Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

viernes, 17 de agosto de 2012

La eficacia de la oración


Matta el Meskin


“Si ustedes que sois malos, saben dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan!” Lc 11, 13


Los dones de la vida cristiana –sea de un orden general, como el nuevo nacimiento, la redención que perdona los pecados, la justificación por la gracia y la santificación por la sangre de Cristo… sea de orden personal, como los carismas del amor, de la humildad, de la piedad, del ardor espiritual en la constante intimidad del Señor-, todos estos dones, pueden desplegarse con potencia y eficacia solo por medio de la oración.

Es por medio de la oración que se despliega la eficacia de la naturaleza de Cristo en nosotros. Es por medio de la oración que la fuerza de su vida y de su muerte penetra en nuestros actos y en nuestros comportamientos.

Es por medio de la oración que nuestros pensamientos y nuestras palabras, incluso nuestro silencio y nuestra calma, pueden exhalar “el buen perfume de Cristo” (2 Co 2, 15).

Solo en la vida de oración pueden manifestarse la eficacia de la redención, la fuerza de la salvación, la victoria sobre el pecado y un testimonio vivo del nuevo nacimiento.

Sin la vida de oración todo intento de proclamar estos efectos divinos en la naturaleza humana permanece en el ámbito teórico o falsificado. No es más que la manifestación del yo y de la voluntad del “hombre viejo” que persiste como tal, con sus actitudes, sus pasiones y su naturaleza de polvo.

Si aceptamos esta verdad de la oración, si ponemos, sin contar lo que nos pueda costar, todo nuestro corazón y todas nuestras fuerzas, alcanzaremos inevitablemente los misterios inefables de Cristo que conocemos sólo por lo que de ellos hemos oído hablar.

Esto podrá realizarse solo cuando la oración se haya vuelto nuestra principal ocupación, la prioridad que supera toda prioridad, la obligación que desafía toda obligación, la felicidad que encierra toda felicidad, orar en todo instante, en toda circunstancia, en todo lugar…, para entrar en la intimidad ininterrumpida de Cristo con un ardor que no decae nunca, guiada por su palabra, por su vida, por sus obras y por sus gestos, “aprended de mí” (Mt 11, 29). Nuestra vida entera, en todos sus detalles, está orientada hacia un fin único: ser agradables al Padre en la docilidad de la persona de Jesucristo. Esto llena, entonces,  nuestra vida y nuestros pensamientos: adherirnos a Él durante el sueño y durante nuestra vigilia, en nuestras palabras y en nuestros silencios, a fin de que sea “Él quien viva en nosotros” (Gal 2, 20) y no más nosotros mismos. Sentimos, entonces, con certeza a Cristo “formarse” en nosotros (Gal 4, 19) para transformarnos día a día en una creatura nueva, a su imagen y a su semejanza, según su voluntad. Probaremos entonces que Él cumple en nosotros todas nuestras aspiraciones espirituales y que no rechaza nada de todo lo que deseamos y que pedimos en la oración.

Así pues, veremos cambiar en profundidad nuestra vida, detener las hemorragias del pecado, extinguir los fuegos de la violencia, abrir en nosotros cada mañana un oído nuevo (cf. Is 50, 4) capaces de escuchar la misteriosa verdad del evangelio que el Espíritu  interiormente nos revela, con vigor y elevación, porque la verdad toda entera nos es accesible.

Paso a paso que avanzamos en la vida de oración, paso a paso que nuestros corazones se enraízan en el vivo deseo de intimidad de Cristo, gustamos mejor el sentido de la unión con Dios, sentimos tejerse en nosotros los hilos eternos que nos ligan a su persona y dirigen nuestros sentidos y nuestros pensamientos. Esto que en un tiempo –deseosos de conformar nuestras palabas, nuestros pensamientos y nuestras acciones a la voluntad de Cristo- pedimos con tristeza, con sudor y lágrimas, lo encontramos ahora, ya realizado y presente en nuestra vida como en un sueño. Dios pone ahora una custodia a nuestros labios (Sal 141, 3), un centinela a nuestros ojos, da fuerza divina a nuestros oídos que se abren sólo a quien es puro, y nuestro corazón no desea otra cosa más que alegrar a Dios y amarlo.

En el curso de la vida de oración el hombre se despierta y se encuentra imprevistamente frente a un tesoro enterrado en el campo evangélico que él ha fatigosamente trabajado con coraje y constancia. En efecto, los dones que recibe en el propio espíritu, en la propia alma y en el propio cuerpo durante su búsqueda constante de la oración, le persuaden que realmente ha descubierto la perla del evangelio. Entonces en su alegría extrema le es fácil vender todo para tener solo aquellos dones de Cristo que superan toda comprensión.

A los ojos de un hombre así, todo lo que hasta ahora podría haber atraído al corazón, al espíritu y al cuerpo: ciencia, fortuna, notoriedad, fuerza, salud, poder, placeres, gloria y pasiones de este mundo, todo pierde el propio valor y termina en el polvo. Él no desea otra cosa que privarse de todo, incluso su vida  no tiene más valor a sus ojos (cf, Hechos 20, 24).

El secreto de la eficacia de la oración es resaltado por la insistencia de Cristo: “Es necesario orar siempre sin desfallecer” (Lc 18, 1); “Velad y orad” (Mt 26, 41); “Todo aquello que pidan con fe en la oración lo obtendrán” (Mt 21, 22).

Porque es solamente en la oración que nuestra voluntad encuentra la suya. Pero, la voluntad de Cristo tiene por objeto fundamental nuestra salvación, nuestra renovación y nuestra redención y nada del mundo puede hacerla fallar, solo el hecho de no rezar.

Todos los enfermos, los ciegos y los paralíticos que han orado a Cristo para que los curara han sido curados y ninguno ha sido rechazado entre los que han creído en Él y a Él han pedido…

La voluntad de Cristo está presente en cada instante y es capaz de conducir a la plenitud de la salvación a todos los que, por medio de la oración de fe, se abren a ella. A través de la oración nuestra voluntad coincide con la suya, porque cuando oramos recibimos su Espíritu, nos conformamos a su voluntad y su fuerza permanece en nosotros.

Y como el alma, sin la oración, no puede reconocer el proyecto de Cristo sobre sí, así también Dios, sin la oración, se niega a reconocer los deseos del hombre: “En cada necesidad expongan a Dios vuestras peticiones, con oraciones, súplicas y acción de gracias” (Fil 4, 6).

Quien no ora no puede esperar recibir del Señor guía, renovación, gracias y salvación. Él se confía a su propia voluntad, a los movimientos de su espíritu, a las tendencias de su corazón, como quien niega la intervención de Cristo o sustrae la propia alma a la mirada de Dios.

El hombre que no ora parece estar satisfecho de la propia situación y parece desear seguir sin cambiar, ni renovarse, ni emprender un camino de salvación. Pero sin que se dé cuenta, su situación empeora día a día, los vínculos que lo ligan a su cuerpo y a la tierra se refuerzan y su “yo” se vuelve la única fuente de sus expectativas y de sus pasiones.

En cuanto a su relación con Cristo, permanece superficial y formal, privada de fuerza, incapaz de obrar el más mínimo cambio o renovación. Así, en el momento de la prueba, de la necesidad, del peligro o de la enfermedad llega incluso a renegar de Cristo.

Si, el hombre que no ora no puede obrar en sí ningún cambio, ninguna renovación, ni puede tener con Cristo una relación auténtica y eficaz. Por cuanto el culto que presenta expresa solo un formalismo exterior y superficial que no puede dar frutos.

Por medio de la oración, no atraemos a Cristo desde el cielo, sino que lo descubrimos en el interior de nosotros mismos. Por motivo de su inmenso amor, de su extremada misericordia y del ofrecimiento de sí que Él ha hecho por nuestra salvación, a Él le gusta, por medio del bautismo, habitar en nuestro hombre nuevo. En la oración lo encontramos a la puerta de nuestro corazón que no deja de llamar hasta que le hayamos abierto (cf. Ap 3, 20). Y cuando respondemos, Él habita nuestra vida, y enseguida comenzamos a emerger del mundo de las tinieblas y tiene inicio nuestra resurrección. El hombre nuevo, creado a imagen de Cristo, vive, crece, se desarrolla solo si Cristo permanece en su corazón a través de la oración de fe y de deseo. “Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones” (Ef 3, 17). Porque Cristo es palabra de vida, palabra que el hombre conserva en su corazón por la oración y el evangelio.

Él es la Vida eterna (cf. 1 Jn 5, 20) y el reino verdadero en el hombre que le acoge en su propio corazón por la oración y la comunión con los santos misterios.

Él es la Luz verdadera (cf. Jn 1, 9) para el espíritu del hombre que, en la oración, acoge su verdad y sus mandamientos para vivirlos.

Vencedor de la antigua serpiente, capaz de aplastarle la cabeza, Cristo asume sobre sí la tarea de anular sus proyectos, de poner fin a sus tentaciones y a sus seducciones en el hombre que, por medio de la oración, establece con él una intimidad real y constante. Sin una vida de oración con Cristo no hay luz, ni vida eterna, ni reino, ni victoria.

La oración es fuerza actuante que nos une al Cristo que vive en nosotros, fuente de todas bendiciones, de toda vida verdadera, de toda fuerza. “Cristo Jesús, el cual por obra de Dios ha sido hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención.” (1 Cor 1, 30)

El hombre que no ejercita la propia capacidad de orar no puede unirse al Cristo que está en él y vive extraño a su sabiduría divina, privado de su justicia, de su santificación y de su redención.

Sin la oración, más allá de todo lo que hagamos para conocerlo, lo conoceremos solo de modo impersonal, como salvador del mundo y redentor de los hombres, como el que santifica a los santos y eleva a los pecadores. Pero nosotros mismos permaneceremos privados de todas estas gracias, porque es posible recibirlas solo acogiendo personalmente a Cristo en nuestras vidas, por la oración, a fin de que descanse en nuestros corazones, viva con nosotros, guiándonos en cada cosa y tomando parte en todo lo que nos preocupa.

Cristo no puede unirse a nuestros pensamientos, a nuestros sentimientos, a nuestros deseos y nuestros sentidos si antes no se une a nuestra alma en profundidad. Es por tanto absolutamente necesario que por medio de la oración el hombre se abra enteramente a Cristo, para que Él pueda habitar en la profundidad del alma creada por Él, a su imagen, pueda volverse su Señor y ser capaz de orientarla, de dirigir sus pensamientos, sus sentimientos, su voluntad y sus sentidos.

Cuando Cristo reina en el alma que en todo tiempo se le confía en la oración, Él se vuelve el verdadero centro de sus existencia y de su orientación. Entonces el hombre no encuentra más reposo fuera de Cristo, como el semejante no reposa realmente sino en su propio semejante. Y ya que el alma es creada en vista a la inmortalidad, ella encontrará en Cristo, cuando se una a Él, la plenitud de la propia felicidad, porque es Él, con su existencia, quien le concede la verdadera existencia y la inmortalidad.


Palabra de los Padres

“Por esto debemos pedir primero a Dios, con la fatiga del corazón y con fe, que nos conceda encontrar su riqueza, el verdadero tesoro de Cristo en nuestros corazones, con el poder y la energía del Espíritu. Y así habiendo encontrado provecho antes que nada para nosotros mismos, habiendo encontrado la salvación y la vida eterna, es decir, al Señor, ahora podremos ayudar también a otros, por cuanto es posible y por cuanto está en nosotros, ofreciendo cada palabra espiritual sacada del tesoro interior de Cristo y narrando los misterios celestiales. Por la bondad del Padre satisfecho, en efecto, de venir a habitar en cada hombre que cree y que le suplica. “Quien me ama será amado por mi Padre y también yo lo amaré y me manifestaré a él… Si uno me ama observará mi palabra y mi Padre lo amará y nosotros vendremos a él y moraremos en él.” (Jn 14, 21.23)”

“Así ha querido la infinita bondad del Padre, así es querido por el amor de Cristo, que está más allá de todo nuestro pensamiento, y así es prometido por la inefable bondad del Espíritu. Gloria a la inefable misericordia de la santa Trinidad.”

“Aquellos que han hechos dignos de llegar a ser hijos de Dios y de renacer de lo alto, por el Espíritu Santo, y que llevan en sí mismos a Cristo que los ilumina y les da descanso, son guiados por el Espíritu de múltiples y diversos modos, e invisiblemente en su corazón, en el reposo del espíritu, son movidos por la gracia.”

Macario el Grande, Hom. Sp. 18, 6-7


“Si uno es privado del vestido divino y celestial, es decir, del poder del Espíritu, como dice: “Si uno no tiene el Espíritu de Cristo, no le pertenece” (Rom 8,9), gima e invoque al Señor, para recibir del cielo el vestido espiritual y cubrir el alma descubierta de la energía divina, porque quien no usa el vestido del Espíritu se viste de la gran vergüenza de la ignominia de las pasiones.”

“El primer hombre al verse desnudo sintió vergüenza, tan grande es el deshonor que conlleva la desnudez. Si con la desnudez del cuerpo sentimos vergüenza, cuánto más el alma que está desnuda de la divina potencia y que no está revestida y envuelta de un vestido inefable, incorruptible y espiritual, que es en verdad el Señor mismo, Jesucristo, ¡está vestida de una vergüenza muy grande y del deshonor de las pasiones!”

“Por lo tanto oramos a Dios y suplicamos que nos revista del manto de la salvación, nuestro Señor Jesucristo, la luz inefable. Las almas que son revestidas no estarán desvestidas en la eternidad.”

“Si el Señor, venido a la tierra, curó a cuerpos corruptibles, cuánto más curará al alma inmortal, hecha a su imagen.”

“Tengamos fe, por lo tanto, y acerquémonos a Él en verdad, porque en seguida obrará en nosotros la curación. Ha prometido, en efecto, dar el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan (cf. Lc 11, 13), de abrir a aquellos que golpean, de dejarse encontrar por aquellos que lo buscan (cf. Mt 7,7) y no es mentiroso el que lo ha prometido. A Él la gloria y el poder por los siglos. Amén.”
Macario el Grande, Hom sp. 20, 1-8


Matta el Meskin
L’ esperienza di Dio nella preghiera
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose
Págs. 35-42

martes, 14 de agosto de 2012

Cartas para persuadir a la práctica de la oración interior - Cartas VI - VIII


Arsenio Troepolskij


 Carta VI

Para animarte a la oración y convencerte en todos los modos:

1. En pensamiento angustioso de ser indigno de invocar el nombre de Jesucristo es una tentación del enemigo para desanimarte, éste es algo peor que cualquier pecado.

2. Para la oración más que para cualquier otra cosa es necesario el deseo y el sereno  abandono a la voluntad de Dios, el cual no mira tanto las obras, cuanto la intención.

3. Cualquier impulso a orar es una acción del Espíritu santo y en el nombre de Jesucristo sobreabunda la santidad que actúa por sí sola.

4. El recuerdo de casos excepcionales infunde confianza, como, por ejemplo, el del hierodiácono mencionado en el Paterikon [1], que cada día iba a la ciudad y cuando regresaba oraba; o del monje que en la tentación invocaba el nombre de Jesucristo: es el milagro de la alegría inesperada y de la victoria sobre la caída. Estos son hechos que testimonian el amor de Dios, la fuerza de la oración y la audacia de la invocación del nombre de Dios, y que al mismo tiempo destruyen la timidez y la reticencia inducidas por los enemigos, y demuestran que ninguna oración, ni siquiera la distraída, queda sin fruto.

5. El deseo de obtener cosas buenas por la oración es totalmente natural para quien ora: “danos hoy nuestro pan cotidiano”, “líbranos del mal”, etcétera.. Los discípulos de Cristo oraban en la esperanza, en el deseo de la gracia y todo esto lo demuestra.

6. Reflexiona atentamente lo siguiente: ¿quién debe sobre todo pedir clemencia sino el criminal?

7. Por lo tanto, recuerda las cosas extraordinarias que te han sucedido después de invocar el nombre de Jesucristo en tu vida (30) [2].

8. Finalmente, disponiéndote a invocar el nombre de Dios, medita: 1) cuán necesario es buscar  la quietud; 2) cuán grande, santo y terrible es el nombre de Dios; 3) cómo su amor no tiene límites; 4) cómo no tienen límites su omnisciencia y omnipresencia; 5) cuál es la fuerza de la gracia de su Nombre; 6) y ¡cuántos por él han inmediatamente vueltos a nacer!

En Odesa, 15 de octubre de 1851. Por la mañana.


Carta VII

¿Todavía no te has convencido del poder, de la consolación y de la utilidad de la incesante oración interior?

¿Te has olvidado tan fácilmente? ¿Tan rápidamente se han borrado de tu memoria los episodios sorprendentes, en cuyo tiempo tú eras conscientemente imbatido y que te habían firmemente persuadido de que “el Señor está cerca  de todos los que lo invocan” (Salmo 144, 18)? Te habían hecho comprender la autosusbtancial santidad divina y el poder del nombre de Jesucristo, y experimentar junto a él la gracia que se consigue por su invocación. Recuerda y reflexiona: aquella vez que tú, cuando vivías en pustyn’, te sentaste en el refectorio y sin intención alguna comenzaste a realizar la oración de Jesús, ¡cómo rápida e improvisadamente advertiste descender sobre ti el espíritu de oración, compunción, delicia y amor!

Como, mientas caminabas orando en un bosque solitario, tú fuiste extasiado contemplando  la abundancia de la naturaleza y recibiste la luz en la inteligencia.

Como, yendo a una reunión, temblando por la posibilidad de encontrarte con tus enemigos, que deseaban descargar sobre ti toda su ira,  tú, armándote con la invocación del nombre de Jesucristo, cuando los encontraste eran como corderos.

Cómo, después de haber perdido la esperanza de encontrar y recibir (p.a.) [3], tú recurriste a la oración de Jesús y después de haber recitado sólo cien invocaciones, inesperadamente recibiste aquello que esperabas, encontrando la paz.

Cómo tú esperaste en la melancolía y en la indecisión a B.P. y P. D. [4] y sólo después de un rosario [5] de la oración de Jesús has sido generosamente escuchado. Cómo muchas veces, buscando consolación, tú te has puesto a invocar el nombre de Jesucristo en Odesa y como siempre recibiste alegría, como siempre encontraste una situación favorable.

Cómo en tu peregrinar sin demora y en extrema pobreza, preparándote con la oración de Jesús (700) [6], inesperadamente, más allá de toda esperanza, tú recibiste hospitalidad y limosna.

Cómo durante una enfermedad incurable, en pustyn’, la oración interior se te ha revelado como una inesperada ayuda.

Cómo tú has recibido milagrosamente socorro en la calle por un desconocido, después de haber orado invocando ayuda.

Cómo, oprimido por un conflicto interior, rezadas cien oraciones de Jesús, has recibido la conciencia de quién te hacía guerra y has obtenido la paz.

Con qué rapidez y felicidad tú encontraste el camino del corazón durante la oración de Jesús, al inicio de cada práctica [del método de oración].

Cómo la fuerza de la oración se te ha revelado sensiblemente en la espera. Sólo tres invocaciones y te vino la paz.

Cómo milagrosamente, por ayuda de la oración, se te ha conservado un cuaderno en el mar… Cómo has comprobado la fuerza de la oración cuando has sido liberado de la angustia.

Nota también esto:

Cómo las faltas han sido consecuencia del abandono de la oración de Jesús y de no haber seguido el íntimo impulso a la oración, por pereza, por olvido, por optar no dejar reavivarte por la oración misma. […]

Así (en el monasterio de San Jorge [7]) el rechazo de los pensamientos de la oración pronto te causó aflicción y turbación.

Ahora considera: una oración indigna y distraída ha manifestado tantos beneficios, son tantas las ocasiones en las cuales has sido custodiado y pacificado. Mientras por el contrario –con toda evidencia- también su abandono ha traído consigo penas y merecidos castigos.

Y así, pensando en todo aquello que te he enumerado: no te debería remorder la conciencia  y no deberías tener vergüenza de dejarte vencer a menudo por la pereza, ¿y [no sería mejor] a cada impulso del alma invocar el nombre de Dios o descender al corazón según el fácil método que conoces?

¿Por mucho tiempo? Sólo cinco minutos, para rezar una corona de las preciosísimas  azucenas [8] del nombre de Jesucristo. La duodécima parte de una hora, para subir la escalera de la oración de Jesús. ¡Eres perezoso de realizar esto, y eres incapaz de ofrecerlo a Dios de buena gana y a tú mismo bien, siendo un tiempo tan breve e insignificante!

¡Recobra la razón! Vuelve a ti mismo y, reúne fuerzas, ¡No dejes escapar las insinuaciones a la oración! Ora aunque sea con pocas invocaciones, reza por lo menos un rosario o media corona con la invocación del nombre de Jesucristo.

¿Quién sabe? ¿Quizás en aquel momento en el cual no haz seguido el recuerdo de la oración sugerido por la gracia, habrías podido recibir un bien salvífico y una consolación celestial para toda tu vida?

Recuerda que en el divino nombre de Jesucristo está escondido un gran misterio: él es fuerza, lugar de santidad y santificación. Y por esto te da paz y no te turba si la invocación es impura. Esto nos hace humildes. Pero la omnisciencia de Dios ve todo y conoce toda intención y por amor aprecia también los más pequeños trabajos.

Di al Señor: ¡Señor! Tú ves toda mi intención, mi debilidad y mi deseo. Acoge mi indignidad y enséñame a orar de modo digno…

Es verdad que ninguna de tus oraciones quedarán nunca sin beneficio: sólo tú esfuérzate…

No escucharás el pensamiento que viene de tu enemigo y te dice: “Antes haz esto o aquello, luego podrás también orar”. Prefiere la oración a cualquier obra. Ella está más allá de todo, es más importante que todo.

¿Se deberá orar mucho tiempo? Hecha solo una breve oración, podrás luego ocuparte de las otras obras de piedad.

Nota finalmente que cada impulso, cada recuerdo de la oración es acción de la gracia y por esto, secundándola, tú eres obediente y testimonias tu sometimiento a Dios…


2 de agosto 1859. En el monasterio de San Jorge.


Carta VIII

A cada impulso interior a la oración o a cada recuerdo de la necesidad de orar incesantemente, de orar a menudo, el pensamiento indolente nos dice: “¡orarás después! Más ahora haz esto otro”. O bien: “¡Recoge primero los pensamientos, dispón la mente, y entonces podrás ponerte a orar: porque  ahora qué clase de oración sería: distraída, fría, breve, y por esto también indigna! [9]

Tal pensamiento deshonesto se debe rápidamente destruir con estas reflexiones. Se debe estar firmemente persuadido de que:

1. Apenas se advierte el pensamiento de la oración, es necesario reconocerlo como la acción de la gracia en nosotros: en efecto, no somos nunca capaces de pensar algo bueno para nosotros mismos, sino que nuestra capacidad viene de Dios (2 Cor 3, 5), y nadie puede proclamar el nombre del Señor Jesús sino en el Espíritu Santo (Cf. 1 Cor 12, 3). Ya que el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables (Rom 8, 26). Y por esto no podemos dejar pasar ninguno de estos impulsos a orar sin al menos hacer, aunque sea, una breve oración.

2. Ninguna invocación del nombre de Dios queda sin fruto incluso sin consolación, porque en el mismo Nombre está contenida un poder de gracia que actúa por sí mismo, más allá de los labios que lo pronuncien.

3. Custodiar la serenidad en la invocación y no turbarse, si esta no es pura, pero poner todo delante de Dios. Ya esto es mucho y el Señor no rechaza tal invocación.

4. ¡Esperar la imprevista visita del Espíritu, recordando casos inesperados! ¿Quién lo sabe? Quizás en aquel instante del impulso de la oración, que has dejado pasar sin la invocación del nombre de Jesucristo, habría sido la fuente de agua que brota para la vida eterna (Juan 4, 14).


En el pustyn’ de San Sabba, 2 de febrero de 1849


Arsenij Troepol’skij
L’ esperienza della vita interiore.
Edizioni Qiqajon. Comunità di Bose. 2011
Págs. 48- 53.


[1]  En ruso Otecnik, colección de Vidas y Dichos de los padres del desierto. El más difundido en esa época era la compilación realizada por Ignacio Brjancanino en 1866-1867.

[2] El número entre paréntesis indica aquí la cantidad de los mencionados “cosas milagrosas”, ligadas a la oración de Jesús.

[3] Abreviaciones indescifrables.

[4] Abreviaciones indescifrables.

[5] Literalmente: “escalera” (lestvica, o lestovka, “escalón” o la variante listovka), término que indica un rosario de cuero con un grupo de tiras de cuero.

[6] El número entre paréntesis indica aquí el número rezado de la oración de Jesús.

[7] El monasterio de San Jorge de Balaclava se encuentra en Crimea, no lejos de Sebastopoli. Fundado en 891 por los griegos, que según la leyenda San Jorge habría salvado milagrosamente de una tormenta de mar.

[8] Krin en el texto, del griego Krínon.

[9] Aquí retoma el elenco numerado interrumpido al final de la carta VI.


domingo, 12 de agosto de 2012

“Quien ha bebido del vino viejo…” (Lc 5,39)


P. Gabriel Bunge



Si bien no es mi intención escribir un estudio histórico o patrístico sobre el tema de la oración, en las páginas que siguen haremos siempre referencia a los “santos padres” de la Iglesia antigua. Este continuo volver a “lo que era desde el principio” necesita de una justificación, en este tiempo en el cual presentar algo de manera novedosa es considerado, de buen grado, un criterio de valor. Bien, aquí no presentamos al lector de finales del siglo veinte la última de las novedades con respecto a la oración, sino lo que “nos han transmitido aquellos que desde el principio han sido testigos oculares y servidores de la Palabra” (Cf. Lc 1,2). ¿Por qué esta gran consideración por la “tradición” y este valor extraordinario atribuido al “principio”? O también, con un tono más personal, dirigiendo la pregunta al autor de estas líneas: ¿por qué él no habla más bien de la propia experiencia en vez de atrincherarse continuamente detrás de los “santos padres”? Podría, entonces, ser útil exponer ante todo con qué “espíritu” han sido escritas estas páginas y cómo deben ser leídas, cómo por tanto podría ser útil esclarecer en un contexto más amplio en el cual también la oración debe estar y desde el cual debe partir, y desde el único lugar en la que ella puede ser entendida de modo justo.

***

“Lo que era desde el principio” (1 Juan 1,1)

El continuo volver a la palabra de los santos padres tiene su fundamento en la naturaleza y en el sentido de lo que los más antiguos testimonios del tiempo apostólico, es decir, de la misma Sagrada Escritura, llaman “tradición” (parádosis). El concepto es ambiguo y, análogamente, es ambivalente la posición de los cristianos en relación a las “tradiciones”. El valor de una “tradición” –en el ámbito de la revelación- depende esencialmente de su “origen” (arché) y de la relación que ella tiene con este origen.

Hay simples “tradiciones humanas”, cuyo origen no es Dios, incluso si ellas pueden con cierto derecho referirse a él, como es el caso del divorcio, sancionado por la ley mosaica. “Pero desde el principio (ap’ arches) no fue así” (Mt 19,8), ya que Dios, originariamente, había unido al hombre y a la mujer en una inseparable unidad (Gen 2, 24). Cristo rechaza tales tradiciones humanas, ya que ellas mantienen lejos al hombre de la real voluntad de Dios (Mt 15, 1-20), es decir, la “originaria” y la real voluntad del Padre que el pecado original con todas sus consecuencias ha oscurecido. En definitiva, está en esto la característica de los discípulos de Cristo: que él no se atiene a estas “tradiciones de los antiguos”.

Muy distinta es, en cambio, la relación con las tradiciones que se remontan a lo “que era desde el principio”, es decir, a aquellos “mandamientos antiguos que nosotros tenemos desde el principio” (Cf. 1 Juan 2, 7), desde cuando Cristo los entregó a sus discípulos. De modo confiable, esto “ha sido transmitido a nosotros desde aquellos que desde el principio han sido testigos oculares y servidores de la Palabra” (Lc1,2), es decir, los apóstoles, los cuales, desde “el inicio del evangelio” (Mc 1,1), desde el bautismo de Juan (Hechos 1,21-22) y, también, desde la manifestación de Jesús como el Cristo, “han estado con él” (Juan 15, 27).

Estas “tradiciones que nosotros hemos aprendido” es necesario que “sean mantenidas” (2 Ts 2,15; cf. 1 Cor 11,2), si no se quiere perder la comunión con el “inicio” mismo. No hay ningún “otro evangelio”, pues, si no aquel que ha sido anunciado a nosotros desde el principio. Aunque lo trajese incluso “un ángel del cielo”, no sería el “evangelio de Cristo” (Gal 1, 6-8).

Naturaleza y sentido de la verdadera tradición consisten, en efecto, en el estar y en el conservar la comunión con los “testigos oculares y los servidores de la Palabra” y, mediante ellos, con Aquel del cual ellos dan testimonio.

“Esto que era desde el principio,
lo que hemos oído,
lo que nosotros con nuestros ojos hemos visto,
lo que hemos contemplado
y que nuestras manos han tocado,
a saber el Verbo de vida…
nosotros lo anunciamos también a ustedes,
a fin de que también ustedes estén en comunión con nosotros.
Y nuestra comunión [es comunión]
con el Padre y con su Hijo, Jesucristo.” (1 Juan 1, 1-4)

Esta “comunión” (koinonía) –de los creyentes entre sí y con Dios- es lo que la Escritura llama “Iglesia” y “cuerpo de Cristo”. Ella abraza a todos los “miembros” de este cuerpo, los vivos como los que ya han “muerto en el Señor”. En efecto, es tan estrecho el vínculo de los miembros entre sí y con el cuerpo, que los muertos no son “miembros marchitos”, ya que “todos viven para Dios” (Lc 20, 38).

¡Quien quiere estar “en comunión con Dios” no puede por esto jamás prescindir  de los que ya antes que él han sido hechos dignos  de esta comunión! Al creer en su “predicación”, aquel que nació después,  entra verdaderamente en aquella comunión de la cual aquellos “testigos oculares y servidores de la Palabra”, ya “desde el principio” y para siempre, son parte viva. Por esto, es verdadera “Iglesia de Cristo” solamente la Iglesia que está en la ininterrumpida, viva comunión con los apóstoles, sobre la cual el Señor ha fundado su Iglesia (Ef 2,20).

***

Lo que aquí se ha dicho con respecto a la custodia del “buen depósito” (2 Tm 1,14) de la tradición apostólica, tal como ella ha sido fijada en los escritos de los apóstoles, vale también, de modo análogo, para aquellas “tradiciones primitivas, no escritas” [1], que, si bien, no están directamente contenidas en los testimonios apostólicos, no por esto tienen un origen apostólico menor: en efecto, “escritas” o “no escritas”, “ambas tienen el mismo valor para la piedad” [2].

Ambas formas de tradición apostólica poseen lo que se podría llamar “la gracia de los orígenes”, porque en ellas ha tomado forma el “buen depósito” que nos ha sido confiado desde el principio. Más adelante veremos de modo detallado en qué consiste esta “tradición no escrita”. Aquí queremos sólo presentar la pregunta sobre el modo en el cual los mismos padres han entendido su fidelidad en relación a los “orígenes”.

***

La misma postura que Basilio el Grande demuestra en relación con la tradición eclesial, la encontramos en su alumno Evagrio Póntico con respecto a las tradiciones espirituales del monaquismo. Así, él escribe al monje Eulogio para aclararle algunos interrogantes sobre la vida espiritual:

“No en virtud de obras que nosotros hemos cumplido” (Tt 3,5) hemos llegado a esto, sino porque tenemos “el ejemplo de las saludables palabras” (2Tm1,13) que hemos oído de los padres, y porque nos hemos vueltos testigos de alguna de sus acciones.
Pero todo es gracia de lo alto, que incluso a los pecadores muestra los ataques de los seductores, y que, por seguridad, también dice: “¿Qué posees que tú no hayas recibido?”, a fin que, mediante el recibir, nosotros agradezcamos al dador, de modo que no nos atribuyamos a nosotros la gloria del honor y no escondamos el don. Por esto ella dice: “Si tú, pues, has recibido, ¿por qué te vanaglorias como si no hubieses recibido? Ya se han hecho ricos, ustedes que están desprovistos de obras; ustedes que han comenzado a enseñar, ya se “han saciado”. [3]

El primer motivo, por el cual no nos presentamos como “maestros”, está pues en el humilde reconocimiento de la elemental realidad de que todos nosotros hemos recibido. Aquellos “padres” a los cuales Evagrio se refiere aquí son, entre otros, a su mismo maestro Macario el Grande y su homónimo, el Alejandrino: mediante ellos él se había unido con quien es “primicia  de los anacoretas”, Antonio el Grande, y, mediante él, con los orígenes mismos del monaquismo. En otro pasaje Evagrio lleva más lejos su pensamiento:

Es también necesario interpelar los caminos de los monjes que nos han precedido de modo recto y conformarnos con ellos, ya que se encuentran muchas cosas bellas que han sido dichas y cumplidas por ellos. [4]

El “ejemplo de las palabras saludables” de los padres y sus “bellas obras” son pues un modelo –también este significado expresa la palabra griega hypotýsis, traducida como “ejemplo”- al cual necesita conformarse. Precisamente  este es el motivo por el cual ya desde muy pronto, no solo se comenzó a recoger las “palabras y hechos de los padres”, sino también a citarlos permanentemente. Además, en occidente, Benito de Nurcia no pensaba de modo distinto, cuando, más allá de la propia “Regla para principiantes”, refiere expresamente a la doctrinae sanctorum Patrum como norma vinculante para todos los que tienden a la perfección [5].

El estudio de los santos padres no puede pues jamás, para un cristiano, permanecer solo como patrología científica, la cual no tiene necesariamente la tarea de influir sobre la vida del estudiante. El ejemplo de los santos padres, sus palabras y sus hechos, son en cambio un modelo que exige ser imitado. Evagrio nos explica el por qué de esta afirmación:

Se señala a los que quieren caminar sobre la “vía” de Aquel que ha dicho: “Yo soy el camino y la vida” (Juan 14,6), aprender de los que ya anteriormente han caminado sobre ella y entretenerse con ellos sobre lo que es de provecho y escuchar de ellos lo que nos ayuda, para no introducir algo extraño en nuestro camino. [6]

El no conformarse al ejemplo de los santos padres, por seguir el propio camino, esconde en sí el peligro de “introducir algo que es extraño a nuestro camino”, es decir “que es absolutamente extraño a la vida monástica” [7], porque no han sido  “probadas” y juzgadas “buenas” por los “hermanos” [8] “que nos han precedido de modo recto”. Quien actúa así se expone al peligro de alejarse de aquel “camino” de los padres, o más bien “de extraviarse del camino de nuestro Redentor” [9] y, con esto, de alejarse del Señor, el “Camino” por excelencia.

La referencia a lo que “los hermanos han probado como lo mejor” hace rápidamente evidente que no todo lo que los padres han hecho debe ser imitado, por más “bello” que sea, ni siquiera si el padre fuese el mismo Antonio el Grande. Ninguno ose imitar sus formas extremas de anacoresis, si no quiere convertirse en un hazmerreir de los demonios [10]. Ya los mismos padres sabían distinguir muy bien entre carismas personales y “tradición”.

***

El sentido y la esencia de la custodia de la “tradición” son, pues, tanto para los padres como para los primeros “testigos oculares y servidores de la Palabra”, no un atenerse estúpidamente a lo que es tradicional, sino un conservar una comunión plena de vida. Quien quiere estar en comunión con el Padre, puede obtenerla solo pasando por el “camino” del Hijo. Y se llega al Hijo solo a través de aquellos “que han recorrido el camino antes que nosotros” y se han así vuelto parte viva de este “camino”. Los primeros que se han convertido son los apóstoles por ser  “testigos oculares de la Palabra”. “A fin de que ustedes estén en comunión con nosotros”, escribe Juan de modo muy preciso, mientras Evagrio llama justamente también “camino apostólico” [11] aquel “camino” de la praktiké (“vida activa”) que él ha tomado de los padres. “Caminos” son, por tanto, todos aquellos padres en la fe “que nos han precedido de modo recto”. Sólo quien sigue personalmente sus “huellas” puede esperar llegar como ellos a la meta de esta vida [12].

No es suficientemente pues referirse al “espíritu de los padres” –por otra parte difícil de definir- y tampoco “hablar con complacencia de sus obras” en toda ocasión, si luego se deja todo como antes. Es necesario en cambio buscar “realizar entre duras fatigas” estas mismas obras [13], si se quiere hacerse partícipe de su comunión.

Solo a partir de aquí el título de “primicia (aparché) de los anacoretas” [14], que Evagrio atribuye al “justo Antonio” [15], adquiere plenamente su significado profundo. Antonio el Grande es sí el primer anacoreta en orden de tiempo, pero esto no tendría especial importancia, si él no fuese también “primicia”. En efecto, la “primicia”, por ser “santa”, “santifica toda la masa”, así como la “raíz santa santifica las ramas” (Rom 11,16), con tal que estos persistan en una viva comunión con ella. El “inicio” (arché) posee, en efecto, por ser puesto por el Señor mismo, una gracia particular, y precisamente la “gracia de la primordialidad”, del “principio normativo”, que no solo está al inicio desde un punto de vista temporal, sino que pone el sello de la autenticidad a todo lo que persiste en comunión viva con él.

***

En el permanecer fiel a la comunión viva con lo “que era desde el principio”, el hombre, ligado al espacio y al tiempo, entra en el misterio de aquel que, libre de estas limitaciones, “es el mismo ayer, hoy y siempre” (Hebreos 13,8), es decir, del Hijo, que es “en el principio” (Juan 1,1) en sentido absoluto. Más allá del espacio y del tiempo, esta comunión crea continuidad e identidad en medio de un mundo que está sometido a una constante transformación.

Ni el hombre como individuo, ni la iglesia como totalidad nunca tienen por sí mismos la capacidad de realizar este permanecer-idénticos-a-sí-mismos. La “custodia del buen depósito” es siempre fruto de la actividad del “Espíritu Santo que habita en nosotros” (2 Tm 1,14) y allí “da testimonio” (Juan 15, 26) del Hijo. Él es además aquel que, no solo nos “introduce a la verdad toda entera” (Juan 16,13), sino que también nos permite, en el curso del tiempo, reconocer de modo seguro en el testimonio de los discípulos el testimonio del mismo Maestro (Cf. Lc 10,16).

Feliz el hombre que conserva los mandamientos del Señor
y santo aquel que custodia las palabras de sus padres. [16]


Gabriel Bunge
Vasi di argilla
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose. 1996
Págs. 15-25

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Notas:

[1] Evagrio, Mal. Cog. 33 r.l.
[2] Basilio, Spir. Sancto XXVII, 66, 4.
[3] Evagrio, De vitiis quae opposita sunt virtutibus I (PG 79, 1140 B-C). La cita es de 1 Cor 4, 7.8.
[4] Evagrio, Pr. 91.
[5] RB 73,2
[6] Evagrio, Ep. 17,1.
[7] Evagrio, Ant. I, 27.
[8] Evagrio, Mal. Cog 25.
[9] Ibid. 14.
[10] Ibid. 25.
[11] Evagrio, Ep. 25,3
[12] Cf. Evagrio, Pr. Prol. [9]
[13] Evagrio, Eulog. 16.
[14] Evagrio, Mal. cog. 25
[15] Evagrio, Pr. 92
[16] Evagrio, Mon. 92