Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

jueves, 24 de mayo de 2012

Teófano el Recluso


Divo Barsotti


Su vida

Jorge  Vasilevitch Gorovof nació el 10 de enero de 1815 en Cernavsk, provincia de Orel, de una madre piadosísima que lo educó en la piedad desde sus primeros años. Pasó de la escuela eclesiástica al seminario y del seminario a la célebre academia eclesiástica de Kiev. Durante estos años sintió más viva en su corazón la llamada de Dios a la soledad y a la clausura. Se hizo monje y cambió su nombre por el de Teófano en 1841. Fue ordenado sacerdote y recibió en seguida encargos y misiones de grave y delicada responsabilidad, que lo preparaban para la dignidad episcopal, que habría de recibir más tarde. Fue, en primer lugar, inspector de la escuela eclesiástica y en 1857 rector de la escuela eclesiástica de San Petersburgo. El fundamento de la educación era para él el amor; los medios, la Iglesia y los sacramentos. Teófano fue un gran educador y supo conquistar el amor de sus discípulos; por otra parte, sentía profundamente la belleza de su misión. "La educación es la más santa, entre todas las demás obras santas", decía con frecuencia. Peregrinó a Jerusalén, en donde permaneció durante algún tiempo encargado de la atención espiritual a los rusos, que acudían en gran número para venerar los santos lugares. Fue elevado al episcopado en 1859, siendo obispo de Vladimir durante tres años y de Tambov durante cuatro. Fue un verdadero pastor de almas en medio de un pueblo casi pagano, sumamente ignorante de Dios. Para dar ejemplo a su clero, se dedicó con toda su alma al apostolado y, especialmente, a la predicación. Sencillo en su vida privada, hacía alternar el estudio con la oración; para descansar, trabajaba en el banco de carpintero o en el torno, gozando también mucho cuando contemplaba el cielo estrellado con el telescopio. En su vida de obispo, procuró ir haciendo cada vez más familiares e íntimas sus relaciones con los fieles y no quería que ningún obstáculo impidiese que el pueblo pudiese acercarse a él; le gustaba también mezclarse con frecuencia entre los fieles, amándolos con una entrega total y un afecto de padre.

Siempre amable y delicado, creía fácilmente en los hombres, aunque con mucha frecuencia éstos le hacían sufrir profundamente, no respondiendo a su confianza o, lo que es peor, valiéndose de ella contra él. Su caridad brilló de manera especial en Tambov en 1860, cuando una terrible sequía hizo particularmente difícil la vida de sus hijos más pobres. El los asistía, los ayudaba como podía, los confortaba personalmente. Y cuando un terrible incendio devastó los barrios populares, reduciendo a cenizas la mayor parte de las casas de su ciudad, Teófano abrió el episcopio, dando cobijo en su casa, que de este modo se convertía verdaderamente en la casa de los hijos, a todos los que carecían de techo donde cobijarse. Ciertamente, no pudo permanecer escondido este contraste entre un obispo, tan nuevo y extraño, y sus otros hermanos en el episcopado, que eran más bien dignatarios y funcionarios del estado que verdaderos hombres de Iglesia y pastores de almas. Lo malo es que esta diferencia de conducta no le proporcionó más que disgustos.

Por otro lado, su amor a los fieles y el amor que las almas sinceramente pobres y los pobres sentían para con él, no lograron sofocar sus aspiraciones de soledad, que ya desde su juventud le habían arrastrado tan imperiosamente hacia el claustro. En 1866 renunció al episcopado y se refugió en la soledad de Vischen, contento de poder dedicarse por completo a la plegaria, de servir a la Iglesia con su estudio y sus escritos y de seguir ayudando a las almas con su correspondencia epistolar. Vivió recluido en este desierto monástico hasta su muerte, acaecida en 1894, renovando el ejemplo de otro gran obispo del s. XVIII, Tijón de Voroney, recluido más tarde en Sadonsk. Durante los últimos veintidós años cesó por completo toda su relación con el mundo, sin ver ni hablar con nadie, aun a pesar de continuar su correspondencia. Sin embargo, no fue nunca un puro místico perdido completamente en Dios: la oración no lo absorbió nunca hasta el punto de hacerlo extraño a este mundo, insensible a las desventuras de los hombres y a sus necesidades. Participaba incluso íntimamente, afectuosamente, en sus alegrías y en sus dolores, sintiendo también la necesidad de estar al corriente de los progresos científicos humanos y de todos sus progresos. Su celda revelaba el vivo interés que sentía por todas las ramas del saber: sus estantes estaban llenos literalmente de libros sobre los más diversos temas, en varias lenguas, y por los rincones se encontraban las cosas más dispares y ajenas totalmente a la vida de un monje: un banco de carpintero, un torno, un telescopio, un trípode para pintar, una máquina fotográfica... […]

Celebraba todos los días la sagrada liturgia y rezaba incesantemente; tras la oración, el trabajo en que ocupaba mayor espacio de tiempo, era la correspondencia. Llegaba todos los días un gran número de cartas al monasterio, unas treinta o cuarenta; a todos les contestaba inmediatamente, sin dejar de responder incluso a las cartas más insignificantes. Respondía con cuidado, sin prisas, con un interés vivo y sincero. Con su correspondencia, Teófano el ermitaño nos ha dejado el documento más amplio y más bello de la dirección espiritual de los staretz; en un lenguaje llano, pero sabroso, ha ido desmenuzando la doctrina espiritual de oriente, haciéndola accesible a todas las almas con la practicidad de sus consejos, siempre adaptados a las necesidades de todos. No dejó de trabajar ni de escribir, mientras se lo permitió su salud, que nunca fue muy buena, pero que poco a poco se iba minando y consumiendo más todavía por las penitencias y austeridades ascéticas. Durante sus últimos años estuvo muy enfermo y se quedó casi completamente ciego. Nunca se quejó. Murió el 16 de enero de 1894 plácidamente, con la plegaria en los labios. Permaneció expuesto durante seis días sin dar ninguna señal de corrupción.

Sus obras más importantes, además de sus cartas, son varios libros de exégesis sobre las cartas de san Pablo y sobre los salmos, los esquemas de su predicación, El camino para la salvación, y ¿Qué es la vida espiritual?

Su doctrina

Teófano ocupa en la iglesia rusa ortodoxa un lugar análogo al de san Francisco de Sales en la iglesia católica. Es el doctor y el maestro por excelencia de la vida espiritual. Como el del obispo de Ginebra, el mensaje de Teófano el recluso es más bien ascético que místico. […]

Es el teólogo más célebre, juntamente con Filaret de Moscú, de todo el s. XIX y su palabra tiene una autoridad universalmente reconocida. Lo mismo que san Francisco de Sales con la Filotea y con el Teótimo, él nos ha dado en su Camino de la salvación un directorio ascético y místico de gran valor, que acompaña al pecador desde el momento en que empezó a despertarse su conciencia, hasta que llega a las cumbres de la perfección cristiana. Lo mismo que san Francisco de Sales, él le da una gran importancia a los sacramentos, en este caminar del alma: su mística es una mística sacramental. La confesión y la comunión eucarística son los medios fundamentales para conseguir la perfección; la comunión incluso es el tipo de esta perfección sobrenatural, que consiste en el reino de Dios dentro de nosotros.

Como san Francisco de Sales, Teófano concede una gran importancia a las jaculatorias, aunque no las conoce con este nombre: estas breves oraciones tienen la finalidad de no dejar que se apague en el corazón el fuego de la caridad, de dejar que este fuego vaya penetrando lentamente en el alma durante toda la jornada y la vaya transformando en una continua oración. Sobre todo, lo mismo que san Francisco de Sales, Teófano el ermitaño quiere la santificación de la vida seglar, extendiéndola a los comerciantes, a los padres de familia, a los empleados del estado, e invitándoles a todos ellos a la perfección cristiana.

"Abandonar el mundo —escribe— significa abandonar todo lo que es carne, vanidad, y pecado. Pero no significa, ni mucho menos, huir de la familia o de la sociedad, sino huir de las costumbres, de los hábitos, de las exigencias contrarias al Espíritu de Cristo".

Teófano es, sin embargo, mucho menos humanista que san Francisco de Sales; tiene un acento más pesimista, insiste más frecuentemente en la muerte, en el temor, en el despego de las cosas. Si no es más austero y más duro, la verdad es que resulta menos embriagante. Su lenguaje, cuando se dirige directamente a las almas, tiene una humilde sencillez que conmueve y persuade; no exalta los sentimientos, sino que los aplaca. El alma, bajo su dirección, crece únicamente en humildad, en humilde abandono.

Teófano el recluso no se forja ilusiones sobre los hombres: su experiencia pastoral le ha enseñado que una vida cristiana profunda es casi siempre fruto de una íntima conversión a Dios, de un retorno. "El bautismo es el principio de la vida cristiana, pero ya que son poquísimos aquellos que saben conservar la gracia divina recibida en el bautismo, la penitencia se ha convertido en la fuente casi universal de una verdadera vida cristiana". Según la doctrina ascética antigua, a la que también permanece fiel Dante en la Divina Comedia, el staretz nos recuerda que "la palabra divina representa ordinariamente al pecador como a una persona que está sumergida en un profundo sueño. La señal característica de esta inmersión en el sueño —añade— no es siempre la depravación, sino más bien —como nos lo dan a entender los evangelios— las preocupaciones excesivas de la vida terrena, que no dejan lugar al pensamiento de nuestra propia salvación". El hombre está como ausente de las cosas divinas, lo mismo que si no existiesen; y su alma vive únicamente para la vida presente, preocupada únicamente de las cosas de aquí abajo. No puede despertarse de este sueño espiritual más que con la gracia de Dios. "El despertarse del pecador de esta ceguera o sueño espiritual se debe únicamente a la gracia divina que toca su corazón, haciéndole ver su deplorable estado y haciéndole sentir el peligro en que se encuentra".

"En la parábola del hijo pródigo se nos indican los sucesivos momentos de este despertar:
1) el pecador vuelve sobre sí mismo; 2) decide dejar su vida pecaminosa; 3) finalmente, el pecador se arrepiente.
1) Entonces, entrando dentro de sí mismo, dijo...; 2) me levantaré e iré a casa de mi padre; 3) le diré: Padre, he pecado... Y el padre entonces lo cubrió con un nuevo vestido, concediéndole la gracia, que es la vestidura espiritual del alma, y preparándole la cena de la eucaristía".

Los tres estadios de la vida espiritual son para él la invocación a Dios, la purificación y la santificación del alma. El que emprende su camino hacia Dios, necesita ante todo un gran coraje.

"La vida cristiana, desde sus primeros pasos, se va encontrando con obstáculos de naturaleza diversa, y que van siendo cada vez más numerosos a medida que avanza. Todos los que emprenden este camino tienen que armarse de un firme tesón, decididos a avanzar sin que la lucha y los obstáculos que les esperan, puedan asustarles". Pero lo que es necesario ante todo es no descorazonarse jamás; esto sería lo más peligroso. "El combate espiritual nunca debe interrumpirse; hay que volver a emprender de nuevo la lucha constantemente, sin reposo alguno. ¿Has caído? ¡No hay que desesperarse! Vuelve a levantarte con el firme propósito de no volver a caer y emprende de nuevo animosamente la lucha".

Todo depende de la libre decisión del hombre: Dios mismo aguarda esta decisión, ya que la gracia divina no violenta de ningún modo, en lo más mínimo, la voluntad del hombre, sino que adquiere su eficacia en el libre consentimiento de la voluntad. Las expresiones de Teófano no resultan ciertamente muy precisas a veces para la teología occidental, tan ejercitada en las disputas sobre la gracia y el libre albedrío, pero no debemos ser muy severos con él. En general, la teología oriental de la gracia tiene un valor más directamente pedagógico y ascético que científico; por eso, los orientales insisten mucho en la libertad humana y dan mucho peso a la libre decisión del hombre en la obra de su justificación. Sería, sin embargo, injusto acusarlos de pelagianismo. "Desde el momento en que la gracia divina toca su corazón, el pecador se encuentra en un estado entre el pecado y la virtud. A él le toca ahora la elección definitiva, ya que, como dice san Macario de Egipto, la gracia divina no obliga lo más mínimo a su voluntad para hacerlo inmutable en el bien, sino que da lugar a la libertad, para que vea si la voluntad del hombre es, o no, conforme con la gracia divina. De esta decisión brota la unión de la gracia con la voluntad humana. Por sí mismo, el hombre no puede realizar ningún bien. Todo consiste por tanto —concluye Teófano— en la firme decisión del pecador". Es cierto, de todas maneras, que si el hombre no puede ni siquiera querer el bien sin ayuda de la gracia, como nos dice san Pablo y nos enseña la doctrina católica, esto en definitiva se debe al hecho de que la libertad del hombre es algo incomprensible si se la considera como un poder de independencia de Dios. Ya no puede querer el bien sin ayuda de Dios, ya que sin Dios ni siquiera puedo querer; es él el que crea y hace mi libertad. El hombre puede querer el mal solamente, ya que queriendo el mal, niega su libertad y se convierte en esclavo. El hombre que quiere el mal, lo que hace propiamente es "no" querer.

La vuelta del hombre a Dios es, desde luego, laboriosa. Antes de que la gracia divina venza al pecado, triunfe de todas las resistencias y se inicie para el pecador la nueva vida, ¡cuántos esfuerzos hay que realizar! Tampoco estas palabras de Teófano, tomadas en su significado más inmediato, podrían aprobarse: incluso en sus primeros movimientos hacia Dios, es la gracia la que solicita al hombre y lo empuja íntimamente. No es ciertamente el hombre el primero en moverse: Dios será siempre el que nos ame primero. El ha sido el primero en amarnos, nos dice el apóstol san Juan. La gracia precede a la voluntad del hombre; el hombre debe a la gracia divina toda su vida espiritual. Pero lo que quieren las palabras de Teófano de Tambov es exhortar al pecador, aconsejarlo y ayudarlo en sus primeros movimientos hacia Dios, cuando tras haber escuchado su voz misteriosa y secreta en el fondo de su corazón, se dispone a responder. "Es preciso saber —nos escribe— que la gracia divina no viene siempre inmediatamente en nuestra ayuda: testigo de ello es el bienaventurado Agustín que tanto combatió y que solamente cuando llegó la gracia divina, consiguió vencer al pecado. También tú tienes que llamar a todas las puertas de la misericordia divina, y entonces se te abrirán. Pero pon en ello todo tu fervor: frecuenta la iglesia, lee la palabra divina, ayuda todo cuanto puedas a los desgraciados, reza, llama, y la gracia divina, al ver tu fervor, bajará a tu corazón y dará de este modo comienzo a tu nueva vida. Como sentimiento fundamental has de tener siempre presente tu nulidad. Cuando este sentimiento se haya hecho en ti algo así como tu segunda naturaleza, entonces habrá llegado el momento de tu ascensión".

Son muchos los textos luminosos de Teófano que nos enseñan la necesidad de la gracia para cualquier obra saludable. Incluso afirma explícitamente la impotencia absoluta del hombre en la obra de su salvación. Solamente en Cristo está toda la potencia del hombre, su salvación, su santidad. "Estos dos puntos —dice certeramente Arseniev a propósito de la doctrina de Teófano—, exigencia de una actividad espiritual extrema, de una lucha constante y decidida, y convicción fundamental de que la salvación no está más que en él, en nuestro Señor Jesucristo, sin el cual no somos capaces de nada, no se excluyen de ningún modo. Estas disposiciones crecen y se van agrandando juntamente hasta la síntesis viviente de la vida en Cristo".

Esta es también la doctrina católica pura y verdadera. Resulta hermoso saber que precisamente el doctor más autorizado de la espiritualidad rusa esté tan cerca de nosotros, que habla nuestro mismo lenguaje. Esto nos anima a considerar con una atención más respetuosa y más favorable algunos otros textos que podrían desconcertarnos y turbarnos a primera vista. "Nuestra salvación está enteramente en las manos del Señor —dice el recluso de Vischen— y él salva a todos los que acuden a sus brazos. Sólo escapan a la salvación aquellos que quieren salvarse solos, con su propio esfuerzo". "La ayuda de Dios está siempre dispuesta y a mano, pero se le concede solamente a los que la buscan y se esfuerzan en obtenerla; sólo cuando éstos han agotado todos los medios y lo invocan con todo su corazón, es cuando pueden obtenerla. Mientras quede la más mínima confianza en nuestros propios recursos, el Señor no interviene, como si dijese: ¿Tú esperas llegar por ti mismo? Bien; aguarda un poco...; puedes aguardar todo lo que quieras, que no llegarás jamás". Y con un lenguaje lleno de sabor y de vida, que tanto recuerda al de san Francisco de Sales, Teófano escribe: "Todo el que tienda a la vida espiritual, no puede nunca decir: yo haré esto, yo alcanzaré lo otro. Ya puedes esforzarte y fatigarte, lo mismo que el pez que golpea con la cola sin descanso contra el hielo que lo aprisiona. Sólo recibirás lo que le plazca al Señor, lo que él quiera darte, y cuando a él le parezca". La ascensión del alma depende, pues, de su abandono total en las manos de Dios, traducido en una aspiración hacia él que se va haciendo cada vez más imperiosa, más exigente y más viva. El alma debe llamar, porque sabe que todo depende para ella de la gracia divina. Llamar, buscar a Dios, aspirar a él.

"Al principio, esta aspiración es solamente algo buscado, pero poco a poco se va haciendo real, viva, espontánea, dulce, irresistible. Una aspiración semejante nos asegura de que estamos verdaderamente en camino hacia Dios, de modo que acabaremos teniendo la paz y el gozo del Espíritu Santo".

Lo mismo que los mayores místicos del catolicismo, Teófano ve también la cumbre de la vida mística en el abandono perfecto del alma en Dios: en la cima más elevada de esta unión está la flor del abandono, o mejor dicho, el abandono es la condición para la unión y la medida de su intimidad, ya que la unión se lleva a cabo haciendo vivir en nosotros puramente la voluntad misma de Dios. "Condición esencial para no retroceder en el camino es el abandono completo de nosotros mismos en las manos de Dios, esto es, la renuncia a nuestra propia voluntad para que obre por medio de nosotros la "voluntad divina". El staretz recuerda a este propósito las palabras del gran Serafín de Sarov: "Cuando Motovilov quiso darle las gracias a Serafín por su curación, éste le contestó: Castigar o curar, hacer bajar del cielo o subir a él, no es obra de Serafín, sino únicamente de Dios. Dale gracias a él. Yo, pobre Serafín, he puesto mi voluntad en sus manos; no hago más que lo que él quiere". En el hombre es el mismo Dios el que vive y obra. Sin embargo, esta pasividad no excluye la libertad del hombre; ésta es incluso la suprema actividad del Espíritu, como bien comprendía Teófano. "La libertad no queda anulada —escribe—, sino que permanece, ya que la renuncia a la propia voluntad es un acto que siempre se renueva y se repite continuamente". El vértice de la vida espiritual es esta vida de Dios en el hombre, esta muerte del hombre en Dios. La santidad más excelsa es la humildad sin fondo: un perderse a sí mismo en Dios, un eclipsarse en la luz divina. En la insistencia de Teófano en la humildad tenemos el testimonio más elocuente de que él había conocido verdaderamente aquella humildad incontenible que acompaña siempre y es la señal más característica de las elevadas experiencias espirituales. "En esto consiste la vida del Espíritu, verdadera y divina. Esta es la unión viva, la vida en Dios... El rasgo característico es el siguiente: cuanto más alto sube uno, más fuerte siente su propia nulidad. Nada resulta más dañino que el pensamiento de que ya he llegado y puedo echarme a dormir". "Si uno permanece en este pensamiento orgulloso, caerá sin dula alguna, lo mismo que uno que se encuentra a cierta altura y, al volverse a mirar hacia abajo, siente vértigo y se hunde en el precipicio. La ascensión, por tanto, debe ir siempre acompañada de la más grande humildad. Tenemos que alcanzar un ideal muy elevado: Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial... Todas las reglas, los consejos, las plegarias, no son más que una ayuda para facilitar la penosa, pero bendita subida hacia la cima, en donde el alma encuentra su unión con Dios. Lo que allí siente el alma no puede explicarse, porque se trata de algo escondido, como Moisés, por encima de las nubes. Pero Jesús lo definió cuando dijo: En vosotros está el reino de Dios".

La representación de la vida espiritual como una subida es común a todo el cristianismo: baste pensar en La escala del paraíso de san Juan Clímaco y en La subida al Monte Carmelo de san Juan de la Cruz. Pero la doctrina espiritual de oriente vio, ya desde los tiempos de san Gregorio de Nisa y del pseudo-Dionisio, más particularmente en la subida de Moisés al monte Sinaí, el tipo de la subida espiritual del hombre que se encuentra con Dios. Teófano ha permanecido fiel a esta idea.

Consejos prácticos

En sus consejos prácticos el staretz se nos revela como un hombre de una discreción y una prudencia exquisita, que justifica plenamente el alto concepto que de él han tenido los rusos, como maestro de vida espiritual. El quiere que el alma que ha cometido un pecado se apresure a purificarse y a resucitar mediante el sacramento de la penitencia: el alma no puede descansar en el mal. "Cualquier pecado que pesa sobre la conciencia, tenemos que apresurarnos a borrarlo con la confesión. Lo mejor sería no llevar esta carga en el alma ni un solo día, ya que el pecado aleja la gracia divina, detiene los impulsos, hace difícil la oración, enfría el alma". Quiere que el cristiano se acostumbre a hacer todas las noches el examen de conciencia y que confiese con humildad a Dios todo lo que ha hecho durante el día poco conforme con su voluntad, para estar de este modo dispuesto siempre a presentarse al juicio divino. Aconseja además que, viviendo en medio de una continua pero dulce vigilancia sobre sí misma, el alma confiese en seguida a Dios cualquier mal pensamiento o acción, con humilde sentimiento de compunción interior, invocando su perdón. La espiritualidad de Teófano, aun sin ser austera, conserva sin embargo un acento de seriedad meditada y conoce las exigencias de la mortificación y de la cruz. "La muerte acaba con todo: no dejes de pensar en ella", nos aconseja con solemnidad y gravedad. Es menester que el alma tenga siempre delante de sí a los novísimos: la muerte, el juicio, el infierno, el paraíso. Quiere sobriedad en la comida y en la bebida; quiere también que el alma cultive el silencio. "Debes tratar a tu cuerpo lo mismo que una madrastra al hijo que no es suyo". Exige el despego interior de todas las cosas: "Haz la experiencia de no dar ningún valor a todo lo que te rodea. Así, si te quitan alguna cosa, no debes entristecerte por ello". Siente especial predilección y recomienda a los demás la humildad y la paciencia, que representan para él la "vestidura divina" que siempre debe llevar el alma consigo. En esta espiritualidad parece que solamente queda de positivo la aspiración a Dios: una aspiración que lentamente invade toda la vida, la va llenando, para transformar luego la vida misma en una continua oración. La oración parece ser para Teófano el deber fundamental del cristiano; no consiste solamente en musitar palabras, sino más bien en un sentimiento de atención a Dios; este sentimiento de la presencia divina es el que debemos procurar conservar en nosotros de todos modos. "Lo más importante es que tú camines en la presencia de Dios, o bajo su mirada, con el sentimiento de que Dios tiene sus ojos sobre ti y penetra en tu alma, en tu corazón. Este sentimiento es la palanca más poderosa para promover la vida interior".

Toda la sencillez y toda la humildad de la enseñanza de Teófano el recluso se manifiestan en estas palabras llanas, pero impregnadas de dulzura. "El fruto más grande de la oración no es el fervor o la dulzura interior, sino el temor de Dios y la contrición. Este sentimiento debemos conservarlo siempre firme en el corazón, vivir en él y respirar de él".

En la Dobrotoliubie [Filocalia] está el secreto de la perpetua oración: "Siéntate silencioso y solitario, inclina la cabeza y no vuelvas a los lados tu mirada; respira más dulcemente, vuelve dentro de ti mismo y recoge tus pensamientos en tu corazón. Y a cada respiración, moviendo dulcemente los labios o solamente en tu espíritu, repite: Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí. Esfuérzate por apartar todo otro pensamiento, conserva una calma paciente y repite este ejercicio". Este método pertenece realmente a la más genuina tradición espiritual rusa: importado del Monte Athos, fue divulgado y popularizado por el más ilustre monje del s. XV, Nilo de Sora. Desde entonces, la invocación a Jesús fue la plegaria por excelencia. Teófano el recluso, cuando habla de la oración continua, quiere hablar de esta invocación que es "la más poderosa de todas por el nombre de Jesús que se pronuncia con fe".

Sin embargo, más todavía que la fidelidad a las palabras le importa a Teófano la calma, la absorción del alma en la paz y en el silencio. "Lo más importante es que nos pongamos delante de Dios y que lo invoquemos desde la profundidad del corazón. Eso es lo que tienen que hacer todos los que buscan el fuego de la gracia; en cuanto a las palabras o la postura del cuerpo durante la oración, son cosas secundarias; lo que Dios mira es el corazón". El alma tiene que rezar sin apresurarse, dejarse absorber por el sentimiento íntimo de la presencia divina y procurar no perder, ni siquiera durante las ocupaciones de la jornada, el contacto con Dios. "En esto se puede resumir toda la doctrina sobre la oración: tener el sentimiento continuo de Dios y dirigirse a él con oraciones breves; esto es caminar en la presencia de Dios". "Ten siempre un pequeño manual con la bendición de tu padre espiritual, breve, que puedas leerlo todos los días, sin prisas. Entra en el espíritu de estas oraciones de modo que cuando estás rezando, las palabras te sean ya familiares y de esta manera el sentimiento será más íntimo... Cuando te distraigas, vuelve dulcemente... No te adelantes ni una sola palabra, mientras no hayas entrado en el espíritu de la oración... Si una palabra te conmueve, no pases adelante, detente en ella..."

La oración está en saborear largamente, en un pacífico abandono en la gracia de Dios, el sentimiento de la presencia divina: más que un acto, es algo así como un estado. Teófano, de hecho, lo llama "estado bendito": es la humilde rendición del hombre a una luz que lo penetra todo pacíficamente, con gran dulzura.

Estas breves invocaciones que tanto recomienda el staretz, no tienen otra finalidad más que la de encender de nuevo el fervor dormido, alimentar continuamente la lamparilla del amor. "Te habrá ocurrido, sin duda, algunas veces rezar con el sentimiento de una espontánea dulzura; acuérdate de lo que entonces sucedió en tu alma y procura reproducirlo de nuevo". "Haz lo posible para que vayan disminuyendo los intervalos en tu oración, de manera que puedas tener siempre un continuo sentimiento de oración en tu corazón". Cuando el alma llegue a poseer "el sentimiento continuo de Dios y se dirija continuamente a su Dios con breves plegarias", se habrá obtenido entonces el fin deseado y el alma caminará en la luz". "Lo mismo que de un cáliz demasiado lleno desborda el agua, así de un corazón lleno de santo sentimiento, por medio de la oración, se derramará la alabanza". Entonces las tentaciones dejarán de atormentar ya al alma: "cuando los ladrones se acercan a robar y sienten algún ruido, les entra miedo de entrar en la casa: lo mismo les pasa a los demonios cuando oyen el murmullo de una continua oración en el corazón". Entonces, finalmente, el alma llegará a poseer la paz. Y entonces la oración se verá acompañada por todas las obras virtuosas: la humildad, la mansedumbre, la caridad...

Toda su vida es ahora limpia y pura: "el sentimiento de una continua oración es como el murmullo de un plácido arroyuelo..." Sí, porque la vida de un alma piadosa que viva en la luz de Dios es la vida de un ángel sobre la tierra. Y Teófano nos dice: "Desde por la mañana eres un serafín en oración, un querubín en tus actos, en tus relaciones con el prójimo eres casi un ángel".

Teófano de Tambov no es un gran místico, pero sigue siendo un gran maestro de vida espiritual. No conoce las más elevadas experiencias: su alma vive, en el presentimiento de la ley, el alba de la vida mística. Es el guía que conduce al alma hasta el divino silencio y le enseña la divina sencillez de la vida interior. Si escuchamos sus palabras, dispondrá nuestras almas para recibir el don de Dios; pero cuando Dios nos habla, cuando el infinito amor entre en nosotros como torrente que lo arrebata todo, como llama que lo quema todo, entonces conviene abandonar el guía y dejarlo atrás. La humildad de sus palabras, la discreta prudencia de sus enseñanzas habrá perdido entonces todo valor y todo peso. Su prudencia y su humildad no conoce el horror ni el terror de la tempestad, sus relámpagos que deslumbran y ciegan, la furia, la violencia, la locura del amor divino.

"Es preciso que tengamos la impresión de que somos como un hombre en medio del mar, que está a punto de ahogarse y que se ha agarrado a una tabla capaz de sostener su peso y de mantenerlo por encima del abismo. Ese hombre siente constantemente que está a punto de ser sumergido, pero continúa flotando agarrado a su salvación. Esta es la imagen exacta del alma que, en el Señor, camina por las vías de la salvación. Siente que ella sola se hundiría, pero se da cuenta al mismo tiempo de que tiene ya su salvación en la gracia del Señor".

 "Cuando nos retiramos dentro de nosotros mismos, debemos ponernos en la presencia del Señor y quedarnos allí, sin separar de él nuestra mirada espiritual. Esta es la vida eremítica espiritual: permanecer solo ante la faz de Dios".


Divo Barsotti
Cristianismo Ruso
Ed. Sígueme. Salamanca. 1966
Págs. 131- 153

martes, 22 de mayo de 2012

San Serafín de Sarov


Divo Barsotti


Su vida

Procario Mosknin nació en 1759 en Kursk, hijo de una familia de comerciantes. Desde su niñez hizo conocer en su extraordinaria piedad que Dios lo había visitado y escogido. A los quince años, tras haber recibido la bendición de su madre, se marchó peregrinando hasta el monasterio de Petcherski, en Kief. El anciano Doriteo lo acogió y bendijo su propósito de retirarse al desierto de Sarov. En aquel eremitorio recibió las sagradas órdenes, cambiando su nombre por el de Serafín, en 1786, y permaneció allí hasta su muerte, a pesar de que su nombre figura inscrito en el monasterio de Goroyov. Durante los primeros años de su vida religiosa, una larga y misteriosa enfermedad lo mantuvo entre la vida y la muerte durante dieciocho meses, hasta que se le apareció, en medio de una gran luz, la Santísima Virgen acompañada de los apóstoles san Pedro y san Juan. La Virgen puso su mano derecha sobre la cabeza de Serafín, y dirigiéndose al apóstol san Juan, le dijo: "Este es de los nuestros".

Una vez curado, pasó cerca de cuarenta años de vida eremítica, viviendo la mayor parte en medio de lo más espeso del bosque, célebre por sus heroicas penitencias y su ininterrumpida oración. Sintió una veneración particular hacia el apóstol san Juan y hacia el papa san Clemente, y tuvo sobre todo una tiernísima devoción a la Virgen. El icono de la Virgen de la ternura fue, entre todos los demás, su preferido: "la alegría de todas las alegrías", era el nombre que le daba el santo ermitaño. Durante mil días con sus noches permaneció de rodillas sobre una piedra; durante largos años continuó llevando un saco de piedras y de arena, como san Benito José Labre; se vio maltratado y apaleado por los ladrones, que lo pusieron a las puertas de la muerte, sin que él les opusiese ninguna resistencia. Y entretanto, Dios lo colmaba de celestiales favores: tenía visiones, éxtasis, vivía en el mundo de Dios. Sometía su cuerpo a privaciones y a pruebas crueles, pero Dios alimentaba su alma con inefables dulzuras, le concedía poderes taumatúrgicos y la visión profética del porvenir. Lo mismo que Francisco de Asís, también Serafín de Sarov, gracias a su nueva inocencia, podía conversar con las fieras y vivir amigablemente con ellas; con él comía un oso del bosque, tomando el pan de sus propias manos.

Tenía más de sesenta años de edad cuando, tras una nueva visión de la Virgen que le ordenó manifestarse al mundo, empezó a impartir sus enseñanzas a todos cuantos acudían a su lado. Tuvo lugar entonces una imponente peregrinación de toda la inmensa Rusia hacia el apartado y reducido rincón que él se había escogido; esta peregrinación duró hasta su muerte. En Divevo fundó nuevos asceterios para hombres y para mujeres, todos ellos penitentes suyos. Sentía una extraordinaria dulzura y piedad para con todas las miserias y sufrimientos humanos. Su heroica austeridad había ido madurando su corazón y lo había abierto a todos, enterneciéndolo y transformándolo por completo en humilde amor. A ninguno tuvo que apartar de su lado, ninguno se alejó de él sin haberse visto consolado y socorrido. No conocía más que la bondad; pero su bondad era tan grande que deshacía y reducía a polvo toda la dureza y egoísmo de los hombres, tan inmensa que naufragaban en ella todas las miserias y pecados. Nadie se acercaba a él, que no se sintiese partícipe de su elevación espiritual, de su misma bondad, de una nueva natividad interior. Sobre sus propios hombros cargaba la responsabilidad de los penitentes, facilitando su caminar hacia Dios; después de la confesión los abrazaba, lloraba con ellos: "Cristo resucita todos los días del año", les decía. Profetizó que después de su muerte y de su glorificación, se abatiría sobre Rusia una gran calamidad: las almas vivirían en medio de una ansiedad y espanto, como nunca jamás se había conocido y que los ángeles no se darían abasto para presentar ante Dios todas las almas de los asesinados y de los muertos; pero que luego, después de cierto tiempo, la santa Rusia resucitaría de nuevo. Antes de morir tuvo una última visión de la Virgen, Madre de Dios. Era el amanecer; junto a él se encontraba la hermana Eudoxia; se escuchó como un gran vendaval. El dijo: "No tengáis miedo; tendremos la gracia del Señor". La puerta se abrió de repente y su pequeña celda se llenó de una gran luz. Serafín se puso de rodillas, invocándola: "¡Oh, bendita y purísima Virgen!" Y la Virgen se le apareció en medio de un jardín de flores, acompañada de san Juan bautista y san Juan evangelista, y bendijo al humilde monje que estaba a sus pies, anunciándole: "Este hijo predilecto mío estará pronto con nosotros".

Después de esta visión, el anciano empezó a debilitarse cada vez más, como sí lo fuera consumiendo el deseo de llegar al cielo. El día 1 de enero de 1833 comulgó por última vez; como si quisiera despedirse de su iglesia, se acercó a besar todos los iconos y les dio el abrazo de despedida a todos sus monjes. Por la tarde, el monje que vivía en la celda vecina, escuchó lleno de reverencia y estupefacción cómo cantaba el anciano staretz: la celda del staretz Serafín estaba llena de cantos, los cantos de la resurrección pascual. A la mañana siguiente, por miedo de que hubiese un incendio, llamaron a su puerta, bajo la cual se veía salir humo y, al no recibir respuesta, tuvieron que forzarla. Apenas se podía ver, a causa de la humareda: en el interior de la celda, rodeado del fuego de los libros y de la ropa que había usado el monje, vieron al anciano de rodillas, inmóvil, con la cabeza inclinada y las manos sobre el pecho, como si estuviera haciendo oración : ¡había muerto!


Cada vez fue creciendo más, después de su muerte, la veneración que todo el pueblo ruso sentía hacia él, hasta el punto de que se fueron superando todos los obstáculos y dificultades para su canonización, que tuvo lugar en julio de 1903, en presencia del mismo emperador. Fue aquella la última gran jornada de la santa Rusia, antes de la larga noche de la revolución. Hoy el monasterio santificado por su presencia ha dejado de existir y han sido dispersadas sus cenizas.

Su doctrina

Serafín de Sarov es ciertamente el santo más popular y venerado de los rusos. Sus escritos, que había recogido Filaret de Moscú para examinarlos con vistas a su canonización, se han perdido por completo. Sus enseñanzas nos han sido transmitidas por medio de los testimonios y los recuerdos que de él nos ha legado su discípulo más fiel y devoto, Motovilov: se trata de unas cuantas páginas que son la prueba más palpable de su elevada santidad, que honra a toda la iglesia oriental.

La meta de la vida cristiana es la gracia, la posesión del Espíritu Santo: esta posesión, por otra parte, constituye el reino de Dios. Por esta posesión del Espíritu divino, entiende el gran staretz la vida mística, la íntima fruición de Dios. […]

"Cuando Nuestro Señor Jesucristo, habiendo realizado su obra de la redención, después de su resurrección, sopló sobre sus apóstoles, renovó con este acto en ellos aquel soplo vital que Adán había perdido y les concedió aquella gracia adamítica del santísimo Espíritu divino. Después, en el día de pentecostés, él les envió al Espíritu Santo, que en medio de un soplo de viento impetuoso y bajo la forma de lenguas de fuego, se posó sobre ellos, entró en ellos como una llama, los llenó de la fuerza de la gracia divina, que despide una frescura de rocío y los baña de gozo. Esta gracia inflamante se les concede a todos los fieles cristianos..."

"La gracia del Espíritu Santo, que emana del Padre, que reposa en el Hijo, y que por medio de él se difunde por todo el mundo", no es un don inherente sólo al alma; también el cuerpo participa con el alma de la incorruptibilidad y de la inmortalidad de Dios. No creemos que sea necesario subrayar en estas palabras del staretz el eco de la espiritualidad cristiana primitiva. […]

De esta manera, hoy todavía, los efectos que produce esta inefable comunicación con Dios no solamente embriagan al alma, ensanchándola e inundándola de luz, sino que incluso redundan en beneficio del cuerpo, por toda la vida; son la paz suprasensible, la dulzura inefable como de óleo, que recorre y suaviza los miembros todos, la alegría que nos hace gustar de antemano los gozos celestiales, un calor dulce, un olor penetrante que enajena. El hombre vuelve a adquirir con el uso de los sentidos espirituales el poder de "percibir" a Dios; puede ahora "ver y entender a Dios, comprender sus palabras, conversar con los ángeles". Estar en el Espíritu Santo es participar en la transfiguración de Cristo, haciéndonos como él resplandecientes y más claros que la luz del sol, poseyendo con él la alegría divina. "Cuando el Espíritu Santo baja sobre el hombre y lo ilumina con la plenitud de su inspiración, entonces el alma humana se llena de un gozo inefable, porque el Espíritu Santo alegra todo cuanto toca". En la gracia presente nosotros "podemos saborear un principio de la alegría futura". "El reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo", repite sin cesar, e insiste en la sustancial identidad de esta vida con la vida celestial, cuando aplica a estas almas místicas las palabras de Jesús: "Algunos de los que aquí están presentes no gustarán la muerte antes de haber visto al Hijo del hombre venir en su reino y majestad".

Sin embargo, enseña también que "solamente el bien realizado en nombre de Cristo nos asegura de la posesión del Espíritu divino, mientras que todo lo que se hace sin obrar en su nombre, no nos proporcionará ningún beneficio en la vida futura, ni nos asegurará en esta vida la gracia divina". Y en otro lugar: "El Espíritu divino nos recuerda las palabras de Jesucristo Nuestro Señor y Salvador y obra siempre de acuerdo con él llenando solemnemente de alegría nuestros corazones y enderezando nuestros pasos por el camino de la paz". Jesucristo es, pues, para Serafín la causa meritoria de esta vida divina de posesión del Espíritu Santo, y este mismo Espíritu divino nos vuelve a conducir a Jesús, continúa la vida de Jesús en nosotros recordándonos sus palabras y realizándolas en cada uno de nosotros.

En la vida paradisíaca del alma redimida es el Verbo el que ocupa el sitio del árbol de la vida, colocado en el centro mismo del edén. No se trata solamente de la doctrina de Cristo, como en Orígenes, sino de la real comunión con el Verbo en el sacramento eucarístico. Es importante subrayar este acercamiento, que no es ni mucho menos fortuito, de la vida sacramental a la vida mística: la vida interior está empapada de vida litúrgica y la acción sacramental de la eucaristía en la vida mística nos manifiesta la dependencia que ésta tiene de Cristo, que opera a través de los sacramentos. "Gracias al fruto del árbol de la vida, Adán y Eva y sus descendientes hubieran sido capaces de mantener intacta la fuerza vivificadora de la gracia divina, la plenitud eternamente joven de las fuerzas corporales, la constante juventud de su estado inmortal y bienaventurado". Ahora es la "comunión con el purísimo y vivificante misterio del cuerpo y de la sangre del Cordero inmaculado..., la que nos proporciona aquel fruto del árbol de la vida, del que el enemigo del hombre había querido privar a toda la humanidad". […]

La vida cristiana es un don del Espíritu divino y la oración es el medio para conseguir la gracia, el don del Espíritu. La caridad para con el prójimo no tiene para Serafín tanta importancia como la oración, como medio por excelencia para que el hombre consiga la experiencia de Dios. De este modo, se mantiene dentro del camino trazado por los maestros orientales de vida espiritual. La elevación del alma corresponde al grado de su oración. "Naturalmente, nos dice, cualquier virtud que se ejercite en el nombre de Jesucristo nos procura la gracia del Espíritu Santo, pero sobre todo la oración..."


Para Serafín, por consiguiente, de nada sirve el ejercicio de las virtudes si éstas no nos aseguran la posesión de la vida mística; a la consecución de esta gracia tiene que ordenarse toda la vida ascética: obrar el bien por el bien no basta para darnos la salvación, pero las obras buenas y las virtudes son el medio necesario para la adquisición de la "gracia del Espíritu Santo". Esta gracia es la razón y el fruto principal de las virtudes, hasta el punto de que es inútil y perjudicial multiplicar las obras, los actos virtuosos, la misma oración, cuando hemos conseguido la gracia: lo que debemos de hacer entonces es hacer el silencio en nuestra alma y en nuestro alrededor, con nuestras palabras y nuestras obras, para gozar de Dios. "Nuestra misión cristiana no consiste en multiplicar las buenas obras..., sino en sacar de ellas el mayor provecho, esto es, mayores y más numerosos dones del Espíritu Santo".

Así, pues, la meta de la vida cristiana es el gozo, la vuelta al paraíso perdido, a la intimidad dulce y profunda con Dios. Dios habla con el hombre y el hombre vive con Dios, lo ve, lo escucha; el mundo adquiere a los ojos del alma una transparencia divina; nada le resulta extraño u hostil; todo le parece cercano y conocido, todo lo considera como amigable y fraternal; el hombre habla con los ángeles y dialoga con las fieras de los bosques. Si la gracia es "una luz que ilumina" al hombre y lo renueva, es también una luz que irradia de él hacia todo lo demás y transfigura todas las cosas. Nos parece incomprensible, dice el santo, y extraño el testimonio de esta vida que nos ofrecen las santas Escrituras a propósito de Adán y de los apóstoles; sin embargo, nada es más natural y más sencillo. "A los santos les parecía tan claro lo que nosotros consideramos oscuro e inconcebible, que juzgaban como algo natural, incluso en sus discursos más ordinarios, el concepto de las apariciones de Dios".

A quien le preguntaba cómo era él capaz de reconocer que poseía esta gracia y que se encontraba en el Espíritu Santo, Serafín le respondía: "Todo le resulta sencillo a aquel que ha conseguido la inteligencia. Nuestro mal reside precisamente en el hecho de que no buscamos esta inteligencia divina, que no hace ruido porque no es de este mundo. Esta inteligencia, hecha de amor a Dios y de amor al prójimo, prepara a todos los hombres para la salvación". La prueba de la posesión de la gracia está precisamente en la misma experiencia de Dios que él está dispuesto a conceder a todas las almas, ya que desea la salvación de todas: lo mismo que un caudaloso río de amor, la gracia divina desborda del seno de la divinidad y se derrama por el mundo desde la creación del hombre, y luego a través de toda la historia del pueblo hebreo, para preparar la venida de Cristo, en la que ya no quedará excluido ni siquiera el pueblo pagano. Incluso en nuestra época, nos asegura el staretz, a pesar de que "nos hemos alejado de la sencillez de la primitiva fe cristiana", basta con que, "empujados por la sabiduría divina, aceptemos la inquietud y la vigilia para asegurar la salvación de nuestras almas con el arrepentimiento de nuestros pecados y el ejercicio de las virtudes, para conseguir que el Espíritu Santo realice y apresure en nosotros el reino de los cielos". El cielo concede "abundantemente" la gracia del Espíritu y no hace distinción alguna entre el monje y el laico: "Dios escucha de igual manera al monje y al simple cristiano, con tal que amen a Dios con toda la profundidad de sus almas y nutran en sus corazones una fe que sea, por lo menos, tan grande como un pequeño grano de mostaza". […]

"Un ansia divina, que el mundo no conoce, anida en el corazón de los ermitaños" y de todos aquellos que han conocido a Dios, espoleándoles y aguijoneándoles hacia una ascensión que no conoce reposo, hasta conseguir que ellos mismos queden transformados en luz, que sean luz de luz, de manera que puedan realizarse las palabras del profeta: "En tu luz veremos nosotros la luz".

La relación que hace Motovilov de la transfiguración de Serafín encierra una gran importancia para la mística oriental: "en medio de su sencillez encierra toda la doctrina de los padres orientales sobre la gnosis, sobre la conciencia de la gracia, que alcanza su grado más elevado en la visión de la luz divina. Esta luz llena a la persona humana que ha conseguido llegar a la unión con Dios. No se trata ya de un éxtasis, de un estado pasajero de enajenación, que arranque al ser humano de su experiencia habitual, sino de una vida consciente en la luz, de una comunión inaccesible continua con Dios... Comenzando ya desde este mundo, la transfiguración de la naturaleza creada es una promesa del nuevo cielo y de la nueva tierra, el ingreso de la criatura en la vida eterna, antes de su propia muerte y resurrección. Pocas son las personas, incluso entre los más grandes santos, que llegan a este estado durante su vida terrena" (Losski). Esta luz es la gloria de Dios, que, desbordándose del seno de la Trinidad, penetra y llena todas las cosas, es la luz increada de la que habla Gregorio Palamas, que apareció por primera vez en la transfiguración de Cristo: la luz del Tabor que no ha tenido comienzo y que jamás tendrá fin, una luz sin forma, infinita, impalpable, incomprensible: todo el hombre "ve" a Dios.

Ruega de esta manera Serafín para obtenerle a Motovilov la gracia de poder contemplarlo en el estado de inefable endiosamiento, que ya había alcanzado el gran ermitaño de Sarov:

"Señor, hazlo digno de ver claramente con sus propios ojos corporales este descendimiento de tu Espíritu, con que tú favoreces a tus servidores, cuando te dignas aparecerte a ellos con la luz maravillosa de tu gloria".

En esta visión, incluso corporal, de la luz divina que emana de Dios y que es Dios mismo —Dios es luz, escribe san Juan—, es donde reside la experiencia más alta de la mística oriental: todo el ser humano, transfigurado, entra en el reino de Dios y vive como inmergido en la luz de la divinidad. "Sabemos —sigue diciendo san Juan— que, cuando aparezca, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal como es". El estado de estas almas perfectas, aun en medio de la diversidad de sus experiencias —parece como si Dios mismo se adaptase en este punto a las diversas tradiciones teológicas—, resulta en el fondo igual al estado de unión transformante, del que nos hablan los santos de occidente. Por lo demás, las mismas expresiones de nuestros santos recuerdan de algún modo las experiencias de los místicos orientales, por la insistencia singularísima en los términos que indican visión: luz, fuego, llama viva, lámparas de fuego, incendio de amor...

El reposo de Dios se extiende entonces sobre el alma y el hombre se ve inundado por el gozo divino: no existe turbación ni aridez alguna que priven al hombre de la visión y del sentimiento de Dios; y el alma, como perdida en medio de la luz, posee sin embargo en Dios una conciencia perfecta y entera de sí misma: el alma "está en la plenitud del Espíritu Santo", dice con su pura sencillez Serafín de Sarov. El hombre, alma y cuerpo, está divinizado, sus sentidos están espiritualizados, su cuerpo está como glorificado: ve la luz divina, no se siente sometido al frío, no se siente sometido a la corrupción...

Esta mística tiene un carácter más primitivo, menos elaborado que la mística católica; es verdad. Se trata de una psicología mística rudimental en comparación con la mística psicológica española; de una mística ingenua, ignorante de los problemas filosóficos, en comparación con la mística especulativa alemana; pero posee un profundo hechizo: es la misma mística teológica y escriturística de los primeros padres de la Iglesia, tiene la sencillez y la serenidad de las cosas grandes, la pureza y sublimidad de las altas cumbres.

Serafín de Sarov no es un poeta. Su lenguaje no es solamente humilde, sino que resulta incluso pobre y desgarbado. El largo silencio en que se había sepultado, parece como si hubiera quitado al monje el uso de la palabra: la palabra parece brotar de las profundidades del abismo y permanecer como estupefacta ante la luz. Parece ser una palabra sin acento, enrarecida como el aire de las cumbres nevadas: el alma se ha quedado ausente, lejana. Todo sonido, todo acento parecen disolverse y deshacerse en medio de aquella inmensa paz en donde vive el espíritu del gran ermitaño.

Su mismo lenguaje inspira paz: una luz que hace descansar, una dulzura que calma las ansiedades y las turbaciones interiores. En estas palabras se escucha verdaderamente una voz que viene de un mundo distinto de nuestro mundo: habla con un lenguaje humilde, llano, esmaltado de imágenes y de semejanzas pobres y cotidianas, pero se apoya en la palabra de Dios y parece participar, en su sencillez, de la autoridad de la misma. Las fuentes directas de esta mística, prescindiendo de la experiencia viva de Dios, no son filosóficas: son, además de la liturgia, la sagrada Escritura y los padres orientales, los libros apócrifos y las leyendas hagiográficas de la Cetyi-Miney a que antes aludimos.

Por humilde que sea este lenguaje, sus enseñanzas no son sin embargo menos precisas y definitivas, y su influencia no deja de ser menos grande y saludable.

Serafín de Sarov ve en la vida mística el coronamiento natural y necesario de la vida cristiana. Por eso mismo amplía infinitamente el número de los amigos de Dios, de los señalados por la gracia: no solamente invita a entrar en este número a todos los cristianos, sino que incluso los empuja con dulce y fuerte violencia, ya que para él este es el único camino de la salvación. Dios es verdaderamente de una esplendidez infinita en sus dones, es un amor sin medida "que da y concede sus dones incluso a quienes no invocan su nombre". La oración humilde del pobre es irresistible en su corazón divino: basta con que se eleve, incluso sin señales exteriores, para que "al instante" sea escuchada. Lo que Serafín de Sarov exige al alma es exclusivamente la sencillez de su fe: su mística es en verdad una mística sobrenatural, absolutamente extraña al misticismo de Plotino o de los filósofos indios, ya que no puede de ninguna manera reducirse a un proceso de la inteligencia como en Plotino, ni al resultado psicofísico de ciertas prácticas como en la mística hindú. Aquí es donde está precisamente su grandeza más verdadera. "Con el pretexto de la cultura hemos llegado a tal tiniebla de ignorancia", que nos resulta hoy incomprensible el lenguaje de la sagrada Escritura y el de los santos; pero para los que tienen fe, incluso hoy todo es posible, ya que Dios obra en el hombre en la medida de su fe: la inmensa generosidad de Dios aguarda solamente a que el hombre le abra su corazón, para derramarse sobre él y colmar todos sus abismos.

Cuando Motovilov enfermo acudió a Sarov para implorar el milagro de su curación, Serafín le preguntó:
—¿Crees que Dios, que antiguamente curó instantáneamente con sólo su palabra o su contacto a los enfermos, puede hoy sanar a los que imploran su ayuda con la misma rapidez y facilidad? ¿Crees que la intercesión de la Madre de Dios es omnipotente?
—Lo creo, lo creo firmemente... —le respondió el enfermo.
—Pues si tienes esta fe, estás ya curado —dijo entonces el staretz, fijando sus ojos llenos de pura alegría sobre aquel que había recobrado su salud.

Tan natural y profunda es la unión de Serafín con Dios, que para él no parece que exista diferencia alguna entre el paraíso y la tierra: la vida terrena se convierte, gracias a la fe sencilla y a la humildad pura de su alma, en principio de vida celestial. Lo mismo que las aguas de un río se extienden mansas y tranquilas hasta perderse en la inmensidad del océano, así el alma de Serafín goza ya de una alegría celestial y ha entrado en la paz divina. El sermón de las bienaventuranzas ha dejado de ser una palabra extraña a la tierra, una poesía de otros mundos: el evangelio vive en él. El edén no es ya un recuerdo lejano, una antigua y secreta nostalgia de la humanidad: él lo ha encontrado y nos ha enseñado cuál es el camino para llegar. Ya no está a sus puertas el ángel para prohibirnos la entrada, y el camino es fácil y llano. El alma puede llegar en un vuelo, casi sin darse cuenta.

Pocas veces la serenidad luminosa de los cielos se ha reflejado en un espejo de aguas más limpias y más puras.

Efectivamente, la doctrina mística de Serafín de Sarov está llena de un sereno optimismo sobrenatural; pura como la luz, tiene la frescura y el gozo del milagro; es una novedad, un soplo de elevación que supera el anhelo del deseo y de la esperanza. Dostoyevski se ha inspirado en él. No solamente en su intento de borrar la distinción entre monje y laico, para que esta experiencia de Dios, esta visión de belleza espiritual pudiese irradiar sobre todo el mundo, sino también, más en particular, al presentarnos con los rasgos de Serafín la noble figura del staretz Zossima, en Los hermanos Karamazof. Algunos han pensado que era el staretz Ambrosio en quien se inspiraba, pero sin razón. Por algo los monjes de Optina, según nos dice Leontief, se reían de la creación artística de Zossima. Dostoyevski ha pensado en él, sin duda alguna, pero así como se inspiró en Tikón de Sadonsk, una de las almas más puras que ha conocido Rusia, cuando quiso hablar de la sencillez maravillosa y del amor activo, también se inspiró en Serafín de Sarov, cuando pensó en hablarnos de la alegría transfigurante.

Una prueba de que Dostoyevski tenía presente a Serafín de Sarov cuando hablaba de Zossima, está en la alusión, hecha por el staretz, de un gran santo que ofrece de comer a un oso feroz: se trata de una página de la vida de Serafín que nos recuerda también a las Florecillas y al lobo de Gubbio. Si es verdad que el escritor no quiso atribuir este milagro directamente a su staretz, es porque quiso intencionadamente excluir el milagro externo de su vida y de su muerte. Zossima peregrinaba entonces a través de Rusia, nos cuenta Dostoyevski. Una vez tuvo que pasar la noche a las orillas de un río junto con un joven pescador. "Yo le conté cómo un oso se acercó una vez a un ermitaño que rezaba sus oraciones en mitad del bosque, dentro de una pequeña celda; el santo se enterneció y sin temor alguno salió a su encuentro y le ofreció en una mano un trozo de pan, como si quisiera decirle: ¡Vete, y que Cristo te acompañe!; el feroz animal le obedeció y se retiró sin hacerle ningún mal. El joven pescador se sintió impresionado ante la docilidad del animal, asombrado de que Cristo estuviese también con él. "¡Qué hermoso es! —dijo—. ¡Qué bello y maravilloso es todo lo que Dios ha hecho...!"

El escándalo provocado por la corrupción del cuerpo del staretz después de su muerte nos recuerda también las dificultades opuestas a la canonización de Serafín, del que solamente se encontraron los huesos, cuando fue exhumado. Se decía que la legislación canónica ortodoxa exigía, para la glorificación de un siervo de Dios, la perfecta conservación del cuerpo incorrupto, condición que no se había cumplido en el caso de Serafín. Las palabras del monje José en Los hermanos Karamazof de que "no es ciertamente un dogma de la iglesia ortodoxa la necesidad de la incorrupción del cuerpo de los justos, sino solamente una opinión; que incluso en los países más ortodoxos, por ejemplo en el Monte Athos, ninguno sentía turbación por el olor cadavérico, ya que la incorrupción no se consideraba como la señal principal de la glorificación de los elegidos...", son exactamente las mismas razones que presentó el metropolita Antonio de San Petersburgo para obtener la canonización de Serafín. […]

La verdad es que ningún otro santo de la iglesia rusa podía ofrecer a Dostoyevski este sentido de la transfiguración espiritual con tanta plenitud desbordante de gozo, como Serafín de Sarov. Si bien es cierto que Dostoyevski no pudo conocer el coloquio con Motovilov, que no se encontró hasta 1903, pudo sin embargo conocer a Serafín por medio de otras fuentes e incluso, quizás, por medio de los recuerdos personales de los que lo habían conocido. Era precisamente esta irradiación luminosa del espíritu, esta sobreabundancia triunfante de alegría pascual el carácter típico de la santidad del ermitaño de Sarov, que asombraba a todos cuantos se acercaban a él. […]

Otros textos

La "transfiguración" de Serafín

"Miradme sencillamente. No temáis; Dios está con nosotros".
Tras estas palabras, levanté mis ojos y me asaltó un reverente terror. Imaginaos el rostro del hombre, con quien estáis conversando, situado en medio del sol, dentro del más vivo esplendor del mediodía. Veis el movimiento de sus labios, la expresión mudable de sus ojos, escucháis su voz, sentís que él os toca en la espalda con su mano, pero no lográis ver estas manos, ni su figura, ni a vosotros mismos; solamente una luz cegadora que se propaga hasta muy lejos, muchos metros alrededor de vosotros, iluminando con su vivo resplandor el manto de nieve que cubre la llanura, los copos de nieve que bajan de lo alto, y en medio a vosotros mismos y al ilustre anciano.
¡Es imposible imaginar mi situación en aquel momento...!
Yo mismo he visto con mis propios ojos el esplendor inefable que emanaba de su persona, y podría confirmarlo bajo juramento".
(Testimonio de Motovilov de su diálogo con Serafín.)

Riqueza inagotable

"Distribuid los dones de gracia del Espíritu Santo a todos los que tienen necesidad de ellos, lo mismo que una candela de cera que da luz por sí misma, quemándose en medio de una llama terrena, y encendiendo además a las otras candelas para iluminar otros lugares, sin perder por ello nada de su propio resplandor. Y si esto resulta verdad por lo que se refiere a una llama terrena, ¿qué deberíamos decir de la llama de gracia del Espíritu Santo? Ya que, por ejemplo, la riqueza terrena disminuye poco a poco a medida que se distribuye entre los demás, mientras que la riqueza celestial se multiplica tanto más cuanto más la distribuye uno. Es lo que Dios mismo le dijo a la samaritana: "El que beba de esta agua, seguirá teniendo sed; pero el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed eternamente, sino que el agua que yo le daré hará brotar en su seno una fuente de agua viva, que manará eternamente".
(Coloquio de Serafín con Motovilov.)

[…]

Divo Barsotti
Cristianismo Ruso
Ed. Sígueme. Salamanca. 1966
Pág. 97-125



domingo, 20 de mayo de 2012

El “starec” Ambrosio


Vladimir Lossky
(4º y última Parte)



Después de la muerte del starec Macario, le sucedieron dos monjes en el starcestvo en Optina: el padre Hilarión, superior del skit y el padre Ambrosio, que asistía a Macario en sus trabajos de edición de los textos patrísticos. Hilarión murió en 1873 y Ambrosio, discípulo de los starcy León y Macario, quedó como el único continuador de la tradición de ellos. De naturaleza extremadamente rica, el starec Ambrosio reunía en su persona las cualidades de sus predecesores. Se puede decir que en él el starcestvo de Optina encontró su apogeo.

Alejandro Grenkov nació el 22 de noviembre de 1812 en una familia perteneciente al clero. El padre era lector en una parroquia rural de la provincia de Tambov. El nacimiento del futuro starec sucedió el día de una fiesta parroquial. Una multitud de campesinos, venidos de las localidades cercanas, abarrotaban el pueblo. “He nacido en la multitud y viviré siempre en medio de la multitud, decía el starec [1].

El joven Alejandro, muy dotado para los estudios, desbordaba vivacidad. Se lo veía correr por los caminos junto a sus amigos y, si bien no estudiaba nunca las lecciones, fue siempre el primero en la escuela. Después de la escuela entró en el seminario Tambov y, cuando terminó los estudios, no buscó emprender una carrera eclesiástica. El futuro starec pasó un período de preceptor en una familia de propietarios y, luego, ocupó el modesto puesto de maestro de escuela en su pueblo natal.

Alegre y espiritual al mismo tiempo. Alejandro era amado por todos. Sin embargo, en un cierto momento, se comenzó a percibir que él buscaba más la soledad, refugiándose en el jardín o subiendo sobre el granero para orar. Cuando estuvo en el Seminario, estando gravemente enfermo, Alejandro había hecho la promesa de tomar el hábito. Pero, después de la curación, postergaba el cumplimiento de la promesa y continuaba permaneciendo en el mundo. Un día, mientras paseaba por el campo, entendió claramente en el rumor de un arrollo las palabras: “Alabad a Dios, amad a Dios”. El joven maestro fue a visitar a un starec, al recluso Hilarión, que era conocido en toda la región de Tambov por la sabiduría de sus consejos inspirados. El starec le dijo: “Ve a Optina, allí encontrarás la experiencia” [2]. En 1839, durante las vacaciones de verano, Alejandro visitó el monasterio de Optina pero no permaneció allí. Todavía tenía dudas. En el otoño de ese mismo año, después de una noche durante la cual estuvo parece particularmente alegre, dijo bruscamente a su amigo: “No puedo permanecer aquí más. Me voy a Optina”. Algunos días después, dejó el pueblo para ir a Optina, donde fue recibido por el starec León.

El novicio, después de haber cumplido por un breve tiempo las “obediencias” en la cocina, fue designado por el starec León a su servicio como lector: él debía recitar cada día, en la celda del starec, las oraciones prescriptas por la regla monástica. No se conoce el motivo por el cual el starec León, bromeando, llamase a su nuevo discípulo “quimera”. Antes de morir “lo paso de sus manos a las manos” del starec Macario. Alejandro Grenkov recibió el nombre de Ambrosio al momento de recibir el hábito. Pronto fue ordenado diácono. Una vez, encontrándose cerca del altar, el starec Antonio, prior del skit, preguntó al joven diácono: “Entonces, ¿Te estás acostumbrando?”. Ambrosio le respondió: “Gracias a vuestras oraciones, padre”. Pero el padre Antonio completó la frase: “…al temor de Dios”. Confundido, el monje entendió la lección.

Ordenado sacerdote, el Padre Ambrosio no permaneció mucho tiempo como encargado del altar. Habiendo tomado frío, se enfermó gravemente, por lo cual permaneció acostado sobre su cama por varios meses. Su salud permaneció debilitada para siempre: en efecto él permaneció enfermo hasta el fin de su vida. Como había sucedido al padre Macario, también él debió renunciar a celebrar la misa a causa de su extrema debilidad. La enfermedad modeló la naturaleza demasiado exuberante del padre Ambrosio, obligándole a entrar en sí mismo y a consagrarse al trabajo incesante de la oración interior. Después de un cierto tiempo, dijo: “La enfermedad es muy útil para un monje. Si está enfermo, él no tiene necesidad de curarse más que de tanto en tanto, justo lo necesario para sobrevivir”.

Puesto que conocía el griego y el latín, el padre Ambrosio asistía al padre Macario en los trabajos de edición de los textos patrísticos y publicó varias obras de espiritualidad, entre las cuales está la Escala de Juan Clímaco. Pero los trabajos intelectuales no llegaban a satisfacer el temperamento demasiado activo del padre Ambrosio, quien buscaba una comunión directa con los seres humanos. Su espíritu vivo y penetrante, enriquecido del conocimiento de la literatura ascética, se interesaba por todo lo que respecta a los hombres: tanto por la vida secreta del alma como por sus actividades y preocupaciones externas. Bajo la acción de la oración constante, la perspicacia natural se transformaba en clarividencia, este extraordinario don de la gracia que hizo de él una de las figuras más sorprendentes del starcestvo ruso.

Rápidamente no hubieron más secretos para el starec Ambrosio: “él leía en el alma como en un libro”. Un visitante podía permanecer en silencio, ponerse aparte, a las espaldas de los otros, sin embargo, el starec conocía su vida, el estado de su alma, el motivo que lo había conducido a Optina. No queriendo hacer manifiesto el don de clarividencia, el starec hacía habitualmente algunas preguntas a las personas que lo querían ver, si bien, sólo su modo de interrogar dejaba ver que él ya estaba al corriente de todo.

A veces, el starec Ambrosio era impulsado, por su vivacidad, a revelar, sin preocupaciones, lo que ya conocía. Así, un día, respondió enérgicamente a un joven artesano que se lamentaba de tener mal el brazo: “Sí, tienes mal el brazo… ¿por qué has golpeado a tu madre?” Luego se repuso, todo confuso, y se puso a hacer preguntas: “¿Tu conducta ha sido siempre buena? ¿Eres un buen hijo? ¿No has ofendido nunca a tus padres?” [3]

Bastante a menudo el starec se servía de discretas alusiones, casi siempre de forma humorística, para hacer entender a la gente que sus defectos escondidos le eran conocidos. La persona interesada era así la única en entender la alusión. Una señora, que escondía con cuidado su pasión por el juego, pidió una vez al starec Ambrosio su “carta” (fotografía). El starec sonríe y, con un tono de reprimenda, le dijo: “¿Qué me estás diciendo? ¿Jugamos pues a las cartas en el monasterio?”. Habiendo entendido la alusión, la mujer confesó su debilidad.

Una muchacha, estudiante de Moscú, que no había visto nunca al starec, manifestaba una gran animosidad con respecto a él y lo trataba de “viejo hipócrita”. Impulsada por la curiosidad, fue un día a Optina y se puso cerca de la puerta, detrás de los otros visitantes que lo esperaban. El starec entró al locutorio, hizo una breve oración, miró a los presentes y, acercándose a la muchacha, le dijo: “¡Ah, pero si se trata de Vera, ha venido a ver al viejo hipócrita!” Después de una larga conversación cara a cara con Ambrosio, la muchacha cambió de opinión y, más tarde, se convirtió en religiosa del monasterio de Samordino, fundado por el starec.

Con los indiferentes el padre Ambrosio no perdía el tiempo: los despedía después de una breve conversación, siempre de modo muy cortés. Al dejarlo, estos visitantes, que venían únicamente por curiosidad, habitualmente decían: “Es un monje muy inteligente”.

Inteligente, el starec Ambrosio, lo era y de verdad. Esta facultad, natural en él, no tenía ya más límites en su ejercicio, gracias al “don del discernimiento” que había adquirido. En efecto, sabía valorar cada fenómeno según su justo valor. Como “hombre espiritual”, era capaz de “juzgar cada cosa”, para usar las palabas de Pablo (1 Cor 2,15). Esta cualidad proveía a Ambrosio de una amplia mirada iluminada. No existían ámbitos cerrados para su comprensión frente a los cuales él tuviese que dar marcha atrás por falta de conocimiento particular. Así, por ejemplo, un campesino que tenía algunos huertos que no daban fruto, recibe del starec indicaciones precisas para la creación de un sistema de irrigación perfecto. Siendo él mismo activo e ingenioso, Ambrosio amaba a la gente decidida y corajuda. Bendecía siempre las empresas difíciles y arriesgadas, con la condición de que fuesen honestas. En cuestiones de dinero y en asuntos judiciales, incluso en las más complejas, tenía siempre un consejo preciso para dar. No habían para él cosas tan pequeñas que no suscitase su interés. Cualquier cosa que preocupara a sus interlocutores se convertía para él en el único objeto de su atención. Una campesina vino un día a contarle su desventura: los pavos de su patrona morían uno tras otro, y la propietaria quería echarla. El starec interrogó con paciencia a la pobre señora sobre el modo en el que alimentaba a los pavos, luego le dio algunos consejos prácticos. Los testigos de aquella escena reían y otros se indignaban contra la anciana que había osado importunar al starec con motivo de sus pavos. Después de despedir a la campesina, Ambrosio dijo a los presentes: “Qué queréis, los pavos son toda su vida” [4].

Frente a las dificultades materiales de la gente sencilla que venía a buscarlo, el starec Ambrosio no dijo nunca: “Esto no me corresponde, yo me ocupo sólo de las cosas del alma.” Era bien consciente,  en efecto, que era necesario alimentar a los que morían de hambre antes de hablarles las obras de justicia. Su corazón estaba siempre atento. Él tenía la capacidad de amar sin límites, a cada persona que se encontrase en su presencia, olvidándose totalmente de sí mismo. Este olvido constante de sí mismo ante el prójimo constituía el camino elegido del starec Ambrosio, que solía decir: “Durante toda mi vida no he hecho más que cubrir los techos de los otros y el mío ha permanecido lleno de agujeros.” Pero sólo dejando de existir para sí mismo y dándose a toda persona pudo alcanzar la más alta perfección. Es este el fundamento de la palabra evangélica que, si se vive hasta el fondo, hace a los verdaderos cristianos semejantes a Dios, ya que Dios es la fuente viva y personal de todo amor.

Ningún defecto humano, ningún pecado, era un obstáculo para el amor del starec Ambrosio: antes de juzgar el sabía compadecerse y amar. Por este motivo, los pecadores iban a él sin temor, con confianza y esperanza. Una muchacha, que estaba embarazada, fue maldecida y echada de su casa por su padre, un comerciante rico. Ella entonces fue a buscar refugio y consuelo junto al starec Ambrosio. Él la recibió con dulzura y le encontró un alojamiento junto a unos amigos, en un pueblo cercano, donde ella podía traer al mundo a su bebé. El starec mandaba regularmente dinero a la joven madre que venía de tanto en tanto a hacerle una visita con su hijo. Por el consejo del starec, la joven mujer, que sabía pintar, se puso a ganarse el pan pintando íconos. Algunos años más tarde, el comerciante se reconcilió con la hija y se encariño con su nieto.

Ambrosio buscaba aliviar las penas de los seres humanos antes de guiarlos sobre el camino de la justicia. Hacia el final de la vida, se le escuchaba a menudo decir en voz baja, sacudiendo la cabeza: “Fui severo al inicio de mi starcestvo y ahora me he vuelto débil: ¡la gente tiene tantos sufrimientos, tantos sufrimientos!” [5] Cuando recibía visitantes nuevos, el starec se acercaba siempre a los más postrados, elegía a los que tenían más necesidad de consolación y encontraba las palabras necesarias para devolverle el coraje, la esperanza y la alegría de vivir. Sin bien, siendo bueno con todos del mismo modo, manifestaba una preferencia en su amor hacia las personas desagradables, difíciles de soportar, hacia los pecadores endurecidos, despreciados por la sociedad. Nunca perdió la esperanza frente al abismo de los pecados humanos, nunca dijo: “No puedo hacer nada”.

El secreto de la clarividencia del padre Ambrosio residía en su caridad. No sólo amaba a todos lo que venían a él sino que tenía la capacidad de identificarse con ellos, de amar también a sus parientes, a los objetos a los cuales ellos estaban encariñados, todo aquello que constituía su vida. El espíritu del padre Ambrosio abrazaba toda la vida interior y exterior de la persona con las cuales trataba, es por este motivo que podía guiar con seguridad la voluntad del hombre uniéndola con la de Dios. Conocía bien los destinos humanos. Se podía decir que participaba  de las deliberaciones divinas en relación a cada persona.  Los ejemplos de este conocimiento de los designios providenciales son muy numerosos en la actividad del starec Ambrosio. He aquí algunos particularmente significativos.

Una pobre muchacha fue pedida en matrimonio por un rico comerciante atraído por su belleza. El starec aconsejó a la madre que rechazara el pedido del comerciante y dijo que tenía en vista para la joven un partido infinitamente mejor. La madre protestó: “No hay pretendiente mejor para nosotros. ¡Mi hija no puede en absoluto casarse con un príncipe!”. “El novio que tengo para tu hija es tan grande que tú no podrías nunca imaginarlo –insistía el starec-; di que no al comerciante”. La madre obedeció al starec y disuado al novio de su hija. Algunos días más tarde, la joven se enfermó imprevistamente y murió [6].

En una oportunidad fueron dos hermanas a Optina. La mayor de carácter cerrado, pensativa, muy pía. La otra, exuberante de alegría, no pensaba en otra cosa más que en su novio. La primera tenía intención de entrar a un monasterio, la segunda deseaba que el starec le bendijese su futura felicidad conyugal. Se acercó a la primera de las hermanas y le dijo: “¿por qué hablas de monasterio? Pronto te casarás”. Y dijo el nombre de una ciudad lejana en la cual ella encontraría a su futuro marido. [Una vez pasado esto, la hermana que estaba de novia] entrando en San Petersburgo, se enteró de que aquel que amaba la había traicionado. En su dolor, se volvió entonces enteramente hacia Dios. Su carácter sufrió un cambio profundo: renunció a la vida secular y entró en un monasterio. Al mismo tiempo, la hermana mayor fue invitada por una tía de provincia, cuya propiedad se encontraba en las proximidades de un monasterio femenino. Ella fue pensando encontrar la ocasión para poder conocer más de cerca la vida monástica. Pero un encuentro que  tuvo en la casa de la tía cambió todas las cosas: la joven postulante se convirtió pronto en una esposa feliz. [7]

Aquellos que conocían bien al starec Ambrosio sabían por experiencia personal que necesitaba obedecer en todo a lo que él les decía, sin jamás contradecirlo. Él mismo solía decir a menudo: “No discutas jamás conmigo. Yo soy débil, podría ceder, y esto sería siempre nocivo para vos”. Se cuenta la visita de un artesano que, después de haber fabricado un nuevo iconostasio para la iglesia de Optina, fue a ver al starec Ambrosio para recibir su bendición antes de regresar a su casa, a Kaluga, a 60 kilómetros del monasterio. Los caballos habían sido ya preparados, el artesano tenía apuro por llegar a su taller, sabiendo que un encargo remunerativo lo esperaba. Pero el starec, después de haberlo entretenido por mucho tiempo, lo invitó a volver al día siguiente, después de la misa, a tomar té en su celda. El artesano, halagado por la atención del santo hombre, no osó rechazar la invitación: esperaba poder encontrar a su cliente de Kaluga por lo menos al caer la tarde. Pero el starec no quiso dejarlo partir. El artesano debió volver una vez más a tomar el té en su celda, antes de las vísperas. Por la tarde, el padre Ambrosio renovó la invitación para el día siguiente. El artesano, estando muy disgustado, no osó protestar y obedeció de nuevo. Esta maniobra se renovó por tres días. Al final el starec despidió al artesano, diciéndole: “Gracias, amigo mío, por haberme obedecido. Dios te protegerá. Ve en paz”. Un tiempo después, el artesano se enteró de que dos de sus ex aprendices, sabiendo que él debía de volver de Optina con una considerable suma de dinero, le habían esperado tres días y tres noches en el bosque, cerca del gran camino a Kaluga, con la intención de matarlo.

Los consejos del starec Ambrosio, cuando eran seguidos por sus hijos espirituales, conducían a las personas sobre el camino en el cual ellas encontraban la posibilidad de florecer plenamente y de dar los frutos de la gracia. Un joven sacerdote, fue nombrado según su deseo, párroco en la parroquia más pobre de la diócesis de Orel y, después de un período de dificultades, se le fue el coraje y deseó ser transferido a otro lugar. Antes de hacer el pedido, el joven sacerdote fue a consultar al starec Ambrosio. Viéndolo desde lejos, el starec le gritó: “¡Ve, vuelve a tu casa, padre! Él está sólo, mientras vosotros sois dos.” Luego, para explicar el sentido de sus palabras agregó: “El demonio está sólo para tentar, mientras tú tienes a Dios que te ayuda. Vuelve a tu casa. Es un pecado dejar la parroquia. Celebra la liturgia cada día y no tengas ningún temor: todo saldrá bien.” El sacerdote, sintiéndose animado, retomó con paciencia su trabajo pastoral. Después de muchos años se revelaron en él dones extraordinarios: el Padre Georgij Kossov se convirtió en un starec de gran fama.

El conocimiento de los designios de la providencia  el poder sobre los destinos humanos se manifestaron de manera sorprendente en el starec Ambrosio cuando emprendió la fundación de un monasterio de mujeres en Samordino. Sobre el consejo del starec, una de sus hijas espirituales, la rica propietaria Kljucareva, compró la finca de Samordino, a 12 kilómetros de Optina. En la intención de la mujer, que había tomado recientemente el velo,  estaba que esa propiedad asegurara el futuro de sus dos sobrinas, dos huérfanas gemelas. El starec Ambrosio iba a menudo a Sarmodino para controlar la construcción de la nueva casa de las gemelas  Kljucarev. Edificadas según las indicaciones del starec, esta nueva casa señorial tenía sin embargo la disposición de un monasterio. Las dos hijas se establecieron con algunas mujeres, ancianas del servicio doméstico de los kljucarev. Su abuela, que habitaba en Optina en un edificio contiguo al monasterio se ocupaba de la instrucción de las dos huérfanas. Para poder darles una buena educación mundana, quería llevar a Samordino a una institutriz francesa. Pero el starec se opuso. No queriendo sin embargo, entristecer a la mujer, se cuidó de revelar el verdadero motivo de su rechazo. Pero si habló abiertamente con una amiga de la familia Kljucarev. “Las pequeñas no vivirán – le dijo el starec-. No es para la vida de este mundo que necesita prepararles sino para la vida eterna. A ellas le sucederán en Samordino algunas religiosas, las cuales orarán por el reposo de sus almas.” [8]

La abuela murió en 1881 y, dos años después, sus sobrinas, hijas y discípulas del starec, murieron juntas de difteria a la edad de doce años. Al año siguiente, en 1884, se incendió en Samordino una comunidad de religiosas. Atraídas por la fama del starec Ambrosio, director espiritual de las monjas de Samordino, mujeres provenientes de todas las clases de la sociedad pidieron entrar en el nuevo monasterio. Pronto el número de religiosas subió a quinientos. Se debieron construir con urgencia nuevos cuerpos en el edificio para alojar las monjas que afluían continuamente, para condicionar un hospicio destinados a mujeres ancianas, un orfanato y una escuela. El starec creo en Samordino una gran familia unida por la oración y el trabajo. Él iba a menudo a pasar unos días entre sus hijas espirituales. Pero las estadías prolongadas del starec Ambrosio en Samordino suscitaron el descontento de las autoridades eclesiásticas: se le señaló que el starec no debía privar de su ayuda a los visitantes que venían en número siempre más numeroso a Optina. Es un hecho muy significativo, que muestra hasta qué punto cambió la actitud del episcopado en relación al starcestvo durante el tiempo del starec León.

La correspondencia del starec Ambrosio fu inmensa: en efecto cada día recibía entre treinta y cuarenta cartas, que eran puesta sobre la tierra ante él y él, con el bastón, indicaba algunas a las cuales necesitaba responder inmediatamente. A menudo conocía el contenido de la carta antes de abrirla. Las personas más diversas se dirigían al starec. Una joven artista francesa, católica romana, le escribió desde San Petersburgo, buscando un consuelo espiritual a su dolor: hacía poco tiempo, en efecto, había perdido al hombre que amaba. Para cada uno el padre Ambrosio encontraba las palabras necesarias, aquellas que iban derecho al corazón y que despertaban en la persona la vida espiritual. Si se toma en consideración el trabajo cotidiano de este viejo monje enfermo, el número de cartas a las cuales respondía, la cantidad de visitantes que recibía, encontrando cada vez la respuesta justa, una solución simple en las situaciones más complicadas, nos hace dar cuenta que un esfuerzo puramente humano no podía bastar para desarrollar tales tareas. La obra de un starec es inconcebible sin el concurso incesante de la gracia divina.

Los no creyentes, los “buscadores de Dios”, tan numerosos en la inteligencia rusa hacia fines del corriente siglo, al acercarse al starec Ambrosio veían su fe, ya apagada, encenderse por su sola presencia. Un hombre que había pasado años enteros buscando la “verdadera religión” y no la había encontrado en Tolstoi, fue finalmente a Optina, “únicamente para ver”. “Pues bien, mirad”, le dijo el starec, parándose ante él y fijando sus ojos llenos de luz. El hombre se sintió como calentado por aquella mirada. Quedándose varios meses en Optina, un día dijo al starec: “He encontrado la fe”. [9]

Todos los caminos espirituales de Rusia sobre el final del siglo XIX pasaban por Optina. También Vladimir Solov’ev y Dostoevskij fueron allí. El encuentro con el starec no dejó ningún rasgo en la obra de Solov’ev. Este metafísico, cuyo pensamiento buscaba una síntesis cristiana pero moviéndose en la búsqueda del idealismo neoplatónico y alemán, este gran visionario que vivía en una tradición mística extraña a la del cristianismo, este utópico enamorado de la idea teocrática, era insensible a la tradición viviente de la ortodoxia y a la realidad histórica de la iglesia rusa de su época. Él pasó cerca del starcestvo sin notarlo. Si bien, en su Relato sobre el Anticristo, aferrado por aquella angustia apocalíptica que marcó el fin de su vida, Solov’ev representará al apóstol Juan, “testigo” de la Iglesia de oriente, en el acto de volver al final de los tiempos, bajo los rasgos de un starec ruso.

La misma imagen del “monacato ruso” se presentó en la mente de Dostoevskij cuando quería encarnar en su obra el ideal de la santidad. Al crear el personaje del starec Zósima  en Los hermanos Karamazov no podía, en efecto, no pensar en su encuentro con el starec Ambrosio. Todo el marco externo, la descripción del monasterio con sus mínimos detalles, la espera de los visitantes, la escena del recibimiento por parte del starec, hacen pensar en Optina. Y el starec Zósima no tiene casi nada en común con el padre Ambrosio: es una figura bastante aburrida, muy idealizada para ser un retrato pintado del vivo. Zósima reproduce sin embargo algunos rasgos de san Tikon. En efecto, Dostoevskij si se sirvió de los escritos del obispo de Voronez al escribir “las enseñanzas” del starec Zósima.

Constantino Leont’ev, gran antagonista de Dostoevskij, afirmaba que Los hermanos Karamazov no han encontrado crédito en Optina. Aquel “cristianismo de color rosa”, según Leontev, tendría la impronta de una sensibilidad morbosa, extraña al espíritu monástico ruso. Esta observación es en cierta medida justa: el genio turbio, “dionisiaco” de Dostoevskij no habría hecho apreciar la sobriedad espiritual tan característica del starcestvo en general y sobretodo de Optina en la época del starec Ambrosio. Pero, por otra parte, nos podemos también preguntar si el mismo Leont’ev llegó a comprender la tradición joánica de la espiritualidad rusa encarnada por san Serafín de Sarov y por el starec Ambrosio. En efecto, Leont’ev buscaba otra cosa en la ortodoxia: enamorado de la belleza pagana del ser creado, esteta temeroso de que el progreso del cristianismo condujese al empobrecimiento de las formas naturales de la vida, Leont’ev no podía desear la transfiguración de la creatura. En la Iglesia él buscaba únicamente su salvación personal, un ideal ascético, algunas palabras severas sobre la muerte y sobre la vanidad de todas las cosas, el temor de Dios en oposición a su apego apasionado al cosmos no purificado, para oponerla a su admiración ante la ·”belleza deficiente y atractiva del mal”.

Nada es más extraño al espíritu de Optina que el cristianismo de Leont’ev. Sin embargo, después de haberse encontrado una vez con el starec Ambrosio, aquel hombre extravagante y apasionado no quiso jamás dejarlo y terminó viviendo quince años en una casita que se hizo construir dentro de los muros del monasterio. Por consejo del Padre Ambrosio, Constantino Leont’ev se hizo monje en el monasterio de la Trinidad de San Sergio en 1890.

También los maestros del pensamiento ruso han sentido profundamente la fascinación irresistible de Optina. Lev Tolstoi tuvo algunos coloquios con el starec Ambrosio. Excomulgado, inmerso en la soledad, enfermo, es aún a Optina donde querrá ir, en un impulso de angustia, algún día antes de morir para dar vueltas en torno al skit sin osar entrar allí… Strachov, Rozanov, y cuantos otros también, en cierto momento de su vida, se sintieron atraídos hacia Optina, llevada al apogeo de su gloria por el starec Ambrosio.

El padre Ambrosio era de media estatura y muy encorvado. Caminaba con mucha fatiga, apoyándose en su bastón. Enfermo, estaba acostado la mayor parte del tiempo y  recibía a los visitantes estando medio acostado sobre el lecho. Bello en su juventud, el starec tenía un rostro pensativo cuando permanecía solo y cuando estaba con los demás era alegre y vivaz. Su rostro cambiaba continuamente de expresión: a veces el padre Ambrosio miraba a su interlocutor con expresión de ternura, otras veces tenía una sonrisa juvenil y comunicativa, otras veces también doblaba la cabeza y escuchaba en silencio lo que le decían, para permanecer luego algunos minutos en meditación profunda antes de tomar la palabra. Los ojos negros del starec se fijaban sobre aquel al cual le hablaba y se percibía que aquella mirada penetraba hasta el fondo del ser humano y que nada podía permanecerle oculto. Si bien, cuando pasaba esto se sentía una sensación de bienestar, de relajación interior y de alegría.

Siempre afable y alegre, lleno de humor, el starec Ambrosio tenía un espíritu bromista incluso en las horas de extremo cansancio, hacia el final del día, incluso después de haber hablado doce horas seguidas con los visitantes que pasaban uno tras otro por su celda. Cada mañana se preparaba  para su tarea cotidiana orando en la celda solo. Eran los únicos momentos en los cuales el padre Ambrosio no dejaba entrar a nadie, no queriendo que se lo viese mientras oraba. Las personas que probaron entrar a verlo, no obstante su expresa prohibición, han visto al starec sentado sobre el lecho, inmerso en oración.  Su rostro expresaba una alegría indecible. La presencia de Dios se manifestaba de tal manera que los visitantes no osaban permanecer un instante más en  su presencia. Un día, un hieromonje del skit, entrando en la celda del padre Ambrosio a la hora de oración, vio el rostro del starec resplandecer de una luz insostenible para la mirada humana.

Para evitar toda manifestación demasiado asombrosa de santidad, el starec Ambrosio no realizaba nunca curaciones: mandaba a los enfermos a un pozo bendito donde ellos recuperaban la salud después de una inmersión. Pero los signos milagrosos se multiplicaban. Un día, mientras la multitud se agolpaba en el patio del monasterio para recibir la bendición del starec, se escuchó a uno gritar sorprendido: “¡Es él, es él!”. Habiendo distinguido al hombre que gritaba, el starec quedó confundido y ya era muy tarde para disimular el hecho: el hombre había reconocido en el padre Ambrosio aquel anciano que se le había aparecido en sueños algunos días antes para invitarlo a venir a Optina a recibir ayuda eficaz por su situación desesperada.[10]

Aún más sorprendente es la aparición del starec Ambrosio a una persona que tenía necesidad de él. A propósito, es necesario aclarar que el starec, estando enfermo,  no dejaba casi nunca Optina, si no para ir a Samordino. Es en aquel monasterio, entre sus hijas espirituales, que él pasó el último año de su vida.

En ese tiempo, un pobre buen hombre de provincia, que cargaba con una familia numerosa y que había perdido su puesto de administrador de un propietario rico, tuvo la idea de ir a Optina. Él esperaba, en efecto, que el starec Ambrosio, del cual había escuchado tanto hablar, pudiera sacarlo de su difícil situación. Un día, el ve por la ventana a un anciano monje peregrino que pasaba ante su casa apoyándose en un bastón. Según la piadosa costumbre de los campesinos rusos, el hombre hizo pasar al anciano monje y le ofreció de comer. Le contó sus penas y le habló de su deseo de ir a Optina. El viejo peregrino dijo a su anfitrión que el padre Ambrosio se encontraba en Samordino y le aconsejó ir pronto si quería encontrar al starec aún con vida. El peregrino había recién salido,  cuando la señora de la casa se ofreció a hospedarlo hasta el día siguiente. Corrió a buscarlo pero el anciano había desaparecido.

¡Cuán grande fue la sorpresa de ese hombre cuando, en Samordino, reconoció en el starec Ambrosio al anciano peregrino que él había recibido en su casa algunos días antes! Se postró ante el starec para contarle todo, pero el starec lo interrumpió diciendo: “Calla, calla”, e, indicando a una señora que se encontraba entre la multitud de los visitantes agregó: “Serás administrador en su propiedad”.

Llegado a Samordino en el verano de 1890, el starec Ambrosio se enfermó y debió permanecer allí todo el invierno. En la primavera de 1891 se sintió un poco mejor, pero una extrema debilidad le impedía regresar a Optina. Continuaba recibiendo a los visitantes mañana y tarde, sin bien su voz se fue volviendo tan débil que había que hacer un esfuerzo para escuchar lo que decía. Los monjes de Optina solicitaban con insistencia el regreso del starec a su monasterio –se hablaba incluso de llevarlo allí a la fuerza-, pero el padre Ambrosio respondía que él permanecería en Samordino por expresa voluntad de Dios y que moriría por el camino si era conducido a Optina. A su vez también el obispo de Kaluga exigió el retorno del starec al skit. Hacia finales de septiembre, manifestó el deseo de ir personalmente a Samordino para explicar las razones al padre Ambrosio. Las monjas preparándose para recibir al obispo, preguntaron al starec qué debían cantar en el momento de su ingreso solemne. El starec respondió: “Le cantaremos Aleluia”. Y agregó que intentaría  encontrar al obispo en el centro de la iglesia, algo que era contrario a su costumbre.

El estado de salud del enfermo se agravó: él perdió totalmente el oído, al punto que los visitantes, que no cesaban de asediarlo -incluso sobre su lecho de muerte- debían escribir sus preguntas en una gran hoja de papel. A partir del 6 de octubre se comenzó a esperar el fin de una hora otra. El starec recibió la unción de los enfermos y la santa comunión, con la asistencia de su discípulo y sucesor, el padre José de Optina. Era el 9 de octubre. El archimandrita Isaakij, abad de Optina, fue por última vez a hacer una visita al starec, se desato en lágrimas al verlo. Al día siguiente, el moribundo permaneció inmóvil. El 10 de octubre, a las once y media, después de la lectura de las oraciones del tránsito, el starec Ambrosio levantó el brazo, hizo la señal de la cruz y dejó de respirar. Su rostro estaba sereno, sus labios conservaban una expresión sonriente y de alegría profunda.

Justo en aquel momento el obispo de Kaluga estaba partiendo de la ciudad para ir a Samordino. Durante el viaje recibió el telegrama que le anunciaba la muerte del starec. Cuando, tres días después, el prelado hizo su ingreso en la iglesia de Samordino, el coro estaba cantando el aleluia del oficio fúnebre, mientras el féretro, aún abierto, del Padre Ambrosio se encontraba en el centro de la iglesia.

Mucho tiempo antes de enfermarse, el starec había advertido al padre José que su cadáver, contrariamente a los de sus predecesores León y Macario, habría de emanar un olor a putrefacción. “Esto me sucederá –dijo- porque he merecido inmerecidamente mucha gloria durante mi vida”. En efecto, inicialmente se sintió un olor, pero después desapareció progresivamente.  El día de su sepultura, el cuerpo del starec exhalaba un perfume sorprendente. Más de 8.000 personas fueron a saludar a aquel cuerpo que permaneció expuesto por cuatro días. Cada uno buscaba colocar por un instante sobre los despojos del starec un pañuelo o un trozo de tela para conservarlo después como un objeto sagrado. Ya que los monasterios de Optina y de Samordino se disputaban el derecho de la sepultura, el santo Sínodo, informado de este litigio, se pronunció a favor de Optina.

El 14 de octubre, bajo una lluvia de otoño, el cuerpo del starec Ambrosio fue trasladado a Optina. El ataúd, llevado sobre las espaldas, dominaba la inmensa multitud. En todos los pueblos, clero y laicos, se unían a la procesión llevando íconos y estandartes. De tanto en tanto la procesión se paraba para rezar las letanías. Este cortejo fúnebre parecía más bien un traslado de reliquias. Se observó un hecho particular: los grandes cirios que rodeaban el ataúd no se apagaron durante el largo camino a pesar de la intemperie.

Algunos años antes de su muerte, el starec Ambrosio había hecho pintar un ícono de la Virgen bendiciendo el grano de la siega. Le había dado el nombre de “Nuestra Señora de la siega”, y había instituido la  fiesta el 15 de octubre. Justo el día en el cual su cuerpo fue entregado a la tierra.

El starec Ambrosio fue sepultado junto a la iglesia del monasterio de Optina, al lado de su maestro, el starec Macario. Más tarde, sobre su tumba se levantó una capilla, en la cual las lámparas ardían continuamente ante el ícono de la Virgen y de San Ambrosio de Milán, patrono del starec. Sobre la piedra de la tumba, fueron grabadas las palabras de san Pablo: “Fui débil con los débiles, para ganarme a los débiles. Me he hecho todo con todos, para salvar a toda costa a alguno”. (1 Cor 9, 22).



Vladimir Lossky
Gli “Starcy” de Optino
Pág. 106-124
En “Padri nello Spirito” escrito por
Nicolas Arseniev – Vladimir Lossky
Ed. Qiqajon. Comunidad Bose. 1997


[1] Cf. E. Poseljanin, Russkie podvizniki 19-go veka (Ascetas rusos del siglo XIX), Sankt- Peterburg 1903, p. 523.
[2] Ibid., p. 524. Juego de palabras intraducible: oppyt = “experiencia”.
[3] Ibid., p. 535.
[4] Ibid., p.527.
[5] Ibid., p. 539.
[6] Ibid., p. 536.
[7] ibid., pp. 536-537
[8] Ibid., p. 556.
[9] Ibid., p. 533
[10] Ibid., p. 547-548