Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

viernes, 10 de agosto de 2012

¡Señor, enséñanos a orar! (Lc 11,1)


P. Gabriel Bunge



“¡No te contentes de hablar solo con complacencia de las obras de los padres, sino exige también a ti mismo realizar las mismas obras, sometiéndote a duras fatigas!” Evagrio Póntico


Actualmente, en ambientes eclesiales, se siente a menudo la lamentación: “La fe se evapora rápidamente”. A pesar de haber un “compromiso pastoral” nunca visto hasta ahora, en muchos cristianos la fe parece efectivamente “enfriarse” (cf. Mt 24, 12) o, dicho en un modo un poco más crudo, parece justamente “evaporarse”, volatilizarse. Se habla de una gran crisis de fe, tanto del clero como de los laicos.

A esta pérdida de fe, tan frecuentemente deplorada especialmente en Europa occidental, se contrapone, sin embargo, una realidad a primera vista paradójica: este mismo occidente produce, al mismo tiempo, un enorme flujo de literatura teológica y, sobre todo, espiritual, que de año a año se amplía con miles de nuevos títulos. Ciertamente, entre estos se encuentran muchas “moscas efímeras” que duran un día, según la moda del momento, y que son producidos solo para el mercado. También, son editadas con método crítico y traducidas en todas las lenguas europeas numerosas obras clásicas de la literatura espiritual, por lo cual el lector moderno dispone de un patrimonio de literatura espiritual que el hombre de la antigüedad ni siquiera habría osado soñar.

Si no fuese, pues, por la disminución de la fe de la cual se ha recién hablado, esta abundancia debería ser valorada como signo de un florecimiento de la vida espiritual como nunca se ha visto en el pasado. En cambio, esta marea de libros resulta, más bien, el testimonio de una búsqueda inquieta, que no obstante, de cualquier modo, no alcanza el objetivo. Muchos leen estos escritos, admiran también la sabiduría de los padres, pero en su vida personal no cambia nada. De alguna manera, se ha perdido la llave para acceder a estos tesoros de la tradición. La ciencia habla aquí de una ruptura de la tradición (Traditionsbruch), que ha abierto bruscamente una ruptura entre el presente y el pasado.

Muchos advierten esto, incluso si después no son capaces de formular el problema como tal. Un sentimiento de insatisfacción se extiende siempre más. De esta crisis espiritual se busca un camino de salida, que muchos, en nombre de un ecumenismo entendido en un sentido como nunca dado, piensan encontrar en una apertura en las relaciones con las religiones no cristianas. La oferta de “maestros” de las más diferentes escuelas les facilita, de modo inesperado, este paso más allá de la propia religión. De la misma manera, un colosal mercado de literatura que va de lo “espiritual” a lo “exotérico” salen al encuentro a los que buscan hambrientamente. Y muchos creen encontrar allí lo que en el cristianismo habían buscado en vano, o mejor, como ellos dicen, lo que no había nunca habido en él.

No es en absoluto nuestra intención combatir contra este tipo de “ecumenismo”. Solo al final formularemos algunas preguntas y esbozaremos brevemente la respuesta que los padres habrían ciertamente dado a ellas. La intención de estas páginas es la de dar una auténtica respuesta cristiana a la búsqueda espiritual de muchos creyentes y, precisamente, una respuesta “práctica”, en la cual describiremos un “camino” –fundamentado en la Escritura y en la primitiva tradición- que permita a un cristiano “practicar” su fe de una manera conforme al contenido de la fe.

A la perpleja pregunta sobre el motivo por el cual la fe, no obstante todos los esfuerzos por vivificarla, se desvanece en un número cada vez mayor de cristianos, se puede dar una respuesta muy simple, que quizás no contiene toda la verdad sobre las causas de la crisis, pero que indica un camino de salida: la fe se desvanece cuando ya no es más practicada de modo conforme a su esencia. Con el término “praxis” no nos referimos, aquí, a las múltiples formas de “compromiso social” que desde los tiempos antiguos son expresiones naturales del ágape cristiano. Por más que sea algo esencial, este hacer “hacia el exterior” se vuelve superficial, una suerte de fuga en el activismo, y tiende incluso a una forma sutil de akedía, de acedia [1], cuando a esto no corresponde un hacer dirigido “hacia el interior”.

El “hacer interior” por excelencia es la oración, en toda la plenitud de significado que este concepto tiene en la Escritura y en la tradición. “Dime cómo oras y te diré en qué cosas crees”, se podría decir, parafraseando un conocido proverbio. En la oración, en la “praxis” de la oración, se vuelve visible en qué consiste la esencia del cristiano y cómo el creyente se sitúa en las relaciones con Dios y con el prójimo.

Exagerando, se puede decir: sólo en la oración el cristiano es verdaderamente él mismo.

Cristo mismo da de esto la mejor demostración. En efecto, su ser, su singular relación con Dios, que él llama “mi Padre”, ¿no se manifiesta justamente en su oración, tal como la presentan los sinópticos, de manera discreta, y Juan con gran realce? Los discípulos han entendido esto, y cuando le han pedido: “¡Señor, enséñanos a orar!”, Jesús les ha entregado el “Padre nuestro”. Aún antes que tuviesen un Credo como compendio de la fe cristiana, este simple texto resumía, justamente en forma de oración, la esencia del ser cristiano, o para decir mejor, aquella nueva relación entre Dios y el hombre que el Hijo unigénito de Dios ha creado en su propia persona. Esto no ha ciertamente sucedido por casualidad.

***

Según las enseñanzas bíblicas, el hombre ha sido creado “a imagen de Dios” (Gen 1, 27), es decir, como los padres interpretan con mucha profundidad, “como imagen de la imagen de Dios” (Orígenes), del Hijo, que sólo es, en sentido absoluto, “imagen de Dios” (2 Cor 4,4). Pero el hombre está destinado a ser “imagen y semejanza de Dios” (Gen 1, 26). Él está pensado en base a un devenir: del ser “a imagen de Dios”, a llegar a alcanzar el estado –escatológico- de la semejanza con el Hijo (1 Juan 3,2).

Por la creación “a imagen de Dios” resulta que la naturaleza más íntima del hombre consiste en un estar-relacionado con Dios (Agustín), según la analogía de la relación que existe entre un prototipo y su imagen. Sin embargo, esta relación no es estática, como puede ser la que se da entre el sello y la impresión, sino viva, dinámica y se realiza plenamente sólo en el devenir.

Concretamente, para el hombre esto significa que –por analogía con su Creador- él posee un rostro. Dios, que es persona en sentido absoluto y el único que puede crear un ser personal, posee un “rostro”, este es su Hijo unigénito: por este motivo los padres equiparaban sin dificultad la expresión bíblica “imagen de Dios” y “rostro de Dios”. Del mismo modo también el hombre, creado como ser personal, posee un “rostro”.

El rostro es aquel “lado” de la persona que se dirige hacia otra persona cuando entra con esta en una relación personal. Al final de cuentas, “rostro” significa estar-vuelto-hacia. Sólo una persona puede, en sentido propio, tener realmente “otro de frente” hacia el cual se dirige o del cual desvía la mirada. El ser persona – y para el hombre esto significa siempre volverse persona- se realiza en el estar de frente, “cara a cara”. Por este motivo Pablo pone en comparación nuestro actual conocimiento indirecto de Dios – “por medio de un espejo en forma enigmática”- con el estado escatológico de perfecta bienaventuranza en el conocimiento “cara a cara”, en el cual el hombre “conoce del mismo modo en el cual él es conocido” (1 Cor 13, 12).

Esto que aquí se ha dicho de la naturaleza espiritual del hombre encuentra su expresión también en su ser físico. Es sobre el rostro físico en efecto que se refleja la naturaleza espiritual. Volver el propio rostro hacia otro o bien por él desviarlo intencionalmente no es un fenómeno en sí indiferente, como cada uno sabe por la experiencia cotidiana, sino es más bien un gesto de profundo significado simbólico. Indica, en efecto, si nosotros queremos entrar en una relación personal con otro o bien si se la queremos negar.

Este estar orientados hacia Dios encuentra sobre la tierra su más pura expresión en la oración, cuando la creatura se “dirige” a su Creador, vale decir, cuando quien ora “busca el rostro de Dios” (Sal 26, 8) y pide que el Señor “haga brillar su rostro sobre él” (Sal 79, 4). En estas y otras expresiones semejantes del libro de los salmos, que no son en absoluto simples metáforas poéticas, se expresa la experiencia fundamental del hombre bíblico, Para el cual Dios no es en absoluto un principio abstracto e impersonal, sino una persona en sentido absoluto: un Dios que se vuelve hacia el hombre, que lo llama a sí y quiere que también el hombre se vuelva hacia él. Y el hombre hace esto, en la forma más pura, justamente en la oración, en la cual él “se pone ante Dios” en alma y cuerpo.

***

Habiendo dicho esto volvemos nuevamente al tema verdadero y propio de estas páginas: la “praxis” de la oración. “Aprender del Señor a orar”, por eso, orar, como hacía el hombre bíblico y nuestros padres en la fe, significa no solo hacer propios determinados textos, sino también hacer propio todos aquellos métodos, formas, gestos en los cuales tal oración encuentra su expresión adecuada. Esta era sin duda la convicción de los mismos padres, para los cuales no se trataba para nada de una exterioridad ligada a una determinada época histórica. Al contrario, ellos prestaron siempre mucha atención a estos temas, que Orígenes lo sintetiza de este modo al final de su escrito Sobre la oración:

[A continuación de lo que ha sido dicho] no me parece fuera de lugar profundizar el problema de la oración; tratar con mayor penetración el argumento sobre el comportamiento [exterior] y sobre las disposiciones [interiores] que deben estar en el orante; sobre el lugar donde es necesario orar; sobre qué dirección se debe dirigir en cada caso la mirada; y así también sobre el tiempo idóneo o preferible para la oración, y de otras cosas semejantes.[2]

Orígenes, provisto de citas bíblicas, deja claro rápidamente que, en realidad, estas preguntas no están en absoluto “fuera de lugar”, más bien, nos vienen dadas por la misma Escritura. También nosotros queremos dejarnos conducir por estos datos escriturísticos. Intencionalmente nos limitaremos, en esto, a la oración personal, ya que esta es el fundamento seguro no solo de la vida espiritual, sino también de la oración litúrgica comunitaria.

Como sabían muy bien los mismos padres, no se puede jamás separar a la Escritura de su contexto, si se la quiere entender rectamente. Para el cristiano este contexto es la Iglesia, cuya vida y fe son testimoniadas por la tradición apostólica y patrística. Como consecuencia de las rupturas de la tradición que acompañan sobre todo a la historia de la Iglesia de occidente, este tesoro se ha vuelto hoy casi inaccesible para muchos cristianos, más allá de que hoy se disponga de una abundancia de preciosas ediciones y traducciones de textos patrísticos jamás vista hasta ahora. El fin de estas páginas es por esto el de poner en las manos del cristiano de nuestro tiempo las llaves de acceso a estos tesoros.

La llave misma, la “praxis”, abre, además, también las puertas de acceso a otros tesoros, como la liturgia, el arte y, no menos importante, la teología, en el significado originario de esta palabra, entendida como un “hablar de Dios” no basados en un estudio científico, sino como fruto de un muy íntimo conocimiento.

                                        “Seno del Señor: conocimiento de Dios.
                                        Quien sobre este reposa, se convierte en teólogo.”
                                                                                        Evagrio, Mon 120.



Gabriel Bunge
Vasi di argilla
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose. 1996
Págs. 7-13

[1] Este tema es desarrollado en nuestro libro Akedia. Il male oscuro, Bose 1999
[2] Origene, Orat. XXXI, I

miércoles, 8 de agosto de 2012

Un eremita en Capriasca


Entrevista al Padre Gabriel Bunge 

Giacomo Baruffali

P. Gabriel Bunge


Nosotros, queridos jóvenes, estamos habituados a vivir en una sociedad de masas. Esto significa que estamos siempre inmersos entre la gente. Es difícil concebir nuestra existencia fuera de este esquema. Si bien, hay algunas personas que logran vivir muy bien fuera de este modo de vida. La persona que mejor representa esta categoría de gente es sin duda el eremita. En esta edición, he pensado hablarles de uno de ellos... Obviamente para estar mejor informado sobre el tema de los eremitas me fue necesario encontrarme con uno y escuchar de él las razones de su elección. Encontrar a un eremita ha sido para mí fácil porque en un país no lejano del mío, se encuentran nada menos que dos, el padre Gabriel y el padre Rafael. Y me he dicho: “al menos he encontrado al eremita para entrevistar” pero, permanecía, sin embargo, con un cierto temor: “¿qué decir? ¿qué preguntas le haré?” En definitiva, pensaba que él sería una persona distinta a nosotros. Pero apenas conocí al padre Gabriel, él me ha hecho rápidamente cambiar de idea. Él mismo me ha dicho: “¡Soy un hombre como todos los otros!”

Entonces mi temor rápidamente desapareció y se despertó en mí una gran curiosidad. Conocía muy poco de la vida de un eremita. Cuando pensaba sobre ellos se me venía a la mente una persona vestida de negro y que vivía, quien sabe cómo, en un lugar apartado de todos. Para mí lo más importante era entender el por qué de semejante elección tan extraña para nosotros. Antes que nada, el padre Gabriel me explicó:

“No es pues una elección tan extraña o anormal. En la larga historia de la Iglesia han habido siempre eremitas, basta pensar en los primeros precursores como Elías, Juan el Bautista y San Antonio abad. También aquí en Tesino, la presencia de los eremitas ha estado siempre: los éramos de San Bernardo y el de San Zeno y el del bienaventurado de Riva, san Vitale, son un claro ejemplo”.

Pero, le pregunto: “¿es necesario retirarse y vivir lejos de la gente?”

Él me responde: “el nombre mismo del eremita, que proviene del término griego éremos (= desierto) significa aquel que vive en el desierto. La elección de vivir aislados está dada por el hecho de que se busca encontrar la paz. El objetivo de nuestra vida de monjes, de personas que viven aisladas, está explicado muy bien en una frase de uno de nuestros padres precursores, Macario el grande, quien dijo: “el monje es aquel que noche y día conversa con Dios y piensa sólo en las cosas de él, justamente por no tener posesiones en la tierra”. Nosotros, los monjes, seguimos la figura de Antonio abad. No vivimos en medio de la gente y nos esforzamos en pensar en las cosas de Dios, pero no estamos desconectados de todo. Nuestra elección de vivir aislados no quiere decir que nos retiremos a las periferias de la Iglesia sino que, por el contrario, estamos en su corazón. Nosotros, no huimos de las personas, sino que tenemos siempre por ellas un gran amor y una gran caridad cristiana. Nosotros, no olvidamos a la gente, sino que tomamos distancia de la sociedad moderna que no nos permite permanecer solos con nosotros mismos. La existencia del monje es por tanto lo opuesto a la de las personas que viven en la sociedad.”

“Un Padre de la Iglesia decía que sólo encerrándose en la propia habitación se puede encontrar completamente con uno mismo y, por consecuencia, se puede encontrar uno con Dios. ¿Cómo puede hablar con Dios un hombre que no está en paz consigo mismo?”

“Nosotros aquí seguimos la regla de San Benito que nos exhorta a orar y a trabajar (Ora et labora). De esto resulta que mi jornada está dividida en dos momentos bien distintos: uno dedicado a la oración y otro dedicado al trabajo. Tengo siete momentos de oración al día, dos largos, a la mañana y a la tarde, y cinco más breves durante la jornada. El trabajo consiste, en cambio, en trabajar en el huerto, cortar leña, traducir libros, etc. Otro trabajo importante que desarrollo es el de encontrarme con las personas que me vienen a buscar. ¿Ves cómo no estoy ni espiritualmente, ni incluso, a veces, físicamente lejos de las personas? Yo no me olvido jamás de la gente, sólo tomo distancia de ellas”

He pues descubierto que el eremita no tiene tiempo para aburrirse: su jornada está siempre llena de actividad. Luego mis preguntas fueron acerca del padre Rafael, el eremita tesinese. Con respecto a él el padre Gabriel me dijo:

“Es necesario aprender a ser eremita. Rafael está aquí desde hace siete años bajo mi guía. Los jóvenes tienen siempre, en todas las dimensiones, necesidad de alguien que les ayude en su crecimiento espiritual. Si tú ves a un joven subir por sí solo al cielo, tíralo hacia abajo por los pies, decía un viejo Padre de la Iglesia. Es necesario evitar el riesgo de hacer una religión a nuestra medida y por esto es necesario dejarse someter por un guía.”

El Padre Gabriel no baja casi nunca a la ciudad, sólo cuando debe hacer algún trámite importante y esto se da en muy pocas ocasiones.

“Mi intención es la de permanecer siempre aquí -me dijo- si bien un eremita no debe apegarse a las cosas terrenas. Por lo cual, debo estar siempre dispuesto a dejar mi éramo en cualquier momento. Sobre todo si este comienza a encontrarse muy cerca de la civilización.”

Ciertamente, se puede entender que sería triste para él dejar aquel oasis de paz. Incluso con respecto a la infraestructura el éramo es muy bonito. Están las pequeñas cabañas de los dos monjes, una capilla y otra cabaña en reconstrucción. Todo el lugar ha sido hecho de nuevo recientemente.

Después de este encuentro me parece tener un panorama bastante claro de lo que quiere decir ser un eremita. Sólo un pequeño detalle me queda oscuro y sobre esto me dejo iluminar por las explicaciones del padre Gabriel. Me interesa saber qué hacía antes de retirarse al éramo:

“Estudié filosofía por dos años y luego, a los 22 años, entré en un convento benedictino. En este período realicé los cursos de teología en la universidad. Permanecí en el convento por dieciocho años y desde hace doce años vivo aquí…”

Conocer al padre Gabriel ha sido para mí un bellísimo descubrimiento. Antes de saludarme, él me dijo una última cosa: “no tengas temor de escribir cosas demasiados difíciles en tu artículo. Los jóvenes, incluso si no lo llegaran a entender todo, recibirán una primera información sobre la vida de un eremita.”

En ese momento dejé su bello éramo y volví a mi casa, lleno de energía y de entusiasmo, para escribir mi artículo. Concluyendo, agradezco al padre Gabriel por su gentil disponibilidad y le deseo que pueda gozar por siempre de la paz que ha encontrado en aquel delicioso lugar sobre el Roveredo.


Giacomo Baruffali
Artículo publicado en “Semi di bene”, revista para jóvenes,
y en el boletín parroquial de Tesserete, de agosto/noviembre.

Publicado en: http//monachesimo-monakos.blogspor.com.ar

lunes, 6 de agosto de 2012

La grandeza de la oración


Matta el Meskin

“Vale mucho la oración del justo hecha con insistencia.” Sant 5, 16

“Mi oración llega hasta tu rostro.” Sal 88, 3

“Que mi oración suba como el incienso hasta tu rostro”. Sal 141, 2

“Santo, Santo, Santo, Dios del universo,
el cielo y la tierra están llenos de tu gloria.” (Is 6, 3)


Estas palabras que los serafines proclaman en la visión de Isaías son la quintaesencia de la oración.

En su esencia la oración es comunión con los poderes celestiales en la glorificación del Creador. En esto se resumirá y desembocará necesariamente cada oración, cuando todo sea sometido a Dios Padre.

La oración no es únicamente algo proprium  del hombre, no existe solamente para consolar o satisfacer sus necesidades. La oración es grande porque es algo proprium de los seres espirituales. No es de este mundo, ni por este mundo. Si nosotros, por lo tanto, la relegamos al ámbito restringido de nuestras peticiones o de las satisfacciones de las necesidades del hombre en este mundo, pierde su propia grandeza, lo que tiene de esencial.

Santificar el nombre de Dios estando a Él sometidos y darle gracias con una alabanza pura, lleva al hombre a volverse espiritual y a asociarse  a las potencias celestiales en este culto inefable.

Sin embargo, si pedimos a Dios también las cosas de este mundo (si bien esto no forma parte de la naturaleza primaria de la oración), es por la caída del hombre, por la cual ha perdido su propia condición espiritual primaria, con la cual no existía la necesidad. Pero Dios, en su bondad, escucha también nuestros pedidos y nuestros lamentos que por cierto, conoce ya anticipadamente. Y esto con el fin de poner en nuestro corazón la paz, la certeza que Él no nos abandona por motivo de nuestros pecados y se interesa por nuestras necesidades.

Pero si progresamos en la vida de oración adquirimos al final la certeza que la oración es esencialmente una doxología, un oficio divino de infinita nobleza. A esta han llegado todos los santos al final de su comprensión y de su práctica de oración.

En la base de cada oración se encuentra el deseo de cumplir totalmente la voluntad de Dios: “Que se haga tu voluntad en la tierra como en el cielo”. Así la oración exige que el hombre haga violencia a la propia voluntad: “No mi voluntad, sino la tuya” (cf Lc 22, 42).

La glorificación y la santificación de Dios por medio de la oración es comparable a la de los serafines. Ahora bien, estos conservan su gloria por su ministerio ante Dios y no por su naturaleza. Del mismo modo, la corrupción de nuestra naturaleza no anula la grandeza de nuestro ministerio, siempre que seamos movidos por un amor puro, sincero, sin egoísmo. El abandono total a la voluntad de Dios es en sí una alianza con Dios, preludio de la unión definitiva con su voluntad. Que por el peso de nuestra corrupción, Dios se encarga de eliminarla por medio de la sangre de su Hijo: “El justo, mi siervo, justificará a muchos” (Is 53, 11).

La oración, en cuanto glorificación al Creador, va más allá de nuestras carencia y de nuestra indignidad. Ella es en cuanto tal una obra perfecta capaz de colmar toda carencia y de cubrir toda debilidad. Cuando la realizamos con el corazón, para la santificación del Nombre de Dios, la oración se hace cargo, por medio de la gracia, de santificarnos: “En efecto el que santifica y los que son santificados provienen todos de un mismo origen” (Hebreos 2, 11). Cuando estamos delante de Dios para glorificarlo, los ángeles están allí, con gran alegría, a pesar del peso de nuestros errores. Los ángeles se regocijan cuando un pecador se arrepiente y nosotros estamos llamados a arrepentirnos cada día.

La oración que se eleva directamente hacia Dios para santificarlo otorga al hombre pureza y santificación. Sus ojos se abren como nuevos en el Espíritu, para ver al árbol de la vida que es en realidad Cristo mismo: “Busquen la santificación porque sin ella nadie verá al Señor” (Hebreos 12, 14).

Por medio de la oración el corazón del hombre tiende la mano arrepentida, recoge las palabras del evangelio, come del árbol de la vida y se renueva para vivir y no morir eternamente.

Es en este sentido que Isaac, obispo de Nínive, decía: “La oración es el Reino”.

Y es por esto que Cristo nos invita con tanta insistencia a la oración: “La necesidad de orar siempre, sin cansarse” (Lc 18, 1). Es en la oración continua que se revela en nosotros el misterio del Reino del cual Antonio el Grande decía: “Les amo con todo el corazón y todo el espíritu, porque habéis adquirido a Dios en sí mismos.” [1]

***

Palabra de los Padres

“La perseverancia en la oración es el punto capital en cada buena preocupación y el culmen de toda las obras. Por esta podemos cada día alcanzar una nueva virtud pidiéndola a Dios. Ella procura, para cuantos son juzgados dignos, la comunión con la santidad de Dios y con la fuerza del Espíritu  y la disposición interior para la unión con el Señor en una indecible caridad. El amor espiritual, en efecto, hace arder de pasión divina y de ardiente deseo de Dios a quien se obliga cada día a perseverar en la oración y estos reciben la gracia de la perfección santificante del Espíritu.”
Macario el Grande. Homilía 40, 2

“El objetivo supremo al cual tiende el monje, el punto culminante de la perfección del corazón, está constituido por la oración perseverante ininterrumpida… El trabajo de la virtud tiende a un solo objetivo, que es la perfección de la oración.”
Juan Casiano. Conf. 9, 2

“¿Cuál es la finalidad de todas las prácticas de la hesiquia que cuando uno la llega a comprender llega a la perfección de la vida monástica?
Cuando el hombre es considerado digno de la continuidad en la oración. Allí se alcanzan a la vez el fin de toda virtud y se convierte en una morada del Espíritu Santo.”
Isaac el Sirio, Serm. Asc. 35

“¡Este gran Espíritu de fuego que yo mismo he recibido recíbanlo también ustedes! Y si quieren obtener que Él permanezca en ustedes, presenten primero las fatigas del cuerpo y la humildad del corazón, elevando noche y día vuestro pensamiento al cielo. Pidan con un corazón sincero este Espíritu de fuego y les será dado… Continúen celosos orando con todo el corazón y el Espíritu les será dado, ya que este permanece en los corazones rectos… Les revelará todos los misterios más altos y tantas otras cosas que yo no puedo expresar… En ustedes habrá, noche y día, una alegría celestial y, aunque estén aún en el cuerpo, serán como quien está ya en el Reino.”
Antonio el Grande, Carta 8, 1-2


Necesidad de la oración


“Sin mí no pueden hacer nada” Juan  15, 5

 “Oren para no caer en tentación” Lc 22, 40

“Invócame el día de la angustia: te liberaré y tú me darás gloria.” Sal 50, 15

“Porque son estos los adoradores que el Padre quiere.” Cf. Juan 4, 13


La relación del alma con Dios y su aspiración al diálogo con Él pertenecen a la naturaleza profunda del hombre, así como a los ángeles pertenece el ministerio del servicio y de la alabanza. Como el árbol “da fruto según su especie” (cf. Lc 6,44), así también el hombre responde con la oración a la necesidad de adoración del alma. Él es como el árbol que, en el tiempo debido, da su mejor fruto.

Como el árbol aparece generoso y bueno a los ojos del jardinero, así aparece a Dios el hombre que, en el tiempo oportuno, ora.

Como para el jardinero el fruto es el fin último por el cual se preocupa de plantar el árbol y de regarlo. El fruto es el vínculo que une al árbol al corazón del jardinero y el motivo primero que lo empuja a doblarse sobre éste con solicitud y a custodiarlo en el propio jardín, así también sucede con la oración. Dios es un buen viñador que nos ha rescatado al precio de su sangre para ponernos en su viña, radicarnos en su reino, y allí espera nuestro fruto, porque este es el fin último de su obra y de sus sufrimientos sobre la cruz. Nuestra oración es el fruto maduro de la sangre derramada y la respuesta consciente a su amor y a su pasión.

En cuanto a la necesidad que nosotros tenemos de la oración en nuestra existencia temporal, es bueno que tomemos conciencia del hecho que vivimos en un mundo vuelto a los ídolos como el dinero, la codicia, la concupiscencia, un mundo que se está alejando de Dios en el cual reina la carrera por la ganancia, el uso de la fuerza, la astucia y la corrupción por obtener los primeros puestos, el recurso a la mentira para la autojustificación, por la injusticia y la dominación para asegurarse la conquista del poder, todas cosas comunes tanto en el mundo como en la Iglesia.

“¿Cómo salvar el alma?”: es hacerse una pregunta crítica que tiene necesidad, ciertamente, de muchos esfuerzos y de un cierto alejamiento del ambiente del etéreo mundo actual, pero también, y sobre todo, el recurso a la oración como el primer y único medio.

La oración no ha sido nunca tan necesaria para la salvación del alma como en el mundo de hoy, donde para el hombre nunca como antes es posible vivir sin fe y recibiendo del resto alabanzas y consideraciones.

En un mundo en el cual reina la incredulidad, el pecado y la injusticia, la oración nos recuerda que tenemos un Dios viviente, un reino dispuesto a acogernos en la otra vida en la gloria y un juicio que afrontar.

Día a día la oración nos recuerda también que nosotros no somos de este mundo, que somos hijos de la luz y que debemos cuidarnos de tener compromisos con los hombres perversos y disolutos, hijos de la depravación y del pecado.

La oración impide al corazón la codicia que lo lleva a la iniquidad, frena los pasos de las orillas resbaladizas del camino del pecado y custodia la lengua de las adulaciones y de la mentira.

La oración ilumina el discernimiento e impide que caigamos en compromisos con el mal, que hagamos pactos con el error y que aprobemos acciones perversas y malvadas.

La oración nos da, cada día, una paz del todo nueva, sustituyendo la paz perdida por las provocaciones y las perversiones de este mundo que, sin la gracia de Dios, nos dejarán mucha angustia y maldad.

La oración es luz interior. Por esta luz cada día nosotros descubrimos los defectos y los errores de nuestros comportamientos, impidiendo así al tiempo y a los acontecimientos conducirnos al abismo.

Dios no exige que seamos solo creyentes, sino que nos pide ser “verdaderos adoradores que adoren al Padre en espíritu y verdad” (Jn 4, 23). Es en esto que Cristo describe la auténtica oración, aquella que el Padre reconoce:

- Dios es Verdad y no le agrada la oración sino en la verdad, esto es una oración de fe en el pleno conocimiento del Padre.

- Dios es Espíritu y no le agrada la oración sino en el espíritu, esto es una oración abierta a la vida eterna y sometida al Espíritu de Dios.

La oración en espíritu y en verdad es la única que le agrada a Dios. Porque es la expresión de un contacto verdadero y espiritual con Dios.

Esta definición de la oración resume completamente el concepto teológico de oración verdadera y espiritual.

Cuando Cristo dice que Dios “busca tales adoradores”, esto es hombres de oración, el revela la importancia, el valor y la necesidad de la oración desde el punto de vista de Dios mismo. “Dios busca”. ¡Esto significa claramente que Dios busca la oración del hombre y que interviene para darle las condiciones favorables, la posibilidad  y el logro de esta oración! ¡Es como si la creación del hombre pudiera mantenerse gracias a la existencia de semejantes adoradores en espíritu y en verdad! La oración auténtica aparece por lo tanto como una relación única entre el hombre y Dios, relación sin la cual el hombre pierde el sentido de su propia existencia y la finalidad de la misma creación.

Podemos recordar siempre que Dios pide nuestra adoración y espera la hora de nuestra oración.

Palabra de los Padres

“¡Dios no tiene necesidad de nuestra oración! Sabe qué cosa nos falta aun antes que se lo pidamos. Porque Él sabe todo y es misericordioso, y derrama sus dones con abundancia, aun sobre aquellos que no le piden nada. La oración es indispensable sólo para nosotros, porque nos separa y nos consagra al Señor.”
Ignacio Brjancaninov

“La oración es la madre de todas las virtudes. Preserva la templanza, suprime la cólera, impide los sentimientos de orgullo y envidia, atrae al Espíritu Santo hacia el alma y eleva al hombre hacia el cielo.”
Efrén el Sirio

“No caerán nunca quienes se han apoyado siempre en el bastón de la oración. Aunque debiesen tropezar no caerán o no permanecerán en tierra. Porque la oración tiene un poder piadoso y absoluto sobre el corazón de Dios.”
Juan Clímaco. Scala par. 28, 63.

“La oración estimula la conciencia, reviste el intelecto del vigor de la caridad. La esperanza inflama la conciencia, da al hombre equilibrio para afrontar las preocupaciones y paciencia ante las pruebas y los males de la tierra, porque éstas no son nada en relación con la felicidad prometida.”
Isaac el Sirio, fondo árabe [2] I, I, 118

“La oración perfecta orienta hacia el cielo, allí gustamos de la realidad celeste y hace despreciable este mundo, frente al amor de Dios. Por medio de la oración atraemos sobre nosotros la gracia que se llama Reino, a fin que, percibiéndola, olvidemos la tierra y lo que ella contiene. Aun en la tierra tenemos la sensación de tener una ayuda celeste, potente e invisible.”
Isaac el Sirio, fondo árabe I, I, 119-122

“A partir de la palabra tenemos acceso al misterio. La oración aproxima al espíritu de Dios.
Isaac el Sirio, fondo árabe I, I, 134-135

“No es en razón de nuestro pedido que Dios nos envía sus dones y sus gracias, sino que Él hace de nuestros pedidos un medio, un modo de expresión que lleva al intelecto a investigar sobre la eternidad y a percibir su preocupación por nosotros.”
Isaac el Sirio, fondo árabe I, I, 144-145.

“La oración que no acompaña un pensamiento elevado y virtuoso se reduce a simples palabras que no tienen ninguna fuerza ante Dios. Pero si la oración es acompañada de un comportamiento recto, ésta tiene el dinamismo de una llama, porque ‘mucho vale la oración del justo hecha con insistencia’ (Sant 5, 16). El poder de esta oración no está en la palabra de la oración sino en la justicia, como para Moisés, Josué, Elías y Eliseo que, sin pronunciar una oración realizaron milagros.”
Isaac el Sirio, fondo árabe I, 2, 40-42.

“La oración es una obra superior. Está por encima de toda virtud.”
Isaac el Sirio, fondo árabe. I, 2, 44.

Matta el Meskin
L’ esperienza di Dio nella preghiera
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose
Págs. 26-35

[1] Antonio el Grande, Carta 13, 1

[2] La traducción manuscrita árabe atribuye a Isaac el Sirio cuatro libros: los libros II y III corresponde a los Discursos ascéticos conservados en siríaco y griego. Los citamos según la traducción inglesa de A. J. Wensinck, en Isaac of Nineveh, Mystic Treatises by Isaac of Nineveh, Amsterdam 1923, según la numeración siríaca. La versión italiana de estos discursos es solo parcial, disponible en Isaac de Nínive, Discursos ascéticos, I. La embriaguez de la fe, a cargo de M. Gallo y P. Bettiolo, Roma, 1984. Nos reservamos el modificar ocasionalmente ambas traducciones en función del texto árabe. Los libros I y IV son, hasta donde sabemos, propios de la traducción árabe. Los citamos indicando el libro con una cifra romana (I o IV) y con una cifra árabe la homilía y la numeración de las frases ateniéndonos al manuscrito de Matta el Meskin.