Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

sábado, 4 de agosto de 2012

Introducción a la Oración de Jesús


S.A.R. Princesa Ileana de Rumania

Monasterio de Sâmbata - Rumania 

 S. A. R. Princesa Ileana de Rumanía nació en Bucarest el 7 de enero de 1909 siendo la hija menor del Rey Ferdinand y la Reina María. Nieta de la Reina Victoria y también del Zar Alejandro II de Rusia, libertador de los serbios. En 1931 se casó con el Archiduque Antón de Austria y es madre de seis hijos. Siendo joven, durante la Primera Guerra Mundial, la Princesa experimentó directamente el sufrimiento y creció con una profunda preocupación por el bienestar de su pueblo. Se hizo enfermera de la Cruz Roja en la última guerra, estableciendo y supervisando su propio hospital en Rumanía. En 1950 después del exilio de su país de origen y de dos años en América del Sur, llegó a los Estados Unidos. Ha dado conferencias extensamente en ese país y es autora de Vivo de nuevo, sus memorias, El Hospital del Corazón de la Reina y Meditaciones sobre el Credo Niceno. Ha escrito también para el "Advent Papers" El Espíritu de la Iglesia Ortodoxa. [1]


Introducción a la Oración de Jesús

A menudo he leído sobre la Oración de Jesús en libros de oración y he escuchado sobre ella en la Iglesia, pero le puse atención por primera vez hace algunos años en Rumanía. Allá en un pequeño Monasterio de Sâmbata escondido al pie de los Cárpatos, en el corazón de un denso bosque donde hay una pequeña iglesia blanca que se refleja en un estanque claro como el cristal, conocí a un monje que practicaba la "Oración del Corazón". En aquellos días reinaba el silencio y una paz profunda en Sâmbata; era una lugar de descanso y fortaleza – le pido a Dios que aún lo sea.

He caminado mucho desde que vi por última vez Sâmbata y siempre la Oración de Jesús permaneció enterrada en mi corazón como un don precioso. Esta estuvo inactiva hasta hace algunos años cuando leí El Peregrino Ruso. Desde entonces he buscado practicarla continuamente. Algunas veces decaigo, sin embargo, la oración ha abierto vistas inimaginables dentro de mi alma y mi corazón.

La Oración de Jesús o la Oración del Corazón está centrada en el Santo Nombre. Puede ser dicha en su totalidad: "Señor Jesucristo Hijo de Dios, ten piedad de mí pecador"; puede ser cambiada a "nosotros pecadores" o a otros nombres individuales o puede ser abreviada. El poder está en el nombre de Jesús; es por esto que "Jesús" solo, puede colmar toda la necesidad de aquel que ora.

La Oración de Jesús se remonta al Nuevo Testamento y ha sido tradicionalmente usada durante mucho tiempo. [Alguien que practicó el] método de contemplación basado en el Santo Nombre se atribuye a San Simeón llamado el "Nuevo Teólogo" (949-1022). A la edad de catorce años, San Simeón tuvo la visión de una luz celestial que pareció separarlo de su cuerpo. Admirado y sobrecogido con un gozo poderosísimo experimentó la humildad ardiente y gritó "Señor Jesús ten piedad de mí", utilizando la oración del publicano (Lucas 18,13). Durante mucho tiempo después que la visión había desaparecido el gran gozo volvía a San Simeón cada vez que repetía la oración, y enseñó a sus discípulos a orar de esa forma. La oración evolucionó en su forma extensa: "Señor Jesucristo Hijo de Dios, ten piedad de mí pecador". Es así como ha llegado hasta nosotros de generación en generación a través de monjes y laicos piadosos.

La invocación del Santo Nombre no es peculiar de la Iglesia Ortodoxa, sino que es utilizada por los católicos romanos, anglicanos y protestantes pero en menor grado. En el Monte Sinaí y en Athos, los monjes lograron un sistema completo de contemplación basado en esta sencilla oración practicada en silencio total. Estos monjes se dieron a conocer como los "Quietistas" (en griego: "Hesicastas"). San Gregorio Pálamas (1296-1359), el último de los Padres de la Iglesia se convirtió en el representante de los hesicastas. Después de una larga y cansada batalla ganó un lugar irrefutable para la Oración de Jesús y los Hesicastas dentro de la Iglesia. En el Siglo XVIII cuando el zarismo obstaculizó el monaquismo en Rusia y los turcos aplastaron la Ortodoxia en Grecia, el Monasterio Neamtzu en Moldavia (Rumanía) se convirtió en uno de los grandes centros de Oración de Jesús.

Esta Oración es considerada altamente espiritual porque está dirigida totalmente hacia Jesús: todos los pensamientos y esfuerzos; la esperanza, la fe y el amor están expresados devotamente a Dios el Hijo. Ella cumple también dos mandamientos básicos del Nuevo Testamento. En el primero Jesús dice: "A ustedes les digo, cualquier cosa que pidan al Padre en mi nombre se las dará. Pero aún no han pedido nada en mi nombre: pidan y recibirán, para que su gozo sea completo" (Juan 16,23-24). El otro mandamiento es de San Pablo que nos pide orar sin cesar (1 Tesalonicenses 5,17). También sigue las instrucciones de Jesús sobre cómo orar (las que dio al mismo tiempo que enseñó a sus discípulos el Padre Nuestro): "Cuando ores entra en tu cuarto y cuando hayas cerrado la puerta ora a tu Padre que está en lo secreto, y tu Padre que ve en lo secreto te lo concederá" (Mateo 6,6).

Jesús enseñó también que todos los ímpetus buenos y malos tienen su origen en el corazón del hombre. "El hombre bueno del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo del tesoro maligno de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca" (Lucas 6,45). En estos y en muchos otros mandamientos del Nuevo Testamento, así como en el Antiguo los Santos Padres, aún antes que San Simeón, basaron su oración sencilla y ferviente. […]

En cierta época surgió la controversia sobre algunos Hesicastas, que cayeron en actos excesivos de piedad y ayuno porque perdieron el sentido de moderación, que tanto estima nuestra Iglesia. No tenemos que caer en malos usos de la Oración de Jesús para darnos cuenta que toda exageración es peligrosa y que en todo momento debemos ser moderados. "La práctica de la Oración de Jesús es la forma tradicional de cumplir la orden del Apóstol Pablo de 'orar siempre'; y no tiene nada que ver con el misticismo heredado de nuestros ancestros paganos". (Introducción a Escritos de la Filocalia.)

La Iglesia Ortodoxa está llena de profunda vida mística, la cual guarda y rodea con la fortaleza de sus reglas tradicionales; así pues sus místicos raramente se pierden. La “vida ascética” es una vida en la que las virtudes 'adquiridas', por ejemplo virtudes que resultan de un esfuerzo personal, pero que están acompañadas por esa gracia general que Dios concede a toda buena voluntad, prevalecen. La “vida mística” es una vida en la que los dones del Espíritu Santo predominan sobre los esfuerzos humanos y en la que las virtudes 'infusas' predominan sobre las 'adquiridas'. El alma se ha vuelto más pasiva que activa. Utilicemos una comparación clásica. Entre la vida ascética, en la que las acciones humanas predominan, y la vida mística, en la que las acciones de Dios predominan, existe la misma diferencia que entre remar y velear; el remo es el esfuerzo ascético, la vela es la pasividad mística que se despliega para agarrar el viento divino". (Introducción a la Espiritualidad Ortodoxa, p. 40). La Oración de Jesús es la esencia de la oración mística y puede ser utilizada por cualquier persona en cualquier momento, no hay nada de misterioso al respecto (no confundamos "misterioso" con "místico"). Empezamos siguiendo los mandatos y ejemplos dados a menudo por Nuestro Señor. Primero, retírate a un lugar tranquilo: "vengan aparte a un lugar desértico, y descansen un rato" (Marcos 6,31) […] Luego ora en lo secreto - solo y en silencio. Las frases "orar en secreto, solo y en silencio" creo necesitan un poco de explicación. "Secreto" debe ser entendido como se utiliza en la Biblia: por ejemplo, Jesús nos pide hacer nuestra caridad secretamente - que no sepa tu mano izquierda lo que hace la derecha. No debemos hacer desfilar nuestras devociones, ni alardear de ellas. "Solo" significa separarnos de nuestro alrededor inmediato y de las influencias que nos distraen. De hecho nunca estamos tan acompañados como cuando oramos "...viendo que estamos rodeados de una gran nube de testigos..." (Hebreos 12,1). Los testigos son todos aquellos que oran: ángeles, arcángeles, santos y pecadores, los vivos y los muertos. Es en la oración, especialmente la Oración de Jesús que nos hacemos agudamente conscientes de pertenecer al cuerpo vivo de Cristo. […]

En nuestra vida tan ocupada ésto no es fácil, sin embargo, puede lograrse - cada uno de nosotros puede encontrar algunos minutos en los cuales utilizar una oración que contiene pocas palabras, o aun solamente una. Esta oración debe ser repetida tranquilamente, sin prisa, y pensada. Cada pensamiento debe estar concentrado en Jesús, olvidando todo el resto, gozos y tristezas. Cualquier pensamiento vago, bueno o piadoso, puede convertirse en un obstáculo. Cuando abrazas a alguien que amas no te detienes a meditar cómo y porqué amas - solamente amas con todo el corazón. Es lo mismo cuando asimos espiritualmente a Jesús el Cristo a nuestro corazón. Si prestamos atención a la profundidad y calidad de nuestro amor, significa que estamos preocupados de nuestras propias reacciones, más que de darnos a nosotros mismos sin reservas a Jesús - no reteniendo nada. Piensa la oración a medida que inhalas y exhalas; calma la mente y el cuerpo utilizando como ritmo la palpitación del corazón. No busques palabras sino continúa repitiendo la Oración o el nombre de Jesús solo, con amor y adoración. ¡Eso es todo! ¡Extraño - en tan poco encontramos todo!

Es bueno tener horas regulares de oración y retirarse siempre que sea posible al mismo cuarto o lugar, de preferencia delante de un icono. El icono está cargado de la presencia objetiva de Aquel representado, y por lo tanto ayuda mucho nuestra invocación. Los monjes y monjas ortodoxos se ayudan de un rosario de lana para mantener fija la atención. Puede ser bueno cerrar tus ojos - volviéndose hacia adentro

La Oración de Jesús puede ser usada para alabanza y petición; como intercesión, invocación, adoración y acción de gracias. Es un medio por el cual ponemos a los pies de Jesús todo lo que hay en nuestros corazones por Dios y por el hombre. Es un medio de comunión con Dios y con todos los que oran. El hecho de que podamos entrenar nuestros corazones a orar aun cuando dormimos nos mantiene ininterrumpidamente con la comunidad de oración. Esta no es una afirmación imaginaria; muchos han experimentado este hecho vivificador. Por supuesto no podemos alcanzar esta continuidad de oración inmediatamente, pero es alcanzable. Por todo lo que vale debemos "...correr con paciencia la carrera que está delante de nosotros..." (Hebreos 12,1).

Yo tuve la prueba más profunda de comunión ininterrumpida con todos aquellos que oran cuando me sometí a una cirugía. Durante mucho tiempo estuve bajo anestesia. "Jesús" fue mi último pensamiento consciente y la primera palabra en mis labios al despertar. Fue maravilloso, más allá de cualquier palabra, descubrir que aunque no sabía qué estaba sucediendo en mi cuerpo, nunca perdí consciencia de la oración que se hacía por mí y de mi propia oración. Después de una experiencia tal, a uno ya no le extraña que existan grandes almas que dedican sus vidas exclusivamente a la oración.

La oración siempre ha tenido para mí una importancia muy real, y el hábito alcanzado en la niñez de orar por la mañana y por la tarde nunca me ha dejado. Pero en la práctica de la Oración de Jesús soy una principiante. Sin embargo, quisiera despertar tu interés en esta oración porque aún si solamente he tocado el borde del manto celestial, lo he tocado – y el gozo es tan grande que quiero compartirlo con otros. No es la forma de oración para toda persona; puede ser que tú no encuentres en ella el mismo gozo que yo, porque su forma puede ser muy diferente que la mía - aún siendo igualmente bellas.

En el temor y en el gozo, en la soledad y la compañía, esta oración está siempre conmigo. No solamente en el silencio de las oraciones diarias sino en todo momento y en todo lugar. Transforma para mí ceños fruncidos en sonrisas; embellece, como si se hubiera lavado una película de una foto vieja para que los colores aparezcan claros y brillantes, como la naturaleza en un día caluroso de primavera después de un chaparrón. Aún la desesperación se ha atenuado y el arrepentimiento ha alcanzado su objetivo.

Cuando me levanto en la mañana me inicia gozosamente el nuevo día. Cuando viajo por aire, tierra o mar mora en mi corazón. Cuando de pie en una plataforma me enfrento a mi audiencia me da ánimo. Cuando reúno a mis hijos alrededor mío murmura una bendición. Y al final de un día fatigado cuando me acuesto a descansar, le doy mi corazón a Jesús: "(Señor) en tus manos encomiendo mi espíritu". Duermo - pero mi corazón al latir ora con: "JESÚS".


S. A. R. Princesa Ileana de Rumanía
Publicaciones del Monasterio Ortodoxo Lavra Mambré
Traducción realizada por Monjas del
Monasterio Ortodoxo Lavra Mambré, Guatemala
Con la bendición del Monasterio Ortodoxo de la
Transfiguración, Ellwood City, Pennsylvania
Revisado por Lilian Castillo Steiger de Mijangos
Tomado de: "Introducción To The Jesús Prayer"
by H.R.H. Princess Ileana of Romania
Light and Life Publishing Company, Minnesota
Guatemala, 1999



[1] N. de T. La Reverenda Madre Alexandra -Princesa Ileana de Rumanía- fundó el Monasterio Ortodoxo de la Transfiguración (R.D. 1, Box 184-X, Ellwood City, Pennsylvania, Estados Unidos de Norteamérica) en 1967 y entró al descanso eterno el 21 de enero de 1991.

viernes, 3 de agosto de 2012

Cartas para persuadir a la práctica de la oración interior


Arsenio Troepolskij


IV

El camino de la verdad, en cuanto es posible, lo conoces. El sendero del corazón, al menos a tientas, lo has encontrado. La persuasión de que sólo el ejercicio práctico en el corazón puede introducir hasta las profundidades de sí mismo, ya lo has probado por la lectura y por la experiencia. Ahora, ¿qué te falta? Ciertamente, nada más que la resolución puesta en práctica. ¿Y qué es lo que te impide a hacerlo? ¿La pereza? ¡Entonces, evidentemente, la convicción no es tan firme! ¿La concupiscencia? ¡Entonces, evidentemente, la dieta está equivocada! ¿Las circunstancias? ¡Entonces, se ve que la paciencia es débil e imperfecta!

¿Qué hacer? Tanto cuanto puedas, cuanto te sea posible, con cuanta fuerzas te queden, pide ayuda, pide que el Señor te indique el camino hacia él.

(En un bosque solitario, 6 de julio 1851)

V

Te aflige que tu alma sea fría, que tu corazón no sea capaz de una ininterrumpida unión con Dios, ni de la incesante oración en el nombre de Jesucristo. Pero si esto te apena es un buen signo. ¡Sin embargo es triste que esto te traiga  tan poco fruto! ¡Ahí de mí! Prueba reaccionar con esta medicina: medita con atención  que no hay bajo el cielo ningún otro Nombre dado a los hombres en el cual puedan ser salvados (Hechos 4,12). Y después considera las consecuencias de la invocación orante del nombre de Dios, la fuerza de la invocación:

1. Pedro, con sus dudas y su poca fe, es salvado de ahogarse por haber invocado el nombre de Dios (Cf. Mt. 14, 24-31).

2. Los discípulos espantados, después de haber invocado el nombre de Dios, ven aplacarse las olas del mar. (Cf. Mc 4, 35-41; Mt 8, 23-27; Lc 8, 22-25).

3. El ciego de Jericó, gritando el nombre de Jesucristo, recupera la vista (Cf. Lc 18, 35-42).

4. El padre del niño, a pesar de sus dudas, invoca el nombre de Jesús y su hijo le es sanado (Cf. Mc 9, 17-27).

5. Uno que no seguía a Jesucristo, hecha a los demonios en su nombre (Cf. Mc 9, 38; Lc 9,49).

6. Los exorcistas hebreos curaban las enfermedades mediante el nombre de Jesucristo (Cf. Mt 12, 27).

7. El nombre de Jesucristo, representado por las indignas manos del sacerdote, transforma el pan y el vino en cuerpo y sangre… [1]

¿Ves como es poderoso el nombre de Jesucristo, y cómo actúa por sí solo también en los labios de personas débiles?


Inesperada y prodigiosa eficacia de la invocación del nombre de Jesucristo:

1. El joven Jorge fue inesperadamente iluminado y colmado de consolaciones durante la oración. [2]

2. San Máximo, besando el ícono de la Madre de Dios, recibe el don de la oración. [3]

3. Un pecador inconsciente, a través de la oración, conoció una alegría inesperada. [4]

4. La muchacha lasciva, gracias a la oración, fue hecha digna de ver a Jesucristo.

5. Aquel que, abstraído en una danza con los demonios, pronunció sin intención el nombre de Jesucristo recobró la razón y los espíritus desaparecieron [5].

6. El anciano, que con los salmos no había podido echar al espíritu oscuro que lo atormentaba, lo destruyó con la oración de Jesús.

7. El pastor, que buscando a una oveja se había perdido de noche en el bosque, recibe sin querer el don de la oración [6].

8. Como se abre la puerta con la llave, la oración abre el camino al corazón.

9. Sobre el sepulcro de los Santos Sergio y Germán [7], aquel que invocó el nombre de Jesucristo, obtuvo el don de la oración.

10. El campesino que era sastre, después de la lectura de un libro sobre la oración, pronunció el  nombre de Jesucristo y se volvió un hombre de oración.[8]

11. Una persona, asistiendo al suplicio de un bandido, habiendo invocado el nombre de Jesucristo, aprendió a orar.

12. Un monje, celebrando los santos misterios, recibió la acción de la oración.

13. Dos que trabajaban en un jardín, improvisadamente advirtieron la acción espontánea de la oración después de la invocación del nombre de Jesucristo.


Consecuencias de la invocación, con deseo y espera, del nombre de Jesucristo:

1. Abad Filemón [9], después de haber enseñado sencillamente a invocar el nombre de Jesucristo, reveló a sus discípulos la acción de la oración.

2. Un aguatero moldavo, que deseaba aprender la actividad interior, en poco tiempo hizo grandes progresos en la oración.

3. El starec Vasilisk, gracias al conocimiento de la oración interior, alcanza rápidamente las más altas visiones. [10]

4. San Eustracio [11] cuando servía al altar invocaba el nombre de Dios y por esto recibía el don de hacer milagros.

5. O.L. [12] enseñó a S. a invocar el nombre de Jesucristo, lo cual rápidamente tuvo consecuencias prodigiosas.

6. San Nifonte [13] ve salir una llama de los labios de un monje que invocaba el nombre de Jesucristo.

7. El asceta Pedro [14], invocando el nombre de Jesucristo, rápidamente recibe consolación y todo [lo demás].

Después de haber considerado todo esto, acuérdate de la omnisciencia y del amor de Dios, y si en ti mismo no encuentras ni la fuerza ni el celo o la atención necesaria, recurre al menos a la invocación oral del poderoso nombre de Jesucristo. Y que tu esperanza descanse en su Nombre, que tu parte por lo menos sea la cantidad de las invocaciones.


En el Pustyn de San Saba, 18 de junio de 1851


Arsenij Troepol’skij
L’ esperienza della vita interiore.
Edizioni Qiqajon. Comunità di Bose. 2011
Págs. 43- 47.


[1] Alusión al rito ortodoxo de la preparación de los panes eucarísticos.

[2] Referencia al relato sobre el joven Jorge presentado en Simeón el Nuevo Teólogo, Catechesi 22, presentado también en la Filocalia (cf. Dobrotoljubie V, pp. 452-462; La Filocalia IV, a cargo de M. B. Artioli y M. F. Lovato, Gribaud, Torino 1987, pp. 497-505. Cf. Symeón le Nouveau Théologien, Catéchéses II, a cargo de B. Krivochéine, SC 104, Cerf, Paris 1964, pp. 373-374 (tr. It.: Id, Catechesi, a cargo de U. Neri, Cittá Nuova, Roma 1995, pp. 361-362.

[3] Episodio de la Vida del monje athonita Máximo el Kausokalyba (ca 1270-1365); cf. Dobrotoljubie V, p. 473; La Filocalia IV, p. 517.

[4] La referencia es a la leyenda del ícono de la santísima Madre de Dios llamada “Alegría inesperada”, relatada en el libro de san Dimitrij di Rostov El vellón rociado. Se narra que el ícono de la Madre de Dios “Alegría inesperada” había sido pintado en recuerdo al evento que sigue: un pecador, mientras se disponía a realizar una mala acción, rezó por su buen éxito a la Madre de Dios, a lo que ella, enojada le muestra las llagas que en ese momento se han abierto en las manos y en los pies del niño Jesús que tenía en brazos, y le explicó que cada vez que alguien cae en pecado las llagas comienzan a torturar a Cristo. Espantado por la ira divina, el pecador imploró perdón y se volvió justo. En este ícono está representada una habitación con la imagen de la santísima Madre de Dios colgando en la pared, delante del cual está de rodillas el penitente.

[5] Un episodio semejante se encuentra en la vida de Isaac de las grutas de Kiev. Cf. Zitija svjatych na russkom jazyke, izlozennye po rukovodstvu Cet’ich-Minej sv. Dimitrija Rostovskogo VI, Moskva 1905, pp. 284, 287.

[6] Cf. Racconti di un pellegrino ruso [Relatos de un peregrino ruso], pp.184-185.

[7] Según el obispo Arsenio (Letopis’ cerkovnych sobytij, Sankt-Peterburg 1880), los santos monjes Sergio y Germán habrían fundado en 1329 el monasterio de la Transfiguración sobre la isla de Valaam, en el lago de Ladoga. Sus reliquias son veneradas en Rusia desde tiempos muy antiguos.

[8] Cf. Racconti di un pellegrino ruso [Relatos de un peregrino ruso], pp.118-119.

[9] La referencia es al Relato utilísimo sobre el Abad Filemón contenido en La Filocalia. Cf. Dobrotoljubie III, Moskva 1900, pp.360-375. La Filocalia II, a cargo de M. B. Artioli e M. F. Lovao, Gribaudi, Torino 1983, pp. 357-371.

[10] En este lugar es insertada una nota posterior, rayada por uno de los monjes de Optina: “En la biblioteca del skit hay un manuscrito sobre los aspectos de la actividad interior del starec Vasilisk”

[11] La referencia es a san Eustracio de Tarso, superior del monasterio situado sobre el monte Olimpo. Cf. Zitija svjatych na russkom jazyke, izlozennye  po rukovodstvu Cet’-ich-Minej sv. Dimitrija Rostovskogo V, Moskva 1904, p. 289.

[12] Probablemente se refiere al staret Leonid de Optina (1768-1841).

[13] Cf. Gregorio el Sinaíta, Breve noticia sobre la hesiquía del muy santo y vigilante Nifonte, escrita por pedido de este último en quince capítulos 10. Cf. Dobrotoljubie V, p. 233; La filocalia III, p. 591. Mistici bizantini, p 497

[14] Cf. Gregorio Pálamas, Vida de Pedro el Athonita. PG 150, 996-1040.

miércoles, 1 de agosto de 2012

La época de los padres y de las madres del desierto


John Chryssavgis


El monaquismo cristiano tuvo inició un domingo a la mañana, del año 270 o 271, en un pequeño pueblo egipcio.

En el pasaje del evangelio leído durante la liturgia, aquel día, estaban estas palabras:

Si quieres ser perfecto, ve, vende lo que posees, dalos a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo; luego ven y sígueme. (Mt 19, 21)

En la asamblea estaba sentado un joven de nombre Antonio que, al oír esas palabras, se puso a la búsqueda de una vida no sólo pobre sino de radical soledad.

En el momento en que Antonio decide partir al inhabitable e inhóspito desierto era poco conocido las afuera del pueblo, y probablemente para él también el interior.

No obstante, cuando él muere a la edad de ciento seis años [1], su amigo y biógrafo Atanasio de Alejandría nos informa que “el desierto se había convertido en una ciudad” [2], dando a entender con esto que miles acudían en masa regularmente a Antonio para recibir su enseñanza, y habían hecho del desierto su casa. Antonio el Egipcio sería conocido como el padre y el fundador del monaquismo del desierto.

En Egipto, tres son los tipos principales de monaquismos que se desarrollaron. Tipos que corresponden a groso modo a tres localizaciones geográficas:

a. La vida eremítica, fundada en el bajo Egipto, de la cual el mismo Antonio se convirtió en modelo. En ese lugar los monjes llevaban una vida aislada y austera.

b. La forma cenobítica o comunitaria, fundada en el alto Egipto, donde Pacomio formó diversas comunidades de monjes y monjas, que oraban y trabajaban juntos.

c. Y finalmente, el camino medio, inaugurado en Nitria y Escete, al oeste de la desembocadura del Nilo, a partir de la figura de Amun (o Ammonio). Esta última es conocida como vida semi-eremítica o semi-cenobítica.

Aquí un grupo de asentamientos no estrictamente ligados entre ellos, formados de dos a seis monjes, estaban relacionados a un anciano espiritual con el cual compartían la vida. El sábado y el domingo,  cierto número de estas pequeñas familias monásticas se reunían para el culto. Es principalmente sobre los representantes de esta tercera forma de monaquismo con la cual se origina nuestra colección de los dichos de los padres del desierto.

Antonio vivió en un tiempo de crisis y transición. Por trescientos años, ser bautizados cristianos había constituído un riesgo. Los adherentes a esta fe eran considerados parias y sufrían la exclusión por el mismo hecho de su conversión. Con el edicto de persecución del 303, en efecto, Antonio dejó por primera vez su retiro en el desierto y fue a Alejandría, donde esperaba sufrir el martirio. El objetivo de la vida cristiana, después de todo, era siempre el de estar preparados para morir mártires por Cristo o, por lo menos, de vivir una vida de continuo sacrificio. De hecho, Antonio no encontró el martirio durante su permanencia en la ciudad y volvió a su retiro en el desierto. Esto dura sólo diez años, hasta el edicto de tolerancia promulgado en 313, y Antonio entra en la “montaña interior”, como gustaba llamar al lugar de mayor profunda soledad.

En el momento en el cual el resto del imperio comenzaba a atenuar el rigor en las relaciones con los cristianos, Antonio intensifica la propia disciplina ascética.

Los historiadores a menudo han hecho referencia a Antonio como un revolucionario. Si bien, en cierto sentido, saliendo al desierto Antonio no fue un innovador. De hecho, era el resto de la Iglesia la que estaba inaugurando un nuevo capítulo de su propia historia. La Iglesia cristiana comenzaba una nueva relación con las autoridades de este mundo, con el imperio Romano. Por coincidencia pero no por casualidad, Antonio agudiza el propio esfuerzo ascético justamente mientras sus otros hermanos y hermanas de la Iglesia cristiana les era levantada la amenaza de la persecución, siempre inminente a través de los primeros tres siglos del cristianismo. Él consideraba las propias fatigas ascéticas monásticas intercambiables con el sacrificio extremo del mártir. Antonio en realidad, sentía nostalgia del espíritu del martirio, que por tres siglos había nutrido a la iglesia. Ser un cristiano, en torno al año 300, ya no constituía más un riesgo. Por el contrario, el cristianismo se convertiría pronto en la religión oficial del imperio.

El número de los bautizados subía de modo espectacular. Los estándares, en cambio, descendían drásticamente. La Iglesia comenzó a actuar comprometida entre “las cosas de Dios y las cosas del Cesar” (cf. Lc 20, 25). La voz del corazón del desierto sustituía a la voz de la sangre de los mártires. Y los padres y las madres del desierto se convirtieron en testimonios de otra vía, de otra era, de otro reino [3].

Los eremitas que buscaban refugio en el desierto egipcio recordaban al resto de la iglesia que nosotros cristianos “no tenemos aquí una ciudad permanente, sino que buscamos la futura” (Hebreos 13, 14). Haciendo esto, ellos fundaban una ciudad cristiana alternativa. Esto probablemente sucedía sin que por parte de ellos hubiera intención. No obstante, su influencia tuvo una larga duración. Ellos promovieron un modo de vivir que refleja un cambio total de todos los valores y las expectativas sociales ordinarias.

La sociedad pretende de sus ciudadanos que sean activos y productivos. En la sociedad, ser inútil no tiene valor. Tal expectativa se traduce al día de hoy en nuestras actitudes hacia las minorías, o hacia los ancianos, los discapacitados y sobre todo los niños pequeños. Los padres y las madres del desierto afirmaban una escala de valores distinta, en el cual la transformación viene  mediante el silencio y no la guerra. En el cual la inacción puede ser la más eficaz fuente de acción. Y en la cual la productividad puede ser medida por la obscuridad, incluso por la invisibilidad. Los mismos valores eran vistos desde una nueva perspectiva, según nuevas dimensiones. Los ancianos del desierto buscaban las raíces de las actitudes y de las acciones de los seres humanos. Iban en busca de la raíz espiritual de nuestra vida. Si queremos considerar a Antonio un radical, entonces puede ayudarnos el recordar que la palabra “radical” deriva del término latino que implica una búsqueda de “raíces”.

Cuanto Atanasio escribe su Vida de Antonio, solo un año después de la muerte del eremita en el 356, realizaba sin duda algo absolutamente radical. En la época, estaba de moda escribir biografías de personajes importantes. La importancia, sin embargo, era totalmente juzgada según los criterios como el estatus de nobleza, la riqueza o la influencia de la propia familia. Lo que importaba más era la autoridad secular o la posición social. Poniendo la biografía de Antonio junto a la de los famosos emperadores y gobernantes, Atanasio comunicaba un mensaje claro: recordaba a la gente de su tiempo, como al del nuestro, que la espiritualidad de los padres y de las madres del desierto era verdaderamente revolucionaria. La transformación que ellos realizaban estaba privada de visibilidad, no registrada en los libros de historia. Sin embargo, era un cambio que mostrará la fuerza de impacto de un cataclismo silenciosamente registrado en los corazones humanos. Era una protesta contra la actitud complaciente y compromisoria del mundo cristiano. Atanasio informaba a sus lectores que el desierto ponía a prueba la disponibilidad de aquellos ancianos a vivir y también a morir por Dios. El desierto fue, en último término, lo que mantuvo vivo el ardiente espíritu de los mártires. Las palabras de estos ancianos del desierto, por tanto, son más que simples dichos: son una profunda aserción.



John Chryssavgis
Al cuore del deserto
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose 2004
Págs. 25-31

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Notas:


[1] Cf. J. Lawyer, “St. Antony of Egypt and the Spirituality of Aging”, en Cistercian Studies Quarterly 35, 1 (2000, pp. 55-74, en el cual el autor habla de “un envejecimiento bien logrado”)

[2] Atanasio de Alejandría, Vita di Antonio 14, a cargo de L. Cremaschi, Paoline, Milano 1995, p. 132. En realidad, el monaquismo no es “iniciado” en Egipto, sino en la inspiración divina de distintas personalidades esparcidas por el mundo cristiano de los orígenes. Hay pruebas a favor de la aparición simultánea e independiente del ascetismo del desierto en numerosas regiones del imperio, como Egipto y Siria.

[3] En efecto, el término griego para el mártir (mártys) es el mismo que designa al del testimonio (martyría). Orígenes de Alejandría consideraba la ascesis “un martirio de la conciencia”. Véase su tratado Esortazione al martirio; cf. También Eusebio de Cesarea, Historia de la Iglesia VI, 3. 

lunes, 30 de julio de 2012

En el corazón del desierto


John Chryssavgis



El texto a través de los siglos


En la lectura de los dichos de los padres del desierto, se puede percibir la geografía áspera, árida, que rodeaba a aquellos ancianos. Sus palabras son secas y sin conexión, casi incomprensibles fuera del contexto histórico y espiritual que les ha dado origen. Es también una de las razones por las cuales los dichos escapan a cualquier datación precisa. Sin embargo, si no podemos hablar de fechas exactas, si podemos indicar un desarrollo literario. Puede ser útil, para esta consideración, hablar de tres estadios significativos en el desarrollo de estos dichos, a los cuales podremos agregar un cuarto.

El primer estadio es la transmisión de los dichos o aforismos a los visitantes que se acercaban a los ancianos del desierto. Los dichos constituyen un género literario que surge al inicio del siglo IV entre los ascetas del desierto de Egipto, Siria y Palestina. Originariamente, representan una tradición oral: “¡eran, precisamente, dichos”! Además, inicialmente eran transmitidos en copto, griego, siríaco y latín. La gente viajaba a lo largo y a lo ancho para llegar hasta estos habitantes del desierto, en busca de su consejo y su oración. Por esto, los dichos surgieron de aquellas palabras espontaneas ligadas a actos dignos de contar de aquellos ancianos, escritos con el fin de edificar e imitar, y recordarlos de generación en generación de discípulo a discípulo.

El segundo estadio es la transmisión de los dichos de los ancianos de una tradición oral a una escrita. Este desarrollo se realizó alrededor de finales del siglo IV y, probablemente, al inicio del siglo V. Es entonces cuando los dichos empiezan a perder algo de su espontaneidad y se vuelven un poco más estáticos. Se comienza desde aquel momento a perder de vista el elemento personal que hacía a aquellas palabras brillar. Más específicamente, lo que se opacó, fue el proceso y la lucha que en el origen dieron forma a aquellas palabras. Además, si bien la mayor parte de los monjes y de las monjas fueron coptos –es decir nativos de Egipto- sus dichos fueron en su mayoría conservados en lengua griega.

El tercer estadio es el desarrollo de estos dichos desde el nivel de la pura transliteración al de la transmisión escrita mediante una elaboración editorial. Esto sucede hacia la mitad del siglo V, cuando comienzan a aparecer diversas colecciones de dichos. Más allá de la colección alfabética  (que está a la base de nuestra reflexión) aparecen también colecciones anónimas, colecciones sistemáticas (organizadas por título, como oración, humildad, obediencia, etc.), como también numerosas colecciones locales. Este es el estadio de la recolección, de la corrección y de la copia. Es el período de la sistematización y revisión, en el cual poco o nada está asentado sobre los modernos presupuestos de meticulosidad o fidelidad. La “verdad objetiva” que cuenta es siempre la relación vital entre un anciano y un discípulo.

Un estadio posterior que debería ser agregado a los tres anteriores es el largo período que nos separa de los dichos. Alrededor de mil quinientos años después, nosotros vivimos de un modo muy distinto y hablamos un lenguaje bastante diferente. Los padres y las madres del desierto no tienen acceso a soluciones “preconfesionadas” o a muchos de los recursos técnicos modernos. No conocen el azúcar ni la aspirina. No tenían anteojos ni dentífricos. Eran además limitados en lo que respecta al material de lectura: ¿cuántos libros uno puede llevar consigo al desierto? Nacer o morir no eran cuestiones de médico o de hospitales. Y viajar era difícil y peligroso. Si hablan de trayecto o camino estos comportaban connotaciones particulares. Su mundo era pequeño, si bien les debía parecer enorme. Y su centro era cualquier parte del Mediterráneo. También la tierra era, a su vez, el centro del universo. Incluso su comprensión del monaquismo difería de la nuestra. En la época, las expresiones de vida monástica estaban organizadas de forma elástica y flexible, teniendo un contacto escaso con el mundo exterior y aún menos disponibilidad de información.

Si bien, en su tiempo, visitaban aquellas tierras personas proveniente de todo el mundo. Los viajeros realizaban exclusivamente el trayecto desde Palestina a Egipto con el único fin de visitar a estos simples ancianos del desierto. Ya desde la mitad del siglo IV, entre los peregrinos más conocidos se cuentan a Jerónimo y Rufino, a Paladio y Evagrio, como también a Juan Casiano [1], quien luego transmitió al occidente esta tradición monástica.

Hacia finales del siglo IV, toma inicio un movimiento en sentido inverso, desde Egipto a Palestina. Trescientos monjes dejaron definitivamente Egipto para ir hacia el Sinaí, Jerusalén y las regiones alrededor del mar muerto. Algunos de ellos llegaron hasta Asia menor. Desde el año 380 en adelante, especialmente en el curso del siglo V, los habitantes del desierto egipcio dirigieron también sus pasos hacia las regiones cercanas de Gaza, conocidas tanto por su fertilidad como por su soledad.

Los factores decisivos para semejante masiva emigración monástica parecen ser, en un nivel más personal y religioso, la muerte de los dos Macarios –el Egipcio en el 390, y el Alejandrino en 393- y, en un nivel más político y social, las persecuciones de los intelectuales y de los origenistas seguida a la condena de ellos por parte de Teófilo de Alejandría en el 399 [2]. La primera generación de habitantes del desierto llegaba a su fin, y sus monjes sucesores buscaron nuevos lugares en los cuales instalarse.

En aquel momento, entre el 380 y el 400, abba Silvano, palestinense de nacimiento y uno de los más renombrados ancianos del desierto egipcio, se trasladó con sus doce discípulos por un breve tiempo al Sinaí y después a Palestina. En Escete, el abba vivió con sus discípulos de una manera semieremítica [3], con celdas esparcidas alrededor de una hospedería y una iglesia central en la que se celebraba el culto el día sábado y domingo. El mismo estilo de vida adoptó cerca de Gerara, en Palestina, donde el grupo se estableció posteriormente.

De hecho,  la franja panorámica a lo largo del Mediterráneo, entre Thawata, Maiuma y Ascalon, cerca a la conocidísima región de Gaza, se convirtió rápidamente en una encrucijada estratégica para cuantos venían desde el norte y desde el sur en busca de Dios “por los desiertos, sus montes, entre las cavernas y las cuevas de la tierra” (Hebreos 11, 38). Gracias a su posición privilegiada – en términos geográficos, climáticos e históricos- Palestina debía revelarse como un notable lugar particularmente adaptado para recibir y dar continuidad al monaquismo cristiano hacia fines del siglo IV. Su accesibilidad por mar y por tierra, su proximidad con Egipto, Siria y Tierra Santa, también su importancia en la época helenística y romana, permitieron a la región palestina que rodeaba Gaza proveer un refugio crucial a las  expresiones particulares del monaquismo, ofreciendo nuevas perspectivas a los cristianos mediante la tradición espiritual e intelectual del fenómeno monástico.

***

¿Por qué, pues, los dichos de los padres del desierto ejercen aún una importante influencia y atracción sobre las personas que los leen? San Agustín leyó la descripción de Antonio hecha por Atanasio y fue “inflamado” [4].

Ciertamente, ha habido, en los años recientes, una gran cantidad de publicaciones –sea académicas como divulgativas- sobre las palabras y la sabiduría de estos abba y amma. Quizás a causa de la tarea asumida por estos eremitas; quizás a causa de su convicción interior; quizás porque su espiritualidad ha sido apreciada como “terrena”, no demasiado especulativa o abstracta.

Ciertamente, sus dichos son sorprendentes desde muchos puntos de vista. Incluso chocantes, desde otros. Yo creo que las palabras de estos ancianos rompen las estructuras de complejidad y racionalización con las cuales a menudo obstaculizamos y trastocamos nuestras vidas.

Sus vidas parecen de algún modo individualizar los focos de muerte de nuestras existencias, permitiéndonos de ese modo empezar realmente a vivir. Lo que en efecto nos dicen en la mayor parte de los casos es muy simple: ¡sé aquel que estás llamado a ser!

Uno de los padres preguntó a abba Nesteros el Grande, el amigo de abba Antonio: “¿Qué obra buena debo cumplir?” Él le dijo: “¿No son pues iguales todas las acciones?” La Escritura dice que Abraham era hospitalario, y Dios estaba con él. David era humilde, y Dios estaba con él. Elías amaba la paz interior, y Dios estaba con él. Por esto, haz todo aquello que veas que tu alma desea según la voluntad de Dios, y custodia tu corazón.” [5]



John Chryssavgis
Al cuore del deserto
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose 2004
Págs. 17-24

[1] Con respecto a Casiano, tenemos información en la misma colección alfabética de los dichos (cf. Casiano 1). Sobre las colecciones de los dichos, cf. Stewart, The World of the Desert Fathers, Fairacres Press, Oxford 1986; sobre el desarrollo del paso de la cultura oral a la escrita, se ve también P. Rousseau, Ascetics, Authority, and the Church, Oxford University Press, Oxford 1978, especialmente las páginas 68-76.

[2] Este Teófilo es mencionado en los dichos (cf. El capítulo “El poder del desprendimiento”, infra, pp. 115-122)

[3] Cf. Infra, c. 2, pp. 25-31, “La época de los padres y de las madres del desierto”.

[4] Agostino, Confessioni VIII, 6, 15, a cargo de C. Carena, Città Nuova, Roma 1965, p. 233; cf. Además, ibid VIII, 12, 29.

[5] Nisteroo 1.

domingo, 29 de julio de 2012

En el corazón del desierto

John Chryssavgis



Modelos del camino espiritual

Hay una oración eucarística del siglo IV, atribuida a Serafión de Thmuis que expresa lo que para los primeros cristianos era el núcleo central de la experiencia de fe, y además, lo que tal experiencia significaba para ellos. La oración se dirige a Dios: “Te suplicamos que nos hagas realmente vivos” [1].

Todos nosotros conocemos el deseo profundo de estar realmente vivos. Todos hemos sentido la necesidad de ser algo más que “simples sobrevivientes” o “simples observadores” en nuestro mundo. A través de los siglos se ha tenido esta misma esperanza, este mismo sueño. A veces estas esperanzas y estos sueños han sido y son aún guardados en lo íntimo, silenciosamente. Otras veces han sido proclamados al exterior, públicamente. Es más, han confluido en narraciones y dichos, transmitidos de generación en generación, permitiéndonos a cada uno de nosotros entrar en contacto con su contenido de verdad de modo personal y algunas veces paradójico. Por esto, las aspiraciones más nobles de los seres humanos se pueden discernir en cualquier parte, o al menos en cualquier lugar donde las personas hayan vivido y hayan buscado con honestidad.

Si estamos dispuestos a ir en búsqueda de estos auténticos seres humanos a través de la historia, entonces los descubriremos, a veces, en lugares inesperados y en figuras no convencionales. Un lugar donde hombres y mujeres buscaron intensamente el sentido profundo y la plena medida de la existencia humana fue desde luego el desierto egipcio de la primera cristiandad. Aquel árido desierto, a partir del siglo III hasta casi finales del IV, se convirtió en el laboratorio en el cual explorar las verdades escondidas celestiales y terrenas, y también un lugar en el cual se intentaba trazar entre ellas algunas conexiones. Los eremitas que vivieron en aquel desierto experimentaron y exploraron los aspectos significativos del ser humano, con todas las tensiones y las tentaciones, toda la lucha al límite de la supervivencia, todos los encuentros con el bien y los encuentros con el mal. Al hacerlo, algunos de ellos cometieron muchos errores. Otros cometieron menos. ¿Quién ha afirmado alguna vez que a las preguntas de la vida se les dé una respuesta clara y simple? Sin embargo, estos hombres y estas mujeres osaron forzar los límites, desafiar las normas. Sus preguntas y las respuestas que se dieron las encontramos en algunas colecciones de aforismos, o “dichos”, apophthégmata, como son llamados en el original griego.

Hay algo más, además, que estos “dichos” traen a la luz. Los padres y las madres que vivieron en el desierto egipcio nos recuerdan la importancia del contar, que por otra parte hemos olvidado en nuestra época. Escuchar sus palabras y sus dichos, meditarlos en el silencio y luego contarlos a otros, ayudaba a nuestros antepasados a vivir humanamente, a ser más humanos, a permanecer verdaderamente vivos. Estas narraciones y dichos eran medios por los cuales los ancianos del desierto mantenían un sentido de continuidad con su mismo pasado, conservando vivo al mismo tiempo incluso el vínculo con las generaciones futuras. Los relatos  representan una forma crucial de comunicación para las personas de todas las épocas y de todo lugar. Han tenido un rol formativo en períodos de gran alfabetización como también de analfabetismo, gracias a su capacidad de trascender las barreras de la edad, de la educación, del estatus social y de la cultura. Un buen día, perdimos el interés en confrontarnos con estos relatos, y también la capacidad de escucharlos, comprenderlos y narrarlos. En cierto punto, la vida se ha vuelto más rápida, y las personas menos tolerantes a cuanto se da solamente con el tiempo y con dolor, con escucha y con paciencia. Los relatos que nos llegan del desierto egipcio, no son simplemente una parte del pasado cristiano, sino algo más. Son parte de nuestra herencia humana: comunican valores eternos, verdades espirituales. El suyo es un silencio del corazón profundo y de la oración intensa, un silencio que atraviesa los siglos y las culturas. Deberemos frenarnos para escuchar aquel latido del corazón.

Algunas veces, en realidad, nos será necesario inclinarnos para poder percibir los sonidos que provienen de su pasado. Ya que, al presentarnos algunos modelos del camino espiritual, recurren a modalidades peculiares y a ejemplos extraños. De hecho, estas narraciones y dichos no ofrecen simplemente modelos a imitar, sino testimonios de una plenitud y de una libertad a la cual todos aspiramos. Estos relatos aparecen ciertamente extremos en algunos aspectos y excéntricos en otros. El estilo de vida de aquellos habitantes del desierto era radical y en muchos aspectos iconoclastas […] Sin embargo, estos son al mismo tiempo, y por esta misma razón, absolutamente reparadores y plenamente liberadores.

En efecto, si bien puede no ser inmediatamente evidente para todos de qué modo entrar en contacto con las palabras y los modos del desierto, sin embargo cualquiera que haya experimentado algún aspecto del “desierto”,  como por ejemplo alguna forma de soledad, o bien de fracaso, derrumbamiento o ruptura –sea emotivo, físico o social- será capaz de establecer las conexiones necesarias. Cada uno de nosotros ha conocido tiempos de sequedad, momentos estériles y áridos en los cuales esperamos descanso y lluvia, en los cuales permanecemos en la espera de esperanza y de vida. Son justamente estas experiencias las que constituyen el contexto en el cual somos invitados a leer y a apreciar las palabras de nuestros antepasados. Podría no ser fiel a la espiritualidad del desierto, o totalmente injusto el acercamiento que hagamos a los ancianos del desierto, si considerásemos su radical retirarse del mundo y la mirada reconfortante sobre ellos a través de los lentes de nuestros sufrimientos y heridas. Si esto pareciese disminuir su unicidad, entonces haríamos bien en recordar que los padres y las madres del desierto probablemente no se habrían asombrado para nada de tal perspectiva. En primer lugar, ellos esperaban que las personas se acercaran a ellos con espontaneidad, tal como eran. Y, en segundo lugar, exigían que las personas se abriesen a ellos con sinceridad, tal como vivían. Nuestros sufrimientos, nuestras heridas tienen una eficacia notable para abrir la puerta a la autenticidad.

Lo que se requiere, entonces, no es una árida imitación del comportamiento y de los ideales de los padres y de las madres del desierto. Sino más bien, acercarnos a sus relatos es una invitación a encontrar la longitud de onda apropiada, aquella frecuencia sobre la cual somos tocados y transformados por sus dichos. Los Dichos de los padres del desierto [1] no son ni un informe biográfico de las vidas de los eremitas, ni una registración histórica de sus enseñanzas. El concepto de “objetividad” no constituía la preocupación principal de cuantos entraban en el desierto egipcio. Más bien, las palabras de estos eremitas egipcios se asemejaban a destellos de luz, a centellas de fuego. Y el lector no debería ser ni excesivamente impresionado ni tampoco distraído por comentarios. Sino, por el contrario, quien lee debería ser iluminado, inflamado. Es crucial permanecer suficientemente abiertos, ser suficientemente vulnerables a su austero pero no obstante sugestiva amonestación.

Cuando los visitantes, laicos o eremitas, llegaban a Egipto con el objetivo de encontrar a uno de estos habitantes del desierto, siempre preguntaban: “Abba, dime una palabra”, o bien: “Dime una palabra, amma, cómo puedo ser salvado”, o también: “Abba, dime una regla de vida” [2]. Abba es el término copto para padre o anciano. Su correspondiente en griego es ghéron. También un peregrino podía buscar el consejo de una amma, una madre espiritual. El contexto fundamental interno en el cual las palabras -y quizás en el que también deberían ser recibidas en el presente- de los abba y de las amma han sido registradas en el pasado es la relación entre el padre o la madre espiritual y el hijo espiritual o el discípulo. Más adelante se dirá algo más con respecto a esta relación. Por el momento, deberemos pensar en los dichos como en mitos. Leerlos como relatos que tienen su poder, cada uno dotado de un significado interior o de un secreto o de un mensaje.

El fin no es la imitación, sino la inspiración. Deberemos resistir a la tentación de dejar de lado a estos ancianos como si fuesen anacrónicos. Como también a la tentación de aceptar sus palabras y su mundo con un rosado romanticismo. Detrás de estos relatos hay mucho más que una figura histórica que vivió ya hace muchos siglos. Detrás de estos dichos y de estas historias está oculto el rostro mismo de Dios, que habla a cada uno de nosotros en el presente y por toda la eternidad. En cierto sentido, los dichos de los padres del desierto no son un texto del pasado, del siglo IV o V. Se podría describirlo como un libro escrito para la época futura. Ellos hablan a nuestra época presente: hablan de la experiencia de una nueva vida, de una plenitud de la vida o de una vida renovada.

*

La colección alfabética de los dichos de los padres del desierto nos ofrece los perfiles personales de ciento veinte abba y tres amma. En total, hay mil doscientos dos dichos atribuidos a estos ancianos. En las páginas que siguen, los citaré abundantemente. El propósito de este libro es de introducir a los lectores al mundo y al pensamiento de los primeros padres y de las primeras madres del desierto, permitiendo algunas conversaciones informales con algunas de entre sus figuras más representativas sobre los principios fundamentales de sus pensamientos y de su estilo de vida. No colorearé ni me esforzaré en revestir sus afirmaciones con el fin de hacerlas más apetecibles o digeribles. Sería injusto en la confrontación con ellos y falso respecto a su mundo […] Más bien, dejaré que estos ancianos sabios hablen en primera persona, reorganizando sólo sus palabras en categorías que puedan sernos hoy más familiares. Es por este motivo que habrá abundantes citas de los dichos mismos. Para comprender el fenómeno del desierto, es importante escuchar a los que han transcurrido allí sus vidas. O más bien, que han renunciado a sus vidas para hacerse presentes en aquella experiencia. Si bien el contenido del libro no intenta ser estrictamente académico, no obstante su contexto es evidentemente de estudio. Desde aquí la invitación al lector a seguir las sucesivas referencias sobre los argumentos específicos presentados. La notable y reciente investigación literaria, así como los crecientes testimonios arqueológicos sobre el lugar en el cual el fenómeno surgió, ha sido capaz de reconstruir numerosos aspectos, proveyendo a los estudiosos las dimensiones religiosas, sociales, políticas, culturales y artísticas de este período de la historia cristiana. Por esto, como quizás nunca se haya verificado anteriormente, actualmente es posible explorar estos dichos y entrar en contacto con estos ancianos de modo totalmente vivo y personal.

Si el fondo de este libro (su esqueleto) es el estudio, su intención (su corazón) es ciertamente espiritual. En efecto,  si es verdad que es abundante el número de perfiles ofrecidos en los dichos, sin embargo todos ellos nos ofrecen esencialmente un único perfil: el perfil de las cosas significativas de los seres humanos. Esta imagen aparecerá a veces espantosa en algunos autores; en otras ocasiones, la misma imagen podrá aparecer confortante. Ella, sin embargo, será casi siempre reconocible para cada uno de nosotros. A fin de que esto suceda, tenemos necesidad de permanecer sentados silenciosamente en compañía de estos dichos. Debemos entrar en nuestro desierto personal de quietud y retiro, y prestar una gran atención a las palabras y a los significados que esconden. Mi intención no es el de hacer que los dichos sean pertinentes a nuestro tiempo y a nuestro modo de vivir  -ejercicio que se revela a menudo pueril, y que no hace más que distorsionar el texto originario cometiendo una injusticia sea en su confrontación como en nosotros- sino que será más bien el de poner a nuestro tiempo y a nuestro modo de vivir en relación con los dichos. Al hacerlo tendré presente las palabras de abba Poemen:

Buena es la experiencia; en efecto, ella pone a prueba a la persona. [3]

Abba Poemen dijo además: “Quien enseña sin hacer lo que enseña es semejante a una fuente, que limpia y refresca a todos, pero no es capaz de purificarse a sí misma.” [4]

La mayoría de los dichos, de hecho, son atribuidos a este abba. Hay cerca de doscientos nueve dicho que están bajo su nombre. El nombre “Poemen” deriva de la palabra griega poimén que significa “pastor”, lo que podría explicar la razón por la cual gran parte de los dichos hayan podido, en un primer momento, ser reunidos bajo este nombre genérico.

Poemen considera además que enseñar sin hacer, predicar sin practicar, es signo de hipocresía:

Un hermano pregunta al abba Poemen: “¿Qué es ser hipócrita?”
El anciano le responde: “Un hipócrita es uno que enseña a su prójimo algo, sin hacer ningún esfuerzo por realizarlo él mismo.” [5]

Al mismo tiempo, sin embargo, conforta otro dicho de este compasivo anciano:

Un hermano dijo a abba Poemen: “Si ofrezco a mi hermano un poco de pan o de alguna otra cosa, ¿Qué sucede si los demonios estropean estos dones diciéndome que esto ha sido hecho solo con el fin de complacer a las personas? El anciano le dijo: “Aunque fuese para complacer a las personas, estemos siempre dispuestos a ofrecer cuanto podamos.” Les contó la siguiente parábola: “Dos campesinos vivían en la misma ciudad. Uno de ellos sembraba y segaba solo una pequeña y pobre cosecha, mientras que el otro ni siquiera sembraba y no cosechaba absolutamente nada. Si sobreviene una carestía, ¿cuál de los dos encontrará algo de lo cual vivir?” El hermano respondió: “Aquel que ha segado la pequeña y pobre cosecha”. El anciano le dijo: “Así es para nosotros: sembramos un mísero grano, para no morir de hambre”. [6]

Este libro ha sido escrito con la intención de sembrar una pequeña y pobre cosecha.


John Chryssavgis
Al cuore del deserto
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose 2004
Págs. 5-15

Notas:

[1] Este texto, en la llamada “colección alfabética”, es la base casi exclusiva de mis observaciones. Cito en las notas a pie de página simplemente el nombre del anciano y el número del dicho en esa colección. Sin embargo, he también modificado, frecuentemente y significativamente, la traducción inglesa de Benedicta War (The Sayings of the Desert Fathers. Alphabetical Collection, Cistercian Publications, Kalamazoo, 1975) en base a mis interpretaciones del original griego. (La presente traducción ha sido efectuada sobre el texto inglés. La edición completa de la colección alfabética de los apotegmas en italiano está disponible en Vita e detti dei padri del deserto, a cargo de L. Mortari, Città Nuova, Roma 1996; se puede ver también Detti editi e inediti dei padri del deserto, a cargo de S. Chialà y L. Cremaschi, Qiqajon, Bose 2002 – N.d.T)

[2] Sisoes 35, Antonio 19 y Elías 8.

[3] Poemen 24

[4] Poemen 25

[5] Poemen 117.

[6] Poemen 51