.

Nace el 20 de noviembre de 1788, en la propiedad de sus padres, en los alrededores de Kaluga. Miguel Nikolaevic Ivanov – este era su nombre de seglar- poseía una rica herencia espiritual: su bisabuelo había tomado el hábito monástico, muriendo con fama de santidad, y sus padres conservaban aquella tradición de santa piedad que había caracterizado a la familia. Miguel vive una infancia feliz en una casa de campo en las cercanías de un monasterio del cual podía sentir las campanas por la mañana y por la tarde. El lugar en que se ubicaba la pequeña propiedad era particularmente bello. Muy ligado a la madre, el niño no la dejaba nunca. Dulce y tímido, evitaba los juegos con los hermanos y amaba sobretodo leer. Era un muchacho enflaquecido, de salud delicada y desde la infancia sufría de insomnio.

A los ocho años Miguel perdió a su madre. El padre, con sus cuatros hijos, se trasladan a una vieja propiedad de la familia, en la provincia de Orel. Miguel hizo sus estudios en la escuela parroquial de Karacev, después continuó en su casa, en la propiedad de su tía. Obligado, como todos los jóvenes de su rango a elegir entre la carrera militar y la de funcionario estatal, Miguel se decide a aceptar un trabajo en la delegación de hacienda. Tenía catorce años. El joven cumplía con escrúpulo el propio encargo y pasaba su tiempo libre leyendo o tocando el violín.

A los dieciocho años, por la muerte de su padre, se retiró para ir a habitar a su propiedad. Pero la vida de encargado del campo no le iba en absoluto, sobre todo con el interés dirigido a los libros y a la música. Miguel no sabía administrar sus propiedades. Sus hermanos querían que se casara y le encontraron un buen partido. Aquel proyecto naufragó y el joven propietario tomó la firme decisión de vivir en celibato. Es de suponer que en ese período alimentó ya el proyecto  de entrar en la vida monástica. Los libros que leía en aquella época, como también el estilo de vida ascética que se había impuesto, dan consistencia a tal hipótesis. En 1810, hacia el otoño, Miguel fue en peregrinación al Monasterio de Ploscanskaja Pustyn’, de donde escribe a sus hermanos comunicándoles su renuncia a los bienes, ya que había tomado la decisión de no volver más a la vida secular.
Ploscanskaja Pustyn’, aislada de todo habitante e metida en el bosque, hospedaba monjes de vida austera. Rico sobre todo en bienes espirituales, este monasterio a menudo no disponía ni siquiera de dinero para vestir a los propios monjes. Los hermanos, vestidos de rudas telas de lana remendada, realizaban todos los trabajos agrícolas. La vida era ruda y pobre. Se ponía mucha atención a la disciplina exterior y a la obediencia.  La “revelación de los pensamientos” y  la dirección espiritual no eran practicadas. El joven novicio se empeñó con todo el ardor en seguir los oficios litúrgicos, convirtiéndose, rápidamente, en un gran conocedor del canto eclesiástico. Después de cinco años de noviciado, en 1815, recibió el hábito monástico y el nombre de Macario. Dos años después fue ordenado sacerdote.

En este período el padre Macario encontró en la persona del starec Afanasij, que había venido a terminar sus días en el Ploscanskaja Pustyn’, un maestro de vida espiritual, muy calificado de ese tiempo y que fue uno de los principales difusores de la tradición del starcestvo en Rusia. El padre Afanasij (Sacharov), que en un tiempo había sido oficial de los húsares, encontró al gran starec Paisij en Moldavia, durante la campaña militar a Turquía, en el tiempo de Catalina II. Convirtiéndose en un ferviente discípulo de aquel gran renovador de la vida monástica, tomó parte en los trabajos de búsqueda y traducción de los textos patrísticos, obra emprendida por Paisij y su grupo. El starec Afanasij llevó a Rusia muchos manuscritos de traducciones realizadas en Moldavia. El padre Macario fue por él introducido en aquella obra considerable en la cual se comenzaban a preparar las primeras colecciones de textos concernientes a la oración y a la vida contemplativa que habrían sido publicados posteriormente en Optina.

Después de la muerte del starec Afanasij, ocurrida en 1825, el hieromonje Macario se sintió nuevamente solo, privado de los consejos de un maestro experimentado. Sin embargo, debió asumir la responsabilidad de la dirección espiritual, ya que en 1827 fue nombrado confesor de los monjes de la Santa Trinidad en Sevsk. Las lecturas patrísticas y, sobre todo, la práctica de la confesión hicieron surgir en su espíritu, siempre atento y vivaz, muchísimas preguntas que permanecían sin respuestas. El Padre Macario oraba a Dios para que le enviase un hombre lleno de sabiduría, que poseyese el don del “discernimiento espiritual”. Este hombre no tardó en venir: fue el starec León que transcurrió seis meses en Ploscanskaja Pustyn’ antes de establecerse definitivamente en Optina en 1829. El padre León consideraba a Macario como su par, y, cediendo a sus súplicas, condescendió en tratarlo como a un discípulo.

Después que el padre León partió, entre los dos starcy se estableció una regular correspondencia. En calidad de decano, el padre Macario debió acompañar a su obispo a San Petersburgo, donde permaneció por un año, añorando, en medio del tumulto de la capital, la paz de su monasterio. Buscó, entonces, liberarse de las preocupaciones administrativas para dedicarse por completo a su verdadera vocación. En 1834, el padre Macario logra finalmente obtener el permiso para retirarse a Optina junto al abad Moisés y al starec León.

Por siete años los dos starcy, León y Macario, si bien tan distintos, guiaron juntos la vida espiritual de los hermanos y de las miles de personas que iban a Optina con sus dificultades y sus penas. En 1836, el starec Macario fue nombrado confesor del monasterio y, tres años más tarde, se convirtió en superior del skit. Siempre sometido por humildad al starec León, no osaba emprender nada sin preguntarle su parecer. Cuando un día no lo hizo, el padre León queriendo poner a prueba la paciencia de su compañero, le dio duros reproches en la presencia de varios testigos. Mientras el starec lo reprendía, Macario, con la cabeza baja, repetía: “Me he equivocado, perdóname, padre, por amor de Dios” y cuando León hubo terminado, se postró ante él [1]. Después de la muerte del starec León, el padre Macario, que había perdido al mismo tiempo al maestro y al amigo, se quedó nuevamente solo, pero ya era capaz de asumir sin dudar la tarea del starcestvo.

Como superior del skit, el starec Macario se ocupó con cuidado de ornamentar sobre todo la iglesia y devolver la dignidad y solemnidad a los oficios litúrgicos y a cuidar la belleza del canto. Dotado de un gusto refinado, logró transformar al skit en un jardín lleno de magníficas flores. Creó también una biblioteca, rica de obras de espiritualidad, donde los monjes podían estudiar los escritos de los padres de la Iglesia. El starec Macario sabía indicar a cada uno de los hermanos la lectura que podía corresponder a su grado personal de crecimiento en el camino espiritual. Organizó diversos talleres en el skit, insistiendo sobre la necesidad del trabajo manual para evitar el ocio. A cada hora del día y de la noche la puerta de su celda estaba abierta a los discípulos que iban a buscarlo para manifestarle sus pensamientos.

Pequeño, delicado, con rasgos irregulares, más bien feos, el starec Macario, tenía sin embargo un rostro luminoso que irradiaba bondad, como si una dulce luz lo iluminase desde el interior. Muy delicado de salud, respiraba con dificultad, como si la respiración le faltase a cada momento. Por este motivo, más que por un defecto de pronunciación, no celebraba públicamente en la iglesia.

A pesar de la enfermedad, el padre Macario era de naturaleza vivaz, no toleraba ningún tipo de apatía o pereza. Tomaba velozmente sus decisiones y exigía una ejecución rápida de las “obediencias” que imponía. En sus prácticas ascéticas, estaba obligado a seguir el “camino medio”, justamente a causa de su débil salud. Es por este motivo que comía de todo pero en pequeña cantidad. Se levantaba a las dos de la mañana y oraba por varias horas seguidas. Hacia las seis, después de haber tomado el té, se ponía en la mesa a traducir o a releer los textos de los cuales estaba preparando su edición o bien escribía cartas, sin descanso. Después de su muerte, la recolección de su correspondencia llenará cinco volúmenes. Estos trabajos eran continuamente interrumpidos por los visitantes que reclamaban un encuentro con el starec. A las once el padre Macario se dirigía al refectorio donde consumía el alimento junto a los hermanos. Luego se reservaba una hora libre durante la cual, caminando solo por el jardín, iba parando para admirar a lo lejos cada flor. Luego el starec retomaba su trabajo. A partir de las dos de la tarde, estando en la hospedería del monasterio, recibía a todos, hombres y mujeres, ya que muchos de ellos eran los visitantes que lo esperaban. Al caer la tarde, el padre Macario volvía a su celda extenuado, sin más fuerzas para decir una palabra. Para descansar escuchaba las oraciones antes de empezar a recibir a los hermanos del skit que cada día iban a verlo. Después de la cena y de las oraciones de la tarde, el starec se ponía a trabajar y, hasta tarde, se podía ver la luz por su ventana.

Como todos los que se unían a la tradición espiritual del “padre de los starcy”, el gran Paisij, Macario practicaba la oración del corazón. Su oración era continua. También cuando dormía sus labios no cesaban de repetir el dulce nombre de Jesús. Por sufrir de insomnio, pasaba muchas veces las horas nocturnas meditando sobre la majestad de Dios y sobre los caminos de la providencia. Raptado su espíritu, entonaba entonces uno de sus cánticos preferidos.

La oración –decía en una de sus cartas- está más allá de todo nuestro obrar, porque ella está en el amor de Dios.
Y para adquirir el don de la verdadera oración, de la oración contemplativa, es necesario superar grandes dificultades, asumir la tarea incesante y penosa de transformar la propia naturaleza.
Más allá de cuáles sean vuestras grandes obras espirituales, no sacaréis mucho provecho si vuestro corazón no ha probado algún dolor.

Escribía a su hija espiritual

Muchas veces te he recordado que no se puede permanecer en el monte Tabor. Es indispensable también el Gólgota. Es peligroso el camino en el cual no se encuentran más que delicias espirituales, sin jamás probar alguna aflicción. Tu vida te parece vana e infructuosa. Este sentimiento es correcto, pero es causado por el orgullo. En efecto, ¿Qué habrías querido encontrar en ti? ¿Los dones de gracia? ¿Las consolaciones espirituales? ¿Las lágrimas? ¿La alegría? ¿El éxtasis del espíritu? Apenas has entrado al monasterio y ya buscas subir al cielo. ¡Qué lejos estás todavía de la inteligencia espiritual! Trabaja, sin buscar adquirir dones… ¿Nos corresponde a nosotros, pues, buscar dones antes de tiempo?... Es una desgracia para nosotros querer siempre encontrar en nosotros mismos la santidad en vez de la humildad… Los santos padres, que han alcanzado la cima de la perfección, estaban convencidos de no haber aún logrado nada y se consideraban los últimos de todos, más bajo que toda creatura.

Para adquirir los dones de la gracia, no se necesita buscarlos. Esto significaría malinterpretar el carácter propio del amor divino, es decir, su gratuidad.

La gracia de Dios se da a todos, pero en medida diferente: nos colma de dones según el grado de nuestra humildad. No busquemos las cosas más altas, sino dejaos guiar por la humildad.

La humildad es también la llave de la oración interior y de todos los dones que la acompañan. El starec Macario no se cansa de repetirlo en sus cartas.

La oración exige ante todo la humildad que se adquiere a través de la tarea de seguir los mandamientos del Señor, hasta que nuestra pobreza se vuelve manifiesta. Los demonios atacan con fuerza a los que practican la oración. La única arma que les opone resistencia es la humildad y es la única que logra vencerlos. Ora con toda simplicidad  y el Señor, el que da el don de la oración, te concederá un día la oración interior.

La fuente de la cual brota el poder sobrenatural que este anciano enfermo tenía sobre los espíritus era justamente de su gran humildad: su palabra, siempre dulce, hacía llorar a los orgullosos, devolvía la esperanza a los desanimados, reconducía a la fe a los no creyentes. Ni siquiera los demonios podían resistir frente a este poder. A propósito se cuenta el siguiente hecho: un hombre de clase culta estaba sujeto a crisis de demencia que estallaban cada vez que se encontraba en presencia de objetos sagrados. Todas las atenciones médicas que había padecido, en Rusia y en el exterior, habían sido impotentes contra una enfermedad de orden espiritual. Finalmente, aquel hombre fue conducido a Optina. Fue dejado en la hospedería del monasterio, mientras le avisaban al starec.  El enfermo, que no había oído jamás hablar del padre Macario, delirando, se puso a gritar en alta voz: “¡Viene Macario, viene Macario!” En el momento en el cual el starec entraba en la habitación, este saltó hacia él y le dio una violenta bofetada. Inmediatamente Macario le puso la otra mejilla. Ante este gesto, el demonio no pudo resistir: el enfermo cayó imprevistamente a la tierra, a los pies del starec y permaneció por mucho tiempo inconsciente. Después se levantó curado [2].

Ante las personas que venían a verlo por curiosidad, el starec Macario permanecía en silencio. Evitaba los argumentos místicos, por una especie de pudor y también para no pasar los límites de la comprensión espiritual de sus interlocutores. Decía:

No es necesario buscar profundizar mucho en la capacidad de comprensión. Dejad a un lado lo que no comprendéis: la mente no está aún purificada, no puede abrazar todo. Contentaos con lo que sois capaces de comprender y esforzaos en ponerlo en práctica. Entonces, lo que estaba oculto, se revelará a vuestra mente.

La irradiación espiritual de Optina  se difundió también con el starec Macario. Si el starec León estaba en contacto sobre todo con los monjes y los campesinos, la influencia de Macario alcanzó a la elite intelectual de Rusia. La publicación  de la vida del starec Paisij en 1846, a la cual le siguió la edición sistemática de las traducciones de los textos patrísticos relativos a la vida espiritual, puso en estrecha relación al monasterio de Optina con el mundo literario y erudito de Moscú. Alentados por el metropolita Filaret, el starec Macario y sus discípulos, publicaron los escritos ascéticos y místicos de Barsanufio y Juan, de Marcos el Asceta, de Isaías de Escete, de Doroteo de Gaza, de Isaac el Sirio, de Máximo el Confesor, de Talasio, de Teodoro el Estudita, de Simeón el Nuevo Teólogo, una vida de Gregorio el Sinaíta, etc. El padre Macario anotaba los textos de los padres para explicar los pasajes más difíciles. Eran las únicas ocasiones en el cual el starec hablaba abiertamente ante sus discípulos de los misterios de la contemplación.

La idea de publicar los manuscritos de Paisij fue dada al starec Macario por su amigo e hijo espiritual, un filósofo del grupo de los eslavófilos, Ivan Kireevskij. El vínculo íntimo que unía a Kireevskij con Optina es muy significativo. Era la época de la crisis del romanticismo, del cual sobrevivirá la religiosidad turbia, en la búsqueda de una salida hacia la fe, hacia la tradición y hacia la iglesia. Convertido por su mujer, con asombro Kireevskij encontró en los escritos de los padres de la Iglesia lo que había soñado desde su juventud, lo que había buscado a través de Schelling hasta Baader. Él encontró en los padres “nuevos principios” indispensables para el desarrollo posterior del pensamiento, en vano buscados por los filósofos románticos del occidente. Se trataba de “aquel principio de vida, de pensamiento y de cultura, hasta ahora inobservado, que está en la base del mundo eslavo ortodoxo”. El método de los padres debe ser redescubierto para suscitar una nueva filosofía fundada en la tradición cristiana, custodiada de manera intacta y viva en la iglesia ortodoxa.

El camino de Iván Kireevskij fue el de un asceta del pensamiento, un camino de renuncia y de vuelta a sí mismo hacia la integridad de la fe reencontrada. Sobre este camino, encontró a Optina y al starec Macario. Kireevskij sometió al juicio del starec todos sus escritos filosóficos y teológicos. Bajo la dirección de Macario, supo realizar en su obra filosófica aquella armonía entre la obediencia exterior y una gran libertad interior que caracteriza el pensamiento ortodoxo. “Nuestra iglesia – escribía Kireevskij- no ha hecho jamás un sistema de pensamiento humano, una ciencia teológica fundada en la verdad. Es por este motivo que no se ha opuesto jamás al desarrollo libre del pensamiento en otros sistemas. Es por esto que jamás persiguió a estos sistemas como enemigos capaces de destruir sus fundamentos.”

El starec Macario, muy unido a los Kireevskij, iba muchas veces a pasar algunos días a la propiedad de ellos que se encontraba a 40 kilómetros de Optina. Muerto en 1856, Ivan Kireevskij fue sepultado en la iglesia del monasterio, junto a la tumba de los starcy.

No se sabe casi nada de la visita de Nicolás Gogol’ a Optina. La carta por él dirigida al monasterio en el verano de 1950 testimonia el estado de ánimo del gran escritor, presa de un trágico desgarro entre su talento demoníaco y la misión de profeta a la cual se sentía llamado: “Pedid a vuestro venerable abad, pedid a todos los hermanos, pedid a los que oran mejor entre vosotros, a aquellos que aman orar, pedid que recen por mí. Mi camino es difícil, mi obra es tal que sin una ayuda manifiesta por parte de Dios, una ayuda dada a cada hora, en cada minuto, mi pluma permanecería inerte. Vanas son mis fuerzas, mas bien no existen en absoluto sin la iluminación divina. Se lo digo de verdad. Rezad por mí, en el nombre de Cristo… Él solo puede, en su misericordia, hacer todo por mí. Él puede hacerme blanco como la nieve, a mí que soy negro como el carbón. Él puede elevarme hasta aquella pureza suprema a la cual debe llegar un escritor que osa hablar de la belleza y de la santidad. Por amor a Cristo, orad. En cada momento, es necesario que mi pensamiento esté más allá de las pequeñeces de este mundo, es necesario que me encuentre siempre en Optina, en la subida al camino sublime de mi peregrinaje.”

Gogol no llegó, como Kireeevskij, a realizar el acuerdo armonioso entre su fe y su talento. El camino de la renuncia se convirtió para él una negación a crear, una condena de toda su obra de escritor, un suicidio moral. Esta alma atormentada, este poseído iluminado, no supo conservar “sobre el camino sublime de su peregrinación” el espíritu sobrio y sereno de Optina y de su  gran starec.

Con Macario, el starcestvo de Optina entra en una nueva fase de su desarrollo: se abre a los problemas del pensamiento, de la cultura, de la vida social y política de Rusia, problemas que serán juzgados por los starcy desde un plano espiritual y profético. El starec Macario seguía con angustia la cercanía de la guerra de Crimea, de la cual Serafín de Sarov había hablado en una de sus profecías sobre los destinos de Rusia. Con la noticia de la caída de Sebastopoli, el starec cae de rodillas ante el ícono de la Virgen y ora largamente en silencio, inundado de lágrimas.

Dos años antes de la muerte, el starec Macario recibe el “megaloschema” o gran hábito monástico. La enfermedad, que le conduciría a la muerte, se manifestó el 26 de agosto, fiesta de Nuestra Señora de Vladimir, el ícono de la Virgen que él veneraba de modo particular. Hasta el día de la muerte, el starec no cesó de recibir a los innumerables hijos espirituales, dando a cada uno una pequeña cruz, un ícono o un libro, como signo de bendición. Quiso ser trasladado de su celda, demasiado estrecha, al locutorio, para pasar las últimas horas en medio de los hermanos, bajo los ojos de numerosos laicos que podían verlo desde la ventana.

Alrededor de sus discípulos, el starec Macario se murió dulcemente una hora después de haber recibido la comunión, el 7 de septiembre de 1860. Era la vigilia de la Natividad de la santa Virgen. El cuerpo del difunto, como había sucedido con el del starec León, permaneció intacto sin ningún olor de descomposición. La corte que lo acompañó del skit a la iglesia del monasterio no tenía nada de fúnebre, hacía pensar más bien en la fiesta de Pascua.



Vladimir Lossky
Gli “Starcy” de Optino
Pág. 96-106
En “Padri nello Spirito” escrito por
Nicolas Arseniev – Vladimir Lossky
Ed. Qiqajon. Comunidad Bose. 1997



[1] Cf. Leonid (Kavelin), Skazanie o zizni i podvigach… starca Optinoj pustyni Ieroschimanacha Makarija, p. 61.
[2] Ibid., pp. 92-93.


lunes, 14 de mayo de 2012

Abba Macario de Escete, Maestro de oración


Lucien Regnault


Cuando se habla de Macario como el “fundador del desierto de Escete”, esto no quiere decir necesariamente que haya sido en sentido cronológico el primer eremita en establecerse, pero sí que ha atraído a sí – como Antonio en Pispir- una multitud de discípulos.

En los alrededores de Escete habían ciertamente, antes de la llegada de Macario, muchos eremitas que vivían en aquel lugar. Un día Macario descubre a dos.

Una vuelta Macario el Egipcio vino al Escete sobre el monte de Nitria para participar de la eucaristía celebrada por abba Pambo. Le dijeron los ancianos: “Padre, di una palabra a los hermanos”. Y él dijo: “Hasta ahora yo no me he convertido en un monje, pero he visto algunos monjes. Una vez estaba en mi celda en Escete y los pensamientos comenzaron a importunarme diciendo: ‘¡Ve al desierto y observa lo que verás allí!’ Combatí el pensamiento durante cinco años diciendo: ‘Quizás venga de los demonios’, pero como el pensamiento persistía, fui al desierto y allí encontré un lago con una isla en el medio y las bestias del desierto iban a beber allí. Y en medio de ellas vi dos hombres desnudos. Mi cuerpo comenzó a temblar porque pensaba que eran espíritus. Aquellos, viéndome asustado me dijeron: ‘No te asustes, nosotros somos hombres’. Les pregunté: ‘¿de dónde venían? ¿cómo habían llegado a este desierto?’ Dijeron: ‘Venimos de un cenobio y estuvimos de acuerdo en salir y venir aquí hace cuarenta años. Somos uno egipcio y el otro libio. También ellos me hicieron preguntas: ¿cómo va el mundo? ¿Desciende la lluvia en el tiempo debido? ¿Goza el mundo de la usual abundancia?’. Les respondí: ‘Sí’, y a su vez les pregunté: ‘¿cómo puedo convertirme en monje?’ Me dijeron: ‘Si uno no renuncia a todas las cosas del mundo, no puede volverse monje’. Les dije: ‘yo soy débil y no puedo vivir como ustedes’. Y me dijeron: ‘si no puedes vivir como nosotros permanece en tu celda y llora tus pecados’. Les pregunté: ‘Cuando llega el invierno, ¿no tienen frío? Y cuando viene el verano, ¿no arde vuestro cuerpo?’ Respondieron: ‘Dios ha dispuesto esto para nosotros: en el invierno no tenemos frío, y en el verano el calor no nos hace daño’. Por esto – concluía abba Macario- he dicho que no me he convertido aún en un monje, pero que he visto algunos monjes. Perdonadme, hermanos”. [1]

A parte del poco tiempo que pasaba en Nitria para participar de la eucaristía de abab Pambo, Macario permanece solo en su celda para orar y llorar sus pecados. Él amaba su soledad. Era un hombre de oración y es comprensible que se haya vuelto rápidamente para sus discípulos un maestro de oración. Entre los apotegmas es el único abba al cual se le hace la pregunta que los discípulos de Jesús habían hecho un día al Señor: “Enséñanos a orar” (Lc 11, 1).

Algunos dijeron a abba Macario: “¿Cómo debemos orar?” El anciano les dijo: ‘No hay necesidad de decir palabras vanas, sino sólo de levantar las manos y decir: ‘¡Señor, como quieras y como sabes, ten piedad de mí!’ Cuando sobreviene una tentación, basta decir: ‘Señor, ayúdame’. Y él sabe qué cosa es buena para nosotros y nos tiene misericordia”. [2]

La pregunta hecha a abba Macario puede sorprender. ¿Los discípulos del gran anciano podían verdaderamente ignorar de qué modo orar? ¿O querían solo obtener de él algunas indicaciones sobre el modo en el cual Macario personalmente tenía la costumbre de orar? Como sea, la respuesta del abba reviste un interés importante. Esta recuerda la enseñanza de Jesús en el evangelio y al mismo tiempo es una confesión personal. Es uno de los apotegmas más simples y más profundos y merece verdaderamente una profundización.

A menudo se ha observado que en los apotegmas se habla poco de la oración, por lo menos explícitamente. El capítulo doce de la Serie sistemática griega, dedicado a la oración continua es uno de los más breves. ¿Cómo se explica este hecho? Ante todo vale recordar que los apotegmas dependen de un género literario del todo especial: son textos fragmentados en los cuales son relatados hechos y palabras memorables justamente por ser excepcionales. En ellos normalmente no se habla de lo que se constituye la trama ordinaria de la vida. Ahora, la oración para un cristiano, y aún más para un monje, es precisamente la actividad más habitual y constante. En segundo lugar, es necesario tener en cuenta el pudor: no se habla de lo que es más íntimo y profundo, como la relación con Dios. Finalmente, es sobre todo la humildad la que le impide al monje mencionar lo que más le arriesgaría a suscitar el orgullo y de provocar en otros la admiración. Y bien, quizás es justamente esto lo que es más de admirar en los padres del desierto: la familiaridad en la relación que habían instaurado con Dios.

Pero, volviendo al apotegma recién mencionado, sea en griego como en latín -de Pelagio- la pregunta es hecha por muchas personas: “¿cómo debemos orar?” En la traducción latina de Pascasio del siglo VI es en cambio un hermano el que pregunta a abba Macario cómo orar [3]. Los apotegmas, en gran parte, han sido respuestas dadas a personas individuales que iban a consultar a un anciano, y probablemente lo mismo sucede aquí. Pero desde el momento en que la respuesta tenía un alcance y un valor universal, la pregunta podía ser atribuida a diversas personas.

Parece que, en los primeros tres siglos, entre los padres estuvo constantemente presente la palabra de Cristo que precede e introduce el Padre nuestro: “cuando oréis, decíd…”, al punto que el problema del “como” orar para ellos no se ponía en duda. Y todos los tratados de oración anteriores al monaquismo no son más que comentarios al Padre nuestro. La pregunta hecha a Macario es probablemente la primera en obtener una respuesta diferente, y, también aquí, como veremos, la respuesta está enteramente inspirada en el evangelio. En ella podemos distinguir: por una parte las palabras de Macario, que dice esto que necesita y lo que no necesita hacer; por otra, la fórmula de oración que él propone, de las cuales una usa normalmente (“Señor, como quieras y como sabes, ten piedad de mí”), y la otra para el momento de la lucha (“¡Señor, ayúdame!”).

Las palabras de Macario

Ante todo Macario se hace eco de la enseñanza de Cristo en Mateo: “No malgastes palabras como los paganos, los cuales creen ser escuchados a fuerza de palabras” (Mt 6,7). No hay necesidad de largos discursos. ¿Por qué? “Vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad aún antes de que les las pidáis” (Mt 6,8).

No se ora para poder dar a conocer, para informar al Señor, él que ve en lo secreto, que conoce de lo que tenemos necesidad, él sabe bien lo que nos sirve.

He aquí lo que no hay que hacer: multiplicar palabras, repetir al infinito toda una serie de pedidos. Y entonces, ¿qué debemos hacer? Levantad las manos: gesto tradicional de la oración que significa que se espera todo de Dios con confianza, convencidos que él nos dará todo lo que necesitamos. Este gesto de las manos elevadas era habitual entre los monjes de Egipto, según el testimonio de Casiano [4]. Elevar las manos al cielo era un gesto de oración ya en el antiguo Egipto. Este extender las manos, este elevar las manos, significaba  para los hebreos llamar en ayuda, implorar el socorro (Jer 50,15; Lam 5,6).

Entonces, Macario dice que es suficiente elevar las manos. La traducción latina de Pelagio agrega “frecuentemente”, “a menudo”, que podría provenir de una versión más antigua [5]. La oración debe ser continua, pero dado que no es posible tener siempre las manos tendidas, es bueno repetir el gesto con frecuencia.

En la Vida de Antonio se lee que una vez el santo se puso de rodillas para orar con las manos elevadas. Estaba en pleno desierto con algunos monjes que morían de sed. Con su oración hizo surgir agua del mismo lugar en el cual oraba [6]. En los apotegmas de Macario no se dice nunca que el anciano elevaba las manos para orar, pero sus dos jóvenes discípulos romanos oraban de ese modo.

La fórmula de oración

Las fórmulas de oración propuestas por Macario son notables ante todo por su extrema brevedad, pero también por el contenido.

Se piensa en primer lugar en la oración más cotidiana, fuera de los momentos de tentaciones, de lucha: “Señor, como quieras y como sabes, ten piedad de mí”. La formula es del mismo Macario, no se encuentra por ninguna otra parte, si bien posee una inspiración evangélica sus elementos particulares.

“Como quieras”, es lo que Jesús dijo en Getsemaní: “Padre mío… no como yo quiero, sino como tú quieras” (Mt 26,39). Podemos también encontrar un eco en el Padre nuestro: “se haga tu voluntad” (Mt 6,10).

Pero en estas primeras dos palabras de la oración de Macario hay una fuerza extraordinaria. Debería ser el punto de partida de toda oración, el presupuesto fundamental. La voluntad divina no se discute, no se puede no tener en cuenta. Nosotros no rezamos a Dios para hacerle cambiar de idea. Sin embargo, ¡cuántas personas conciben la oración de este modo! Macario pone rápidamente una condición de base: el acuerdo pleno de nuestra voluntad con la voluntad de Dios. Usualmente se comienza expresando lo que se desea, añadiendo eventualmente después: “…pero que se haga tu voluntad”. Se debería en cambio comenzar como Macario, diciendo que no se desea más que el cumplimiento de la voluntad de Dios.

“Como quieras y como tú sabes”: la voluntad de Dios no es arbitraria. El Señor quiere el bien y el bien mejor para cada una de sus criaturas. Su ciencia es infalible y perfecta, no se equivoca nunca. Podemos verdaderamente confiarnos a Él.

Uno que ha sabido expresar de modo excelente esta verdad es Doroteo de Gaza. Cuando se tiene un amigo que es leal – afirma- cualquier cosa que este amigo haga, se puede estar seguro que actúa por afecto y por nuestro bien. Con mayor razón es necesario hacer crecer esta certeza en las relaciones con Dios, nuestro creador, que ha querido nuestra existencia, se ha hecho hombre y ha muerto para salvarnos. En efecto, del amigo que tenemos en la tierra nosotros estamos seguros que obra por amor y para nuestra felicidad, pero siempre podemos temer que se equivoque y que esté haciendo un mal queriendo nuestro bien. Dios, en cambio, que nos ama, sabe bien lo que nos es útil, porque él “es la fuente de la sabiduría y sabe cómo ser providente con nosotros” [7]. Nada puede obstaculizar la realización de sus designios.

En otro lugar, en una de sus cartas, Doroteo aconseja a un hermano turbado y oprimido por la tentación orar como Macario. Es necesario gritar hacia Dios: “Señor, como quieras y como sabes, provéeme de esto” [8] Macario, en cambio, en su pedido no solicita más que piedad, la misericordia: eleison. Es el tercer término de la oración: “Como quieras, como sabes, ten piedad”. Recorriendo la historia de la oración de Jesús en su obra Noms du Christ et voies d’ oración, Irénée Hausherr muestra que en los primeros tres siglos que han precedido al surgimiento del monaquismo, la oración cristiana más habitual era un pedido de ayuda y de protección. Cercano a los monjes del siglo IV, se convierte, en cambio, preponderantemente en un pedido de misericordia [9]. Quizás no en Antonio –en ningún pasaje de la Vida de Antonio se encuentra el eleison-  pero si en Macario es la invocación más recurrente, y toda la tradición de Escete mantendrá este primado. Normalmente va a la par con la compunción y las lágrimas: “Permanece en tu celda y llora tus pecados” [10].  Esta consigna que se encuentra ya en Macario se volverá una ley sagrada en los monjes del Escete. Pero aquí hay simplemente el recurso a la misericordia divina o mejor aún al abandono a la misericordia del Señor. Porque en el último de los casos, Macario no pide nada, hace solo un llamado a la misericordia, convencido que el Señor sabe mejor que nosotros lo que nos es necesario e útil.

Normalmente nosotros hablamos de “abandono a la voluntad de Dios”, pero el abandono a la misericordia es más humilde y más verdadero. De lo que tenemos necesidad más que de otra cosa es de la misericordia.

La otra fórmula, el pedido de ayuda es aconsejado por Macario cuando sobreviene una lucha, cualquiera sea el enemigo que nos ataca. En el evangelio se encuentran ambas fórmulas, la invocación de misericordia y el pedido de ayuda:

- la invocación de misericordia de los dos ciegos (cf. Mt 9, 27; 20, 30); el ciego de Jericó (cf. Mc 10, 47; Lc 18, 38); de la cananea (cf. Mt 15, 22); del hombre que pide la curación del hijo epiléptico (cf. Mt 17, 15) de los leprosos (cf. Lc 17, 13);

- el pedido de ayuda de la cananea (cf. Mt 15, 25); del padre epiléptico: “Ten piedad de nosotros y ayúdanos” (Mc 9, 22), la invocación de misericordia y ayuda.

Es normal pedir ayuda cuando se está en dificultad, en la tentación o en un momento de gran desconsuelo, pero también en este caso se debe permanecer en el abandono y la confianza. El Señor sabe si nos es útil continuar la lucha o ser liberados. Puede para nosotros ser un bien tener que combatir por mucho tiempo y duramente como Sara. Lo esencial es que Dios está con nosotros para luchar hasta la victoria final.

La enseñanza de Macario sobre la oración es por tanto breve y simple, pero sustancial. A priori se puede hipotizar que fue su modo personal de orar, pero es importante encontrar una confirmación de esto en el conjunto de sus apotegmas, mientras se pueden a lo sumo hacer emerger algunas indicaciones. Ante todo, sobre el abandono a la voluntad de Dios:

Cuando abba Macario estaba en Egipto, encontró un día un hombre que, viniendo con un animal, le estaba robando lo que poseía. Él entonces se presentó al ladrón como un extraño y lo ayudo a cargar todo en el animal; entonces lo dejó ir con gran paz diciendo: ‘Ya que no tenemos que llevar nada en este mundo, ciertamente nada podemos cargar por el camino. El Señor lo ha dado; ha sucedido como él ha querido. En todo sea bendito el Señor” [11]

El “como quieras” de la oración de Macario aquí es; “como el Señor ha querido”.

En otro apotegma él llama a Dios en ayuda expresando simplemente su desconsuelo:

Contaban de abba Macario el Egipcio que un día salía de Escete llevando cestas y, estando muy cansado, se sentó y oró con estas palabras: “Oh Dios, tú sabes que no puedo más”. Y en seguida se encontró junto al río. [12]

Con la misma simplicidad y la misma eficacia, Macario ora también por los otros, cuando se trata de curar a un enfermo, de liberar a un endemoniado o de resucitar a un muerto:

Había una persona en Egipto que tenía un hijo paralítico, lo llevó hasta la celda de abba Macario y se alejó, dejándolo fuera de la puerta llorando. El anciano se inclinó a mirar y, viendo al muchacho, le dijo: “¿quién te ha traído aquí?” Y él le respondió: “Mi padre me ha dejado aquí y se ha ido”. “¡Levántate y alcánzalo!”, le dijo el anciano. Y él, curado al instante, se levantó y alcanzó a su padre. Y así volvieron a sus casas. [13].

Abba Sisoes contó: “Cuando estábamos en Escete con Macario, yendo un día con él a cosechar con siete personas. Detrás de nosotros había una viuda que espigaba y no dejaba de llorar. El anciano llamó al dueño del campo y le preguntó: “¿Qué le pasa a esta vieja que llora permanentemente?”. El otro le dijo: “Su marido había recibido un depósito, pero murió imprevistamente sin dejar dicho dónde lo tenía guardado. Y ahora el propietario de la suma quiere hacer esclavos a ella y a sus hijos”. Le dijo el anciano: “Dile que venga hasta nosotros, en un lugar en el cual descansemos al respaldo del calor”. La mujer vino y el anciano dijo: “¿Por qué llora siempre así? Le dijo: “Mi marido ha muerto después de haber recibido un depósito y muriendo no me ha dicho donde lo había puesto”. “Muéstrame dónde lo has sepultado”, le dijo el anciano. Y, tomó a los hermanos consigo y fue con ella a ese lugar. Juntos fueron a aquel lugar, el anciano le dijo: “Vuelve a la casa”. Y mientras los hermanos oraban, llamó al muerto y le preguntó: “Dime, tú, ¿dónde has puesto el depósito que te ha sido confiado?” Respondió: “está escondido en mi casa, bajo el pie del sofá”. Le dijo el anciano: “Vuélvete a dormir hasta el día de la resurrección”. Viendo eso, los hermanos cayeron a sus pies consternados. El anciano les dijo: “Esto no ha sucedido por mí, porque yo no soy nada. Dios ha hecho esto por la viuda y los huérfanos. Esto es lo grande, el Señor quiere que el alma esté sin culpa y cuando ella pide recibe”. Fue entonces con la viuda y le dijo dónde estaba el depósito. Ella lo tomó, lo dio al propietario y liberó así a sus hijos. Y todos los que oyeron esto dieron gloria a Dios.” [14]

Estos milagros obtenidos gracias a la oración de Macario muestran a qué perfección había llegado el santo y subrayan por contraste la simplicidad de la oración  tal como él la concebía. El apotegma sobre el cual se basa este capítulo no contiene todos los ruegos que Macario podía haber dirigido a Dios, pero nos entrega seguramente el fundamento común de todas las oraciones, la matriz sobre la cual llegaron a conectarse  sus pedidos particulares. Así por ejemplo, cuando el anciano cae cansado por la fatiga con su carga de canastas y dice: “Oh Dios, tú sabes que no puedo más”, hace un llamado a la omnisciencia de Dios, más que a su misericordia. Es lo que Macario ha seguramente hecho cuando ha orado por la aflicción de la viuda.

Si se ora como Macario recomienda hacer y como él mismo ha hecho, se pude estar seguros de hacerlo realmente en la fe, en la confianza y en la humildad. A la cananea, que pedía a Jesús la curación de la hija en estos términos: “¡Piedad de mí, Señor… Señor ayúdame!” (Mt 15, 22-25), Jesús responde al final: “¡Mujer, realmente es grande tu fe! Se haga como deseas” (Mt 15, 28).

Macario había leído y meditado el evangelio, y ciertamente en su apotegma nos da una respuesta en ellos inspirada. Pero en último análisis tal respuesta es de todos modos bien diferente de la que da Cristo cuando enseña el Padrenuestro a los discípulos. Tal diferencia ha sido subrayada hace mucho tiempo, en el siglo VI, por un monje de la región de Gaza que se preguntaba a cuál forma de oración le debía dar preferencia. Este monje interrogó sobre el argumento al gran anciano, Barsanufio:

Pregunta el anciano: ¿cómo orar? ¿cómo dijo el Señor: el Padrenuestro? ¿O como dijo abba Macario de Escete: “Señor, como quieras, ten misericordia”, y cuando sobreviene la lucha: “Señor, como mandes, ven en mi ayuda? ¿El Padrenuestro es solo para los perfectos?
Respuesta: el Padrenuestro ha sido prescripto tanto para los perfectos como para los pecadores, porque los perfectos, sabiendo de quien se han convertido hijos, se esfuerzan de no caer en este estado; y porque los pecadores, llamando con vergüenza al Padre a quien han ofendido tantas veces, permanecen confundidos y llegan a convertirse. Pero yo supongo que se adapta más a los pecadores porque al decir: perdónanos nuestros pecados es justamente para los pecadores. ¿Qué deudas en efecto tienen los perfectos convertidos en hijos del Padre que está en los cielos? Al decir después: no nos dejes caer en tentación y líbranos del Maligno, equivale a las palabras de abba Macario cuando él decía: “ten misericordia” y “ven en mi ayuda”. [15]

Es conocido que los monjes de Gaza conocían bien los apotegmas, en particular el apotegma de Macario sobre la oración. Lo hemos visto arriba citado en una carta de Doroteo. Aquí, el monje que consulta a Barsanufio parece tener escrúpulos al recitar el Padrenuestro, porque se considera indigno de llamar a Dios con este título. Y se pregunta si el Padrenuestro no está reservado para los perfectos: en este caso, sería mejor orar como hace Macario.

Barsanufio responde sin dudar que la recitación del Padrenuestro ha sido prescrita para todos, perfectos y pecadores, y agrega que incluso ésta se adapta mejor a los pecadores. En cuanto a la oración de Macario, para él ésta es el equivalente del último pedido del Padrenuestro. Del mismo modo, habría podido también decir que el “como quiera” de Macario es equivalente al pedido: “se haga tu voluntad”, pedido a menudo recordado por Barsanufio, que en este ve “la más luminosa enseñanza de nuestro Salvador” [16]. Finalmente, Barsanufio gusta también recordar la palabra de Jesús a la cual se refieren implícitamente el “como sabes” del final del apotegma: “vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad”. (Mt 6, 8) [17].



Lucien Regnault
El desierto habla
Ed. Qiqajon. Comunitá di Bose
Págs. 39-50

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Notas:

[1] Macario el Egipcio 2, en Detti editi e inediti, pp. 277-278.
[2] Macario el Egipcio 19, ibid., pp. 160-161.
[3] Cf. Pascasio di Dumio, Vite dei padri 58, 1. p. 279.
[4] Cf. Juan Casiano, Le istituzioni cenobitiche II, 7,2 p. 140.
[5] Cf. Parole dei padri, edizione latina di Pelagio e Giovanni 12, 10, PL 73, 942
[6] Cf. Atanasio de Alejandría, Vita di Antonio 54, 4 p. 140.
[7] Cf. Doroteo di Gaza, Insenamenti vari 13, 139, in Id., Scritti e insegnamenti spirituali, p. 187.
[8] Id. Lettere 8, ibid, p. 240; la carta está titulada “A un hermano oprimido por la tentación”.
[9] Cf.I.Hausherr, Noms du Christ et voies d’ oraison, Pontificium Institutum Orientalium Studiorum, Roma 1960, p. 316.
[10] Macario el Egipcio 2, en Detti editi e inediti, p. 278
[11] Macario el Egipcio 18, ibid., p. 96.
[12] Macario el Egipcio 14, en Vita e detti II pp. 17-18.
[13] Macario el Egipcio 15, ibid., p. 18.
[14] Macario el Egipcio 7, ibid., pp. 15-16.
[15] Barsanufio e Giovanni di Gaza, Epistolario 140, pp. 204-205
[16] Ibid 40, p.109
[17] Cf. Ibid 38; 109; 262; 360; 384; 544; 778d; 829, pp. 108-109, 178-179, 292-293, 339-340, 355, 445-446, 566-567, 591-592.

Aspectos importantes a tener en cuenta sobre el hesicasmo y la oración de Jesús



Ayudados con textos de valiosos autores intentaremos aclarar algunos puntos que consideramos importantes sobre el hesicasmo y la oración de Jesús.


1-    ¿A qué llamamos hesicasmo [1]?

“El hesicasmo es una forma cristiana de vivir la vida espiritual que hunde sus raíces en los primeros eremitas que se asentaron en los desiertos de Egipto y Siria durante el siglo IV. Un autor define el hesicasmo como un sistema espiritual de orientación esencialmente contemplativa que encuentra la perfección del hombre en la unión con Dios mediante la oración continua [2]. Se le defina como se le defina, el hesicasmo no debe limitarse únicamente a la recitación de la Oración de Jesús, junto con la técnica respiratoria, la postura sedente, etc. Es verdad que en el siglo XIV el renacimiento del hesicasmo en el Monte Athos centró la atención en estas técnicas, pero los rasgos esenciales de esta espiritualidad se desarrollaron mucho antes y se concibieron como un entero modo de vida en Cristo diseñado por cristianos totalmente comprometidos que se esforzaban en los desiertos físicos, por centrarse completamente en una entrega amorosa a la Trinidad que mora en nosotros.  A partir de esta espiritualidad del desierto, el hesicasmo evolucionó al recibir diversas influencias de autores espirituales.” [3]

“En líneas generales se pueden distinguir cinco períodos generales [en la evolución del hesicasmo]: 1) el tiempo de los Padres del desierto; 2) la “escuela sinaítica”; 3) la tendencia de Simeón el Nuevo Teólogo; 4) el hesicasmo athonita; 5) el movimiento “filocálico” de los tiempos más recientes.”

“Si para los monjes el verdadero padre es Antonio, para los hesicastas es Arsenio, que, después de haber dejado el palacio imperial, convertido en anacoreta oyó una voz del cielo que le decía: “Arsenio, huye, calla, permanece tranquilo (hesixaze)”. El ideal que él encarna es recomendado por numerosos monjes de la época patrística.”

“También la espiritualidad de los autores sinaíticos de los siglos VI y VII (Nilo, Juan Clímaco, Hesiquio, Filoteo) se concentra en la custodia del corazón o de los pensamientos en vista de la oración mental. La importancia del pensamiento para el estado del corazón es mejor analizado por ellos que por sus predecesores.”

“Los sinaítas habían predicado las ventajas de la hesychia como preparación a la theoría o “visión” de Dios. Ahora bien, si el Reino de Dios está verdaderamente en el corazón, piensa Simeón el Nuevo Teólogo (+ 1022), nosotros debemos tener conciencia de él. […]”

“En el siglo XIV un Sinaíta, Gregorio, descendió de su montaña para la conquista espiritual del Athos y de los monasterios griegos, balcánicos y rusos. Aunque a su llegada al monte Athos no encontrase más que tres monjes que tenían algunas nociones de oración mental, más tarde reuniría discípulos tan numerosos e influyentes que habría de hacer triunfar muy pronto su doctrina: el renacimiento del ideal hesicasta de la pura contemplación. La “oración de Jesús” era aconsejada con una insistencia del todo particular y su práctica fue acompañada pronto de una verdadera técnica psicosomática. La descripción detallada de esta técnica está registrada en Nicéforo el Hesicasta, así como en Gregorio Sinaíta y en el Pseudo Simeón, que son sus más antiguos teóricos conocidos. La difusión del método da lugar a una viva controversia. Choca con los sentimientos de un humanista, el ítalo-griego Barlaam de Seminaria, llamado el Calabrés (+ 1348). Pero Gregorio Pálamas, futuro arzobispo de Tesalónica (+ 1348), entonces monje del Athos, emprendió la defensa de los hesicastas e introdujo esta oración en su síntesis teológica.”

“Al final del siglo XVIII, después de tres siglos de adormecimiento, la Iglesia de Grecia conoció un renacimiento espiritual cuyos principales artífices fueron los autores de la Filocalia. Este “movimiento filocálico” produce sus frutos, sobre todo en los monasterios de Rumania y de Rusia, cuya piedad fue profundamente marcada por Paisij Velickovskij (+ 1794).”

“Se puede también hablar de un neohesicasmo en época reciente, debido a numerosas ediciones y traducciones en lenguas occidentales de la Filocalia y de los Relatos sinceros de un peregrino ruso a su padre espiritual.”

“Se ve en esta visión panorámica que el hesicasmo es un gran movimiento espiritual que atraviesa toda la historia de la espiritualidad oriental. Los hesicastas dedicaban su vida a la oración; a ellos se deben numerosos escritos sobre la oración, de la que tratan todos los aspectos.” [4]

Para encontrar una breve reseña histórica del hesicasmo y de la oración de Jesús se pueden leer los siguientes artículos ya publicados en nuestro blog:


2-    Oliver Clement. La Filocalia


4-    Elizabeth Bher Siguel. La oración de Jesús. 



2-    Aclaraciones sobre el  método psicofísico en la práctica de la oración de Jesús

“Los hesicastas agregan [a la repetición de la Oración de Jesús] un método físico con el fin de mantener la atención. Una cierta actitud corporal es recomendada a veces: la cabeza inclinada, el mentón apoyado sobre el pecho, los ojos fijos sobre el lugar del corazón. Es necesario al mismo tiempo regular con cuidado la respiración, a fin de ritmarla con la Oración. Esos métodos son descriptos por primera vez en una obra titulada: “Los tres métodos de oración y atención” y atribuida a San Simeón el Nuevo Teólogo (siglo XI) aunque seguramente no le pertenezca. El autor es probablemente Nicéforo el Solitario (siglo XIV) y es muy posible que describa una práctica ya bien establecida en esa época.”

“En muchos pasajes de la antología de Teófano el Recluso e Ignacio Brianchaninov se refieren a esta técnica respiratoria. Cuando la mencionan es, sin embargo, casi siempre con una cierta desaprobación y evitan cuidadosamente hacer una descripción detallada. Esta reticencia desilusiona a muchos lectores occidentales que ven en el hesicasmo una especie de yoga. Lo que ha atraído hacia la Oración de Jesús a muchos no ortodoxos en el curso de los últimos años, y lo que más les fascina, son precisamente esos ejercicios físicos. Esa manera de entender la oración interior no habría sido aprobada ciertamente por Teófano y por Ignacio, que consideraban muy peligrosos el uso indiscriminado de ejercicios respiratorios.”

“Para apreciar en su justo valor el lugar que ocupa el método físico, es necesario tener claro tres puntos esenciales:”

“En primer lugar, los ejercicios respiratorios no son más que un accesorio, una ayuda para el recogimiento, útil para algunos pero no obligatorios para todos. No constituyen, de ningún modo, un elemento esencial de la oración, que puede ser practicada en toda su plenitud sin ellos.”

“Además, esos ejercicios deben ser utilizados con la mayor discreción, pues pueden ser peligrosos si se los realiza mal. En sí mismos, descansan sobre un principio teológico perfectamente seguro y sólido – la unidad del compuesto humano constituído por el cuerpo y el alma-, y  sobre el hecho de que, por consiguiente, el cuerpo tiene un papel positivo que jugar en la obra de la oración. Sin embargo, si tales técnicas son mal empleadas, pueden arruinar la salud e incluso llevar a la locura, tal como algunos lo han constatado recientemente para su desdicha. Esta es la razón por la cual los autores ortodoxos insisten en que aquellos que practican dichos métodos se coloquen bajo la dirección constante de un director espiritual experimentado. En ausencia de starets (e incluso en los países ortodoxos existen pocos que tengan la experiencia requerida), es mejor practicar la Oración en sí misma, sin preocuparse por técnicas somáticas. Según el obispo Ignacio: “Es necesario no intentar practicar esa técnica mecánica, a menos que ella se establezca por sí misma… El método mecánico es ventajosamente reemplazado por una repetición apacible de la Oración; es necesario hacer una breve pausa entre cada invocación, la respiración debe ser calma y apacible, y el intelecto debe estar encerrado en las palabras de la Oración.”

“Finalmente, la práctica de la Oración de Jesús, con o sin la técnica respiratoria, presupone una pertenencia plena y activa a la Iglesia. […] la Oración de Jesús no nos dispensa de las obligaciones normales de la vida cristiana. Teófano y los demás autores suponen que sus lectores son cristianos admitidos en la Iglesia por el bautismo, asistiendo regularmente a la liturgia, confesándose y comulgando frecuentemente. Si dicen poco sobre este tema, no es porque lo consideran sin importancia, sino porque están persuadidos de que cualquiera que se proponga practicar la Oración de Jesús, conoce ya la enseñanza de la Iglesia.” [5]

“Las diferentes técnicas descriptas por los Padres: sentarse, hacer postraciones y las otras técnicas que se usan recitando esta oración, no convienen a todos; son incluso peligrosas si no se tiene una dirección espiritual. Es mejor no  intentar utilizarlas. El único método indispensable para todos, es permanecer con la atención en el corazón. Todo lo demás es accesorio y no conduce a lo esencial. […]”

“La esencia de la oración consiste en permanecer establecido en el recuerdo de Dios y marchar en su presencia. Podéis decir cualquier cosa. Seguid el método que queráis, recitad la Oración de Jesús, haced inclinaciones y postraciones, id a la Iglesia, haced lo que queráis; solamente, recordad constantemente a Dios. […]”

“Es particularmente importante comprender que la oración es siempre un don de Dios, de otro modo se correría el riesgo de confundir el don de la gracia con cualquier otra realización proveniente de nosotros.”
Teófano el Recluso

Sobre este tema recomendamos leer el excelente artículo de Elizabeth Bher Siguel: Uso y mal uso de la oración de Jesús.

Para aquellos que deseen iniciarse en la práctica de la oración de Jesús recomendamos empezar leyendo los siguientes artículos:

1- Un Monje de la Iglesia de Oriente: La práctica de la oración de Jesús

2- Un Monje de la Iglesia de Oriente: La invocación del Nombre como camino espiritual.

3- Un Monje de la Iglesia de Oriente: ¿Cómo transfigurar la vida con la oración de Jesús?

4- Un Monje de la Iglesia de Oriente: El Nombre de Jesús como Eucaristía

5- Un Monje de la Iglesia de Oriente: La oración de Jesús y la vida trinitaria

6- Un Monje de la Iglesia de Oriente: El Nombre y la plenitud total



3-    ¿Qué es el corazón para los Padres del Oriente cristiano?

“Teófano y otros autores, distinguen en el hombre tres elementos: el cuerpo, el alma y el espíritu, que Teófano describe así: “El cuerpo […] provisto de alma viviente. En esta alma se ha insuflado un espíritu, el espíritu de Dios, destinado a conocerlo, glorificarlo, buscarlo y a gustar y encontrar alegría en Él. El alma es el principio fundamental de vida […] Sin embargo, mientras que el alma existe ante todo sobre el plano natural, el espíritu nos pone en contacto con el orden de las realidades divinas. Es la facultad más elevada del hombre y la que nos hace aptos para entrar en comunión con Dios.[…]”

“Fuera de esos tres elementos: el espíritu, el alma y el cuerpo, hay otro aspecto de la naturaleza humana que permanece por afuera de esta clasificación tripartita: el corazón. El término corazón tiene una importancia muy particular en la doctrina ortodoxa sobre el hombre. Cuando, en Occidente, se habla del corazón, se entiende por ello las emociones y los afectos; pero en la Biblia como en la mayoría de los libros ascéticos de la Iglesia ortodoxa, el corazón tiene una significación mucho más rica: es el órgano principal del ser humano, físico y espiritual. Es el centro de la vida, el principio determinante de todas las actividades y todas sus aspiraciones. El corazón incluye igualmente las emociones y los afectos, pero significa mucho más; abraza todo lo que constituye lo que nosotros llamamos una “persona”.”

“Las homilías de San Macario desarrollan esta noción del corazón: “El corazón gobierna todo el organismo corporal y reina sobre él, y cuando la gracia posee al corazón, ella gobierna todos los miembros y todos los pensamientos, pues es en el corazón que se encuentra el intelecto y todos los pensamientos del alma, así como sus deseos. Por su intermedio, la gracia penetra igualmente todos los miembros del cuerpo. El corazón es de una profundidad insondable. Podemos encontrar allí, salas de recepción y dormitorios, puertas y portales, numerosas piezas y pasajes. Se encuentra allí el taller de la justicia tanto como el de la maldad. La muerte y la vida están en él… El corazón es el palacio de Cristo, es allí donde Cristo, nuestro Rey, viene a tomar su reposo con los ángeles y los santos. En él permanece, lo recorre y establece su Reino. El corazón  no es más que un pequeño navío y, sin embargo, allí se encuentran leones, dragones, criaturas venenosas y todos los refinamientos de la maldad. Los senderos rugosos y ásperos y los abismos abiertos. Pero también están Dios y los ángeles, la Vida y el Reino, la Luz y los apóstoles, la ciudad celeste y los tesoros de la gracia. Todo está allí.””

“Así comprendido, resulta claro que el corazón no se confunde con ninguno de los tres elementos constitutivos del hombre, el cuerpo, el alma o el espíritu, pero que, sin embargo, está ligado a cada uno de los tres.” [6]

Para profundizar sobre la noción de “corazón” se puede leer el siguiente artículo ya publicado de Tomás Spidlík sj. La Mística del Corazón




4-    ¿Es lo mismo la oración de Jesús que las técnicas yoga? ¿La repetición de la oración de Jesús es lo mismo que los mantras de otras religiones?  ¿La acción de repetir la oración de Jesús tiene un efecto mágico?

“Actualmente, en Occidente, existe determinada tendencia a objetivar esta oración, a asimilarla a los métodos tomados de los orientales no cristianos (como el dhikr musulmán, el japa-yoga hindú, el nembutsu japonés), en resumen, a aislarla de su contexto eclesial y ascético: el del hesicasmo.” [7]

“El punto esencial de la Oración de Jesús no es el hecho de la repetición en sí misma, no es cómo nos sentamos o como respiramos, sino a quién hablamos; y en este caso las palabras están dirigidas de modo inequívoco al Salvador Encarnado Jesucristo, Hijo de Dios e Hijo de María.”

“La existencia de una técnica física en conexión con la Oración de Jesús no debería cegarnos respecto al verdadero carácter de la Oración. La Oración de Jesús no es sólo un mecanismo para ayudarnos a concentrarnos o a relajarnos. No es simplemente una parte de «yoga cristiano», un tipo de «meditación trascendental », o un «mantra cristiano», aunque alguien haya tratado incluso de interpretarlo de esta manera. Es, por el contrario, una invocación dirigida específicamente a otra persona –a Dios hecho hombre, Jesucristo, nuestro Salvador y Redentor personal. La Oración de Jesús, por lo tanto, es mucho más que una técnica o método aislado. Existe dentro de un cierto contexto, y si separa de ese contexto pierde su verdadero significado.”

“El contexto de la Oración de Jesús es, primero de todo, un contexto de fe. La Invocación del Nombre presupone que el que dice la Oración cree en Jesucristo como Hijo de Dios y Salvador. Detrás de la repetición de un grupo de palabras debe existir una fe viva en el Señor Jesús –en quién es Él y en lo que ha hecho por mí personalmente. Quizás la fe en muchos de nosotros es muy indecisa y vacilante; quizás coexiste con la duda; quizás nos encontramos a menudo obligados a gritar acompañados del padre del niño endemoniado: «¡Creo, pero ayuda a mi poca fe!» (Mc 9, 24). Pero al menos debería haber algún deseo de creer; al menos debería haber, en medio de toda la incertidumbre, una pizca de amor por el Jesús a quien hasta ahora conocemos tan imperfectamente.”

“En segundo lugar, el contexto de la Oración de Jesús es un contexto de comunidad. No invocamos al Nombre como individuos separados, confiando exclusivamente en nuestros propios recursos interiores, sino como miembros de la comunidad de la Iglesia. Escritores como San Barsanufio, San Gregorio el Sinaíta o el Obispo Teófano daban por sentado que aquellos a quienes ellos recomendaban la Oración de Jesús eran cristianos bautizados, que participaban con regularidad en la vida sacramental de la Iglesia por medio de la Confesión y la Santa Comunión. Ni por un momento se imaginaron la Invocación del Nombre como un sustituto de los sacramentos, sino que suponían que cualquiera que la usara sería un miembro practicante y comulgante de la Iglesia. Todavía hoy, en esta época actual de curiosidad inquieta y desintegración eclesiástica, de hecho hay muchos que usan la Oración de Jesús sin pertenecer a ninguna Iglesia, posiblemente sin tener una fe clara ni en el Señor Jesús ni en nada más. ¿Debemos condenarlos? ¿Debemos prohibirles el uso de la Oración? Seguramente no, siempre que estén buscando sinceramente la Fuente de la Vida. Jesús no condenó a nadie excepto a los hipócritas. Pero, con toda humildad y muy conscientes de nuestra propia infidelidad, estamos obligados a considerar la situación de tales personas como anómala, y de advertirles de este hecho.” [8]

“¡La oración de Jesús no es un talismán! Nada en las palabras de la Oración, ni en su recitado, puede, por sí mismo, dar fruto.[…]”

“La oración de Jesús es como cualquier otra oración. Si es más poderosa que ninguna otra es, únicamente, en virtud del nombre de Jesús, nuestro Señor y Salvador. Pero es necesario invocar ese nombre con una fe total y sin hesitación, con una certidumbre profunda de la proximidad de Dios, sabiendo que él ve, que él entiende, que él escucha con extrema atención nuestra demanda y que se mantiene listo para responder a ella y acordarnos lo que buscamos. […]”

“La oración de Jesús no es un talismán. Su poder proviene de nuestra fe en el Señor, y de una unión profunda de nuestro espíritu y de nuestro corazón con él. Si estamos en disposición, la invocación del nombre de Jesús será verdaderamente eficaz; pero la simple repetición de las palabras no significa absolutamente nada.”
Teófano el Recluso.



5-    ¿Podemos o nos corresponde a nosotros cristianos occidentales, de rito latino, conocer e intentar vivir algo de la riqueza espiritual del oriente cristiano?

En Orientale Lumen,  Juan Pablo II,  nos marcaba la importancia de defender el significado de las tradiciones orientales para toda la Iglesia y nos hace un llamado a trabajar y buscar la unión entre los cristianos de oriente y occidente.

“La venerable y antigua tradición de las Iglesias orientales forma parte integrante del patrimonio de la Iglesia de Cristo, la primera necesidad que tienen los católicos consiste en conocerla para poderse alimentar de ella y favorecer, cada uno en la medida de sus posibilidades, el proceso de la unidad.” (n 1)

Nos escribía sobre la necesidad de que los hijos de la Iglesia católica de tradición latina puedan conocer con plenitud el tesoro de la tradición ortodoxa.

“Estamos llamados a mostrar con palabras y gestos de hoy las inmensas riquezas que nuestras Iglesias conservan en los cofres de sus tradiciones” (n 4)

Gracias a este tesoro: “podemos dar una respuesta cristiana más completa a las expectativas de los hombres y mujeres de hoy”. (n 5)

“Creo que una manera importante de crecer en la comprensión recíproca y en la unidad consiste precisamente en mejorar nuestro conocimiento recíproco. Los hijos de la Iglesia católica ya conocen los caminos que la Santa Sede ha señalado para que puedan alcanzar ese objetivo: conocer la liturgia de las Iglesias de Oriente; profundizar el conocimiento de las tradiciones espirituales de los Padres y de los Doctores del Oriente cristiano; tomar ejemplo de las Iglesias de Oriente para la inculturación del mensaje del Evangelio; combatir las tensiones entre Latinos y Orientales e impulsar el diálogo entre Católicos y Ortodoxos; formar en instituciones especializadas para el Oriente cristiano a teólogos, liturgistas, historiadores y canonistas que puedan difundir, a su vez, el conocimiento de las Iglesias de Oriente; ofrecer en los seminarios y en las facultades teológicas una enseñanza adecuada sobre esas materias, sobre todo para los futuros sacerdotes. Son directrices siempre muy válidas, en las que deseo insistir con particular fuerza.” (n 24)

En este ir creciendo en la comprensión y conocimiento de las tradiciones espirituales del Oriente cristiano debemos ser conscientes que:

“La tradición oriental implica un modo de acoger, comprender y vivir la fe en el Señor Jesucristo (…) El cristiano oriental tiene un modo propio de sentir y comprender (…) un modo original de vivir su relación con el Salvador.” (n 5)

La tradición oriental nos enseña a entender la vida espiritual como un proceso de divinización (theosis), de participación en la vida divina, en la cual el poder del Espíritu va deificando al hombre, lo va transfigurando e inaugurando el Reino de Dios en esta tierra.

“Se encomienda encarecidamente que los católicos se acerquen con mayor frecuencia a estas riquezas espirituales de los padre orientales que elevan a todos los hombres a la contemplación de lo divino”. (n 8)

Algunos elementos que caracterizan la espiritualidad monástica del Oriente Cristiano:

En el Oriente, todos los estados de vida (laicos, sacerdotes y monjes) hacen referencia al monaquismo. “El monaquismo no se ha contemplado solo como una condición aparte, propia de una clase de cristianos, sino sobre todo como el punto de referencia para todos los bautizados, en la medida de los dones que el Señor ha ofrecido a cada uno, presentándose como una síntesis emblemática del cristianismo.” (n 9)

1-    “El monaquismo, de modo particular, revela que la vida está suspendida entre dos cumbres: la Palabra de Dios y la Eucaristía:

La Palabra de Dios es el punto de partida del monje, una Palabra que llama, que invita, que interpela personalmente. Cuando la Palabra toca a una persona, nace la obediencia, es decir, la escucha que cambia la vida. Cada día el monje se alimenta del pan de la Palabra. Privado de él, está casi muerto, y ya no tiene nada que comunicar a sus hermanos, porque la Palabra es Cristo, al que el monje está llamado a conformarse. Incluso cuando canta con sus hermanos la oración que santifica el tiempo, continúa su asimilación de la Palabra.” (n 10)

“En el culmen de esta experiencia orante está la Eucaristía, la otra cumbre indisolublemente vinculada a la Palabra, en cuanto lugar en el que la Palabra se hace Carne y Sangre, experiencia celestial donde se hace nuevamente evento.” (n 10)

2-    “A Cristo, el Hombre-Dios, se dirige la mirada del monje: en su rostro desfigurado, varón de dolores, descubre ya el anuncio profético del rostro transfigurado del Resucitado. (…) Y así, formada en esa escuela, la mirada del monje se acostumbra a contemplar a Cristo. La mirada progresivamente cristificada aprende así a alejarse de lo exterior, del torbellino de los sentidos, es decir, de cuanto impide al hombre la levedad que le permitiría dejarse conquistar por el Espíritu. Al recorrer ese camino, se deja reconciliar con Cristo en un incesante proceso de conversión: en la conciencia de su pecado y de la lejanía del Señor, que se transforma en compunción del corazón, símbolo de su bautismo en el agua saludable de las lágrimas; en el silencio y en el sosiego interior buscado y donado, donde se aprende a hacer que el corazón palpite en armonía con el ritmo del Espíritu, eliminando toda doblez o ambigüedad. Este hacerse cada vez más sobrio y esencial, más transparente a sí mismo, puede llevarlo a caer en el orgullo y en la intransigencia, si llega a considerar que eso es fruto de su esfuerzo ascético. El discernimiento espiritual, en la purificación continua, lo vuelve entonces humilde y manso, consciente de captar sólo algún rasgo de esa verdad que lo sacia, porque es don del Esposo, único que encierra la plenitud de la felicidad.” (n 12)

3-    “El recorrido del monje, por lo general, no sólo está marcado por un esfuerzo personal, sino que también hace referencia a un padre espiritual, al que se abandona con confianza filial, seguro de que en él se manifiesta la tierna y exigente paternidad de Dios.” (n 13)

4-    “Precisamente gracias al progresivo desapego de lo que en el mundo le impide lograr la comunión con su Señor, el monje considera el mundo como lugar donde se refleja la belleza del Creador y el amor del Redentor. En su oración el monje pronuncia una epíclesis del Espíritu sobre el mundo y está seguro de que será escuchado, porque esa plegaria forma parte de la misma oración de Cristo. Y así siente nacer en sí mismo un amor profundo hacia la humanidad. (…)De ello da testimonio la experiencia de tantos monjes que, encerrados en sus celdas, infunden en su oración una pasión extraordinaria no sólo por la persona humana sino también por toda criatura, en la invocación incesante para que todo se convierta a la corriente salvífica del amor de Cristo. Este camino de liberación interior en la apertura al Otro convierte al monje en el hombre de la caridad.” (n 14)

5-    “Debemos confesar que todos tenemos necesidad de este silencio penetrado de presencia adorada: la teología, para poder valorizar plenamente su propia alma sapiencial y espiritual; la oración, para que no se olvide nunca de que ver a Dios significa bajar del monte con un rostro tan radiante que obligue a cubrirlo con un velo (cfr. Ex 34, 33) y para que nuestras asambleas sepan hacer espacio a la presencia de Dios, evitando celebrarse a sí mismas; la predicación, para que no se engañe pensando que basta multiplicar las palabras para atraer hacia la experiencia de Dios; el compromiso, para renunciar a encerrarse en una lucha sin amor y perdón. De ese silencio tiene necesidad el hombre de hoy, que a menudo no sabe callar por miedo de encontrarse a sí mismo, de descubrirse, de sentir el vacío que se convierte en demanda de significado; el hombre que se aturde en el ruido. Todos, tanto creyentes como no creyentes, necesitan aprender un silencio que permita al Otro hablar, cuando quiera y como quiera, y a nosotros comprender esa palabra.” (n 16)

6-    “Frente al abismo de la misericordia divina, al monje no le queda más que proclamar la conciencia de su pobreza radical, que se convierte inmediatamente en invocación y grito de júbilo para una salvación aún más generosa, por ser inseparable del abismo de su miseria.” (n 10)




Notas:

[1] “La etimología de la palabra es incierta. Quizá está vinculada a hesothai, estar sentado. En el griego profano, indica el estado de calma, la desaparición de las causas exteriores de turbación o la ausencia de agitación interior. Es también soledad, el retiro solitario. […] Se puede por tanto definir hesicasmo como una forma de espiritualidad basada en la hesichía y cuya orientación es esencialmente contemplativa. Sin embargo, el hesicasta no ve en la paz o en la tranquilidad un fin en sí, como el estoicismo en la aphatheia. La hesychia es, como cualquier otra corriente en el cristianismo, un medio, quizá el medio por excelencia, en todo caso un medio excelente para llegar a la meta, que es la unión con Dios, la oración continua.” Tomas Spidlik. La oración según la tradición del oriente cristiano. Monte Carmelo. 2004. Burgos. Pág.384

[2] Pierre Adnes, “Hésychasm”, en Dictionnaire de Spiritualité (en adelante, abreviado como DS), Paris 1969, T.7, Col 384.

[3] George Maloney sj. La oración del corazón. La tradición contemplativa del Oriente cristiano. Sal Terrae. Salamanca. 2009. pág. 26-27

[4] Tomas Spidlik. La oración según la tradición del oriente cristiano. Monte Carmelo. 2004. Burgos. Pág.381-383.

[5] Archimandrita Kallistos Ware. Introducción. El arte de la oración. Lumen. 2005. Argentina. Pág. 22-23

[6] Ibid, pág.7-8

[7] Olivier Clément. Introducción. La oración del Corazón. De “Un monje de la Iglesia de Oriente”. Lumen. 1990. Pág. 7

[8] Archimandrita Kallistos Ware. El Poder del Nombre. La oración de Jesús en la espiritualidad ortodoxa.