Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

sábado, 16 de junio de 2012

La invocación del Nombre y la oración continua en la vida de San Antonio abad.


Noelle Devilliers



La invocación del Nombre.

Antonio encuentra su alegría en el Nombre de Aquel que ama, Nombre bendito que quema como fuego, cura a los enfermos, libera de todo tipo de esclavitud. En el Nombre se encierra una energía divina. El santo cuenta: “¡Cuantas veces [los demonios] me han proclamado santo y yo los he maldecido en el nombre del Señor!”  (Vida 39,2)

Y al diablo que se lamentaba porque por todos lados era combatido por los cristianos, Antonio responde:

“Si bien tú eres siempre mentiroso y no dices nunca la verdad, esta vez, incluso sin quererlo has dicho la verdad, porque Cristo ha venido y te ha hecho impotente, te ha abatido y despojado” (Vida 41,4)

Antonio curaba a los enfermos que venían a suplicarle que los curara invocando el nombre del Señor:

 “El demonio, reprendido en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, salió del hombre y quedó curado” (Vida 63,3)

“Entonces Antonio se puso a orar e invocó el nombre de Cristo sobre ella y la niña se levantó curada: el demonio impuro había salido de ella.” (Vida 71,3)

“Antonio no curaba a los enfermos dando órdenes, sino orando e invocando el nombre de Cristo, de modo que fuera claro para todos que no era él quien obraba sino el Señor que por medio de Antonio manifestaba su amor por los hombres y curaba a los enfermos” (Vida 84,1)

Comenzaba así a tomar forma, desde los orígenes de la vida monástica, la oración de Jesús. La vida de Antonio nos ofrece sobre esto un testimonio luminoso y discreto, según el estilo propio de la tradición oriental. Se puede incluso descubrir en las últimas palabras del santo a sus discípulos el fundamento del método hesicasta que asociará la respiración a la invocación del Nombre. Les dijo a ellos: “… respirad siempre a Cristo y tened fe en él” (Vida 91,5)


La oración continua.

Antonio recomendaba a sus hijos orar continuamente, como él antes que ellos había aprendido a hacer. Su oración es incesante y está alimentada de las Escrituras de las cuales nada se le escapa, prestando mucha atención a su lectura. En uno de los raros pasajes en los cuales Antonio acepta hablar de sí mismo para transmitir a los discípulos su propia experiencia espiritual, se narra lo siguiente:

“En realidad, ahora querría callar y no decir nada que viniera de mí mismo, ya que basta con lo que se ha dicho. Pero para que no penséis que simplemente digo estas cosas por hablar, sino para que convenzan de que lo hago por verdadera experiencia, por eso quiero contarles lo que he visto en cuanto a las prácticas de los demonios. Tal vez me llamen tonto, pero el Señor que está escuchando sabe que mi conciencia es limpia y que no es por mí mismo sino por vosotros y para alentaros que digo todo esto.”
“¡Cuántas veces me llamaron bendito, mientras yo los maldecía en el nombre del Señor! ¡Cuántas veces hacían predicciones acerca del agua del Río! Y yo les decía: ¿Y qué tenéis que ver vosotros en esto? Una vez llegaron con amenazas y me rodearon como soldados armados hasta los dientes. En otra ocasión llenaron la casa con caballos, bestias y reptiles, pero yo canté el salmo: ‘Unos confían en sus carros, otros en su caballería, pero nosotros confiamos en el nombre del Señor Dios nuestro’ (Sal 19,8), y a esta oración fueron rechazados por el Señor. Otra vez, en la oscuridad llegaron con una luz fatua diciendo: ‘Hemos venido a traerte luz, Antonio’. Pero cerré mis ojos, oré, y de un golpe se apagó la luz de los impíos. Pocos meses después llegaron cantando salmos y citando las Escrituras. Pero ‘yo fui como un sordo que no oye’ (Sal 37, 14). Una vez sacudieron la celda de un lado a otro, pero yo oré, permaneciendo inconmovible en mi mente. Entonces volvieron e hicieron un ruido continuo, dando golpes, silbando y haciendo cabriolas. Pero yo me puse a orar y cantar salmos, y entonces comenzaron a gritar y lamentarse como si estuvieran completamente agotados, y yo alabé al Señor que redujo a nada su descaro e insensatez y les dio una lección.” (Vida 39)

Habitualmente Antonio calla. En la oración ya ha recibido “el mana escondido y una piedra blanca sobre la cual está escrito su nombre nuevo, que nadie conoce fuera de quien lo recibe” (Ap 2, 17), sin embargo, no puede ocultar los favores de los cuales Dios lo colma. A menudo, durante la oración, su espíritu es raptado y sus compañeros preguntándole insistentemente, buscan descubrir lo que le ha sido revelado. La narración de dichas visiones están marcadas evidentemente por la cultura y la mentalidad de su tiempo, pero su mensaje no ha envejecido. Se nos muestra a través de ellas el drama de la redención y la insistencia sobre la necesidad del combate espiritual. Antonio obtiene fuerzas nuevas por la oración y por la lucha espiritual. A menudo, por otro lado, ellas se presentan como una respuesta a algunos interrogantes o a algunas dificultades interiores.

“Tenía, además de todo esto, este carisma. Cuando habitaba en soledad sobre el monte, si por casualidad, buscaba algo en su interior y si tenía una dificultad, le era revelado en la oración por la Providencia. Como dice la Escritura: ‘el bienaventurado será instruido por Dios mismo’.
Acto seguido tuvo una discusión con algunos que habían venido a encontrarse con él, a propósito de la conducta del alma y de cuál sería su morada después de esta vida.
A la noche siguiente, alguien lo llamó de lo alto y le dijo: “Antonio, levántate, sal y mira”. Antonio salió –sabía en efecto a quien le convenía obedecer- elevó la mirada y vio a lo lejos un gigante deforme y terrible, que estaba de pie y llegaba hasta las nubes y a algunos seres que parecían alados y subían hacia lo alto. El gigante tendía las manos y a algunos les impedía subir pero otros volaban sobre él, lograban pasar y eran transportados hacia lo alto sin trabajo. Y esto le hacía rechinar los dientes en contra de ellos, en cambio se alegraba por aquellos que caían. Y rápidamente llegó a Antonio una voz que decía: “Comprendes lo que ves”. Entonces, se le abrió la mente y comprendió que se trataba del pasaje de las almas y que aquel gigante de pie era el Enemigo, envidioso de los creyentes, que tenía poder sobre aquellos que le estaban sometidos y no les dejaba pasar pero no podía  retener a aquellos que no le habían obedecido y ellos lograban pasarlo.
Como prevenido por esta nueva visión, luchaba aún más en progresar cada día. Hablaba a regañadientes de estas cosas pero dado que permanecía orando por mucho tiempo y esto sorprendía, sus discípulos lo interrogaban y no lo dejaban en paz hasta que fue obligado a hablar como un padre que no puede esconder nada a sus hijos. Si bien pensaba que su consciencia estaba limpia y que sus relatos serían útiles porque con ellos aprenderían que el fruto de la vida ascética es bueno y las visiones a menudo son una consolación en medio de las fatigas.” (Vida 66)

Para saber algo más sobre el modo de orar de Antonio, podemos referirnos a las Conferencias de Casiano, que relata el testimonio de abba Isaac:

“Para darles a entender qué es la verdadera oración, les relataré algunas palabras que no son mías, sino del bienaventurado Antonio. Lo he visto permanecer por tanto tiempo en oración que a menudo los primeros rayos del sol lo sorprendían en éxtasis y lo he escuchado exclamar en el fervor de su espíritu: “Oh sol, ¿por qué vienes a distraerme? Surges rápidamente para apartarme del resplandor de la verdadera luz”

Suya es también esta palabra celestial y más que humana:

“La oración no es perfecta –decía- si el monje tiene conciencia de sí y sabe que está orando”.

También Evagrio Póntico evoca este grado elevado de oración: “el alma  va hacia su Señor y raptada por el amor supremo recibe la gracia de emigrar de esta tierra. ¿Qué cosa hay más grande que conversar con Dios?” Afirma Evagrio:

“Cuando tu intelecto, en un gran deseo de Dios, poco a poco sale –por así decir de la carne y echa todos los pensamientos de la sensibilidad, del recuerdo y del temperamento, y tú te sientes lleno de temor y al mismo tiempo de alegría, entonces puedes pensar que te has acercado a los confines de la oración.”

Evagrio subraya sobre todo la renuncia a todo pensamiento, Antonio la renuncia a todo replegamiento sobre uno mismo. Según Isaac el Sirio el rapto de amor es un privilegio rarísimo, pero él asegura que Antonio lo tuvo como un don de Dios. Afirma Isaac:

“Solo un hombre entre diez mil puede volverse digno de la oración espiritual. Esta es un misterio propio de la vida futura, ya que la naturaleza es elevada a lo alto y termina todo movimiento suscitado por el recuerdo de las cosas de la tierra. El alma no reza una oración, sino que percibe las cosas espirituales del mundo futuro, cosa que sobrepasa la inteligencia humana y que es debido a la acción del Espíritu.
Se trata de una mirada espiritual y no de la recitación o de la invocación de una oración. Esta comienza por la oración. Ya que tales hombres han alcanzado la perfección de la pureza y no hay instante en los cuales sus movimientos interiores no estén en oración, como he dicho más arriba. Y cada vez que el Espíritu los escruta los encuentra en oración y por ella los conduce a la Theoria, es decir, a la visión espiritual. Pero no teniendo necesidad de largas oraciones o de tiempos de oración prefijados y ordenados – es suficiente para ellos el recuerdo de Dios que a menudo les arrastra al amor como prisioneros-. Sin embargo, no dejan en absoluto de cumplir con las oraciones establecidas, por el contrario, le hacen honor estando de pie las horas fijadas más allá de a su vez perseverar en la oración continua. Vemos, en efecto, que san Antonio percibe que su mente estaba elevada mientras estaba en oración a la hora nona.”



Noelle Devilliers,
Antonio y la lucha espiritual.
Ed. Qiqajon. Comunidad de Bose.

Publicado por esicasmo.it


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viernes, 15 de junio de 2012

El Nombre y la plenitud total


Un Monje de la Iglesia de Oriente.



Hemos considerado los aspectos más importantes de la invocación del Nombre de Jesús, ordenándolos como en una especie de escala ascendente y creemos que esta escala corresponde al normal progreso de la vida del alma.

Sin embargo, Dios que “da al Espíritu sin medida” (Juan 3,34) sobrepasa nuestros límites. Estos distintos aspectos de la invocación no tienen un orden inmutable: un principiante puede ser rápidamente elevado a la más alta comprensión del contenido del Nombre, mientras otro, que ha sido cuidadoso por años en la invocación del Nombre, puede no llegar a superar los primeros estadios. No es esto lo que importa. Lo único que importa es que lo que el Señor quiera se realice en nosotros.

Por esto el esquema que hemos seguido es en gran parte artificial y no tiene más que un valor relativo.
Esto resulta evidente para quien ha tenido alguna experiencia de todos los aspectos del Nombre aquí descriptos. En este punto, el cual cuando se es alcanzado no implica necesariamente una perfección mayor, pero sí una agudeza intelectual o espiritual, y una percepción ágil y discernimiento en la consideración de las cosas de Dios, se hace difícil y también artificioso y tedioso y algunas veces incluso imposible, concentrarse sobre uno o sobre otro aspecto del Nombre de Jesús, por más noble que pueda ser. La invocación y la contemplación del Sagrado Nombre se vuelve entonces global y nosotros nos volvemos simultáneamente consciente de todo el valor del Nombre. Entonces repetimos “Jesús” y encontramos quietud en la plenitud y en la totalidad del Nombre del Señor. Incapaces de separar y de aislar sus diversos aspectos, nos sentimos implicados como en un todo unificado. El Sagrado Nombre lleva entonces al Cristo entero y nos introduce en su plenitud total.

Esta plenitud total es más que la Presencia de proximidad y que la Presencia de inhabitación del cual hemos hablado. Esta es el don actual de todas las realidades de las cuales el Nombre es un medio de acercamiento: Salvación, Encarnación, Transfiguración, Iglesia Eucaristía, Espíritu y Padre. Es entonces que aprendemos “cuál es la anchura y la longitud, la profundidad y la altura…” (Ef 3,18), y comprendemos qué significa “reunir todas las cosas en Cristo Jesús” (Ef 1,10). Esta plenitud total es todo. El Nombre no es nada sin esta plenitud. Aquel que es capaz de vivir constantemente en la Presencia del Señor, no tienen necesidad del Nombre. El Nombre no es más que un incentivo hacia la plenitud. Puede llegar un momento, incluso aquí en la tierra, en que deberemos abandonar el Nombre mismo para volvernos libres de todo, excepto del impronunciable e inefable contacto viviente con la Persona de Jesús.

Cuando consideramos separadamente los aspectos y las implicaciones del Nombre de Jesús, nuestra invocación del Nombre es semejante a un prisma que subdivide  un haz de luz blanca en varios colores del espectro. Cuando en cambio invocamos el “Nombre total” (la plenitud total), utilizamos el Nombre como si fuese un lente que recibe y concentra este haz de luz blanca. Con una lente un rayo de sol puede también hacer prender fuego a una sustancia combustible. El Sagrado Nombre es este lente. Jesús es la luz ardiente que el Nombre, actuando como un lente, puede unir y dirigir hasta encender un fuego dentro de nosotros: “He venido para encender un fuego sobre la tierra...” (Lucas 12, 49).

La Sagrada Escritura a menudo promete una bendición especial a los que invocan el Nombre del Señor. Podemos decir del Nombre de Jesús lo que ha sido dicho del Nombre de Dios. Repetiremos aquí: “Vuelve a mí tu mirada y sé misericordioso conmigo, como tú fuiste con los que aman tu Nombre” (Sal 119, 132). Y que de cada uno de nosotros Dios pueda decir lo que dijo de Pablo: “Él es un vaso elegido por mí, para llevar mi Nombre” (Hechos 9, 14). Amén



Traducido del texto italiano publicado por esicasmo.it

Publicación en castellano:
La invocación del nombre de Jesús.
Un Monje de la Iglesia de Oriente
Ed. Claretiana. Buenos Aires. 2009
Págs. 75-78

martes, 12 de junio de 2012

La oración de Jesús y la vida Trinitaria


Un monje de la Iglesia de Oriente



 El Nombre de Jesús y el Espíritu Santo

1-  El nombre de Jesús tuvo un puesto eminente en la predicación y en la obra de los apóstoles: predicaban en el nombre de Jesús, curaban a los enfermos en su nombre; y con frecuencia decían a Dios: “Concede a tus siervos que puedan ser hechos signos y prodigios en el Nombre de tu santo Hijo Jesús” (Hechos 4, 29-30). Y así, “el Nombre del Señor Jesús era magnificado” (Hechos 19,7).

Pero fue sólo después de Pentecostés que los apóstoles anunciaron el Nombre “con poder”. Jesús había dicho: “Recibiréis poder, cuando el Espíritu Santo descienda sobre ustedes” (Hch 1,8). En este uso “pentecostal” del Nombre de Jesús se hace evidente el vínculo que une al Espíritu y al Nombre. Tal uso “pentecostal” no es limitado a los apóstoles sino concedido a todos “aquellos que creen”. A todos son dichas las palabras de Jesús: “En mi Nombre expulsarán los demonios, hablarán nuevas lengua, impondrán las manos sobre los enfermos y los curarán” (Marcos 16, 17-18).

Es solo nuestra fe insuficiente y el poco amor que tenemos lo que nos obstaculizan para invocar el Nombre en el poder del Espíritu. Si emprendemos sinceramente el camino del Nombre, nos encontraremos capaces (sin vanidad, sin considerarnos demasiado a nosotros mismos) de manifestar la gloria de nuestro Señor y de ayudar a los otros a través de los “signos”.

Aquel, en el cual el corazón es un navío del Sagrado Nombre, no duda en ir de acá para allá para repetir a los que tienen necesidad de alivio espiritual y corporal las palabras de Pedro: “No tengo ni plata ni oro: pero lo que tengo yo te lo doy: en el Nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y camina” (Hechos 3,6). ¡Oh, que el Espíritu de Pentecostés pueda venir e imprimir en nosotros con letras de fuego en Nombre de Jesús!  

2-  El uso pentecostal del Nombre, es uno de los aspectos de nuestra aproximación al Espíritu Santo a través del Nombre de Jesús. El Nombre nos llevará hacia nuevas y más íntimas experiencias del Espíritu. Pronunciando el Nombre podemos vislumbrar algo de la relación entre el Espíritu y Jesús. Hay una relación de amor entre Jesús y el Espíritu. En el repetir el Nombre de Jesús nos encontramos en el cruce, por así decirlo, donde estos dos “movimientos” se encuentran.

3- Cuando Jesús fue bautizado, “el Espíritu Santo descendió sobre Él con el aspecto corpóreo de una paloma” (Lucas 3, 22). El descenso de la paloma es la mejor expresión de la actitud del Espíritu hacia el Señor. Ahora intentamos, mientras decimos el Nombre de Jesús, de introducirnos, si se puede decir así, en el movimiento del Espíritu hacia Jesús, mientras el Espíritu enviado por el Padre desciende en Jesús. Intentamos unirnos nosotros mismos, en cuanto nos es posible, a este vuelo de la paloma (“Oh, si tuviese alas de paloma… “ Sal 55,6), y a los dulces sentimientos expresados por su voz… “La voz de la tórtola ha sido oída en nuestra tierra” (Cant 2, 12).

 Antes de “interceder por nosotros con gemidos inefables” (Rom 8, 26), el Espíritu estaba y eternamente permanece en amorosa espera de Jesús. El Apocalipsis muestra al Espíritu junto a la Esposa (que es la Iglesia), mientras suspiran por la venida del Señor. Cuando invocamos el Nombre de Jesús, nosotros podemos considerarlo como el suspiro y la aspiración del mismo Espíritu Santo, como la expresión del deseo y de anhelo del Espíritu. Podremos así ser admitidos (si allí lo permite nuestra humana y débil capacidad) dentro del misterio de la relación de amor entre el Espíritu y el Hijo.

4- Complementariamente, el Nombre de Jesús puede ayudarnos a entrar en el vínculo de amor entre el Señor y el Espíritu. Jesús fue concebido por María “por el Espíritu Santo” (Mateo 1,20). Él fue, durante su vida terrena (y aún ahora) el perfecto receptor del Don. Dejó que el Espíritu tomase completo dominio de Él, siendo “engendrado por el Espíritu Santo” (Mateo 4,14). Él dijo “el Espíritu del Señor está sobre mí” (Lucas 4,18). En todo esto Jesús mostró una humilde docilidad al Espíritu Santo.

Al pronunciar el Nombre de Jesús, nosotros podemos (cuanto es posible a un hombre) junto a Él volvernos obedientes al Espíritu. Y podemos también unirnos a Él, introduciéndonos en el punto de irradiación del Espíritu que es Cristo: “Él tomará aquello que me pertenece y se los dará…” (Juan 16,15). “Yo lo enviaré a ustedes” (Juan 16,7).
Podemos considerar al Nombre de Jesús como el fuego por el cual el Espíritu se irradia en el género humano, podemos ver a Jesús como la boca por la cual el Espíritu es exhalado. Así, al pronunciar el Nombre de Jesús, podemos asociarnos con estos dos movimientos: el Espíritu que llena a Jesús y Jesús que nos envía al Espíritu.
Crecer en la invocación del Sagrado Nombre significa crecer en el conocimiento del “Espíritu del Hijo” (Gálatas 4,6).

El Nombre de Jesús y el Padre

 5- Nuestra lectura del Evangelio será superficial mientras que veamos solo un mensaje dirigido a los hombres o un género de vida ofrecido a los hombres. El corazón del Evangelio es la misteriosa relación de Jesús con el Padre. El secreto del Evangelio es Jesús que se entrega a Él. Este es el misterio fundamental de la vida del Señor. La invocación del Nombre de Jesús nos puede proveer una real, aunque débil y pasajera, participación en este misterio.

 6- “En el principio estaba el Verbo” (Juan 1,1). La persona de Jesús es la Palabra viviente pronunciada eternamente por el Padre. Como el Nombre de Jesús, por una especial dispensación divina, ha sido elegido para significar la viviente Palabra proferida por el Padre, podemos decir que este Nombre participa en una cierta medida en esta eterna emisión de la Palabra. En un modo antropomórfico (fácil de corregir) podemos decir que el Nombre de Jesús es la única palabra humana que el Padre ha pronunciado eternamente. El Padre genera eternamente a su Verbo y se da siempre a sí mismo a través de la generación del Verbo. Si nos esforzamos en acercarnos al Padre a través de la invocación del Nombre de Jesús, debemos ante todo, pronunciando el Nombre, contemplar a Jesús como objeto de amor y de donación del Padre. Debemos sentir (en nuestro modo limitado) la efusión de este amor y este don en el Hijo.
Ya hemos visto a la paloma descender sobre él, escuchemos ahora la voz del Padre: “Tú eres mi hijo querido, en Ti m complazco” (Lucas 3,22).

7- Y ahora, introduzcámonos con humildad en la conciencia filial de Jesús. Después de haber encontrado en la palabra “Jesús” la voz del Padre que dice “mi Hijo”, Jesús no tiene otro objetivo que el de revelar al Padre y el de ser su Verbo. No solo las obras de Jesús, en la vida terrena fueron actos de perfecta obediencia al Padre: “Mi alimento es hacer la voluntad de aquel que me ha enviado” (Jn 4,34). No solo la muerte sacrificial de Jesús  cumple el incansable pedido del Amor (del cual el Padre es la fuente): “Nadie tiene mayor amor que el que da su vida…” (Juan 15,13), sino que toda la esencia de Jesús es expresión perfecta del Padre. Jesús es “la luminosidad de su gloria, la imagen manifiesta de su persona” (Hebreos 1,3). Y esta eterna orientación del Hijo hacia el Padre, su eterno dirigirse a Él, es lo que nosotros deberemos experimentar en el Nombre de Jesús. Hay más en el Sagrado Nombre que el “ir hacia el Padre”. Al decir “Jesús” podemos en alguna medida unirnos al Padre y al Hijo y comprender su unidad haciéndola nuestra. En el mismo momento que pronunciamos el Sagrado Nombre, Jesús mismo nos dice a nosotros como dijo a Felipe: “¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí?.. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí” (Juan 14, 10.11).

Traducido del texto en italiano publicado por esicasmo.it

Publicación en castellano:
La invocación del nombre de Jesús.
Un Monje de la Iglesia de Oriente
Ed. Claretiana. Buenos Aires. 2009
Págs. 65-73